Lo dijo ayer Jordi Pujol en Estrasburgo: que ni se le ocurra a González hacer electoralismo con la legislación sobre el aborto; ése es asunto de conciencia, de principios, con el que no se juega.
No fue sólo lo que dijo; también la seriedad con que lo dijo. La advertencia estaba clara: «Métanse por ahí y se la ganan».
Aunque mi posición personal en relación al derecho al aborto está en las antípodas de la del señor Pujol -y de las de su esposa, que encabeza una asociación «pro vida»-, simpatizo con su toma de postura. Simpatizo en general con las personas que demuestran tener principios. Poco importa que no sean los míos: son unos, y eso ya, hoy en día, es bastante.
Pero hay un punto en la toma de partido del president que me revuelve las tripas. Es la misma repugnancia que he sentido en otras ocasiones, al escuchar a tales o cuales parlamentarios invocar, como ayer Pujol, el carácter «de principios» y «de conciencia» de las opciones ante la legislación sobre el aborto. Porque, al defender que se dé a esta cuestión un tratamiento diferente, excepcional, «porque plantea problemas de conciencia», están demostrando que consideran que los demás asuntos sobre los que toman decisiones a diario no les plantean problemas de conciencia. ¿La reforma laboral? Cosa de mera táctica. ¿Tapar la corrupción? A decidir, según las conveniencias del día. ¿Impedir que se clarifique quién organizó los GAL y les animó a matar? Y por qué no. ¿Apoyar esta o aquella guerra? ¿Vender armas? Si favorece el comercio exterior... En el grupo parlamentario socialista también se han planteado la posibilidad de que sus miembros voten «en conciencia» cuando se plantee la ampliación del derecho al aborto. Se trataría de no violentar las convicciones de los diputados del PSOE que profesan creencias católicas. ¡Fantástico! A cambio, echan una monumental bronca a Ventura Pérez Mariño por no querer violentar su conciencia de jurista demócrata aplaudiendo a Galeote. ¡Viva el socialismo!
Está claro: para toda esta gente la conciencia no tiene nada que ver con la «ley Corcuera», o con la de Extranjería, o con los derechos de las mujeres que la legislación actual sobre el aborto sigue sin reconocer. Dan por hecho que solamente tiene sentido apelar a la conciencia si lo tratado afecta a tal o cual dogma religioso. Examinados atentamente los diez mandamientos, descubren que no hay ninguno que hable de los fondos reservados, ni de Filesa, ni de Kroll, y respiran tranquilos: pueden votar en contra de que se investiguen esas cosas sin que su conciencia se vea violentada.
Hay que decírselo. Por ética civil, por los principios de la decencia a los que millones de hombres y mujeres -unos por su Dios, otros por su honor- se han sacrificado a lo largo de la Historia: dejen la conciencia en paz. Dedíquense a lo suyo: conspiren, pacten, cobren comisiones, repartan cargos.
Hagan política.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de enero de 2013.
Lo de Ciscar y sus tres íes es de un ramplón pasmoso. Con este hombre no van a hacer carrera. El PSOE debería cambiar de portavoz y poner en el cargo a Rodríguez Ibarra, cuyas declaraciones resultan siempre mucho más llamativas. Su teoría sobre los deberes del dirigente socialista («Influir al máximo en el líder y después plegarse a lo que diga») pasará a los anales -dicho sea en los diversos sentidos de la palabra- del pensamiento político.
Otra teoría fascinante que ha puesto en circulación últimamente el presidente extremeño es la de los dos ases contra los tres ases. Probablemente inclinado al póker por su devoción hacia Alfonso Guerra -experto, como se sabe, en tahúres del Misisipí-, el jefe de la Junta Extremeña afirmó la semana pasada que «los dos ases» del PSOE (González y Guerra) deben unirse para derrotar al «trío de ases de la oposición», formado por Aznar, Anguita y un tercero que no me acuerdo quién es.
Aberasturi ha sido, por lo que he visto, el único comentarista que ha reparado en la curiosidad de esta alusión pokerística. Pero se le ha escapado un punto crucial: Rodríguez Ibarra no habló de ganar con dos ases a tres jotas, sino de vencer con dos ases a tres ases. Algo que no es posible ni siquiera con comodines, porque la baraja sólo cuenta con cuatro ases, y un comodín, aunque pueda hacer las veces de as, no es un as. De modo que, si su rival cuenta con tres ases, el PSOE sólo puede tener uno. ¿Ha errado Rodríguez Ibarra, tomando a un comodín por as? Enojoso asunto: como no puede negar a González el papel de as, al extremeño sólo le queda Guerra para hacer de comodín. Lo que no enaltece a su mentor, empeñado como está en ser todo lo contrario que comodín (o sea, incomodín).
Pero este razonamiento se basa, en realidad, en un puro prejuicio: damos por hecho que Rodríguez Ibarra está hablando de una partida de póker convencional. Olvidamos la alusión de su maestro Guerra a los tahúres y, más en concreto, a los tahúres del Misisipí. ¿Con qué base presuponemos que no están dispuestos a violentar un poco las reglas del juego para que haya cinco ases en vez de cuatro? Sabemos de sobra cómo entienden algunos jefes del PSOE eso de «las reglas del juego» y hasta qué punto tienen manga ancha cuando les hace falta sacar de ella los ases que no les han correspondido en buena ley.
Hay otra posibilidad más: que Rodríguez Ibarra esté pensando en aplicar a esta partida los principios de la Escuela de Chicago, rama Al Capone. Solía decir aquel otro Alfonso, inspirándose precisamente en la experiencia de los tahúres del Misisipí: «En el póker, el trío gana a la pareja. Salvo que quien tenga la pareja empuñe un revólver».
Estoy seguro de que el PSOE no va a empuñar ningún revólver. Para qué: los revólveres tiene tan sólo seis balas. Lo que harán es desenfundar de nuevo la TV -ese arma cargada de presente- para que gane su triste pareja perdedora.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de diciembre de 2011.
Cuentan que los loqueros italianos se lo están pasando en grande con la operación «manos limpias». Se ve que, entre los políticos y empresarios que rumian desesperadamente sus penas porque han caído en manos de la Justicia y los que están que viven sin vivir en sí porque piensan que el día menos pensado les llegará el turno a ellos, los psiquiatras y psicoanalistas están que no dan abasto.
Visto el asunto desde el ángulo teórico-clínico, el fenómeno más curioso con el que se están topando los especialistas italianos en azoteas es, al parecer, el que han dado en llamar, con cierto humor negro, «síndrome Di Pietro», en honor del afamado juez. Se trata de un cuadro clínico que presentan no pocos de los mandamases del mundo político y financiero que han pasado en muy poco tiempo de estar en la cumbre del prestigio social a ser tratados como lo que se ha demostrado que eran: unos sinvergüenzas. Son ésos que, en vez de decir «Vaya, me pillaron», optando a continuación por resignarse a su cruel destino o por volarse de un chingazo la maceta, que diría don Ramón María, reaccionan proclamándose víctimas de una conjura. El caso más llamativo es el del ex-líder del PSI Bettino Craxi: pese a haber sido cogido con las manos sucias en tropecientas masas, insiste en considerarse un chivo expiatorio.
El profesor Romolo Rossi, que se dedica a teorizar sobre esta moderna y singular variedad de desvarío, trata de explicarla apelando a una mezcla explosiva de delirio de grandeza y manía persecutoria: se supone que el tipo que sufre el «síndrome Di Pietro» tenía una idea muy elevada de sí mismo, coherente en su momento con el trato social que se le dispensaba, y que esa idea -profundamente anclada en él, rectora de su comportamiento- no le permite ahora adaptarse a las nuevas circunstancias. No entiende que alguien tan genial y tan bueno para el país pueda ser tratado de repente como una basura. La única explicación que encuentra es que le han hecho la cama.
Interesante asunto. Pero, si bien se mira, lo más interesante no es lo que les pasa ahora, sino lo que no les pasó en su día, cuando regían a su guisa los destinos de Italia. Es del todo evidente que, para ellos, estafar, exigir el pago de comisiones ilegales, sobornar, etc., no era delinquir, sino hacer política. No imaginaban que hubiera otro modo de ejercerla.
La cuestión que se plantea -viendo ahora el espectáculo de Berlusconi o, de fronteras adentro, el de Felipe González, declarado admirador de Bettino Craxi- es precisamente ésa: ¿hay otro modo de gobernar? En sociedades como éstas, ¿es posible dedicarse a la alta política y tener simultáneamente serios escrúpulos de conciencia? No es grave que algún gran líder salga paranoico. El problema es si cabe llegar a gran líder sin ser un rematado enfermo mental.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de enero de 2013.
Considerando en frío, imparcialmente -ay, César-, los datos de esta política de aquí, he concluido que hoy no me toca aportar novedades. Con lo que he escrito estos días hay de sobra. Para qué contarles otra vez que éste es un rematado majadero, el otro un vendepeines, el de más allá un paranoico de tomo y lomo... y todos ellos unos mediocres que se aprovechan de la aún mayor mediocridad reinante para hacer su agosto en las puertas del invierno. No habrán de ser mis argumentos los que iluminen el alma ciega de los ciegos que no venden cupones, porque los cortan.
Así las cosas, hoy voy a hablarles -y por qué no- del opio.
Durante largas décadas, el opio ha estado muy mal visto. Marx dejó dicho aquello de que la religión es el opio del pueblo, y esa sentencia causó gran desprestigio no sólo a la religión, sino también al opio.
El opio, cuando es bueno -eso me dice el médico de aquí-, no resulta particularmente nocivo para la salud. De ello serían prueba los ancianos del Oriente que, tras pasar media vida en los fumaderos de la cosa, siguen en pie. Se ve que lo peor del opio local -que llamamos heroína- no es el opio, sino lo que no es opio, o sea, lo que los traficantes le mezclan.
Para mí que con los opios del pueblo ocurre lo mismo. Que todo es cuestión de precaverse y no consumir sino los opios de ocio y cultura que los traficantes no han adulterado hasta convertirlos en infumables.
Les pondré un ejemplo práctico: anoche llegué a casa, prescindí de la televisión -un opio ciertamente cortado con polvo de ladrillo- y me dí una sesión intensiva de opio sin adulterar. Escuché a Mísia -aquí nadie sabe de ella, por mucho que sea capaz de mezclar en preciosos fados a Saramago, Marina Rosell, Jacques Brel y Aute, quedándose tan ancha-; disfruté repasando una y otra vez su sobria e impecable versión de Lágrima: («Si supiese que muriendo/ tú me habrías de llorar,/ por una lágrima tuya/ ¡qué alegría!/ ...por una lágrima tuya/ me dejaría matar»); seguí con Sergio Endrigo(...E noi amiamoci) y luego me detuve en Maxime Le Forestier (es un placer oír a un patriota de verdad: Je m'en fous de la France. ¡Cómo hay que querer al propio país para maldecirlo y maldecirlo a muerte!).
Todos necesitamos alguna vía para escapar de la realidad. Yo también: paso mi jornada laboral soportando la zafiedad de los que pretenden que es una idea genial que los mandamases se construyan un refugio anti-atómico para ellos solitos, que es normalísimo que un individuo se forre yendo por la vida de cuñado de González y que la política del susodicho es, si bien se mira, filantropía en estado puro. Al final del día, mi ánimo también necesita huir, imaginarse en algún cielo, divorciarse de lo existente.
Me preocupo, eso sí, de hacerlo con sustancias sin adulterar.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de noviembre de 2010.
No, pero de verdad: ¿no les parece a ustedes que estos tíos están como cencerros?
Hace un rato, mientras comía, he oído un anuncio publicitario de no sé qué producto financiero del Estado. Una voz melosa, con un cierto aire irlandés, canta por detrás «Oh my name it ain»t nothing, my age it means less...». ¿Saben qué es eso? Se trata de With God On Our Side, un lamento anti-militarista que Bob Dylan compuso allá por los 60 para maldecir la compulsiva tendencia que siempre han tenido los líderes norteamericanos a liarse a tortas para resolver sus conflictos, con la seguridad añadida de que Dios está de su lado. ¿Qué pinta una composición como ésa en un anuncio destinado a ensalzar unos bonos -o pagarés, o lo que sea- emitidos por un Estado que se gasta los cuartos apoyando las aventuras militares decididas en Washington? Seguro que la ha elegido uno de esos esquizofrénicos del PSOE, que se aficionó a las protestas de Bob Dylan hace 25 años y no se ha dado cuenta de que en el ínterin, cachis, se ha pasado al enemigo.
No se puede conservar el sano juicio cuando uno pretende que siempre ha tenido razón: hace diez, quince o veinte años, cuando dijo digo, y ahora, cuando dice Diego. A fuerza de usar tantas varas de medir, al final se pierde el sentido de la medida. No puede ser que los malditos refugios anti-atómicos no sirvieran para nada en 1982, cuando todavía había peligro de guerra nuclear, y que en cambio ahora, cuando ya no lo hay, sea imperioso gastarse veinte mil millones en uno para el señorito. Si González tuviera así fuera sólo una mediana pretensión de coherencia, estaría obligado a decidir que, una de dos: o en el 82 decía chorradas como puños, o las dice (y hace) ahora. Claro que, de concluir lo primero, tendría que proseguir el razonamiento y deducir que en el 82 hubo diez millones de electores que le dieron su voto porque estaban ilusionados con sus chorradas. Y como eso sería muy amargo, pues nada: no piensa en ello, lo relega al olvido y a correr.
Cuanto más los oigo hablar, más evidente me resulta: a estas alturas, ningún dirigente socialista dice nada que aspire a ser coherente. Se conforman con que les permita salir del paso en ese momento. Lo de Leguina el otro día en Tele 5 fue patético: primero reprocha a El Mundo hacer denuncias sin pruebas, y luego asegura que no le interesa ver las pruebas. ¡Ele! Esa misma tarde, Serra -otro que tal baila- había tenido los santos bemoles de criticar a Aznar... ¡por no dar la cara! ¡Él, que se pasó semanas huyendo de la comisión parlamentaria sobre Roldán y de la tribuna del Congreso como si ambas encarnaran la peste misma!
He sugerido a los del suplemento Salud que elaboren un informe sobre las magníficas relaciones que hay entre ciertas patologías psíquicas y el ejercicio del poder político. Pero mucho me temo que con ocho páginas no tengan ni para empezar.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de noviembre de 2011.
Estoy seguro de que la mayoría de quienes lean hoy o escuchen en las radios el fragmento de la entrevista que Jesús Quintero le hizo a Felipe González el 29 de octubre de 1982 se echarán las manos a la cabeza. ¡Quién le ha visto y quién le ve!
Ese fue el sentimiento que animó al lector que nos llamó la atención sobre el asunto y nos remitió la grabación de sus palabras.
Me lo relataba ayer él mismo:
-Recordaba que González le dijo al «Loco de la Colina» algo sobre búnkeres, y sabía que yo había grabado la entrevista, así que la busqué entre mis viejas cassettes. Tardé varias horas en encontrarla, pero al fin di con ella.
-¿Y por qué grabaste aquellas declaraciones? -le pregunto.
-Bueno, es que hace doce años yo tenía algunas ideas políticas...
Y se interrumpe.
-...Pero ya no las mantengo.
Otro más. Otro que ha pasado de la viva admiración por el de entonces al frío denuesto contra el de ahora. Del «¡Viva Felipe!» al «¡Abajo González!».
¿Cuántos como él? ¿Cuántos que le dieron su voto porque les caía bien que lo mismo encabezara una protesta anti-OTAN que se riera de los refugios anti-atómicos y dijera -¿o profetizara?- que sólo sirven para que algunos hagan «buenos negocios»? No lo soportan: cada vez que oyen su voz, se acuerdan de la estafa que les hizo y montan en cólera.
Comprendo muy bien su ira. No la comparto. Pero sólo porque tuve suerte. Me cuento entre los muy pocos que tuvieron el singular privilegio de ver de cerca en acción a la plana mayor felipista mucho antes del 82. Aleccionados, para esas alturas ya sabíamos que su palabra no valía dos reales; que lo único que realmente les importaba era llegar a la cumbre del Poder político. ¿Que para conseguirlo les convenía ir de «progres» en esto o en aquello? Pues iban. ¿Que dos días después dejaba de venirles bien? Pues adiós. El Felipe de pana y puño en alto sólo se diferencia del González del búnker en las arrugas de la cara, las canas del pelo y los bonsais del jardín. Sus trampas son diferentes, pero el tramposo es exactamente el mismo.
Hace doce años, muchísimos le dieron su voto convencidos de que «el cambio» iba a permitir que España huyera para siempre de sus sempiternos fantasmas. El paso del tiempo les ha hecho comprender que la fantasmagoría es el terreno en el que González se desenvuelve más a gusto: oculto bajo la sábana y arrastrando cadenas, él también es un fantasma.
Quienes votaron a González el 28 de octubre de 1982 no deberían proclamarse «desengañados». Deberían declararse engañados, a secas. Sus ideas siguen vigentes. Votaron -entre otras cosas- para afirmar que los búnkeres no sirven de nada, salvo para que algunos hagan «buenos negocios».
Tenían toda la razón.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de febrero de 2013.
Harto de aguantar que el presidente del Gobierno, solo o en compañía de otros, diga y repita que mentimos y difamamos como bellacos y que acusamos sin pruebas, y a la vista de su pétrea voluntad de no poner el asunto en manos de la Justicia, pensé que podíamos ser nosotros los que apeláramos a los tribunales.
-¡Se van a enterar! ¡Ahora vamos y nos querellamos, hala! -me dije. Excité mi celo fiscal y me lancé a repasar uno a uno todos sus insultos.
Fue entonces cuando descubrí el dato: pese a todo el guirigay que se ha montado, ningún miembro del Gobierno ha hablado jamás de El Mundo. Nunca. Hemos sido muchas cosas: «cierto medio de Prensa», «algunos, muy pocos, que tratan de impedir la recuperación de nuestro país», «determinadas informaciones aparecidas», «esos nuevos inquisidores», «quienes mienten y difaman»... Pero ni el jefe del Ejecutivo ni ninguno de sus ministros ha reconocido en ningún momento que estuviera hablando de nosotros. Se han paseado por la escena como el personaje de Gila, aquel que decía: «Alguien va a matar a alguien». Nosotros somos Alguien inconcreto. O sea, somos Nadie concreto. Como el astuto Odiseo para el plasta de Polifemo.
No sólo se parecen a Gila en eso. También en lo risibles que resultan. ¿Qué me dicen de Serra sugiriendo a Palomino que se querelle contra nosotros? Estoy convencido de que el accidente del «cuñadísimo» -que ojalá se recupere presto cual AVE- se produjo tras oir por la radio al vice poniéndole en ese brete. ¿Y lo de González en Antena 3, tratando de convencernos de que a él lo que realmente le hubiera gustado era impartirnos un cursillo acelerado sobre formación profesional y telecomunicaciones, pero que no tenía más remedio que hacer como Hormaechea y utilizar la publicidad institucional para exorcizar sus demonios personales y familiares? Estuvo genial.
Y, por momentos, hasta sublime. Por ejemplo, cuando afirmó la mar de serio que «llegamos» tarde en el pasado siglo a la cita con el maquinismo (¿quiénes? Si yo hubiera llegado puntual a esa cita, habría llegado prontísimo), y que también «llegamos» después tarde a la cita con el automóvil (?), pero que él puede asegurarnos que a la cita con las telecomunicaciones no llegaremos tarde. ¡Y tanto que no! Ni tarde ni temprano: sencillamente no llegaremos, porque toda la industria del ramo está ya en manos de las grandes multinacionales extranjeras. «Llegaremos» a tiempo de comprar a japoneses, alemanes y gringos los aparatitos que ellos fabriquen, pagando a tocateja lo que nos ordenen. Faltaría más.
Está visto: las dos Españas del bueno de Machado siguen vivas. También la de González combina hoy el horror con la astracanada: unas veces te hiela el corazón; otras te parte de la risa.
(P.S. Ayer fue 11 de noviembre, festividad de San Martín. El maldito refranero no da ni una).
Javier Ortiz. El Mundo (12 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de noviembre de 2010.
El panorama es caótico. El escenario político está lleno de «casos»: Palomino, De la Rosa, Conde, Cullell, los GAL (II y III), PSV, Hormaechea... Y luego lo de Vilallonga -ése sí que es un caso: él, personalmente-, que aparece con habladurías sobre el afán recaudador de Sarasola para el particular peculio de González.
Pero, si hemos de hablar de cosas serias, dejemos fuera a Vilallonga. Afirmé en verano que ese tipo es un cantamañanas. Lo mantengo. Cortesano frívolo donde los haya, larga en los periódicos o ante los micrófonos lo que ha oído -o lo que se ha imaginado- como quien parlotea en un corrillo de amiguetes con un whisky en la mano durante un sarao. De lo que ha soltado esta vez sólo me queda una duda: si Lluch volverá a alegar, como cuando lo de la «conspiración republicana», que el marqués «se ha atrevido a decir lo que muchos otros ya sabían desde hace tiempo y callaban».
No me sorprende que González, el Gobierno y sus medios propios y afines estén que trinan contra El Mundo. Y no me sorprende nada porque eso es en ellos algo natural y permanente. Viven en estado de irritación perpetua contra este periódico y, cada tanto, así que se topan con un excusa, aprovechan para exteriorizarlo y desahogarse. La singularidad que ha presentado su estallido de estos días es la enorme desproporción existente entre el grueso calibre de los improperios que han lanzado contra nosotros, mayor que nunca, y la patética insustancialidad de sus razones. Lo suyo es como si le dices a alguien en público: «Tengo pruebas de que asesinaste a tu hermana Lola» y el tipo te responde a gritos: «¡Difamador! ¡Canalla! ¡Mientes! ¡Mi hermana no se llamaba Lola, sino Dolores!».
Hombre, no es serio. Hemos dejado más que claro que Palomino se forró gracias a CAE vendiéndole un chiringuito que no valía nada -o, mejor dicho, que debía varios cientos de millones- y que CAE se forró muchísimo más, una vez que contrató al cuñado del jefe del Gobierno, gracias a sus trabajos para las Administraciones Públicas, uno de los cuales fue el del búnker de La Moncloa, logrado a dedo. Y ante esos hechos probados, el Gobierno y sus corifeos, en medio de la más aparatosa crisis nerviosa que jamás hayan sufrido, nos ponen de vuelta y media, cual chupa de dómine, apoyándose en toda una letanía de insultos... y en media docena de pijadicas laterales.
¿A qué tanto y, sobre todo, tan desaforado griterío? Sólo cabe una explicación: que esta vez, ay, es la imagen del Gran Jefe la que sale tocada. Y no es que eso les importe en sí mismo: no son gente que se caracterice por la delicadeza de sus sentimientos. Es que ya no tienen más línea de defensa que la que el presidente les proporciona.
Cuando González se acatarra, todo el felipismo estornuda. Bueno, pues que estornude, pero que no nos llene de babas, caramba.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de noviembre de 2011.
Se ha escrito la tira sobre lo absurdo, lo prepotente y lo amenazador de la filípica -dicho sea por partida doble- del presidente en Casablanca. Sin embargo, hay dos observaciones de primera importancia que no se han hecho. De modo que me tocará a mí reparar el fallo.
Primo. Por tres veces, tres, el jefe del Gobierno acusó a El Mundo no sólo de hacer cosas muy malas, sino de hacerlas, además, con plena conciencia de su maldad. Dijo que publicamos mentiras sabiendo que son mentiras y que calumniamos a posta. Lo cual resulta, en primer término, una tontería, porque no se puede mentir y calumniar sin querer: si falta la voluntad, adiós mentira y adiós calumnia. Pero es también un recurso polémico muy frágil. Porque cuando uno atribuye a alguien no un acto, sino un deseo, tiene que estar en condiciones de probarlo. González ni siquiera lo intentó, con lo que quedó como un miserable hurgón en conciencias ajenas. No sólo en las de quienes hacemos este diario. También hizo lo propio con Nicolás Redondo, al que atribuyó confundir «la realidad con sus deseos». Se ve que tiene el divino don de saber por qué hacen y dicen los demás las cosas. Vaya por Dios. Y vaya con Dios.
Secundum. La filípica en cuestión no tuvo nada de improvisada. Sabemos que sus valets de chambre persiguieron a varios periodistas hasta conseguir uno que estuviera presto a formular la pregunta que dejara expedita la vía a la arenga presidencial. O sea, que González metió el cuezo premeditadamente.
Cosa harto preocupante. Porque un mal pronto lo puede tener hasta el mejor, pero si el patinazo es fruto de una decisión meditada, entonces ya la cosa pertenece a otro género.
En relación al «caso Palomino», el único miembro del Gobierno que ha tenido una reacción inteligente ha sido Josep Borrell. El ministro de Obras Públicas puede ser un relamido -que lo es-, capaz de inaugurar la misma piedra doce veces, pero de tonto no tiene un pelo. Así que se ha refugiado en que, a fin de cuentas, el cuñado de su jefe es un particular, o sea que a él qué.
Por supuesto que se trata de una línea de defensa muy objetable, pero no ridícula. Felipe González, en cambio, salió dando la cara por su cuñado, proponiéndose como garante de su honorabilidad, con lo que convirtió el affaire en propio. Ahora se publican las pruebas documentales de las chapuzas del otro y, claro, se le caen encima.
Hay dos géneros de torpes. Están los que lo son porque lo son, y qué le van a hacer los pobres, y están los que lo son sin necesidad, porque se creen infalibles y no toman las precauciones mínimas.
González es de estos últimos. Le pierde la soberbia. Cuando se siente atacado, embiste, convencido de la finura de sus cuernos. Y no dan para tanto.
González es el peor enemigo de sí mismo. La peor campaña que sufre es la que se monta él solo.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de noviembre de 2012.
Siento desde muy joven una profunda aversión por las pruebas de inteligencia. Tengo mis motivos personales. Mi odio proviene de que en el colegio, a los 15 años, me sometieron a una maldita prueba de ésas. Así que los resultados estuvieron disponibles, los Jesuitas, responsables de la cosa, convocaron a mis progenitores. Les sugirieron que me orientaran hacia una carrera de Letras.
-¿El chico tiene vocación de Letras? -le preguntó mi padre al cura encargado del asunto, no sin un punto de orgullo.
-No, qué va -le respondió el otro-. Pero es aún más llamativa su incapacidad para las Ciencias.
Mi índice de inteligencia podía ser todo lo raquítico que al test le diera la gana, pero mi capacidad de mosqueo estaba ya a la sazón muy desarrollada. Así que puse a todos en mi lista negra: al cura -cuyo color, a decir verdad, no desentonó nada en la lista- y a las pruebas de inteligencia.
Leo que en Estados Unidos se ha armado la marimorena a cuento de dos libros que, aunque desde perspectivas ideológicas diferentes, coinciden en dar por sentada la inferioridad mental de los hombres negros con respecto a los blancos (supongo que también de las negras en relación a las blancas, aunque de eso no veo que digan nada).
O mucho me equivoco -lo que no sería nada novedoso- o la clave del asunto está en el papanatismo de quienes toman esas pruebas de inteligencia por Ciencia exacta. En realidad, no son Ciencia: son Letras. Y, como todas las Letras, ideología en estado puro. No miden la inteligencia. No podrían hacerlo: «la» inteligencia no existe. Lo que miden, en el mejor de los casos, es la capacidad de adaptación y aprovechamiento que las mentes de los individuos revelan frente a determinadas realidades. Pero no adaptarse a esas realidades no es muestra de falta de inteligencia. Puede venir dado por muchos otros factores: desde la pura rebeldía a la conformidad con otras pautas.
La cuestión central que hay que plantearse no es si los negros son menos, igual o más inteligentes que los blancos. Lo realmente capital es determinar por qué hay personas que consideran interesante estudiar ese género de bobadas. Nadie daría un duro para que se hiciera una investigación para establecer si a los habitantes de Cuenca les gustan más las piedras redondas que a los de Huelva. En cambio, hay quien da dinero a espuertas para que se analicen las hipotéticas diferencias mentales entre negros y blancos. Y otros, para que se establezca de una vez por todas si la homosexualidad es genética o adquirida. Y a mí qué.
Muy a menudo, las respuestas no tienen demasiada importancia. Lo decisivo son las preguntas. En la pregunta ya va implícito un género de respuesta. No sólo es racista quien defiende la superioridad de una raza sobre otra. También quien se interesa por compararlas.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de noviembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de noviembre de 2010.