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1998/08/22 07:00:00 GMT+2

Obsceno

Dice Monica Lewinsky que el presidente Clinton y ella se dedicaban a prácticas sexuales "poco corrientes". ¿Y ella cómo sabe qué es corriente y qué no en la intimidad de la mayoría? ¿Considera acaso que el muestrario obtenido en su propia experiencia es representativo del conjunto de la población de los EEUU?

El ultrarreaccionario fiscal Starr no pretende sólo demostrar que Clinton mintió al Gran Jurado: quiere presentarlo también como un hombre obsceno. Y Lewinsky colabora.

Pues bien, estoy de acuerdo. Sólo que mi concepto de obscenidad es bastante diferente al suyo. Y le incluye.

En efecto, me parece una total obscenidad que este caballero se haya gastado miles de millones en hurgar en los devaneos sexuales del presidente. Leí anteayer que con una cantidad como ésa se podría haber paliado la hambruna que sufre ahora mismo la población sudanesa. Qué terrible indecencia, qué obscenidad.

El ataque que lanzó anteayer el Ejército norteamericano contra Sudán y Afganistán por orden expresa de Bill Clinton es también de una obcenidad intolerable.

Casi lo pronostico. El pasado martes, después de ver su patético mensaje televisado, dije: "Pobres iraquíes. Acaban de ganarse otro bombardeo". Una compañera del periódico, más puesta que yo en estas materias, me respondió: "No creo que ataque Irak. Esta vez les va a tocar a otros". Pero también estaba convencida de que estábamos en vísperas de otra hazaña bélica.

¿Le creyeron ustedes cuando apareció asegurando que había decidido la acción al saber que se estaba celebrando una "cumbre de jefes terroristas"? ¿Se creyeron ustedes que la fábrica de Jartum que han destruido elaboraba realmente armas químicas? El embajador de Sudán en las Naciones Unidas ha dicho que esa fábrica había sido revisada hace poco por una misión internacional, que no observó en ella nada de especial.

Miente Clinton. Miente con la misma naturalidad con que mintió sobre sus relaciones con Lewinsky. Es tan tramposo cuando perora a cuento de la maldad de Osama Bin Laden, el maligno, como cuando viste la corbata de la otra. Con una diferencia: la que hay entre un feo trozo de tela y decenas de misiles de crucero. Ponerse una corbata no es obsceno; ordenar que se lancen un montón de mortíferos misiles para que se olvide la torpeza de una corbata, sí lo es, y mucho.

Pero los mismos que no están dispuestos a perdonarle la bobada de la corbata aplauden su ataque cortina de humo contra objetivos dudosos situados en dos países que nadie ha demostrado que tengan que ver en esta historia: un acto de guerra decidido por su cuenta -pero con alto riesgo ajeno-, sin contar con la ONU para nada.

Eso sí que es obsceno, licencioso, deshonesto y pornográfico. Eso sí, y no las prácticas poco corrientes de las que habla Monica Lewinsky.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de mayo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/08/22 07:00:00 GMT+2
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1998/08/19 07:00:00 GMT+2

Clinton y la verdad

Y por qué les importaba tanto saber si Clinton había dicho o no la verdad sobre sus relaciones íntimas con Lewinsky? «Porque si mintió en eso, es que puede mentir en cualquier otra cosa», responden. Valiente memez. Habría que formularlo al revés: si miente tantas veces y sobre tantas otras cosas, ¿a cuento de qué iba a decir la verdad sobre eso?

Creer que alguien puede llegar a presidente de los Estados Unidos diciendo siempre la verdad sólo cabe en mentes deformadas por una sobredosis de películas de Frank Capra. Todo político miente. Está obligado a mentir. A diario. La mentira es consustancial a la política profesional. No ya a la Casa Blanca: diciendo siempre la verdad no se llega ni a la Concejalía de Cultura y Bienestar Social del Ayuntamiento de Villalobillos de Abajo. Y quien no reconozca eso o es de una ingenuidad patológica... o miente.

Pero es que hay más. En todo este asunto se está partiendo de la idea de que decir la verdad es lo correcto y bueno, siempre y en toda circunstancia, y que escamotearla es inevitablemente erróneo y malo. Otra memez.

-Caramba, Pepito: qué mal aspecto tienes. Estás más gordo y más feo que nunca. Por cierto, ¿es verdad eso que me han contado? ¡Dicen que tu mujer te la pega con el vecino de abajo!

Uno no puede andar así por la vida. Alguien que siempre dice la verdad constituye un auténtico peligro público. Como esas folclóricas que declaran: «Ej qué yo soy mú sinsera, y eso m'ha traío musho probrema». Pues claro.

Debemos acertar a dosificar las verdades y las mentiras -o los silencios: cuantas veces guardar silencio es sólo un modo especial de mentir- para que la realidad no haga demasiados estragos. Ni en los demás ni en nosotros mismos.

Lo cual vale tanto para la vida política y las relaciones sociales como para las más personales e íntimas. Qué estupidez, la de esas parejas que presumen de contárselo todo. No ha acabado bien ni una sola de las que he conocido.

Así que Clinton mintió y no dijo que algunas veces Lewinsky y él hacían sus cositas. La culpa no la tiene él, por contestar eso, sino el tipo que le preguntó por semejante asunto. A lo peor es que yo soy muy antiguo, pero para mí que de esas materias no hay que hablar en público. Y sin el consentimiento de la otra parte, aún menos.

En todo caso, a mí qué. Me molestan las mentiras de Clinton cuando sostiene, por ejemplo, que el bloqueo de Irak lo hace por el bien de la población iraquí. Me molesta, pero no me sorprende nada. Lo que me sorprendería es que dijera: «A mí el pueblo iraquí me importa tres pitos. Mantengo el bloqueo, a sabiendas de que es cruel e inhumano, porque me sirvo de Sadam Husein como títere de mi espectáculo politiquero».

¿Que Clinton miente? Vaya una noticia. Pues claro. Así es como funciona esa gente. Cómo, si no.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de septiembre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/08/19 07:00:00 GMT+2
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1998/08/18 07:00:00 GMT+2

Ferrat

Aproveché el comienzo de mis vacaciones en San Sebastián para atravesar la frontera. Baiona, Biarritz, San Juan de Luz: recuerdo de viejos tiempos al borde del Adour, bocadillo de camembert, parada en la Chambre d'Amour con la inevitable demie...

En Biarritz, junto al viejo Casino, bajo un terrible aguacero, encontré una muy aceptable tienda de discos. Me abastecí de viejas grabaciones perdidas o ya muy maltratadas por el uso: el Montand de Les Feuilles Mortes y el Chant des Partisans -días antes lo habíamos estado cantando en Madrid en pandilla-, Barbara, Maxime Leforestier -la voz del 68: compruebo que ha seguido componiendo grandes cosas-, Ferré, Brassens, Aufrey... y Jean Ferrat.

Hace 35 años que oí su voz por primera vez: era Nuit et brouillard, una canción sobre los deportados del nazismo. «Lo diré a ritmo de twist, / si se vuelve necesario, / para que los niños del mañana / sepan quiénes fuisteis», cantaba. ¡Twist! No lo hizo, menos mal: su música aguanta mucho mejor el tipo.

Allá por 1969 compuso Un jour futur. Decía: «Se ha levantado una primavera con color de incendio. / A cada grito viviente responden las granadas. / Hombres de 50 años: ¿qué habéis hecho del mundo?». Criticaba a los mayores, condenaba el presente, apostaba por el futuro: «El porvenir, el porvenir no estará maldito». Aquel muchacho airado cumplirá 62 años el próximo 26 de diciembre. Ah, el porvenir, siempre por venir.

La pregunta del joven Ferrat se vuelve contra quienes entonces maldecíamos a la gente instalada. Hombres de 50 años: ¿qué hemos hecho del mundo? Algunos muy poco. No nos han dejado. Es muy posible que para bien: siempre hemos alimentado ideas peligrosas. Otros lo han tenido en sus manos. Y lo han empeorado a conciencia.

Quizá la diferencia mayor entre la cólera de los jóvenes de hoy y aquélla que cantó Ferrat, que muchos compartimos, estribe en que nosotros estábamos convencidos de que íbamos a cambiar el mundo, y para bien. Ahora muy pocos creen algo parecido. Tienen más claras sus posibilidades.

Hacen mal en no engañarse. Hay que soñar para crear. Ferrat no cambió para nada el mundo, pero creó muchas canciones espléndidas, que es posible escuchar ahora con la misma emoción que entonces. Barbara no cambió nada, pero su Nantes o su Göttingen continúan estremeciendo. Brassens ni siquiera esperaba transformar la vida: su Morir por ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta es hoy, sin embargo, más válido que nunca. L'Affiche rouge de Ferré es aún más viejo que yo, pero todavía es capaz de sacarme a pasear las lágrimas.

Ferré cantó: «Gracias, Satanás, por la toma de la Bastilla, aunque no sirviera para nada». Es inexacto: sirvió para mucho. Pero no para lo que querían quienes la asaltaron.

Lo mejor que queda en Francia -y sigue quedando mucho- no sería como es sin toda aquella gente brava y rebelde, como Ferrat.

Tampoco yo sería el mismo.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de mayo de 2013.

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1998/08/15 07:00:00 GMT+2

Ya te vale, Telefónica

Hasta comienzos de este mes, Telefónica cobraba 139 pesetas por una hora de conexión diurna a Internet. Lo cual, al cabo del mes, representaba ya una pasta nada desdeñable para los navegadores habituales, que no es nada raro que nos pasemos más de una hora diaria ante la pantalla del ordenador, paseando por la red.

Ahora cobra 314 pesetas la hora: dos veces y media más. (Explico a los no conocedores de Internet que Telefónica cobra las conexiones a la red mundial como si se tratara de llamadas metropolitanas. Y como las llamadas locales de larga duración se han encarecido un montón, navegar ahora por Internet sale por un ojo de la cara).

La compañía de marras anunció que establecía un abono especial para los usuarios de Internet. Tras ímprobos esfuerzos y un montón de consultas, conseguí enterarme de las enormes ventajas del tal abono. Para empezar, no sirve para nada durante los 10 primeros minutos de conexión, lo que afecta a la práctica totalidad de las llamadas que los internautas hacemos para repasar el correo electrónico. Tampoco vale de nada cuando funciona la tarifa nocturna. Solamente se aplica, en suma, a las conexiones diurnas de larga duración. En ese caso, en vez de cobrarnos la llamada dos veces y media más cara que hace un mes, Telefónica nos cobra sólo... el doble. ¡Cuanta generosidad!

Es un abuso total cuyo efecto principal va a ser que, a partir de ahora, Internet -la vía de información y comunicación teóricamente más democrática de las ingeniadas por el intelecto humano- se convierta en España en un artículo de lujo, utilizable de modo constante únicamente por la gente de posibles. En España, digo, porque en otros países -en Estados Unidos y en Francia, por ejemplo- ya funciona lo que se llama tarifa plana, que consiste en que el usuario de Internet paga un tanto fijo al mes por su conexión a la red, y sanseacabó.

El problema español es doble. De un lado, está el hecho de que Telefónica sigue manteniendo de facto el monopolio de las llamadas locales. Y del otro, que el Gobierno no interviene en el mercado sino para asegurarse de que las tarifas no le estropeen demasiado el IPC, sin verdadera consideración por los usuarios del teléfono, en general, y por los de Internet, en particular.

Según el último Estudio General de Medios, en España hay ya más de 1.200.000 personas conectadas a Internet. Constituimos una fuerza económica y social muy poderosa. Me parece evidente que ha llegado la hora de pasar concertadamente a la acción y hacer que se sienta el poder del que disponemos. Hay algunas ideas en marcha, de las que da cuenta el sitio web de este diario (El Mundo). Telefónica y el Gobierno tienen que enterarse.

Internet no es un artículo de lujo, sino una necesidad cultural y de comunicación merecedora de ayuda y amparo públicos. Si aún no se han dado cuenta, hagámoselo saber.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de mayo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/08/15 07:00:00 GMT+2
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1998/08/14 07:15:00 GMT+2

Manos a la obra

Por razones que se me escapan, el Ayuntamiento de Madrid procede todos los agostos a sistemáticas campañas de castigo contra los vecinos motorizados que permanecen en la capital: la llena de infinitas y peligrosísimas obras.

Me dirán ustedes -y tendrán razón- que el verano es la mejor época del año para realizar trabajos en la vía pública: habiendo menos vehículos, las obras molestan también menos. Pero el problema no está en que haya obras, sino en cuántas son y, sobre todo, en cómo son.

A veces ni siquiera puede decirse propiamente que sean obras. Llega un equipo de trabajadores municipales, abre unas cuantas zanjas en el asalfo, recoge los bártulos y desaparece. ¿Es eso una obra? Se queda más bien en faena. ¿Por qué no inician el trabajo sólo cuando están en condiciones de rematarlo? Supongo que porque, si hicieran eso, castigarían mucho menos al personal. Perdería gracia.

Y qué zanjas hacen. Las hay de tal profundidad que uno llega a dudar si sirven a labores de asfaltado o son el inicio de expediciones espeleológicas. Muchas -faltaría más- carecen de la menor señalización.

A los automovilistas que no tienen todoterrenos los fastidian bastante, porque les estropean los amortiguadores del coche. Pero a los motoristas les fastidian todavía más, porque les estropean la columna vertebral, que es de reparación más delicada.

Hay dos tipos de zanjas especiales para motos. Están, en primer lugar, las delgadas que discurren en el sentido de la marcha: ayudan a que se metan en ellas las ruedas del cacharro, lo que abre un amplio campo de posibilidades, todas ellas luctuosas.

Y están luego las zanjas profundas y horizontales, que provocan resultados mucho menos variados: todas tienden a empujar violentamente hacia delante al motorista. Si va rápido, el vuelo sin motor está prácticamente asegurado.

Los madrileños motorizados, por puro espíritu de supervivencia, tratan celosamente de eludir las calles con obras. Pero el Ayuntamiento tiene estudiada esa tendencia elusiva y toma las medidas necesarias para neutralizarla: de un lado, no avisa de cuáles son las calles que imitan la geografía de Sarajevo; del otro, pone en danza tantas obras que es imposible hacer un recorrido de 500 metros sin toparse con una.

¿Por qué se porta así el Ayuntamiento? Imagino que lo hace porque tiene algún tipo de acuerdo secreto, sea con las autoridades de las zonas turísticas, molestas porque haya madrileños que no las atascan aún más, sea con la patronal de los talleres de reparación, sea con las clínicas privadas, que apenas tienen en agosto un mal paciente que llevarse al quirófano. Lo más probable es que cobre de los tres.

Si no, no me lo explico.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de mayo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/08/14 07:15:00 GMT+2
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1998/08/14 07:00:00 GMT+2

Todos dopados

He leído no sé dónde que han expulsado de una carrera ciclista a cuatro corredores italianos porque se habían dopado. Parece que hay ahora mismo también un lío de mucho cuidado en el fútbol italiano con la cosa del dopaje.

No tengo ni idea de ciclismo. No lo he practicado desde que cumplí los 18 años, cuando me autorizaron a gozar de las infinitas ventajas del motor de explosión. Pero tampoco lo del ciclismo es singularidad, en mi caso: en general, no sé nada sobre ninguna práctica deportiva. Todas me parecen peligrosísimas. La gente que conozco que practica algún deporte anda siempre con escayolas, vendajes y cojeras.

Reconocida mi ignorancia y mi prevención ante los sobreesfuerzos corporales -exceptuando alguno que no hace al caso mencionar en este momento-, diré que todo el asunto del dopaje en el deporte, tan traído y llevado desde el Tour, me tiene perplejo. ¿A cuento de qué someten a tamaña vigilancia a los deportistas? O, por precisar más la causa de mi mosqueo: ¿por qué a los deportistas sí y a los demás profesionales no?

A menudo me he preguntado qué resultados daría un control anti-doping a la salida del Congreso de los Diputados. Esos políticos que son capaces de mantener un debate de horas y más horas y salen tan frescos, ¿de veras que no se meten nada? Anda ya. Y si les hicieran análisis de sangre a los participantes en oposiciones, ¿qué resultados darían? No quiero ni pensar qué sucedería si se hiciera lo propio con los escritores y periodistas. Ya me veo el titular de la noticia: «Ordenan retirar de las librerías la última novela de Fulano de Tal. Los análisis han demostrado que escribió varios capítulos con media tajada». O bien: «Censurada la columna que escribió ayer Zutano. Dio positivo en las pruebas de nicotina».

Si de lo que tratan es de proteger la salud, ¿por qué sólo la de los deportistas, y no también la de los políticos, los pintores, los policías y los apicultores, por ejemplo? Y si lo que quieren es preservar la igualdad de posibilidades de la competición, ¿por qué no aplicar la misma regla a todas las muchas competiciones que hay en esta vida, incluidas las electorales?

Entiendo perfectamente que haya controles de alcoholemia en las carreteras, porque un conductor bebido es un peligro para los demás. Pero no los entendería si el objetivo fuera impedir que los automovilistas se hagan polvo el hígado.

La salud es un capital fijo: allá el que quiera gastárselo en 40 años, exprimiendo sus posibilidades a tope, en vez de administrárselo para que le dure 80 o 90.

Lo de citius, altius, fortius no es sólo el lema olímpico. La sociedad actual lo ha extendido a todas las actividades. Día a día se nos exige que vayamos más y más lejos, que subamos más y más alto, que seamos más y más fuertes. Muy pocos son capaces de responder a esa terrible exigencia sin ayuda.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de agosto de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/08/14 07:00:00 GMT+2
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1998/08/12 07:00:00 GMT+2

Sangre y arena en San Sebastián

Recuerdo el antiguo coso de San Sebastián, el viejo Chofre, construido sobre el punto más alto de mi barrio: un montículo de arena, poco más que una duna. Un buen día tomé las de Villadiego -bueno, algo más arriba: las de Burdeos- y, cuando regresé, apenas seis años después, había desaparecido. No sólo la plaza de toros: también el montículo de arena. En su lugar habían hecho un barrio horrible, de edificios supuestamente bien. Me enfadé: en cuanto te descuidas, te roban los recuerdos. Te escamotean la infancia.

También habían derruido el Gran Kursaal, al borde del mar.

Mi barrio ya no era mi barrio.

Lo que no eché de menos para nada fueron los festejos taurinos.

Pregunté a mis convecinos de siempre. Es probable que escogiera mal la muestra, pero el caso es que no hallé ni uno solo que añorara las castizas lidias de antaño. A lo que me alcanza el recuerdo, eran frecuentadas casi exclusivamente por veraneantes. Toda la tradición torera de mi viejo barrio residía en un matador del que alguna vez oí hablar -José María Recondo, de la familia de los Chopera- y el hermano de un amigo, que escapó a Andalucía para hacer de maletilla. Su padre marchó en su búsqueda y, cuidado que Andalucía es grande, pero el caso es que lo encontró.

Y nada más.

Estoy lejos de pretender que la tauromaquia y la vasquidad estén reñidas. Tengo entendido que Jon Idigoras sostiene la tesis opuesta: que la lidia de toros -sólo que sin estoquearlos- es vasquísima. Conozco abertzales a los que les encanta también el espectáculo en el que los matan.

Dejo tan sólo constancia de que esa fiesta ritual nunca tuvo mucho arraigo en mi ciudad natal. Lo cual, a decir verdad, me alegraba.

No soy del género de los que aborrecen la tauromaquia por amor a los toros de lidia. Si no hubiera lidia, para rato habría toros bravos, con lo carísimo que sale cuidarlos. Tampoco creo que los aficionados sean sádicos: no disfrutan con la sangre y el sufrimiento, sino con la pericia de los toreros y la estética de los lances. Pero justamente eso es lo que me inquieta: que sean capaces de pasar por alto que en el ruedo se lancea, se hiere y se mata. Tampoco los aficionados al boxeo se regocijan con el dolor de los golpes. Pero hay golpes. Y dañan. De modo irreparable.

En el caso de la tauromaquia la cosa viene de antiguo, pero el mal en el que se basa -la capacidad humana para hacer abstracción del sufrimiento de terceros- está lejos de ser un atavismo.

Al contrario. Antes se criticaba al corazón que no siente cuando los ojos no ven; ahora, cada vez más, se agiganta nuestra capacidad para no sentir nada incluso cuando nuestos ojos ven. Para ver y no ver. Se nos está acorazando el alma.

Me pregunto si los donostiarras no teníamos ya una dosis suficiente de indiferencia ante el dolor ajeno.

Javier Ortiz. El Mundo (12 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de agosto de 2010.

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1998/08/11 07:00:00 GMT+2

Víctimas inocentes

Kenia, Nairobi. Leo el correo electrónico que me envía María, mi amiga del alma. Ahora está trabajando allí. «Qué animalada. Ha sido horrible. No puedes imaginar lo concurrida que está esa zona siempre. Todo son oficinas, paradas de autobús...». Reconozco mi mezquindad: cuando supe del brutal atentado, sólo pensé en ella.

«Esa es la cara más repugnante de los terroristas», oigo que dice un experto por la radio. «Querían matar norteamericanos, pero han matado sobre todo africanos». No entiendo. Si hubieran asesinado a más norteamericanos que africanos, ¿habrían sido menos repugnantes? ¿Y si hubieran pillado a María, que es de Talavera, a medio camino entre Washington y Nairobi?

No soporto los discursos sobre víctimas inocentes. Para quienes rechazamos la pena de muerte -todas las penas de muerte-, las víctimas producidas por actos de violencia voluntaria son siempre inocentes, por definición.

Pero tampoco puedo aceptar la hipocresía de quienes pretenden que los terroristas de Nairobi y Dar as Salam son de otro planeta.

Para los causantes de esa odiosa masacre, los centenares de muertos causados por sus bombas son sólo efectos colaterales. No querían matarlos: han caído, víctimas de un mal necesario. Qué se le va a hacer.

No son ellos los inventores de ese lenguaje. El Gobierno de los EE.UU. tiene la patente.

Estallaban las bombas de Kenia y Tanzania, y en ese momento se conmemoraba en Japón el horror de Nagasaki. Allí murieron 70.000 personas. 70.000 víctimas inocentes. Un daño colateral 35.000 veces superior al de Nairobi y Dar as Salam.

¿Integristas fanáticos? Los hay para todos los gustos... y disgustos. Los hay prestos a justificar lo que sea -y más- en nombre del islam, pero también los hay dispuestos a cerrar los ojos a cualquier barbarie realizada en nombre de la defensa de Occidente. Toda guerra, de alta o de baja intensidad, declarada o clandestina, se fundamenta en la admisión de los daños colaterales. Se producen muertes no deseadas, pero inevitables. ¿Qué son, ante la majestad de la causa?

Hablan de Milosevic, hablan de los degolladores argelinos, hablan de Pol Pot y Camboya. Pueden hacerlo libremente, puesto que ellos dictan cómo se escribe la Historia. Pero eso no los hace mejores. Cada vez que sus intereses superiores han corrido peligro -o cada vez que ellos han considerado que podían estar comprometidos, aunque no fuera verdad-, han actuado con la misma fría determinación asesina. Y han matado. Por cientos, por decenas de miles. A quienes no tenían nada que ver en sus litigios. A inocentes.

Dresde. Hiroshima. Argel. Mi Lai.

Tantas veces. En tantas partes.

Nairobi. Dar as Salam.

Son iguales.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de agosto de 2010.

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1998/08/08 07:00:00 GMT+2

Conde y la Constitución

Hija del tiempo histórico en que fue elaborada, la Constitución española está salpicada de enfáticas proclamas progresistas. Casi todas meramente retóricas, como el progresismo de quienes las promovieron: cosa de ganarse el aplauso de la galería sin comprometerse a nada concreto y práctico.

Una de esas lindezas progresistas es la que aparece en el artículo 25.2. Dice: «Las penas privativas de libertad... estarán orientadas hacia la reeducación y la reinserción». Es una opción decisiva: implica la renuncia a considerar la reclusión del delincuente como un fin en sí mismo (la venganza que la sociedad se toma con quien le ha causado un daño), para entenderla sólo como un medio (la vía que debe seguirse para conseguir que el reo rectifique y recupere la condición de honorable ciudadano).

Se puede objetar que esa filosofía penitenciaria no es, ni mucho menos, representativa del sentir de la inmensa mayoría de la sociedad española actual. Ni de la actual ni de la de 1978, si vamos a eso. Sea: reformen la Constitución, ajústenla a la ley del Talión, puesto que de eso se trata. Pero, mientras no lo hagan, aténganse al mandato de la llamada ley de leyes.

Conforme a ella, los beneficios penitenciarios, del tipo del tercer grado, deben entenderse como una constatación de los progresos que hace el reo en el proceso de su reinserción. Se le va dulcificando la pena en la medida en que él va dando pruebas de su aptitud para vivir en libertad sin dañar al resto de los ciudadanos.

Descendamos de lo general a lo particular. ¿Merece Mario Conde, según ese criterio constitucional, que se le concedan las ventajas del tercer grado? No parece. Por lo que dice él mismo, no se muestra nada arrepentido de su fechoría. Es más: asegura que, de encontrarse en similares condiciones, volvería a actuar tal cual. Dejarlo salir a la calle supone contrariar el criterio fijado por la Constitución.

Es muy cierto. Tanto... como lo contrario. Porque negar a Conde el tercer grado supondría infringir otra norma constitucional: la que determina la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. ¿Por qué los de Filesa sí y él no? En el caso de los financiadores ilegales del PSOE se arguyó que ya no podrán cometer un delito como el que les llevó a la cárcel. ¿Y Mario Conde? ¿Alguien cree que existe el peligro de que si sale libre un par de días por semana algún banco lo nombre presidente?

¿Entonces? ¿Tercer grado para Conde, bien o mal?

El dilema es más aparente que efectivo. Solamente se plantea si uno trata de afrontar este asunto específico, como lo he hecho yo, a partir de los principios de la Constitución. Así no tiene solución. De respetarse esos principios, nada sería como es, y ni Conde ni los de Filesa -ni tantos otros- habrían podido ser lo que fueron.

El error está en tomar España por ese Estado social y democrático de Derecho del que tanto -y tan vanamente- habla la Constitución.

Javier Ortiz. El Mundo (8 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de agosto de 2011.

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1998/08/05 07:00:00 GMT+2

El penalista González

Niega este periódico que González tenga méritos de penalista que justifiquen su presencia como abogado defensor en el recurso de Barrionuevo y Vera ante el Constitucional.

Alega El Mundo que la única experiencia con que cuenta el expresidente en materia de abogacía es lejana -data de hace más de un cuarto de siglo- y totalmente ajena a los vericuetos del Derecho Penal, puesto que sólo ejerció como laboralista.

Me parece un criterio superficial.

La experiencia demuestra que el conocimiento se puede adquirir por muy diversas vías.

Hoy en día, algunos periodistas estamos más familiarizados con el Derecho que muchos licenciados en leyes. Los editorialistas, en especial, ya no sabríamos escribir sin tener a mano la Constitución, el Código Penal, la Ley Orgánica del Poder Judicial, la Ley de Enjuiciamiento Criminal, los diversos Estatutos de Autonomía, la legislación relativa a la financiación de los partidos, la Ley Electoral... y ya no sé cuantos textos legales más. Algunos de mis libros de leyes están más castigados con subrayados y anotaciones que los de un estudiante aplicado. Me sé de más de un periodista que no haría mal papel como abogado defensor... o como fiscal.

Otro gremio que cuenta entre sus miembros con grandes expertos en Derecho -y especialmente en Derecho Penal- es, sin duda, el de los delincuentes. No me refiero únicamente a los delincuentes de cuello blanco, sino también -e incluso sobre todo- a los chorizos de base: los hay que planean sus fechorías Código en mano, para que, en el caso de que los pillen, la pena que les caiga sea la menor que quepa. Verdaderos artistas.

Felipe González no es periodista -aunque leyendo los editoriales de algún periódico quepa imaginar que los escribe él- y tampoco puede decirse que sea delincuente -y menos aún delincuente de base-, pero ha estado tan relacionado en los últimos veinte años con hechos delictivos, en una gama tan variada, que no me extrañaría nada que para estas alturas esté hecho todo un erudito en materia penal. A la misma conclusión lleva el hecho de que, pese a haber estado siempre cerca de gente que ha acabado teniendo graves problemas con la Justicia -desde Enrique Sarasola a Pepe Barrionuevo, pasando por los del AVE, los de Filesa y tantos otros, a escala local, y desde Craxi a Carlos Andrés Pérez, en el plano mundial-, él jamás de los jamases ha sido encausado, ni siquiera por haberse saltado un semáforo en ámbar. No me digan que eso no denota una singular habilidad.

Por otro lado, se está dando por hecho que González ha decidido asumir la defensa de Barrionuevo y Vera sin más objetivo que el de intentar salvarlos. Es otro prejuicio simplista. Puede perseguir también otros fines. Por ejemplo: asegurarse de que su defensor no les aconseja en ningún momento que confiesen.

Así, de paso que los defiende, los vigila.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de agosto de 1998). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de agosto de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1998/08/05 07:00:00 GMT+2
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