1997/04/02 07:00:00 GMT+2
Estoy seguro de que Ciprià Ciscar está adornado de innumerables virtudes. Que yo no se las vea no quiere decir nada. Lo único que sé de él es la parte de sí mismo que exhibe cara al público cuando ejerce de portavoz del PSOE, y esa faceta de su personalidad no tiene por qué ser representativa. Doy por hecho que, si Felipe González lo cuenta entre sus más próximos colaboradores, sus buenas razones debe de tener: González puede ser muchas cosas -es muchas cosas- pero, desde luego, no imbécil.
En todo caso, parece evidente que, entre las muchísimas virtudes que seguro que ennoblecen la personalidad del señor Ciscar, no está el salero. Decididamente, don Ciprià no es gracioso. Y cuando pretende ejercer de tal, le sale un churro. Un churro chuchurrío, fláccido, tristón.
Anteayer volvió a cometer el error de pretender ponerse ocurrente. Quería ridiculizar el proyecto de nueva Ley de Secretos del Gobierno de Aznar, que a su juicio -o sea, a juicio de su jefe- protege los secretos oficiales menos que en ningún otro país. Esbozó entonces esa especie de rictus de sufrimiento colecistopático que él compone a modo de sonrisa y dijo: «El Gobierno recupera el eslogan España es diferente».
El portavoz del PSOE tiene edad más que suficiente para saber qué sentido tuvo ese eslogan seudoturístico que se inventó Fraga allá por los 60. Daba a entender que, si en España no había ni libertades ni democracia, era porque aquí no cabía aplicar los criterios políticos que regían en otros países europeos. Y va él y lo asocia ahora con algo que es todo lo contrario: un intento de evitar que el poder político pueda escapar del control de la sociedad. De haber algún exceso en el proyecto del Gobierno -yo no lo veo-, sería en todo caso un sobrante garantista, una sobreprotección de los posibles abusos del poder. ¿Realmente cree Ciscar que eran de ese género los excesos del régimen franquista?
El PSOE está muy enfadado porque el proyecto de Ley de Secretos no permite que el Gobierno pueda tomar decisiones de imposible conocimiento, así sea para la Justicia. ¿Y para qué quieren los felipistas que el Gobierno de Aznar pueda blindar sus secretos frente al Poder Judicial?
Es aparentemente absurdo, pero tiene explicación.
En primer lugar, les irrita profundamente que el PP pueda adoptar actitudes más respetuosas hacia las libertades que las preconizadas por ellos. Vaya una izquierda, la suya, que puede ser desbordada por la derecha en materia de libertades.
En segundo término, piensan en el futuro: no les gustaría volver al Gobierno y tener que lidiar con una Ley que les impida hacer a escondidas enjuagues de dudosa legalidad.
Y en tercer lugar, y sobre todo, les molesta que esa Ley permita hurgar en su pasado. En un pasado que tanto fió del secreto.
Una y otra vez, son víctimas de su historial. Les pesa demasiado. No les deja moverse.
Javier Ortiz. El Mundo (2 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de abril de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/04/02 07:00:00 GMT+2
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1997/03/26 07:00:00 GMT+2
Se me ocurre un puñado de hipótesis para explicar las razones por las que diversos reputados intelectuales de varios continentes han podido decidir que era oportuno y necesario rubricar su solidaridad con Polanco y Cebrián, «objeto» (sic) de una campaña de descrédito. Me quedaré con la más favorable de esas hipótesis: daré por supuesto que esos intelectuales han estudiado a fondo el asunto y han llegado a la conclusión de que ambos personajes son los máximos adalides de la libertad de expresión en España, razón por la cual sus negocios multimedia deben gozar de la consideración de intangibles. Vale.
Soy también capaz de imaginar sin gran esfuerzo qué concretísimos intereses materiales pueden empujar a personajes como Gloria Estefan, Julio Iglesias, Los Del Río, Azúcar Moreno, Víctor Belén, Ana Manuel y otros Ludwig van y vienen de los top ten a arribar, sin necesidad de mucho discurrir, a la misma posición pública que el puñado de reputados intelectuales de renombre mundial aludidos supra. Pero me libraré de achacarles mezquindad alguna. No mezclaré Los 40 Principales con lo que puede ser una desinteresada apuesta por la libertad, digitalizada por Polanco. Sea también.
Reconozco que tampoco ando falto de sospechas cuando veo con qué entusiasmo algunos escritores de cuya lucidez no tengo duda -lo que no mejora en nada el asunto, a decir verdad- se precipitan por la vía del homenaje a Polanco. También esas sospechas las desterraré. Renunciaré a pensar que hayan tomado partido en virtud de sus apetencias editoriales o de sus urgencias promocionales. Daré por hecho que ni siquiera se les ha ocurrido que desatender el toque a rebato del polanquismo pudiera perjudicarles en su fama y en su hacienda. Convendré en que, si escritores como Manuel Vázquez Montalbán o Angel González -por Dios: ¿también Angel González?- apoyan a Polanco, es porque ven en él la clave para que los sin voz puedan tener voz el día de mañana.
Estoy dispuesto a tragar por todo eso. Y aún más, si se tercia.
Pero lo que no puedo tragar de ningún modo, lo que me parece indigerible, es que gentes que se proclaman de izquierdas se hayan dedicado en cuerpo y alma -me consta que lo han hecho- a reclutar firmas a favor de su patrón. Me da igual que crean que Polanco tiene razón en este caso. Es lo de menos. Lo de más es que no se puede ir por la vida de crítico del orden social y actuar en la práctica como un pelota. Es cosa de principios éticos. Pero no sólo. También es cuestión de elementalísima estética: resulta grotesco andar por ahí dándoselas de rebelde y comportarse luego como comisario político del jefe.
He escrito ya hace tiempo cuán distante me siento, en términos ideológicos, de la pugna empresarial por la televisión de pago: es obvio que ésa no es una pelea por el qué, sino por el quién.
Comprendo que hay que comer, y que a todo el mundo le hace falta que algún quién le pague la comida. Pero conviene distinguir entre la gastronomía y la coprofagia.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de abril de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/03/26 07:00:00 GMT+2
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1997/03/22 07:00:00 GMT+1
Aleksandr Flekísov, que fue alto mando del KGB de la URSS y estuvo encargado en los años 50 de dirigir todo el espionaje soviético en los EE.UU., acaba de revelar que Julius y Ethel Rosemberg no pasaron a Moscú la documentación secreta necesaria para fabricar la bomba atómica. La Justicia norteamericana los condenó a muerte por ese supuesto delito y puso fin a su vida el 19 de junio de 1953. Según Flekísov, Ethel Rosemberg no tuvo la más mínima relación con el espionaje soviético. Su marido, Julius, sí hizo algunos trabajos de información para los servicios secretos de la URSS, pero no ese que le condujo a la silla eléctrica.
Se argumenta contra la pena de muerte criticándola por su carácter irreversible: en efecto, la Ciencia norteamericana todavía no ha logrado resucitar a ninguna persona ejecutada injustamente para pedirle excusas y ponerla en libertad.
Es un argumento válido, pero insuficiente.
También se le suele reprochar su perfecta inutilidad: en los Estados norteamericanos en los que existe la pena capital, viene a haber igual número de crímenes que en aquellos en los que ha sido abolida.
Es ahí donde llegamos al meollo del asunto.
Los partidarios de la pena de muerte son plenamente conscientes tanto de los riesgos de injusticia que entraña como de su incapacidad disuasoria. Si la defienden no es porque no sepan eso, sino porque les parece que es el sistema más acabado de tomarse venganza.
Hay dos concepciones básicas de la Justicia. La primera es ésta: ojo por ojo, diente por diente; tal hiciste, tal mereces. La otra es la que se recoge en el artículo 25.2 de la Constitución española: «Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y la reinserción social». La una se toma venganza; la otra pretende dar al delincuente la oportunidad de convertirse en honrado.
Comprendo el criterio por el que se rige la Justicia norteamericana. No lo apruebo de ninguna manera, pero lo comprendo. A quienes no entiendo es a los españoles que, sin rechazar abiertamente el modelo de Justicia que fija la Constitución de 1977, evidencian cada dos por tres que lo que a ellos les mola es la venganza. «A mí lo que me habría gustado es que al Elejalde ese la policía le hubiera dado cuatro tiros», sostiene un sindicalista por la radio, y sus contertulios callan. Y ningún oyente llama para criticar la barbaridad.
Puesto que así piensan, deberían ser consecuentes: promuevan la correspondiente reforma de la Constitución, proclamen el derecho social de venganza, santifiquen la Ley del Talión, que ya fue santa. Y si no están dispuestos a eso, no siembren en la opinión pública ideas que la llevarán inevitablemente a chocar con el Poder Judicial cada vez que este haga lo que la ley le ordena: tratar de recuperar y reinsertar a los presos.
Lo peor no es pensar así o asao: lo peor es poner a las vísceras a cumplir las tareas del cerebro.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de marzo de 2013.
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1997/03/19 07:00:00 GMT+2
Una vez cumplidos los tres ritos obligados en toda llamada a una tertulia de la radio (hay que decir primero: «¿Es a mí?», y luego: «Me gusta mucho su programa», y acto seguido: «Perdonen, pero es que estoy un poco nervioso»), el oyente echa la bronca a los periodistas: «¿A qué viene tanta monserga?», clama. «¡A ésos de la ETA hay que torturarlos, hay que matarlos! ¡Como en Estados Unidos! ¡Hay que llevarlos ante un pelotón de fusilamiento, y se acabó!». Otro ciudadano es aún más explícito: «Habría que arrancarles las uñas, luego los dientes y luego pegarles un tiro en la nuca».
Me cuentan que el pasado sábado una emisora local madrileña pidió a sus oyentes que llamaran opinando sobre el caso Elejalde. Al parecer, la única división de criterio que se manifestó en las llamadas -más de 80- fue de matiz: unos decían que seguro que Elejalde no fue torturado, otros que qué mas da y otros que, si fue torturado, mejor que mejor.
«Esto es lo que ha conseguido ETA», apostilló un periodista, con tono de consternación -tampoco excesiva, de todos modos- al escuchar tales cánticos a la bondad de la tortura.
No tiene razón. El salvajismo ajeno puede estimular, pero nunca volver inevitable el propio salvajismo. La crueldad de ETA hace aflorar lo que de peor esconde la mente de mucha gente, sin duda. Pero, para que lo peor aflore, tenía que anidar ya antes en ellas. En otras conciencias, la barbarie ajena produce horror; no ganas de imitarla a modo de respuesta.
«Sufren ustedes un ataque de democratitis», sentencia un oyente que se declara votante del Partido Popular. ¿Puede ser infecciosa la democracia? Él así lo cree. Se ve que piensa que, en materia de democracia, es de aplicación el refrán que sostiene que lo poco agrada, pero lo mucho enfada.
Hay un franquismo ideológico difuso en la sociedad española. El franquismo no murió. Duerme, y a veces despierta. Lo vemos asomar de la mano del utilitarismo: muchos españoles no conciben el respeto de las libertades como cuestión de principios, indeclinable, sino como conveniencia circunstancial. Hay que respetarlas, pero sólo en la medida en que no estorben. Y si conviene violarlas, hágase, aunque -a poder ser- con discreción. ¿Cuántas veces y a cuánta gente no le hemos oído decir que lo peor de los GAL fue que actuaron chapuceramente?
En El tercer hombre, desde la altura de la enorme noria, Harry Lame señala hacia la calle y plantea a su amigo Holly Martins el dilema: «¿Sentirías compasión por alguno de esos puntitos negros de ahí abajo si dejara de moverse? Si te ofreciese 20.000 dólares por cada puntito que se parara, ¿me dirías que me guardara mi dinero... o empezarías a calcular la cantidad de puntitos que serías capaz de parar?».
Ojos que no ven. Para muchos, lo realmente importante es que sean otros los que hagan el trabajo sucio. No que no haya suciedad.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/03/19 07:00:00 GMT+2
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1997/03/15 07:00:00 GMT+1
¿Está usted en contra de la tortura? No se precipite. Piénselo antes de contestar.
Hacer proclamas retóricas sobre la maldad de la tortura es fácil. Estar realmente en contra es más arduo. Compromete a bastante.
Es sencillo poner el grito en el cielo cuando se sabe que ha sido maltratado alguien que no ha cometido delito alguno. El pobre Segundo Marey, por ejemplo. Un caso así conmueve a cualquiera (a muchos, por lo menos: a otros, ni por ésas). En el nombre del padre.
Pero baja llamativamente el número de quienes se conturban cuando la víctima sí parece que ha incurrido en algún delito, así sea menor, o cuando el maltrato no es muy grave. El otro día, un policía nacional zarandeó violentamente a un simpatizante de los okupas de Madrid que, cuando fue detenido, tuvo la osadía de pedir al presunto agente de la Ley que se identificase. ¿Ha oído usted que el Ministerio de Jaime Mayor Oreja haya abierto un expediente sancionador a ese policía? ¿No? Yo tampoco. Por lo visto, los empellones injustificados están permitidos.
No digamos ya si el detenido es un militante de ETA que acaba de matar a un ciudadano. En tal caso, hacen legión los que prefieren mirar para otro lado, dando por buena la primera coartada que se saque a relucir. Y ello aunque lo que pretenda la coartada sea que al detenido no le dejaron hecho unos zorros en el transcurso del interrogatorio, sino que fue interrogado cuando ya estaba hecho unos zorros. ¿Es legal someter a un interrogatorio policial a una persona que se encuentra en estado deplorable? No, pero mejor hablar de cualquier otra cosa.
Estar verdaderamente en contra de la tortura obliga, ya digo, a mucho. Obliga, para empezar -y sobre todo-, a preguntarse para qué autoriza la Ley que alguien pueda permanecer detenido 72 horas, o incluso más. Si acatamos el principio constitucional (art. 17.3) según el cual ningún detenido puede ser obligado a declarar en contra de su voluntad, convendremos en que 24 horas es un plazo más que sobrado para que el detenido tenga ocasión de manifestar si está dispuesto a declarar o no. Y si no lo está, no pinta nada en comisaría: debe ser puesto inmediatamente a disposición del juez más próximo. En su redacción genuina, la Ley de Enjuiciamiento Criminal fijó ese plazo máximo de un día para las detenciones policiales. Pero luego lo ampliaron. ¿Para qué?
La policía -las policías- tienen sus propias querencias. La española carga, además, con una pesada herencia: todos sabemos cómo actuaba de manera generalizada hace apenas veinte años. Eran otros tiempos, sin duda. Pero la Ley tiene que tomar medidas muy estrictas para asegurar que estos tiempos sean inevitablemente otros. Y dejar a los detenidos hasta cinco días en manos de la policía no ayuda nada a ese objetivo. Todo lo contrario.
¿Está usted de acuerdo conmigo? ¿No del todo? Ya le dije que no debía precipitarse en su respuesta a la pregunta inicial.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/03/15 07:00:00 GMT+1
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1997/03/13 07:00:00 GMT+1
Los mendigos de las grandes urbes se parecen poco a los de las ciudades de tamaño medio. Los que se mueven por el centro de las grandes metrópolis malviven aislados del resto de la población, a la que se esfuerzan por conmover poniéndose muy trágicos: se hincan de rodillas, se tapan la cara, exhiben letreros que relatan desgracias mil, se acompañan de criaturas que parten el alma...
En los 20 años que llevo en Madrid, sólo me he topado con un mendicante que se comportara de otro modo. Fue un hombre de unos 40 años que me abordó en una librería y me entregó una octavilla escrita a máquina. Decía: «Soy polaco. No hablo español. Acabo de llegar a Madrid con mi mujer y mis tres hijos. Necesitamos ayuda para comer». Busqué en el bolsillo, encontré 20 duros y se los di. Me miró irritado y me señaló una especie de post scriptum de su mensaje, que yo había pasado por alto. Ponía: «Donativo mínimo: 200 pesetas». Era un mendigo exigente.
En las urbes de tamaño medio, muchos mendigos están integrados y tienen relaciones cordiales con la gente bien. En San Sebastián es famoso Chanchillo, que se cubre con una raída gabardina sea cual sea la estación del año. Chanchillo -un diminutivo bastante preciso, en su caso- tocaba antaño un xilófono. Ahora toca un órgano eléctrico. El resultado es igual de nefasto, pero le permite hacer como que no está pidiendo limosna. En tiempos de Franco, amagaba La Internacional. Sus padres eran periodistas, que es como llamamos en San Sebastián a quienes venden periódicos por la calle. Se dice que tiene mucho dinero. Es posible.
En Alicante he conocido también mendigos muy singulares. Caruso era un señor mayor que se plantaba delante de las terrazas y atacaba -en el más violento sentido de la palabra- arias de ópera. La gente solía darle dinero, más que nada para que se callara cuanto antes. Creo que ha muerto.
Así como Chanchillo se disfraza de miserable -en cierta ocasión un amigo quiso regalarle un traje en aceptable estado y se lo tomó como una afrenta-, Caruso afectaba un aire señorial. Iba con chaqueta y corbata, de colores que sólo un arqueólogo podría determinar.
El mendigo más atildado que he conocido me lo topé también en Alicante. Iba el hombre tan puesto que costaba darse cuenta de que estaba pidiendo limosna. Se me acercó, me paró y me entregó una tarjeta de visita. En ella figuraba su nombre, y debajo, donde otros ponen Arquitecto, o Fontanero, o Director General, él había hecho imprimir: Inútil Total.
Cuando leí la tarjeta, no pude evitar una reacción de perplejidad. Debió tomarla por incredulidad, porque me dijo, muy solemne:
-¡Oiga, que puedo demostrarlo!
He conocido a lo largo de mi vida a bastantes inútiles totales, pero a ninguno que hiciera gala de esa condición y la exhibiera como título. Además, la mayoría de la gente totalmente inútil que conozco no necesita documentos que lo acrediten: basta con verla actuar.
Pero detendré la cosa en este punto, que hoy me había propuesto no escribir de política.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/03/13 07:00:00 GMT+1
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1997/03/12 07:00:00 GMT+1
El president Pujol tiene un deseo: quiere que el hecho diferencial catalán acabe siendo debidamente reconocido.
En realidad, el president Pujol tiene montones de deseos, que expresa sin parar. Siente tantos deseos que apenas le queda tiempo para sentir ninguna otra cosa, y menos para hablar de ella.
Pero su deseo de que el hecho diferencial sea reconocido com cal es un deseo de una categoría muy especial. Porque, así como el president expresa sus otros deseos de manera portentosamente concreta y minuciosa -desea dinero para tapar el agujero de la Sanidad pública de la Generalitat, desea el 30% del IRPF con capacidad normativa, desea que los Mossos d'Esquadra controlen el tráfico rodado, etc.-, éste lo manifiesta siempre de un modo vaporoso, espiritual, casi poético. Él aspira a que se reconozca el hecho diferencial, pero nunca concreta ni quién es el que tiene que reconocerlo, ni qué forma debería adoptar ese reconocimiento, ni si eso es algo que quiere para ahora mismo, o para mañana, o para un futuro más o menos indeterminado.
Por no precisar, ni siquiera precisa -y eso es lo que vuelve más inasible todo el conjunto de su deseo- qué entiende él por hecho diferencial.
Doy por supuesto que no se refiere a que el pueblo catalán es diferente. Lo es todo pueblo, por el mero hecho de serlo. ¿Querrá tal vez dar a entender que es más diferente? Pero, más diferente ¿de quién? ¿Del pueblo valenciano? ¿Del de Ses Illes? Me da que esa vía de reflexión no resulta demasiado prometedora. Para el president, quiero decir.
Por lo demás, las diferencias, así sean nacionales, no llevan aparejadas consecuencias políticas automáticas. Hay pueblos muy diferentes que conviven cómodamente unidos dentro de un mismo marco estatal -váyase usted a Hawai a reclamar a sus nativos que se separen de los Estados Unidos porque su hecho diferencial es enorme-, y hay en cambio pueblos considerablemente homogéneos desde el punto de vista nacional -en América Latina, por ejemplo- que no tienen la más mínima intención de unificarse en un mismo Estado.
Las realidades étnicas, lingüísticas, culturales, etc., no destilan por sí solas aspiraciones nacionalistas. Y las aspiraciones nacionalistas pueden tomar cuerpo y agudizarse a partir de tensiones nacidas en otros ámbitos.
Sería bueno que el president bajara alguna vez sus reflexiones sobre el hecho diferencial de las nubes de la abstracción. Que diga en qué está pensando. Si es exclusivamente en algo para Cataluña, o si se trata de un algo que implica a su vez un no-algo para los demás.
Miquel Roca, viejo compañero de viaje del president, dijo hace cuatro meses: «Si se sigue otorgando la [categoría de] nacionalidad a todos, yo quiero que Cataluña sea región. Quiero ser distinto».
Lo dijo como una gracieta. Me gustaría saber en dónde le ve la gracia.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/03/12 07:00:00 GMT+1
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1997/03/08 07:00:00 GMT+1
Soy vasco. Me siento vasco. Nunca jamás me ha asaltado la tentación de catalogarme como ciudadano del mundo: nadie lo es. El origen nos explica a todos: la infancia, la familia, los amigos, el entorno, la lengua.
Ningún país es mejor que otro y nadie es más que nadie, según el buen dicho castellano. Pero me parece razonable que las personas tengan debilidad por su tierra y su gente. Yo la tengo. Las guardo más que aprecio: es en su compañía donde más me reconozco, donde más familiar me encuentro.
Y, sin embargo, tengo claro que no puedo vivir allí. Es triste, pero es así.
Trataré de explicarlo.
Lo mío es escribir. Me gusta escribir, y me gusta escribir sobre la realidad política.
Ausente de Euskadi desde 1970, tan solo había vuelto de visita. Entre 1991 y 1992, por imperativo profesional, hube de instalarme en Bilbao. Pasé un año. En ese plazo, publiqué todo lo que se me ocurrió que podía ayudar a racionalizar la política vasca. Todo: lo que creí importante, lo que juzgué menos importante y aquello que ni siquiera a mí me parecía de mayor interés. Fue apenas un año. Y aún me sobró tiempo.
Aparentemente, la vida política vasca tiene muchas vertientes. Pero, en la práctica, solo posee una. Todos los temas son el mismo tema. Escriba uno sobre lo que escriba, siempre acaba escribiendo de lo mismo. El efecto, para alguien que no aspira a monógrafo, es deprimente.
Comprendí que, además, da igual lo que uno escriba. Todo el mundo está en posiciones tan herméticas que es estéril cualquier intento de introducir una cuña en su cerebro, así sea sólo para que le entre un poco de aire libre.
Y luego están las banderías. Mis viejos amigos de los 60 eran todos antifranquistas. Cada cual a su modo: los había comunistas, socialdemócratas, nacionalistas... Todos convivíamos sin mayor problema. En caso de necesidad, hasta nos echábamos una mano. Cuando regresé diez años después, me encontré con que formaban dos bandos totalmente irreconciliables. Ni se hablaban.
Luego todo ha ido a peor.
Vivir fuera de Euskadi me libra de dos condenas. No tengo por qué deprimirme ante la evidencia de que no sé qué más decir sobre el maldito contencioso. Y, a la vez, puedo ahorrarme el penosísimo espectáculo diario del odio y el enfrentamiento entre gentes que aprecio.
Euskadi es, a la vez, un paraíso y un infierno. Es un paraíso: me gusta imaginar que algún día, ya viejo del todo, podré retirarme a escribir bajo su cielo de grises y sol tibio, en un caserío, cerca del mar -ese mar cuya ausencia tanto me ahoga-. Pero, a la vez, sé que sueños como ése serán imposibles mientras continúe la soterrada guerra civil que miles de corazones alimentan: ese infierno que escupe su fuego a través de tantas brechas.
Euskadi está muy mal. Me duele oírlo y leerlo. Pero, por lo menos, no estoy obligado a verlo cada día. No creo que pudiera soportarlo.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de marzo de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/03/08 07:00:00 GMT+1
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1997/03/05 07:00:00 GMT+1
Un diputado del PSOE habla sobre el primer año de Aznar como presidente electo: «Entenderán ustedes que, siendo yo diputado socialista, mi juicio solo puede ser absolutamente negativo». No sé si se entenderá. Yo, en todo caso, no lo entiendo. Llevo muy mal los juicios previos (los pre-juicios). No digamos ya si se asumen de manera consciente y se tienen a gala. Mi criterio sobre el año transcurrido desde el 3-M lo he ido perfilando a partir de los hechos. Le veo algunas luces. Y muchas sombras. Es, en todo caso, mi criterio: no me viene ya hecho, prêt-à-porter, determinado por una adscripción partidaria o de secta.
Se nos están llenando los diarios, y las radios, y las televisiones, de gente fanatizada, que todo lo enfoca y define según su previa bandería. Es desalentador. Con desdichada frecuencia, basta con comprobar quién firma un artículo y saber de qué trata para poder ahorrarse su lectura. Dicen lo que está previsto. Son hoy legión los que opinan sin salirse ni un ápice del guión que cobran por interpretar. Ni siquiera precisan instrucciones. «A mí nadie me dice lo que he de opinar. Lo adivino yo sólo», puso Máximo en boca de uno de sus monigotes, hace algunas semanas, en El País. Es así. Los papeles están repartidos: a este le toca hacer de gracioso, al otro de provocador, al de más allá de leidillo, o de experto. Y todos se ajustan a la pauta. No queda espacio para la sorpresa. Ni para el pensamiento propio. Existen medios de prensa en los que, cuando se plantea algún litigio político con repercusiones en el bolsillo de la empresa editora, no aparece ni una sola opinión que se desmarque de la línea oficial del medio en cuestión. ¿Es por censura, por miedo o porque todos opinan igual? Tres hipótesis: a cual peor.
Por supuesto que uno puede -y a veces debe- tomar partido. Pero únicamente en la medida -siempre necesariamente acotada, siempre relativa- en que se identifica con la causa que asume. Los acuerdos totales son muestra inequívoca de sumisión y abulia mental. Definido el grado de coincidencia, lo que una mente libre debe hacer es resaltar las discrepancias, marcar el terreno propio. El disenso enriquece.
En tiempos -hace años-, un jefe del PP, en plan gracioso, nos puso mote a quienes combatíamos contra el felipismo desde este diario y algún otro medio: nos llamó «el ejército de Pancho Villa». Cierto: íbamos en orden disperso, que es como los militares describen la ausencia total de orden. Cada cual lanzaba andanadas a su aire, según le venía y por dónde le venía. En cambio, el bando de enfrente se desplegaba en impecable formación compacta, sin fisuras: nadie movía un dedo si el jefe no lo mandaba.
Marchar al paso está muy bien -supongo- en los ejércitos. Pero es nefasto si se aplica a los debates de la vida civil. Cuando de ideas se trata, conviene tratar de luchar por libre. En el sentido más literal.
Tiene ciertos inconvenientes, por supuesto. Pero aporta ventajas superiores. El que lucha por libre puede elegir no solo cómo y contra quién pelea, sino también algo que es igual de importante: con quién.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/03/05 07:00:00 GMT+1
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1997/03/01 07:00:00 GMT+1
El PP es un partido singular. En la mayoría de las formaciones políticas, los dirigentes son menos de fiar que la base. La gente de base se corrompe menos, más que nada porque nadie le ofrece la posibilidad de corromperse. Le pasa como a la clase obrera. Hace tiempo que llegué a la conclusión de que si la clase obrera es -¿o habré de decir fue?- la más difícil de corromper, la razón no hay que buscarla en ninguna superioridad moral, sino en su número: todo el dinero de los ricos no daría para sobornar a tanta gente. Con los partidos políticos ocurre algo semejante: es más práctico comprar a un Comité Ejecutivo, compuesto por un puñado de tíos y alguna tía, que ponerse a untar a la base militante que, a nada que te descuides y por burgués que sea el negocio, incluye a miles de menesterosos.
Pero el caso del PP es diferente. Una parte de su base es más peligrosa que la dirección.
Siempre se ha dicho que una de las grandes virtudes de este partido es que ha conseguido que la extrema derecha carezca en España de representación política. No estoy yo demasiado seguro de que eso sea totalmente positivo. Entre otras cosas porque la gente de extrema derecha que trabaja en la cosa pública -en buena medida procedente del aparato de Estado del franquismo-, al no tener una plataforma política propia a través de la cual expresarse, se ha tenido que buscar un hueco en los partidos existentes. Y la mayoría ha ido a parar al PP. (Digo «la mayoría»: me sé de jueces de alto ringorrango actual, a los que la opinión pública vincula con el PSOE, que fueron hasta 1976 de un facherío de mucho cuidado).
No sin esfuerzo, Aznar consiguió concentrar en la alta dirección de su partido a un puñado de políticos jóvenes -excluyo a Fraga- que se sienten a gusto con las libertades democráticas. Pero eso es por arriba. En niveles de responsabilidad intermedia, y también en su periferia de simpatizantes, el PP tiene adheridos muchos nostálgicos del franquismo convictos, y a veces incluso confesos. Y, como anda falto de cuadros de plena confianza, a veces echa mano de gente de ésa, sin someterla al preceptivo examen previo. Caso de Poyatos.
Trata Eduardo Fungairiño de justificar el pasado (¿pasado?) de Poyatos diciendo que nadie está autorizado a expedir «carnés de demócrata» y que «todos los nacidos antes de 1974 servimos al franquismo». Cómo se nota que Fungairiño no vio a los fiscales del Tribunal de Orden Público en acción. Disfrutaban metiendo a los demócratas en la cárcel. Uno -tal vez Poyatos; no lo recuerdo- reclamó en 1975 que se me condenara a 15 años de cárcel por un delito de opinión. Y lo hizo sin que nadie le obligara. Al contrario. De hecho, el Tribunal me absolvió. Esos sadofascistas deberían haber sido expulsados de la carrera judicial. Por puras razones de salud pública. Lejos de ello, les computan sus fechorías como «experiencia». Llaman a eso «aplicar criterios objetivos». ¿Y este Fungairiño era la alternativa a Poyatos? Puf.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de marzo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/03/01 07:00:00 GMT+1
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