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1994/12/31 07:15:00 GMT+1

Las ratas no quieren abandonar el barco

No abandonan el barco...

Se aferran al Poder como posesos. Ya, para estas alturas, les da lo mismo lo que pueda descubrirse sobre ellos, por grave que resulte. Cuando sale, lo niegan y continúan como si tal. O lo justifican como sea.

Entre los que niegan, el especialista número uno: Felipe González. Para él -ya lo vieron el jueves- aquí no pasa nada, todo va bien, la economía marcha viento en popa, el Gobierno nunca ha tenido nada que ver con los GAL, las Fuerzas de Seguridad del Estado se han atenido siempre a la Ley, a su juicio los fondos reservados siempre se han administrado correctamente, su Ejecutivo está en una posición perfectamente sólida... Y, por consiguiente, él va a seguir hasta agotar la legislatura.

Mentira tras mentira. Pero previsible: inicialmente él siempre lo niega todo, sin preocuparle ni poco ni mucho que nadie le crea. No pretende ganar credibilidad, sino tiempo. Y, como así gana tiempo, pues perfecto.

Más disparatado ha sido el comportamiento de los que han optado por -o se han creído obligados a- tratar de justificar lo ocurrido. Ha sido patético ver a José Barrionuevo apelando a lo duras que eran las condiciones en que se desarrollaba la lucha contra el terrorismo hace diez años, es decir, tratando de blanquear la fachada de los GAL. Y aún más patético ha sido ver a Rafael Vera comparando a Julián Sancristóbal y sus compañeros de sumario con los «poli-milis» de ETA, pidiendo que la sociedad muestre ahora la misma «generosidad» que tuvo con aquellos, algunos de los cuales tenían sumarios abiertos por delitos de sangre y fueron puestos en libertad. He ahí a todo un ex Secretario de Estado para la Seguridad, recién apeado del cargo, admitiendo implícitamente que los policías arrestados son culpables y poniendo en el mismo plano a ETA y el Estado, como si los servidores públicos no tuvieran deberes especiales.

¿Se aferran al Poder por inconsciencia, como afirma Julio Anguita? Cabría pensarlo. Porque el hecho es que su resistencia numantina está teniendo efectos realmente desastrosos en muy diversos planos. En el exterior, se extiende la idea de que España se ha convertido en una jaula, habitada a partes iguales por grillos y por zánganos. En el interior, se ha generalizado la sensación de que todo cuanto depende del Consejo de Ministros es provisional e incierto. «Gobierno» es sinónimo de incógnita, de marcha a la deriva, de bandazos, de falta de rigor. Resultó sintomático el comportamiento que tuvieron los mercados financieros y bursátiles el pasado jueves: inmediatamente después de hablar el jefe del Ejecutivo, la Bolsa sufrió una brusca bajada y la peseta descendió hasta su mínimo histórico frente al marco. «En estos momentos, el anticipo de las elecciones generales habría sido la mejor noticia que se nos podía dar», dijo un agente financiero.

...Porque les gusa el queso

No; la explicación del comportamiento de González y los suyos no hay que buscarla en la inconsciencia. No digo que sean plenamente conscientes de los efectos generados por sus actos -para serlo tendrían que interesarse realmente por ellos-. Sostengo que la motivación de fondo que les mueve es otra: seguir, seguir como sea, ganar tiempo.

Si González no dimite y si descarta la celebración de elecciones generales a corto plazo, es porque sus expertos le han anunciado que, de apelar ahora mismo al veredicto de las urnas, saldría condenado. Lo que le conduciría a dejar La Moncloa no «con la cabeza bien alta», como él desea, sino con el rabo entre las piernas: un golpe durísimo para su ilimitada soberbia y, sobre todo, una condena para su carrera política posterior. Si se va en medio del pateo del público, ni soñar con volver al escenario. Necesita aguantar a toda costa para que le llegue, en el segundo semestre de 1995, el turno de la Presidencia de la UE. En ella espera apoyarse para levantar su imagen, ahora por los suelos.

Esa es la clave del empecinamiento de González: su interés personal.

¿Y por qué le apoya su entorno? Por lo mismo: el uno se acuerda de repente de que cuando le hicieron gran jefe de esto o de lo otro era un mindundi, y no quiere volver a tener sueldo de mindundi; el otro ya se ha olvidado incluso de lo que era, si es que era algo; el de más allá no se imagina sin salir en el Telediario...

Las ratas no abandonarán el barco mientras a bordo haya queso. Sobre todo si fuera sólo espera el océano frío y gris.

Javier Ortiz. El Mundo (31 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de marzo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/31 07:15:00 GMT+1
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1994/12/31 07:00:00 GMT+1

Dejen que Felipe siga

Lo acepto: es posible que sea un inconsciente, pero no comparto el desaforado interés que tantos muestran porque Felipe González dimita o convoque elecciones generales.

No niego que eso tal vez fuera bueno para la Bolsa y los mercados financieros, como aseguran los expertos. Pero -por imperdonable estrechez de miras, sin duda- los problemas bursátiles y financieros no me emocionan ni poco ni mucho (probablemente porque a lo largo del tiempo he comprobado una y otra vez que esas cosas pueden ir de cine sin que por ello mejore en nada mi economía particular).

Aseguran que urge que González se vaya «para que se normalice de una vez la vida política española». ¿Y para qué diablos nos hace falta que se normalice la vida política? Y previo a eso: ¿qué es una vida política «normal»? En España, lo normal ha sido siempre que los de arriba se choteen de los de abajo y les saquen los cuartos. O sea, que lo de ahora es ya normalísimo.

A cambio, le veo un montón de ventajas a que continúe el actual espectáculo. Para empezar, eso me proporciona mucha materia para escribir. (Ya me doy cuenta de que es un criterio un pelín mezquino, pero, qué quieren: primum vivere...).

No descarto que Aznar y su fiera troupe acaben representando un filón igual de productivo para los que vivimos del noble arte de despanzurrar a chapuceros y felones pero, por ahora, Felipe González es pájaro en mano, y Aznar y los suyos, cien pichones volando.

Dejemos que González siga, así sea solo unos meses. Reconozcan que para ustedes tiene también un gran aliciente: obliga a este diario al más difícil todavía. Le ha forzado ya a desembarazarse de varios ministros y de un jefe del Banco de España; le ha sacado los colores con el carrerón de su cuñado -esa especie de De la Rosa a escala, que cuanto peor va su empresa, más dinero acumula él-; le ha puesto patas arriba la Policía, dividido el partido, colocado contra el paredón haciendo que Amedo y Domínguez canten (oigan: y sin torturarles)...

¿Qué hará El Mundo ahora? No me digan que no tienen interés en verlo. ¿Y cómo van a verlo si lo echan?

Jo, déjenle que siga. Aunque lo odien.

Déjenlo seguir, sobre todo si lo odian. Porque, cuanto más siga, más se va a cubrir de lodo, más claro va a quedar qué clase de tipo es, a qué extremos de vileza recurre para mantenerse a flote por un rato más, qué puñaladas es capaz de dar incluso a sus más allegados.

Yo no lo odio -soy incapaz, y además me lo prohíbe mi religión- pero, si lo odiara, desearía que siguiera algo más. Para que la caída sea más dura. Para que se deslome del todo y no vuelva a levantar cabeza jamás en la vida. Para que la Academia acabe admitiendo la palabra «felipismo» como sinónimo de abyección política patológica.

Javier Ortiz. El Mundo (31 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de marzo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/31 07:00:00 GMT+1
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1994/12/28 07:00:00 GMT+1

Pinzas para la ropa

Están obsesionados con las pinzas. Desde que creyeron haber desenmascarado la formada por el PP e IU -que emergió de la cabeza de González como Minerva de la de Júpiter, ya armada y dispuesta a la acción-, a los felipistas las cañas se les tornan pinzas. Están persuadidos de que sus enemigos se han conjurado para hostigarles en la modalidad de parejas (cosa que, como es sabido, tiene honda tradición en España, desde lo de Indíbil y Mandonio).

Ven pinzas hostiles por todas partes. De creerles, habría gente dedicada en cuerpo y alma, noche y día, a fabricarlas. Es el caso del juez Garzón: apenas acababan de denunciar la pinza que ha hecho con El Mundo -nada más que para chincharles, por supuesto- y ya se han topado con otra de la misma procedencia: la que creen que se ha montado el juez con su colega Ana Ferrer, encargada de indagar las numerosas trapacerías de Luis Roldán. Y muy pronto le reprocharán -¿se apuesta alguien algo?- la aparición de otra pinza más, ésta ahorquillada mano a mano con la también juez María Jesús Coronado, que investiga el uso ilegal de los fondos reservados.

¿A cuento de qué esta obsesión por las pinzas? Sólo le encuentro una explicación: dan por hecho que el número de pinzas ha de ser proporcional a la cantidad de ropa en juego.

Y es que esta gente, en materia de ropa, ¡tela!

Recuérdese que la palabra ropa comparte raíz germánica con el verbo robar. Todo encaja. La acción de los GAL fue a quema... ropa (ropa Interior, por supuesto). Ahora, para tapar esos trapos sucios, tratan de nadar y guardar la ropa, porque la ropa sucia hay que lavarla en casa.

Sobre todo considerando que hay ropa tendida.

Mi idea es proponer a Bi-Belloch que nos montemos, él y yo, una pinza a medias. ¿Por qué no? Una más no se notará casi nada.

Yo me comprometo a que en esta sección de El Mundo se le trate con exquisita delicadeza y fina consideración, como si él todavía fuera un defensor de las libertades y no supiera nada de lo que fueron los GAL y de cómo se utilizaron los fondos reservados, y como si nada hubiera tapado desde que está al frente de Interior y Justicia.

A cambio, no le pido milagros. Nada de esas cosas que le reclaman otros: dimisiones, investigaciones a fondo y otros imposibles, del todo incompatibles con su ambición sin límites.

Me conformo con que consiga que González no haga caso de las exigencias de los imbéciles que le piden que acuda al Parlamento a «dar explicaciones» que permitan «tranquilizar a los ciudadanos».

Que no acuda. Que se quede donde está. Hasta el día en que el juez lo convoque para que firme su deposición.

Y, si no recuerda ya tampoco cómo se firma, que lo haga como los demás analfabetos: que ponga una equis. Y que la sujete con una pinza.

Javier Ortiz. El Mundo (28 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de diciembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/28 07:00:00 GMT+1
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1994/12/24 07:00:00 GMT+1

El brazo armado de la corrupción

El ejemplo cunde. Después de Amedo y Domínguez, también muchos felipistas han empezado a autoinculparse.

Se autoinculpa el ex ministro José Barrionuevo, cuando alega que el delito ha prescrito. ¿Y qué más le da, si él y sus subordinados no lo cometieron? El inocente no tiene por qué buscar el amparo de la prescripción.

Vuelve a inculparse Barrionuevo cuando afirma que no quiere «ni pensar» que el juez Garzón esté actuando por deseo de venganza. Pues lo mismo: si su entorno fuera ajeno a los GAL, no sería posible vengarse de él sumario en mano.

Se autoinculpan también «algunos miembros del Gobierno» (véase El País del jueves) que se quejan de que nos dé por «enjuiciar con la perspectiva actual hechos que se produjeron hace diez años», cuando ETA se movía a sus anchas en Francia. ¿Y por qué les molesta que se examinen los actos de los GAL según criterios atemporales, si ellos están al margen de la cosa?

Se autoinculpan una vez más -y cómo, y cuánto- los innominados ministros confidentes de El País cuando dicen que confían en que el PP se dé cuenta de que ésta es «una cuestión de Estado».

Enseñan también la oreja otros, así sea de modo menos descarado. La enseñó ayer Borrell cuando, al preguntársele si pondría la mano en el fuego por José Barrionuevo, contestó que le merece «la mayor de las estimas», bla, bla, bla,... sin arriesgar para nada su pobre mano. Y enseñó la oreja Miquel Roca también ayer, cuando contestó a una cuestión la mar de concreta («¿Creyó usted a Felipe González cuando aseguró que el Ministerio del Interior no ha tenido nada que ver con los GAL?») con un amplio surtido de peteneras entre las que no apareció -vaya por Dios- la única palabra que realmente importaba: «Sí».

Unos con plena desvergüenza, otros incurriendo en lapsus más o menos groseros, todos los amigos y cómplices del señor X evidencian que saben de qué iban los GAL. Les da igual incluso que se les note. Sólo aspiran a que nadie pueda demostrarlo. Entretanto, exhiben su coartada: «La gente disculpa a los que usaron la violencia para salvar la democracia del terrorismo».

Quizá la culpa la tengamos los demócratas, por habernos dejado arrastrar a esa falsa discusión. No hemos insistido lo suficiente en que la trama de los GAL no fue el error de unos demócratas descarriados, sino los desmanes de un puñado de matones del hampa y de policías venales, rescatados del aparato represivo del franquismo, que se forraron repartiéndose los fondos reservados de Interior.

¡Qué defensa de la democracia ni qué...! A esos tipos la democracia se les daba una higa. Mataron por dos únicas razones: porque se lo ordenó el señor X y porque les pagaron por hacerlo. Y mataron a voleo, a quien les resultó más fácil.

Los GAL no fueron sino el brazo armado de la corrupción naciente.

Javier Ortiz. El Mundo (24 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de diciembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/24 07:00:00 GMT+1
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1994/12/20 07:00:00 GMT+1

De Conde al señor X

Me llama mi buen amigo Gervasio Guzmán. Está perplejo. No se explica lo de Mario Conde.

-De veras; no lo entiendo. No entiendo que se lanzara a pegarse a la vez contra tantísimos poderes establecidos si tenía tantos flancos débiles. Dí por hecho que guardaba en la manga bazas decisivas para jugarlas a la hora de la verdad.

-No -le respondo-. No creo que tenga ninguna baza escondida. Las que tiene son sobradamente conocidas, y no puede usarlas.

-Pues entonces -alega mi buen Gervasio- es tonto de remate. Lo cual también me deja perplejo. ¿Cómo puede ser que un tonto de remate llegara tan arriba?

-Conde no es nada tonto -le replico-. Es sólo uno de esos listos que llegan a creerse, porque saben que son listos y porque las cosas les salen redondas durante un cierto tiempo, que son invencibles. La soberbia es su peor enemigo. Casi siempre acaba por vencerles.

-Ya estás hablando de Felipe González -se ríe Gervasio.

-Pues sí: ya estoy hablando de él. Y lo hago con motivos.

Pero, a las horas que eran, no podía decirle lo que ya sabía: que Pepe Amedo y Michel Domínguez habían cantado de plano ante el juez Garzón, y que el «señor X» empezaba a oler, dicho sea por la brava, a fiambre político.

Lo dijo muy confiado: «Ni existen pruebas ni existirán». Se olvidó del muy célebre poema de Bertold Brecht -y mira que yo se lo recordé-: «General: tu tanque es poderoso. Pero tiene un defecto: necesita un conductor». Mandó a sus huestes a combatir contra el terrorismo con las mismas armas del terrorismo. Pero, como él no podía ir -él no sabría hacerlo: sólo sabe matar de aburrimiento-, envió a unos individuos que ahora, puestos ante sus responsabilidades, quieren descargarse de ellas. Y dicen: «Yo cumplí las órdenes». Y dicen: «Yo conduje el poderoso tanque, sí, pero fue el general quien mandó que lo hiciera».

El general -o sea, el secretario general- lo tiene crudo. Creía, como Conde, que era intangible. ¡Todo le había salido siempre tan bien! Pero no se puede tentar tanto la suerte. Vale que ningún juez encontrara delito en la reventa de Rumasa. Vale que ninguno viera nada malo en lo del metro de Medellín. Vale que lo dejaran -Dios sabe por qué- al margen de lo de Flick y Flock, y de lo de Filesa. Vale que no le imputaran ser culpable de leso socialismo por tanto y por todo. Pero el cántaro no puede ir a la fuente tantas veces. Al final se rompe.

Se ha roto. Se lo va a romper en los morros Sancristóbal, patrón de los accidentes de recorrido. Se lo va a romper Amedo. Se lo va a romper Garzón. ¿Por venganza? Quizá. Pero sólo puede vengarse a gusto y a fondo quien encuentra dónde hincar limpiamente el diente de la venganza.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de diciembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/20 07:00:00 GMT+1
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1994/12/17 07:00:00 GMT+1

65 y más

Todos los sondeos y análisis de resultados electorales que se han realizado en los últimos años ponen de manifiesto un hecho que ya hay que dar por indiscutible: el PSOE en general, y González en particular, obtienen sus mejores índices de aceptación, con enorme diferencia, entre los votantes de más de 65 años.

Tómese a modo de ejemplo el último sondeo de Sigma Dos para El Mundo. Según éste, sólo el 11,8% de los votantes de entre 18 y 30 años tiene una opinión «buena» o «muy buena» de González; el porcentaje sube un poco (al 15,4%) en el tramo de edad que va de los 30 a los 45; se incrementa otra miaja (18,6%) en el segmento que va de los 45 a los 65 años... y se dispara hasta alcanzar el 41% -¡más del doble!- cuando los encuestados superan esa edad.

No me digan que la cosa no tiene su aquél.

Habrá quien atribuya el singular fenómeno al apartamiento de los ancianos del mundo laboral y a su dependencia de las pensiones que paga el Estado. No digo que esos factores carezcan por entero de relevancia, pero me cuesta creer que lo expliquen todo. No veo que por contar más de 65 años tenga uno que incurrir en la  simpleza de atribuir a González el pago de unas pensiones que, por lo demás, no son tampoco como para lanzar hurras y dar botes de alegría.

Mi teoría al respecto va por otro lado. Para mí que este salto abismal en la opinión tiene muchísimo que ver con la edad. Pregunta: ¿qué tienen quienes ahora están por encima de los 65 años que los demás ciudadanos de este país no tengamos? Respuesta: la experiencia de la Guerra Civil. Toda su infancia y juventud -es decir, todo el tramo vital en el que se configuran los trazos indelebles del modo de ser y sentir de las personas- estuvo marcada por aquel episodio cruel y desgraciado que dividió nuestra sociedad en dos bandos separados por el odio. Quienes hoy son ancianos pasaron los primeros años de su vida oyendo hablar a sus seres más queridos sea de los «comunistas asesinos» sea de los «fascistas asesinos»: de algún tipo de asesinos, en todo caso, a los que había que maldecir y, a ser posible, exterminar.

¿Qué tiene que ver esto con González? Pues mucho. Supongo que no les habrá pasado inadvertido a ustedes que, cada vez que las urnas asoman por el horizonte, el actual presidente del Gobierno se lanza al ruedo público y repite una y otra vez el mismo mensaje: sólo votando a su favor se puede evitar, a la vez, que «venga la derecha» y que «triunfen los comunistas». Apela con ello a los resquemores más profundos que habitan en el alma de los supervivientes de las dos viejas Españas.

No hay nada de casual en su insistencia en el coco de la «pinza». Lo hace para conjurar los fantasmas del pasado: unos fantasmas que ya no asustan casi nada a los menos viejos, pero que aún siembran el pánico entre los más ancianos.

González es -qué tristeza- el candidato de la guerra civil.

Javier Ortiz. El Mundo (17 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de diciembre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/17 07:00:00 GMT+1
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1994/12/14 07:00:00 GMT+1

De Torquemada a Jean Paul Marat

Me es indiferente que los tenientes del Poder, para desahogar la irritación que les producimos algunos de sus críticos, nos califiquen de «sindicato del crimen». Es un insulto bobo.

A cambio, no soporto que nos comparen con la Inquisición, con los «procesos de Moscú» y con el maccarthismo. No me irrita por razones políticas, sino pedagógicas.

Son unos irresponsables. No se dan cuenta de que, para obtener un beneficio meramente coyuntural, están malogrando la educación de nuestra juventud, despistándola sobre el significado de fenómenos históricos notables.

Consciente de la importancia que tiene la correcta formación de los jóvenes de hoy, daré aquí un par de datos clarificadores al respecto.

Empecemos por la Inquisición. ¿Qué rasgos propios distinguieron a la Inquisición Española de los diversos fenómenos inquisitoriales presentes en casi todo el occidente de Europa desde el siglo XII? La experta Valentina Fernández Vargas anota: «El Tribunal del Santo Oficio, considerado como la Inquisición Española por excelencia, es el que van a instaurar los Reyes Católicos y que de hecho es distinto de los Tribunales Medievales pues va a estar íntimamente unido al poder político».

Este rasgo característico de la Inquisición Española -su vinculación al Poder- la sitúa, en efecto, en el mismo plano que los Tribunales que encabezó en la URSS el fiscal general Andrei Vishinski, un socialista moderado que se pasó con entusiasmo a las filas de la Inquisición estalinista. El Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy actuó también en ese mismo plano, aunque de modo mucho menos sanguinario.

Se trata, pues, de tres ejemplos históricos de tribunales al servicio del Poder, destinados los tres -y ésta es otra característica básica que comparten- a un mismo objetivo: perseguir y castigar la disidencia, para procurar la uniformización ideológica de la sociedad.

Dicho de otro modo: por muy perversa, torva, cruel, tramposa y falsaria que sea nuestra «campaña» contra González, las instituciones democráticas, los «síntomas de recuperación», los cuñados de los síntomas y la Biblia en verso, no está en nuestra mano actuar a semejanza del Tribunal del Santo Oficio, Stalin y McCarthy. Por dos razones, ambas elementales: 1ª) porque no estamos en el Poder, y 2ª) porque nos viene fatal que se reprima la disidencia, dado que nosotros mismos somos disidentes.

Si no pueden prescindir de citar precedentes históricos, búsquenlos en momentos de la Historia en los que el Poder ha sufrido feroces campañas de descrédito lanzadas desde abajo. Un felipista tuvo hace semanas la audacia de comparar El Mundo con L'Ami du Peuple, de Jean-Paul Marat. Es un perfecto disparate, pero se acerca algo más a la verdad: a fin de cuentas, este diario también se opone a un tipo que se cree que el Estado es él.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de diciembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/14 07:00:00 GMT+1
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1994/12/10 07:00:00 GMT+1

Los errores de la Academia

Un tal Isaac Montero, al que no conozco de nada -sin duda por culpa mía-, ha dimitido de la Presidencia de la Asociación Colegial de Escritores -que sí conozco, pero me da igual- porque los afiliados a la ACE no han suscrito las tesis de la ya célebre carta que la Academia dirigió a Felipe González. Ha dicho: «A lo que no estoy dispuesto, como ciudadano, es a que se extirpe (sic) la lengua nacional común».

Como se ve, el señor Montero está persuadido de que todo aquel que no apoye la misiva de marras colabora en la extirpación de la «lengua nacional común». Lo cual me resulta asaz fastidioso, dado que me cuento entre los que creen que esa carta es un perfecto dislate. ¿Estaré ayudando, inconsciente de mí, a extirpar la lengua castellana? Me disgustaría ser cómplice de tan abyecta lingüectomía: en castellano aprendí a pensar y a comunicar mi pensamiento, y con el castellano como herramienta de trabajo me gano el sustento. Vamos, que es mi lengua, y la tengo en alta estima.

Pero, precisamente porque la quiero, no puedo solidarizarme con quienes se equivocan a la hora de señalar qué peligros corre.

El primer error de la carta de la Academia es dar por hecho que el castellano está amenazado por el progreso de las lenguas que llama «vernáculas» (erróneamente: la castellana no es menos vernácula que cualquier otra lengua. Sería bueno que los académicos ojearan de vez en cuando su propio diccionario). En todo caso, esas lenguas no amenazan nada ni a nadie: tan sólo recuperan una parte del mucho espacio social que les fue arrebatado a bofetadas.

Segundo error: no se dan cuenta de que quienes más daño hacen hoy al castellano no son aquellos que se expresan en otras lenguas, sino quienes lo maltratan con su uso.

De los cuales encontramos en la vida pública y en los medios de comunicación actuales dos géneros típicos. El primero es el de quienes emplean el castellano a coces, como si el nuestro fuera un idioma tosco, desangelado y pobre, su diccionario no albergara 83.500 palabras -se ve que con trescientas les basta y sobra para decir mal lo que piensan poco- y su gramática careciera de función específica conocida. Lo más cómico es que muchos de éstos -autores de tochos soporíferos, cotorras de cháchara inaguantable, articulistas ramplones- se cuentan entre los que con más entusiasmo se apuntan a criticar los supuestos excesos de las «lenguas vernáculas».

El otro género de anti-castellano es el que cultivan impunemente todos esos políticos que se han especializado en parlotear sin decir nada y en apabullar a la gente a fuerza de retórica tecnocrática y huera, empobrecedora del lenguaje y ahuyentadora de ideas.

¿Quién es aquí el más activo difusor de tal plaga? Ese trasunto de charlatán de feria que tenemos por presidente de Gobierno. ¡Y a semejante depredador de la lengua acude la Academia en busca de socorro! Va aviada.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de diciembre de 2012.

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1994/12/07 07:00:00 GMT+1

Lazarov

Hay estos últimos días mucho ditirambo sobre don Valerio Lazarov y sus -al parecer- portentosas dotes televisivas.

Reconozco que no soy la persona más adecuada para decidir acerca de lo justificado o injustificado de tan encendidas alabanzas. Como no ejerzo de crítico de TV ni voy de masoquista, deserté de las ondas de Tele 5 así que me apercibí de su deseo de abrir mi inteligencia en canal (amigo, eso sí). De entonces a aquí, solamente he conectado esa emisora para ver algún informativo, algún debate y, de vez en cuando, esta o aquella película (grabada: las dos o tres veces que quise ver una en directo, la cantidad y la duración de los cortes publicitarios hicieron que me olvidara del argumento).

Así que -ya digo- no soy nada experto en don Valerio. Pero me deja de piedra comprobar cuán numerosos son los que, tras haberse pasado años poniendo cual chupa de dómine la programación de Tele 5, han descubierto de repente, en cuanto han pasado a la reserva al responsable de lo que se suponía que era pura basura, que no, que en realidad era un producto bello, sutilísimo, casi genial.

Ganas me dan de decirles que el señor Lazarov lo han quitado del mando, pero no ha muerto. Porque este es un país fantástico, en el que a la gente sólo se la puede poner a caldo cuando está viva: así que muere, toda su biografía sube ipso facto a los altares. Lo hemos podido comprobar muy recientemente, con motivo del fallecimiento de Vicente Enrique y Tarancón. Hace un par de años, cuando el cardenal dio un repaso a las corruptelas del régimen vigente, el propio Felipe González afirmó que no veía por qué había de tener en cuenta las opiniones de «alguien que se dedicó a pasear a Franco bajo palio». Va luego, se muere ese «alguien que se dedicó a pasear a Franco bajo palio» y, ¡alehop!, todos los felipistas cantan a coro las más rotundas loas al buen «demócrata infatigable». De risa.

Pero Lazarov no se ha muerto, ni mucho menos. ¿Entonces? ¿A qué vienen esos panegíricos con sonido a hueco? ¿Es que sienten lástima porque don Valerio se ha quedado sin su curro? Me cuesta creerlo: muchos son los que han perdido el trabajo en Tele 5 -en la medida en que con contratos así se pueda decir que lo tuvieron- y nadie ha dicho una palabra ni escrito una línea solidarizándose con ellos. ¿Será entonces que el señor Lazarov les ha tratado bien a ellos y ahora se sienten en el deber de mostrarse agradecidos? Eso sí que puede ser. Y admito que el agradecimiento es cosa bien noble. Pero debe patentizarse tal cual. Que digan: «Qué pena lo tuyo, Valerio; tú que me hiciste ganar tantas pelas, chico, cómo lo siento». Que no mezclen las cosas. Que por mucho que ellos le deban, Pressing Catch, Veredicto, Su media naranja, La máquina de la verdad y todo el insufrible resto no adquieren virtudes que no tuvieran hace un mes, cuando todo eso se perpetraba por orden y deseo de don Valerio.

Javier Ortiz. El Mundo (7 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de diciembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/07 07:00:00 GMT+1
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1994/12/06 07:00:00 GMT+1

Por exclusión

Hay quien se plantea el futuro de la organización territorial del Estado español cual si de confeccionar una prenda se tratara y hubiera de optarse entre percal o alpaca, raso o seda. Como si fuera cosa de gustos, resoluble tras amigable discusión: «Ah, yo me quedaría con éste», dice el uno; y el otro contesta: «Pues mira, qué quieres, a mí me gusta más el de las florecitas».

No es el caso. No se trata de saber si el modelo tal es teóricamente superior, o más práctico, o más barato que el modelo cual. Se trata de que tenemos un lío de mucho cuidado, que viene de muy lejos y que está envenenado como pocos, y en el que, además, no cabe hacer tabla rasa y pensar desde cero: es imprescindible buscar soluciones -en la medida en que las haya, cosa que no tengo nada clara- contando con lo que, para bien o para mal, ya está hecho.

Quienes, de cara al futuro, defienden para nosotros un modelo de organización territorial similar al francés, jacobino, olvidan algunos hechos de primera importancia.

El primero es que para organizar un Estado conforme al modelo francés hace falta que París exista. Es decir: hace falta que el Estado en cuestión tenga un centro «natural», que no lo sea sólo en el plano político y administrativo, sino también en el económico y en el cultural. Desde hace siglos, París ha sido el eje industrial y comercial del conjunto de la economía francesa. La vida socio-económica gala ha tenido una tendencia centrípeta espontánea, reforzadora del centralismo.

Pese a lo cual, para llevar el modelo más o menos a su término -segundo hecho que suele olvidarse-, fue necesaria mucha brutalidad. No sólo la que condujo a los girondinos a probar el invento de monsieur Guillotin. Cuando se proclamó su superioridad oficial, sólo un 30% de la población que habitaba en el Estado francés hablaba la lengua de Moliere. Con criterios que hoy nadie se atrevería a formular tan descarnadamente («Hemos revolucionado la forma de Gobierno, las costumbres, el pensamiento. Revolucionemos también la lengua. El federalismo y la superstición se expresan en bajo bretón, la emigración y el odio a la República hablan alemán, la contrarrevolución habla italiano y el fanatismo se expresa en vascuence. Destruyamos esos instrumentos perjudiciales y equivocados», proclamó el ciudadano Barrere ante la Convención en 1794), las autoridades francesas procedieron a decretar la obligatoriedad a todos los niveles del idioma que hoy llamamos «francés», con proscripción explícita de los demás, como modo de forzar esa unificación cultural que algunos consideran hoy «ejemplar». Que, pese a ello, pervivan todavía en Francia algunos problemas de unificación nacional -el corso, principalmente, pero también el bretón y el vasco- es ilustrativo del arraigo profundo que poseen los fenómenos nacionales «naturales», incluso los mas incipientes.

La realidad del Estado español es, en todo caso, muy diferente de la francesa. Aquí, el mayor dinamismo industrial y comercial se asentó en dos nacionalidades periféricas: Cataluña y Euskadi. El centro lo fue por su predominio militar, que permitió articular una hegemonía casi exclusivamente político-burocrática. Los intentos de imponer sus pautas culturales, anulando las lenguas y culturas periféricas, triunfaron solo a medias.

Pero triunfar a medias en este terreno es el peor modo de triunfar. Es herir sin rematar. El herido no olvida la agresión y piensa en el desquite. Y cuando la agresión se repite una y otra vez a lo largo de la Historia -siempre igual de virulenta, pero siempre incapaz de imponerse por entero- lo único que consigue es abultar el memorial de agravios. Y el ansia de desquite. En ese sentido, el franquismo hizo el peor servicio que podía hacerse a la «sagrada causa de la unidad de la Patria», que tanto proclamaba. Imponiendo a bofetadas el rancio discurso del renegado Castelar («Yo quiero ser español y sólo español... Amo con exaltación a mi patria... Pertenezco a mi idolatrada España y me opondré siempre, con todas mis fuerzas, a la más pequeña, a la más mínima desmembración de este suelo que íntegro recibimos de las generaciones pasadas y que íntegro debemos legar a las generaciones venideras») lo que logró fue urgar en las viejas heridas, ahondarlas y dejarlas en carne viva.

La disyuntiva

Así las cosas, ¿cómo salir del atolladero?

En la llamada «clase política» actual predomina el deseo de seguir en las mismas, y es de temer que eso es lo que hará, limitándose a poner aquí y allá algún remiendo, cuando las vías de agua obliguen a ello.

Entre quienes comprenden la necesidad de operar cambios de fondo, los hay que, inspirándose en lo que pretendió hacer la Segunda República, proponen aplicar una fórmula que representaría, a la vez, un avance y un retroceso con respecto a la situación actual: dar un mayor reconocimiento político a las nacionalidades «históricas» y proceder a una mayor unificación de «el resto». Sin embargo, en el punto en el que nos encontramos, esta fórmula plantea una dificultad insuperable: determinar cuáles son las nacionalidades «históricas». Estoy convencido de que Galicia, el País Valenciano, las Islas Baleares, Aragón, Asturias, Andalucía y las Canarias, cada una de ellas por razones propias -y poco importa si justificadas o no-, no aceptarían de ningún modo quedar fuera de esa categoría.

En realidad, el único camino sensato que queda por explorar es el del federalismo: la creación de un Estado español basado en un pacto libremente aceptado entre pueblos iguales.

Ciertamente, el federalismo en España debería atender a nuestra realidad histórica y actual, y a las diferencias de intensidad que presentan las aspiraciones nacionales de unos y otros pueblos. De acuerdo con ello, de optarse por un sistema federal, debería establecerse uno que previera la posibilidad de que, al margen del régimen común de las materias necesariamente comunes, algunas nacionalidades y regiones pudieran establecer fórmulas de gestión conjunta de determinadas funciones que consideraran preferible abordar desde un marco más amplio. Se trataría de construir, en resumen, una especie de «federación a la carta», adaptable a los mayores o menores deseos de autonomía existentes en cada una de las nacionalidades y regiones que componen el Estado español.

Es posible. Pero, para que tuviera alguna utilidad detallar cómo cabría hacerlo, lo primero que haría falta es que se generalizara la conciencia de dos hechos elementales: primero que esto no puede seguir así; y segundo, que no cabe volver atrás.

Y mucho me temo que sean demasiados los que siguen sin aceptar estos dos hechos.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de diciembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de diciembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/06 07:00:00 GMT+1
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