1997/02/26 07:00:00 GMT+1
Escribía Eugenio Trías ayer, en este mismo diario, que las unanimidades le repugnan. Comparto plenamente su sentimiento. La unanimidad es siempre sospechosa, salvo que se discuta de meras simplezas, o que los opinantes sean muy pocos.
Progresa hoy en día a galope, aquí y en todo el mundo occidental, la exigencia de unanimidad en materias que son esenciales para el presente y el futuro colectivo. Tanto más importante es el asunto, tanta más presión se produce en favor de la unanimidad. Trías evoca, con razón, la avalancha mediática que se produjo durante la Guerra del Golfo: quien no dejaba sentado de antemano su fervorosísimo deseo de que el régimen de Sadam Husein se hundiera cuanto antes era señalado ipso facto como un bicho raro, probablemente nocivo para la sociedad.
Hace unos días hemos asistido a otro ejemplo bien patente de lo mismo: Aznar y Pujol denunciaron que un diario -se referían a El País, por más que no lo citaran por su nombre- estaba poniendo en peligro «los intereses de España» al publicar algunos artículos poco halagüeños sobre el acceso de este país a la moneda única. Dejemos de lado los intereses que movieran al periódico de Polanco a publicar tales artículos. No me hago muchas ilusiones sobre el particular, desde luego. Pero, dicho eso, añadiré que el poder político no tiene ningún derecho a apelar a «los intereses de España» para condicionar la línea editorial de un medio de comunicación. El País se apresuró a protestar alegando que, para favorables a la moneda única y a Maastricht, ellos. ¿Y qué, si no lo fueran? Yo no lo soy. ¿Habré de callar, en nombre de los altos «intereses de España»?
En el inventario del pensamiento único español, la moneda única ocupa un lugar de primera. Pero no lo monopoliza. Por desgracia, hay muchos otros dogmas de fe: es necesario resignarse al proceso de globalización de la economía; hay que rendir culto a las leyes del mercado, por puras y duras que sean; hay que dar por evidente la superioridad del individualismo; la labor solidaria no es problema del Estado, sino de las simpáticas ONG... Y un largo etcétera.
Evoca Eugenio Trías la pelea de las plataformas digitales y pide a «pensadores, escritores, literatos y periodistas» que no militaricen sus inteligencias y voluntades entrando en esa guerra. Pero el pensamiento único está muy por encima de las pendencias sobre la TV de pago. Ese rifirrafe es para decidir quién, no qué. El fondo ideológico de la televisión está ya decidido, venza quien venza. Sobre eso hay también unanimidad. Otra unanimidad más.
El verbo militar vale tanto para el guerrero como para el militante. No comparto el llamamiento de Trías al desarme ideológico. Al contrario: creo que hay que entrar en guerra cerrada contra la invasión del pensamiento único, tan amable en las apariencias como implacable en su determinación de conquista.
Es hora de atrincherarse detrás del derecho a disentir.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de febrero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/02/26 07:00:00 GMT+1
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1997/02/22 07:00:00 GMT+1
Leo en el periódico que el Papa ha dicho a unos niños en Roma que «Dios jamás destruirá el mundo». A fuer de exacto, deberé reconocer que en la noticia aparece escrito «Mundo», con mayúscula. Pero es obvio que Karol Wojtyla no se refería a este periódico. De hecho, precisó acto seguido que estaba hablando de «el Mundo que Él mismo creó», y es de sobra sabido que este diario no es obra de Dios (Opus Dei, dicho en latín). Incluso hay alguno que pretende todo lo contrario: que es obra de un íncubo, o sea, de un diablo. Lascivo, para más señas.
No soy experto en escatología terráquea, desde luego, y todavía menos en teología, pero tenía entendido que el Apocalipsis de San Juan -una bellísima obra literaria, dicho sea de paso- forma parte del canon bíblico. Y San Juan no dejó lugar a dudas sobre el sentido último de su revelación (en griego, apokalipsis): Dios pondrá un fin al mundo (cap. 19, 11-20 y 15). En idéntico sentido habló Jesucristo a Marcos (13,32). No creo que eso pueda rectificarse así, en unas declaraciones hechas de pasada en la calle ante un grupo de niños.
Añadiré que, por lo demás, el argumento esgrimido por el Papa tampoco me resulta convincente. Sostiene que «ya ningún pecado podrá decidir a Dios a acabar con el mundo que El mismo creó». El punto clave de esa frase está en la palabra «ya». ¿Por qué la emplea? Porque sabe bien que el Viejo Testamento da cuenta de numerosos episodios en los que el Supremo Hacedor infligió a los humanos castigos no individuales, sino colectivos: ahí están -es un decir- la destrucción de Sodoma y Gomorra y el Diluvio Universal. En consecuencia, lo que el Papa nos está anunciando es que Dios ha variado su criterio: hubo un tiempo en el que no descartaba destruir lo que Él mismo había creado; ahora, en cambio, sí. Pero, ¿puede el Todopoderoso rectificar? Ah, complejo asunto.
Más: si no hay fin del mundo, tampoco puede haber Juicio Final. Y si no hay Juicio Final, no puede haber resurrección de los muertos. ¿No estaba eso en el Credo?
Me resulta chocante que el Papa se haya decidido a poner en solfa estas creencias tan arraigadas de la religión católica precisamente cuando la Ciencia empieza a asignar fecha a la destrucción de nuestro planeta. Parece que la cosa va para largo -muchos miles de años-, pero va. O sea, que habrá fin del mundo. Cuando durante años y años los científicos no tenían en cuenta las terribles previsiones del Apocalipsis, la Iglesia se afirmaba en ellas, y ahora que los expertos en cosmología creen que, en efecto, la Tierra se irá al guano, el Papa va y lo niega. No me digan que no es desconcertante.
Habrá quien se pregunte por qué, si no creo en Dios, me meto en todas estas disquisiciones. Pues precisamente: lo hago porque me alivia comprobar que hay veces -pocas- en que no creer en el Más Allá puede acabar resultando menos angustioso que lo contrario.
Suele ser al revés.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de febrero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/02/22 07:00:00 GMT+1
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1997/02/19 07:00:00 GMT+1
Decía Carlos Marx -a veces le perdía su debilidad por las frases rotundas- que «la Humanidad no se plantea más problemas que los que puede resolver». No es verdad. Y no lo es por dos razones: primera, porque la Humanidad, como colectivo, no puede proponerse nada -somos demasiados como para ponernos de acuerdo-; y segunda, porque es un rasgo típicamente humano -y nada animal- pretender lo imposible.
Hubo una época en que a media dirección del PSOE le entró la manía de afirmar sin parar, en plan muy sentencioso, que «pretender lo imposible conduce a la melancolía». Es otra bobada. Lo que a algunos nos produce melancolía -a veces en su significado más literal: bilis negra- es la contemplación de lo mal que está el mundo, en general, y la realidad que tenemos delante mismo de nosotros, en particular. Tratar de transformar esa realidad -incluso cuando se tiene plena conciencia de la inutilidad del empeño- no entristece nada. Al contrario, ayuda a sentirse mejor.
Pero el capítulo de lo imposible es muy amplio. No se limita en absoluto a las grandes aspiraciones tenidas comúnmente por utópicas: la igualdad humana, la solidaridad, etc. Hay imposibles mucho más próximos, que la mayoría no toma por tales. Por ejemplo: es una pura quimera desear que quienes gobiernan lo hagan en pro de la mayoría. Sin ir más lejos.
La generalidad tiende a dar por hecho que todo lo que es necesario es posible. Pero no. Del mismo modo que algunos problemas matemáticos carecen de solución, también hay dificultades políticas y sociales que resultan insolubles. O, si se quiere: que no pueden ser resueltas a menos que se alteren de modo sustancial los términos en que se plantean.
Mucho me temo que el conflicto que vive Euskadi sea ya, para estas alturas, uno de esos problemas que no tienen solución. Siempre había pensado -y continúo pensando- que la vía exclusivamente policial conduce a un callejón sin salida. Ahora he llegado a la conclusión de que tampoco cabe esperar nada de la negociación. No veo quién podría negociar. Y las posiciones respectivas se hallan tan distantes que no se me ocurre nada que pudiera ser aceptable para los dos bandos. Incluso aunque estuvieran dispuestos a sacrificar mucho, que no lo están.
¿Entonces? Entonces preveo un largo futuro de más de lo mismo. De más bombas. De más tiros. De más muertos. De más secuestros. De más enfrentamientos en la calle. De más presos. De más odio.
La paz en Euskadi es imposible -digo-, a menos que cambien sustancialmente los términos en que se plantea el conflicto. No llevan camino de ello, sin embargo.
Pero que la paz sea imposible -vuelvo al inicio- no evitará que haya quien luche por alcanzarla. Porque es muy humano pretender lo imposible. Y porque tratar de transformar la realidad -incluso cuando se tiene plena conciencia de la inutilidad del empeño- ayuda a sentirse mejor.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de febrero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/02/19 07:00:00 GMT+1
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1997/02/15 07:00:00 GMT+1
No voy a hablarles hoy ni del PSOE, ni del PP, ni de las plataformas digitales, sino de un asunto que les es lateral, aunque en cierto modo cercano: quisiera reflexionar -y animarles a ustedes a hacerlo- sobre el papel higiénico y su futuro.
Umberto Eco dio hace no mucho la voz de alarma: los chinos están empezando a usar papel higiénico. Como se generalice entre ellos esa baja inclinación, todos los bosques de la tierra no darán para producir el papel necesario para atender a tanto trasero. Y no digamos nada si se empeñan en utilizar papel de hoja doble.
La primera pregunta que hay que plantearse es: ¿por qué les ha dado ahora a los chinos por usar papel de váter? Descartada la hipótesis de que hasta el presente no hicieran aguas mayores -el arroz es muy astringente, pero no tanto-, habrá que suponer que de algún modo retirarían los restos que genera la no muy pulcra función orgánica en cuestión. Y no puedo aceptar que una cultura tan milenaria y refinada como la china, que ha dado a la civilización artificios de ingenio admirable, afrontara este problema sin intermediación alguna.
En realidad, el papel higiénico no es ni mucho menos un gran invento. Además de resultar caro y antiecológico, su eficacia es más que dudosa. Para obtener de él efectos aceptables, se requiere una paciencia y una dedicación que no todo el mundo está dispuesto a aplicar (sobre todo los hombres, por razones que hoy dejaré pendientes). Frente al papel higiénico, el bidé representa una alternativa mucho más eficaz, más barata y -aunque eso vaya ya en gustos personales- también por lo general más placentera. El bidé -ese gran invento que, como las libertades políticas, nos trajo la Revolución francesa de 1789-, es sustituido en otros países por pequeños surtidores acoplados a la propia taza, o por pequeños tubos terminados en una especie de ducha ad hoc: son opciones no menos inteligentes y también de gran solvencia, dicho sea en todos los sentidos posibles del término.
Pues bien, ¿por qué -insisto-, si los chinos seguro que ya tenían métodos autóctonos correctos, y en todo caso, puestos a importar usos foráneos, los hay superiores, se empeñan en usar papel higiénico? Respuesta: porque les ha dado por imitar todas las costumbres de los EE.UU. Y como chez Tío Sam no tienen ni bidés, ni surtidorines, ni astutas duchitas ad hoc, sino papel higiénico, mucho papel higiénico, pues ellos, hala, a limpiarse la salida corporal al modo norteamericano.
El mundo está en peligro. No se puede permitir que los chinos se pasen en masa al papel higiénico: a ellos, el Amazonas no les da ni para un año de excusado.
Pero, como no cabe vedar a los chinos algo que los ciudadanos de otros lares pueden hacer, solamente queda una solución: poner fin a la fabricación de papel higiénico a escala mundial. Prohibirla, sin más. Tal es mi solemne propuesta.
Háganme caso: el papel higiénico es un rollo.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de febrero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/02/15 07:00:00 GMT+1
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1997/02/14 07:00:00 GMT+1
Leo con interés el suplemento de Salud de El Mundo dedicado al análisis de los malos tratos físicos que algunos -bastantes- hombres dispensan a las mujeres con las que viven. Deduzco que es una bestialidad en el sentido literal del término: no conozco ni una sola especie de la clase de los mamíferos en la que el macho no imponga su dominio sobre la hembra recurriendo a su superior fuerza física. En esto como en casi todo, el comportamiento civilizado es el fruto del esfuerzo consciente de los hombres -y las mujeres- por apartarnos de nuestras respectivas naturalezas animales.
Agradezco al azar y a mis genes haber nacido escaso de fuerza física: para no verse tentado de comportarse como un energúmeno, no hay nada como no tener media bofetada.
En contra de lo que se suele dar por hecho, no es mejor ser alto y fuerte. Los canijos y esmirriados presentamos muchas ventajas. Incluso ecológicas: se necesita menos tela para vestirnos, menos alimento para saciarnos... Si se almacenara todo lo que ahorramos los pequeños por gracia de nuestro tamaño, se podrían hacer grandes obras de auxilio a los menesterosos, como se decía antes. Por expresarlo claramente: lo innecesariamente grande es un despilfarro, según descubrieron ya hace tiempo los fabricantes de aparatos de radio.
Pero, aparte de nuestras virtudes ahorrativas, los chaparros poseemos otras. No es menor la que ya he apuntado antes: los que no tenemos media bofetada nos sentimos muy poco inclinados a dirimir nuestros litigios por la vía de la violencia. Es algo a lo que me acostumbré desde muy niño -no diré que desde muy pequeño porque, como ya digo, ése sigue siendo mi estado- y que aprendí por el método que mejor enseña, esto es, experimentalmente. Un día me enfadé mucho con otro chiquillo y le arreé un mamporro. El chaval, que me sacaba dos palmos de alto y uno de ancho, aprovechó esa circunstancia para propinarme una verdadera somanta, sin que mis esfuerzos por evitarlo produjeran ningún resultado práctico. A partir de entonces, canalicé mis energías combativas hacia otros derroteros: primero hacia el género oral y luego, enseguida, hacia el escrito. Lo cual no sólo me ha ahorrado contusiones, sino que incluso me ha proporcionado el sustento.
Hay quienes sostienen que los retacos tenemos una natural propensión hacia la mala idea. Ponen los ejemplos de Hitler y Franco, entre otros. No me vale el argumento. Y no sólo porque cabría oponerle toda una lista de personajes de escaso físico y enorme bondad, sino -y sobre todo- porque a lo que me estoy refiriendo aquí, si se acuerdan ustedes del comienzo de esta columna, es a la violencia animal de los hombres contra las mujeres. En materia de posible perversidad mental -ahí sí-, hombres y mujeres estamos perfectamente igualados. Porque la perfidia no es animal, sino estrictamente humana.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de febrero de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/02/14 07:00:00 GMT+1
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1997/02/12 07:00:00 GMT+1
Defiende Eduardo Haro Tecglen que en el grupo Prisa «hay más libertad». ¿Por qué? Lo explica: «Porque a mí me la dan». El puede escribir -y hablar: eso no lo dice, pero lo hace- «con una libertad absoluta». Ya sabe que ese grupo «representa los intereses del capitalismo», pero lo acepta resignadamente: hoy sólo hay capitalismo.
Tres trampas juntas.
En primer lugar, que él pueda expresarse con una «libertad absoluta» en El País o en la Cadena SER -cosa que de todos modos dudo: nunca he visto nada que sea absoluto- no quiere decir nada. A fin de cuentas, él está de acuerdo con la empresa para la que trabaja. Jamás he conocido a un jefe que pusiera trabas a las manifestaciones de adhesión de sus empleados. La libertad de palabra no se comprueba contabilizando las loas, sino los disensos. Como mero ejercicio práctico, estaría bien que Haro hiciera recuento de los artículos contrarios a la Plataprisa publicados en El País.
Segunda trampa: «Hay más libertad... porque a mí me la dan». No hay proporción entre el dato y la conclusión. Que a él le den más libertad sólo demuestra que él tiene más libertad; no que haya más libertad. No cabe saltar tan alegremente de lo particular a lo general sin que sufran las leyes de la lógica.
Una sola persona no vale como muestra para una encuesta. Que el bufón del rey tuviera bula para soltar barbaridades al monarca no puede tomarse como evidencia de la libertad de expresión que había en la Edad Media. Es frecuente que los medios de comunicación ideológicamente más homogéneos -más monolíticos- tengan algunos rebeldes oficiales. Toda fiesta bien que se precie debe incluir algún bohemio. Viste mucho. Pero mejor será que el bohemio no se engañe. A no ser que se adhiera a cualquiera de las muchas variedades del ande yo caliente y ríase la gente.
En fin, la referencia al capitalismo: «Me dicen -escribe Haro- que [Prisa] representa los intereses del capitalismo». No sé quién le dirá eso. Yo, desde luego, no. Prisa representa los intereses de Prisa. Son parte del capitalismo, por supuesto, pero eso es lo de menos. Lo importante no es que Polanco sea capitalista -vaya obviedad-, sino que ha logrado una concentración de medios informativos que supone un peligro para el pluralismo. Y aspira a hacerla aún mayor. Para oponerse a las tendencias monopolitísticas -en lo económico- y al avance del pensamiento único -su corolario ideológico inevitable- no hace falta ser revolucionario. Ni siquiera socialdemócrata. Con ser partidario de la libertad basta. De la libertad de todos, quiero decir. No sólo de la de uno mismo.
Haro, el nuevo San Anselmo: «El Gobierno de derechas no tiene razón», explica, «sobre todo porque es un Gobierno de derechas». Claro. Y Felipe González es de izquierdas porque apoya a Polanco, que deja que Haro escriba con «libertad absoluta». Ergo Dios existe.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de febrero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/02/12 07:00:00 GMT+1
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1997/02/08 07:00:00 GMT+1
Llueven en chaparrón las críticas desde las nubes del polanco-felipismo: ¡ah, esa derecha, que está tratando de poner trabas a la plataforma digital de una empresa española!
La tendencia al reduccionismo maniqueo está alcanzando en estos momentos su máximo esplendor: la Platafónica es la derecha, luego quienes estén con ella están con la derecha. Ele.
Tomado como chiste, tiene su gracia. En la Plataprisa está el BBV, la Banca March, el BCH, Polanco, Asensio... Un batallón de reputados izquierdistas. Es bien sabida la labor histórica realizada por los March en pro de la emancipación de los trabajadores. Tampoco se le oculta a nadie todo lo que el BBV ha hecho en favor del derecho de autodeterminación de Euskadi. En cuanto a Polanco, ¿cómo se hubiera podido desenmascarar a Mariano Rubio y dejar con el culito al aire a los comisionistas de Filesa sin su inapreciable concurso? En fin, y a mayor abundamiento: ¿alguien se atrevería a negar la aportación de Asensio a la causa feminista?
Menos coñas: la verdad es que los dueños de la Plataprisa son una banda de buitres. Sobrevuelan España en satélite a ver con cuánta carroña se hacen y cuántos ceros les supone eso para su negocio.
¿Y los de la Platafónica? Sus socios principales no tienen nada que envidiar a los de enfrente. RTVE es un nido de serpientes, engordadas a base de pelotilleo político y doble financiación. Telefónica se ha hecho de oro aprovechándose del monopolio. Y Televisa no es más que una polanquería mexicana de rancio abolengo.
Hace falta ser un embaucador total o un perfecto estúpido para tratar de presentar la trifulca entre los unos y los otros apelando al binomio derecha/izquierda. La mayoría de los que se sitúan en un bando podrían perfectamente estar en el otro, y al revés. Polanco se asoció tan a gusto con Telefónica para el negocio del cable, buscando sacar partido de las infraestructuras públicas para su negocio privado. Sólo que le salió mal. Y si Televisa no está en su plataforma no será porque no le haya echado los tejos.
En términos ideológicos, no hay ninguna diferencia sustancial entre la Plataprisa y la Platafónica. Van exactamente de lo mismo.
Es en el plano político-social en el que presentan ciertas diferencias. Yo les veo dos, en concreto. 1ª) La Plataprisa es parte integrante de un proyecto de concentración de medios informativos que me parece dañino, para la sociedad en general y para los periodistas críticos en particular; y 2ª) Un objetivo clave de ese proyecto es el regreso de Felipe González al Gobierno. Una hipótesis que, de verdad, me asusta.
Así de cruda se presenta la cosa. Y así de cruda y sin lentejuelas podemos plantearla algunos, que no tenemos por qué dar coba a nadie, aunque sea socio del sursum corda.
Para mí está claro. Si quiero seguir escribiendo libremente, mejor que no se imponga Polanco: él detesta la disidencia y yo ya soy muy mayor para hacerme felipista.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de febrero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/02/08 07:00:00 GMT+1
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1997/02/01 07:00:00 GMT+1
Todo enfrentamiento es una guerra a escala. Las guerras de verdad son guerras a escala 1:1; las peleas domésticas, guerritas a escala 1:5.000.000, o por ahí. La gama de variables intermedias es infinita.
El actual enfrentamiento entre el imperio empresarial de Jesús Polanco y la alianza propiciada por Telefónica es también, a su modo, una guerra. Y, en tanto que tal, debería atenerse a sus leyes.
Hay gentes que dan por hecho que en la guerra vale todo: À la guerre comme à la guerre, que dicen los franceses (algunos). No es así. La guerra también está sometida a reglas. Desde 1856, en que fueron aprobadas las primeras normas internacionales sobre protección del comercio marítimo en tiempo de guerra, continuando por la firma en 1864 de la primera Convención de Ginebra, todos los contendientes civilizados han admitido que en la guerra no vale todo, ni mucho menos. Ese es el principio básico de la Convención de Ginebra: «En todo conflicto armado, el derecho de las partes en conflicto a elegir métodos y medios de lucha no es ilimitado» (Sección I, art. 1).
Al margen de quién tenga más razón en la guerra entre Prisa y sus oponentes -entre los que me encuentro por pura aplicación del certero criterio de Nicolás de Maquiavelo: «Es justa aquella guerra que es necesaria»-, creo que se debe exigir a ambos bandos que combatan respetando las leyes de la guerra.
Por ejemplo, en lo referente a las armas. La Convención de Ginebra prohíbe la utilización de armas químicas y bacteriológicas.
Siguiendo ese ejemplo, en esta guerra debería quedar excluido el uso de la intoxicación informativa. Difundir a los cuatro vientos que el Gobierno pretende aprobar una ley para prohibir la retransmisión codificada de partidos de fútbol, a sabiendas de que el Gobierno no tiene para nada tal intención, es intoxicación informativa. Está feo.
El capítulo II de la Convención de Ginebra trata de la protección general de los civiles en tiempo de guerra. La Plataprisa y la Platafónica deberían comprometerse a que sus combates no dañen a la población civil. Es obvio que el bombardeo informativo actual puede tener efectos muy nocivos para el sistema nervioso de los ciudadanos. Todavía mayor incidencia insalubre puede derivarse del feroz incremento de retransmisiones futbolísticas que va a caernos encima: el yo doy aún más balón que tú bien puede verse como arma de destrucción masiva.
Añadiré un apunte gremial. El apartado f) del capítulo IV de la Convención de Ginebra afirma: «Los periodistas comprometidos en misiones profesionales peligrosas en áreas de conflicto armado serán considerados civiles y tratados como tales». Mucho me temo que en esta guerra vayan a producirse no pocas violaciones de esa exigencia.
¿Cómo prevenirlo? ¿Deberían ambos contendientes designar a un tercero para que hiciera de árbitro, vigilando la limpieza de la pelea?
Tal vez. Pero no creo que eso resolviera el problema.
Probablemente Polanco se las arreglaría para comprar al árbitro.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de febrero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/02/01 07:00:00 GMT+1
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1997/01/29 07:00:00 GMT+1
Teóricamente, para opinar sobre un asunto hay que cumplir un requisito previo: conocerlo. Tener idea sobre él, vamos.
Pero eso, ya digo, es en teoría. En la práctica, la dificultad puede ser soslayada -y suele serlo- sin mayor problema: basta con opinar a ojo.
Por razones profesionales, me ha tocado en los últimos tiempos leer y escuchar bastantes rollos sobre el sistema de financiación autonómica pactado entre el PP y sus socios parlamentarios. Me he aclarado muy poco: apenas lo suficiente como para darme cuenta de que es un lío de mucho cuidado. Sin embargo, he oído que se ha hecho un sondeo de opinión según el cual la mayoría desaprueba ese sistema de financiación.
Descartado que la mayor parte del personal tenga conocimiento de causa como para emitir un juicio tajante sobre tan peliagudo asunto, cabe preguntarse cómo puede ser que se lance con tanta alegría a opinar sobre ello.
Me lo imagino. En este país -supongo que también en otros muchos- hace legión la gente que toma postura ante los hechos y los dichos aplicando lo que, en plan generoso, podríamos llamar el método analógico. «Suelo estar de acuerdo con quien defiende eso, así que supongo que tendrá razón». O al contrario: «El tío que dice eso me cae fatal, ergo, aunque no entiendo ni torta del asunto del que habla, seguro que está mal». Súmese a quienes están convencidos de que el PP no acierta jamás con los que dan por hecho que Pujol es insolidario. Resuelto: ahí está la mayoría que se declara contraria a un sistema de financiación del que apenas sabe nada.
Hay muchísima gente que recurre al método analógico para opinar. Antes de la caída del Muro, había dos bandos nutridísimos que, ante cualquier conflicto en no importa qué punto del globo, sabían de inmediato qué posición tomar. Indagaban a quién apoyaban los EEUU y a quién la URSS, y asunto concluido: ya sabían quiénes eran los buenos y quiénes los malos.
Ahora ha saltado la muy agria polémica sobre la televisión digital. El asunto dista de ser sencillo. Se entremezclan en él peculiaridades técnicas, intereses empresariales, banderías políticas y derechos de los ciudadanos. Quienquiera que desee tener un criterio realmente propio al respecto ha de empezar por enterarse, así sea mínimamente, de qué diablos es eso de la TV digital; debe estudiar luego en qué medida y cómo esa modalidad de TV puede aportarle más ventajas; debe diferenciar entre aspiraciones empresariales legítimas y proyectos inaceptables de monopolio... Una vez estudiado a fondo el asunto, entonces podrá decidir con qué se queda, si es que se queda con algo.
Pero no. Aquí todo pichichi sabe ya de qué lado está en esta batalla. Aunque no sepa ni por dónde van los tiros.
También las tomas de postura parecen dividirse en analógicas y digitales.
Javier Ortiz. El Mundo (29 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/29 07:00:00 GMT+1
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1997/01/26 07:00:00 GMT+1
Algunos jefes del PSOE hablan correctamente. No es el caso de su portavoz, Ciprià Ciscar. Don Ciprià hace meritorios esfuerzos por vocalizar bien. De hecho, las contorsiones maxilares a las que recurre con tan loable objetivo rozan lo prodigioso. Pero vocalizar, con estar bien, no lo es todo. En ocasiones, puede resultar incluso contraproducente: cuando alguien suelta disparates, sale ganando si no se le entiende.
Pérez Rubalcaba, en cambio, sí habla bien. Y Borrell también. Ambos acostumbran a decir lo que quieren, y lo dicen recurriendo a las palabras que convienen. Que convienen a la gramática y que convienen a sus propósitos.
Porque ése es su verdadero secreto.
Muy pocos políticos cuentan en España con esa doble capacidad. La gran mayoría pone tanto cuidado en no dejar que salga de su boca nada que contraríe sus intereses que se olvida de la necesidad de que las frases tengan finalmente un verbo principal, un sujeto y unos complementos concordantes.
Por eso son dignos de estima -de alguna estima- los pocos que, como Pérez Rubalcaba o Borrell, se desenvuelven con soltura en ambos escenarios: en el de la política y en el de la gramática.
No cabe decir lo mismo, ni mucho menos, de quienes hacen de portavoces del PP.
Rara habilidad la suya. Cada vez que presentan un nuevo argumento en público, se las arreglan para tomarlo por su lado más abstruso y desconcertante; acto seguido, lo explican con la mayor torpeza imaginable, echando mano de las comparaciones y los ejemplos más improcedentes.
El festival de los 200.000 millones nos ha dado la demostración más acabada de ese singular arte suyo. Primera torpeza: centrarlo todo en la cifra. Por muy diligente que se hubiera mostrado Hacienda a la hora de llevar los expedientes a los tribunales, no habría ganado todos los pleitos. En rigor, es imposible saber cuánto dinero hubiera podido ingresar. Segunda bobada: la de pretender que con esos ingresos se podría haber aumentado este año el sueldo de los funcionarios. De haber hecho las cosas debidamente, las pelas habrían entrado en las arcas públicas hace años. Tercer desliz imperdonable: ¿a quién se le ocurre meter en danza la tontería de las «pruebas»? ¿Cabe imaginar que el ministro del ramo hubiera escrito un oficio diciendo: «De cara a ayudar a los amiguetes de mi jefe, el corrupto González, (a) Señor X, le ordeno a usted...», etc.? En fin, y como broche de oro, la genialidad de Rodríguez: eso de que cada español habrá de pagar cinco mil pesetas para cubrir el desaguisado del PSOE. Como si las cuentas del Estado fueran las de la vieja y se tratara de pagar a escote el recibo del lechero.
Es obvio que los del PP, en esto de la polémica, no dan la talla.
Pero se las arreglan, de todos modos. Porque, si ellos fallan a la hora de explicar sus razones, los del PSOE también se hunden a otra hora. A la de explicarse ante el juez.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/26 07:00:00 GMT+1
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