1998/11/11 07:00:00 GMT+1
Prendas de las ideas, hábitos del pensamiento, las palabras, como las ropas, también se gastan con el uso. A veces se convierten en andrajos irreconocibles. ¿Qué queda de su latín primitivo en el muy castizo équili cuá? ¿Quién piensa en sacrificios de bueyes cuando habla de hecatombes? ¿A cuántos lo bárbaro les sigue sonando a extranjero?
El lento desgaste de las palabras produce en ocasiones efectos paradójicos. Conservador, en el lenguaje de la política actual, no es ya el que se prefiere mantener el orden social existente, sino el que intenta empujarlo hacia la derecha (aún más hacia la derecha, quiero decir).
No es fortuito ese deslizamiento del significado. Permite que coexistan el añejo desprestigio del término -conservador continúa funcionando como antónimo de progresista- y la evidencia de que formamos parte de una sociedad profundamente conservadora.
La sociedad española actual es, en efecto, conservadora hasta la médula. Aborrece los cambios. Sólo se apunta a alguno -v. gr.: la victoria electoral de Aznar- cuando comprende que lo necesita para asegurarse de que todo siga igual. Votó mayoritariamente a González durante años porque ésa era la mejor opción conservadora. Dejó de hacerlo cuando empezó a sospechar que podía ser peligrosa. La profunda antipatía que suscitan en la mayoría de los españoles los separatismos periféricos no se debe únicamente a la raigambre de los sentimientos españolistas: es también una reacción típicamente conservadora. Teme que puedan acabar por alterar su orden.
Incluso buena parte de los excluidos sociales -jóvenes sin ningún horizonte laboral, parados de larga duración, inmigrantes en situación ilegal- son -en menor medida, claro está, pero también- conservadores. Confían en que sea la continuidad del orden la que traiga la solución de su problema (del suyo individual, porque muy pocos se conciben como parte de un grupo, de una clase).
Y cuando no confían en que el orden social vaya a hacerles un hueco, tampoco ponen su fe en ningún cambio: desesperan.
Suele decirse que ésta es una sociedad de centro, y se toma eso como prueba de su ponderación y mesura. En realidad, la mayoría se ha ido amontonando en el centro no porque haya superado dogmas y prejuicios, sino porque el centro es el punto más lejano de cualquier frontera, de cualquier riesgo.
Hubo un tiempo en que amplios sectores sociales coincidían con el viejo lema de Tácito: «Es poco atractivo lo seguro; en el riesgo hay esperanza». Ahora ya sólo las compañías de seguros aceptan riesgos.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de noviembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de noviembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/11/11 07:00:00 GMT+1
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1998/11/07 07:00:00 GMT+1
Ácida disputa en la prensa británica: ¿es lícito aludir abiertamente a la homosexualidad de algunos ministros?
Como se sabe, la pasada semana dimitió Ron Davies, ministro para Asuntos de Gales, tras conocerse que había tenido una infeliz aventura en un parque que los gays de Londres utilizan como punto de encuentro. Al hilo de la noticia, un diputado tory, Matthew Parris, soltó por la brava en la BBC que al menos otros dos miembros del Gabinete de Blair -citó por sus nombres al influyente ministro de Industria y Comercio, Peter Mandelson, y al titular de Cultura, Chris Smith- son también homosexuales. Los aludidos protestaron airadamente, la dirección de la BBC impartió instrucciones para que se eviten ese tipo de referencias a la vida sexual de los personajes públicos y estalló la polémica.
Los partidarios de denunciar abiertamente la homosexualidad de estos ministros alegan que el dato es de gran interés colectivo. «En un mundo en el que se exige a los masones que salgan a la luz, para que la opinión pública vea que nadie hace favores impropios, es de rigor que el mismo criterio se aplique a los homosexuales», ha escrito Lord Tebbit, expresidente del Partido Conservador, paladín de la cruzada contra el clan rosa.
¿Es Lord Tebbit tan borrico que no ve la abismal diferencia que hay entre una opción sexual personal y la afiliación a una organización de socorros mutuos? Según esa lógica, también debería reclamar a los heterosexuales que avisaran de su condición. ¿O es que acaso cree que no existe el peligro de que un heterosexual dispense favores en función de expectativas eróticas?
Me irrita la idea que alguna gente tiene de la homosexualidad (y, por extensión, de la sexualidad). «Ten cuidado con Fulano, que le gustan los hombres», te sueltan. ¿Ah, sí? ¿No será más bien que le gustan algunos hombres? A mí, lo que es, no me gustan las mujeres. Todas, no: algunas me horrorizan, y otras muchas, ni fu ni fa. En todo caso, jamás he oído a nadie prevenir a una mujer diciéndole: «Andate con ojo con ése, que es heterosexual». Ni que denunciara el peligrosísimo predominio de los heterosexuales en este o aquel Gobierno.
La moral victoriana, hipócrita hasta el tuétano, continúa muy arraigada en la sociedad británica. Lo que en realidad desagrada a los portaestandartes de esta cruzada cutre no es que haya ministros homosexuales, sino que cada vez se tomen menos trabajo en actuar como si no lo fueran.
A este paso, cualquier día les sale un Calvo Sotelo con bombín remozando la consigna: «¡Más vale una Gran Bretaña roja... que una Gran Bretaña rosa!».
Javier Ortiz. El Mundo (7 de noviembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de noviembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/11/07 07:00:00 GMT+1
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1998/11/04 07:00:00 GMT+1
Leo un artículo (Dies iræ) firmado por Eduardo Haro Tecglen que salió publicado el 20 de noviembre de 1944 en primera página del diario Informaciones.
Es pura retórica falangista: loas ditirámbicas y ampulosas a José Antonio Primo de Rivera -se cumplían entonces ocho años de su fusilamiento- y empalagoso pelotilleo a la «figura egregia del Caudillo Franco» (sic).
Corren las copias del patético articulillo por los mentideros de la capital en medio del indisimulado regocijo de los hostiles al autor, que son muchos. ¡Toma «niño republicano»! ¡Mira al azote de franquistas reconvertidos!
Haro Tecglen tenía 20 años en el momento en que redactó aquellas cuartillas. Si sacáramos a relucir las cosas que cada cual escribió a los 16, 18 o 20 años, el resultado podría ser espectacular. A mí no me dio por el franquismo -todo lo contrario: a los 14 años decidí que era comunista, pobrecito mío-, pero a cambio me entregué en cuerpo y alma a algo que yo creía que era poesía: si alguien encontrara aquellos poemas míos de adolescencia y los publicara ahora, me moriría de vergüenza. No digo yo que sea lo mismo decir cursiladas sobre los ojos verdes de la bella Aurora que cantar «la vida y el afán de todos estos magníficos camaradas de la Vieja Guardia», como escribió el joven Haro, pero tampoco hay que tomarse muy a pecho lo que sin duda fue fruto de la inmadurez, tal vez potenciada por un precoz afán de notoriedad: a otros nos iba más la rebeldía.
Conviene ser comprensivo con los errores que cometemos los humanos durante nuestros años de aprendizaje. Fueron bastantes los que, allá por los 40 y los 50, marcados por el ambiente -por su ambiente, quiero decir-, dieron fogoso apoyo juvenil a la causa falangista. Luego se apercibieron del espanto en el que se habían metido y emprendieron la fuga. Me sé de unos cuantos a los que les tocó vivir esa experiencia en su mocedad. Algunos incluso son ahora amigos míos.
Pero hay tres mínimos a los que deberían atenerse todos aquellos que en su juventud padecieron fuertes ataques de fervor fascista. El primero, no presentar su propia forja personal como ejemplo de nada. El segundo, reconocer con franqueza que su existencia pasó por esa fase sombría. Y el tercero, abstenerse de ser implacables con el pasado de los demás.
Esto último les conviene no sólo por elegancia, sino también por elemental prudencia. Porque, si siempre resulta inadecuado vivir a pedradas, hacerlo cuando se tiene el techo de cristal es, aparte de todo, del género tonto.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de noviembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/11/04 07:00:00 GMT+1
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1998/10/31 20:00:00 GMT+1
Esta es la crítica del último libro de J.F. Martín Seco que publiqué en "El Mundo" al poco de su publicación.
A Juan Francisco Martín Seco se le identifica como economista. Supongo que es inevitable: sabe de economía y se gana los garbanzos en la Hacienda pública. Pero no es para nada un economista al uso, de ésos que hablan de su negociado como si manejaran una ciencia exacta, situada por encima del bien y del mal. Al contrario: pone especial empeño en desvelar que no hay economía que no sea política. Que, en economía, no hay opciones desinteresadas: todas son en beneficio de alguien y a expensas de alguien. A cada economista corresponde decidir con qué alguien está.
Si la palabra no estuviera tan devaluada, lo correcto sería decir que Martín Seco es un político, en el genuino sentido del término. Se interesa por la economía en la medida en que ésta cumple un papel decisivo en el ordenamiento de las relaciones sociales. Pero son éstas las que le preocupan prioritariamente. Y le preocupan en la medida en que es sobre todo -otra palabra lastimosamente devaluada- un demócrata: aspira al gobierno del pueblo. Pero no de modo nominal, formal, recubierto con la coartada tramposa de las urnas: a un gobierno efectivo del pueblo.
Así lo demuestra sobradamente en su última obra, en la que la economía aparece en su vasto contexto, como un elemento necesario para la comprensión de nuestro momento histórico. En la medida en que la economía -el poder económico- se ha adueñado de todo y lo abarca todo: la política -el poder político-, los medios de comunicación, la cultura, el ocio... el conjunto de la organización social, en suma.
Juan Francisco Martín Seco sintetiza en dos las opciones ideológicas que cabe adoptar ante la realidad actual. Una -que él personifica en Maquiavelo- es la de quienes consideran que las cosas son como son, y no tienen vuelta de hoja: que la desigualdad, la explotación y el dominio de unas personas sobre otras están en la propia naturaleza humana, en el homo hominis lupus, y que tampoco es malo que así sea, porque esa lucha, fruto de la ambición, es motor de progreso. La otra opción -de la que convierte en portavoz a un Rousseau imaginario- es la de quienes no aceptan esa fatalidad, se revuelven contra el estado de cosas actual y aspiran a alcanzar un verdadero gobierno igualitario del pueblo.
Martín Seco imagina a Maquiavelo y a Rousseau en los infiernos y los hace hablar, cada uno de ellos con su propio aliento, sobre las claves esenciales de ese debate: sobre si el poder económico ha corrompido o no la democracia y puesto el voto a su servicio, ahormando la soberanía popular; sobre la capacidad del los Estados para regular los excesos del poder económico; sobre si la división de poderes existe realmente y si cabe una Justicia para todos; sobre la independencia o la sumisión de la opinión pública y de los medios de comunicación; sobre la capacidad o incapacidad de la opinión pública para rectificar el rumbo de la Historia; sobre si la economía está siendo utilizada como una nueva religión; sobre si es conveniente y eficaz el Estado del Bienestar o está condenado a desaparecer; sobre si es posible poner en marcha un modelo socio-económico sustancialmente distinto del capitalista o si todo intento de hacerlo degenera inevitablemente en tiranía monstruosa; sobre si la globalización es deseable, por un lado, y evitable, por otro; sobre si la Unión Europea es un invento destinado a acabar con la soberanía popular y a independizar al Poder de cualquier control... y, en fin, sobre si la ideología mal llamada neoliberal, dominante en el mundo de hoy, es la única sensata posible, o si tiene sentido pensar la realidad de otro modo, radicalmente crítico.
El catálogo es amplio, como puede verse.
Juan Francisco Martín Seco aborda el debate sobre estos grandes asuntos desde una premisa digna de encomio: asume que las dos grandes opciones pueden ser defendidas de modo inteligente. Ni su Maquiavelo ni su Rousseau son de cartón piedra: cada uno esgrime razones sólidas, las argumenta bien, apela a datos objetivos. El autor no oculta sus propios criterios, pero deja honestamente que sus personajes construyan sus respectivos discursos sin trampa. Está del lado de Rousseau, pero sabe que Maquiavelo no desbarra en absoluto: hay verdad en mucho de lo que dice.
Escribe Martín Seco: «En esta obra, Maquiavelo y Rousseau constituyen meros artificios literarios que permiten confrontar dos posiciones radicalmente opuestas sobre los problemas más esenciales y acuciantes del Estado y la sociedad actuales. La pretensión última de este ensayo consiste en poner en cuestión si la democracia y la soberanía popular son todavía posibles. Maquiavelo considera que no; Rousseau espera que sí». Repárese en la diferencia de los verbos: Maquiavelo considera; Rousseau confía.
Dice el tópico que un pesimista es un optimista bien informado. Martín Seco está muy bien informado, pero no renuncia a la esperanza. También ésa es una constante de la especie humana: junto a las tendencias gregarias y sumisas a las que apela su Maquiavelo, siempre hay también hombres y mujeres que se ponen del lado de la rebeldía y la insumisión. Y no es obligado que conformen sistemáticamente una aplastante minoría. El estudio de la Historia muestra que, si bien los pueblos son conservadores, como subraya Maquiavelo, a veces están revolucionarios. Y entonces es la hora de los Rousseau. Y los Rousseau cambian la Historia.
Javier Ortiz. (Octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/31 20:00:00 GMT+1
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1998/10/31 07:00:00 GMT+1
-Pero, dime: ¿hasta qué punto comprometen al PNV sus acuerdos secretos con ETA? -me preguntan.
-Pues la verdad es que no lo sé. No tengo ni idea -contesto.
-Ya; que no quieres soltar prenda.
El común del personal hispano está convencido de que algunos periodistas tenemos información sobre todo lo habido y por haber. Sentado eso, nos exigen sin parar juicios hechos y derechos.
La culpa de que esa creencia esté tan extendida la tienen los muchos periodistas que van por la vida opinando sobre todo.
Me dejan pasmado. Lo mismo hablan de la crisis financiera y los vaivenes de las bolsas que sobre el comercio de órganos de niños latinoamericanos; con idéntico aplomo sobre los riesgos de la misión del Discovery que sobre los problemas de la bioética; con igual desenvoltura de los arcanos jurídicos de la extradición de Pinochet que de la idoneidad del modelo educativo de las ikastolas. Sobre todo tienen idea formada; todo lo juzgan sin sombra de duda, sin traza de embarazo.
Los socialistas del XIX soñaban con una sociedad idílica habitada por ciudadanos universalmente preparados. Se diría que estos periodistas son la prefiguración de la utopía socialista: actúan como si su sapiencia lo abarcara absolutamente todo. Al lado de la profundidad y extensión del saber que pretenden, la Enciclopedia Británica apenas podría tomarse como un folletito zoquete.
Nadie deduzca de lo anterior que los menosprecio o veo mal. Al contrario: los admiro.
Es muy difícil tener una opinión sobre todo. No me refiero a una opinión fundada: eso es pura y simplemente imposible. Digo una opinión; una cualquiera.
Para opinar sobre todo sin saber realmente de casi nada hay que poseer una infinita confianza en uno mismo y una fe no menos superlativa en la ignorancia de los demás, nada de lo cual está al alcance de cualquiera. Pero eso -ya de por sí muy meritorio- no es suficiente. Se requiere además maestría en el juego de dar el pego. Hay que conseguir que no se note que el discurso que se está soltando está fabricado con los leves mimbres recogidos en una muy precipitada lectura matinal de los diarios. Se debe aparentar que uno lleva la tira estudiando la cuestión y que podría redactar no menos de media docena de tesis doctorales al respecto.
Quiero decir que, para opinar de todo sin saber apenas de nada, en realidad hay que saber mucho.
Es un arte, y como tal lo aprecia el público, que es muy sabio.
Javier Ortiz. El Mundo (31 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/31 07:00:00 GMT+1
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1998/10/28 07:00:00 GMT+2
Hace muchos años que conozco al PNV. Algo así como 35. Cuando yo era crío, a principios de los 60, a los jelkides de San Sebastián los llamábamos los senadores, porque, en cuanto se producía un acontecimiento de importancia, se reunían a senar. Casi todos ellos se dedicaban a la oposición gastronómica. Aparte de eso, pasaban a cuatro amigos el Gudari, periódico clandestino que editaban en Venezuela con ayuda de Caldera, y organizaban de vez en cuando alguna romería. Había algunas excepciones (estoy pensando en el irremplazable Koldo Mitxelena), pero contadas.
Ha llovido mucho desde entonces, particularmente en Euskadi, pero, cuando escucho ahora a algunos dirigentes socialistas y populares decir que el PNV «se ha echado al monte», me vuelven a la memoria aquellos tiempos: «¿Al monte? Pues como no sea que han montado otra romería...», me digo.
El PNV es un partido esencialmente moderado. No sólo en su concepción de la organización social, de raíz democristiana, sino incluso en su nacionalismo. No es independentista. Durante años, sus dirigentes han apelado de tanto en tanto a la hipótesis separatista, cierto, pero únicamente de manera retórica y funcional: para sacarle más al poder central, en plan «que viene el coco y se lleva a los gobiernos que transfieren poco». Sólo han llegado a evaluar la posibilidad de un Estado vasco en tanto que corolario del proceso de unificación europea. Como un sistema para depender directamente de Bruselas sin pasar por Madrid. Es el sueño de la Europa de las regiones, que puede ser muy bonito, pero que no tiene nada que ver con la UE real. Y, sobre todo, que tampoco es independentista.
ETA ha sido siempre separatista. En tiempos ni siquiera simpatizaba con la exigencia del derecho de autodeterminación: sostenía que la libertad de un pueblo no es negociable y, en consecuencia, tampoco sometible a votación.
El PNV, no. Su presencia en el Acuerdo de Lizarra -imprescindible, porque sin ella el pacto carecería de sentido- permite excluir la posibilidad de que esa plataforma trabaje de hecho en pro de la independencia de Euskadi. Otra cosa es que aspire al reconocimiento jurídico de la soberanía vasca. O a la admisión teórica del derecho de autodeterminación. Pero el PNV, créanme, no tiene la menor intención de propiciar la celebración de un referéndum de autodeterminación en la comunidad autónoma que administra.
Primero porque lo perdería. Y segundo -y lo que es más importante- porque no tendría ningún interés en ganarlo.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/28 07:00:00 GMT+2
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1998/10/26 07:00:00 GMT+2
Por una vez, todo es lógico.
Es perfectamente lógico que el PNV haya revalidado su primacía, como es muy lógico que haya perdido algún entero, al haber crecido la participación: su electorado ya estaba movilizado prácticamente al máximo.
Es también lógico que el PP haya subido: se beneficia del calvario que sus concejales han vivido a lo largo de los dos últimos años; del hundimiento de Unidad Alavesa -perfectamente previsible, por puro sentido común- y del plus de credibilidad que le otorga manejar las riendas del poder central.
Es lógico igualmente que el PSOE se mantenga: también su clientela es casi fija, y el electorado vasco no se caracteriza por sus bandazos, precisamente.
Cabía dar por hecho que EA e IU iban a perder bastante clientela, cada uno por un lado. Supongo que ellos mismos lo daban por hecho. Tenían que saber que su apuesta por la tregua y el Acuerdo de Lizarra iba a devolver al MLNV buena parte de los votos que habían rescatado de HB: votos independentistas -el uno-, votos de izquierda -el otro-, todos ellos hostiles a la violencia de ETA. Esos votantes desencantados han vuelto a sus orígenes. No solamente ellos: también los que habían dejado de votar a HB para incrementar las filas de la abstención militante, que en Euskadi venía siendo fuerte.
En realidad, puede decirse que el resultado de la votación de ayer refleja mejor que nunca la realidad sociológica de Euskadi. Hasta el hecho de que el PNV haya vencido en Vizcaya, el PP en Alava y EH en Guipúzcoa resulta representativo. De todo: incluso de la fractura interna de la sociedad vasca.
Se hacen toda suerte de cábalas, especulando con las alianzas que serán necesarias para formar Gobierno en Vitoria.
No me interesa gran cosa. Los Gobiernos de Vitoria han sido siempre meras gestorías. Con más o menos tejemanejes, según los casos; pero gestorías, al fin y a la postre. En el palacio de Ajuria Enea, en la práctica, apenas se hace política. ¿Alguien piensa que, si lo que se cocina allí fuera realmente importante, Arzalluz se hubiera quedado fuera?
Van a poner ahora a Ibarretxe. Vale, pues tanto da. Lo esencial va a seguir jugándose fuera.
Lo más importante del resultado de las elecciones de ayer es que reafirma que, se juegue lo que se juege, tienen que jugar todos. Ha de jugar el PNV, sin duda; pero también el PP. Ha de jugar el PSOE, por supuesto; pero también EH. Tienen que arreglárselas para encontrar el factor común entre Arzalluz, Mayor Oreja, Redondo Terreros y Otegi. Difícil empresa.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de noviembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/26 07:00:00 GMT+2
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1998/10/24 07:00:00 GMT+2
La nueva situación que se ha abierto en Euskadi presenta muchas ventajas -quisiera creer que para todo el mundo-, pero entraña un grave inconveniente para bastantes políticos: les obliga a pensar.
Cuando ETA mataba, todo era muy simple. O, mejor dicho, podía abordarse como si fuera muy simple: de un lado, los terroristas; del otro, los demás. Programa político: aislar a los terroristas y a sus valedores, echarles encima a la policía y meterlos en la cárcel. Segunda línea de ataque: acusar de tibieza y ambigüedad a cuantos no dijeran que con ese programa se podía poner fin al conflicto.
Ahora ese guión ya no vale, ni siquiera para salir del paso. La realidad es otra, y desenvolverse en ella requiere elaborar tácticas complejas, medir muy bien los matices de lo que se dice, seguir caminos sinuosos, establecer diversos géneros de alianza, según para qué... La tregua de ETA ha quitado de la mesa el parchís al que venían jugando desde hace 20 años y lo ha sustituido por un tablero de ajedrez. Eso les ha desconcertado. A unos porque se habían acostumbrado a no dar demasiadas vueltas a las cosas (bastaba con tirar el dado, a ver si les tocaba comer y contar veinte) y a otros porque, según todas las trazas, el Divino Hacedor no se esmeró demasiado cuando concibió su cerebro.
Van a tener que seguir cursillos acelerados de capacitación. Veremos cuántos de ellos los superan.
Algo que deberán aprender urgentemente es que, en todo proceso de negociación, uno debe ser tan ambicioso en sus pretensiones como modesto en sus éxitos. Hay que obtener el máximo y presumir lo mínimo. Cuanto más se logra, menos hay que exhibirlo. Clama Redondo Terreros: «¡Hemos vencido!». No es verdad; esto ni siquiera ha empezado. Pero, tanto más verdad fuera, tanto menos debería proclamarlo. ¿Qué pretende? ¿Reforzar los sectores del MLNV más remisos a la negociación?
Otra norma de obligado cumplimiento: hay que ofrecer siempre una salida al oponente. Al enemigo que huye no se le tiende un puente de plata por generosidad, sino por conveniencia. El empeño de Mayor Oreja en decir que ETA controla el Pacto de Lizarra (¿cree realmente que ETA manda sobre el PNV, sobre EA, sobre IU?) no favorece en nada las transformaciones que él mismo -supongo- pretende.
Vale que no sean maestros de ajedrez. Pero que se enteren al menos de cómo se mueven las piezas. Porque la partida va a empezar dentro de poco y me imagino que no querrán que les den jaque mate en el quinto movimiento.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/24 07:00:00 GMT+2
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1998/10/21 07:00:00 GMT+2
Me llama por teléfono mi buen amigo Gervasio Guzmán. Dice que se ha alegrado al ver en televisión las muy furibundas manifestaciones ultras que se están produciendo estos días ante la Embajada española en Chile.
-¡Parece que España ya es una democracia de las de verdad! -bromea, evocando los tiempos en que los franquistas movilizaban aquí a las masas para protestar contra la anti-España, es decir, contra «esos extranjeros que nos critican porque no nos entienden».
Tiene Gervasio su punto de razón: las cosas han cambiado mucho en España en el último cuarto de siglo. Sí; a tales efectos, esto ya empieza a parecerse a la Suecia de los 70, aquélla en la que el primer ministro Palme bajaba a la calle a postular contra Franco.
Le pongo de todos modos -es que el espíritu de contradicción me puede- dos objeciones.
-Caro Gervasio -le digo-: ni existen «países democráticos de verdad» ni lo de aquí es como para echar cohetes.
La Suecia de los 70 le montaba muchos cirios a Franco, pero hacía negocios con él. Refugiaba a los jóvenes norteamericanos que desertaban para no ir a la Guerra del Vietnam, pero se forraba a la vez vendiendo armas a toda suerte de Estados dictatoriales.
El mundo libre de entonces, que ahora se hace llamar la comunidad internacional, encierra toneladas de hipocresía. Bill Clinton ordenó bombardear hace pocas semanas un centro farmaceútico en Sudán. Mató mucho. ¿Es un criminal?
-¡Pero qué estupidez! -clama Gervasio-. ¡Si Clinton es de los nuestros! ¡Si en realidad es más de los nuestros que nosotros mismos!
El juez Garzón va a pedir al Reino Unido que le entregue a Pinochet para que sea juzgado aquí por genocidio. Dice el honorable Pujol que eso demuestra que somos una democracia com cal. Es el mismo Pujol que se ponía de los nervios cuando los jueces perseguían a los que querían democracia con cal... viva. Cuánto embudo suelto.
Frei replica: «¿Y la Transición de ustedes?». A mí que me registre. Defendí antes, durante y después de la Transición que los tribunales de la democracia castigaran todos los crímenes contra los derechos humanos que se perpetraron durante la dictadura franquista.
Mantuve luego el mismo criterio con respecto a los GAL. No acepto que la brutalidad del Poder deba asumirse cual pedrisco: en plan qué-se-le-va-a-hacer.
Sé que muchos crímenes en masa han quedado impunes. Aquí y en todo el orbe. Y sé que los que critican unos crímenes tapan otros. Pero no desdeño lo que se consigue, por poco que sea.
¿Que se logra trincar a Pinochet? Bueno. Menos es nada.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/21 07:00:00 GMT+2
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1998/10/17 07:00:00 GMT+2
Recuerdo que en 1975, en una reunión de alto copete de la oposición al franquismo, un veterano político -todavía en activo, por cierto- admitió que no sabía qué era el derecho de autodeterminación. Hubo chanzas: ¿cómo podía haber alguien que se dedicara a la política e ignorara qué es el derecho de autodeterminación?
Era un precursor. Su desconocimiento ha hecho desde entonces muchos prosélitos. Sólo que ahora los que apenas saben del asunto hablan de él dándoselas de expertos.
Ejemplo: dicen y repiten que el concepto de autodeterminación de los pueblos surge a lo largo del siglo XX como consecuencia de los procesos de descolonización. Y emplean ese argumento para rechazar que pueda aplicarse a las naciones sin Estado del Viejo Continente. Es un disparate. En Europa se viene discutiendo sobre la autodeterminación de los pueblos desde mediado el siglo XIX. Ya entonces el Imperio Austro-Húngaro se vio asaltado desde dentro por toda una pléyade de movimientos nacionalistas. La literatura política sobre el derecho de autodeterminación en Europa se remonta al siglo XIX. En explícita aplicación del derecho de autodeterminación, con referéndum incluido, Noruega se separó de Suecia en 1905, y Finlandia de Rusia en 1917. Los nacionalistas de Irlanda también apelaron al derecho de autodeterminación hasta su independencia, en 1921.
Nada que ver ni con la descolonización ni con el Tercer Mundo.
Otro tópico recurrente: amalgaman el derecho a la autodeterminación de las naciones y nacionalidades con la autodeterminación de cualquier tipo de agrupamiento humano. «Si Euskadi puede autodeterminarse, ¿por qué no Alava?», dicen. Pues porque nadie, ni siquiera los foralistas alaveses, ha pretendido jamás que Alava sea una nación específica. Pero qué más da: si lo juzgan necesario, que voten los alaveses si desean o no ser vascos. «¿Y si quieren independizarse los vecinos de Llodio?», ironizan. Deben creer que la gente es imbécil y reclama su independencia para divertirse un rato. Reduciendo el asunto al absurdo, sólo demuestran su frivolidad.
Se demanda el derecho de autodeterminación como proclamación de soberanía. Hacerlo no significa que se planee ejercer ese derecho. Ni menos aún que, en caso de ejercerlo, se vaya a respaldar la secesión.
Dicen: «Los nacionalistas vascos no tienen derecho a hablar de Navarra. ¡Que los navarros hagan lo que quieran!» ¿Que los navarros hagan lo que quieran, pero los vascos no? Venga: un poco de seriedad, por favor.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/17 07:00:00 GMT+2
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