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1995/01/25 07:00:00 GMT+1

El pretexto del contexto

Herri Batasuna dice que la muerte de Gregorio Ordóñez se explica «por el contexto». Rafael Vera afirma que no es posible juzgar la acción de los GAL y el uso de los fondos reservados de Interior sin tener en cuenta «el contexto».

No sé si habrá alguien que se sienta honestamente satisfecho por este recurso al contexto, esgrimido desde postulados sin duda muy diferentes, pero con la misma voluntad justificatoria. Es posible que sí. Escribo a su atención.

Lo primero que quisiera dejar bien sentado es la diferencia radical que existe entre explicar -en el sentido de interpretar- y justificar -por no hablar ya de aprobar-. Sé por qué secuestraron y mataron los GAL: para empujar al Gobierno francés a la lucha contra ETA. También comprendo por qué ETA ha matado a Gregorio Ordóñez: porque no se resignaba a que en el escenario político se estuviera representando una obra en la que ella no tenía ya papel alguno. Lo entiendo. Y conozco «el contexto»: los agravios de los unos y los otros, las ansias de venganza. Me constan: como vasco, he vivido de cerca todo eso durante años. ¿Y qué? Los datos de la realidad me ilustran, pero no me fuerzan a pensar de un modo o de otro. Mis principios no me vienen prefijados por ningún contexto: los determino yo.

«Es la guerra», alegan como coartada. Pues justamente, no: no es la guerra. Euskadi no está en guerra. Los GAL no estaban planteados como instrumento militar, sino político. Que hicieran una política criminal no cambia la cosa. Y ETA tampoco es un ejército, ni sus acciones son militares, por mucho que utilice armamento de guerra. ETA hace propaganda armada. Política. Por lo demás, si fuera una guerra, habría que respetar sus leyes. Atacar a la población civil del enemigo -por ejemplo, el atentado de Hipercor- es un crimen de guerra.

Pero qué va: no hay tal guerra.

Aunque firme partidario de que Euskadi no se separe de España, he defendido desde hace años -y sigo defendiendo- el derecho del pueblo vasco a formar un Estado independiente, si tal es su deseo mayoritariamente expresado en las urnas. Pero constato que la inmensa mayoría de Euskal Herria no está dispuesta a sufrir una guerra para lograrlo. Es más, buena parte del pueblo vasco no sólo está en contra del método, sino incluso del propio objetivo: se opone al derecho de autodeterminación. Y menudean también los que, no teniendo nada en contra de la autodeterminación, tampoco les preocupa lo suficiente como para esforzarse por lograrla. Otros, sin embargo, sí. Eso no es un «contencioso entre el Estado español y Euskal Herria». Es, sin más, el reflejo de la división política del propio pueblo vasco.

Equivocarse en el análisis político no es grave. En una u otra medida, todos lo hacemos. Aprendemos de los errores. Lo grave es matar por culpa del error. Matar es un error sin rectificación posible.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de enero de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de enero de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/01/25 07:00:00 GMT+1
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1995/01/21 07:00:00 GMT+2

¡Ojo, jueces!

Es evidente que todos los pasos que están dando los integrantes de eso que pudiéramos llamar «el frente del Gobierno» en relación al caso de los GAL responden a un plan de conjunto. Barrionuevo no se dejó llevar por un súbito rapto de mal humor cuando convocó a la Prensa en el Congreso de los Diputados. Vera no se presentó a las tantas de la madrugada en un cuartelillo de la Guardia Civil para denunciar al juez Garzón porque reparara en esa posibilidad según le venía el sueño. Es falso que Leguina ande desmelenado denunciando como un poseso las sórdidas conspiraciones garzónico-pedrojotísticas porque a partir de cierta hora sea víctima de obnubilaciones espirituosas más o menos transitorias: Almunia viene a hacer más o menos lo mismo, y entre sus muchísimas virtudes no parece que figure la de empinar el codo desmedidamente. Tampoco es casual que hayan dado cuerda al reo Sancristóbal con tanto bombo y platillo en este momento de la película. La conjunción del sentido de todas su iniciativas -incluidas las del propio González- revela que el azar no pinta nada aquí.

Obviamente, son conscientes de que todas sus querellas, recursos y denuncias contra Garzón carecen de consistencia jurídica. Tampoco esperan que les vaya a salvar la horrible trola del «señor Z». ¿Qué pretenden entonces? Se supone que persiguen tres objetivos: 1º) embarullar al máximo, para entorpecer la labor del juez; 2º) provocar a Garzón para que entre al trapo y se «demuestre» así que no es imparcial, dando base a su recusación, y 3º) generar en la opinión pública un sentimiento de desconfianza hacia el juez por la vía del «algo tiene que haber».

Bueno, pues no dudo de que esos tres designios estén entre los que buscan. Pero me saben a muy poco. El peligro que corren es enorme, y su pánico, evidente. No creo que cifren todas sus esperanzas en una táctica tan tosca y, sobre todo, tan aleatoria, tan desmontable.

Temo que estén preparando una maniobra de mucho mayor calado.

Examino los hechos. Compruebo que sus ataques contra Garzón son a la vez tan continuos, tan brutales y tan burdos que es inevitable que, no ya Garzón, sino la judicatura en su conjunto se sienta insultada, y crea necesario responder de forma colectiva. Ellos tenían que saber que eso iba a pasar. Y me pregunto: ¿y si era lo que deseaban? ¿Y si estuvieran tratando de provocar un conflicto sin cuartel entre el poder ejecutivo y la judicatura, para alegar que el poder judicial no puede hacerles justicia, porque todo él está predispuesto contra ellos? ¿Y si la carta que se guardan en la manga, por si se ven a un paso de la cárcel, es la provocación de un bloqueo institucional completo, que deje al país en un callejón sin salida y fuerce una solución pactada que excluya su procesamiento?

Que se anden con mucho ojo los jueces. Estos no están dispuestos a que la alternancia sea entre La Moncloa y la cárcel. Son capaces de lo que sea para evitarlo.

Y si no, al tiempo.

Javier Ortiz. El Mundo (21 de enero de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de julio de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/01/21 07:00:00 GMT+2
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1995/01/18 07:00:00 GMT+1

¿Tontos o cómplices?

Por una vez, mi buen amigo Gervasio Guzmán me ha ganado por la mano. Me telefoneó ayer enfadadísimo.

-Pero, ¿qué clase de burros estáis hechos? ¡Todos encantados porque un 52% dice que no cree a Felipe González! ¡Eso es filfa! Los datos cruciales son otros: ¡hay un 20% que le sigue creyendo y casi un 40% que no lo considera responsable de lo ocurrido!

Tengo que darle la razón.

Según cuelgo, me paro a pensar sobre ello.

Es cierto que la sucesión de los acontecimientos no tiene vuelta de hoja. Cuando Amedo y Domínguez fueron detenidos, González dijo que eran «funcionarios ejemplares» y afirmó que hay que defender al Estado «también en los desagües». Cuando el fiscal Ignacio Gordillo rehusó pedir la libertad provisional de los policías, el fiscal general del Estado -a la sazón Moscoso- lo apartó del caso y asumió él mismo la petición. Cuando el juez quiso averiguar el uso que Amedo y Domínguez habían hecho de los fondos reservados, el ministro Barrionuevo dio instrucciones a los funcionarios de Interior para que no colaboraran con la Justicia. En el juicio, todos los jefes de los dos policías los exculparon y, cuando éstos fueron condenados, dijeron que la sentencia era «injusta». Altos funcionarios de Interior acudían a la cárcel a verlos cada dos por tres. Intentaron sacar adelante su indulto y, cuando no lo lograron, tramitaron la concesión de los beneficios del tercer grado por la vía rápida. ¿Más? Pues más: las esposas de los dos reos acudían al despacho de Vera dos veces al mes; Amedo fue recibido por Eligio Hernández; aún hace nada, Barrionuevo volvió a decir que su condena fue injusta...

Pero ahora, cuando confiesan, son sólo «dos delincuentes» a los que no hay que creer, y las víctimas inocentes son los nuevos acusados.

Quien, a la vista de todo esto -y del mucho resto-, no deduzca que el Gobierno de González ha tratado de ocultar qué y quiénes fueron los GAL, y no infiera que si lo hace es porque tiene mucho que esconder, es que no sabe sumar dos y dos.

Admitamos que haya un cierto número de gente cuyo problema sea ése: analfabetismo político. Pero, ¿y todos ésos que sí saben lo que ha ocurrido, pero que no quieren sacar la conclusión lógica que se impone? El otro día escuché a alguien decir por la radio que cree a González «porque necesita creerle». Curioso: ¿por qué tendrá urgencia de que le mientan? ¿Se pensará que esto es Johnny Guitar?

Unos que no se enteran, otros que no quieren enterarse... Me da que el grupo más nutrido, de todos modos, lo forman los que saben que miente, pero no les importa. Les da igual que el «señor X» sea el jefe del Gobierno. Por lo que sea: porque su cocido depende de que González siga o porque quieren que mande alguien que se dice de izquierdas, aunque esté liado en unos asesinatillos sin importancia.

¿Tontos? ¿Cómplices? Bueno: no es imperioso escoger. Muchos tienen aspecto de ser ambas cosas.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de enero de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de enero de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/01/18 07:00:00 GMT+1
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1995/01/14 07:00:00 GMT+1

Serra

Lo peor de González es Serra. Jamás el uno habría llegado tan lejos sin el otro.

Alfonso Guerra pretendía que era el cocinero del Gobierno, y ése se suponía que era su trabajo. Pero se daba demasiadas ínfulas de Bocuse: iba de chef, y González no admite que en su negocio haya más jefe que él. No soporta que nadie presuma de tenerlo de maître.

En cambio, Serra es el cocinero perfecto. Hace la compra -compra todo lo que puede-, adereza las más increíbles ensaladas, sus guisos no tienen parangón... y, además, no hay peligro de que abandone la sombra: como todas los ortópteros, sufre de fotofobia. Serra, presunto de casi todo, no presume de nada.

Puede objetarse que, para ser cocinero, tiene un grave defecto: le encanta intoxicar. Pero eso sólo acrecienta sus atractivos a los ojos de González, porque tan singular afición, en la que sin duda es único, la ejercita exclusivamente con los enemigos comunes a ambos.

No lo conozco cara a cara -¿lo conoce alguien cara a cara?-, pero lo conozco bien. Sigo su rastro a diario. Me basta con leer o escuchar algunas presuntas informaciones para saber qué le preocupa, hacia dónde se orienta, qué trata de lograr. El cocinero tiene pinches en varios medios, y ellos le sirven de correveidiles. Cada vez que ustedes se topen en los medios oficialistas con la frasecita «según fuentes del Gobierno...», si lo que sigue les parece chocante o escasamente verosímil, no les quepa la menor duda: procede de él. Serra es del género de los que no se dejan arredrar por la realidad. Cuando la ruda verdad se interpone en su camino, él siempre se las arregla para que alguien le ayude a tratar de modificarla difundiendo a los cuatro vientos que, según fuentes extremadamente solventes -pero nunca identificadas-, las cosas no son así, sino asao. Si los periodistas tuviéramos realmente prohibido citar fuentes anónimas, Serra se hundiría en la más negra de las miserias.

El es una fuente de siete caños, pero subterránea. Nutre de aguas turbias la corriente de todas las alcantarillas.

Arranqué diciendo que es lo peor de González. Y a fe. De todos los complementos posibles del gran jefe de La Moncloa, Serra es el más nocivo que cabría encontrar. El vicepresidente potencia el lado más torvo, retorcido y cínico de González. Cualquier escrúpulo que pudiera asaltar al Number One -no hay que excluir la hipótesis- se lo disipa al punto el Number Two, demostrándole que, en lo que hace a doblez, mentira y traición, siempre cabe otra vuelta de tuerca más. Y otra.

Reconozco que Narcís Serra me fascina. Relativista como soy, dudo por sistema de todo aquello que parece absoluto. Pero él desafía los fundamentos de mi filosofía: si no es un intrigante absoluto, es lo más parecido a eso que cabe encontrar.

Vaya, que no me cae simpático. Qué le vamos a hacer. Cosa de gustos.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de enero de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 1t de enero de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/01/14 07:00:00 GMT+1
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1995/01/11 07:00:00 GMT+1

El jugador

Es inútil reclamar a González que dimita. No insistan. No puede. Está atrapado.

Empezó dejándose pillar por su propia pinza, ésa en la que se enlazan su soberbia y su ambición. La soberbia le impedía abandonar el Poder por la puerta de atrás cuando las cosas estaban feas. Se decía: «Me iré, pero no así». Y la ambición no le dejaba irse por la puerta grande cuando el temporal amainaba: «Un éxito más, otro sólo, y entonces sí».

González se ha comportado según todas las pautas del jugador enviciado. El ludópata siempre encuentra justificación para seguir ante el tapete verde: si va ganando, porque la ganancia cubre el gasto, y si va perdiendo, porque necesita recuperarse. Al final, continúa hasta que se queda sin un duro.

A él le va a pasar eso mismo: por no dejar la partida cuando ya estaba claro que no iba a ganarla, la abandonará cuando ya no tenga otro remedio, arruinado por entero. Con la excusa de no salir de La Moncloa en mal plan, la dejará en medio de la ignominia.

El ludópata, cuando se queda sin dinero propio, busca el ajeno: se entrampa, da sablazos, lo saca de donde sea. Todo con tal de seguir jugando. En lo cual encuentra un motivo suplementario para jugar: necesita dinero también para salir del lío en el que se ha metido.

Eso es lo que González ha hecho. Y eso es lo que le obliga a seguir. Le aterra que se descubran las trampas a las que ha recurrido a lo largo de sus trece años de mando para perpetuarse en él. Quisiera borrar las huellas para poder irse, pero no lo logra. Es más: se da cuenta de que sus fraudes están cada vez más cerca de la superficie. Lo cual le fuerza a seguir. Necesita imperiosamente contar con todos los privilegios del Poder para tapar pruebas, comprar testigos, callar bocas.

No es por dármelas de agorero, pero para mí que esto puede acabar muy mal. Los ingredientes de la situación son explosivos. De un lado, un personaje que siempre ha soñado con una retirada gloriosa, como la de De Gaulle a Colombey, o al menos como la de Suárez: una retirada de ésas que nunca lo son del todo y que envuelven al ausente en un halo mítico. Del otro lado, un cerco -no solamente político: también penal- que se estrecha en torno a su persona. Ve que puede acabar como dos de sus mejores amigos, Craxi y Carlos Andrés Pérez, y la simple idea le enloquece. No puede soportar que tamaña injusticia se haga realidad. Él, el democratizador, el modernizador, el europeizador de España, ¿cómo va a resignarse a ser arrastrado por el lodo, inscrito en la lista negra de la Historia, tratado como un impostor? No, no puede aceptar tal cosa. Y no la va a aceptar.

¿Hasta dónde será capaz de ir? ¿Hasta qué extremos será capaz de llevarnos para evitarlo? He tratado de imaginarlo poniéndome en su lugar. «¿Qué haría yo si...».

Pero no puedo. Me pregunto si tiene límites. Y no sé qué contestar.

Me da miedo.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de enero de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/01/11 07:00:00 GMT+1
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1995/01/07 07:00:00 GMT+1

Siempre que se limite a hablar...

Me llama mi buen amigo Gervasio Guzmán:

-Barrionuevo se ha pasado cantidad con Garzón, ¿eh?

-Sí.

-Pero, a fin de cuentas, hay que aceptarlo. ¡Así es la libertad de expresión!

-No.

En este asunto se ha producido una gran confusión (me temo que, al menos en parte, inducida).

Barrionuevo, como cualquier otro ciudadano, tiene -yo se lo concedo, al menos- todo el derecho del mundo a poner a caldo al juez Garzón, decir que le parece parcial, que está seguro de que le odia, etc., etc. Hasta ahí, le ampara la libertad de expresión, y no seré yo quien mueva un dedo por impedir que la ejerza. Al contrario: me batiré el cobre para que pueda seguir haciéndolo.

Soy tan partidario de la libertad de expresión que no sólo reivindico que la gente sea siempre libre de decir lo que piensa: también asumo que ha de ser libre hasta de hacer como Barrionuevo, o sea, de decir lo que no piensa, pero le conviene.

Estoy dispuesto a defender su libertad de expresión incluso a pesar de darme cuenta de que la ha prostituido, al servirse de ella con ventaja. El muy cobardica, en vez de afrontar a Garzón a pecho descubierto, se ha escudado en sus privilegios de diputado, aún a sabiendas de que la inmunidad parlamentaria está concebida para proteger lo que los electos realizan en el ejercicio de su función, no lo que perpetraron in illo tempore, cuando eran ministros y defendían al Estado también desde las cloacas, como diría la otra rata.

Pero el problema no es ése. No se trata de elegir entre libertad de expresión y desacato. Lo grave, lo intolerable de lo que Barrionuevo ha hecho es que se ha prevalido de su condición de diputado, de ex ministro y de dirigente del partido del Gobierno, no sólo para criticar al juez por lo que hace, sino también para tratar de obligarlo a hacer lo que a él le parece, bajo la amenaza apenas disimulada de que, en caso contrario, se servirá de su posición de superioridad para ir contra él.

Garzón asegura que eso no va a condicionar su actuación. Tanto mejor. Pero es evidente que otros jueces sí habrían podido sentirse intimidados por semejante ofensiva. Y para evitar que eso ocurra, y para que en caso de ocurrir no quede impune, es para lo que existe el artículo 199 del Código Penal, que prevé la pena de inhabilitación especial para «el funcionario público que atentare contra la independencia de los jueces y magistrados».

Pero tampoco nos dejemos ahora despistar por pijadicas como ésta. Que el ex ministro haya atentado de palabra contra la independencia judicial es peccata minuta. Lo que nos importa son los atentados a sangre y fuego que se cometieron. Las muchas vidas que se segaron.

Admitámoslo: ¡cuánto mejor nos hubiese ido a todos si Barrionuevo se hubiera limitado siempre a hablar!

Javier Ortiz. El Mundo (7 de enero de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de enero de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1995/01/07 07:00:00 GMT+1
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1995/01/04 07:00:00 GMT+1

Y tú, ¿de qué lado estás?

Hay gente -lo sé porque lo he visto- que exonera a Felipe González de toda culpa. De toda. Cree que los azotes que hemos padecido a lo largo de los últimos trece años -desde los GAL a la fuga de Roldán, desde la desindustrialización al paro- le son ajenos. A modo y semejanza de los franquistas ingenuos, da por hecho que su líder es estupendo; que lo malo son «ésos que le rodean». Y le atribuye todo cuanto de bueno sucede. «Fíjate cómo hemos avanzado», proclama, y te señala asuntos que no son sino el fruto del mero paso del tiempo. Como cuando Franco decía en los 70, sin cortarse un pelo: «Hace veinte años no había televisores en España; ahora hay tantos millones».

Hay, sí, un felipismo naïf, y qué le vamos a hacer, así es la vida. Quienes lo padecen no suelen ser mala gente. No tengo nada contra ellos. Si así son felices...

Lo que sí me inquieta y desazona es comprobar que existen también felipistas convictos y confesos que saben perfectamente de qué va su jefe, que no tienen la menor duda, por ejemplo, sobre su conocimiento de lo que fueron los GAL, y que pese a ello siguen defendiéndolo a capa y espada, con el supremo argumento de que cualquier otro de los que se ofrecen en el mercado político sería peor que él.

Y ahí sí que no trago.

Cuando los escucho por las radios o los leo en periódicos y revistas, recuerdo la vieja canción que compuso en 1932 la mujer de Sam Reece, un líder minero de Harlan (Kentucky), después de ver una razzia realizada por policías camuflados, tipo GAL: Which Side Are You On? ¿De qué lado estás? «Aquí no hay neutrales:/ o estás con nosotros/ o estás con estos pistoleros./ ¡Ay, trabajadores! ¿Vais a soportar esto?/ ¿Cómo podréis hacerlo?».

Puedo entender muy bien que haya gente que esté persuadida de que las razzias felipistas son un invento de algunos políticos sin escrúpulos y de resentidos sociales como yo. Pero que haya quienes respalden a los pistoleros de alto standing a sabiendas de que han secuestrado, torturado y asesinado porque con las leyes dictadas por ellos mismos no tenían bastante y querían contar con todas sus leyes y además poder saltárselas, y que lo hagan apelando al progresismo, al socialismo y al humanismo... eso me revuelve las tripas.

En esta vida hay una cosa que se llama principios. Hay quien -con cruz o con raya, blancos o rojos- los tiene. Y hay quien no. La pasada semana asistimos a un espectáculo ejemplar. Vimos a un hombre, Ventura Pérez Mariño, que comprendió que no podría vivir sintiendo sobre su conciencia la voz de la mujer de Sam Reece, hoy llamado García Goena: «Y tú, ¿de qué lado estás?». Y dio un paso al frente y dijo: «Del tuyo».

Del otro lado se quedaron todos los muchos Belloch que nos rodean.

Que con su pan se lo coman.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de enero de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de noviembre de 2012.

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1995/01/03 07:00:00 GMT+1

Mísia: cuando la guitarra portuguesa cobra voz

Se dice que sobre gustos no hay nada escrito. Pero es falso: está escrito que hay gustos que merecen palos. Hace falta que el gusto general haya sido rematadamente averiado por los mercaderes de las multinacionales para que mucha gente en España no sepa quién es Mísia, mientras las más bobas mediocridades locales y foráneas encabezan las listas de éxitos.

Mísia es -digámoslo pues, para quienes lo ignoran- una de las más extraordinarias voces de Portugal. La más fascinante, según quien esto escribe, para quien Mísia representa uno de los grandes hitos de la canción popular del país vecino: hay un antes y un después de Amália Rodrigues, un antes y un después de Zeca Afonso... y un antes y un después de Mísia.

¿Por qué? Por muchas razones. Porque esta mujer tiene una voz magnífica, con la fuerza necesaria para impedir que la melancolía que destila la guitarra portuguesa en general, y el fado en particular, se le vuelva llanto lastimero. Y porque es capaz de contener esa voz evitando que apabulle, y de modularla con una delicadeza que desafía a la de la propia Amália, venciéndola a menudo. Y porque no se limita a cantar: como los más grandes de la canción francesa -como Piaf, como Brel, como Ferré, como Barbara- sabe subrayar con tino la emoción de cada frase: dice, recita, interpreta. Y porque tiene la inteligencia necesaria para mostrar el latido del fado en músicas y letras que jamás fueron pensadas para que la guitarra portuguesa las marcara con su sello.

Voz fantástica, técnica depurada, elegancia, sensibilidad, inteligencia, gusto también por la belleza de las letras, «entre Camoens y Pessõa» y más acá... Mísia tiene todo lo que hace falta para que, una vez combinado, se produzca ese milagro tan difícil de definir -pero tan perceptible- que se llama arte.

Mísia es la voz de la guitarra portuguesa: allí donde se posa brota el fado. Coge La chanson des vieux amants de Jacques Brel, la traduce, y es puro fado. Coge La gavina, de Marina Rosell, la canta en catalán, y es fado. Coge De alguna manera, de Aute, la canta en castellano, y es fado. Coge -y ya es coger- As Time Goes By, el célebre tema de Casablanca, lo interpreta en inglés, y también es fado. Elige un poema de Saramago, pide a un compositor de música clásica que lo traslade al pentagrama y nos descubre el alma misma del fado. Coge una canción tradicional coreana (Bo Ri Bai), la canta en coreano, y les juro que también la vuelve fado.

Nacida en Oporto, hija de madre catalana y nieta de una vedette del Paralelo barcelonés, Mísia acaba de terminar una gira por las capitales de Castilla-La Mancha, organizada por la Consejería de Cultura del Gobierno autónomo. En el recital que dio en el Casino Principal de Guadalajara -un sitio inverosímil- tuvimos la ocasión de ver cómo un público no previamente entregado, buena parte del cual no sabía de ella, se rendía a su magia, doblemente envolvente, por sencilla: una guitarra portuguesa, otra española -muy bien tocadas, eso sí- y su garganta. Basta con eso.

En el mercado español, en este momento, sólo hay un CD disponible de Mísia, titulado Fado. Se trata de un álbum que fue concebido y programado para su distribución limitada a Japón, donde dio varios recitales. La fortuna que hizo allí persuadió a su compañía discográfica (BMG Ariola) de la conveniencia de editarlo también en Portugal y hacer extensiva su distribución a España. Lamentablemente no es posible conseguir su primer CD (Mísia, 1991), rotundo exponente de su capacidad renovadora del fado.

En este momento está resucitando en España el interés por la música portuguesa (o en portugués: caso de la caboverdiana Cesaria Evora). El mayor éxito entre nosotros lo están obteniendo el grupo Madredeus y Dulce Pontes, cuyo álbum Lágrimas se ha beneficiado de una inteligente promoción, necesaria para hacer que se olvide el horror de su paso por Eurovisión.

Sería una gran cosa que la muy superior madurez y coherencia artísticas de Mísia merecieran al menos igual interés de quienes deciden qué debe y qué no debe escucharse en este país. Por el bien de la música. Y también por el de la mejor comprensión del modo de ser y sentir de nuestros vecinos. A ver si por esta vía, como dice irónicamente ella misma, «vamos siendo cada vez menos hermanos... y más amigos».

Javier Ortiz. El Mundo (3 de enero de 1995). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de enero de 2012.

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1994/12/31 20:00:00 GMT+1

Presentacion de «La sombra de Marx»

Texto de las sucesivas presentaciones del libro «La sombra de Marx», de Eugenio del Río (Talasa, 1994), realizadas en Madrid, Cádiz y Granada a lo largo de 1994.

Reivindación de Itaca

En La Sombra de Marx, Eugenio del Río ha realizado un trabajo de investigación y de análisis meticuloso, riguroso, desprejuiciado, sobrio y modesto.

No acumulo adjetivos para piropear al autor, sino para definir lo que ha hecho.

La actitud metodológica de Eugenio del Río es muy infrecuente. A mí no me sorprende, porque lo conozco desde hace algo así como treinta años, la mitad de los cuales los hemos convivido de muy cerca, y he asistido a la forja de ese modo de pensar y de trabajar. Nunca pone en el papel una afirmación rotunda que no haya sopesado cuidadosamente; incluso cuando la ha sopesado cuidadosamente, rara vez la pone como afirmación rotunda; no se apropia jamás de una idea ajena sin citar a su autor; invierte todo el esfuerzo necesario en conocer cuanto de interés se ha escrito sobre cada aspecto de las materias que aborda; es implacable con los prejuicios, sin olvidarse de los suyos propios...

A todo lo cual añade otros dos elementos fundamentales, que son -todo sea dicho- los que peor llevo: las cosas las explica una sola vez, dando por supuesto que quien le lee es inteligente; las explica de la manera más escueta y desapasionada posible y, además, sin apenas ningún adorno literario.

Quiero decir con esto que el método de Eugenio del Río es tan intelectualmente admirable como publicitariamente desastroso: Del Río es, con toda probabilidad, el peor vendedor de su propio pensamiento que haya en este país. Si yo tuviera el 10 por ciento de su bagaje intelectual y una tercera parte de su capacidad analítica, estoy convencido de que pasaría por ser uno de los más sesudos pensadores de nuestro tiempo, y las radios y las televisiones se rifarían mi presencia. Pero él es así, y no hay más vueltas que darle.

Afirmado lo cual, quisiera decirles algunas palabras sobre la lectura que he hecho de La sombra de Marx (dicho sea lo de «lectura» en su sentido más literal).

Los libros dicen lo que dicen, pero nosotros los leemos desde nuestros centros de interés y nuestras preocupaciones personales, más o menos coyunturales, lo que hace que el mismo libro a unos nos diga unas cosas y a otros otras, y que a nosotros mismos nos diga cosas diferentes en épocas diferentes. Mi lectura de este libro no se ha escapado a esa regla.

Desde ese ángulo declaradamente personal, lo que más me ha interesado de él es cómo acierta a simultanear la lucidez crítica con respecto al marxismo -con y sin comillas- y la oposición radical a la organización social vigente. En este libro se examina con espíritu crítico e independiente la obra de Marx, y de modo particularmente demoledor su cristalización dogmática en la ortodoxia marxista que ha dominado durante este siglo los movimientos de oposición al capitalismo, sin que de ello se desprenda nada que mueva a la resignación con respecto al orden social existente. Ésta no es una obra para desengañados, escépticos o reacomodados. En ella se invita a retirar los escombros del solar en que hoy habita la causa anticapitalista y a examinar con detenimiento cada piedra, de cara a determinar por qué el edificio se vino abajo. Y nos va animando a descubrir cómo lo que se había construido con la intención de que fuera un edificio inteligente se fue convirtiendo poco a poco en una sórdida comisaría. Pero no para que nos lamentemos del desastre, cual Caballé ante el Liceu, ni para que renunciemos a construir nada alternativo, a la vista de lo difícil que es, y todavía menos para que nos vayamos a vivir a casa ajena, sino para que aprendamos.

Para que aprendamos, ¿a qué? Pues a pensar por nosotros mismos; a no dar por bueno sino aquello que nos convence después de evaluado; a no buscar respuestas únicas, totales; a dudar de todo en general y de nosotros mismos en particular; a tener siempre presente que podemos estar equivocados, y que quien nos contradice es fácil que esté en lo cierto, del todo o en parte; a abominar de inquisidores, de guardianes del fuego sagrado y de ortodoxos...

Hoy en día, casi todo el mundo da por hecha la muerte del marxismo. No veo interés en discutirlo. Entre otras cosas, porque para ello sería necesario empezar por determinar qué es el marxismo. Más que dictaminar la defunción de una doctrina -en el supuesto de que el marxismo fuera una, o sea, una sola, y en el supuesto de que las doctrinas vivan y mueran-, quizá fuera mejor constatar que actualmente apenas quedan personas que se declaren marxistas.

Bueno, pues no estoy seguro de que eso sea del todo malo. Hace unos diez u once años, recuerdo que realicé una pequeña encuesta personal clarificadora. En una reunión en la que todos los presentes se pretendían marxistas, pregunté a cada uno qué obras de Marx habían estudiado. No sólo pude comprobar que ninguno había leído prácticamente nada de Marx -cosa que en realidad ya esperaba-, sino que me topé además con algo que sí me sorprendió: que lo reconocían sin la menor vergüenza, como si la cosa fuera de lo más normal. Se adscribían a algo que desconocían, y se quedaban tan anchos. En el libro de Eugenio se examina ese fenómeno en detalle y en sus diversas implicaciones.

Mucho me temo que hayan sido legión los que se afirmaban marxistas no porque participaran de las ideas de Marx -de las que sólo tenían vagas referencias de segunda mano-, sino porque eso les proporcionaba una seguridad psicológica. Actuaban como el niño del anuncio, ése que amenaza al matón diciéndole: «Ya verás como venga mi primo el de Zumosol». Eran conscientes de su debilidad teórica, pero se creían amparados por la doctrina de un pensador muy importante, científico irrefutable, capaz de destrozar todas las patrañas de sus enemigos.

Luego estábamos los que sí leíamos a Marx. Pero, como ya he dicho antes, cada cual lee desde sus necesidades psicológicas y, con frecuencia, no encuentra en los libros sino lo que previamente busca en ellos. Y la mayoría de los que leíamos a Marx lo hacíamos para reafirmarnos en nuestras convicciones previas, esto es, en nuestros prejuicios. Estábamos de acuerdo porque aquello sonaba bien y porque, además, necesitábamos estar de acuerdo. Eso cuando no lo hacíamos a la búsqueda de esta o aquella frase que confirmara lo que nosotros pensábamos, para exhibirla como cita de autoridad dentro de los extensos ambientes en los que Marx era, efectivamente, una autoridad indiscutible e indiscutida.

Eso se ha acabado y, a decir verdad, me alegro. Hace poco, de cara a un artículo que estaba escribiendo, hube de volver a ojear El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Fue para mí una gozosa sorpresa. Liberado de la obligación -inconsciente, y por ello doblemente constreñidora- de estar de acuerdo, leyéndolo como un simple libro, y no como parte de las Sagradas Escrituras, lo disfruté como nunca lo había hecho: vi a un Marx genial, pero demasiado inclinado a extraer leyes generales de fenómenos aislados y examinados sólo en algunos de sus aspectos; un Marx brillante, culto, excelente escritor, penetrante analista... Un tipo fantástico, en suma, que me estaba invitando a pensar; no a seguirlo. Despojado de sus atributos divinos, Marx se me apareció como un hombre admirable. ¿Marx ha muerto? Por supuesto, y el polvo de lo que fue su cuerpo yace debajo de una tumba -feísima, por cierto- en el cementerio de Highgate, en Londres. Pero sus libros siguen existiendo, y sigue valiendo la pena leerlos.

El problema que me preocupa -ya digo que a mí, personalmente- no es el de si el marxismo ha muerto o no, sino el de saber en qué medida ha muerto el espíritu de rebeldía, el odio hacia la injusticia, el rechazo de la explotación de los débiles -y de las débiles-. Y en qué medida ha muerto el espíritu de solidaridad, y la piedad. En conjunto, en qué medida ha muerto el impulso ético que movió a Marx y ha movido a muchos otros rebeldes, antes de él y después de él.

En el libro de Eugenio se examinan las problemáticas relaciones que los marxistas han tenido siempre con respecto a los criterios éticos. A la mayoría de los marxistas, y frecuentemente al propio Marx, les incomodaba oír hablar de ética. Se suponía que el suyo era socialismo científico, no utópico, y parece que la ética tiene mal encaje en la Ciencia. Creo que esa desazón del marxismo ante el impulso ético ha sido uno de los elementos más perversos que han acompañado al socialismo y al comunismo a lo largo de su existencia.

Pero, si no se lucha por razones éticas, entonces, ¿por qué se lucha? Ahí es donde entra en juego la escatología, a la que Eugenio dedica una parte de su obra. Se suponía que el marxista conocía el sentido del devenir histórico, porque poseía la doctrina que había aprehendido las leyes de la evolución de la Historia, de modo que con su acción se limitaba a favorecer que el tiempo siguiera con mayor rapidez su curso ineluctable. Esa convicción ha henchido de fervor combativo a varias generaciones de militantes marxistas. Porque, como escribe muy bien Eugenio, «saberse destinado al triunfo es un factor de unidad y entusiasmo».

Eugenio se sirve del término «escatología» en su sentido teleológico, esto es, como el estudio del destino último de la Humanidad. La escatología marxista tuvo la virtud de unificar los dos sentidos del término escatós, palabra griega que alude tanto a «lo último» vital como a «lo último» digestivo, esto es, a los excrementos. Quiero decir que la escatología marxista fue una mierda. La mayor parte de cuantos creyeron asentar la razón de su combate en la convicción del triunfo final se estrellaron, así que se dieron cuenta de que ese triunfo era, si no imposible, harto improbable. Y no faltaron los que tanto habían soñado con tomar el Poder y hacerlo suyo que, a falta de un Poder revolucionario, optaron por formar parte del Poder existente. Y algún otro hemos visto que, harto de que la Historia no lo hiciera comisario del Pueblo, acabó haciéndose comisario de Policía.

Por fortuna, no todos los militantes marxistas eran así. También los había conscientes de que no luchaban porque la Ciencia los amparara. Y de ésos sigue habiendo un puñado a lo ancho y lo largo del mundo, se declaren marxistas o cristianos, o no se crean obligados a declararse nada, y los habrá, y hasta, si las condiciones ayudan, alguna vez serán legión (para volver a ser pocos más tarde, por supuesto). Gentes que luchan porque aman y porque odian; gentes que luchan porque no aguantan más; que luchan, incluso, porque no aguantan no luchar. Gentes que conciben el conocimiento como un instrumento al servicio de la rebeldía, que añade eficacia a ésta, pero que nunca la suple.

Muchos de vosotros tenéis edad para acordaros de cómo las gentes de orden llamaban hace años a quienes, sin ser ni marxistas ni comunistas, luchaban del lado de los marxistas y los comunistas. El término era «compañeros de viaje». Poco antes de huir de Madrid para exiliarse en Euskadi, hace ya de esos muchos años, José Bergamín nos concedió a Rafael Chirbes y a mí una entrevista. Él era, como sabéis, profundamente cristiano. Cuando nosotros nos declaramos marxistas, Bergamín esbozó una sonrisa y nos dijo: «Estoy dispuesto a ir con vosotros hasta la muerte. ¡Pero ni un paso más allá!». Eso era ser compañero de viaje.

Creo que todos deberíamos reivindicar ahora el título de «compañeros de viaje». Porque ya estamos conscientemente embarcados en ese viaje que Konstantino Kavafis animaba a emprender en su poema Itaca, en 1911. Os lo recuerdo:

«Si vas a emprender el viaje hacia Itaca / pide que tu camino sea largo, / rico en experiencias y en conocimiento. / (...) Pide que tu camino sea largo / y que sean muchas las mañanas de verano / en que con placer arribes felizmente / a bahías nunca vistas. (...) / Ten siempre a Itaca en el pensamiento: / tu meta es llegar allí. / Pero no tengas prisa. / Mejor que el viaje dure muchos años / y que no llegues a la isla sino ya viejo, / rico con lo que hayas ganado en el camino, / sin esperar que Itaca te enriquezca. / Itaca te regaló un hermoso viaje. / Por ella emprendiste tu camino. / Eso es todo lo que puede darte. / Tal vez la encuentres pobre, / pero no te habrá engañado. / Rico en saber y en vida, / habrás aprendido qué significan las Itacas».

La tierra prometida -Itaca, o sea: la Justicia, el fin de la opresión, la igualdad- es muy probable que no exista. Pero eso no quita validez al esfuerzo por llegar a ella. Porque lo mejor de ese viaje no está en el destino, sino en el camino mismo: en el esfuerzo por comprender las cosas y por cambiarlas, en el esfuerzo por comprendernos y por cambiarnos nosotros mismos, y en las muchas satisfacciones que nos dan quienes nos acompañan en esta singular y emocionante travesía.

Javier Ortiz. (A lo largo de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/31 20:00:00 GMT+1
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1994/12/31 20:00:00 GMT+1

«La pinza»

Escribí este artículo en 1994 (creo) para la revista "Hika". Por entonces estaba muy de moda referirse a la supuesta "pinza" que el PP e IU ejercían sobre el Gobierno del PSOE. Creo que vale la pena recuperar aquella reflexión, por lo que tiene de general para el tratamiento del problema de «los extraños compañeros de cama» que, según pretende el tópico, hace la política.

Se ha hablado hasta la saciedad durante esta pasada campaña electoral de la pinza supuestamente formada por Izquierda Unida y el Partido Popular para minar las bases del Gobierno felipista. Tan traída y tan llevada ha sido la tal pinza que casi todo el mundo ha dado por hecha su existencia, pura, entera y verdadera. Sin embargo, dista de ser evidente.

Cuando se le pregunta por la famosa pinza PP-IU, Julio Anguita suele contestar que, en la práctica, durante la anterior legislatura, el PSOE pactó más veces y en asuntos más importantes que IU con el PP. PSOE y PP hicieron frente común para sacar adelante las sucesivas reformas laborales. Se aliaron igualmente para aprobar el Tratado de Maastricht. Mano a mano establecieron también la legislación sobre inmigración. El conjunto de las grandes alternativas de política exterior -incluyendo opciones tan terribles como el trato a Hassán II como «aliado preferente»- fue cosa común a ambos.

En el Parlamento central, en cambio, IU no llegó jamás, en lo que la memoria me alcanza, a ningún acuerdo «en positivo» con el PP. Coincidieron en el rechazo de bastantes propuestas o acciones del PSOE, sin duda. Pero se ve mal cómo hubiera podido ser de otro modo. ¿Debería haber apoyado IU al PSOE para no coincidir con el PP?

Es cierto que, en determinados órganos de poder local -el Gobierno de Asturias, los Ayuntamientos de Málaga y Córdoba, etc.-, el desacuerdo entre IU y el PSOE permitió al PP hacerse con las riendas de la situación. Pero en ninguno de esos lugares IU se negó a pactar con el PSOE por principio. Exigió, eso sí, que la negociación no se limitara a establecer un reparto de puestos, sino que implicara la firma de un programa común, de un compromiso de actuación de izquierdas. IU desestimó la posibilidad de pactar sólo después de que el PSOE se negó a que los acuerdos fueran así. Los felipistas actuaron movidos por un doble convencimiento: que IU no renunciaría a su parte de pastel y que no sería capaz de permitir que el PP se llevara el gato al agua. Se equivocaron. Cada cual puede pensar lo que quiera sobre la actuación de IU en estos casos, pero lo que no se ve por ningún lado es la pinza.

Lo ocurrido en el Gobierno de Andalucía es en parte semejante y en parte diferente. Es en parte semejante porque también allí IU ofreció a Chaves llegar a una alianza basada en acuerdos programáticos, y el presidente de la Junta no quiso saber nada de ello. Pero es en parte diferente porque, cerrada esa posibilidad, IU sí se puso explícitamente de acuerdo con el PP en algunas cosas, casi todas destinadas a limitar los poderes de la mayoría minoritaria del PSOE en el Parlamento. No estuvo entre éstas el rechazo sistemático del proyecto de Presupuestos, que es lo que más llamó la atención de la opinión pública: ahí IU se limitó a negar su apoyo, y es difícil culparle de que el PP hiciera lo mismo, aunque por razones notablemente diferentes.

Especificado lo cual, haré dos reflexiones.

La primera se refiere a la opinión pública. La apabullante máquina de propaganda del felipismo, integrada por medios del Estado y otros privados, decidió dañar la imagen de IU con la historia de la pinza, y en buena medida lo logró. Es muy probablemente cierto que IU no supo contrarrestar de modo eficaz el mensaje hostil -Julio Anguita no es precisamente un líder para la era de los mass media-, pero también es verdad que las fuerzas en liza no podían resultar más desiguales. Si todas las televisiones, la mayoría de las cadenas de radio y buena parte de los periódicos deciden que hay pinza, hay pinza. Y si deciden que yo soy espía de la CIA, en dos semanas es un hecho.

Segunda reflexión: ¿es lícito -eventualmente: fue lícito- aliarse con el PP para combatir al felipismo? No lo planteemos en general (aliarse «con la derecha») porque entonces nos hundimos en otra historia sin porvenir (quién no es de derechas en esta guerra, y quién es de izquierdas).

En mi criterio, no es posible adentrarse en los territorios de la catarsis sin salir política e ideológicamente malparado. No hay posible purificación (eso es lo que significa catarsis en griego) con quien tiene tan escasa relación con la pureza. Otra cosa es seguir, con el PP o quien sea, la norma militar que Mao aplicó a sus relaciones con el derechista Kuomintang durante la ocupación japonesa: «golpear juntos y marchar por separado».

Pero a los japoneses eso también les pareció una pinza.

Javier Ortiz. Hika (1994). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de enero de 2018.

© Javier Ortiz.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/12/31 20:00:00 GMT+1
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