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1994/07/30 07:00:00 GMT+2

Ruanda, sin solución

Occidente se interesó por el África negra cuando ésta contaba con materias primas abundantes y valiosas. Los gobernantes europeos mandaron tropas y comerciantes, doblegaron o compraron a los caudillos locales, modificaron a conveniencia propia las económicas preexistentes -todo lo rudimentarias que se quiera, pero adaptadas a la realidad que las había generado- y reordenaron las sociedades tribales indígenas convirtiéndolas en tosca parodia de las nuestras.

Pasaron los años y Occidente fue perdiendo su interés por África. La resistencia anticolonialista armada de una parte de las poblaciones africanas y el hecho de que sus materias primas se habían tornado cada vez más escasas y prescindibles -la casi totalidad de ellas fueron reemplazadas ventajosamente por productos de fabricación europea- incitaron a las potencias coloniales a abandonar el continente negro. Pusieron una regla sobre el mapa, dibujaron toscamente sobre él un puñado de países y se largaron con la música a otra parte, salvando unos pocos territorios -Sudáfrica, Rodhesia- en los que aún había qué explotar. Lo que dejaron detrás de sí fue un conjunto de sociedades desarticuladas, en las que los usos y costumbres tradicionales habían sido barridos y los nuevos no habían arraigado. No les importó. A partir de entonces, las grandes potencias europeas sólo se interesaron por sus ex súbditos africanos en tanto que eventuales compradores de nuestras bonitas y muy eficaces armas.

¿Resultado? Ruanda, sin ir más lejos.

Asistimos a la terrible tragedia de Ruanda sacudidos por el horror. ¿Qué hacer? Es muy posible que, llegados a este punto, ya no quepa hacer nada. Urgido por la reacción ciudadana ante las imágenes de la TV -la CNN manda ya más en los USA que el propio Clinton-, el gobierno de Washington empezó a bombardear medicamentos. Pero para conservar los medicamentos se necesitarían unos frigoríficos que no hay, y para que los frigoríficos se pusieran en marcha haría falta una electricidad que no hay, o unos equipos electrógenos que no hay, que precisarían una gasolina que no hay, y todo ello requeriría de una infraestructura y una organización social inexistentes. El gobierno de París, muy decidido, mandó tropas. Desbordado por la realidad, se plantea ya retirarlas. No está nada claro para qué las envió, pero está muy claro que no lo ha logrado. Y no lo ha logrado porque el caos es tal que allí no hay manera de hacer nada que responda a un plan previo, ni para bien ni para mal.

Lo que hoy está ocurriendo en Ruanda es el fruto inevitable de la Historia. La barbaridad colonial creó las condiciones y la barbaridad local ha estallado sobre sus restos. Antes de la colonización, Ruanda estaba muy mal. Ahora corre el riesgo de no estar, sin más. Lo de antes era su desastre. Lo de ahora es, sobre todo, el nuestro.

Javier Ortiz. El Mundo (30 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de septiembre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/07/30 07:00:00 GMT+2
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1994/07/24 07:00:00 GMT+2

Sigue y sigue la gran farsa

La pasada semana presenté una ponencia en un aula de la Universidad de Verano de Maspalomas, en Gran Canaria, en la que defendí la tesis de que la situación de desmoralización general que estamos viviendo en España -desmoralización en los dos posibles sentidos que sugiere la palabra: como ausencia de ética y como desánimo- es el resultado de la gran farsa en que se basó la llamada «transición política», esto es, la sustitución de la carcasa política del régimen franquista por instituciones propias del sistema parlamentario. La comedia -que tuvo dos protagonistas: de un lado, los sectores más lúcidos y realistas del propio franquismo; del otro, los dirigentes de los partidos políticos ilegales que tenían homologación internacional- consistió en hacer como si: los franquistas hicieron como si ese cambio fuera resultado de la pura evolución de los tiempos, los antifranquistas en cuestión -los dirigentes del PSOE y el PCE, en particular- hicieron como si la lucha contra la dictadura hubiera triunfado y todos ellos hicieron como si no hubieran transcurrido cuatro décadas de desmanes y de crímenes y nadie tuviera derecho a pedir cuentas por ello. Con todo lo cual, la carencia de principios, la figuración y la burla al pueblo -a un pueblo históricamente paralizado por los miedos- pasaron a convertirse en piedras angulares del sistema.

A lo largo de la semana he tenido ocasión de leer dos análisis que tienen no poco que ver con el mío, pero que difieren en puntos fundamentales. Antonio García Trevijano, en su reflexión sobre lo ocurrido con la Junta Democrática y con la posterior Platajunta -en Maspalomas hube de explicar a los alumnos qué narices fueron ambas: ¡ha pasado tanto tiempo!-, llega a la conclusión de que González y Carrillo traicionaron la causa de la ruptura con el franquismo. Por su parte, Pedro J. Ramírez, en su «Carta del director» del pasado domingo, subrayaba acertadamente la debilidad que tuvo siempre la oposición popular al franquismo, como fruto combinado del miedo y del escaso arraigo del espíritu de principios, pero concluía que no deberíamos creer que «nuestra suerte estaría echada, hiciéramos lo que hiciéramos». Disiento de la creencia de ambos en que las cosas podían haber sido de otro modo. González y Carrillo no traicionaron nada: lo que querían era ponerse en las mejores condiciones para acceder al Poder, y a esa voluntad fueron perfectamente fieles -con muy desigual fortuna, eso sí-. En cuanto a nuestra Historia, ha estado y estará siempre marcada con el signo de la ignominia mientras el sentimiento más arraigado en la (in)cultura política general sea el miedo. A un pueblo dominado por el miedo no le interesa qué es más correcto y justo, sino qué resulta menos arriesgado. Y lo menos arriesgado es no oponerse al que manda. Vitorear las cadenas.

¿Fatalismo? Simple constatación.

Javier Ortiz. El Mundo (27 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de julio de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/07/24 07:00:00 GMT+2
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1994/07/23 07:00:00 GMT+2

Entre dos aguas

Aquí todas las aguas se nos vuelven guerras. Tenemos «la guerra del bonito», que es salada, y «la guerra del agua», que es potable, aunque ninguna de las dos «guerras» resulten ni salada ni potable.

En ambas, el Gobierno navega a la deriva. En la del bonito, el ministro de Asuntos Exteriores, Javier Solana, ha demostrado que está pez. Las papanatadas que dijo el miércoles sobre lo perversos que son los pescadores españoles, en masa, revelan que no ha pescado de qué va esta historia. Es cierto que son muchos los barcos de este país que se sirven de malas artes para elevar sus capturas, pero los boniteros artesanales no están entre ellos. Al contrario: trabajan con métodos de estricto respeto a los caladeros. Es precisamente la defensa de su forma tradicional de pesca y el rechazo de quienes esquilman el mar lo que les ha empujado a enfrentarse a los barcos volanteros franceses, que se dedican a eso que el máximo teórico del PSOE en materia de pesquerías, Fernando González Laxe, llamó «pesca industrial», que consiste en no hacerse a la mar a pescar, sino a cazar. Pero está visto que tales sutilezas desbordan lo que este Javier Solana está en condiciones de entender.

Con lo de la «guerra del agua» pasa tres cuartos de lo mismo. La han armado ellos solitos. Primero, dando por hecho que siempre iba a llover a gusto de todos: no tomaron las precauciones de rigor, por si llegaban tiempos de mayor sequía, y ahora se han quedado secos. Ya con el lío encima, en plan «no hay mal que por bien no venga», se han puesto a hacer demagogia electoralista en el terruño propio a costa del vecino. Bono trata de que el agua escasa colme las urnas que se le vacían, y tres cuartos de lo mismo hacen sus presuntos colegas Joan Lerma y María Antonia Martínez. Estos ex internacionalistas, tras una breve deriva por el nacionalismo de vía estrecha, se han pasado con armas y bagajes al regionalismo más cutre. Allá ellos.

Con el Cantábrico entero metido en líos de agua, con Castilla-La Mancha y medio Mediterráneo en las mismas, sólo faltaba que en Andalucía también se desatara una «guerra del agua». Pues ya está. Lo más probable es que a Chaves le falten los votos necesarios para ser elegido presidente porque una diputada socialista está a punto de romper aguas, lo que le impedirá acudir al Parlamento a emitir su voto.

El país entero está que arde por asuntos de agua. Pero, si buceamos bajo la superficie de los problemas y evitamos que los árboles que se queman nos impidan ver el bosque incendiado, comprobaremos que el fondo de todos los conflictos es, invariablemente, el mismo: tenemos unos gobernantes que, mientras la nave del Estado naufraga, ellos sólo piensan en seguir aferrados al timón.

Y nosotros, entretanto, con el agua al cuello.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de julio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/07/23 07:00:00 GMT+2
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1994/07/20 07:00:00 GMT+2

El sueño de la Razón

Cada día que pasa lo veo con mayor claridad: mi manía de buscar la razón de todas las cosas es enfermiza.

De hecho, se me manifiesta de una forma tan obsesiva que, incluso cuando sueño, en vez de soñar como todo el mundo con disparates de ésos que luego los psicoanalistas se empeñan en descifrar -a veces con desagradable éxito-, a mí me da por tener sueños en los que no paro de razonar.

Les pondré un ejemplo: anoche soñé con el paso de Cristo por la tierra. Y, como era de temer, al punto me puse a racionalizar el evento. «¿Por qué hubo de elegir Dios una época tan rara para enviar a su Hijo? -me preguntaba en mi pesadilla-. No es lógico».

Detallaré los hondos problemas onírico-racionalistas que se me pasaban por la cabeza. Primero: Cristo vino al mundo cuando la Humanidad llevaba ya cientos de siglos de trajín. Puesto a demorar la buena nueva, ¿por qué no se esperó veinte siglos más, hasta nuestro tiempo, de modo que su presencia pudiera ser conocida en un santiamén y en todas partes? Segundo: el problema no es sólo de celeridad; también de fiabilidad: de haber habitado Jesucristo en la actualidad, todos habríamos sabido fielmente de su vida y milagros, sin necesidad de apóstoles. ¿No le importaba eso? Tercero: Cristo, al optar por venir al mundo en una época en que las comunicaciones eran un desastre, ¿no concedió un extraño privilegio a los habitantes de Palestina sobre el resto de la Humanidad, privando a la mayoría de ésta de la posibilidad de acceder a su magisterio durante siglos y siglos?

Como los sueños se atienen a sus propias leyes, y el rigor no es una de ellas, imaginé una explicación absurda: me dije que quizá decidió nacer entonces para que quedara fijado el año 0 de nuestra era. Pero enseguida emergió el racionalista que llevo dentro, y me acordé de que, según algunos estudiosos, ni siquiera nació en el año 0, sino en el -3, o por ahí. Con lo que durante un rato mi sueño se convirtió en un puro galimatías, hasta que me resigné a la idea de que, por lo visto, Cristo vino al mundo... en el año 3 antes de Cristo.

Pero lo que más me torturaba en mi sueño era el pensamiento de que el Todopoderoso, al optar por encarnarse en aquel tiempo y lugar, prefirió a unos humanos sobre otros. «¿Será verdad que hay un pueblo escogido? -me decía-. ¿O lo fue, pero cayó en desgracia más tarde? ¿No nos quiere El iguales? ¿Es posible que le importara que su mensaje llegara a los judíos, pero que no tuviera prisa alguna porque lo conocieran esquimales, incas, cafres o japoneses?».

Al poco desperté. ¡Qué alivio! Recordé que soy ateo y todos esos enigmas no me conciernen.

Pero al cabo de un rato me encontré tratando de dilucidar por qué tanta gente sigue votando al PSOE. Y es que lo mío, ya ven, son los desafíos a la Razón.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de julio de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/07/20 07:00:00 GMT+2
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1994/07/16 07:00:00 GMT+2

Muy bueno lo de Berlusconi

Está muy bien lo de Silvio Berlusconi. Me parece de perlas que haya aprobado ese decreto-ley que va a sacar de la cárcel a todos los acusados por delitos de corrupción. Es buena la idea misma, pero ya, al aplicarse por la vía del decreto-ley, alcanza cotas de rara perfección.

Entendámonos: lo de poner en la calle a los dos mil implicados en la llamada «Tangentópolis» es una canallada. Y hacerlo por la vía del decreto y mando, una cacicada como la copa de un pino. Lo que me hace feliz es que Berlusconi haya hecho eso.

¿Por qué? Muy sencillo. Italia ha pasado por una auténtica purga política. Gracias a los jueces de mani pulite, con Di Pietro al frente, el pueblo italiano descubrió que su clase política era una asamblea de personajes corruptos, que tenían montado un sistema de reparto de comisiones ilegales millonarias, con el que financiaban sus actividades. El conocimiento de esa vergüenza hizo que los electores retiraran su apoyo a los partidos tradicionales, con lo que la vieja República se vino abajo. «¿Y ahora, qué?», se preguntaron. «Y ahora, ni idea», se respondieron. Sabían lo que no querían, pero no lo que querían. En ese momento aparecieron en el panorama algunos partidos cuya particularidad principal era que no estaban -o no parecía que estuvieran- comprometidos con el anterior tinglado. Forza Italia se presentó con la ventaja añadida de contar con el liderazgo de un triunfador en el mundo económico: el propio Silvio Berlusconi. Muchos electores pensaron que ese par de ofertas -renovación política y eficacia económica- constituía un buen programa, y dieron su voto al empresario, permitiéndole hacerse con la jefatura del Gobierno. Las gentes más lúcidas se llevaron las manos a la cabeza, en Italia y fuera de Italia: ¡semejante personaje, al frente del Gobierno de Roma! Otros sostuvimos que, en efecto, el individuo es inquietante a más no poder, pero que posiblemente fuera necesario que el pueblo italiano pasara por esa experiencia, hasta comprobar que Berlusconi no es el primer gobernante de la nueva República, sino un embaucador salido del peor cenagal de la vieja.

Si así es -y yo así lo creo-, lo preferible es que esa experiencia se haga en el plazo más breve y con el mínimo costo social. De ahí mi satisfacción por el decreto de marras. La medida tiene todas las ventajas: ha llegado muy pronto, revela una complicidad perfecta con los corruptos del régimen anterior y pone claramente al descubierto los modos dictatoriales del político telecinquero.

La contestación social ya se ha puesto en marcha. Los jueces de las «manos limpias» han presentado su dimisión inmediata y, según las crónicas, la opinión pública italiana va del estupor a la indignación. Al pelo. Silvio Berlusconi se está desenmascarando. Bendito sea.

Javier Ortiz. El Mundo (16 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de julio de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/07/16 07:00:00 GMT+2
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1994/07/13 07:00:00 GMT+2

Bien y mal por Anguita

Anguita está en la buena vía. Pero sólo en el umbral de la buena vía. Dice que no tiene sentido pedir al PSOE que rectifique y haga una política de izquierda, porque el partido de González ni quiere ni puede hacer tal cosa. El descubrimiento, aunque tardío, es correcto. Pero insuficiente, de todos modos. Le falta reconocer que pedirle a González que sea de izquierdas es tan absurdo como exigirle al Papa que encabece un movimiento en pro del derecho al aborto, o como reclamar a los Solchaga que funden la Asociación por la Clarificación de los Negocios de Focoex. La campaña que ha venido desarrollando Izquierda Unida, con la consigna «¡Rectificación!» por emblema, era un disparate. Lo malo no es que careciera de posibilidades de éxito. Lo peor es que, pretendiendo acosar al PSOE, lo beneficiaba: daba a entender que González y los suyos podían rectificar. Como si su problema fuera que no saben ser de izquierdas. No es que no sepan; es que no tienen la más mínima intención de serlo.

Dice Anguita que han muerto las siglas. Es otro error. Las siglas están vivísimas. Lo que ha fallecido es el contenido de algunas siglas en concreto. El PSOE vive. Está lleno de vivos. Que a esos vivos resulte una guasa llamarlos socialistas, y que de obreros no tengan nada, es secundario, a estas alturas de la película. Qué más da lo que signifique Asisa, Ensidesa, OTAN o Unicef: lo que nos interesa es saber de qué van. Y eso es lo que debería hacer Anguita: llorar menos por las siglas y desenmascarar con más energía las realidades.

Ahora Anguita se propone desbancar al PSOE como primer partido de la izquierda. Nuevo yerro. Eso, por expresarlo en términos de su gusto, representaría la alternancia, no la alternativa. IU no tiene que sustituir al PSOE; tiene que situarse en otro terreno. Carece de sentido tratar de arrebatar al PSOE la hegemonía de la izquierda, porque no está en sus manos. IU ya es la principal fuerza política de la izquierda española. Y si quiere serlo aún más, lo que debe hacer es desembarazarse de ésos que dentro de la propia IU tratan de pastelear con el PSOE, y ayudar a los pocos con sentimientos honestamente de izquierdas que quedan en el partido de Filesa a que rompan de una vez con él. En suma, lo que debe hacer Anguita es no volver a presentar más al PSOE como si fuera un partido de izquierdas. Tiene dos opciones: o decir que ser de izquierdas, tal como están las cosas, no significa nada realmente definitorio, o proclamar que el PSOE no tiene nada que ver con la izquierda.

IU no debe aspirar a que González haga otra cosa, ni a poder tratar de tú a tú con él, ni a tener más votos que él. Debe aspirar a no tener nada que ver con él, sencillamente. Al menos, si quiere que no le demos la espalda los que jamás aceptaríamos ningún devaneo con el instigador de los GAL, el promotor de la OTAN, el encarcelador de insumisos y el azote de los trabajadores.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de octubre de 2009.

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1994/07/09 06:00:00 GMT+2

North, el otro misterio de Elche

Me encantan los técnicos. Y las técnicas. Me encantan cuando son de veras. Se rompe una cañería, el agua empieza a inundar toda la casa, llega un técnico y resuelve el problema. ¡Como Dios! El coche decide detenerse en pleno viaje, logramos que venga un mecánico, encuentra el cable roto y nos saca del apuro. ¡Fantástico!

Pero ahora proliferan los técnicos en materias que no son técnicas. O que son técnicas solo en parte: psicoanalistas que dictan a sus clientes con total aplomo lo que deben o no deben hacer, cuando ellos mismos son unos desdichados; politólogos que dogmatizan en las más diversas materias olvidándose de que no lograron el más mínimo apoyo cuando se postularon para concejales; economistas que hablan de su especialidad como si fuera una ciencia exacta, cuyos problemas podrían resolverse siempre que se aplicaran las fórmulas astutísimas que ellos han inventado...

No hay individuo más peligroso que el que hace ideología con el firme y pleno convencimiento de estar impartiendo la más neutral de las ciencias. Los resentidos que son conscientes de guiarse por el afán de venganza, quienes actúan sin otra mira que la más pronta victoria de su bandería sectaria, o aquellos que se entregan con indisimulado fanatismo a tal o cual causa, son gentes que están capacitadas para comprender que los que se sitúan frente a ellos hacen lo propio, sólo que al revés. Pueden merecer estima, así sea como enemigos. Pero los listillos obnubilados que consideran sus opiniones del género 2 + 2 = 4, solo que en complejo, representan un peligro social.

Douglas Cecil North, que recibió el premio Nobel de Economía en 1993, ha pasado por España en plan técnico. El señor North es un tipo listo, y sus reflexiones lo denotan. Pero el señor North -al igual que los señores del Fondo Monetario Internacional, los señores del Banco Mundial, los señores del G-7, los señores del Ecofin, los señores del Bundesbank, el señor Solchaga y el señor Boyer- comete el error de creer que lo que destila su cerebro es pura Ciencia. Y es ideología. «El excesivo peso del Gobierno sobre la Economía produce corrupción», ha declarado a El Mundo en Elche el buen señor North, con aire displicente, como si se limitara a enunciar la ley de Boyle y Mariotte. Pero el señor North solo demostró con ello que siente tanta justificada desconfianza hacia el sector público como injustificada fe en el sector privado. ¿Qué narices es eso del «excesivo peso del Gobierno»? ¿Se refiere al Estado? ¿Y quién dicta cuándo ese peso es «excesivo»? ¿North? Y cuando North nos deje, ¿nos quedaremos sin norte-North, a merced de los excesos económicos del Estado? Ah, cruel misterio.

Puestos a formular leyes, sugiero esta otra: «El excesivo afán de beneficio produce corrupción». E invito al señor North a discutir si cabe un capitalismo en el que no haya excesivo afán de beneficio.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de julio de 2011.

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1994/07/06 07:00:00 GMT+2

No hay plata para puentes

Aquí, a mi jefe, le ha dado la perra: está empeñado en que Felipe González se vaya a Bruselas. Día sí y día también, aprovechándose de que estoy de vacaciones y no puedo hacer nada para evitarlo, insiste en la idea: Felipe debería ser el sucesor de Delors; no hay nadie mejor que él para presidente de la Comisión Europea; tal cosa representaría una culminación maravillosa de su carrera de gran estadista... O sea, a enemigo que huye, puente de plata.

Estoy en contra. Por muchas y muy variadas razones.

En primer lugar, porque no creo que González reúna los requisitos necesarios. Según las normas al uso en la UE, el sucesor de Delors debería proceder de un Estado pequeño y ser conservador. Esas dos características sí las cumple: el Estado español no es, desde luego, uno de los grandes de la Europa actual, y para conservador, nuestro jefe de Gobierno: esta empeñado en conservarlo todo tal cual, por mal que esté. Inconveniente grave, a cambio, es el lingüístico. González habla dos lenguas: el castellano, mal, y el francés, de espanto. De inglés no sabe ni yes. Eso quiere decir que sus palabras deberían ser traducidas. ¿Se imaginan lo que podrían ser con él las reuniones de la Comisión Europea? Se harían eternas, nadie se aclararía de nada y la tasa de suicidios en el sufrido gremio de los traductores simultáneos se elevaría a cotas terribles. Con él, la construcción europea, delicada como está ya, entraría en fase de destrucción y derribo.

Con todo, el argumento más repudiable de los utilizados para preconizar la candidatura europea de González es ése que se refiere a permitirle «culminar su carrera de estadista». ¿Qué se pretende con ello? ¿Que pueda expander por doquier sus dislates económicos? ¿Que se desmantele la industria de los Doce, se hunda por entero su agricultura y se desboque el paro en toda la UE? ¿Que los GAL se instalen a escala continental? ¿Que Filesa se vuelva una multinacional de la extorsión? ¿Que todas las Policías se conviertan en un caos, con sus responsables repartiéndose los fondos reservados, y que todos los gobernadores de los Bancos centrales acaben en masa ante los tribunales?

No. González tiene que quedarse aquí. Y no solo por el argumento de que no debemos desear para los demás lo que no queremos para nosotros. También, y sobre todo, porque sería injusto que, después de la que ha montado aquí, pudiera darse gratis el piro y dedicarse a presumir por esos mundos del Señor. Tiene que pagar. Por lo menos moralmente, viendo cómo el electorado le vuelve la espalda y lo humilla. Y si es posible hacer que pague también materialmente, mejor que mejor.

En este país no nos queda plata para tender puentes a los enemigos que quieren huir. Nos haría falta recuperar la que nos han robado.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de julio de 2011.

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1994/07/02 07:00:00 GMT+2

El espejo roto

Escribe Julio Cerón: «Una sola cosa hacemos en la vida a solas: agonizar».

Puede interpretarse de varios modos. Uno burlón: los demás no nos dejan en paz más que cuando morimos. Otro, harto más crudo: desde que nacemos comenzamos a morir; desde que nacemos estamos solos. Esta interpretación apunta con mucha más finura al centro mismo de la existencia humana: la vida, en efecto, no es sino una larga y solitaria agonía.

Que la vivamos como tal o no, ya es, claro, cosa de cada cual.

Se discute ahora mucho sobre la legalización de las parejas de hecho. En rigor, se trata de un absurdo. No hay parejas de hecho. De hecho todo el mundo está solo. Existen parejas de derecho, sí, porque el derecho es asunto de convención y de regulación de prácticas. Pero la existencia es muy otra cosa. Las personas pueden cohabitar de dos en dos, desvelarse mutuamente una parte de su intimidad, hacerse copartícipes de prácticas más o menos exclusivas... Pueden, en suma, formar parejas. Pero ser, lo que se dice ser, en último término, cada uno de nosotros es él solo, irremediablemente. Desde que nace. Hasta que muere.

La gente se ama y se une por parejas para tratar de disfrazar(se) su soledad. En los momentos de mayor intensidad amorosa, llega incluso a vivir el espejismo de su unidad espiritual con la persona a la que ama. El espejismo es casi físico: el calor de la pasión hace ver en el lugar del otro la propia imagen invertida. A través del otro, cada cual se ama a sí mismo, enajenado. Nada que objetar: se trata de una ilusión que puede ser extremadamente útil. La soledad resulta a veces angustiosa, y no se gana nada con sentirla a todas horas.

Pero, útil o no, es una ilusión. Esa que ven desvanecerse muchos y muchas cuando su matrimonio entra en crisis: «Parece mentira: ¡tantos años juntos y no le (la) conocía!». Por supuesto que no. Nadie conoce a nadie en el amor. Nadie conoce realmente nunca a la persona a la que ama. No puede verla: se la tapa el espejo.

Decía la semana pasada Leonard Cohen que él no sabe si compone canciones de amor o de muerte. Hay mucho de destrucción en el amor. A cambio, tanto más próxima está la muerte propia, tanta mayor capacidad tenemos de comprender al otro y apreciarlo como distinto, como individualidad ajena. Es una de las escasas ventajas de la vejez: como ya no nos satisface lo que refleja el espejo, sentimos más deseos -¿o es sólo curiosidad?- de ver a quienes ocultábamos detrás de él. Ocurre entonces que el amor es reemplazado por algo menos exaltante, pero más sólido, además de harto menos egoísta: el aprecio. Aprecio por el otro. Y aprecio por lo que aprendemos poco a poco sobre nosotros mismos. Eso que ningún estanque mostrará jamás a los ojos de ningún Narciso.

Cruel paradoja: solo en vísperas de la muerte nos es posible empezar a entender algo de la vida.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de julio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de julio de 2011.

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1994/06/29 07:00:00 GMT+2

La nueva Inquisición

Ya he perdido la cuenta de los muchos columnistas, fijos o de ocasión, que han escrito contra lo que llaman «la nueva Inquisición».

Sus diatribas son clónicas. Empiezan tomando nota, en plan quejica, de que «algunos diarios» y «ciertas tertulias» «vomitan» cada mañana su «ración de denuncias» contra la corrupción; añaden que tal mala cosa está «emponzoñando nuestra vida ciudadana»; auguran que «dentro de nada, nadie estará a salvo de la quema» y, por último, diagnostican que «esto es la vuelta de la Inquisición».

En tanto que aludido por tan acerba acusación -al fin y al cabo, coordino a diario estas dos páginas que ustedes contemplan, lo que me confiere una doble maldad: la mía intrínseca y la añadida por el hecho de proporcionar habitual carnaza a «ciertas tertulias»-, creo necesario defenderme de ella.

He de decir, en primer lugar, que el oficio de quienes denunciamos la corrupción no es el Santo Oficio. La Santa Inquisición, señores míos, fue aliada del Poder. Nunca estuvo en la oposición.

Añadiré, en segundo término, que la especialidad del Santo Oficio fue condenar a las pobres gentes sin más pruebas inculpatorias que las confesiones que el tribunal les arrancaba con torturas. Por aquí, en cambio, nunca traemos a pobres gentes, sino a gentes que se han forrado, y sólo las traemos cuando hemos reunido pruebas concretas de que se han forrado aprovechándose -ay- de las pobres gentes.

En tercer término, no acierto a descifrar el enigma que encierra su queja. Si nuestras machaconas denuncias de la corrupción política están creando «un clima social irrespirable», ¿qué habríamos de hacer para volverlo «respirable»? ¿Están dando a entender ustedes veladamente que sería mejor que no denunciáramos la corrupción?

Otra duda me corroe: ¿tendrá algo que ver su singular cruzada contra «la nueva Inquisición» con el hecho de que la gran mayoría de ustedes hayan vivido en el -y del- entramado del poder felipista durante años y años? Y es que uno mira sus firmas y se encuentra con un curioso panorama: el que no era habitual en las cenas de los Rubio frecuentaba las comidas de los Boyer o almorzaba en la bodeguiya; al que no le regalaban el premio A le concedían la subvención B o lo ponían a dirigir el chiringuito C, a cambio de lo cual no dejaba de firmar el consabido manifiesto a favor de la OTAN, la Guerra del Golfo o la candidatura de Felipe González; novela que escribía el otro, diez entrevistas promocionales en RTVE que le facilitaban...

No critico que sean agradecidos con aquellos a los que tanto deben, ni que defiendan sus lentejas. Lo que me toca las narices es que se disfracen de Galileos. El papel no les va. Galileo estaba con la verdad. Era la Inquisición la que protegía a los gobernantes corruptos.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de junio de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de julio de 2012.

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