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1997/06/11 07:00:00 GMT+2

El tren de Europa

Un defensor del Tratado de Maastricht, presuntamente muy enterado, comparó hace tres o cuatro años el proceso de construcción de la Unión Europea con un recorrido en bicicleta: «Si paras de pedalear, te caes», sentenció. Me pareció una comparación bastante boba. Todo el mundo sabe que, si uno va en bici y para de pedalear, le basta con apoyar un pie en el suelo para no caerse. De lo contrario, la bicicleta tendría mucho más escasa aceptación como medio de transporte.

Otro, también supuestamente muy técnico, dijo que era «como un tren imparable». No me resultó tampoco muy brillante el símil. Daba una imagen tétrica del Tratado de la Unión Europea. «A mí, lo que es», me dije entonces, «no me apetecería lo más mínimo viajar en un tren incapaz de detenerse. Qué miedo».

En un principio atribuí este tipo de imágenes, ciertamente extravagantes, a la tendencia que tienen los neoliberales a presentar sus planteamientos no como la elección particular que hacen entre las diversas opciones que presenta la realidad, sino como el fruto de deducciones rigurosamente técnicas y, por ende, irrefutables. En efecto, los neoliberales poseen el irritante defecto de considerar que ellos carecen de ideología; que ideología es lo de los demás. Lo suyo, en cambio, pura Ciencia.

Eso, ya digo, es lo que pensé inicialmente. Pero la realidad me está demostrando que el símil entre la construcción europea y el tren imparable no es, desdichadamente, tan peregrino.

Lo estamos comprobando ahora mismo. Ha bastado con que el nuevo Gobierno francés proponga reflexionar sobre la posibilidad de introducir ligeros matices en los planes de la Unión Monetaria, de cara a darle un mayor contenido social, para que se organice la gran escandalera. Los mandamases de la RFA lo han dicho claramente: no hay nada que reflexionar; la moneda única tiene que llegar como y cuando quedó escrito en las nuevas Tablas de la Ley de Maastricht, y la política de cada Estado ha de subordinarse a ese acuerdo. No se cortan un pelo: según ellos, o el tren de Europa circula conforme a los planes trazados, o descarrila.

Pues qué mal. Si es así, habrá que concluir que quienes elaboraron esos planes son unos perfectos inconscientes.

Fabricaron un corsé que impide que los pueblos de Europa sean libres de fijar su propia jerarquía de valores económicos. Y eso atenta directamente contra el fundamento mismo de la democracia.

No discutiré si lo que ha votado el pueblo francés es bueno o malo: llamo la atención, simplemente, sobre el hecho de que los acuerdos de la UE le niegan la posibilidad de ponerlo en práctica, si no quiere mandar todo el invento al guano.

Han liquidado las soberanías nacionales sin abrir paso a una soberanía continental y nos han embarcado a todos en un tren que carece de frenos.

Y todavía quieren que aplaudamos.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de junio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de junio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiqiuno.1997/06/11 07:00:00 GMT+2
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1997/06/07 07:00:00 GMT+2

La derecha bienhumorada

Hace muchos muchos años, allá por el 77, dirigía este servidor de ustedes una revista -marginal, por supuesto- que pretendía promocionar, con más voluntarismo que éxito, el pensamiento radical de izquierda. Se llamaba Saida. Bello nombre. Saida era el patronímico de una resistente marroquí de la época, torturada por la policía de Hasán, y quiere decir también salida, en la lengua de Curros Enríquez y Rosalía.

Pero vayamos a lo que quería contarles.

Vino a verme un buen día a la revista un joven -todos lo éramos entonces- que quería publicar un artículo de opinión. La idea central de su trabajo era simple: sostenía que la derecha española ha carecido siempre de sentido del humor.

«Ya me dirás si mi tesis te parece correcta», me conminó al irse.

Leí el artículo. Al día siguiente, se lo devolví acompañado de un breve comentario, a modo de epigrama: «Esta tesis / ni es correcta / ni es errada: / que no es tesis; / que es chorrada».

Me acordé de este episodio el pasado miércoles, durante la presentación del libro de Alfonso Ussía Coñones del Reino de España. En materia de política -de concepción del mundo, en realidad-, me da que entre Ussía y yo debe haber el mismo parecido que entre una almeja y un pavo real (comparación en la que, tanto por su monarquismo como por mi misantropía, es obvio que a mí me corresponde el papel de almeja: tampoco me quejo). Pero sería un perfecto imbécil si no me diera cuenta de que Ussía es un maestro del humor. Como lo es Tip. Como lo fue el abuelo del propio Ussía, Muñoz Seca. Como lo fue Jardiel. Como lo fue -cuando quería- Fernández Florez. Todos muy de derechas. Todos geniales.

Hay una derecha estirada, adusta, impostada, vacua. Tiene adeptos a miles. Son insufribles. Pero hay también una derecha capaz de reírse de su propia sombra, especialista en ridiculizar lo que la rodea (o sea, a la propia derecha). Una derecha burlona, frívola a veces, siempre culta.

La derecha tiene mejores condiciones para el buen humor. Con el estómago lleno y el porvenir arreglado, cualquiera tiene más ganas de reírse. La gente de izquierdas, a fuerza de pensar en alquileres, recibos e hipotecas, carece a veces de tiempo para pararse a captar la chispa de la vida.

Con todo, en algo sí es superior el humor de izquierdas al de derechas. La gente de derechas -el propio Ussía- tiene sus tabúes: que si la unidad de España, que si el obispo Setién. Los de izquierdas estamos más capacitados para reírnos absolutamente de todo. Incluidos nuestros sueños de igualdad. Estamos tan acostumbrados a perder, que no nos cuesta nada ridiculizar nuestras propias ruinas y fracasos.

Es el humor de aquel amigo mío que, en tiempos del franquismo, contaba así una manifestación: «...Y entonces vino la Policía, y nos acorraló, y nos forró a leches. Bueno, que se jodan».

Javier Ortiz. El Mundo (7 de junio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de junio de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1997/06/07 07:00:00 GMT+2
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1997/06/04 07:00:00 GMT+2

Principios

Temo que González regrese a La Moncloa; no lo oculto. Amargado como se halla, furioso, estoy seguro de que la emprendería a muerte -espero que esta vez en sentido figurado- contra los que considera que fuimos causantes de su caída en desgracia (porque sigue sin darse cuenta de que el principal causante de sus males fue -es- él mismo).

Pero mi miedo al regreso triunfal de González, con ser grande, no obnubila mi entendimiento ni altera mi visión del mundo.

Uno tiene sus principios. Y los principios, para que sean tales, deben estar allí donde su nombre los sitúa: por delante de todo lo demás. Por delante también de los temores. Por delante también de los intereses personales. Los principios deben primar siempre. En todo caso. Ocurra lo que ocurra.

Tener principios acarrea ciertos inconvenientes. Te puede exigir, por ejemplo, poner a caldo al Gobierno de Aznar cuando éste comete errores o abusos, lo cual sirve -indirectamente, pero sirve- a la causa de González. Y a la de su retorno.

A mí me gustaría que Aznar y los suyos hicieran bien las cosas. No sólo porque eso contribuiría al bien común, sino también porque ayudaría a que no volviera el tal González, cosa que -no sé si lo habré dejado del todo claro- me apetece más bien poco. Pero el caso es que a veces la gente de Aznar la pifia a base de bien, y ocultarlo -o maquillarlo, o buscarle esta o la otra excusa- supondría una traición a los principios que más respeto, entre los que ocupa un lugar preeminente el deber de denunciar los yerros y desmanes de quienes tienen el poder en sus manos. Sea quien sea.

Y el que es ahora es José María Aznar, que es ese caballero que empezó por nombrar ministro de Defensa a Eduardo Serra, que siguió negándose a que se formara una comisión parlamentaria sobre los GAL, que optó luego por no desclasificar los papeles del Cesid, que promovió algo más tarde un anteproyecto de ley sobre secretos oficiales que era una auténtica joya del despropósito, que tras haber proclamado enfáticamente que RTVE no debía ser partidista logró que se dividiera entre partidarios del PP y partidarios del PSOE, que ha tenido el honor de nombrar a Mónica Ridruejo, a Ortiz Urculo y a Jesús Cardenal...

Si a lo que está mal, incluso desde su punto de vista, añado lo que a mí, por razones tanto ideológicas como políticas, me cae como un tiro, aunque a él le encante -su reverencia hacia las macrocifras, su gusto por Maastricht y el euro duro, su tendencia a privatizar según el modelo de Joto, que se hizo famoso por vender la moto para comprar gasolina... y tantas otras cosas-, lo que me queda es un Gobierno sólo circunstancialmente defendible.

Quizá mis críticas beneficien a González. A fe que me disgustaría. Pero me parece más importante que nadie me pueda reprochar que en 1982 tenía unos criterios, otros en 1992 y otros en 1997. Por el aquel de los principios, de los que les hablaba al comienzo. Por el aquel de la coherencia.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de junio de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de junio de 2012.

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1997/05/31 07:00:00 GMT+2

El PDNI

Vengo desde hace tiempo siguiendo el rastro de las opciones políticas que toma el PDNI, partido que encabezan Diego López Garrido y Cristina Almeida. La verdad es que me resulta francamente fácil: basta con leer El País y escuchar la Cadena Ser para tener puntual nota de todos sus movimientos, y hasta de sus menores pensamientos. Pues bien: después de muchos meses de observación detallada, más propia de entomólogo que de periodista, sigo sin explicarme qué impide a los dos mencionados dirigentes del PDNI meterse en el PSOE, y por qué se empeñan en seguir en Izquierda Unida, con cuya mayoría no tienen realmente nada que ver.

Me refiero a razones de índole ideológica.

López Garrido y Almeida defienden incansablemente lo que ellos llaman «la unidad de la izquierda». En términos menos pomposos: son partidarios de que IU se alíe con el PSOE. Lo dicen y lo repiten, y la mayoría de IU les responde sistemáticamente algo elemental: que primero hay que fijar el sentido de esa alianza. En efecto, no es lo mismo unirse para defender el Tratado de Maastricht que para criticarlo, por poner un solo ejemplo (podría aportar otros bastante más sangrantes, dicho sea incluso en el sentido literal de la expresión). A lo que los líderes del PDNI no responden: se limitan a repetir que es imprescindible «la unidad de la izquierda», dando por hecho algo que no lo está: que la dirección del PSOE sea verdaderamente de izquierdas, y su política y su moral, merecedoras de tal nombre.

En la práctica totalidad de los asuntos que alejan a IU del PSOE -el ya mencionado de Maastricht, la reforma laboral, la exigencia de responsabilidades por los crímenes de Estado y la corrupción política, la resistencia contra el pensamiento único en los medios informativos, etc.-, el PDNI está del lado del PSOE. ¿Por qué no se pasan a ese partido, si es más lo que les une a él que lo que les separa?

Hay diversas hipótesis. Una, con visos de coherencia, apunta al hecho de que, de pasarse al PSOE, los actuales dirigentes del PDNI no tendrían apenas relevancia pública. Quedarían perdidos en el montón. En cambio, mientras estén dando la vara en IU, continuarán siendo festejados y coreados por quienes desean que Anguita y todos los suyos se hundan cuanto antes y lo más a fondo posible.

A mí, el comportamiento de los órganos rectores de IU me parece de lo más raro. Es como si la Junta Directiva del Club de Partidarios de la Abolición de la Tauromaquia dedicara la mitad de su tiempo, si no más, a discutir con un puñado de afiliados que han resultado ser... aficionados a las corridas de toros. No es cuestión de tolerancia, sino de puro sentido común: deberían mostrarles -muy amablemente, eso sí- el camino de la puerta.

¿Por qué transige la mayoría de IU con el PDNI, que cuando no pega puyazos barrenando canta odas al paseíllo? No lo sé. ¿Pensará Julio Anguita que el santo Job es una buena alternativa a Carlos Marx?

Javier Ortiz. El Mundo (31 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de abril de 2013.

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1997/05/28 07:00:00 GMT+2

¿Boicoteo a Francia?

Me intriga esa consigna que han lanzado ciertas organizaciones agrarias, y que algunos periodistas corean: «¡Hay que boicotear los productos franceses!».

Tal como lo presentan, parece fácil: «Basta con que te fijes en el código de barras que llevan las mercancías. Las francesas tienen un 3 por delante. No las compres. ¡Que se chinchen!», dicen.

Muy sencillo, sí. Veamos: se me ha estropeado una pieza de mi coche Renault, voy al taller de reparaciones, compruebo que el código de barras del recambio que necesito tiene un 3 por delante, no lo compro, me quedo sin coche y renuncio a ir a mi casa, a la que no llega ningún transporte público. ¡Qué fastidio para los franceses!

Hecho lo cual, me daré cuenta de que, además, no todo lo francés lleva código de barras. Las grandes superficies son también francesas, con la excepción de Eroski, que apenas tiene establecimientos fuera de Euskadi. Si se trata de boicotear lo francés a conciencia, se supone que deberemos renunciar también a comprar en esos gigantes del comercio. Y nuestros productores, agrícolas o no, negarse a venderles nada. Porque, si no, vaya boicoteo.

Por puro espíritu de lealtad y consecuencia, habremos también de darnos masivamente de baja en Canal Plus, que tiene una fuerte participación de capital francés. Con lo cual, de paso, quedará resuelto el lío de las plataformas digitales: mira por dónde. Y El Mundo será feliz, porque toda la pasta guiri que circula por esta casa es italiana y británica. Jo, qué suerte.

Esta idea de boicotear todo lo francés no es nueva. Ya la tuvo HB. El dirigente abertzale que comunicó a la prensa la consigna del boicoteo llevaba una chemise Lacoste. Fue muy comentado. Los efectos más contundentes que tuvo la campaña fueron la quema de varios coches de turistas -entre ellos un Citröen 2CV, típico coche de oligarca- y la obligación en que se vio Iñaki Esnaola de cambiar de vehículo, sustituyendo el que tenía, inequívocamente gabacho, por otro de marca alemana. Menos mal que nadie le recordó el bombardeo de Gernika.

Por decirlo claramente: estoy en contra de boicotear los productos franceses. Primero, porque es un objetivo imposible de llevar a la práctica con un mínimo de rigor, sin que los resultados muevan al cachondeo. Y segundo, y principal, porque me parece mal, como idea. Es erróneo plantearse penalizar a todo un país porque un puñado de sus ciudadanos sean unos burros. Una sociedad civilizada -aspiro a que ésta acabe siéndolo algún día- no puede preconizar la existencia de culpas colectivas, ni alentar conflictos entre pueblos.

Alimentan no pocos españoles un hondo sentimiento antifrancés, heredado -supongo- de cuando Napoleón, que no sabía con quién se las había, quiso imponer manu militari la libertad en España. La verdad es que por aquí, casi dos siglos después, los afrancesados seguimos rodeados de fernandinos.

Javier Ortiz. El Mundo (28 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de mayo de 2011.

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1997/05/24 07:00:00 GMT+2

Para qué escribir

Se preguntaba en este mismo rincón hace unos días Albiac qué sentido puede tener escribir desde la lucidez -es decir: clamar, denunciar, invocar la razón- si, al final, «siempre ganan los mismos».

Albiac sabe bien que su duda es antigua. «Ante un niño que muere de hambre, ¿para qué sirve la literatura?», se preguntó Jean-Paul Sartre hace ya casi medio siglo.

Es la misma angustia que reflejó Blas de Otero con versos de hierro, casi místicos, por aquellos mismos años: «Porque vivir se ha puesto al rojo vivo / Siempre la sangre, oh Dios, fue colorada / (Digo vivir, vivir, como si nada / Hubiese de quedar de lo que escribo). / Porque escribir es viento fugitivo / y publicar, columna arrinconada...».

¿Vale la pena escribir? Esa es una de las pocas dudas que jamás me han asaltado. Escribir -al menos para mí- no es una libre elección. Es una necesidad. Como comer, como dormir, como amar.

Los que tenemos el veneno de la palabra impresa metido en las venas no podemos resistirnos al impulso de comunicar a los demás lo que vemos y cómo lo vemos, lo que sentimos y cómo lo sentimos. Otros hay que lo pintan. O lo ponen en un pentagrama. Nosotros lo escribimos.

¿Para qué escribir, si nada cambia? Es verdad: los tenedores del Poder -de los diversos poderes- sólo escuchan a quienes expenden recetas para triunfar y fórmulas para obtener sumisión. No quieren nada con vindicadores y agoreros, que incitan a la repulsa y la rebeldía. Por lo demás, ¿qué utilidad podría tener la rebeldía en un país en el que la discusión más importante versa sobre si habrá de ser una sola empresa la propietaria de los derechos del fútbol televisado o si podrán serlo varias, y en el que el título de más postín que pueden exhibir los sindicatos es el firmar acuerdos con las patronales?

No está en manos del crítico de fondo cambiar nada importante. Pero eso tampoco quiere decir que su labor sea inútil. Porque siempre -a veces, por lo menos- lo que escribe puede acertar a reflejar lo que algún espíritu disconforme quería decir y no sabía hacerlo, o no tenía dónde. Y entonces ese alguien asume nuestra palabra como propia. Y la agradece. Y se siente menos solo. Y hasta cabe que se anime a actuar. Eso es cambiar la realidad, en cierto modo.

Criticar, denunciar, señalar el absurdo social imperante tiene también otro sentido, que es esencial para el que lo hace. Albiac citaba a Marx. Me recordó el latinajo con el que Karl Marx clausuró en 1875 uno de sus escritos políticos: «Dixi, et salvavi anima mea». «He dicho, y he salvado mi alma». Hay veces que no se denuncia lo existente porque se tenga la esperanza de cambiarlo, sino tan sólo para dejar a salvo la propia responsabilidad. Para que nadie te tome por cómplice.

Porque una cosa es no ser capaz de acabar con la Gran Mentira, y otra, que se crean que te la tragas.

Javier Ortiz. El Mundo (24 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de mayo de 2012.

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1997/05/21 07:00:00 GMT+2

La prensa extranjera

Existe en España una extraña veneración por lo que la prensa extranjera dice o deja de decir sobre nosotros. La prensa extranjera: no sólo las cabeceras de más prestigio -que si The New York Times, que si Le Monde, que si el Times-, sino toda ella. De hecho, ha bastado con que aparecieran en alguna ocasión unas cuantas paridas sobre Benidorm y la Costa Blanca en un par de diarios sensacionalistas británicos para que se organizara aquí una escandalera de mucho cuidado.

Se habla a menudo de ciertos periódicos extranjeros como si sus informaciones y comentarios fueran verdad revelada. Y quiá.

Cuando viví en Francia leía Le Monde a diario. Lo leía casi toda la gente con la que me relacionaba: franceses, españoles, europeos de otros Estados, latinoamericanos... Muchos franceses me decían: «La información que da Le Monde sobre Francia deja bastante que desear, pero la internacional es muy interesante». Hablabas luego con un latinoamericano, y tres cuartos de lo mismo, pero desde su lado: «La información sobre América Latina no es muy buena, pero el resto es de gran nivel». Y si el que te pillaba por banda era polaco, pues igual: «Lo que cuenta del Este no es nada riguroso, pero...». De sumar todos esos juicios negativos, deberíamos haber considerado que Le Monde era, en realidad, un mal diario. Pero, cada uno por nuestra cuenta, todos pensábamos lo contrario. Y creo que, además, teníamos razón.

Supongo que un gran diario se caracteriza sencillamente por ser menos malo que los otros diarios. Ninguno está libre de periodistas que no se informan lo bastante -¡lo bastante puede obligar a tanto esfuerzo y llevar tanto tiempo!- o que no han ido a parar a la fuente más adecuada, o que se han dejado influir por prejuicios, o...

No está justificado el fervor con el que aquí se mira cuanto escriben por esos mundos de Dios sobre nuestra realidad social y política. Tiene importancia, sin duda, en la medida en que puede influir en los centros de poder internacionales. Pero lo que carece de sentido es que repasemos los diarios foráneos para enterarnos de lo que ocurre delante de nuestras narices.

La prensa extranjera sabe sobre España mucho menos que la local. De hecho, sus opiniones se basan, sobre todo, en lo que escriben sus corresponsales, que a su vez se informan, en no poca medida, a partir de lo que leen y oyen a sus colegas españoles. Con lo cual, repasar lo que dice la prensa extranjera sobre España viene a ser un viaje informativo de ida y vuelta.

Me pregunto el porqué de la reverencia que muchos de nuestros compatriotas sienten por la prensa extranjera. Supongo que es otra de las muchas consecuencias del feroz sentido del ridículo que caracteriza a tantos españoles: sobrellevan las miserias patrias mientras se citen en privado, pero les horroriza que las vean los de fuera.

Son capaces de reírse de sus males, pero no soportan que los extraños se sumen a la risa.

Javier Ortiz. El Mundo (21 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de abril de 2012.

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1997/05/17 07:00:00 GMT+2

Son un desastre

Se pasan el día diciéndolo: «En Euskadi solo hay dos bandos: los que matan y los que no».

Sospecho que lo repiten mucho para tratar de disimular que no lo tienen nada claro. De hecho, actúan como si pensaran todo lo contrario: apenas han acabado de hacer esa afirmación y ya están arremetiendo de nuevo contra «los que no matan pero son cómplices de los que matan», que siempre son exhibidos en procesión ritual camino de la picota: el consabido padre Arzalluz, el obispo Setién, el PNV, EA, Elkarri et alii. En la práctica, ven dos bandos, pero no los que enuncian seráficamente: ponen en el bando de enfrente a bastantes que no matan (y en el propio a algunos que sí, pero ése es otro asunto).

El error es inicial. La división entre los que matan y los que no puede hacerse -y debe hacerse-, pero es solo una de las muchas que cabe establecer en Euskadi. También es posible distinguir -y se distingue, aunque se diga en voz más baja- entre nacionalistas y españolistas. Y entre aquellos que desearían que el terrorismo de ETA acabara por eficaz aplicación del conocido principio del general Custer y quienes piensan que, más allá de que sea necesaria y posible -o no-, una solución negociada sería preferible.

Estas dos últimas distinciones son tan reales y operativas como la primera. En algunos casos, incluso más. Hay gente que siente tal aversión por el nacionalismo vasco que no puede evitar que los nacionalistas violentos y los no violentos se le aparezcan mentalmente como una sola amalgama inextricable. Y, aunque se proponga de cuando en vez distinguir entre violentos y no violentos, enseguida se le olvida. Y al revés: hay nacionalistas vascos tan enquistadamente hostiles a lo español que, aunque tengan claro que la no violencia es un valor prioritario, no logran evitar que en ocasiones se les fundan los plomos. Y cuando los plomos se funden, no se ve claro.

Afrontada con serenidad esa realidad -porque se trata de una realidad-, lo siguiente que se impone es decidir qué hacer con ella, o a partir de ella, si es que se puede hacer algo.

Lo que se ha dado en llamar el conflicto vasco no es un conflicto, sino dos. Las reivindicaciones nacionalistas son muy anteriores a la violencia armada y reclaman un tratamiento propio. Es un hecho que la mayoría del pueblo vasco considera que su autogobierno actual es todavía insuficiente. Claro que también es un hecho que fuera de Euskadi son amplia mayoría los que están convencidos de que las aspiraciones nacionalistas vascas resultan excesivas.

¿Cómo podría solucionarse eso? No lo sé. Sería necesario que alguien cediera, y bastante. Pero no me parece a mí que ninguna de las dos partes tenga muchas ganas de ceder. Más bien todo lo contrario.

Así que el conflicto armado no parece que esté en vías de solución, pero el no armado tampoco.

Qué delicia.

Javier Ortiz. El Mundo (17 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de abril de 2013.

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1997/05/14 07:00:00 GMT+2

La guerra de González

González se ha lanzado a un ataque en tromba, disparando en todas las direcciones.

Hay quien sostiene que se ha vuelto loco. Me parece una afirmación arriesgada. Primero, porque pretender que se ha vuelto loco implica considerar que antes no lo estaba. Y segundo, porque no cabe imaginar que la dirección del PSOE en pleno y sus muchos amigos, que le jalean con el mayor entusiasmo, se hayan vuelto todos también locos.

Es cierto que la ofensiva de González, tirando al buen tuntún en todos los frentes, resulta a primera vista un disparate. Dice un refrán portugués -seguro que hay otro castellano equivalente, pero lo desconozco- que Quem tem telhados de vidro não deve andar à pedrada. Es arriesgadísimo liarse a cantazos con los vecinos cuando uno tiene el tejado de cristal. Y el de González, además de ser de cristal, se soporta en vigas de más que dudosa reciedumbre.

En sus tiempos de presidente también tiraba piedras. Pero escondía la mano: se las arreglaba para que fuera Guerra el que apareciera en público como lapidador. Ahora, en cambio, se ha plantado en medio de la plaza con un montón de pedruscos, y los tira a voleo a cara descubierta, y desencajado.

Corre con ello otro riesgo, que no debería desdeñar: el de perder la pelea. Da la sensación de haberse metido a ella convencido de que su talla política es tan superior a la de Aznar que en el cuerpo a cuerpo el actual presidente no le va a durar ni tres asaltos. Pero las cosas son más complicadas. Porque podría ser que González calculara mal sus fuerzas -tiene un impresionante respaldo en prensa, radio y televisión, pero ya no cuenta con el BOE-, y no es imposible que hubiera medido mal las de Aznar: un aparatchik terco puede ser más venenoso que varios carismáticos juntos. Eso sin contar con que la pugna no tiene por qué desarrollarse obligatoriamente cuerpo a cuerpo. Es más: en la medida en que dependa de Aznar, estoy seguro de que no será cuerpo a cuerpo.

Parece también problemático que se haya decidido a atacar a tantos a la vez: al Gobierno, a los jueces que indagan en su pasado, a la prensa que no le acepta, a quienes sustentan la línea mayoritaria de IU, a los financieros que no participan de su tinglado... Un principio elemental de la guerra es que hay que afrontar a los enemigos uno a uno. ¿No lo sabrá?

Claro que sí. Ni se ha vuelto loco -no mucho más, en todo caso, de lo que ya estaba- ni desconoce los riesgos de su táctica.

Simplemente, se ha dado cuenta de que el inmediato futuro presenta muchos y graves peligros. Para él y para algunos de quienes lo apoyan con mayor eficacia. Y él -y sus aliados, en comandita- han considerado que no les queda otro remedio que lanzar una gran ofensiva, a la desesperada, antes de que sea tarde.

Nunca he menospreciado el peligro que tienen las fieras heridas. No digamos cuando son tantas.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de abril de 2013.

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1997/05/10 07:00:00 GMT+2

Un Gobierno pusilánime

No discuto que la fiscal de la Audiencia Nacional María Dolores Márquez de Prado mereciera ser trasladada. Lo discutiría, si su comportamiento profesional estuviera realmente en cuestión. Pero me consta que la decisión de trasladarla no tiene nada que ver con su labor. La suya es una sanción consorte: la han dañado para compensar. Por lo menos hace dos días, la ministra tenía claro que Márquez de Prado no había hecho nada que mereciera sanción. Pero el Gobierno la ha castigado finalmente para darse un aire salomónico.

Conviene recordar el juicio de Salomón. No hay que olvidar que Salomón prevaricó. Prevaricar es dictar una sentencia a sabiendas de que es injusta. Salomón sabía que era injusto partir al niño en dos mitades. Que supusiera que al final el asunto acabaría resolviéndose no mejora la cobardía de su resolución. El Gobierno de Aznar sabe que ha obrado mal al hacer como que nivela las cosas, destituyendo al fiscal general, Ortiz Urculo, y acordando el traslado de la fiscal Márquez. Urculo es un perfecto incompetente, pero la culpa de su nombramiento no la tiene Márquez. La tiene Aznar. Y no la asume. La paga en cabeza ajena.

Hay gente inteligente que apoya al Gobierno de Aznar no tanto porque le vea mérito específico alguno -sería difícil: no lo tiene- sino en la medida en que hace funciones de muro de contención: no ve a Aznar como Aznar; sino como el no González. El episodio de la crisis de la Fiscalía revela que no sirve ni siquiera a esos efectos, meramente negativos. Es un gobernante pusilánime, obsesionado por no dar una imagen de debilidad, que se empeña en demostrar su fortaleza tratando de situarse por encima del bien y del mal, sin darse cuenta de que se puede estar por encima del mal, pero no del bien. Porque por encima del bien no hay nada: todo está por debajo.

Para acabar de rematar su propio dislate, quiere sustituir al carca Ortiz Urculo por un individuo que es todavía más carca y atrabiliario: ese Cardenal -que lo es de apellido, pero lo parece de profesión- se ha declarado enemigo de las parejas de hecho, de la homosexualidad y del derecho al aborto. Vaya joya. Vaya cambio.

Y se extrañan de que Felipe González se invente historias, y de que Alfonso Guerra -que se denuncia solo: califica a los GAL de «contraterrorismo»- confirme las historias que se inventa su jefe, y de que Ciprià Ciscar las jalee.

Van a trasladar a la fiscal Márquez porque, según dicen, tiene mal carácter. Si realmente lo hicieran por eso, sería una estupidez. Pero la realidad es peor: van a hacerlo para no enfadar al enemigo. O sea, por cobardía.

Los acuerdos como el de Múnich siempre han animado a los matones.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de mayo de 1997). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de mayo de 2011.

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