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1994/10/01 07:00:00 GMT+2

Apocalipsis

Y vi que en la lejana India se desataban siete pestes, y las siete mataban como el rayo a cuantos de ella huían. Y vi en Ruanda a dos grandes tribus que blandían la espada de dos filos, y por ambos dos ambas morían, y causaban terrible pavor en el resto de los humanos durante cien días, y luego ya nadie más miraba hacia ellas. Y vi a mil policías brasileños persiguiendo a cien mil niños, todos misérrimos y sucios, y a unos les daban muerte para que no afearan las calles y luego los tiraban, y a otros los descuartizaban y vendían sus órganos en la plaza pública. Y vi a un escribano colombiano que llevaba la cuenta de los asesinatos políticos, y vi que reía alborozado y lanzaba grandes vítores y hurras tras comprobar que su cuenta era la más larga de todas las del orbe. Y vi en España a un banquero que clamaba desde lo alto de un púlpito de jaspe y coralina, y decía que mil millones de humanos subsisten con una moneda al día, y nada decía de los muchos que no subsisten cada día. Y vi en la selva frondosa de México a trece batallones que llevaban trece cisternas de alcohol a trece pueblos indígenas, y les pedían que bebieran y bebieran, porque los beodos no se hacen guerrilleros. Y vi en la capital de México una gran fiesta presidida por un gran dragón, y el dragón vestía de púrpura y llevaba joyas de oro, piedras preciosas y perlas, y a su alrededor siete jefes de la política y siete magnates de la droga festejaban la victoria del dragón, la muerte de sus enemigos y el éxito de sus negocios. Y vi en Sudáfrica a doce tribus que se devoraban entre ellas, y en el norte de Africa a doce tribus que se devoraban entre ellas, y en Yugoslavia a doce tribus que se devoraban entre ellas, y en Rusia, a doce veces doce. Y todas eran fuertes, y todas tenían poderosas armas de acero y hierro, y todas las usaban.

Y vi que el mundo era sacudido por grandes desgracias, y que los terremotos destruían las ciudades, y que los barcos se hundían y las olas engullían a los hombres, y que los barcos se hundían y una espesa capa negra cubría los mares, y que el aire se pudría y el sol quemaba a las criaturas, y que las aguas se corrompían y eran escasas, y que las gentes se pegaban por haberlas.

Y me acerqué al palacio de la reina Europa, y vi que estaba rodeado de cuatro fosos, y que detrás de cada foso se levantaban cuatro fortificaciones. Y vi que los soldados tiraban contra las turbas de mendigos que acudían de todo el mundo a pedir limosna. Y entré en el palacio y vi que los hombres y las mujeres vestían de lino blanco y fina seda, y en sus cabezas, muchas diademas de esmeraldas y rubíes, y en sus manos, copas de oro llenas de dulces vinos, pero eran ciegos y eran sordos, y su piel, aunque delicada, era insensible, y se hablaban, pero no se oían.

Y sentí entonces una profunda voz que retumbó en la bóveda celeste y que clamó: «¡Vea quien tenga ojos para ver, y escuche todo aquel que sea capaz de oír!».

Pero no tuvo respuesta.

Javier Ortiz. El Mundo (1 de octubre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de octubre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/10/01 07:00:00 GMT+2
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1994/09/28 07:00:00 GMT+2

Todos los huevos en una cesta

Entre banqueros de muy alto copete, políticos de excelso postín, ejecutivos de rutilantes transnacionales y otros magnates (y mangantes), suman, según dicen, quince mil. Y están todos, como un solo hombre y muy pocas mujeres, concentrados ahora mismito en la capital del Reino de España, prestos a participar en una magna reunión conjunta del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Se han congregado para ver cómo continuar con su tarea. Su tarea -examinada a la luz de la experiencia del medio siglo que ya lleva- está clara. Sintéticamente, consiste en conseguir que los países ricos sean cada vez más ricos -así sea a costa de que los pobres se vuelvan cada vez más pobres-, y que en cada país concreto las cosas resulten, sobre poco más o menos, igual. A esto ellos lo llaman «ayuda al desarrollo».

Diferencias político-ideológicas al margen, a mí, la verdad, me parece que han cometido una gran, una terrible imprudencia. En cuanto me he enterado de que estos quince mil prebostes se han reunido en Madrid, me he echado a temblar. Y es que me he acordado de la canción de Boris Vian titulada La java des bombes atomiques. En ella el gran Boris cuenta cómo su tío, gran amante del bricolaje, logró fabricar en su taller casero una bomba atómica. Pero no estaba nada satisfecho. El problema que le traía a mal traer era que su bomba tenía un radio de acción de sólo tres metros y medio. Se devanaba los sesos estudiando cómo lograr que fuera una bomba importante. Pero, tras darle más y más vueltas, acabó llegando a una conclusión: la cosa no era que su bomba abarcara más terreno, sino que estallara en el sitio adecuado. Relata Vian cómo su tío, animado por esta terrible idea, se las arregló para congregar a los grandes jefes de Estado en su taller... Cuando los tuvo allí, zas, los voló a todos.

Vian escribió esa canción allá por los años 60, cuando su fantasía era irrealizable. Pero desde entonces las ciencias han avanzado que es una barbaridad. Y si a eso se suma el comercio de plutonio postsoviético, pues lo mismo no sería tan difícil que haya por ahí -o sea, por aquí- alguien paseándose con una bombita capaz de hacer saltar por los aires el nuevo y rutilante Palacio de Congresos de Madrid, como modo de vengarse en un abrir y cerrar de ojos de todo a la vez: del hambre y las dictaduras, de la deuda externa del Tercer Mundo, del Golfo, de Chiapas, de Ruanda, de Bosnia y de las pateras.

Son unos imprudentes. ¡Mira que poner tantos huevos en la misma cesta! Sólo nos queda confiar en que los de la hipotética bomba se den cuenta de que su acción sería una perfecta estupidez. Estos son sólo quince mil. Si desaparecieran, sería un drama, pero su tinglado seguiría tal cual. Hay muchos, muchísimos otros preparados para sustituirlos.

Javier Ortiz. El Mundo (28 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/09/28 07:00:00 GMT+2
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1994/09/24 07:00:00 GMT+2

Se están contando cosas muy raras

Se están contando cosas muy raras. Lo cual parece indicar que ocurren cosas muy raras. Pero eso no es lo nuevo. Siempre han ocurrido cosas muy raras. La novedad consiste en que ahora las cosas raras que suceden se cuentan. Y todavía más raro es lo que sucede acto seguido: que al que las cuenta no le pasa nada y que tampoco pasa nada porque se cuenten.

Les pondré un ejemplo de esta situación rarísima. Escuché el otro día a Javier Solana insinuar en una emisora de radio que el abogado Antonio García Trevijano le delató a la Policía política franquista en cierta ocasión. Aludía a una redada de la que fui testigo y en la que yo mismo no fui detenido porque logré escapar. La cuestión no es que yo sepa que García Trevijano se comportó irreprochablemente en aquel momento. La cuestión es que sé que Solana también lo sabe. Por lo cual yo acuso a Solana no sólo de mentiroso, sino también de bellaco (cfr. Bellaquería: acción con que se perjudica injustamente a una persona para beneficiarse el mismo que la comete o para beneficiar a otro). Pues no me digan ustedes que no es raro que un periodista pueda llamar mentiroso y bellaco a todo un ministro de Asuntos Exteriores y que éste tenga que callarse y tragárselo, porque sabe que el periodista tiene razón.

Más ejemplos. Estoy leyendo ahora mismo un libro apasionante. Sus autores son dos periodistas, Díaz Herrera y Durán. Se titula Los secretos del Poder. Descubro en él, entre otras muchísimas barbaridades, que los participantes en una cena-homenaje a Tierno Galván que se celebró en un amplio restaurante de Madrid el 18 de mayo de 1976, y en la que éste que suscribe compartió mesa, si mal no se acuerda, con Martín Pallín, el fiscal Chamorro y Díez Alegría Jr., estuvimos en un tris de saltar por los aires porque ciertos jefes policiales consideraron que todos los reunidos éramos unos rojos de mierda que no merecíamos vivir. El atentado no se llevó a cabo porque los encargados de realizarlo, cuando ya estaba todo a punto -benditos sean-, se rajaron. Herrera y Durán cuentan también que algunos dirigentes del PSOE colaboraban ampliamente por entonces con los servicios secretos franquistas -citan a Múgica y Benegas, entre otros- y que una de las cosas que hicieron -fíjense, qué casualidad- fue montar a medias una aparatosa campaña difamatoria contra Trevijano.

Pues ya ven ustedes qué historias se cuentan. Y no pasa nada. Ni a quienes las cuentan ni a los que son denunciados en lo contado.

¿Han leído ustedes el libro de Jesús Cacho, M.C.? Esa es otra. Ahí se retrata, por ejemplo, a Juan Luis Cebrián, el banquero ex periodista, paseándose con dossiers denigrantes para El Mundo y quienes lo hacemos, tratando de conseguir que los accionistas de este periódico se asusten y huyan de nosotros.

Pero nada. Se cuenta, pero no pasa nada. Aquí nunca pasa nada.

Javier Ortiz. El Mundo (24 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de septiembre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/09/24 07:00:00 GMT+2
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1994/09/21 07:00:00 GMT+2

Gerulaitis y las mujeres

Vitas Gerulaitis, tenista de pro en los 80, muerto en accidente el pasado lunes, era un capullo. O, mejor dicho, era otro capullo más de los muchos que produce el deporte de elite. De humilde cuna, los dólares se le subieron a la cabeza. Y, como la encontraron vacía, se instalaron en ella. Les pasa a muchos.

Hace unos años, ya en el ocaso de su carrera, Gerulaitis volvió momentáneamente a la fama tras lanzar un singular desafío público: él, que ocupaba el puesto 200 del ranking de la Asociación de Tenistas Profesionales, se declaraba capaz de vencer a la número uno del tenis femenino, Martina Navratilova. Explicó que lanzaba ese reto para demostrar que las mujeres ganan en el tenis cantidades que no se corresponden con su calidad.

¿Era que Gerulaitis no entendía las leyes del mercado y no se daba cuenta de que, si los organizadores de los torneos pagan así, es porque les compensa, o era que no sabía de tenis, sin más? Ninguna de las dos cosas. Le cegaba el machismo.

El tenis masculino es cada vez más muermo. En lo fundamental, consiste en que un caballero muy fuerte coge una bola, se concentra muchísimo durante muchísimo tiempo y, al final, justo cuando el espectador está a punto de caer en los brazos de Morfeo, lanza un castañazo brutal. Si la pelota entra en el rectángulo adecuado, lo más normal es que el otro forzudo que hay enfrente se limite a verla pasar a 200 km/h.

Aunque no siempre sucede eso. Con desdichada frecuencia, lo que ocurre es que la pelotita roza la red, y entonces (horror) hay que volver a empezar: nueva y no menos larguísima concentración, etc. Incluso cuando, por excepcional circunstancia, el bólido va al lugar adecuado y el rival logra devolverlo, la cosa tampoco cambia demasiado: dos o tres trallazos tremebundos mutuos y, hala, otra vez al mortal ritual del saque.

El tenis femenino, por fortuna, es otra cosa. Las mujeres sacan fuerte, pero a velocidad humana. Con lo cual el juego permite que se produzcan muchos intercambios de golpes interesantes, divertidos, en los que prima la habilidad sobre la fuerza, y que hacen las delicias del público, que paga a gusto por ver el espectáculo.

Gerulaitis podía vencer a golpe de misiles a Martina Navratilova. Y qué. Ganar no lo es todo. La fuerza no lo es todo. A algunos, las exhibiciones de fuerza y triunfo no nos conmueven gran cosa.

En realidad, lo que le ocurría a Gerulaitis es que estaba imbuido de dos de los principios que asientan el modelo social masculino: el valor supremo de la fuerza y la búsqueda de la victoria a cualquier precio. Eso le cegaba.

De lo que se desprende que su pretensión fue una perfecta bobada, pero únicamente porque hablaba de tenis. Si se hubiera referido a la política, por ejemplo, habría acertado. En política sí que vale más el que pega más fuerte.

Javier Ortiz. El Mundo (21 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de septiembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/09/21 07:00:00 GMT+2
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1994/09/19 07:00:00 GMT+2

Sí hay enemigo pequeño

Pregunta en Casablanca el mafiosete Ugarte/Lorre a Rick/Bogart: «Tú me desprecias, ¿verdad?». Y el propietario del célebre «Rick's» le responde: «Si pensara en ti, tal vez te despreciaría».

Cada cual se define no solo por la categoría humana de quienes se rodea, sino también por la de sus enemigos. Hay personajes que, por no valer, no valen ni para enemigos. Pelear con ellos es una pérdida de tiempo. Incluso escuchar lo que dicen. Mucho más tomarlos como punto de referencia, así sea para ponerlos a caldo.

Me ha parecido extraño, y hasta molesto, que personajes de primera línea de la vida política y cultural de Cataluña hayan respondido a las manifestaciones de Mendoza sobre la Diada. No por el contenido de lo que le han contestado, sino porque se hayan molestado en hacerlo. Valía la pena responder a Julio Anguita, porque Anguita lo merece. Anguita, en mi opinión, se equivocó. Pero se equivocó porque tiene capacidad de equivocarse. En el caso de Mendoza, en cambio, no cabe hablar de equivocación. Lo que dijo es el fruto lógico del estado de sus neuronas. Le va al dedillo. Reprocharle haber puesto en circulación semejante sarta de provocaciones es como protestar porque una fosa séptica huela mal.

Entrar al trapo de Mendoza es un error. Hacerle caso es aberrante, pero argumentar contra él también. Equivale a tomárselo en serio.

No tiene razón el dicho. Sí hay enemigos pequeños. Mendoza, sin ir más lejos, es uno.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de septiembre de 2010.

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1994/09/17 07:00:00 GMT+2

Contentos y descontentos

Según se desprende de un sondeo de opinión que este periódico difundió anteayer, tres de cada cuatro españoles creen que el Gobierno hace, sobre poco más o menos, lo que le sale de las narices; que los líderes políticos van mayormente a lo suyo; que la res publica, dicho sea con perdón de Vilallonga y Lluch, es mucho más res que pública, y que la gente -o mejor la estirpe, que la gens era patricia- no pinta gran cosa en la gobernación del país.

Ayer, el artículo editorial de El Mundo mostraba su preocupación por esa realidad. Es verdad: se trata de un dato anonadante. ¡Tres de cada cuatro ciudadanos no se fían un pelo de los de arriba! ¡Tres de cada cuatro! ¡Sólo! ¿Y en qué país vive el 25% restante? ¿Cómo puede ser que, después de todos estos años, sigan tantos en la higuera?

Hago mis cálculos. Dado que el sondeo se efectuó entre mayores de 18 años -o sea, entre eventuales votantes-, y puesto que el censo electoral ronda los 30,5 millones, deduzco que hay casi 8 millones de españoles que se sienten felices y contentos con el funcionamiento del sistema político. Ahora bien, si tanto les gusta, cabe dar por hecho que se morirán por disfrutar de él cuando les dejan, o sea, cada cuatro años, papeleta en mano. Y si votan y están contentos con lo que hay, parece lógico suponer que votarán a favor de quienes mejor les garantizan que podrán seguir gozando de ese sistema tan chachi.

Llegado a este interesante punto, me detengo para hacer una cuenta paralela, consistente en sumar los votos que avalan la Santa Alianza formada por el PSOE, CiU y PNV. Qué curioso: las dos operaciones arrojan un resultado pasmosamente semejante.

Así que los satisfechos son sólo uno de cada cuatro, pero no tienen problema para dar a sus líderes el gobierno del conjunto. Porque ellos están muy unidos. En cambio, los descontentos, por abrumadoramente mayoritarios que seamos, acudimos a la batalla en orden disperso -que es como los militares llaman al caos total-. O no acudimos (que ésa es otra).

Spain is different. Mientras en el resto del universo se da por hecho que es infinitamente más fácil ponerse de acuerdo para negar que para afirmar, aquí tenemos una rara pericia en esto de atomizar las negaciones, de modo que basta con que unos cuantos se pongan de acuerdo entre sí para que acaben llevándose el gato al agua.

Pues que se lo lleven. Yo no quiero llevarme el gato al agua. Ni sé de qué gato se trata, ni de qué agua va, ni qué beneficio podría reportarme ayudar a ese traslado. Además, odio a los gatos. Me da grima lo mucho que se parecen a los humanos: son vagos, agresivos y traicioneros.

En todo caso, este sondeo revela que, bien miradas, las cosas están como debe ser: la gente de orden es minoría, pero manda sobre el resto. Gracias a lo cual se mantiene la armonía de la Historia.

Javier Ortiz. El Mundo (17 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de septiembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/09/17 07:00:00 GMT+2
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1994/09/14 07:00:00 GMT+2

La responsabilidad de Jordi Pujol

Se ha dicho en estos últimos días hasta la saciedad: «No hay que confundir a Pujol con Cataluña». Desde luego que no. Hacerlo sería un grave error, y también una estupidez: ¿cómo confundir a un señor con un país?

Me pasa con esa advertencia como con la otra, también típica, de quienes empiezan sus exordios proclamando cuántos amigos tienen en Cataluña, cómo les gusta, qué bonita es la Costa Brava, etc.

Cuando oigo tales preámbulos -excusatio non petita...-, ya sé que debo estar preparado para que me endosen un mitin anticatalanista.

Pujol no es Cataluña, of course, pero hace falta ser o muy ingenuo o muy hipócrita para no ver que detrás de muchos de los dardos que se lanzan contra el muy interesado apoyo que Pujol presta a González -y a veces ni siquiera detrás: al ladito, y muy visible- hay una fobia contra lo catalán -y contra el catalán- de aquí te espero.

Así las cosas, a mí no me extraña nada que, entre los catalanes que no apoyan a Pujol -y que son la mayoría, si sumamos los que votan a otros partidos y quienes no votan-, haya muchos que estén que trinan contra algunas de esas críticas, y que hagan frente común con Pujol, así sea tan sólo en eso.

El resultado es que el conflicto España-Cataluña está otra vez al rojo vivo.

¿De quién es la culpa? Pues depende de la distancia con que miremos la cosa. De Felipe V, si nos vamos a los orígenes. En la Historia reciente, de la llamada transición política, que no sustituyó la férrea organización centralista del franquismo por otra autonómica, sino que sumó ambas, creando un híbrido que no sólo es aberrante, sino también carísimo. Y en lo inmediato, de González y los suyos, que han estado atizando durante años los resquemores anti-catalanes y sólo han reparado en la necesidad de «incorporar a los nacionalistas moderados a la gobernabilidad del Estado» cuando les han hecho falta los votos de CiU para prolongar su patética agonía política.

Pero hay otra grave culpa: la que recae en Jordi Pujol. Porque si su actuación puede parecer lógica y hasta astuta en términos de política mercantil -pocos habrán sacado nunca tanto partido de tan exiguos escaños-, mirada desde el punto de vista de los intereses profundos de Cataluña es nefasta.

Si Pujol amara realmente a su país, debería entender que lo de menos es que esté obligando a González a ir por donde él cree que hay que ir. Que los beneficios que obtiene por servir de puntal a un PSOE en ruinas los está pagando con algo que ni tiene precio ni debería ser usado jamás como moneda de chalaneo: el prestigio de Cataluña y los fundamentos de su convivencia en paz con el resto de los pueblos de España.

President, recapacite. El pueblo catalán y su futuro no se merecen una hipoteca tan desagradable.

Tan desagradable y tan peligrosa.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de septiembre de 2012.

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1994/09/10 07:00:00 GMT+2

Tránsfugas

Ernest Lluch prometió la pasada semana que su siguiente artículo en La Vanguardia lo dedicaría a hablar sobre un conocido converso. Lo he esperado expectante, porque el asunto de los conversos y los tránsfugas me apasiona, y quería ver cómo lo abordaba Lluch, en concreto. Al final, ha escrito sobre otro tema. Se ve que, por alguna razón específica, ha cambiado de idea sobre la marcha. Qué pena.

En España, los tránsfugas tienen muy mala prensa. Cada vez que un político deja su partido y se mete en otro -como hizo el propio Lluch-, los comentaristas de la cosa lo ponen a caldo, tildándolo de converso, chaquetero y oportunista, si es que no de vendido.

A mí, los tránsfugas de siglas no me preocupan tanto como los tránsfugas de ideas. Porque, en contra de la creencia general, no hay un solo modo de practicar el transfuguismo: hay quienes se salen de un partido y se van a otro, pero hay también quienes mudan de ideas y se pasan a las nuevas con partido y todo, y quienes cambian de bando con armas y bagajes, sin que haya siglas de por medio.

Tómese el caso de los dirigentes del PSOE. Se trata de un ejemplo arquetípico de transfuguismo en masa. Comparen lo que González y los suyos postulaban allá por 1977 con lo que hacen hoy y comprobarán que eso no es una evolución cualquiera, sino toda una deserción ideológica colectiva: han pasado de los discursos anticapitalistas a los panegíricos neoliberales, de los denuestos contra la OTAN al sillón en el alto mando atlantista, de la exigencia de disolución de los cuerpos represivos a la condecoración de torturadores y a la organización de los GAL... ¿Habremos de considerar que no son tránsfugas por el simple hecho de que han desertado en orden compacto, llevándose hasta las siglas? No me parece razonable.

Para clasificar a alguien como tránsfuga no hace falta que haya siglas de por medio. Hace un año, Bi-Belloch no militaba en ningún partido político; ahora tampoco, y sin embargo él es el tránsfuga más llamativo de los últimos tiempos.

¿Cómo diferenciar al tránsfuga ideológico de la persona que cambia de ideas, sin más, porque las que tenía ya no le convencen? Es fácil. El perfecto tránsfuga ideológico no falla: en primer lugar, nunca admite que ha cambiado de bando, por muy evidente que resulte (ejemplo, Felipe González sobre la reforma laboral: «En mi trabajo como abogado laboralista me dí cuenta de la indefensión de los empresarios»); en segundo término, siempre se las arregla para cambiar en aquello que le permite promocionarse y hacer carrera (ejemplo, Belloch a Garzón: «Tú tuviste tu momento; ahora es mi momento»).

Que un concejalillo del PSOE se pase al PP, o a la inversa, puede resultar más o menos bochornoso, pero nunca demasiado inquietante. Son muchísimo más temibles los tránsfugas ideológicos. Porque, en rigor, el tránsfuga ideológico no cambia de principios.

Se limita a no tenerlos.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de septiembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/09/10 07:00:00 GMT+2
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1994/09/07 07:00:00 GMT+1

Corrupción en Miami

Para mí que los altos cargos del Ministerio del Interior que se compraron por cuatro perras apartamentos en Miami no tenían el más mínimo deseo de ampliar su patrimonio inmobiliario en un punto del mapa tan distante y con tantos inconvenientes -entre ellos, y de manera destacada, la vecindad de Julio Iglesias y el peligro que eso entraña de oír a todas horas la masacre dantesca que el relamido melófobo ha hecho con el bello Crazy de Willie Nelson, que Patsy Cline inmortalizó en los 60-.

Sé -y lo digo, aunque perjudique mi argumento- que en el Ministerio del Interior, en tiempos de Corcuera, se creó un clima de verdadera fiebre inmobiliaria. Los altos cargos del Departamento compraban sin parar, de modo compulsivo, casas, fincas, chalets, bungalows, apartamentos, pisos... en fin, todo lo que pillaban por delante, con tal de que tuviera techo. Dice el PP que eso dañó la lucha anti-terrorista. No te fastidia: y la lucha contra el narcotráfico, y contra los atracos, y la regulación del tránsito rodado. Entregado en cuerpo y alma a los negocios inmuebles, el mando supremo del Ministerio no podía tener tiempo para otras cosas. Pasaba con ellos como en la copla: «Es la virtud del trabajo / la desdicha del obrero, / que el que trabaja no tiene / tiempo de ganar dinero».

Sin embargo, estoy persuadido de que este caso es diferente. Me da que esta vez los altos funcionarios del Ministerio de Corcuera no actuaron guiados por su insaciable sed inmobiliaria, sino forzados por órdenes de la superioridad. Aún diré más: estoy seguro de que en este asunto la faceta real state era perfectamente prescindible. Que lo de menos era comprar pisos, y lo de más hacer un negociete con una empresa de máquinas tragaperras.

¿Por qué? Sencillo. Los expertos de la dirección felipista llevaban años y años deprimidos, viendo cómo todos los tinglados en que se metían para engordar las arcas de Ferraz acababan de pena, dañando más y más el crédito político del partido. Contemplaban con indisimulada envidia la salud electoral de CiU y el PNV. «¿Qué tendrán ésos que no tengamos nosotros?», se preguntaban. Hasta que uno dio con la respuesta:

-¡Juego, juego! -exclamó.

Al principio sus compañeros no le entendieron. Pensaron que estaba soñando con una partida de mus. Pero él lo aclaró rápidamente:

-¿No os dáis cuenta? El PNV tuvo el escándalo de las tragaperras; CiU el de Casinos de Cataluña. ¡Nuestro error ha sido no trabajar con el sector del juego!

¡Eureka! Inmediatamente se dio la consigna a los comités del partido: «¡Todos a por el juego!».

Como la instrucción se transmitió oralmente, hubo un primer momento de confusión, que dio origen a varios incendios forestales intencionados. Pero pronto se aclaró -«¡Juego, carajo, no fuego!»- y la dirección socialista en pleno se puso, como un solo hombre y un 25% de mujeres, a negociar a tope con casinos, bingos y empresas de tragaperras.

Lo de los pisos que Vera y los otros compraron a «Recreativos Franco» en Miami fue una jugada política. Sólo querían unificar aún más el bloque constitucional.

Javier Ortiz. El Mundo (7 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de enero de 2013.

Nota: Hace hoy justamente 65 años, el 24 de enero de 1948, Javier Ortiz Estévez nació en San Sebastián. Es decir, si Rajoy y compañía le hubieran dejado, hoy se habría jubilado. Lástima que la muerte lo prejubilara el 28 de abril de 2009.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/09/07 07:00:00 GMT+1
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1994/09/03 07:00:00 GMT+2

Tiempo de cereza

La culpa la tengo yo, por imprudente. Me meto a chotearme de los que andan denunciando una conspiración republicana y, zas, ya está: acaban de decidir que yo soy otro de los conspiradores. Lo ha escrito Ernest Lluch, negro sobre blanco, en La Vanguardia del pasado jueves.

¿Qué pinto yo en esta historia? Verán. El rector de la Universidad Menéndez Pelayo ha descubierto que lo que está en marcha, más que una conjura republicana, es una conspiración anti-sistema. Lo que pasa es que, al ser anti-sistema, resulta también anti-monárquica. Por elevación, claro.

Segundo punto: Lluch desvela que la conspiración, además de anti-sistema y anti-monárquica, es también de derechas. ¿Por qué? Porque El Mundo es pieza clave en ella y Amando de Miguel ha dicho que El Mundo «es visto como de derechas». Inapelable.

Prosigamos. El rector no sólo ha descubierto el pastel derechista, anti-sistema y anti-monárquico; también ha descubierto que ese pastel necesita cerezas. ¿Por qué cerezas, en concreto? No lo sé. No lo explica. Se limita a afirmarlo.

Y ahí es donde entro yo. Lluch denuncia que soy una cereza de izquierdas, e incluso de extrema izquierda, que adorna este pastel de la derecha.

Así que soy una cereza. Vaya por Dios.

A decir verdad, reconozco que el invento de Lluch me ha hecho mucha gracia. Es fantástico que trate de hacer creer que hay una conspiración anti-sistema y anti-monárquica en la que participan tres diarios (tres, ni más ni menos, y uno de ellos monárquico, para más inri), y que piense que alguien puede leer sin desternillarse sus historias sobre «las maniobras republicanas de algunos dirigentes del PP»(!).

Pero, con todo, no es eso lo más risible del artículo de Lluch. Lo mejor llega cuando, tras meterse un rato conmigo -ya saben, lo de la cereza de extrema izquierda-, se erige en denunciador de conversos. Eso es insuperable, genial.

Conocí al supradicho en tiempos de la Platajunta, a la que yo acudía en plan de cereza -porque lo mío es vocacional- y él en tanto que dirigente de la extinta Federación de Partidos Socialistas, rival del PSOE. Pues bien: puedo asegurarles que, a la sazón, pocas personas en este país echaban tantas pestes del PSOE como él. Y en ésas siguió, hasta que un día optó por cambiar de chaqueta y pasarse al PSOE con armas y bagajes, a ver qué caía. Y le cayó un Ministerio. Y luego un Rectorado estival muy rentable.

¿Cómo puede tener el morro de hablar de conversos alguien así?

Lluch está nervioso. Y con razón. Si el PSOE pierde, se le acabará el chollo de la Menéndez Pelayo, esa especie de Congreso anual de felipistas en bañador que ahora él dirige en situación legal más que discutible. Pues vale, que defienda sus garbanzos. Pero a mí que me deje en paz. Que no me mezcle en sus enjuagues de pelotillero.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de septiembre de 1994). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de septiembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1994/09/03 07:00:00 GMT+2
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