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1998/09/19 07:00:00 GMT+2

Un respiro

Lo recuerdo perfectamente. Teníamos 10 años. Los curas nos habían sacado de excursión. Era una hermosa mañana de primavera: fresca, luminosa. Subíamos hacia Aritxulegi, entre Oiartzun y Lesaka, en la frontera entre Guipúzcoa y Navarra. Un compañero se acercó y me susurró:

-Esta carretera la construyeron los presos condenados a trabajos forzados. Mi padre fue uno de ellos. Algunos murieron. Los iban enterrando sobre la marcha.

He vivido toda mi existencia, hasta donde la memoria me alcanza, con la tragedia de Euskadi a cuestas. Mucho antes de que naciera ETA ya hervía el odio. Ya había muerte. Ya se evocaban los exilios. El habla-en-cristiano es de antes. La Brigada Político-Social ya funcionaba antes. Ya estaba a las afueras de San Sebastián el cuartel de Intxaurrondo. Pero fue a partir de la IV Asamblea de ETA cuando se puso fatídicamente en marcha la llamada espiral acción-represión: los muertos por cientos, los presos por cientos, los rencores infinitos, el ansia feroz de venganza en uno y otro bando. Tú matas, yo mato. Tú encarcelas, yo secuestro. Cuanto peor, mejor. Y hasta hoy.

No pretendo argumentar nada. No prologo ninguna tesis política. Sólo trato de describir el escenario en el que me ha tocado vivir, sentir -sufrir-, durante medio siglo, para explicar por qué en la noche del miércoles pasado la alegría me cortó hasta el aliento. Sé de sobra que a mis lectores vascos no les digo nada: lo conocen igual que yo. Mejor que yo. Se lo cuento a los demás. Con el ánimo de incitarles a entender. A hacer un esfuerzo para no frivolizar. Fuera de Euskadi ha habido muchos atentados sangrientos, por supuesto. Pero no tantos. Y lo que no ha habido es el desgarro social que hemos tenido que padecer los vascos: familias partidas, amistades rotas, el entendimiento imposible, la hostilidad cerrada. En los lugares de trabajo, en los de diversión, en la calle. Cada día, a cada hora, a cada minuto. Llegué a desesperar de mis hermanos salvajes. Escribí: «Caminante que pasas: silencio. / Aquí hubo un pueblo. / Respeta el cementerio». Aún me cuesta creer que las heridas puedan cerrarse y acabar cicatrizando.

Me preocupan los que opinan alegremente a distancia sobre el conflicto vasco no ya sin saber lo suficiente sobre él -eso siempre tiene remedio- sino sin sentirlo, sin llevarlo perpetuamente pegado, como una sombra siniestra, como una inacabable pesadilla. Los que ya están poniendo puertas al futuro: «Los límites son éste y aquél». No, no, por favor: los límites serán los que acertemos a acordar entre todos, basados en lo que la mayoría quiera, destinados a no volver jamás a las andadas fúnebres.

Me preocupan también, y mucho, los que han convertido el drama en negocio. La paz es siempre un desastre para los que comercian con la guerra, sea en la trinchera que sea. La paz no interesa a los vendedores de arengas. Ni a los profesionales de la valentía. Y los hay. Y tienen peso.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de septiembre de 2010.

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1998/09/16 07:00:00 GMT+2

Aborto de ley

Dicen los obispos que los promotores del cuarto supuesto de interrupción del embarazo quieren «licencia para matar».

Es una acusación tremendista e insultante.

Pretenden que ellos actúan «en defensa de la vida». Se trata de una simplificación demagógica. Los mosquitos tienen vida y no conozco ninguna encíclica que condene los insecticidas.

Precisan a veces que ellos se refieren a la vida «humana», en concreto. Siguen simplificando: también el apéndice vermiforme es una forma de vida humana y, que yo sepa, la Iglesia no reprueba las apendicectomías.

Lo que en realidad quieren decir -pero callan por lo general cuando se dirigen al gran público-, es que consideran los embriones no ya como formas de vida humana, sino como personas, como individuos. Tal que usted. Tal que yo.

Pero los embriones carecen de existencia individual. No pueden ser sujeto de derechos. Son parte del organismo de la gestante.

Ella sí es sujeto de derechos. Entre los cuales, el de decidir si quiere o no ser madre.

Así lo entendemos muchos: la mayoría de la población, incluidos muy respetables teólogos. Y, del mismo modo que los obispos han de ser libres de creer en las almas, y de dar por hecho que nace una nueva cada vez que un óvulo es fecundado, los que pensamos diferente hemos de tener derecho a defenderlo sin que se nos llame asesinos.

Dicho lo cual, a la Ley no le corresponde dirimir cuestiones de teología, sino regular los conflictos de la vida social, en la que los embriones no participan.

¿O sí? Cabe dudarlo, porque el Tribunal Constitucional, en una sentencia pastelera -jurídicamente aberrante, en mi criterio-, decidió que el nasciturus tiene derechos. Nasciturus (perifrástica activa, si no trabuco mis latines) quiere decir el que ha de nacer. Pero así como los morituri del circo morían de manera impepinable, lo de los embriones es mucho más aleatorio: nacen o no; depende. El término nasciturus no define nada: se limita a formular una mera hipótesis. Pero el caso es que ahí está la sentencia, y ojalá me equivoque, pero para mí que va a traer líos. Unos líos que nos hubiéramos ahorrado si el PSOE, cuando contó con mayoría absoluta, hubiera promovido una ley del aborto acorde con lo que ahora dice que piensa. O que tendríamos ya encauzados si hace unos meses el diputado González no hubiera tenido cosas más importantes que hacer cuando se votó la cosa en el Parlamento. A ver si esta vez se digna aparecer por la Cámara, y a ver si a Jaime Blanco, diputado por Cantabria, se le ha pasado ya la diarrea que entonces le impidió también votar, y quizá así, sumando votos, se apruebe la reforma legal.

Porque dudo de que haya muchos nascituri cabreados, pero mujeres, me consta que la tira. Y no tanto con los obispos, que a fin de cuentas están a lo suyo, sino con esta izquierda de pacotilla.

Javier Ortiz. El Mundo (16 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de septiembre de 2010.

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1998/09/12 07:00:00 GMT+2

Y, además, incoherentes

No todo el mundo tiene por qué sentir mi pasión por la lógica. Me hago cargo. Mucha gente considera que hay valores más importantes o, por lo menos, más convenientes, y es muy probable que tenga razón. Sin ir más lejos, el otro día me miraron fatal en una reunión bien por decir algo tan aplastantemente lógico como que la expresión monarquía democrática encierra un absurdo: o es monarquía, o es democrática. Nadie quiso defender lo contrario; sin embargo, no les gustó nada mi muy lógica reflexión. Así es la vida.

En cualquier caso, todo en este mundo, hasta la incoherencia, debe tener sus límites. El absurdo en que cabalga el PSOE en defensa de Barrionuevo y Vera supera todo lo conocido hasta ahora en materia de desprecio por la lógica.

Ejemplo: la Federación Socialista de las Tierras de Lleida ha decidido colgar en la fachada de su sede una senyera con un gran lazo azul. Hasta ahora los lazos azules se usaban para protestar por los secuestros, ¿no? Pues éstos lo hacen para defender secuestradores. Toma ya.

Otra también fina: el presidente de las Juventudes Socialistas de Madrid, Oscar Iglesias, propuso anteayer que todos los ediles de su partido presenten en sus concejos respectivos «mociones de condena de la sentencia». «Es más política que judicial», dijo, seguramente para arreglarlo. Y añadió que con esta iniciativa lo que pretende es -agárrense- «reconducir el clima de tensión de la vida política y llegar de nuevo al consenso» (sic!). No quiero ni imaginarme qué podría hacer el caballero éste si lo que quisiera no fuera acabar con la tensión, sino montar jarana.

Siguen la estela de sus jefes. Estos no paran de afirmar -ayer volvió Almunia a la carga- que la condena de Barrionuevo y Vera ha estado condicionada por «el PP y sus aliados» y, simultáneamente, que no acusan a los magistrados del Tribunal Supremo de haberse dejado influir. ¿Cómo diablos es posible condicionar una sentencia sin influir sobre sus autores? ¿Tal como el rayo de sol pasa por el cristal, sin tocarlo ni mancharlo, que decían los otros?

Otra más: aseguran que están «absolutamente convencidos» de que Barrionuevo y Vera no hicieron «nada ilegal» y, a la vez, afirman que «también con los gobiernos de UCD hubo guerra sucia». ¿Cómo «también»? ¡Será «por contra»!

Los propios condenados tampoco andan muy fuertes en lógica. En el mitin de Guadalajara, Barrionuevo no paró de gritar: «¡Estamos aquí para cumplir con nuestro deber!». Qué deber ni qué gaitas: estaban allí para cumplir condena, y muy a pesar suyo. Como cualquier otro convicto que no quiera arriesgarse a que lo pongan en búsqueda y captura, no te jiba.

Es lo malo: que se empieza por secuestrar viejos y enterrar gente en cal viva -defectillos, cosas menores- y se acaba por incurrir hasta en la incoherencia política. Qué degeneración.

Javier Ortiz. El Mundo (12 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de septiembre de 2012.

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1998/09/11 07:00:00 GMT+2

Contra el indulto

Es el tópico de moda: el Gobierno de Aznar ha de ser «magnánimo» con los convictos Barrionuevo y Vera. ¿Y por qué debería serlo?

Primer argumento: porque hay que aplacar la ira del PSOE, que puede resultar desestabilizadora. Es una buena razón, solo que en contra de la concesión del indulto. Si el Gobierno se arredrara ante las amenazas de «quiebra social» y demás bravuconadas felipistas, estaría admitiendo que todos los ciudadanos son iguales ante la ley... menos los que cuentan con apoyos políticos suficientemente sólidos. Que, si estás respaldado como Dios manda, no importa lo que hagas, o a cuánto te condenen, porque te librarás del castigo.

Segundo argumento: se aduce que también fueron indultados en su día los poli-milis de ETA. Cierto: pero ellos dejaron clarísimo que se habían arrepentido. De hecho, muchos ex poli-milis se convirtieron en críticos implacables de la actividad de ETA. Y nunca se dieron aires de merecer una medalla. Barrionuevo y Vera, sí.

Tercer argumento: la sociedad no debe ensañarse con ellos; ha de ser humana y misericorde.

Digamos, en primer término, que asegurar el cumplimiento de una sentencia no es en modo alguno muestra de saña, sino obligación que la Constitución impone a la Justicia. Y, en segundo lugar, y puesto que de misericordia y saña se nos habla, hagamos un poco de memoria: recordemos lo muy misericordes que fueron ellos con Segundo Marey. No digo ya hace 14 años, cuando ordenaron su secuestro -que prolongaron incluso cuando ya sabían que este pobre viejo no era el etarra que buscaban-, sino apenas hace dos meses, durante la vista del juicio. Las crónicas lo recogieron: sus abogados trataron al anciano con una saña auténticamente repulsiva. ¡Pero si incluso hicieron mofa de sus sufrimientos, y hasta insistieron una y otra vez en que seguro que tenía alguna relación con ETA, para insinuar que tampoco era tan grave su secuestro! ¿Merecen un plus de misericordia quienes han evidenciado que no albergan ni una brizna de ese sentimiento?

Que bajen los humos. Que admitan que, para iniquidad, la que sufrió Marey. O empiezan por ahí o no vale la pena hablar de su indulto ni como hipótesis.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de septiembre de 2011.

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1998/09/09 07:00:00 GMT+2

El problema

Dicen que es típico de los biógrafos ser víctima de una especie de síndrome de Estocolmo y acabar fascinados por el personaje de sus cuitas, así sea un malvado. No digo yo que no les suceda eso a otros, pero mi experiencia es exactamente la opuesta. Me pasé tres años, tres, en la flor de mi juventud -aunque quizá no llegaba a flor: tal vez sólo era capullo- estudiando la vida y obra teórica de Josif Visiaronóvich Djugáshvili, más conocido en el siglo por Stalin, y lo que me ocurrió es que le cogí un paquete de mucho cuidado. Tanto más ahondaba en su peculiar psicología, tanto más me repugnaba. Qué tipejo.

Sin premeditación alguna, por mera imposición profesional, me ha tocado luego seguir de cerca el deambular vital de Felipe González Márquez. A fuerza de analizar sus reacciones, sus manías, sus tics, sus decisiones, sus indecisiones, su trato -ya que no su obra: el hombre es prácticamente ágrafo, quizá para ser consecuente con el aquél de «No hay pruebas ni las habrá»-, creo que al final me he convertido en una especie de felipólogo. No me enorgullece -la verdad, habría preferido dedicar mi tiempo a alguien más interesante- pero, bueno, peor es lo de ese colega que ha entregado su existencia entera, en cuerpo y alma, a saberlo todo sobre Mario Conde.

Bien, pues desde la posición de relativa autoridad que me confiere el conocimiento en detalle del individuo, puedo decir y digo que no estoy para nada de acuerdo con quienes lo ven como una personalidad clave, sea para bien o -más comúnmente en mi entorno- para mal.

«Mientras ese hombre continúe mandando de hecho en el PSOE» -dicen muchos- «los socialistas no podrán regenerar su partido». Para mí que plantean la cuestión exactamente al revés. Habrían de decir: «Mientras los militantes del PSOE, en su gran mayoría, quieran que les mande un tipo como ése, estará claro que no tienen el menor deseo de regenerar su partido». O, por ir más al fondo: «Mientras haya casi nueve millones de españoles dispuestos a votar a ese menda, es lógico que en el PSOE no sientan la menor urgencia de regeneración. ¿Para qué, si les va tan bien?».

El problema no es González.

No trato de relativizar el papel de las personalidades en la Historia (que también) sino, sobre todo, de señalar que González no es ninguna personalidad. No, al menos, en el sentido fuerte del término. Es un listillo con ínfulas, un embaucador con pocos escrúpulos y mucha retranca, un tramposo cogido en falta que siente una inagotable sed de venganza. Nada más.

Felipe González no es singular. Lo singular es que una sociedad convierta a alguien así en personaje clave. Lo he dicho ya otras veces: que existiera un tipo como Idi Amin Dadá, capaz de comerse a sus oponentes, no tiene nada de especial. Hay gente para todo. Lo digno de estudio es que una parte sustancial de la sociedad ugandesa lo quisiera como presidente.

Pues lo de González, lo mismo.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de mayo de 2013.

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1998/09/06 07:00:00 GMT+2

No me fío de nadie

El razonamiento es de cajón: si Herri Batasuna se ha embarcado en Euskal Herritarrok con gentes que están en desacuerdo con ETA, no lo habrá hecho para que dentro de cuatro días ETA descerraje cuatro tiros o pegue un petardazo, cabree a esos nuevos (o renovados) aliados y mande al guano la plataforma electoral recién estrenada. Y, a la vez, si ETA ha decidido respaldar la iniciativa unitaria de HB, digo yo que no será para arruinársela dentro de dos semanas volviendo a las andadas de sangre y muerte.

Así que todo lleva a suponer que ETA, lo proclame abiertamente o no, ha decidido darse -darnos- una tregua.

Es una deducción lógica.

Pero puede fallar.

No sería la primera vez, ni mucho menos, que silogismos de este estilo me llevan a la deducción de que tal o cual atentado de ETA sería «peor que un crimen, un error» -según la escasamente ética sentencia de Fouché-... y ETA va y comete el atentado. Contra toda lógica. Contra sus propios intereses.

«Si nos paráramos a analizar en términos políticos cuándo conviene o no conviene actuar», oí decir hace años a un partidario de ETA, «no lo haríamos nunca». ¿Cómo saber que esta vez no va a tirar de nuevo por la calle de enmedio, así que pierda la calma y todo el montaje de EH le resulte un rollo y un engañabobos?

Yo, por lo menos, no me fío. Si hay tregua, que lo digan. Que se comprometan.

Más confiado se le ve a Felipe González: él está convencido -ayer lo proclamó a los cuatro vientos- de que el MLNV va ahora en serio: cree que existen expectativas reales de lograr la paz en Euskadi.

Empiezo a sospechar que lo mío es enfermizo, porque el hecho es que tampoco me fío -tampoco en esto, quiero decir- de la sinceridad de González.

El expresidente del Gobierno está demasiado obsesionado por el horizonte carcelario de Barrionuevo y Vera -esto es, por su propio futuro político- como para pensar en otra cosa. Sabido lo cual, no puedo dejar de preguntarme si, cuando habla de la necesidad de negociar con EH, HB, ETA o el sursum corda, no seguirá pensando en sí mismo. Porque él sabe que no sería posible negociar la libertad de los terroristas de un bando y dejar en la cárcel a los del otro. Paz en Euskadi y Pepe y Rafa en la calle: ¡dos por el precio de uno... y vía libre al gobernante más fino y preclaro que haya tenido España desde Carlos III, si es que no desde Viriato!

No me fío del MLNV, no me fío de González y, ya metido en gastos, tampoco del Gobierno, que se refugia tras un muro de tópicos para ver en qué queda todo antes de mover un dedo, y tampoco del PNV, que está loco por encabezar un frente nacionalista sin tiros.

Por no fiarme, ni siquiera me fío de mí mismo, que a gusto me dejaría engañar por todos con tal de que Euskadi pudiera vivir al fin en paz.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de septiembre de 2010.

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1998/09/05 07:00:00 GMT+2

El centro

Gerhard Schröder, el candidato socialdemócrata a canciller de la RFA, dice que lo suyo es «el nuevo centro». Helmut Kohl contraataca cantando las virtudes de su centro con solera. El uno evita a toda costa que se le identifique con la izquierda; el otro hace lo propio con la derecha.

Todos son de centro.

Y no solo en Alemania. Aquí, Aznar anuncia que va a impulsar un proceso de renovación del PP «hacia el centro reformista». Y Josep Borrell, que se desayunó como candidato preconizando «la unidad de la izquierda», ya se ha olvidado de ello. «No podemos dejar el centro al PP», se excusan sus allegados.

Es obvio que el centro ejerce una atracción irresistible. Vean a Tony Blair: los más conspicuos analistas coinciden en que su éxito arrollador se debe en lo fundamental a que ha sabido desplazar el laborismo hacia el centro.

Ya solamente queda por saber dónde está el centro. O sea, en qué consiste ser de centro.

No es fácil.

Hace meses, me propuse analizar la labor de los partidos políticos más acreditadamente centristas de toda Europa, con la intención de definir las especificidades de su opción. De descubrir la esencia del centro, por así decirlo.

Vana tarea. Solo les encontré una coincidencia: todos se atienen escrupulosamente a la política fijada por los órganos rectores de la UE. Pero eso no es de centro, sino obligatorio, y puede aplicarse tanto a quienes presumen de su centrismo como a los que no, conforme evidencia el deambular del pobre Jospin.

Me devané los sesos, busca que te busca, cual redivivo Diógenes, tratando de hallar el ser doctrinal del centrismo. Y en ésas pené hasta que un buen día, por fin, vi la luz. Comprendí dónde estaba mi error: no tiene sentido buscar la doctrina del centrismo, porque el centrismo no tiene doctrina. O, mejor dicho: la esencia del ideario centrista está en carecer de doctrina. Un partido centrista (o centrado, o con espíritu de centro, o con vocación de centro, que las posibilidades nominales son muchas) se caracteriza por su plena disposición a asumir con total desenvoltura en cada momento el programa que (a) mejor convenga a las necesidades de la maquinaria del poder y (b) más se conforme al humor de los votantes.

¿Debe deducirse de ello que es ociosa la conocida distinción entre centro-izquierda y centro-derecha? No. Sirve para señalar cuál es la cruz que carga cada partido. Así, el PSOE hubo de esforzarse mucho para dejar claro que era injusto considerarlo de izquierdas, igual que ahora el PP se desvive para quitarse de encima el sambenito de la derecha. Pero ambos son sin duda centristas, porque los dos están dispuestos a defender y hacer lo que sea, si eso les da más votos.

En tiempos se decía: «Ese tío no tiene principios». Ahora se dice: «Es centrista». El cambio es más importante de lo que parece: lo que antes era un reproche ahora es todo un elogio. Y un plus electoral.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de septiembre de 2011.

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1998/09/02 07:00:00 GMT+2

Huelga de teléfonos caídos

Seguramente ya lo saben y, si no, se lo cuento: mañana, 3 de septiembre, hay convocada una huelga de usuarios de Telefónica en protesta por la desconsiderada subida de tarifas que la compañía en cuestión aplica desde el pasado agosto a las llamadas urbanas.

La idea partió inicialmente de algunas asociaciones de usuarios de Internet. Los internautas de a pie nos conectamos con la red mundial a través de Infovía, servicio que Telefónica nos factura a precio de llamada metropolitana. El subidón de la tarifa hace que ahora estemos pagando por navegar por Internet más del doble que hace dos meses. Lo mismo le pasa a todo el mundo que realiza llamadas urbanas -de ahí que se invite al conjunto de la ciudadanía a secundar la huelga-, pero a los internautas nos afecta de manera muy especial, porque nuestras conexiones suelen ser mucho más largas que las llamadas telefónicas convencionales (novios excluidos).

Estoy muy interesado en esta huelga. No sólo porque el cabreo que tengo con Telefónica -y con el Ministerio de Fomento, en tanto que cooperador necesario en la comisión del crimen- sea de mil pares (que lo es). Me interesa mucho también, y casi sobre todo, porque se trata de un intento de acción conjunta de gente aislada.

La soledad del maltratado es uno de los distintivos de estos tristes tiempos. A veces los aprovechados la propician de modo consciente: apenas queda ya empresa que pague lo mismo a varios trabajadores, no vaya a ser que se pongan de acuerdo entre sí para protestar. Pero casi siempre es mero corolario de la realidad: el paro es un fenómeno global, pero cada parado lo sufre en solitario; la estupidización televisiva recae sobre todos, pero cada familia la padece aisladamente...

Se prevalen de ello para abusar. En la actual sociedad, uno y uno y uno y uno y uno ya no somos cinco, sino uno y uno y uno y uno y uno. Unidades a la deriva.

¿Será siempre así? Me gustaría creer que los poderosos no han encontrado el modo de anular para siempre la capacidad colectiva de protesta. Que somos capaces de unirnos desde la soledad para hacer oír un gran clamor, aunque a la hora del grito ninguno escuche más voz que la suya propia.

Mañana me sumaré a la huelga de teléfonos caídos, pero mi objetivo no será sólo Telefónica, sino todos los que nos tratan como súbditos sumisos, confiados en que nuestro aislamiento hace su fuerza.

Que nadie me llame por teléfono mañana. No responderé. Es más, ni siquiera me enteraré: el cable estará desconectado. No trate nadie de dejarme ningún recado en el contestador: estará desactivado. Nadie intente tampoco enviarme ningún correo electrónico, porque no entraré en la red. Y si me lo envía, pese a mi expreso deseo, no lo leeré, ni siquiera al día siguiente: no colaboro con los esquiroles.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de septiembre de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de mayo de 2013.

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1998/08/29 07:00:00 GMT+2

Economía ideológica

Coja usted por banda a cualquier economista bien puesto que tenga a mano y pídale que le diga en qué va a acabar la actual crisis internacional. Le enumerará los muchos factores que influyen en la situación, le señalará los peligros en presencia... Pero, a nada prudente que sea, se cuidará muy mucho de formular un pronóstico medianamente tajante.

Nadie controla nunca por entero la materia de su especialidad. El horizonte del conocimiento es, sin duda, infinito. Así se hable de mecánica o de dibujo, de física cuántica o de ajedrez.

Hay disciplinas, no obstante, que, por la complejidad de su naturaleza misma, se muestran más resistentes al conocimiento humano. Ejemplo, la medicina. Aunque cada vez sepan más, los médicos continúan ignorando demasiado. Que nos lo cuenten a los mortales.

Pero lo de la macroeconomía es aún peor. No sólo porque resulten muchos y extraordinariamente variados los factores confluyentes en la determinación del rumbo final de los acontecimientos del ramo. También porque los economistas -su mayoría, al menos- están muy condicionados por su propio modo de encarar la realidad de los hechos. Por su ideología, quiero decir. No se limitan a analizar lo que pasa, cual entomólogo que observa curioso el deambular del insecto. Ellos quieren que ocurra esto o lo otro; están a favor de éste o de aquél; ruegan por que tales o cuales salgan bien librados, aunque se hundan en la miseria los demás... Buena parte de las veces no hacen pronósticos: expresan anhelos. En la práctica, están mucho más cerca de la política -y de los políticos- que de cualquier Ciencia.

Fíjense ustedes en los análisis que muchos de ellos están haciendo ahora mismo de la crisis rusa. Lo que más les importa, con diferencia, es cómo hallar el modo de evitar que Occidente se vea arrastrado por los líos de esa sórdida banda de ladrones que es la clase dirigente que nació tras el hundimiento de la URSS. No les importa nada que la maltratada población rusa esté en las últimas. De hecho, lo estaba ya hace un mes, y no decían ni pío. Tan igual les da que todas las fórmulas que se les ocurren para que el tinglado no se desmorone pasan por someter al pueblo ruso a privaciones más severas todavía.

Lo mismo puede decirse de los tigres de papel del Pacífico asiático. Los economistas cantaron las más encendidas loas a Indonesia, a Corea, a todos los Singapures. Qué países tan modélicos, cómo, cuánto crecían. ¿Que lo conseguían a costa de pagar salarios de miseria a su mano de obra? Un mal menor. Sólo han empezado a torcer el gesto cuando el modelo ha quebrado.

No pido a los economistas que se rijan por el criterio de que la riqueza debería ser repartida con equidad entre todos los países y entre todos sus ciudadanos. No soy tan ingenuo. Me limito a señalar que lo que presentan como Ciencia no es sino ideología. Pura y dura.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de agosto de 2010.

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1998/08/26 07:00:00 GMT+2

Chevènement

Se toma unos días de asueto en Perpiñán, concede, por pura cortesía, una entrevista a un pequeño diario local, formula cuatro observaciones deshilvanadas sobre nacionalismos y lenguas... y la arma.

Se queja amargamente CiU de lo que Jean Pierre Chevènement dijo sobre cuestiones catalanas. Según leo, se refirió al «peligro de debilitamiento del Estado central que existe en España». No veo qué hay en ello de aberrante: es obvio que la descentralización implica el debilitamiento de las estructuras centrales del Estado. Que eso se tome como grave peligro o como feliz circunstancia depende de la opción ideológica de cada cual. Allá Chevènement con la suya.

Para subrayar los inconvenientes de la descentralización, el ministro francés se refirió a los problemas que hubo a la hora de luchar contra el último gran incendio que sufrió Cataluña: un mando único habría aportado mucha más eficacia, cree él. A no ser que el mando único en cuestión fuera un desastre, podríamos responderle nosotros.

Su razonamiento, desde luego, no habla demasiado en favor de sus luces intelectuales. Por las mismas, podría sostener que si en Estados Unidos no hubiera federalismo, se podría luchar mejor contra ciertas formas de delincuencia. O que si Francia y España constituyeran un único Estado nos ahorarríamos los eternos conflictos agrícolas. Es un error -o, por expresarlo con franqueza, una bobada- juzgar todo un sistema de organización territorial a partir de algunos supuestos aislados de eficacia funcional.

Sigue Chevènement divagando y se topa con la lengua catalana. Por desgracia, en materia de lenguas el hombre tampoco es un prodigio de sutileza: afirma que, mejor que estudiar catalán, los franceses del Rosellón deberían aprender inglés, «que es un idioma que progresa en todo el mundo, como el español». Con lo cual da por hecho: a) que los habitantes del Rosellón solo pueden estudiar una lengua; y b) que la practicidad más plana es el único criterio que debe mover al estudio de los idiomas. El ministro francés debe de ser uno de esos genios que han acabado con la enseñanza general del latín y el griego clásico. No se enteran de que cada idioma encierra un código de acercamiento a la realidad, y que cada uno de esos códigos representa un tesoro para la Humanidad.

Dicho lo cual, me parece otro disparate juzgar a Chevènement al margen de su procedencia. En 1789 Francia supo poner en marcha un atractivo proyecto nacional unitario, que no ha dejado apenas espacio social a los nacionalismos menores. La izquierda francesa, desde el lío entre la Montaña y la Gironda, ha hecho bandera del centralismo. No tiene nada de sorprendente que Chevènement patine por esa senda. Montar una bronca por semejante trivialidad -¡hasta ha habido quien le ha llamado «genocida»!- es indicativo de la miseria política e intelectual en que dormita buena parte del nacionalismo catalán.

Ladran, luego no cabalgan.

Javier Ortiz. El Mundo (26 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de agosto de 2011.

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