La Iglesia católica venera a sus mártires. Lo volvimos a comprobar el pasado fin de semana. ¿Alguien sabía de el Pelé, ese gitano aragonés que fue fusilado por los rojos, según dicen, durante la guerra civil española? Pues se ve que sí: algunos lo conocían, y han rescatado su memoria del túnel del tiempo, y han beatificado su nombre.
Hay quien reprocha a la Iglesia católica que suba a los altares a los de un solo bando. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Homenajea a los suyos. Haga cada cual lo mismo en su propio bando.
El pasado 1 de mayo murió el cineasta sueco Bo Widerberg. Hombre de ideario socialista, Wideberg rodó a comienzos de los 70 una película en la que relató la agitada historia de un insigne mártir de la clase obrera: Joe Hill.
Joe Hill -en realidad llamado Joseph Hillstrom- fue un emigrante sueco que marchó a los Estados Unidos a comienzos de siglo, dispuesto a trabajar en cualquier cosa. Cuando llegó a Nueva York, no tenía una elevada conciencia social, pero sí una enorme sensibilidad: enfrentada a la dura realidad que vivía por aquel entonces la clase obrera norteamericana, se volvió revolucionario. Se afilió al sindicato libertario Industrial Workers of the World, uno de los más activos de la época. Aficionado a la música, descubrió que el mensaje radical de los llamados wobblies llegaba más fácilmente a los trabajadores si lo convertía en canciones. Compuso decenas de ellas: en favor de la revuelta obrera, en contra de los esquiroles, en defensa de las mujeres... Conozco algunas, rebosantes de humor corrosivo, grabadas posteriormente por Woody Guthrie, Pete Seeger y otros ilustres folk singers. Hill recorrió incansable muchas zonas industriales, cantando sus canciones de lucha en los tajos, en las plazas de los pueblos y en las puertas de las fábricas.
La policía seguía atentamente sus pasos. Fue detenido y golpeado en varias ocasiones. En cuanto lo ponían en libertad, volvía a la carga, armado con su guitarra. En enero de 1914, en medio de una impresionante huelga en Salt Lake City, fue arrestado y acusado del asesinato de un comerciante. Le montaron un juicio-farsa y lo condenaron a muerte. Hill se negó a defenderse: alegó que en el momento del crimen se encontraba con una mujer casada cuyo honor no podía comprometer. Fue hombre de principios hasta en eso.
Hubo una gran campaña internacional reclamando que no se ejecutara la sentencia, pero no sirvió de nada: Joe Hill fue fusilado en Utah el 19 de noviembre de 1915. 30.000 personas asistieron a su funeral en Chicago, pese a que él había dejado escrito: «No perdáis el tiempo en funerales. Organizaos».
Sus cenizas fueron enviadas por correo y esparcidas en cientos de lugares de todo el mundo.
La Iglesia católica tiene sus mártires. Pero algunos no católicos también tenemos mártires, muertos por nuestra fe. Los veneramos en el altar de nuestros corazones.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de mayo de 2012.
Llegó el medio millar de jornaleros del Sindicato de Obreros del Campo a la finca sevillana de Mario Conde con Sánchez Gordillo a la cabeza y el ánimo okupa. Llevaban alicates para cortar las alambradas, y habían hecho acopio de comida y bebida fresca para pasar el día. Querían llamar la atención sobre sus problemas. Iban preparados para enfrentarse a la Guardia Civil y a los matones del exbanquero.
Para lo que no iban preparados era para toparse con las argucias de un embaucador profesional. Conde les recibió sonriente en la puerta de Los Carrizos. Les invitó a pasar: «Son ustedes mis invitados». Un pelo le faltó para añadir «...señores trabajadores». A cambio de su hospitalidad, solo les pidió que le dejaran compartir mesa y vaso de plástico con ellos, y los jornaleros, desconcertados, no supieron negárselo: nunca aprendieron a no compartir lo suyo. Y allí estuvieron, en alegre compaña, charlando de sus cosas: Conde, de lo difícil que lo tiene; los jornaleros, de cómo no lo tienen.
Cayeron en la trampa. Son demasiado buena gente. Conde se les presentó afable, y a ellos les pareció que no venía a cuento volver la espalda a quien les ofrecía su hospitalidad. Pero en el gesto del ex banquero no había hospitalidad alguna. Era una trapacería destinada a quitárselos de encima elegantemente. Sabía que, si pedía a la Guardia Civil que los sacara de allí a porrazos, su imagen saldría todavía más descalabrada. Y eso es lo último que le conviene. Por lo demás, tampoco perdía nada: otros sientan un día al año a un pobre en su mesa; bien podía él sentarse a la mesa de los pobres por un día.
Siempre he pensado lo peor de Conde. Incluso en los tiempos en los que otros hacían como que se tomaban en serio su pose de regenerador civil. No es que yo lo conociera mejor, o fuera más perspicaz. En realidad, apenas sé de él. Me limité a aplicarle el principio general según el cual nadie con escrúpulos puede llegar tan arriba. Que se haya dado el castañazo no cambia ni un ápice mi consideración: no le ha despeñado el vértigo, sino la imprudencia. Es algo que a veces les pasa a los arribistas.
Pero no basta con carecer de escrúpulos para trepar hasta la cumbre de las finanzas y la política. Desaprensivos hay muchos, por desgracia. Para ocupar un lugar entre los escogidos del poder, se requiere también ser muy hábil. Y Conde lo es. Lo demostró anteayer. Intuitivamente, aplicó el mismo principio que a gran escala aplican las clases dominantes de los países más ricos. Se dio cuenta de que, cuando el precio que hay que pagar por ello no es demasiado elevado, resulta más práctico evitar el enfrentamiento con los trabajadores. Hacer como que se les escucha. Darles la mano con una sonrisa de oreja a oreja. Tratarles con buenas maneras. Mostrarles comprensión.
Obrando así, lo más normal es que, al cabo de un rato, recojan sus bártulos y se vuelvan para casa.
Es lo que suele llamarse democracia.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de mayo de 2011.
Alguno se ha sorprendido de que la pasada semana este servidor de ustedes, que trabaja aquí, defendiera en público el derecho de El País a publicar lo que le viniera en gana sobre las leyes de asilo de la UE, y criticara al jefe del Gobierno por acusar al diario de Polanco de dañar los «intereses de España». Sostuve entonces que «España» -o sea, la ciudadanía toda- apenas tiene intereses comunes. A nadie le vendría bien -digo yo- que nos cayera encima una bomba atómica. Pero poco más. La política de Aznar en relación a la regulación del derecho de asilo en la UE es tan sólo eso: la política de Aznar. No un tabú sagrado.
«¿Qué hace alguien de El Mundo defendiendo a El País?», se preguntan. No entienden nada. Yo no defiendo a El País. Defiendo el derecho de cualquiera, sea quien sea, a expresar libremente lo que piensa, sin que nadie lo descalifique por ello o lo trate como enemigo público. Y si es El País, como si es Julio Anguita, o como si soy yo.
El sectarismo que invade nuestra vida política no se detiene ni ante las normas más elementales de la razón. Si este diario, haciendo uso de su libérrimo derecho a opinar, afirma que el juez debe autorizar a Polanco a viajar a los EEUU -ya lo dije: porque lo valiente no quita lo cortés-, y si el juez opta al final por conceder esa autorización, los sectarios deducen que el magistrado «ha obedecido a El Mundo». Qué disparate.
Hace quince días vi reproducidas en El País unas cuantas opiniones editoriales de El Mundo acerca de la llamada crisis de los fiscales. El autor del florilegio afirmaba que esas opiniones constituían «una intolerable presión» sobre el fiscal general del Estado. ¿Y por qué las opiniones de El Mundo son «una intolerable presión» y, en cambio, las de El País no? Misterio.
El que opina alienta la esperanza de que sus reflexiones, en la medida en que sean razonables, logren no sólo la aprobación de los lectores, sino también, en alguna medida, la consideración de quienes tienen el poder de decidir. ¿Qué hay de malo en eso? Si lo hay, yo no se lo veo.
Me da que alguna gente estaba tan habituada a que sus criterios fueran a misa y a que los juicios de sus rivales quedaran una y otra vez a beneficio de inventario, que llegó a entender que ése era el orden natural de las cosas. Ahora se encuentra con que sus deseos ya no son órdenes para quienes mandan, y que a otros -entre los que no me encuentro, pero ése es otro asunto- hasta se les escucha, y lo toman como «abuso de poder».
Deberían tener menos humos. Todos deberíamos tener menos humos y tratar con algo más de consideración las opiniones ajenas. También las más ajenas. Incluso cuando exista la fundada sospecha de que son opiniones cuya función esencial es defender intereses de limpieza más que dudosa.
Hay que defender al oponente. Así sea porque convivir sólo con la opinión afín es intelectualmente muy poco estimulante.
Y terriblemente aburrido.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de mayo de 2012.
El combatiente del MRTA apuntó. En el punto de mira de su subfusil estaba Rodolfo Muñante, ministro de Agricultura de Alberto Fujimori. Y otros muchos rehenes junto a él. Fuera -lo sabía de sobra-, los soldados de elite de El Chinito. Su suerte estaba echada: iba a morir. Le tocaba decidir únicamente si moría solo o si se hacía acompañar en su último viaje por el ministro del dictador y otros diez o veinte rehenes más.
Sabemos lo que ocurrió, porque lo ha contado el propio ministro: el guerrillero apuntó hacia él su arma, lo miró fijamente a los ojos y, finalmente, se dio la vuelta y abandonó la sala solo, en busca de la muerte. Quizá fue uno de los que gritó, momentos antes de caer acribillado a balazos: «¡Me rindo!». Pero no podía hacerse ni la menor ilusión: estaba allí precisamente porque conocía más que de sobra los métodos de Fujimori.
Me pregunto qué pudo pasar por la cabeza del guerrillero del MRTA en ese momento crucial. Tenía en sus manos convertir la operación de su enemigo en un terrible fiasco. Con la muerte de una veintena de rehenes, Fujimori habría quedado como lo que es: un dictadorzuelo capaz de asentar su poder sobre cuantas vidas se le pongan de por medio. Ningún gobierno extranjero lo habría podido jalear. La prensa del mundo entero -hasta la más ardorosa amante del Orden como valor supremo, hasta la más insensible- habría tenido que dejar para mejor ocasión honras y parabienes. Pero él optó por no disparar.
¿Por qué?
Nunca lo sabremos.
Aunque cabe imaginarlo.
Los miembros del comando del MRTA habían convivido con sus rehenes durante cuatro meses. Es mucho tiempo. Durante todos esos interminables días, es seguro que captores y secuestrados hablaron largo y tendido: de sus familias, de sus ilusiones, de sus aficiones, de sus creencias... Lo que el joven guerrillero tuvo el miércoles ante su arma mortal no era un puñado de desconocidos. Eran los mismos que, un día sí y otro también, le habían dejado ver las fotos de sus hijitos, los mismos que le habían contado sus angustias, los mismos cuyas opciones políticas le seguían pareciendo sin duda detestables, pero que conocía ya por dentro, en sus infinitas contradicciones, en su vergüenza y su desvergüenza.
No disparó porque no tuvo el valor -digamos mejor: el cálculo político, la frialdad- de hacerlo.
Supongo -me pongo en el caso- que me habría ocurrido lo mismo.
Fujimori no hubiera actuado así. Al Chinito no le conmueven las pequeñas historias personales. Él contempla altivo los despojos de sus enemigos, rematados en la escalera con tiros que llaman de gracia. Y enseña a su hijo los cadáveres. Como trofeos de caza. Como diciéndole: «Hijo mío: mañana, todos estos muertos serán tuyos».
Se le ve: no cabe en sí de gozo.
He ahí dos concepciones de la política. Una de ellas no cedió a la rentabilidad. No quiso descender ese peldaño de la escalera.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de abril de 2011.
Viajar, como todo el mundo sabe, es muy instructivo. Se puede aprender incluso de los viajes más fulgurantes.
Ayer hice un viaje relámpago a Barcelona: puente aéreo, charla-coloquio en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma sobre lo mal que está todo, y en especial la prensa, comida rápida con los organizadores y puente aéreo de regreso.
Se diría que de un viaje así poco se puede aprender. Pero no. Aprendí que hay estudiantes catalanes -y profesores- que están hasta las narices de todo en general y de la prensa en particular. Uno citó una lección de periodismo que le dio el actual director de El Periódico de Catalunya: «Si una noticia perjudica a tus amigos, confírmala todo lo que haga falta, aunque eso te obligue a retrasar su publicación. Si, por el contrario, molesta a tus enemigos, no te demores contrastándola demasiado». Qué hermosura florentina. Por eso tuvo él en un cajón toda la información sobre Filesa muerta de asco, hasta que se enteró de que El Mundo iba a publicarla. Deontología pura.
El viaje me sirvió también para comprobar el refinamiento que ha adquirido la política oficial catalana. Leyendo la prensa barcelonesa del día, me enteré de que el incombustible Pere Portabella, ahora presidente de la Comisión Política Nacional de Iniciativa Per Catalunya considera que las relaciones de IC con IU son «insostenibles», pero no «insoportables». Según él, unas relaciones políticas pueden ser «insostenibles», pero sólo se vuelven «inaguantables» cuando se convierten en «insoportables». Uno, que es vasco -lo que le da un tanto natural de rudeza-, creía que lo insostenible se caracteriza mayormente porque no se sostiene y, en consecuencia, se cae. Pero qué va. Portabella sabe que lo cierto es lo contrario. Y pone un ejemplo que cree irrefutable: «Como en las relaciones de pareja, la capacidad de aguantar situaciones insostenibles es infinita». El ejemplo me hizo sentirme doblemente raro: nunca he experimentado el placer que se siente al sostener relaciones de pareja insostenibles. Probablemente es eso lo que me incapacita para comprender que haya quien se empeñe en convivir políticamente con quien le da cien patadas.
Porque ésa es la historia: que a la mayoría de IC -78 votos contra 41, según una votación del pasado sábado- le da cien patadas la posición política mayoritaria en IU. Pero no quiere romper. ¿Por qué? Antonio Gutiérrez Díaz, ex secretario general del PSUC y europarlamentario, lo explica: porque, aunque él esté en desacuerdo con el 80% de la política de Anguita, un partido catalán no puede romper «con el resto de España», porque eso representaría «un provincianismo miope» y le llevaría a caer en manos de «una diferente cultura de izquierdas». La del PSC. Sigo maravillándome de las sutilezas de la política del establishment catalán: lo de los GAL, Filesa, el Cesid y demás compañeros mártires es «una diferente cultura (!) de izquierdas».
Se aprende un montón viajando. Yo, ayer, aprendí a compadecer a la izquierda auténtica de Cataluña.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de abril de 2012.
Ricardo Aldape volvió el pasado miércoles a México. Aldape ha pasado quince años en una cárcel de Texas, a la espera de su ejecución. Al final, la Justicia norteamericana ha admitido que su condena fue totalmente irregular. A la hora de la revisión de su causa, los testigos de cargo se contradijeron. Varios de ellos justificaron su falso testimonio con un argumento supremo: «Después de todo, era un mojado». Leo la historia en El País de ayer -El País es también un gran periódico- y me viene a la memoria el emocionante topic song que Woody Guthrie escribió tras la catástrofe aérea de Los Gatos Canyon, casi hace medio siglo. El avión, atestado de inmigrantes mal llamados ilegales, se vino abajo. Guthrie escribió: «¿Y quiénes son estos amigos, caídos como hojas secas? La radio lo cuenta: "Tan solo inmigrantes"». They are just deportees.
Nota de edición: aquí una versión de Ani DiFranco.
Ha pasado medio siglo, y sigue presente la misma ideología. El mismo racismo, machacando.
Pero aquí no tenemos tiempo para pelearnos por Aldapes.
Nos indignamos por otras cosas. Leo a un teatrero gagá que lleva semanas tratando de persuadirnos de que está a punto de volver la guerra civil, si es que no ha vuelto ya, solo porque los negocios de su jefe van una miajita menos boyantes. Me topo con otro que se declara convencido de que la Sala Tercera del Tribunal Supremo ha dado un golpe de Estado -eso sí, sin querer- porque ha apelado a la Constitución sin pasar por la exégesis normativa correspondiente. Cuánto drama.
Ayer, todas las radios estaban repletas de gente dispuesta a poner a caer de un burro al Gobierno por su Ley de la Televisión Digital (¿por qué no la llamarán de pago, si ése es su principal rasgo distintivo?) o bien -en menor medida: así están las cosas- por gente deseosa de defender la Ley del Gobierno. Pudo ser carencia mía, pero no escuché a nadie que se tomara el trabajo de plantear que el problema no es solo quién hace negocio con la TV de pago -si Polanco solo, si Polanco a medias, si Polanco a cuartos-, sino también cuáles son los contenidos ideológicos -culturales- del negocio.
Hace años, teníamos solo dos canales de TV. Ahora la mayoría de la población cuenta con cuatro o cinco. Millón y pico, con seis. Y algunos, por la cosa de las parabólicas -no los he contado-, con cuarenta o cincuenta. Me declaro incapaz de distinguirlos. Cortázar escribió Todos los fuegos el fuego. Cualquiera podría escribir ahora Todas las televisiones, la televisión. Jamás en la vida la he visto menos. Y ahí está la flor y nata de nuestra sociedad -artistas, intelectuales, catedráticos- pegándose como fieras para que Polanco -o sus oponentes- puedan dar básicamente lo mismo que ya dan, pero cobrando aún más.
Alimento el torvo deseo de que se estrellen. Todos. Con sus plataformas, sus satélites, sus descodificadores y su sacaperras pay-per-view. ¡Ah, esa sí que sería una deliciosa catástrofe aérea!
Javier Ortiz. El Mundo (19 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de marzo de 2013.
Me preocupa, ya de entrada, como horizonte político. En su doble vertiente: cuanto más se desarrolla, más reduce el grado de democracia -más aleja el Poder del control de los ciudadanos- y más recorta las libertades: nuestras vidas se vuelven crecientemente transparentes para el ojo único del Gran Hermano que, Schengen en mano, todo lo ve y todo lo sabe.
Me desazona igualmente como horizonte económico. Es cierto que los dirigentes europeos proclaman sin cesar que el paro les angustia mucho, pero las prioridades que se marcan en la práctica van por vías muy distintas. Cada vez es mayor la distancia que separa a la franja mejor acomodada -no sólo a los francamente ricos: también a eso que se llama clases medias- de los desheredados, condenados a la marginalidad. La precarización del empleo y el recorte de las prestaciones sociales han logrado que ya haya en la UE unos 55 millones de personas catalogadas como pobres. Jóvenes a salto de mata, mujeres sin oportunidad alguna, mayores sin recursos mínimos.
¿Cabría otra cosa? Claro que sí. De economía no entiendo gran cosa -no controlo ni mis cuentas-, pero de política sé más. Y también de las relaciones entre la economía y la política. Cabría -digo en teoría- ir de otro modo hacia la unidad de Europa. Fijar que ningún pueblo de la UE renunciara ni a un ápice de su soberanía salvo en lo que llevara al establecimiento de una soberanía común, basada en urnas comunes. Que se eligiera un Parlamento de la UE que tuviera poderes reales, y que de él saliera un Gobierno europeo responsable ante esa cámara comunitaria.
Pero un modelo así no interesa. Los gobiernos de Los Quince sólo se avienen a poner en común lo que les ayuda a blindar su acción, les permite desresponsabilizarse («Lo sentimos, pero es que Bruselas nos obliga»...) y escaparse de rendir cuentas ante sus ciudadanos.
A juzgar por lo que se ve en las televisiones, se oye en las radios y se lee en los periódicos, se diría que nadie se opone al tinglado de la UE, ni a sus proyectos: que todo el mundo está encantado con ellos, o por lo menos resignado. Pero no es así. De modo soterrado, crece en el territorio de la UE una corriente de progresiva oposición a Maastricht y a la Unión Monetaria. Es genuinamente democrática: reclama el derecho ciudadano a opinar y decidir; a no ser objeto paciente, sino sujeto agente. No es anti europea; sencillamente, pide una Europa más solidaria.
El pasado febrero, en Bruselas, medio millar de representantes de organizaciones sociales y sindicales fundaron el Movimiento Europeo Anti Maastricht. De varios países salieron anteayer diversas marchas contra el paro, la precarización y la exclusión social, que confluirán en Maastricht el 14 de junio.
Hay mucho descontento, aunque no se hable de él. Pero, bueno, ya se sabe: los topos de la Historia también hozan bajo tierra.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de noviembre de 2012.
Felipe González llamó el otro día «canalla» al director de este periódico. Me parece mal.
Entendámonos: no es que tenga nada en contra de que González eche pestes de Ramírez. Eso me resulta de lo más comprensible. Lo que desapruebo es que utilice el término canalla. En sus orígenes, la canalla era la chusma, la plebe, el vulgo. O sea, el pueblo. Fueron los aristócratas quienes dieron a esa palabra su sentido despectivo.
Recuerdo una vieja y hermosa canción de la Revolución Francesa que responde a ese desprecio de la gente bien por el populacho. Sus estrofas iban describiendo las muchas miserias que padecían los sans-culottes, y las remataba una y otra vez con el mismo estribillo: «C'est la canaille! Et bien, j'en suis!». («¡Es la canalla! Pues bien: ¡yo soy parte de ella!». Sólo que en francés suena más rotundo).
La lengua castellana acoge una nutrida colección de insultos de contenido ideológico detestable. Cafres, en principio, eran sólo los infieles, pero el adjetivo terminó por transformarse en sinónimo de inhumano. Ladinos fueron, en los orígenes del término, los moros que sabían latín, pero la palabra acabó sirviendo para referirse a la gente taimada. Horteras eran, en la Villa y Corte, los mancebos de ciertos establecimientos: ya vemos en qué ha dado el uso. ¿Y qué no decir de los pícaros -las inofensivas gentes de la Picardía- o de las judiadas?
La lengua no inventa nada. Es producto de la Historia. Todos esos insultos -y tantos, y tantos otros- son fidelísimo reflejo de muchos siglos de xenofobia, de machismo y de clasismo. De una Historia que ya no tiene vuelta de hoja, desde luego, pero que no está de más mirar con ojos críticos.
Me hago perfectamente cargo de que sería una barbaridad -más xenofobia- pretender ahora que el castellano pasara por un proceso de purificación ideológica. El esfuerzo que algunas gentes se imponen para emplear un lenguaje políticamente correcto se torna casi siempre prosa envarada, tristona y macilenta: el que / la que y todo ese rollo. No me apunto a eso. Pero tampoco me olvido de que existe el quien, que no tiene género (es un ejemplo) y que permite hallar un equilibrio entre lo didáctico y lo tradicional, como quien dice.
En todo caso -y es a lo que iba al inicio: cómo me enrollo-, lo que se entiende mal es que un individuo que se dice socialista, como el tal González -que hasta se quiere candidato a jefe supremo de la Internacional Socialista, a escala planetaria-, puede caer en el error de acusar a sus enemigos de ser canallas, o sea, plebeyos, o sea, del pueblo llano.
Pero qué disparate. ¿Qué sentido tiene reclamar a este hombre que hable como socialista, cuando el habla no es sino una de las muchas variedades de la práctica, y el resto de su práctica tampoco tiene nada que ver con el socialismo?
Que diga lo que le dé la gana, en suma. Por muy burreras que se ponga. Al menos, sus palabras, por erróneas que sean, no entierran a nadie en cal viva.
Javier Ortiz. El Mundo (12 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de abril de 2011.
Los argumentos de autoridad resultan siempre irritantes. «Mira, de eso no me hables; si hay alguien que conozca a fondo ese asunto, soy yo», te suelta el tipo con el que discutes, y se supone que debes inclinarte mansamente ante su sapiencia -aunque no haga nada práctico por demostrarla- y retirar tus pobres reflexiones de profano profanador de arcanos.
Los argumentos de autoridad son siempre fastidiosos, digo, pero hay uno que lo es especialmente: el de quienes convierten en demoledora arma arrojadiza el hecho de que no tienen ni pajolera idea de la materia sobre la que se discute. «Claro, usted sabe mucho y está muy informado», te suelta en plan melifluo el contendiente en apuros, «pero el ciudadano de a pie ve las cosas de otra manera».
Es un recurso polémico hipócrita y deshonesto. Formalmente, el que se sirve de él parece muy modoso; de hecho, se las arregla para dejarte como un individuo que tal vez tenga mucha información teórica, pero que no se entera de lo que piensa la gente normal, de la que, ya de paso, se atribuye la representación.
¿Quién es el ciudadano de a pie? Misteriosa entidad, en un país en el que el número de motorizados crece sin parar. El ciudadano de a pie no existe: hay gente así y asao; unos con posibles y otros sin un duro; unos más enterados y otros con un despiste de aquí te espero; hay ciudadanos y hay aldeanos; hay hombres y hay mujeres; unos son vascos, otros andaluces, otros catalanes... La variedad puede estratificarse -a eso se dedican los sociólogos-, pero no imagino yo cómo podría conseguirse formar con ella esas dos categorías: los ciudadanos de a pie y el resto.
Una de las pocas ventajas que le encuentro a esta profesión que ejerzo es que no suele uno toparse en ella con gente que incurra en la osadía de dárselas de ciudadano de a pie. Casi todos sabemos que, con suerte, somos representativos de nosotros mismos. Y poco más.
Algunos se sienten incómodos en ese estado. Como se pasan el día escribiendo sobre lo que pasa, les asalta constantemente la duda de si abordan temas que interesen a «una mayoría suficiente», que diría Aznar. Tengo dos compañeros que se sirven de sus respectivas madres para resolver ese problema. Han transformado a sus madres en la personificación del ciudadano de a pie. Cuando surge una noticia de aspecto importante, echan al punto mano del teléfono: «Mamá, ¿qué te parece lo que ha soltado Felipe sobre los jueces?». Al rato cuelgan y dicen: «Parece que interesa». O, por el contrario: «La gente está ya harta de esas historias».
Con el tiempo, yo he elaborado mi propio método: sólo escribo de lo que me apetece. Y doy por hecho que, si consigo divertirme escribiendo sobre esa historia, lo mismo consigo que haya quien se divierta luego leyéndola.
Me decidí a no dirigirme a los ciudadanos de a pie cuando observé que, para mis propósitos, eran muy preferibles los ciudadanos que están sentados. Leyendo. O pensando.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de abril de 2012.
No está quedando muy bien parada la memoria de Mitterrand. Acaba de saberse que, desde la altura de su grandeur, se dedicaba a espiar a rivales políticos, jueces puntillosos y periodistas críticos. Mandaba que les pincharan los teléfonos, cotillearan en su vida privada y les buscaran las cosquillas, por si un caso. El repasaba los informes y escribía, muy solemnemente: Vu. A la vez, instruía a sus servicios secretos para que protegieran de la luz pública los asuntos inconfesos de su presidencial persona, no fuera a ser que alguien hiciera con él lo que él hacía con el resto.
Conozco personas -por lo demás sensatas e inteligentes- que se lamentan de que ya no queden políticos como los de antes, estadistas de talla histórica. Citan evocadoramente y en alegre mezcolanza a los extintos Churchill, De Gaulle, Kennedy, Mao Zedong... y Mitterrand. Vaya colección. Las figuras de ese género pueden ser apasionantes para los lectores de biografías, pero distaron de ser un chollo para quienes tuvieron que vivir bajo su férula. Sumados los desmanes de todos ellos, habría material suficiente como para escribir los guiones de toda una serie de terror... y algún que otro capítulo clasificado X.
Lo peor que suelen tener las personas fuera de lo común es que no se sienten obligadas por las normas del común. Se consideran superiores, imbuidas de una misión histórica que no puede pararse ni en barras ni en barrotes. No ven a sus semejantes como tales: ellos sólo se codean con la Historia. Y en ese trato no hay más código que el de su santa voluntad.
Son un peligro. Raro es el líder carismático que pone su inteligencia al servicio estricto de la Ley. Tienen prisa por llegar a su cita con lo imperecedero, y eso les lleva a correr por atajos que no figuran en los mapas de los Derechos Humanos.
Como ya hace años que renuncié a esperar que haya gobernantes buenos -sólo les pido que sean lo menos dañinos que quepa-, prefiero con mucho que el Poder lo ocupe gente gris, siempre que tenga una conciencia relativamente aproximada de su medianía. Un político que se sabe talcualillo se ve forzado a compartir sus decisiones, lo que reduce en mucho su peligrosidad. Por lo demás, los mediocres se asustan ante el mal: desconfían de poder domeñarlo. Es otra ventaja.
Claro que todo eso vale solo a condición de que el politiquillo en cuestión sepa que no es gran cosa y actúe en consecuencia. Porque peor todavía que un inteligente ensoberbecido es un mediocre pagado de sí mismo, al que la vida -que es muy suya- haya puesto en condiciones de creerse providencial y que, convencido de que él también tiene una cita con la Historia, esté dispuesto a tirar por la calle de enmedio para demostrarlo.
Si lo sabrá España, que ha estado abonada a ese lamentable subgénero durante casi todo lo que va de este maldito siglo que se marcha.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de abril de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de abril de 2011.