1997/01/25 07:00:00 GMT+1
Los moderados de ahora mismo se pasean hacha en ristre: o demuestras que eres tan moderado como ellos o te cortan el cuello.
A falta de ética, exhiben estética. Visten ropa italiana, citan a la escuela de Chicago, son expertos en vinos de crianza, llevan la sonrisa planchada con almidón y no ven más noticiarios que los de la CNN. Dan por hecho que todo ello demuestra que son moderados.
En realidad son de una profunda intransigencia. Basta con verlos discutir en público. Escupen sus opiniones como dagas, con la esperanza de clavarlas en el pecho de su oponente y liquidarlo cuanto antes.
Son refractarios al análisis, porque el análisis obliga a la duda, y ellos no saben dudar. Se conforman con deambular entre la calificación y la descalificación. Sustituyen la crítica por la altanería, y la demostración, por la mera repetición. Siempre dicen lo mismo: han aprendido de la Iglesia que el rito es esencial para la fe.
Cuanto mayor me hago, más detesto la moderación y más aprecio, por contra, la buena educación.
Hablo de educación; no de maneras. Saber usar la pala de pescado y ceder le haut de pavé a las damas está al alcance de cualquier quídam. Los moderados de ahora mismo se las arreglan para hacerlo: los que no lo aprendieron de pequeñitos han acabado deduciéndolo de la observación de sus congéneres.
Hablo de otra educación. De la que, cuando de polemizar se trata, mueve a aplicar normas tales como no interrumpir al que está hablando, no tratar de reforzar a gritos el peso de los propios argumentos, contestar a lo que dice el otro y no a lo que uno le atribuye, para más comodidad...
Los moderados que pululan ahora mismo por este país se comportan como verdaderos energúmenos. Es imposible discutir de modo medianamente sensato con ellos: en cuanto descubren que no eres moderado, les pierde el deseo de rebanarte el cuello.
Me recuerdan a ETA político-militar. Aquella extinta rama de ETA se distinguió, en sus últimos tiempos, por defender reivindicaciones moderadísimas: profundización del Estatuto de Gernika, aumento de las transferencias al Gobierno vasco, normalización del euskara... Su peculiaridad consistía en que defendía esas cosas a bombazo limpio. Era lo que algunos llamamos por entonces reformismo armado. Parecía contradictorio, pero lo era tan sólo parcialmente: entre los objetivos políticos y los métodos de acción no hay una correspondencia automática, que se imponga a la capacidad (o a la incapacidad) de las personas.
Del mismo modo en que tuvimos terroristas reformistas, ahora nos toca apechugar con los moderados intransigentes. Lo he sentido más de una vez, tras dejar constancia ante ellos de alguno de mis puntos de vista radicales: serían capaces de aplicarme electrodos para obligarme a ser tan moderado como ellos.
Alguien debería enseñarles que se puede ser moderado y, a la vez, medianamente educado.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de enero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/25 07:00:00 GMT+1
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1997/01/22 07:00:00 GMT+1
Suele evocarse con ánimo condescendiente el dicho latino: errare humanum est. Se trata de una sentencia que cabe interpretar de dos modos. Puede emplearse -suele hacerse- como prédica fatalista. En ese sentido no tiene gran interés. Pero es posible tomarla también como afirmación de un hecho que a menudo suele desconsiderarse: sólo los humanos somos capaces de equivocarnos.
El error es exclusivo de la raza humana. La Naturaleza no yerra: los sucesos naturales no son fruto de ninguna elección. Tampoco las máquinas pueden equivocarse.
Es frecuente distinguir entre fallos humanos y fallos mecánicos. Pero la distinción carece de sentido. En último término, todos los fallos son humanos. Cuando una máquina no funciona, la culpa no es suya: o se equivocó el que la fabricó, o el encargado del mantenimiento no ha cumplido correctamente su tarea, o alguien la ha manejado de modo inadecuado.
Recientemente se han producido tres llamativos sucesos que han sido presentados como resultado de fallos humanos. Una excavadora horadó la tubería del oleoducto Rota-Zaragoza cerca de Alcalá de Henares y se creó una gigantesca antorcha. Otra excavadora rompió un cable de la conducción eléctrica de Barajas y dejó a dos velas el aeropuerto de la capital del Reino. Por último, también en Madrid, una válvula quedó sin cerrar en unos laboratorios: una densa nube de gas irritante se expandió por toda la barriada. Diagnóstico común en los tres casos: fallos humanos.
Decir eso y no decir nada es todo lo mismo.
Distinguir entre fallos humanos y fallos mecánicos (o naturales) no es sólo un disparate conceptual. Es también un disparate muy útil para quienes deben dar explicaciones: les permite obviarlas.
Si se parte del principio de que errar es propio de las personas, el fallo debe inexcusablemente formar parte de todo cálculo operativo. Cualquier sistema que dependa de una persona debe tener previsto cómo evitar que se equivoque. Y cómo reducir al mínimo los efectos de su equivocación, si de todos modos acaba produciéndose. El rigor de las medidas preventivas deben estar en proporción directa al mal causable. De no obrarse así, la responsabilidad del desastre no recaerá -o no recaerá sólo- sobre el autor directo del error: también sobre quienes no lo previeron.
Un trabajador entra con una excavadora en terrenos por los que pasa un oleoducto. Otro hace lo propio en un área en la que hay enterradas conducciones eléctricas de primera importancia. Otro se olvida de cerrar una válvula. Un conductor de autobús se duerme al volante. ¿De quién es realmente la culpa? De quienes no fueron junto a los que llevaban las excavadoras con planos exactos del terreno. De quienes no previeron una segunda ronda para cerciorarse del cierre de las válvulas. De quienes obligan a los conductores de autobús a estar demasiadas horas al volante.
Muchos errores son resultado de una cadena de fallos. El primer eslabón es el desencadenante.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/22 07:00:00 GMT+1
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1997/01/18 07:00:00 GMT+1
Anteayer estallaron dos bombas en una clínica de Atlanta en la que practican abortos. La explosión de uno de los artefactos produjo seis heridos. El asunto no es novedoso. Clínicas abortistas de veintiocho estados de los EE.UU. han sufrido agresiones varias: tiros, bombas, ataques al personal médico... Es la particular campaña que han emprendido en defensa de la vida algunos grupos antiabortistas norteamericanos.
La contradicción es tan chirriante que no merece mayor comentario: ¡resulta tan evidente el sinsentido que supone atentar contra la vida de los ya nacidos en nombre de la vida de los presuntos nascituri!
Pero ahí está precisamente el problema. Porque, si el disparate es tan evidente, ¿cómo puede ser que quienes lo cometen no se den cuenta?
El enigma es de fácil resolución. Se debe a que cometemos un error de partida: estamos dando por hecho que el hombre es un animal racional, y no es cierto. Lo que sí es verdad es que el hombre posee la capacidad de razonar. Que luego éste o aquél -o ésta, o aquélla- hagan un mayor o menor uso de esa capacidad, y a qué materias la aplique y a cuáles otras no... eso es ya harina de otro costal.
La experiencia nos demuestra dos hechos indiscutibles: uno, que hay personas que hacen un uso prácticamente insignificante de su capacidad de raciocinio, hasta el punto de que sólo se les puede llamar racionales por pura analogía; y dos, que hay otras personas capaces de pensar mucho y muy bien con relación a ciertos asuntos, pero que ante otros actúan cual burros de primera. Nadie medianamente informado se atrevería a discutir la gran categoría intelectual de Martin Heidegger. Sin embargo, el filósofo alemán simpatizó abiertamente con la causa criminal de Adolf Hitler.
Oigo con creciente preocupación las noticias que vienen de mi tierra vasca. La irracionalidad de algunos de los actos que se suceden allí casi a diario me sume en la perplejidad.
Hay quien se dice persuadido de que las andanzas del llamado MLNV sólo se explican porque sus integrantes -según gusta de decir algún comentarista- son «unos descerebrados». No es así. Como los antiabortistas de los EE.UU., como los militantes del GIA, como los combatientes talibanes, como los responsables de los GAL, como las huestes de Karadzic -él mismo psiquiatra-, como tanto y tanto gobernante despiadado que hay en el mundo, algunos militantes del MLNV cometen actos crueles, que a otros nos dejan helados, pero no lo hacen porque sean incapaces de pensar, sino porque solamente saben pensar en un sentido.
Para pensar bien, para no dejarse arrastrar por el fanatismo, el viaje del pensamiento debe ser siempre de ida y vuelta: importan nuestras razones, pero debemos penetrar también en las razones del Otro. Porque todo Otro las tiene.
La gran virtud de la Convención de Ginebra no estriba en que nos protege de la barbarie del enemigo, sino en que refrena nuestra propia tendencia a la barbarie.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de enero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/18 07:00:00 GMT+1
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1997/01/15 07:00:00 GMT+1
The New York Times dedicó casi una página al fenómeno Macarena. Más modesto, quisiera yo dedicar esta columna al fenómeno Ciscar, cuya cantinela también suscita el irrefrenable deseo de corear «!Aaaagh!».
El señor Ciscar acaba de afirmar muy serio que el actual Gobierno manipula los informativos de TVE y RNE, lo que le parece propio de franquistas: algo absolutamente intolerable.
Procediendo de él, la acusación carece de interés político: sería absurdo discutírsela; es como si Karadzic denunciara al Gobierno bosnio porque no le trata bien.
A cambio, considerada como materia de análisis clínico, su crítica presenta un innegable atractivo. Es una manifestación psicopatológica de rara perfección. Suelta eso sin apercibirse del ridículo en el que incurre, lo que demuestra que está convencido de que RTVE, cuando los suyos ocupaban el Gobierno, era de lo más objetiva y neutral. ¿Qué puede producirle una tan aguda incapacidad para percibir la realidad? No lo sé. En todo caso, debería hacérselo mirar. Quizá lo coja a tiempo y tenga cura.
El PSOE ha efectuado un muy minucioso cómputo del tiempo que los informativos de RTVE dedican al Gobierno y al PP, por un lado, y al PSOE, por el otro. Considera que el desequilibrio es escandaloso. Dudo de que la diferencia sea mayor que la que existía a la inversa en tiempos de García Candau. Pero el criterio del tiempo, de todos modos, es sólo uno, y ni siquiera el más importante. Lo decisivo es lo que se hace durante ese tiempo. Los mismos dos minutos pueden servir para resaltar la frase más feliz del personaje que sea, enfocándolo por su ángulo más favorable, o, por el contrario, para dar cuenta de la observación más tonta de las que haya hecho, retratándolo por el lado y con la iluminación que más acentúe su parecido con el conde Drácula. En este arte -el arte de la manipulación-, Jordi García Candau y María Antonia Iglesias no tenían rival. Incluso conseguían que el propio Ciscar, de aspecto preocupantemente cadavérico, no pareciera recién desenterrado por Juan Alberto Belloch.
Yo no sé si los actuales directivos de RTVE son contrarios a actuar así, o si será que todavía no han aprendido a hacerlo, pero el hecho es que, por lo menos de momento, no están aplicando esas técnicas cuando informan de las andanzas del Gobierno y de la oposición. A lo cual hay que añadir un hecho decisivo: que tampoco está nada claro que el PP salga ganando con la exhibición pública de algunos de sus líderes. Más bien cabría decir todo lo contrario. Si el señor Ciscar no estuviera en sus particulares nubes, se felicitaría por la aparición en pantalla de algunos miembros del Gobierno, incapaces de suscitar ningún sentimiento que no navegue entre la desconfianza y la antipatía.
Ciscar ha lanzado otra acusación no menos contundente, dirigida directamente contra Aznar. Afirma que el presidente es «un mediocre». Pero ahí no diré nada. Admito que, en materia de mediocridad, él tiene que ser todo un experto.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/15 07:00:00 GMT+1
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1997/01/13 07:00:00 GMT+1
Con el advenimiento del nuevo año, España ha hecho un descubrimiento de importancia capital: existe un profesor universitario que es carca y ha escrito un libro carca.
Un suceso de tamaña envergadura no podía pasar desapercibido. Era urgente divulgarlo a los cuatro vientos. Se corría el riesgo de que la opinión publicada, entretenida en fruslerías tales como el destino de la comunicación audiovisual en nuestro país o la depuración de responsabilidades penales por la corrupción del Poder y el crimen de Estado, tratara con desdén el espantoso caso del profesor Quintana. Había que impedirlo. A tan salutífera como imperiosa emergencia se han dedicado durante una semana buena parte de nuestros más conspicuos comentaristas y editorialistas. Dios los bendiga.
Podría objetarse que catedráticos carcas los hay a mansalva y que, si bien la natural inclinación a la indolencia de los de su género explica que no todos hayan escrito un libro, tampoco esta circunstancia puede tomarse por rareza. Pero tal observación sólo tiene sentido dentro de las crueles normas del viejo periodismo, conforme a las cuales, según suele decirse, no es noticia que un perro muerda a una niña. De acuerdo con los criterios del nuevo periodismo, de corte mucho más humanista, cada mordisco de cada perro a cada niña -o niño-, lo mismo que cada libro u opúsculo carca de cada catedrático carca, merece ser reseñado. Aunque ello obligue a revisar algunos historiales académicos tenidos por ilustres, como el del primer catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Madrid, Juan Antonio Vallejo Nágera, quien describió al rojo español como «judío morisco, mezcla de sangre que le distingue del marxista extranjero, semita puro», sin que la hoy vigilante Prensa le condenara por ello al ostracismo, como ha hecho con el profesor Quintana.
Es cuestión de sensibilidades. Se ve que algunos no estamos a la altura de ésta, recién estrenada. A mí, sin ir más lejos, no me parece mal que los catedráticos carcas, y los carcas en general, escriban libros y los publiquen, si encuentran quien se los costee. Nuestra sociedad alberga un porcentaje nada desdeñable de reaccionarios, y mi concepto de la libertad no los deja fuera: defiendo su derecho a expresarse libremente. También defiendo mi derecho a ponerlos a caldo, sin duda. Pero no a silenciarlos.
«¡Es que el profesor Quintana da clases! ¡Envenena con sus ponzoñosas ideas a los alumnos!», se alega. ¿Y qué clase de alumnos tiene (o tenía) el tal Quintana? ¿Carecen de criterio propio? Mi memoria no es muy buena, pero me parece recordar que la gran mayoría de los profesores que sufrí no se caracterizaba por su progresismo vanguardista, precisamente. Muchos se esforzaron por inculcarme los llamados principios del Movimiento Nacional, con éxito más bien limitado. No creo que Quintana sea más reaccionario que ellos, ni que sus alumnos tengan mucha menos capacidad de discernimiento de la que teníamos nosotros. Pongan a partir de ahora a los aspirantes a catedráticos un examen de pensamiento políticamente correcto, si les parece imprescindible. Evitarán con ello que los universitarios sepan en qué consisten los idearios abiertamente reaccionarios, y qué argumentos esgrimen sus defensores. Con lo cual, lo único que conseguirán es que las convicciones democráticas de los estudiantes tengan bases más frágiles.
Por lo demás, de una cosa está claro que no es culpable el catedrático don Guillermo Quintana: de ser catedrático. Si ha llegado a ello, es que otros han considerado que reunía los méritos. Empréndanla contra ellos con igual saña, qué caramba.
Estamos asistiendo a un intento sistemático de oficializar en nuestro país el criterio -que tanto predicamento tuvo en la RFA hace unos años, con los resultados conocidos- según el cual no debe haber libertad para los enemigos de la libertad. Es Quintana, pero no es Quintana: es Quintana, y es Egin, y es la Mesa Nacional de HB, y son los descontrolados de Internet, y es todo aquel que se sitúa extramuros del sistema, o contra él. ¿Hay que dejarles hablar, o hay que forzarlos al silencio? ¿Cuántos profesores y catedráticos favorables a ETA dan clases en la Universidad del País Vasco? ¿Habrá que someterlos a un proceso de quintanización urgente?
Es -insisto- problema de sensibilidades. Algunos se asustan ante determinadas palabras, dichas o escritas. Y reclaman que no se digan, que nadie las defienda, que no se publiquen. Otros optamos por juzgar el grado de acierto de esas palabras. Pero no nos asustamos ante ellas. La razón se beneficia de la sinrazón: se forja y fortalece oponiéndose a ella. Nada hay más conveniente para el combate ideológico contra el racismo que permitir a los racistas que argumenten sus postulados. Es como mejor se aprecia su profunda inconsistencia. Porque las explicaciones del profesor Quintana, mucho más que por su racismo, o su sexismo, sorprenden por su bajura intelectual: que semejante mediocridad sea titular de una cátedra revela cómo está la Universidad española.
El mismo razonamiento cabe extenderse a todas las demás manifestaciones ideológicas que algunos tildan de intolerables. Por ejemplo: ¿qué clase de polémica sobre el terrorismo cabe tener si quienes lo defienden no pueden argumentarlo, porque se les prohíbe hablar? No seré yo quien polemice con un amordazado.
Los hay que se escandalizan y ponen el grito en el cielo porque un catedrático carca ha escrito un libro en el que defiende ideas carcas, y organizan un revuelo monumental con tal motivo... pero tratan con refinadísimo respeto a gentes que han hecho auténticas barbaridades. No toleran palabras infames, pero pasan en silencio sucesos abyectos, o incluso los justifican más o menos veladamente.
Y es que mostrarse estricto defensor de lo políticamente correcto en el terreno de las palabras confiere una pátina de progresismo muy conveniente para encubrir conductas escasamente edificantes. Hacer vudú con un pelanas, sacrificándolo en el ara de la aparente pulcritud del discurso, viene muy bien para disimular el silencio que se guarda ante los desafueros de mucho más peso y trascendencia.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/13 07:00:00 GMT+1
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1997/01/11 07:00:00 GMT+1
No está nada claro por qué las ONG se llaman ONG. Esas siglas nos informan de que las tales organizaciones no son gubernamentales. Pero ese dato resulta muy insuficiente. Cabe apostar a que, puestas a no ser, no son muchísimas cosas más. Digo yo que habría sido preferible que aclararan lo que sí son. Pero es que ése es su problema. Porque entre unas ONG y otras hay demasiadas diferencias. De todo género: ideológico, práctico... e incluso ético. Encajan mal en el mismo saco.
Podría pretenderse que todas las ONG se caracterizan por realizar tareas de asistencia social que los gobiernos no cumplen. No es así, sin embargo. Algunas sí desarrollan actividades asistenciales (a veces con gran sacrificio de sus miembros y con meritorios resultados). Pero otras no. Las hay que se dedican casi en exclusiva a convocar actos de asistencia involuntariamente restringida, sin más fin aparente que el de salir en televisiones, radios y periódicos. Hay quien critica la labor asistencial de determinadas ONG, afirmando que, al rellenar los agujeros que los gobiernos no cubren, tapan sus impudicias. Es un viejo dilema. En mi criterio, la denuncia general de las crueldades del sistema no es incompatible con la solidaridad práctica con sus víctimas concretas. Y ello sin contar con que hay labores asistenciales que los gobiernos dejan de lado no por desidia, sino porque les parece mal, directamente: caso del apoyo a los inmigrantes en situación ilegal.
En todo caso, antes de ponerse a discutir sobre la utilidad última de unas tareas de solidaridad reconocidamente desinteresadas y nobles, habría que proceder a desenmascarar a los (y las) caraduras que se han montado su ONG para vivir por la cara, a costa de la subvención correspondiente, o como quintacolumnistas de partidos políticos que, en tanto que tales, no hacen nada en esos terrenos, o hacen todo lo que pueden, pero en contra. Hay una ONG que presume de luchar por el desarme y que está dirigida por destacados militantes del PSOE. ¿Cómo es posible ocupar cargos en un partido que defiende que el Gobierno español venda armas a toda suerte de tiranos y, a la vez, levantar la bandera del desarme? Será por el aquel de cubrir todos los frentes, supongo. Otra ONG, cuyas iniciativas salen sin parar en cierta prensa, tiene un presidente y portavoz universal que perora inagotablemente en nombre de la juventud, pese a que él mismo, que lleva ya muchos años dedicado a la dura brega de la subvención oficial, ya sólo podría pasar por joven en el Konsomol.
Si los liberados de las ONG de este tipo tuvieran que ganarse el pan con el sudor de su frente, salían a escape. En realidad, no hay organizaciones no gubernamentales. Unas, en el fondo, lo que son -por fortuna- es antigubernamentales. Y algunas otras, así que se rasca en su retórica, progubernamentales. Del Gobierno que hubo, del que hay o del que habrá. Del que pague.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de enero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/11 07:00:00 GMT+1
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1997/01/09 07:00:00 GMT+1
Los atentados mortíferos de ETA desencadenan siempre una oleada de reacciones predecibles. Desde los inevitables «¡Basta ya!» hasta las condolencias de quienes hablan de «muertes inútiles», pasando por las condenas de aquellos que lloran a las «víctimas inocentes».
A fuerza de escucharlos, llegan a parecernos razonables.
Pero no lo son.
No es razonable -conforme a la razón, quiero decir- que se hable de «víctimas inocentes». ¿Se pretende acaso que hay víctimas culpables? Quienes somos contrarios a la pena de muerte -en todas sus variantes- estamos incapacitados para establecer ese género de distingos entre las víctimas. Si alguno de los muertos -por ETA, por los GAL o por el sursum corda- era merecedor de castigo, habría debido recibirlo con garantías procesales. Con derecho a defensa.
Y la pena impuesta jamás habría sido el tiro sumario. Desde Horace McCoy, sabemos que sólo los caballos moribundos merecen ese trato.
Absurdo es también hablar de «muertes inútiles».
Los muertos que ETA mata son muy útiles. A su causa.
ETA es fuerte porque puede matar. Y porque lo demuestra.
Si ETA no matara, si no secuestrara, si no lograra que cientos de chavales se echaran a la calle a romper, a pegar, a incendiar, si no pusiera bombas... ¿a quién le importaría lo que hiciera? ¿Qué interés tendría lo que pensaran o dejaran de pensar sus seguidores? ¿Qué valor tendría la «alternativa KAS», o su reivindicación del derecho de autodeterminación? Ninguno. Cero. Nada.
Lo que ETA trata de demostrar -y lo consigue- es muy simple: quiere que el Estado comprenda que puede hacerse intolerable. Recurriendo a las vías más repulsivas, llegado el caso. Y si hay que matar paseantes, los mata. Y si hay que destrozar niños, los destroza.
Su lógica es simple. Dice: «Te estoy demostrando que puedo hacerte la vida imposible. En consecuencia, si quieres vivir tranquilo, tienes que pactar conmigo». Y como hay una gran polémica, y hay muchos, y muy importantes, que le responden constantemente que sí, que quieren pactar con ella para que no siga haciendo la vida imposible, pero también hay otros, no menos importantes, que afirman que no hace falta pactar nada, porque en realidad la vida así no es tan imposible, y además cabe neutralizar a mandoble limpio las armas del que amenaza, pues continúa.
Juzgue cada cual la lógica de ETA: yo tengo meridianamente claro que ninguna causa justa puede defenderse con medios tan injustos. Pero no pretenda nadie que la organización vasca mata sin sentido, por matar, o que causa muertos «inútiles».
Esa retórica huera no hace justicia a la realidad.
Ni tampoco a los muertos.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de enero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/09 07:00:00 GMT+1
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1997/01/08 07:00:00 GMT+1
Ferrer Europa. Ferrer, porque es así como se apellida el socio mexicano de Polanco y jefe de la cosa. Europa, porque el nombre del continente vende bien en la patria del papanatismo.
Esto de los nombres tiene su miga. Hubo una época en la que, si uno deseaba saber qué empresas no eran de capital local, bastaba con mirar en el registro correspondiente, y anotar el nombre de aquéllas que llevaban en su título adjetivos tales como Ibérico, Hispano, etc. Todas eran extranjeras.
Con algunos partidos políticos ocurría lo mismo. Los de signo comunista que nacían de alguna escisión -modo favorito de nacimiento de las organizaciones comunistas-, lo más habitual era que, en cuanto rompían con sus socios, se pusieran en las siglas algo destinado a disimular el hecho: Unidad, Unificación, Reunificación, etc.
El caso más espectacular de travestismo en las siglas que se conoce, es, de todos modos, el del PSOE. Se llama Partido Socialista Obrero Español, cuando no es ni partido (jamás se ha conocido congregación más monolítica), ni socialista (defiende con entusiasmo inaudito la propiedad privada, especialmente la de sus allegados), ni obrero (tira a interclasista, con inclinación a las clases de por arriba). En lo único que dice verdad, y aun se queda corto, es en lo de español: tal podría haber puesto españolísimo, y no habría punto de exageración en ello.
Jamás podrán hacerse cargo los dirigentes del PSOE del daño que han hecho a la causa que sus siglas reivindican. Probablemente no les preocupe gran cosa, pero el hecho es que han metido tanto el cuezo que no hay modo de dejarlos a beneficio de inventario.
Marx decía que el pasado es una losa que grava sobre las espaldas del presente. En el caso del PSOE, esa losa es una lápida mortuoria que da cuenta de la defunción de la izquierda tradicional española. Su poderío es tal que, si no participa en una iniciativa, ésta parece condenada a quedarse en nada; y si participa en ella, la corrompe. Es una especie de gran Rey Midas a la inversa: cuanto toca lo convierte en mierda.
Ferrer Europa. PSOE, Prisa. Lo de siempre. Los de siempre. ¿Nos dejarán alguna vez ocasión para no hablar de lo que ocurrió, sino de lo que ocurre? ¿Nos permitirán encontrar un momento para explicar que no son ellos los únicos estafadores, que tienen alumnos aventajados, que los nuevos buitres ya han afilado sus garras y esperan, sobrevolando sobre la carroña, hincar sus garras sobre los despojos de un país que lleva como emblema, a estas tristes alturas, la leyenda Caminante que pasas: detente. Aquí hubo un pueblo. Respeta el cementerio?
Aunque puede ser que lo que ocurra no represente sino una repetición sistemática y cansina de lo que ocurrió. De lo que viene ocurriendo desde siempre. De lo que seguirá ocurriendo mañana.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de enero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/08 07:00:00 GMT+1
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1997/01/05 07:00:00 GMT+1
Casi todos los responsables felipistas que conocí en los tiempos en que su tinglado dominaba la cosa mal llamada pública sufrían una prodigiosa transformación al llegar la noche.
El cambio que experimentaban era tan completo que habría despertado la admiración del propio Stevenson. Eran durante su jornada laboral jefes severísimos, implacables («Señorita: ¿cuántas veces tengo que decirle que me traiga ese expediente? Si no sabe hacer las cosas, deje el sitio a otro»), cínicos de tomo y lomo embuchado («Averigua cuánto vale ese líder sindical, págale y que me deje en paz ya de una maldita vez») y sujetos de dudosa moralidad («Oye, si alguien va a llevarse de todos modos una comisión por ese contrato, mejor que nos la llevemos nosotros, ¿no?»).
Pero, llegada la noche, repantigados en el pub del pub, aflojada la corbata y con un whiskey de Kentucky en la mano, como en acción de gracias por la copiosa cena, les entraba una profunda crisis de humanismo, proletarismo y melancolía:
-Te lo juro, Javier: dan asco. Están pringados hasta las cejas. De socialistas ya no les queda más que el nombre.
«Dan». «Están». «No les queda». Con todo el morro.
Y, como te descuidaras, al salir te echaban la mano al hombro y se empeñaban en que les hicieras la segunda voz cantando:
Santa Bárbara bendita / patroná de los mineros / mirá cómo va, Maruxiña...
Creo que fue Vázquez Montalbán quien definió a estos licántropos de nuestro tiempo llamándolos «déspotas de día, tanguistas de noche». Siglo XX y cambalache. Sus rollos noctámbulos eran, en efecto, del género gardeliano: desdichas sin cuento -pero con muchísimo cuento-, amarguras infinitas, hondos y lacerantes sufrimientos.
En cambio, los mandamases de ahora -o sea, las huestes del PP- no sufren nada. Como no pueden evocar ninguna épica pasada, ni darse el aire de estar a la altura de viejas hazañas, se concentran en el futuro. Y cuando te los topas en un sitio de copas de los que frecuentan -el otro día me metí por equivocación en uno: qué inmenso error-, su discurso tiene más bien aire de bolero. A mí me recuerdan a aquél tan conocido que dice:
Escúchame / debo decirte algo / que quizá no entiendas, / doloroso tal vez.
Y que, efectivamente, acaba sin que entiendas ni de qué narices habla el gachó ni cómo puede ser que alguien pueda portarse tan mal por pura generosidad.
Lo que me resulta más desagradable de los respectivos estilos nocturnos de felipistas y aznaristas no es que los primeros fueran de llorones y los segundos vayan de perdonavidas, ni que tanto los unos como los otros carezcan de motivos reales que justifiquen tales aires. Lo que más me molesta es que el rollo les funcione. Tal vez por las mismas misteriosas razones por las que a muchos, aunque nos choteemos, nos gustan los tangos y los boleros.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/05 07:00:00 GMT+1
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1997/01/04 07:00:00 GMT+1
Dejar hablar a los que están de acuerdo con uno mismo no es muestra de espíritu democrático, sino regodeo. Tratar con respeto al que, aunque no comparta por entero las propias ideas, se sitúa en el mismo universo ideológico, tampoco es prueba de particular tolerancia. El verdadero defensor de la libertad de expresión es aquél que reclama que también puedan manifestarse sin ninguna traba quienes sostienen opiniones radicalmente contrarias a las suyas.
Esto, así expresado -en tanto que principio neutro-, seguro que a casi todo el mundo le parece bien. Sin embargo, casi nadie lo respeta en la práctica. Como tantos otros principios, se predica en abstracto y se niega en concreto.
Un ejemplo. Durante el periodo de discusión del nuevo Código Penal español, hace ahora un par de años, hubo un gran clamor en demanda de que la ley penara la apología del racismo, la xenofobia, el antisemitismo y cuantas doctrinas discriminan a las personas en razón de su religión, ideología, sexo u orientación sexual. Lo lograron y, en efecto, el actual Código acoge esas figuras penales de nuevo cuño.
Me parece un error.
Siento una viva repugnancia por las doctrinas ultras. A lo largo de mi ya dilatada vida, he combatido en favor de la igualdad de derechos de todos los humanos. Pero, por muy cargantes que me resulten los racistas, los xenófobos y los sexistas -entre otros muchos istas- me opongo a que se les prive del derecho a expresar con total libertad lo que piensan. Por aberrante que sea.
Miguel Ángel Rodríguez dijo en cierta ocasión una cosa sensata. (Lo recuerdo bien porque me llamó la atención: no suele). «Las palabras no matan», afirmó.
Con el actual Código Penal en la mano, hay ensayos de Baroja que habría que prohibir: don Pío era de un antisemitismo delirante. La obra entera del marqués de Sade correría suerte pareja. ¿Incitar al delito? Marinetti reclamaba que la gente asaltara los museos y les prendiera fuego con gasolina. Hace poco leí que Cornuty, un escritor francés que se afincó en España allá por el 98, proclamaba sin cesar en su dudoso castellano: «¡Quiero ver a mi padre y mis hermanos ahorcados en un jardín reducido!».
Que cada cual diga lo que quiera. La razón no tiene nada que temer de la sinrazón. Al contrario: es enfrentándose a ella como mejor pule sus armas. Por lo demás, las incitaciones no hacen milagros. Ninguna proclama fuerza los actos de quien la oye o lee. Sólo los ya predispuestos se dejan influir. El problema está, en todo caso, en las predisposiciones perversas. Pero ésas no desaparecerán porque se censuren las proclamas.
Jamás haré nada que contribuya a acallar a los órganos de expresión felipistas. Me molesta el felipismo. Pero, puesto que existe, que se exprese. Sin embargo, los felipistas hacen cuanto pueden para silenciar a quienes estamos en su contra.
He ahí la manifestación de dos concepciones del mundo.
Y de la libertad, por ende.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de enero de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de enero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/01/04 07:00:00 GMT+1
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