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1994/10/29 07:00:00 GMT+2

El bollo suizo

La cosa no es que Garzón sospeche que los GAL se financiaron por la misma vía por la que se forró Roldán, a saber, a cuenta de los fondos reservados que el Ministerio del Interior había ido aparcando en Suiza. Eso se lo barruntaba todo quisque desde hace la tira. Lo nuevo es que el reconstituido juez de la Audiencia Nacional cree que ahora está en condiciones de probarlo, a nada que su colega suizo Paul Perraudin le eche una mano.

Las posibilidades de profundizar en la investigación de los GAL son en estos momentos mucho mayores que hace unos años. Por un lado, ha mejorado la situación material. Ahora Garzón puede apoyarse en las pesquisas de Perraudin, que tal vez permitan probar la conexión entre las actividades delictivas de Amedo y Domínguez y las finanzas ocultas de Interior. Añádase a ello que el prófugo Roldán, si se tercia, puede aportar algunas pistas de interés. E incluso cabe que lo hagan, si se ven realmente con el agua al cuello, algunos de los ex responsables policiales que Belloch ha puesto en la calle.

También son mejores ahora las condiciones subjetivas. El Gobierno de González no está en disposición de cerrarse en banda tan hermética y altivamente como entonces. Y, no sé por qué, pero me da que Garzón, si los prebostes ministeriales se le ponen gallitos como entonces, lo mismo muestra menos remilgos y les da un corte.

-Eso lo dices porque piensas que Garzón quiere vengarse de González -me objeta mi amigo Gervasio Guzmán, que es para mí algo así como la Susi para el bueno de Mendicutti, pero con barba.

-Y a mí qué -le respondo-. Si Garzón contribuye a que se haga justicia de una puñetera vez, me da igual que lo haga porque quiere vengarse de González, porque desea dar un puñalada trapera a Belloch, porque adora la Verdad Absoluta o porque trata de hacer méritos para que Izquierda Unida le nombre fiscal general del Estado en cuanto Anguita tome el Poder en coalición con Unidad Alavesa. Me interesan los resultados, no las motivaciones.

De todos modos, y por si Garzón esté realmente interesado en hacer méritos de cara a una recuperación acelerada de su pasado prestigio en la línea Di Pietro, le recomiendo que, de viajar a Suiza, no pierda el tiempo y, una vez aclaradas las cosas de los GAL, se aproveche y eche un vistazo de conjunto. Porque está más que claro que casi toda la harina que se ha molido aquí en la última década ha ido a parar a aquellos hornos. Por ellos han pasado Mariano Rubio y sus amigos, camino de Luxemburgo; Conde y su familia, en tránsito hacia las islas Caimanes; medio Ministerio del Interior en busca del otro medio... No me extrañaría nada que Juan Guerra y Galeote tuvieran también allí una cuenta secreta a medias, con la que se estén pagando un dúplex en Miami.

Que no lo dude Garzón: todo el felipismo no es más que un gran bollo suizo.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/10/29 07:00:00 GMT+2
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1994/10/28 07:00:00 GMT+1

García Trevijano, la teoría y la práctica

Me pide Antonio García-Trevijano que le dé mi opinión sobre su recién publicado y ya famoso libro Del hecho nacional a la conciencia de España o el discurso de la República. Como no parece que el asunto sea privado, sino todo lo contrario, y dado que el libro encierra una propuesta política general destinada al conjunto de la sociedad, expresaré mi opinión en público, para incitar a la discusión colectiva, lo que -estoy seguro- el autor agradecerá.

Empezaré por dejar sentado que la lectura de Del hecho nacional... me ha suscitado eso que los franceses llaman embarras de richesse: me resulta difícil responder a las tesis que contiene no porque no sepa qué decir de ellas, sino porque tengo demasiado que decir, ora a favor, ora en contra, ora en un tercer sentido. Así las cosas, me limitaré en esta ocasión, sin perjuicio de posteriores, a ceñirme a los aspectos más concretos de su visión de la realidad política española actual y de sus propuestas en relación a ella, dejando de lado algunos aspectos teóricos no obstante cruciales y de sumo interés (v. gr.: su teoría de las naciones).

Con García-Trevijano comparto algunos criterios de principio, no por elementales menos minoritarios: coincido con él en denunciar el «pecado original» del régimen político actual, asentado en el olvido de los crímenes del franquismo y en la constitución de una «clase política» de exacción mixta, fascio-antifranquista. Soy consciente, igual que él -ambos lo vivimos de cerca-, de que la reforma política, también llamada «transición», fue el resultado de un intolerable compadreo, de una gran farsa, representada por dos tipos básicos de farsantes: los procedentes de los sectores más lúcidos (menos suicidas) del franquismo y los más ambiciosos y menos escrupulosos de los cabecillas del campo antifranquista (que lo hegemonizaban).

Compartimos, en suma, un criterio substantivamente crítico con respecto al actual orden político establecido. Pero, a partir de eso, nuestros pensamientos divergen decisivamente.

En dos puntos fundamentales.

1.- Según él, el centro de nuestros males actuales está en el tipo de sistema representativo que estableció la Constitución de 1977. Trevijano considera que ese sistema permite que una oligarquía, formada por las burocracias de los partidos, se adueñe de la vida política y se independice de la voluntad popular, lo que convierte la democracia formal en una dictadura camuflada, en la que la ciudadanía puede gozar de todas las libertades... salvo de la libertad fundamental de elegir y revocar a sus representantes.

En su criterio, sólo un régimen presidencialista democrático puede evitar esto. Él parte de que, en la práctica, siempre y en todo caso, la soberanía real la ejerce el poder ejecutivo. Considera que los sistemas electorales como el español introducen tantas mediaciones y ponen tantos corsés al voto popular que, para cuando se llega a la designación del poder ejecutivo, los verdaderos deseos del pueblo apenas cuentan ya. De ahí deduce que la única viabilidad de la democracia real está en establecer la elección directa del máximo representante del poder ejecutivo: el presidente (si se opta por una República) o el jefe del Gobierno (si se mantiene la Monarquía).

Frente a estas dos tesis, yo sostengo otras dos, que en esta ocasión me limitaré a enunciar: a) estoy convencido de que el sistema presidencialista puede -y suele- servir igualmente para encubrir el dominio efectivo de unas u otras oligarquías; y b) considero que el grado mayor o menor de democracia real posible no depende en lo esencial del sistema de representación, sino del grado mayor o menor de movilización y radicalización democrática del pueblo, expresada cada tanto en las urnas, sí, pero manifestada sobre todo en la acción política de todos los días. La mayor o menor democracia no es para mí en lo esencial un problema de Derecho Constitucional, sino de relación social de fuerzas.

2.- García-Trevijano considera que uno de los efectos más perversos del modo en que se realizó la transición en España es la «desnacionalización» a la que ha dado origen el Estado de las Autonomías, que está conduciendo a «la progresiva desintegración de la conciencia nacional y territorial de España», que nos pone ante el peligro de una ruptura violenta de la unidad del Estado. Tan grandes males y peligros sólo pueden ser conjurados obrando en dos planos: en el ideológico, relanzando «la conciencia nacional española», y en el político, instaurando el presidencialismo democrático, que pondría el ejercicio de la soberanía a buen recaudo, lejos de las manos de los nacionalistas.

Para justificar esta visión de las cosas, García-Trevijano defiende diversos postulados: que España es una nación, y que Cataluña y Euskadi no, porque no puede haber nación que no sea Estado («No hay otro criterio para identificar a una nación que el propio hecho histórico de su existencia estatal independiente», escribe); que la pretensión de convertir una comunidad cultural en comunidad nacional es absurda; que el derecho de autodeterminación es un contrasentido imposible; que la cuestión nacional es asunto de hecho, no modificable por la voluntad de los hombres, razón por la cual no es una de esas cosas «que pueden ser tratadas con la regla de mayorías y minorías»; que el derecho de un pueblo a la independencia se refiere a «una relación de poder que sólo puede alterarse o romperse modificando su equilibrio con el empleo de la fuerza física»; que no hay razón que justifique el nacionalismo de catalanes y vascos, primero porque las realidades lingüístico-culturales no tienen traslación posible al terreno de la política, y segundo porque, además, ahora «la libertad cultural es plena» y «el motivo de la opresión cultural [ha] desaparecido».

Cada una de estas proposiciones es discutible, desde la razón y/o desde la Historia. Su concepción de las naciones como solares territoriales y humanos de los Estados no permite comprender ni por qué han surgido recientemente nuevos Estados ni por qué se han desmembrado otros. Desde su planteamiento, no cabe comprender tampoco los terribles fracasos a que han conducido algunos intentos de asentar Estados plurinacionales mediante el asimilacionismo cultural (URSS, Yugoslavia). Su descalificación del derecho a la autodeterminación -es decir, a la independencia- no cuenta con que a veces ha encontrado reconocimiento sin que la cuestión se dirimiera por la violencia (caso de Noruega y, hace bien poco, de los países bálticos y de Eslovaquia). Más sorprendente es su pretensión de que la desaparición de la opresión lingüístico-cultural -que da por hecha sin aportar el menor elemento de prueba, como si fuera algo evidente por sí mismo- debería entrañar el cese automático de los resquemores periféricos hacia el Estado central. Es como si dijera a vascos y catalanes: «Es cierto que el Estado os maltrató gravemente durante largo tiempo. Pero hace ya unos años que os maltrata mucho menos. ¿Se puede saber por qué no os reconciliáis con él?». Más en general, se sostiene mal la vinculación que él establece entre la pujanza de los movimientos nacionalistas y los desastres de la transición: muy al contrario, fue al calor de la lucha por la ruptura cuando más intensidad y amplitud lograron los movimientos nacionalistas y regionalistas, y fue la llegada del PSOE al Gobierno lo que devolvió a la vida política oficial la insistencia en «lo nacional» español. La «sensibilidad» felipista hacia los nacionalismos se manifestó tan sólo cuando perdió la mayoría absoluta y se vio impelido a recurrir al apoyo de CiU, no por nacionalista, sino por derechista.

Sin embargo, no es en el plano teórico, sino en el práctico, donde las posiciones de García-Trevijano resultan más problemáticas. Porque el hecho es que -con más o menos razones, en virtud de datos reales o de leyendas, haciendo una justificada o una injustificada traslación de lo lingüístico-cultural al terreno de lo político, persiguiendo metas con más o menos posibilidades de plasmación práctica, proyectando sobre el Estado central agravios justificados o meros fantasmas- muchos integrantes de los pueblos de Cataluña y de Euskadi -y de otros lares, pero centrémonos en los dos más obvios- consideran que las suyas son realidades nacionales propias, distintas de la española, y extraen de esa creencia consecuencias políticas que afectan a la organización territorial del Estado. Afirmar que no tienen razón, rechazar su aspiración a decidir libremente sobre su destino nacional y preconizar la disolución del Estado de las Autonomías no en una organización que recoja mejor sus aspiraciones soberanas, sino en otra que las niegue, significa encaminarse hacia un enfrentamiento civil de consecuencias inevitablemente perversas.

No me cabe la menor duda de que, en este terreno como en tantos otros, las cosas hubieran debido hacerse de otro modo. Que en el acto constituyente del Estado democrático debería haberse reconocido la pluralidad nacional del Estado y haber permitido que, en aquellos pueblos en los que la duda estaba planteada, se realizaran referendums destinados a establecer si la mayoría de sus habitantes deseaba participar en el proyecto común de España o no. De hecho, eso era lo previsto en el programa de Coordinación Democrática, plataforma común de la oposición antifranquista. Pero no se hizo. Y ahora no cabe volver atrás, y menos aún para implantar un modelo en el que el ejercicio de la soberanía se concentre abiertamente en el máximo mandatario del Poder Ejecutivo.

Lo que ahora debe hacerse -lo que habrá que hacer, y mejor antes que después- es poner en pie una organización territorial del Estado que parta de la libre determinación soberana de los pueblos que hoy lo integran. El nuestro no puede ser un Estado que una a los pueblos por el dictamen imperativo de la Historia. No hagamos que los muertos manden más que los vivos. En contra de lo afirmado por García-Trevijano, ésta es precisamente «una de esas cosas» que no sólo pueden, sino que deben resolverse por el juego de mayorías y minorías. Dicho lo cual, añadiré que tengo el convencimiento de que la gran mayoría del pueblo catalán y la gran mayoría del pueblo vasco desearán asociarse a un proyecto común así. Pero sé también que, para que lo sientan como propio, es imprescindible que nadie se lo plantee como obligatorio.

*

Casi todas las reacciones suscitadas por el libro de Antonio García-Trevijano han brillado por su superficialidad. Lo demuestra hasta el mismo hecho de que no hayan retenido de su título sino la segunda parte -la mención a la República-, que es la más accesoria. En realidad, éste no es un libro escrito en defensa de la República, sino en contra de la supuesta «desnacionalización» de España y en favor del presidencialismo democrático como solución a los males que el autor ve en nuestra realidad política y social.

Lo peor de esas reacciones es que se han quedado más con la música del libro que con su letra. Han oído (o leído a la carrera) que ataca a los nacionalismos catalán y vasco, que propone un regreso al orgullo de la españolidad, que critica ferozmente el régimen existente y que habla de la República como perspectiva posible... y se han apresurado a vitorear o a denostar. Los que sintonizan con el renacer del nacionalismo español -una corriente que veo con creciente preocupación, dicho sea de paso- lo han convertido en bandera, así se la traiga al pairo el presidencialismo, esencial en la tesis de García-Trevijano. Del bando contrario, se han movilizado a toda prisa (sic) quienes más odian al autor y quienes más amor sienten por el régimen existente (dos sentimientos que se presentan unidos con notable frecuencia).

Por mi parte, he tratado de no dejarme llevar por la música -aunque la música también tenga su parte- e ir a la letra. Sería de desear que el debate prosiguiera, tomando el libro como un compendio de ideas y de propuestas, y no como arma arrojadiza. De eso ya hay más que de sobra.

Javier Ortiz. El Mundo (28 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de febrero de 2013.

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1994/10/26 07:00:00 GMT+2

Enemigos de los enemigos

Lo existente es penoso; lo que amaga, sombrío. ¿Que el PSOE está pringado hasta las cejas? Claro, pero porque su poder es de cuerpo entero. Aquí rige el pringue a escala: tanto se manda, tanto se mangonea.

Si vale la pena que González se vaya de La Moncloa no es porque José María Aznar merezca entrar. Aznar sólo tiene una ventaja cierta: que no es González. A fuerza de tesón, pero sobre todo a fuerza de años, la densa trama de intereses creada en torno a González ha ido creciendo más y más, abarcándolo todo, constriñéndolo todo. Urge que alguien la quite de enmedio. Pero doy por seguro que el sucesor se pondrá de inmediato a construir su propia trama. ¿Ventaja? Una sola: en tanto lo logra, quizá nos sea dado un cierto respiro.

Conviene que haya mudanza en La Moncloa. Las mudanzas fuerzan a limpiar. Aznar asegura que él no mirará lo que Felipe González ha ido escondiendo debajo de la alfombra. Pero no podrá evitarlo. Lo verá obligatoriamente, cuando tenga que levantar la alfombra para empezar a ocultar sus propias inmundicias. Y entonces, a lo mejor, por un simple problema de falta de espacio disponible bajo la alfombra, saca a la luz pública una parte de lo que con tanto cuidado se nos oculta ahora mismo.

De todo lo cual, deducirán ustedes que mi convencimiento de la necesidad de echar a Felipe González lo antes posible es tan profundo como nula mi esperanza en lo que pueda venir después de él.

Habrá quien se pregunte si en tales condiciones tiene realmente sentido oponerse a lo existente.

De formular esa pregunta en voz alta, comprobará pronto que hay dos géneros de gente que tienen muy claro que sí.

Uno es el de quienes se oponen a lo establecido porque, como el gran visir Iznogoud de los tebeos, aspiran a ser califas en lugar de los actuales califas. Califas de lo que sea: de la política, de la tele, de la Prensa; califas de la pesca o califas multimedia. Oportunistas que o no pudieron o no supieron subirse al AVE del felipismo y hacedores de piruetas varias, que dieron con sus lomos en tierra y andan a la desesperada espera de su enésima oportunidad.

Pero están también -próximos en las formas, ideológicamente en las antípodas- quienes combaten contra lo establecido -y contra el establecimiento- no porque confíen en lo que vendrá, ni porque esperen nada del futuro, ni personal ni colectivamente, sino porque no conocen ningún otro sistema de mantener la dignidad. Están en contra, sencillamente, porque saben que lo que hay está mal y no han aprendido a agachar la cabeza. Ni ante los que mandan hoy ni ante los que quizá manden mañana.

Es importante no confundir a éstos con aquéllos. Pero es aún más importante que ellos mismos no se confundan. Los enemigos de los enemigos no siempre son amigos.

Javier Ortiz. El Mundo (26 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de octubre de 2010.

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1994/10/22 07:00:00 GMT+2

La España imposible

Me telefonea mi amigo Gervasio Guzmán para comunicarme su honda preocupación por lo que él llama «el problema catalán».

-Tú sabes que soy hombre de ideas cosmopolitas. No soporto los nacionalismos -me dice-. Si los catalanes quieren separarse de España, que lo hagan. Pero si optan por estar en España, entonces que asuman las consecuencias.

Le respondo que a mí lo que me preocupa es su idea de España.

-Formalmente -le explico-, hablas de España como si fuera un ámbito colectivo de convivencia, común a catalanes, vascos, gallegos, castellanos, canarios, asturianos, etc., tenidos todos por iguales en consideración y en derechos. Pero luego no te comportas de acuerdo con ese principio. Imagínate que un catalán te dijera, a ti, madrileño: «Bueno, pues si no os gusta como somos los catalanes, no tenéis más que separaros de España». Dirías que está como una cabra. Y es que, en la práctica, identificas España con el bloque de pueblos de habla exclusivamente castellana. Para ti, es en ellos donde reside la esencia de España. Cataluña y Euskadi no forman parte de esa «esencia». Por eso pones tanta insistencia en que a la lengua castellana se la llame «española». Si tu idea de España fuera realmente solidaria, todas las lenguas que se hablan en el territorio del Estado español te parecerían españolas. Unas habladas por más gente, otras por menos, pero todas igual de españolas. Te crees cosmopolita, pero no eres más que un nacionalista español que lo hace, pero no lo sabe.

Gervasio contrataca:

-¡Pero la identidad colectiva debe basarse en las pautas mayoritarias! ¡Eso es la democracia!

-Ay, Gervasio: la democracia es una gran cosa, pero no vale para todo. Por encima de la democracia está la libertad. Y por sobre ambas, el peso de la Historia, y el de sus agravios. El nacionalismo español ha funcionado desde muchísimo antes de que en esta tierra hubiera un régimen parlamentario, y ha causado heridas muy hondas, y ha generado recelos que están aún muy enquistados, y lo ha hecho en nombre de España: de la España una, de la España grande, de la España nunca libre. Si tú recelas de Cataluña, pese a que jamás tropas catalanas entraron en Madrid para imponer una dictadura, ¿cómo te puede extrañar que los catalanes recelen de ti? Oye lo que te digo, Gervasio: o se produce un cambio general de actitud; o empezamos a hacer un esfuerzo consciente para entendernos sobre la base no de como nos gustaría que fuéramos los unos y los otros, sino de como somos realmente, o este tinglado común nunca echará raíces.

Me disponía a concluir con un solemne «Tú verás lo que quieres» cuando escuché el clic: Gervasio me había colgado.

No sé, pero me da la impresión de que cada vez son más los que desean colgarme.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de noviembre de 2012.

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1994/10/19 07:00:00 GMT+1

Carlos for president

No soy muy amigo de las monarquías, pero me doy cuenta de cuándo alguien vale, y para mí está claro que Carlos de Inglaterra es un tipo que vale. Sé que ésta es una afirmación que no mejorará en nada mi ya de por sí escasa popularidad -el príncipe Carlos no goza de predicamento alguno en nuestro país-, pero así lo veo, y como tal lo digo: me cae bien ese hombre. Comparto sus preocupaciones ecologistas y sus gustos y disgustos arquitectónicos; simpatizo con su propuesta de que se condone la deuda del Tercer Mundo; comprendo perfectamente su nulo interés por ser jefe de la Iglesia anglicana, y, sobre todo, entiendo a las mil maravillas su aversión por Diana de Gales, una mujer que lleva su imitación de las muñecas hinchables al extremo de tener lo mismo que ellas dentro de la cabeza.

Todo el mundo está de acuerdo en que, con su comportamiento tirando a atípico, el príncipe de Gales está llevando a la monarquía británica a la ruina. Yo también lo creo. Pero tal circunstancia, lejos de moverme al desdén, acrecienta ante mí sus atractivos. Supongo que no habrá nadie tan estúpido como para pensar que Carlos no es consciente de las consecuencias de sus actos. Ocurre que es hombre inteligente: está al cabo de la calle de la salud de hierro de su señora madre y ve cuán poco probable es que la corona recaiga en su cabeza cuando todavía esté en edad de disfrutarla. De modo que la monarquía se la trae un tanto al pairo. Es natural. No va a estar sacrificándose toda la vida, sometido a una madre que, por lo que él mismo cuenta, es más seca que un palo, a un padre más antipático que hecho a posta y viviendo con una tía que le cae como un tiro, dedicado a hacer el pasmarote en inauguraciones, visitas a hospitales, recepciones y demás zarandajas, y todo para que a los setenta años le pongan de rey, cuando ya no le queden ni cuatro afeitados y esté a punto de diñarla.

Afirma Douglas Hurd, ministro de Exteriores británico, que no hay ninguna conspiración republicana en el Reino Unido. Ya. Es posible que en el Reino Unido no, pero en el Reino Desunido -que es como debería llamarse ése- parece que sí. Sólo que, a diferencia de otras conspiraciones republicanas de menos postín, como la española, la británica está encabezada por un príncipe. Consciente de que le va a ser casi imposible llegar a rey, Carlos de Gales aspira a convertirse en presidente de la República.

Lo que resulta de lo más lógico. Un tipo moderno, ecologista, de ideas sociales avanzadas, agnóstico y toda la pesca, no podía soportar por más tiempo el contrasentido de ser monárquico. Ya verán ustedes como, en cosa de nada, Carlos da la campanada y hace pública su candidatura. Charles for president!

A ver si tiene suerte y no le pasa como a Fujimori. Porque la Diana ésa, con tal de seguir chinchando, es perfectamente capaz de presentarse como candidata alternativa.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de noviembre de 2012.

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1994/10/15 07:00:00 GMT+2

Pepe Rei

Veamos los antecedentes: 1º) Pepe Rei trabaja en Egin -o, mejor dicho: lo hacía, hasta que lo metieron en la cárcel-; 2º) Egin es un periódico legal, pero en Egin, como es sabido, hay no poca gente que simpatiza con ETA; 3º) Pepe Rei lleva años dedicado a estudiar las cloacas de la clase política vasca: el negocio de la adjudicación ilegal de licencias para la explotación de máquinas tragaperras, los servicios especiales -especialísimos- de la Ertzaintza, sus conexiones atípicas con el PNV -recuérdese el «pinchazo» a Garaikoetxea-, el submundo del tráfico de droga y su vinculación con determinados miembros de la Seguridad del Estado...; y 4º) la Policía encontró varios documentos aparentemente resultantes de las investigaciones de Pepe Rei en poder de un miembro de ETA.

De estos elementos, un juez de la Audiencia Nacional ha deducido que es posible que Pepe Rei haya colaborado con ETA. En vista de lo cual, ha ordenado su detención y decidido su ingreso en prisión sin fianza. ¿Alguna prueba de que haya sido él quien hizo llegar a ETA esos papeles? Ninguna conocida. ¿Puede el juez probar que no fue otra persona la que lo hizo sin que él se enterara? A lo que parece, no. O sea: que Pepe Rei ha sido encarcelado, según todas las trazas, en razón de una mera conjetura. A lo que sólo le encuentro una explicación: que trabaja en Egin, y eso lo convierte automáticamente en sospechoso.

No hace falta bucear gran cosa en la Historia para toparse con casos en los que alguien (Alfred Dreyfus, Joe Hill, Nicola Sacco, Bartolomeo Vanzetti) ha sido juzgado y hasta condenado a partir de pruebas exclusivamente circunstanciales, que los tribunales consideraron suficientes porque el acusado aparecía vinculado a una causa maldita: judaísmo, anarquismo, terrorismo. En España, sin ir más lejos, hace apenas unos años el periodista Xavier Vinader tuvo que huir a Londres porque querían meterlo en la cárcel tras haber publicado en Interviú las andanzas de un individuo contra quien ETA atentó a continuación.

La teoría ésa, tan en boga, de que «algunos periodistas señalan con la pluma a aquellos a quienes los terroristas matan más tarde» es aberrante. El periodista tiene la obligación profesional y ciudadana de denunciar la corrupción. En donde sea. En donde pueda.

Pepe Rei lleva cincuenta días en la cárcel y los sedicentes adalides de la libertad de expresión en este país no han dicho aún esta boca es mía. ¿A qué se debe el silencio de las asociaciones de periodistas, incluida la reciente y beligerante Asociación de Escritores y Periodistas Independientes (AEPI)? ¿Es que se han estudiado el dossier y consideran que es justo que esté encarcelado? ¿O es que temen contaminarse con la defensa de un periodista de Egin?

Es la libertad de expresión, no la línea editorial de Egin, lo que está aquí en juego. O hay pruebas contra Pepe Rei o no las hay. Y si no las hay, debe ser puesto de inmediato en libertad. Trabaje para Egin o para el súrsum corda.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de octubre de 2012.

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1994/10/12 07:00:00 GMT+2

Semprún

La simple y mera observación biográfica me ha llevado a una terminante conclusión sobre Jorge Semprún: es un señor que sólo descubre la mierda cuando le echan de ella.

Jorge Semprún fue hombre de confianza de Santiago Carrillo en unos años en los que para estar en la dirección del PCE hacían falta unas tragaderas de aquí te espero. Y no hablo de tragaderas políticas -despistados ha habido muchos, y en muchos bandos- sino éticas. Porque Carrillo y los suyos hicieron auténticas atrocidades para liquidar a quienes no comulgaban con su línea política en el interior del PCE. Hay libros por ahí -me acuerdo de uno de Líster, otro que tal baila- en los que se cuentan cosas que ponen los pelos de punta. Y no veo cómo Jorge Semprún/Federico Sánchez pudo arreglárselas para estar trabajando mano a mano con Carrillo y no darse cuenta. ¿O se dio? Sólo después de muchos años de estrechísima colaboración con él se decidió a criticarlo por algo: por «subjetivista». Carrillo lo expulsó, y eso que tildarlo de subjetivista venía a ser como acusar a Stalin de no saber de cocina. Pues bien: fue entonces, y sólo entonces, cuando Semprún se apercibió de que el ex camarada secretario general era un bicho de mucho cuidado.

Fijémonos ahora en su paso por el Ejecutivo. Cuando decide aceptar la cartera de Cultura, él ya sabe que entra en el Gobierno de los GAL. Y cuando se desencadena la Guerra del Golfo, es él quien monta la «purga» -de nuevo la escuela de Carrillo- de altos cargos de la Administración opuestos a la intervención. Item más: éste que habla ahora en contra de la corrupción y de González es el mismo que, según reconoce, defendió entusiásticamente en el Consejo de Ministros a Mariano Rubio frente a Alfonso Guerra.

Dicho lo cual, y en contra de un criterio muy generalizado, yo prefiero con mucho que Semprún se dedique a la política. Porque mientras ejerce de político queda neutralizado como guionista de cine. Los actos de un político de su talla -de su falta de talla, quiero decir- son superficiales, pasajeros y rectificables. ¿Quién se acuerda ya de lo que hizo o dejó de hacer este hombre en Cultura? A cambio, su paso por la cinematografía ha dejado tras de sí un reguero de maniqueísmo difícilmente borrable. Reparen ustedes: ¿cuál es el mejor filme que ha dirigido Costa Gavras? Estado de sitio. Justamente aquel cuyo guión, al no poder encargarse Semprún de hacerlo, Gavras se lo pidió a Franco Solinas. Y Franco Solinas -guionista también de aquella maravilla que fue La batalla de Argel- no escribió una historieta de buenos y malos, sino una historia compleja, abierta e inteligente.

Semprún es incapaz de ver la vida sino como un espectáculo de buenos y malos. Una visión que, si en todo caso es un error, resulta doblemente imperdonable en el suyo. Debería darse cuenta de las muchas veces que ha estado del lado de los malos. Y de las muchas que ha sido él, directamente, el malo.

Javier Ortiz. El Mundo (12 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de octubre de 2010.

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1994/10/08 07:00:00 GMT+2

San Torcuato

Los adoradores de nuestra «ejemplar transición» nos tenían acostumbrados al ditirambo hagiográfico de los dos grandes «motores del cambio»: el Rey y Adolfo Suárez. Ahora, con motivo de una recientísima tesis docto-filial, se nos informa de la inminente canonización de otro «gran español» y gran «hombre de Estado»: Torcuato Fernández Miranda. Se ve que don Torcuato fue tan providencial como los otros dos, y que España, ingrata, estaba cometiendo la cruel injusticia de no apreciarlo suficientemente.

Por lo que cuentan, los méritos inmarcesibles del señor Fernández Miranda fueron básicamente tres:

1º) Fue él quien, apoyándose muy astutamente en el apartado tal del artículo cual de no sé qué Ley Fundamental -fundamental para Franco, mayormente-, persuadió al entonces príncipe de España de que podía jurar total fidelidad a los principios del Movimiento sin que eso le comprometiera a respetarlos. Algo realmente admirable.

2º) A su brillantísima mente de jurista se debió el «diseño» de la singular taumaturgia consistente en sacar el régimen parlamentario de las entrañas mismas de la legalidad fascio-franquista; y

3º) Fue él, y sólo él, quien se dio cuenta de que Adolfo Suárez era el político más adecuado para encabezar el proceso de la reforma, y quien convenció al Rey de que debía asignar ese papel al de Cebreros.

O sea, que don Torcuato fue una bendición del cielo. Todo un fundador de la democracia.

Y yo, pobre de mí, sin saberlo. Se ve que me dejo atrapar por los detalles, por la anécdota de la Historia, y que eso me incapacita para captar su lado esencial y sublime.

Por ejemplo: yo recordaba que Fernández Miranda, tras un paso arrollador por los ministerios de Educación y Trabajo, fue nombrado secretario general del Movimiento en 1969, con lo que se convirtió en jefe máximo del partido único de Franco. Según leo ahora, para esas fechas ya estaba «diseñando» la democracia. Pero lo disimuló estupendamente, lanzando unas arengas fascistas de aquí te espero. En 1973, Franco lo nombró vicepresidente del Gobierno. Eso le permitió disimular aún mejor su alma de demócrata. Su aprobación de la ejecución mediante garrote vil del anarquista Salvador Puig Antich fue, en esa línea, una pieza maestra del disimulo. ¡Qué hábil demócrata fue él, y qué rematadamente torpes los que nos opusimos de frente a la dictadura, en vez de estar en la nómina del Caudillo y estudiar cómo «diseñar» la democracia a partir del escrupuloso respeto de la legalidad franquista!

Y es que fuimos víctimas de un espejismo: pensamos que entre la democracia y el fascismo había un abismo insalvable. Y no. Fernández Miranda ideó un puente gracias al cual los fascistas pudieron pasar a dárselas de demócratas y algunos supuestos demócratas descubrir su verdadera alma de fascistas.

Loado sea. ¡Qué gran español! ¡Qué gran hombre de Estado!

Javier Ortiz. El Mundo (8 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/10/08 07:00:00 GMT+2
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1994/10/06 07:00:00 GMT+2

Dos fracasos

La sesión inaugural de la cumbre conjunta del FMI y del Banco Mundial fue un estrepitoso fracaso. En lugar de prestar atención a las palabras de quienes pasaron por su tribuna, los medios de información de todo el mundo se han quedado con la acción de Greenpeace. Y en vez de fijarse en los análisis presuntamente sesudos elaborados por los jefes de los dos organismos financieros planetarios, todo quisque se ha dedicado a analizar cómo diablos pudo ser que dos militantes ecologistas se acreditaran como «chicos de la Prensa» sin que nadie reparara en qué clase más rara de periodistas eran, y cómo narices fue que lograran introducirse en el recinto con tal cantidad de papel, tela y cuerdas encima.

El conjunto del complejísimo dispositivo de seguridad de la cumbre ha quedado en ridículo, y quien más quien menos especula con la posibilidad de que los policías estuvieran tan ocupados persiguiendo manifestantes por la calle que no tuvieran tiempo de ocuparse de la tonta posibilidad de que alguien se llegara hasta los mandatarios de todo el mundo a hacerles la cusqui. Porque los dos pseudorreporteros eran ecologistas, pero por las mismas podían haber sido primos de Carlos, o rubitos ingleses convertidos al fundamentalismo islámico, dispuestos a vengarse del dólar pecador.

A cambio, es unánime la consideración de que los de Greenpeace se han apuntado un tanto de primera. Virtuosos de la publicidad, especialistas en acciones espectaculares, ésta es de las más sonadas que jamás hayan realizado. Colarse en el sancta sanctorum de las finanzas mundiales, burlar todas las vigilancias y montar el numerito de la pancarta y los dólares falsos no está al alcance de cualquiera. Han hecho un derroche de imaginación, astucia y valor, y han demostrado que el FMI y el Banco Mundial son, en realidad, dos colosos con los pies de barro, que pueden ser burlados con la gorra.

Sin embargo, si lo que querían era llamar la atención sobre el carácter antiecológico de los proyectos que patrocina el Banco Mundial, los de Greenpeace han fracasado. Su acción ha sido tan fantástica, tan llamativa, que la casi totalidad de los comentarios periodísticos se han centrado en la acción misma, sin ocuparse apenas de su intencionalidad. Han logrado que se hable muchísimo de Greenpeace... y casi nada de las perrerías del Banco Mundial.

Hay anuncios tan buenos, tan perfectos, que atraen irresistiblemente la atención general. Pero la atraen sobre el anuncio, no sobre el producto que anuncian. O sea, que son un éxito para los publicitarios, pero un fracaso para el anunciante.

La duda es ésa: ¿Quería Greenpeace que se hable del Banco Mundial, o quería que se hable de Greenpeace? Si era esto último, lo ha hecho muy bien. Si lo primero, me temo mucho que su acción no haya servido para gran cosa.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/10/06 07:00:00 GMT+2
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1994/10/04 07:00:00 GMT+2

Lecciones de ética práctica

Se celebraba el pasado lunes la festividad de los Ángeles Custodios, día de la Policía, y Bibelloch, metido a arengar a sus huestes ministeriales, optó por ponerse en plan filosófico. «Sólo la ética es práctica», les dijo.

Reconozco que me dejó perplejo. Supongo que a los policías también, aunque probablemente por razones diferentes.

La frase es rotunda, desde luego, pero enigmática. ¿«La ética»? ¿A qué ética se refiere? ¿Sólo hay una? ¿Y qué es «lo práctico»? Hechos y objetos son o no son prácticos en función de la finalidad que se persigue. Un martillo es la mar de práctico cuando lo que se quiere es incrustar un clavo en la pared, pero resulta de utilidad más que dudosa cuando uno desea escribir un poema, o viajar a Cuenca.

Belloch hablaba a policías. Los policías -dicho sea por la brava y dejándose de mandangas- tienen una misión doble: que la gente haga lo que está mandado, y al que no lo haga, pillarlo y conseguir que lo confiese. ¿Qué necesitan para lograr eso? Pues armas, porras, esposas, coches, calabozos y cosas así. Etica, desde luego, no. Si la ética -cualquier ética- les fuera de utilidad real, recurrirían a ella por su cuenta. No haría ninguna falta que el biministro Belloch se lo recomendara. Si es necesario encarecer a la Policía que sea buena y respete un cierto número de normas éticas, es precisamente por su conocida y muy persistente tendencia a no hacerlo. Lo cual se explica por una razón muy sencilla: los criterios éticos le estorban.

La reflexión sobre el imperativo ético debe emprenderse por una vía radicalmente opuesta a la sugerida por Bibelloch. Hay que defender la necesidad de someterse a estrictos criterios éticos pese a que ello puede dificultar, o incluso impedir, el logro del fin inmediato perseguido. Es el viejo dilema: la Policía ha detenido a un tío que acaba de colocar una bomba en un lugar en el que hay concentrada una gran multitud; la bomba va a hacer explosión en pocos minutos y el tipo se niega a decir dónde la ha puesto. ¿Es lícito en esas condiciones recurrir a la tortura para que confiese? Lo que Bibelloch tendría que explicar a sus policías es que ni siquiera en un caso así resulta aceptable el recurso a la tortura. Pero el día en que lo logre, la Policía dejará de ser Policía, y él mismo se dará cuenta, además, de que un ministro del Señor X no está en condiciones de dar lecciones de ética a nadie.

Lo que otorga y quita razones en esta vida no es lo práctico, sino la práctica. En la noche del mismo lunes, pocas horas después de que Bibelloch perorara sobre ética, vi desde la ventana de mi casa cómo su Policía dispersaba a porrazos, con saña terrible, a un grupo de personas que se habían concentrado pacíficamente ante la puerta del Auditorio Nacional para protestar por la presencia de los mandamases del FMI en el recinto.

Fue toda una lección práctica de la ética del biministro.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de octubre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/10/04 07:00:00 GMT+2
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