Inicio | Textos de Ortiz | Voces amigas

1998/10/14 07:00:00 GMT+2

Una cierta idea de España

El ideario autonomista apenas tiene seguidores en España. No digo que no haya partidarios de la organización autonómica. Los hay, pero casi todos funcionales. Ocurre como con la Monarquía: goza de considerable aceptación práctica, pero casi nadie la defiende como modelo.

Mediados los 70, la política española se tiñó de autonomismo, cuando no de federalismo. La izquierda española, históricamente centralista, tomó pie local: sus organizaciones territoriales pasaron a llamarse federales, lo mismo que sus órganos rectores. La derecha, aunque más reticente, no se libró tampoco de su chapado en autonomismo: tenía que tomar distancias con respecto al antecedente franquista.

Entre ambas promovieron el Estado de las autonomías. Se suponía que era el modo de evitar que los nacionalismos periféricos fueran a más, de un lado, y, de otro, que eso provocara las iras de unas Fuerzas Armadas en las que el mito de la Una, Grande y Libre estaba aún demasiado presente.

Veinte años después, el híbrido que montaron entonces -un Estado centralista superpuesto por otro semi-federal: doble ración de burocracia- sigue sin calar en los sentimientos populares. Así que se rasca un poco la pátina autonomista -y a veces sin necesidad siquiera de rascar-, vuelven a aparecer las dos viejas visceralidades enfrentadas: la centrífuga y la centrípeta; la nacionalista española y las nacionalistas no españolas: catalana, vasca, gallega.

Los nacionalistas periféricos no han cambiado gran cosa en este par de decenios. Los nacionalistas españoles, en cambio, sí: ahora ya no se sienten coartados por la incómoda proximidad ideológica del franquismo. Vuelven a mostrarse como tales, a derecha e izquierda.

«Franco no inventó España», se defienden. Y tienen razón, en la medida en que una obviedad pueda darse por razonable: España no es un invento de Franco. Lo que deberían demostrar es que Franco no fue un invento de España. El espíritu nacional de Franco fue resultado de la exacerbación de una cierta idea de España, que le precedió y que le sobrevive.

IU trata de mantenerse en la tradición internacionalista de la izquierda. Sus disgustos le cuesta. Pero del federalismo del PSOE ya sólo queda la cáscara. Basta con escuchar las exaltadas soflamas de Ibarra, Bono y Chaves a favor «de España». O al propio Borrell, que critica al PP por no tener «un proyecto para España». Como si pudieran trazarse proyectos nacionales carentes de ideología.

Las autonomías han cambiado la mécanica del Estado, sí, pero las piezas siguen chirriando.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de octubre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/14 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: pp el_mundo 1998 iu psoe josep_borrell españa | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

1998/10/11 07:00:00 GMT+2

¿Y por qué no?

¿Lo recitó hace nueve años, en una de sus más bellas canciones: «Mis amigos se han ido y mi pelo es gris. / Me duelen las partes con las que solía jugar».

Se veía decadente. Y lo llevaba muy mal.

¿Injustamente mal? Sin duda: estaba en su mejor momento como compositor y como intérprete, amparado por un grupo de músicos excepcionales y las voces fantásticas de la hispana Perla Cristal y de su Jennifer Warnes. Resultaba también muy atractivo, pese a su edad. Pero el sufrimiento es una maldición que suele acompañar a los genios.

Siempre ha sido muy duro consigo mismo. Cuando, durante el festival de la isla de White, en los 60, le preguntaron qué opinaba del comentario de un crítico que había escrito sobre él: «Emite un zumbido monótono», Cohen respondió: «Es una reacción honesta».

Judío, educado en la religión hebraica, renegar de ella no le liberó de su mística. Como a Dylan. Había mucho de bíblico en su espíritu apocalíptico: «Primero tomaremos Manhattan. Luego tomaremos Berlín». Incluso -sobre todo- cuando se ponía blasfemo. O cuando bautizaba irónicamente de Hermanas de la Caridad a dos chavalas con las que había hecho el amor en un portal una noche de mal tiempo.

«Quizá pienso demasiado», cantó en sus malos momentos otro judío fuera de serie, Paul Simon. El zen es el arte de no pensar.

Hace años, en medio de una fiesta, una chica me soltó de repente: «Tú piensas todo el rato, ¿verdad?». Perplejo, le dije que sí. «¿Tú no?», le pregunté. «¡Qué va! Sólo un rato cada día», respondió. Me sorprendí a mí mismo al comprobar que me daba envidia.

Cohen ha vivido mucho: mucho más que muchos. Y ha sentido demasiado: mucho más que la mayoría. Punto final: el mujeriego cansado, el borracho ahíto, el conquistador del decrépito Hotel Chelsea, el amigo de tantos amigos perdidos para siempre, el desengañado de todos los desengaños, quiere ahora hundirse y flotar en el panteísmo. Tampoco está tan mal el budismo. Puestos a no creer en una religión, ésa es de las menos malas.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/11 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: 1998 leonard_coher música el_mundo preantología | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

1998/10/10 07:00:00 GMT+2

La Constitución de acero

El PSOE va a lanzar una campaña para festejar el vigésimo aniversario de la Constitución. Lo ha decidido de pronto. Tenía programado algún acto que otro -cosa de salir del paso y cumplir el expediente-, pero ha cambiado de opinión, y se ha decidido a tirar la casa por la ventana.

No le ha dado por ahí sólo al PSOE. Como por maravilloso ensalmo, florecen a puñados en este lluvioso otoño los fervores constitucionales. Son clónicos: todos los henchidos de este súbito fervor festejan «la Constitución que el pueblo español se dio hace 20 años».

A decir verdad, lo único que yo me di el 6 de diciembre de 1978 fue un día de asueto. No fui a votar. No podía hacerlo. Me exigían que contestara en bloque, con un sí o un no único, a lo que de hecho era una infinita batería de preguntas, algunas de sentido contradictorio. ¿Cómo diablos puede uno aprobar o rechazar simultáneamente la soberanía popular, la Monarquía, la economía de mercado, la tutela militar de la unidad de España, la provincia como circunscripción electoral, el reconocimiento de las nacionalidades -pero no de su derecho a la autodeterminación-, la no discriminación en razón de sexo -pero la prevalencia del varón en la línea sucesoria de la Corona-, el papel fundamental de la familia en la sociedad... y más y más y más asuntos, metidos todos alegremente en un solo lote?

No me sentí capaz de aprobar todo eso a la vez, y desde entonces vengo sosteniendo la necesidad de reformar la Constitución para hacerla más conforme con los principios democráticos, con la diversidad nacional de España y también, en algunos puntos, con el puro y simple sentido común.

Lo curioso es que bastantes de los que nos negamos a dar el visto bueno a la Constitución, en razón de los aspectos antidemocráticos y centralistas que contiene, la hemos defendido posteriormente con bastante más energía que algunos de los que la promovieron. Y, desde luego, con mucha más que la mayoría de estos que ahora arman tanta bulla presentándola como un tótem intocable.

Tiene narices que se presenten como adalides de la Constitución quienes festejan como espejo de virtudes a dos individuos que han sido condenados en firme por haber violado derechos y libertades fundamentales. O quienes trataron de imponer la Ley Corcuera. O quienes lograron que se aprobara la de Extranjería.

Quienes han violado tantas veces la Constitución, en letra y en espíritu, la pretenden ahora dura como el acero. Convendría que recordaran que el acero es muy duro, pero también muy frágil.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de mayo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/10 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: constitución 1998 psoe el_mundo españa | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

1998/10/09 07:00:00 GMT+2

Naciones/Nociones

«Cataluña es una nación; España no es una nación». Pujol dixit. René Descartes sostenía: «No discutiré sobre palabras, a condición de que me digan qué significan». Para poder polemizar sobre si Cataluña es una nación, si lo es España, si lo son ambas o no lo es ninguna, si lo es la una dentro de la otra, o si lo son cada una por su cuenta y riesgo, lo primero que hace falta es precisar qué se entiende por nación.

La noción de nación, en suma.

¿Es la nación un dato objetivo? ¿Cabe someter a los pueblos a un cuestionario para determinar si forman o no forman una nación? ¿Hay que conformarse con el sentimiento, y que sean nación todos los pueblos que mayoritariamente creen serlo?

El concepto de nación es histórico. Ha sufrido muchas mutaciones desde que apareció en el lenguaje político. En el Africa moderna, hay naciones configuradas con regla y tiralíneas. En la vieja Europa actual, las fronteras se diluyen sin que nadie haya estudiado seriamente ni cómo, ni para qué.

Pero incluso eso es secundario: antes de decidir quién es nación y quién no, hay que determinar qué derechos se desprenden del hecho de ser o no ser nación.

Porque supongo que nadie reivindicará para su colectividad el título de nación nada más que para exhibirlo en su escudo de armas.

Que me precisen qué derechos consideran que tienen adquiridos, los unos y los otros, por el hecho de ser nación.

Paso de pompas.

Prefiero discutir de realidades.

«Y si España no es una nación, ¿qué nacionalidad tengo yo? ¿Seré tal vez apátrida?», bromea -medio bromea- el director de un excelente magazine radiofónico.

Yo fui durante cinco años apátrida. Oficialmente apátrida, quiero decir. No me sentí nada incómodo. ¿Es imprescindible sentirse parte de alguna grey? Yo me siento más confortable independizado de todas.

El nacionalismo cala hasta los tuétanos. Me temo mucho que los peores nacionalistas sean los que ni siquiera saben que lo son.

Soy vasco. Bueno, es una de las muchas cosas que soy sin haberlas elegido. A fuerza de serlo, me he acabado acostumbrando. Es lo que se llama educación: me emocionan la txirula y la alboka, me estremece la fuerza visceral del irrintzi, me siento arropado por el verde del campo y la lluvia del cielo, me gusta la mar viva.

Y qué. No es ni mejor ni peor que nada.

¿Una nación? Subido sobre el puente del Támesis, viendo a cada orilla un Londres distinto -de un lado la opulencia, del otro la miseria-, un joven abogado ruso llamado Vladímir Uliánov sentenció a comienzos de este siglo: «Two nations!».

Cataluña no es una nación: es por lo menos dos naciones. Quizá tres; puede que más.

España no es una nación: hay muchas naciones en España.

La España que vive bien es una nación. La que sobrevive en el paro es otra. La España que se ha nacionalizado tras viajar a través del Estrecho, otra más. Pero no tiene papeles.

Una nación detiene su coche ante el semáforo; otra espera a que alguien baje la ventanilla para venderle La Farola.

¡Ah, si alguna vez consiguiéramos ser algo menos patriotas y un poco más hermanos!

Javier Ortiz. El Mundo (9 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de octubre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/09 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: el_mundo cataluña 1998 nacionalismo nación pujol españa | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

1998/10/07 07:00:00 GMT+2

Cambiarlo todo

La cita de autores más o menos célebres es un recurso al que casi todos los que vivimos de juntar letras nos acogemos con cierta frecuencia, sea para darnos un barniz de erudición, sea para hacer justicia al ingenio ajeno, sea para desentendernos de nuestras propias audacias.

Incapaz de encontrar siempre la cita adecuada, hace ya años me divertí inventándome un autor irlandés, al que bauticé con el nombre de S. Daugherty. Cuando tenía ganas de hacer alguna afirmación particularmente solemne y campanuda, se la atribuía: «Como bien señaló S. Daugherty, el chantajista más peligroso es aquel que te amenaza con revelar lo que nunca has hecho». O bien: «Ya apuntó S. Daugherty que, de todos nuestros afanes, el más laborioso es la muerte: nos lleva toda la vida». Y así.

De haber presentado esas frases como de mi cosecha, es poco probable que nadie las hubiera elevado a la categoría de sentencias. Pero tratándose de un escritor irlandés, quién sabe si amigo de Joyce...

Algunas frases afortunadas de escritores de postín son verdaderos lugares comunes, por los que ha transitado prácticamente todo el mundo editorial hispano. Que si «Ladran, luego cabalgamos», que si «No es esto, no es esto»...

Lo malo -lo peor- es cuando las citas a las que se recurre son, a la vez, tópicas y erróneas. Cuando transitan de autor en autor sin que nadie se tome el trabajo de cotejar el original. Y el primero las cita mal, y los demás, detrás de él.

Quizá el caso más repetido -ya alguna vez lo he mencionado- es el de la célebre frase de Giuseppe Tomasi de Lampedusa en El Gatopardo. Se cita y se recita, machaconamente: «Como dijo Lampedusa, "hace falta que algo cambie para que todo siga igual"». Pero no fue esa idea, más bien ramplona, la que el genial siciliano puso en boca de su personaje. El decía: «Hace falta que todo cambie para que todo siga igual».

Es muy diferente. Subrayaba que, en determinados momentos históricos, los retoques no bastan. En tales casos, quien quiere conservar lo esencial tiene que cambiarlo todo. Es lo que ocurrió con la Transición española: tuvieron que cambiarlo todo (el régimen franquista) para que todo (el equilibrio de fuerzas mundial y el poder de la oligarquía española) continuara igual.

Quizá nos encontremos en vísperas de algo semejante. Cada vez está más claro que la violencia de ETA ha representado un dique que impedía el avance de poderosas fuerzas políticas y sociales. Si se confirma que abandona las armas y salta ese dique, las aguas de la política española pueden coger velocidad. En cuyo caso, quienes quieran que siga igual todo (el Estado español, en este caso) quizá tengan que decidirse a cambiarlo todo (el sistema de organización territorial). Empecinarse en mantener lo que hay, contra viento y marea, podría llevar a mayores.

Y es que, como muy bien dijo el escritor irlandés S. Daugherty: «Los peores enemigos de la Patria son siempre los muy patriotas».

Javier Ortiz. El Mundo (7 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de octubre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/07 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: citas jor el_mundo tregua 1998 lampedusa eta euskal_herria lizarra_garazi euskadi | Permalink | Comentarios (1) | Referencias (0)

1998/10/05 07:00:00 GMT+2

Dos problemas, un problema

La ahora interrumpida violencia de ETA merece ser evaluada desde diversos ángulos. El primero, sin duda, es el ético: no es lícito recurrir a las armas para defender una posición política cuando hay vías pacíficas practicables.

Pero condenar una determinada conducta no exime de explicarla. ¿Por qué la violencia armada nacionalista arraigó en Euskadi, y no lo hizo en Cataluña, y tampoco en Galicia, pese a los intentos de unos u otros grupos? ¿Por qué la violencia de clase de los GRAPO tampoco echó nunca raíces en la sociedad?

Se insiste en que hay que trazar una neta línea divisoria: de un lado, el proceso de paz -el fin de la violencia-; del otro, las reivindicaciones de las fuerzas nacionalistas vascas. Tal vez sea necesario tratar ambos asuntos por separado, para no liar aún más las cosas, pero sería absurdo negar que se trata de realidades estrechamente entrelazadas. Se equivocaban quienes insistían en que ETA había perdido toda referencia ideológica; que se había convertido en una pura mafia de bandoleros que extorsionaban, secuestraban y mataban porque ése era su modo de vida, su negocio. ETA nunca ha dejado de alentar el ideario nacionalista. Sólo se diferencia de otras organizaciones nacionalistas en que sus militantes están -estaban, al menos, hasta hace diez días- dispuestos a matar y a morir por la causa.

La pervivencia de ETA a través de los años es expresión de la radicalidad del nacionalismo vasco, asentada en un largo historial de rencores y de sangre, propia y ajena. Es imposible explicar ETA sin entender Euskadi. Se equivocó Manuel Fraga: España no es diferente; Euskadi, en cambio, sí lo es.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de octubre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/05 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: el_mundo fraga 1998 grapo eta euskal_herria lizarra_garazi euskadi | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

1998/10/03 07:00:00 GMT+2

Todas las razones

Las palabras pueden ser de una pieza: inapelables, rotundas, incondicionales. Decimos: «cierto» y la falsedad queda absolutamente excluida. Decimos: «imposible», y no hay posibilidad alguna.

Pero los absolutos sólo existen como entelequias, como artificios del pensamiento. Son abstracciones. La realidad, en cambio, es siempre concreta. En la realidad objetiva -también en los hechos sociales- nada es unívoco. Cada fenómeno es fruto de una suma de factores, muy a menudo contradictorios. Pensarlos como absolutos simplifica el trabajo mental, qué duda cabe, pero conduce casi inevitablemente a errores de uno u otro tipo.

Lo señalaba hace unos días con referencia a Euskadi. El País Vasco es una realidad, cierto. Pero no es tan fácil delimitarla. Ni siquiera geográficamente. Los nacionalistas vascos afirman rotundamente que incluye siete provincias: cuatro del Bidasoa para acá -con Navarra incluida- y tres del otro lado: Laburdi, Zuberoa y la Baja Navarra. Los patriotas españoles replican airadamente que con las tres vascongadas va que chuta. ¿Quién tiene razón? La razón deambula entre ambas posiciones: cada bando exhibe jirones de ella. Y lo peor es que admitirlo no ayuda en nada a hallar salidas. Indagar en la complejidad de los problemas no garantiza su resolución.

España no es tampoco un hecho unívoco. Recuerdo que, cuando yo era niño, en la escuela nos enseñaban que las provincias de Fernando Poo y Río Muni, con Corisco, Elobey Grande y Elobey Chico, lo mismo que el Sahara Español, eran «tan españolas como Burgos». «Forman parte esencial de la sagrada unidad de España», nos aleccionaban. Y nos contaban que Calvo Sotelo había dicho que prefería «una España roja a una España rota», y que ése había sido uno de los motivos por los que se había desencadenado la guerra civil del 36-39.

Pues bien: pocos años después, el vencedor de aquella guerra civil fue y rompió «la sagrada unidad de España», y primero concedió la independencia a Guinea Ecuatorial, y luego, ya moribundo, regaló el Sahara a Hasán, y España siguió existiendo, aunque más pequeña.

No saco ninguna conclusión especial de aquel episodio: sólo un marcado escepticismo ante los intentos de sacralizar las unidades nacionales. Todas.

La actual unidad territorial de España es la que es, y le veo más ventajas que inconvenientes, y si se solicitara mi opinión en las urnas supongo que votaría a favor de mantenerla, pero mi criterio es sólo uno de los posibles: caben otros.

Soy consciente de que con las unidades nacionales pasa como con los matrimonios: no basta con que alguien quiera convivir con otro; es imprescindible que el otro también lo desee. Hay que ponderar las razones de las dos partes.

No festejo los divorcios, desde luego, pero son preferibles a los matrimonios mal avenidos.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de octubre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/10/03 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: españa autodeterminación 1998 euskal_herria euskadi el_mundo | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

1998/09/30 07:00:00 GMT+2

La «tercera vía»

Europa -dicen- «gira a la izquierda». Y aportan una prueba irrefutable: Gerhard Schröder ha ganado las elecciones en Alemania.

Veo al futuro canciller de la RFA en una fotografía, sonriente. Junto a él su esposa dibuja con los dedos el signo de la victoria. Detrás, un gran cartel reza: «El nuevo centro».

A ver si nos aclaramos: ¿es de izquierda este Schröder, o es de centro? Digo yo que, si él mismo proclama que lo suyo es el centro, algún caso se le debería hacer, ¿no? Porque una cosa es que se nos trate de rollistas a quienes sostenemos que la mayoría de los políticos que se dicen de izquierda no lo son ni por el forro, y otra que se sitúe en la izquierda a empellones a quien ni siquiera pretende ocupar un lugar en ese espacio.

Schröder afirma -confiesa- que es un profundo admirador de Bill Clinton. Como Tony Blair. A ambos les incomoda que se les llame de izquierda. Prefieren aparecer como adalides de eso que llaman la tercera vía. La tercera vía es un curioso invento, muy propio de este fin de siglo. Consiste básicamente en hacer la misma política que la derecha, pero compungidamente. Los de la tercera vía te dejan en el paro, igual que los otros, pero te dicen que te acompañan en el sentimiento, y además se montan un gran simposio interdisciplinar sobre El influjo del desempleo estructural en las disfunciones psicopatológicas en la Europa avanzada porque ellos no son como los políticos de la derecha. Ellos tienen sensibilidad.

Quien más cabreado está con la tercera vía esta de Blair, Schröder y compañía es Felipe González. No me extraña. Estaba él de lo más ufano porque la Internacional Socialista le había encargado que pusiera al día sus presupuestos ideológicos, y llegan estos y lo dejan de lado, como si desconfiaran de su capacidad de producción teórica. Pero eso no es lo peor. Más grave que dejarlo tirado es que lo hayan hecho para promover una política que proclama que va a acabar con los excesos del modelo que él y los de su quinta pusieron en práctica cuando estuvieron en el poder. ¡«El nuevo centro»! ¡Y que sea con semejante etiqueta blandengue con la que le enmiendan la plana y lo mandan al trastero de la Historia!

Para más inri, estos del nuevo centro han acordado formar Gobierno con Los Verdes. Vamos, como si él hubiera pactado con Julio Anguita, en vez de hacerlo con Jordi Pujol, que es como Kohl, pero a escala.

La verdad no tiene nada que ver con eso, desde luego: ni Schröder es menos derechista que él -por ahí se andan- ni Los Verdes son peligrosos izquierdistas radicales: ya han tragado con la OTAN -por coherencia pacifista, se supone- y tragarán con todo lo que haga falta, porque están locos por tener un par de ministerios. Pero para alguien como Felipe González, que vive de su imagen y en función de ella, todo esto de la tercera vía, en la que no le dejan ni arte ni parte, es un perfecto desastre. Otro más.

Javier Ortiz. El Mundo (30 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de mayo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/09/30 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: el_mundo izquierda schroeder 1998 centro derecha felipe_gonzález alemania españa | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

1998/09/26 07:00:00 GMT+2

De soberanías

De las muchas trampas en las que pueden caer ahora los políticos de uno u otro signo tras la suspensión de actividades de ETA, una -y no la menor- es la que les tienden las palabras. A nada que se descuiden, pueden verse enzarzados unos contra otros, blandiendo palabras de apariencia la mar de pomposa, pero de contenido más que dudoso.

Oímos ya bramar a troche y moche, por ejemplo, que el llamado derecho de autodeterminación de las nacionalidades minoritarias es inaceptable porque «choca con nuestra Constitución, que establece que la soberanía nacional reside en el pueblo español».

Soberanía. Esa es una de las palabras que más equívocos va a provocar en los próximos meses.

Se nos trata de decir que la soberanía del pueblo español es intangible. ¿Intangible? ¡Pero si ya está más que tocada! Actualmente, la población española no podría decidir, aunque quisiera, sobre buena parte de sus destinos: en materia de organización social, de política económica, de política exterior... El proceso de unificación europea ha supuesto una cesión de soberanía de tal calibre que, en comparación con ella, el otorgamiento del derecho de autodeterminación a la población vasca, por ejemplo, apenas tendría más relevancia que la meramente sentimental. Entre otras cosas porque la población de Euskadi, por mucho que se declarara independiente, tampoco lo sería: está irremisiblemente embarcada, como todo quisque, en el tren común de la Unión Europea.

Pues bien: la decisiva dejación de soberanía que se hizo en favor de la UE -una dejación que la clase política perpetró sin pedir permiso a quien teóricamente era el soberano, esto es, al pueblo español- no llamó a casi nadie la atención en su momento. Y eso que la soberanía popular no se transfería a un órgano de representación democrática supranacional, sino a un Ejecutivo sobre el que las poblaciones europeas no tienen modo de ejercer un control efectivo, ni por separado ni juntas, dado el escaso poder del Parlamento de Estrasburgo.

Sólo unos pocos levantamos la voz cuando se produjo semejante barbaridad, y fuimos tachados de antieuropeístas. ¿Se abrió con ello el melón constitucional, como dicen ahora? ¿Se redefinió la soberanía? Quiá. Dejaron tal cual la Constitución. A fin de cuentas, qué más da: ésa es sólo otra proclama huera más, de las muchas que ya incluye el venerado texto.

El único modo de no instalarse en la mitología política es atenerse a la realidad. Tomemos, para variar, el ejemplo de Gibraltar: ¿cuánta gente no hay que reivindica enfáticamente la españolidad del Peñón y que, en cambio, pasa por alto que en la Costa del Sol hay urbanizaciones británicas más populosas que la de la Roca, en las que todo está en inglés y en donde los españoles sólo entran para cortar el césped, quitar el polvo y servir la mesa? Se han autodeterminado por su cuenta, sin pedir permiso, a golpe de libras esterlinas. Vaya soberanía.

Javier Ortiz. El Mundo (26 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de septiembre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/09/26 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: el_mundo tregua 1998 aznarismo eta euskal_herria lizarra_garazi aznar euskadi | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)

1998/09/23 07:00:00 GMT+2

Preguntas

El cese de hostilidades decidido por ETA el pasado miércoles se diferencia de otros anteriores no sólo por su carácter indefinido e incondicional, sino también -y sobre todo- por su destinatario: esta mal llamada tregua no es un gesto dirigido al Estado español, sino a las fuerzas políticas y sociales vascas que asumen la defensa del derecho de autodeterminación (no sólo a las nacionalistas: también incluye a IU-EB). ETA les viene a decir: «Durante tres décadas, yo me he dedicado a matar y poner bombas a partir del convencimiento de que el Estado español no tolera nuestros fines políticos. Vosotros me insistís en que es posible alcanzarlos por vía pacífica y democrática. Os concedo el beneficio de la duda. Dejo de disparar. Y ya veremos».

Cumple comprobar ahora si efectivamente las metas políticas a las que se refiere ETA -y que han sido resumidas en la Declaración de Estella en lo que de común tienen a todos sus firmantes-, son perseguibles, y eventualmente alcanzables, por vía pacífica.

Siempre se ha dicho -es casi un tópico- que en nuestro Estado de Derecho cualquier posición política es defendible. Y así es, en términos generales. Pero ésa no es la cuestión fundamental. Para quien quiere algo, lo esencial no es que le permitan pedirlo, sino que se le conceda la oportunidad de obtenerlo. De lo contrario, lo único que se le otorga es el no muy reconfortante derecho al pataleo.

Lo cual nos conduce directamente al siguiente -al verdadero- dilema: ¿existe, así sea como mera hipótesis, la posibilidad de que el pueblo vasco obtenga el derecho de autodeterminación, entendido como derecho a decidir si quiere separarse de España y, en caso contrario, a negociar en tanto que entidad soberana en qué condiciones forma parte del Estado español?

Es una pregunta que remite a dos campos de cuestiones, ambos verdaderamente peliagudos.

Uno es el referente al sujeto de la soberanía: hay que decidir qué se entiende por pueblo vasco. ¿Son o no son vascos -quieren o no serlo- los habitantes de, por ejemplo, Lesaka, Lekunberri o Lizarra? ¿Y los de -otro ejemplo- Tudela, Cintruénigo o Fitero? ¿Y los que -otro ejemplo más- en vez de DNI llevan en el bolsillo una Carte d'Identité? Es lo que se ha llamado «la cuestión de la territorialidad». Intrincado mejunje donde los haya, en el que se entrelazan decenas de subcuestiones.

Pero ni siquiera vale la pena plantearse ese problema si previamente no se ha resuelto otro: ¿estarán dispuestos los españoles no vascos -y los vascos que se sienten irrenunciablemente españoles- a admitir la posibilidad de que el destino de Euskadi pueda ser decidido por alguien que no sea el pueblo español en su conjunto?

Dejo estas preguntas en el aire. Me limitaré por ahora a formular una profecía: pronto habrá más de uno que añorará los tiempos en los que ETA impedía que todo este asunto pudiera plantearse.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de septiembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/09/23 07:00:00 GMT+2
Etiquetas: preantología el_mundo tregua 1998 aznarismo eta euskal_herria lizarra_garazi aznar euskadi | Permalink | Comentarios (0) | Referencias (0)