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1999/10/02 07:00:00 GMT+2

ETA, la guerra y la política

Durante años, los teóricos de la lucha antiterrorista -los teóricos teóricos- estuvieron tratando de convencer a la opinión pública de que tal vez ETA fuera allá por los 60 y los 70 una organización que perseguía fines políticos, así fuera por métodos execrables, pero que luego degeneró en una banda de asesinos y atracadores vulgares que se han entregado al crimen sin más objetivo que el de vivir bien.

Nunca me convenció esa teoría de los teóricos teóricos. Hice un cálculo sobre las virtualidades del etarrismo como profesión y el resultado fue definitivo. Comprobé que la persona que se mete en ETA cuenta con todas las posibilidades de terminar, en un plazo medio de seis años, o muerto o en la cárcel.

Como salida profesional, está claro que lo de ETA no presenta el menor atractivo. Ni los tesoreros del PSOE lo tienen tan crudo.

Mi investigación me permitió comprobar que ETA sí puede dar beneficios estables y seguros, pero sólo por vía indirecta. Un ejemplo: supongamos que eres un parado que quiere trabajar, pero que no lo consigue ni a la de tres. Vas, te metes en ETA un buen día, no haces nada de particular -quiero decir que ni matas, ni secuestras a nadie, ni robas, ni nada- y, al poco, te presentas en la Audiencia Nacional y le dices al juez que estás arrepentido. No conozco ni un solo arrepentido de ETA que se haya quedado en el paro.

Hay más posibilidades de vivir a costa de ETA. Me sé de alguno que lo ha conseguido convirtiéndose en etólogo. Es relativamente fácil: convences al personal pinturero de Madrid de que sabes la tira sobre el perverso nacionalismo vasco, en general, y sobre ETA, en particular, y hala, a sacar libros previamente premiados y a que se te rifen en las radios.

La misma gente que vendía hace poco más de un año la tontería esa de que ETA ya no tiene nada que ver con la política, porque lo suyo es sólo un modus vivendi, afirma ahora, con el mismo aire sesudo y sin rectificación alguna, que la auténtica maldad de ETA reside en que se pirra por la construcción nacional. O sea, que sus móviles reales, vaya por Dios, son políticos.

«Dejaron de matar sólo porque pensaban que podían lograr sus metas por otras vías», alegan. Estos genios acaban de descubrir a Von Clausewitz. Todo el mundo se sabe la definición del estudioso alemán («La guerra es la continuación de la política por otros medios»), pero casi nadie parece recordar que también formuló la verdad inversa: «La política es la continuación de la guerra por otros medios».

¿Les da igual a nuestros genios? Pues a mí no. Me importa que unos medios maten y otros no.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/02 07:00:00 GMT+2
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1999/09/29 07:00:00 GMT+2

Los pájaros de González

Si mi alma tomara el turno de la de José María Aznar y controlara los actos de su presidencial persona -un temor que no me asalta en absoluto: no creo en mi propia alma, como para creer en la de Aznar-, me dedicaría a mimar con el más exquisito de los cuidados a Felipe González. No sabe el actual jefe de Gobierno el chollo que tiene con su antecesor. (O quizá sí lo sabe, en cuyo caso no necesita mi alma para nada, y eso que salimos ganando los dos).

González es en estos momentos el mejor aliado objetivo de Aznar. Todas sus intervenciones políticas acaban reforzando la posición del líder del PP. Tres casos recientes: 1º) ha hecho polvo el Congreso del PSPV al forzar a Ciscar a romper su alianza con Asunción; 2º) ha dejado en ridículo a la dirección de su partido amparando al Gobierno chileno en el caso Pinochet; y 3º) está segando la hierba bajo los pies de Pasqual Maragall, racaneándole el apoyo de sus fieles aparatchiki.

Hay quienes se toman estos actos como muestras de torpeza, propiciada por la incontrolable soberbia del personaje. No lo creo. Es soberbio, desde luego, pero no torpe. Sabe lo que hace. Toda su actuación en los últimos tiempos responde a un doble propósito, que en realidad es uno solo: de un lado, busca impedir que nadie (sea de manera individual o en equipo) reemplace su liderazgo en el PSOE; del otro, quiere asegurarse de que su partido no vence en las próximas elecciones, de modo que su candidatura en las siguientes -que él haría todo lo posible por adelantar- se convirtiera en un clamor de las filas socialistas.

Desde esa voluntad, los dirigentes como Maragall o como Asunción, que van por libre, representan un estorbo para él. No quiere barones indisciplinados. Constituirían un contrapoder peligroso.

Por eso no ve con malos ojos la victoria de Pujol sobre Maragall: a fin de cuentas, el president no le revuelve la trastienda. Además, no tendría mayor problema para entenderse con él, llegado el caso. Por preferir, incluso prefiere que venza Zaplana, si la alternativa es que lo haga Asunción.

Tres cuartos de lo mismo con la pata de banco pro pinochetista: es un modo de afirmar su autoridad. Y su insumisión ante la cúspide interina de Ferraz.

Esa es la base de la confluencia de intereses entre González y Aznar. A González no le conviene que este PSOE -que no encabeza, y del que no es candidato- triunfe en las elecciones de la primavera próxima. Aznar está, punto por punto, en las mismas: tampoco quiere que este PSOE llegue a La Moncloa en la próxima primavera.

Pueden hacer juntos un buen tramo del camino: Aznar con su pájaro en mano; González, con su ciento a tiro.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de septiembre de 2012.

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1999/09/25 07:00:00 GMT+2

La idiotez del milenio

«Querida: recibe estas flores como recuerdo de que hoy se cumplen exactamente 647 días de la tarde en que nos conocimos. Te quiere, Luis».

La empleada de Interflora lee la tarjeta de visita y mira al caballero con inocultable desconfianza. «¡Vaya un tipo excéntrico!», piensa.

¿Se imaginan que en la primera página de El Mundo apareciera hoy un título en grandes caracteres que dijera: «Suplemento especial: Hace 33 años, cinco meses y 14 días del asesinato de John F. Kennedy»? Dirían ustedes que en este diario estamos como una regadera. (Y, dicho sea de paso, acertarían).

Ya se sabe: los acontecimientos se conmemoran en fechas exactas: un año, diez, 25, 50, 100, 500...

Bueno, pues no veo por qué.

Ahora estamos con la murga del nuevo milenio. Ingentes multitudes a lo largo y ancho del vasto mundo discuten apasionadamente si se debe festejar el 1 de enero del 2000 o el primero de año del 2001. Me resulta curioso que no haya nadie que plantee una discusión previa y mucho más enjundiosa: ¿por qué narices hay que celebrar el cambio de milenio, sea tal día o tal otro?

Cuando suene la campanada que ponga fin al 31 de diciembre de 1999, o al 31 de diciembre del 2000, nuestra existencia sólo habrá experimentado un cambio objetivo: seremos un poquitín más viejos que un minuto antes.

No veo que haya en ello nada de lo que alegrarse.

Aparte de que será un fasto asaz problemático. ¿Cómo lograrán sus celebrantes distinguir entre el ritual festejo de fin de año y el del feneciente milenio? ¿Se comerán 100 uvas? ¿Engullirán tal vez 112: 100 por el siglo y 12 por el año?

Valiente patochada.

Dicen los papeles que España está muy atrasada en los preparativos de la celebración del milenio. Por una vez, nuestro proverbial atraso me parece un adelanto.

Cuentan que en Londres, en París y en Nueva York se disponen a tirar la casa por la ventana. Sus fiestas van a ser de las que hacen época. Se van a gastar lo que no está escrito. Hay gente que va a pagar millones por participar en algún cotillón de gran postín, o cientos de millones por dormir -o más bien por no dormir- en tal o cual habitación de tal o cual hotel de lujo.

Estando el mundo como está, esas celebraciones delirantes sólo pueden tomarse como una mezcla repelente de estupidez colectiva y de pornografía del peor estilo.

¡Todo por un simple cambio de fecha! ¡Por un apunte contable!

Se ve que hay gente cuya vida carece hasta tal punto de sentido que necesita ponerse delante una hoja de calendario para pensar que todavía tiene futuro.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de septiembre de 2010.

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1999/09/22 07:00:00 GMT+2

Absurdos interesados

Tómenselo ustedes como un principio científico, porque lo es: el grado de aceptación social de todo análisis resulta directamente proporcional a su simpleza.

Lamentable, pero cierto. La Humanidad siente una aversión instintiva hacia todo razonamiento que obligue a traspasar la frontera de lo evidente y palmario.

Pondré dos ejemplos actuales.

Primero: el de los llamados desastres naturales. Si yo voy y digo que los desastres naturales no existen, el 99% de quienes me oigan o lean concluirán que estoy como un cencerro. Sin embargo, los desastres naturales no existen.

La etimología de la palabra ya nos pone en la pista del equívoco: desastre (o sea, des/astre) quiere decir mala estrella. Remite al campo de las supersticiones.

La Naturaleza no hace nada mal. Ni bien. Carece de voluntad y, en consecuencia, de capacidad para equivocarse. Las desgracias asociadas a los terremotos, los huracanes, las lluvias torrenciales o las erupciones volcánicas no son naturales, sino específicamente humanas.

El fenómeno sí es natural; la desgracia, no. Las desgracias son fruto invariable de la imprevisión social. De una imprevisión que, con harta frecuencia, no nace ni de la ignorancia ni de la incapacidad para tomar medidas preventivas, sino de la desidia y la codicia de quienes, sabiendo cómo se podría evitar el mal, o minimizarlo, no lo hacen, porque eso les llevaría a ganar menos.

Segundo ejemplo: la sociedad admite con perfecta naturalidad que se le diga que hay accidentes automovilísticos que son producto de un fallo humano y otros cuya causa es un fallo mecánico. Una simpleza más, incompatible con la visión de la Ciencia.

La idea de fallo mecánico es un disparate. Las máquinas, al igual que la Naturaleza, no cometen fallos: no pueden equivocarse. Se equivocan quienes las fabrican, o quienes no las mantienen en buen estado. El mal llamado «fallo mecánico» no es sino una variedad más del fallo humano (expresión también bastante estúpida, por pleonásmica: todo fallo es, por definición, humano).

Pero esa clasificación de los accidentes no tiene tampoco nada de inocente. Es muy interesada. Generaliza la idea de que, si miles de personas mueren cada año en la carretera, es en buena medida por des/astre, y no porque esta sociedad ha generalizado un medio de transporte que fía todas sus posibilidades de éxito en la aptitud de los humanos para no equivocarse. Una habilidad que es intrínsecamente inhumana.

Incurren en un absurdo lógico. Pero no vean el dinero que les da.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de septiembre de 2011.

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1999/09/19 07:00:00 GMT+2

El discurso de Anguita

Polemizo con unas amigas del gremio. Según ellas, Anguita no sabe «articular un discurso» que lo acerque a la posibilidad de gobernar.

(Paréntesis. Juan de Mairena dice: «Alumno Martínez: venga y escriba en la pizarra: "Articular un discurso"». El alumno Martínez lo hace. Mairena añade: «Ponga ahora eso en lenguaje poético». Martínez escribe: «Montárselo». Mairena apostilla: «Muy bien».)

O sea, que Anguita no sabe montárselo para hacer carrera.

Mis dos amigas me explican el fondo del problema, tal como lo ven ellas: «El objetivo central de un partido político es gobernar».

Pues no. No para mí, al menos.

En teoría -digo en teoría-, uno impulsa un partido político porque está convencido de que la sociedad debería organizarse de un determinado modo, según unos determinados principios. A partir de lo cual, plasma sus ideas en un programa -esto es, en una propuesta de conjunto- e intenta persuadir al resto del personal de que sus criterios son la mar de estupendos y que haría bien en respaldarlos. Con su voto y con su acción diaria.

Puede suceder fácilmente, sin embargo, que esas propuestas, esas ideas que a uno le parecen magníficas, sólo convenzan a una pequeña parte de la población. O que convenzan a algunos durante un tiempo, pero luego a menos, o a casi nadie. ¿Qué hacer, en ese caso? Pues, habida cuenta de que uno se ha metido en el lío de la política precisa y exclusivamente para defender esas ideas, y no para ninguna otra cosa, sólo tiene dos opciones: o dedicarse a algún menester menos ingrato -a escribir columnas periodísticas, por ejemplo- o seguir erre que erre, dando la murga con mucha paciencia, a ver si algún día hay suerte y el viento social cambia de dirección y se pone de popa.

Eso es así teóricamente, ya digo. Pero también puede suceder que uno haya optado por la profesión política no para promover este o aquel ideario, sino porque con algo hay que ganarse el pan, o porque le encanta salir en los papeles, o porque se pirria por mandar. En cuyo caso, claro, si no logra vender sus ideas iniciales, pues las cambia por otras, o por ninguna, que es lo más práctico.

Esta última hipótesis no sólo es probable, sino que de hecho es la más frecuente. Es tan frecuente que, cuando nos topamos con un personaje del otro género, de los que hacen política por ideas, la mayoría de la gente afirma que su problema es que no acierta a «articular un discurso». O sea, que se lo monta fatal. Y, estando la política como está, es probable que tengan razón.

Con su pan se la coman.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de septiembre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/09/19 07:00:00 GMT+2
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1999/09/18 07:00:00 GMT+2

Condenado 36

De haberme visto obligado a tomar partido en el debate parlamentario del pasado martes sobre si condenar o no el golpe militar de 1936, lo más probable es que hubiera hecho lo mismo que el PP: me habría abstenido.

Sólo que por razones opuestas a las suyas.

Sostienen los de Aznar que el levantamiento del 18 de julio de 1936 pertenece ya a la Historia, por lo que no tiene sentido emitir un juicio político sobre él. Eso no es un argumento, sino una mera argucia. El nazismo es ya Historia -a mucho más título, porque los nazis ni vencieron ni gobernaron durante 40 años- e imagino que los parlamentarios populares no se negarían a condenarlo.

Dicen también que es un error plantear esta polémica, porque resucita la maldición de las dos Españas. ¡Anda; así que los hechos históricos dividen a la sociedad española actual! ¡Qué pueblo tan culto, el nuestro! ¡Y yo sin saberlo!

Sin querer, esta última objeción viene a explicar por qué creo que es una broma de muy mal gusto la condena del golpe militar de 1936 votada por el Congreso.

Veamos: si se considera que el levantamiento militar de 1936 es condenable, se presupone que también lo será la causa que esos militares defendieron con las armas en la subsiguiente Guerra Civil, y el régimen político que nació tras su victoria en 1939, que se mantuvo hasta 1976. Y, por vía de consecuencia, también habrá que condenar -a penas de cárcel, si se tercia- a quienes fueron agentes de ese régimen entre 1939 y 1976. Por lo menos a los que ostentaron los más altos cargos.

Llevemos el razonamiento a sus últimas consecuencias: condenar el levantamiento militar de 1936 -que la resolución del Congreso tilda erróneamente de «fascista»: no lo fue; lo devino con el tiempo- equivale a condenar también, por lógica coherencia, la llamada reconciliación nacional. Y con ella, los fundamentos mismos de la mitificada Transición.

Otrosí digo: si deciden que lo que hicieron los franquistas fue inaceptable, habrán de juzgar no menos inaceptables los beneficios económicos que los franquistas y sus colaboradores obtuvieron en aquellos años. Deberían exigir que los devuelvan.

Pero el PSOE no quería para nada sacar esas consecuencias, y menos todavía enfrentarse a los beneficiarios del franquismo, con muchos de los cuales está a partir un piñón. Lo único que deseaba era poner en un brete al PP con una proclama perfectamente retórica, intrascendente, huera e hipócrita.

Por eso yo nunca habría votado esa resolución. Me parece mal tomar el pelo a la ciudadanía.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de septiembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/09/18 07:00:00 GMT+2
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1999/09/15 07:00:00 GMT+2

El juicio de los jueces

Los jueces quieren ganar más. Hasta ahí, nada que los diferencie de los picapedreros, los guardias urbanos, los biólogos y, si ustedes me apuran, hasta de los delincuentes: por regla general, los malhechores cometen sus fechorías con el mismo deseo que ahora sienten los jueces, a saber, ganar más.

Lo que distingue a los jueces del resto de la humana grey es que, mientras los demás reconocemos que el dinero lo queremos para vivir mejor -o al menos sin tanto apuro-, los jueces sostienen que les hace falta para asegurar su independencia.

Si no tuviera noticia bastante precisa de los aires que corren por la judicatura española, semejante pretensión me produciría una muy honda preocupación. Pero, como los conozco bien, no me preocupo por eso: estaba ya preocupado de antemano.

¡Asegurar su independencia! Dan a entender que el modo más seguro de evitar que los que deben juzgar sucumban a la tentación de venderse a los justiciables es que previamente los compre el Estado. «Que nos dé el Gobierno lo que necesitamos, y no tendremos que buscarnos la vida por el método Estevill», parecen decir.

Fastuoso. ¿Y a los policías? ¿Qué sueldo habrá que conceder a los policías para disuadirlos de que, aprovechando que tienen un arma, no nos asalten por la calle? ¿Y a los militares, para que no vendan en El Rastro los planos del búnker de la Zarzuela, ahora que los del de La Moncloa ya son conocidos?

Junten ustedes en una sobremesa, por ejemplo, a un arquitecto, un médico, un político y un periodista medianamente honrados -si los encuentran- y saquen a colación la podredumbre existente en este país. Verán con qué convicción cada uno de ellos reclamará para su profesión el índice supremo de venalidad. «¿Corrupción entre tus colegas? ¡Y un cuerno! ¡Para corrupción, la que hay entre los míos!», saltarán uno tras otro. El orgullo corporativo no provoca estragos hoy en día, ciertamente.

Pues bien: aun contando con eso, jamás se toparán ustedes con un gremio cuyos integrantes se despedacen con más genuino entusiasmo que el de los jueces españoles. Se ponen a parir con saña casi sádica. De creerles, habría que concluir que el grado combinado de estupidez, vaguería y depravación reinante entre los suyos carece de parangón en el orbe. Cada cual es estupendo, pero la inmensa mayoría de sus colegas carece de remedio.

¿Se arregla eso con una subida de sueldo del 25%? Malamente.

Hay en este país demasiados jueces que dan toda la sensación de haber perdido el juicio.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de septiembre de 2011.

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1999/09/11 07:00:00 GMT+2

Onze de setembre

Diada Nacional de Catalunya. Jamás olvidaré la primera a la que asistí. Fue en Sant Boi, en 1976. La plaza, todo el pueblo estaba a rebosar. La prensa de Barcelona publicó al día siguiente que hubo un millón de manifestantes. (Una exageración: ya se sabe que hay mucho andaluz en Cataluña).

Los oradores estuvieron la mar de radicales: dieron grandes voces que la multitud coreó con enorme regocijo; lanzaron amenazas sin cuento contra todos los poderes, en general, y contra los de Madrid, en particular; formularon la tira de juramentos y promesas... Me lo pasé en grande.

Eran otros tiempos.

Eran otros tiempos, sí, pero la misma gente.

Porque la clase política catalana tiene esa peculiaridad: la compone siempre la misma gente. Los hay que se mueren -con el tiempo, más que nada- y otros que se incorporan al estamento, pero son siempre los mismos. Uno tiene con ellos la sensación de que son todos de la misma familia, que han ido a los mismos colegios, han tenido las mismas novias -o novios- y han conseguido los mismos títulos con idénticos méritos.

A decir verdad, se trata de una sensación justificadísima, porque a menudo es efectivamente así. Da igual a qué partido pertenezcan: son intercambiables. Josep Piqué es del PP, pero fue del PSUC y lo mismo que está con Aznar podría haber acabado en el PSC o en CiU, si es que no acaba haciéndolo. Miquel Roca es de Convergència, pero no hay en su estilo personal nada que no permita imaginarlo en las filas del PSC, junto a su pariente Narcís Serra. Y así casi todos.

Dentro de un mes, Cataluña habrá de elegir entre Maragall y Pujol. No diré que tanto da. Hay algunas diferencias entre ellos. La principal es que Pujol lleva media vida instalado en la Generalitat, y a los políticos que se eternizan en un cargo se les acaba pegando el culo al asiento, y luego no hay manera. Vean, si no, a Fraga. Pero también es cierto que la victoria de Maragall tendría inconvenientes, no tanto por él mismo -es hombre tirando a neutro- como por la gente que capitalizaría fuera de Cataluña su éxito: vaya trampolín para los Rasputines de Ferraz.

Ahora que, por lo demás, tanto montan, montan tanto. Maragall afirma que su modelo es el Partido Demócrata de los EE.UU. Toma socialismo. Pujol ya ha aplicado ese modelo, sólo que a escala.

Al final, y en el fondo, todo es elegir entre el amasijo de tics de Pujol y la gangosidad ininteligible de Maragall. Toda una opción.

Si yo fuera catalán, tomaba la Tercera Vía a escape y no paraba hasta llegar a la frontera.

Aunque me da que en Cataluña la Tercera Vía también es de peaje.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de septiembre de 2010.

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1999/09/08 07:00:00 GMT+2

Los cuervos de Occidente

La opinión pública de los países ricos -eso que ahora se llama la comunidad internacional- se horroriza estos días con la barbarie de las milicias indonesias en Timor Oriental. De las milicias: es decir, de los militares indonesios que se quitan los distintivos oficiales para que el Estado Mayor de Yakarta pueda desentenderse de sus actos criminales. «¡Qué bestias!», dice todo el mundo.

Sí, qué bestias.

Pero esas bestias organizadoras de pogromos no son un producto autóctono, como la mandioca. No aprendieron a perseguir y matar en masa por su propia cuenta. El actual Ejército indonesio se forjó en la práctica de escabechinas cuando en 1967, incitado por las grandes potencias occidentales, dio el golpe de Estado que derrocó a Sukarno. Los milicos de Suharto organizaron entonces un baño de sangre: mataron a cientos de miles de indonesios -cientos de miles: qué pronto se dice-, acusados de ser comunistas o nacionalistas.

Occidente aplaudió: se acababa para siempre el peligro de una Indonesia roja y el archipiélago ponía sus ricas materias primas en manos de enormes consorcios de EE.UU. y Japón.

A lo largo de los tres últimos decenios, las Fuerzas Armadas de Indonesia, corruptas hasta la médula, han sido mimadas por las potencias del llamado mundo libre. Sabían que la explotación intensiva de mano de obra y de materias primas a muy bajo costo requería de alguien que asegurara como fuera la resignación de la población.

Por eso tampoco movieron un dedo cuando Suharto se anexionó el Timor Oriental en 1976.

Aquellos polvos, estos lodos.

Señalan algunos la similitud entre lo que sucedió en Kosovo y lo que está pasando en Timor Oriental. Es cierto que en ambos casos nos hallamos ante éxodos provocados por las consecuencias previsibles, pero no previstas, de decisiones de la comunidad internacional. Es indignante, en efecto, que la ONU patrocine un referéndum de autodeterminación y luego se lave las manos ante la esperable reacción histérica de los perdedores.

Pero Indonesia no es Serbia. En Serbia, EE.UU. no tenía un mal negocio, en tanto que en Indonesia los posee a mansalva. Nadie en Washington quiere enemistarse con las autoridades de Yakarta. Hay mucho dinero en juego. En todo el Sureste Asiático.

Occidente no se conmueve. Ha criado cuervos, es cierto -no sólo en Asia: también en África Central, y en Latinoamérica-, pero los ojos que acaban sacando esos cuervos no son nunca los de sus criadores.

Son cuervos extremadamente crueles, pero muy bien enseñados.

Javier Ortiz. El Mundo (8 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de enero de 2013.

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1999/09/05 07:00:00 GMT+2

El diablo sólo está dormido

Lo más hermoso de toda la leyenda de Satán, Lucifer, el Diablo, el Maligno, Luzbel o como quiera llamársele, es su origen: fue -según el tradicional relato de la Iglesia católica- un ángel que se alzó en armas contra Dios.

No concibo rebelión más bella: enfrentarse a alguien que, siendo la perfección absoluta -que San Anselmo me asista-, jamás habría podido salir derrotado, y menos todavía perecer.

No hay rebelión más noble que la que nada espera del combate. El Diablo fue el legítimo predecesor de Prometeo, de Espartaco, de los Federados de la Comuna de París, de los amotinados del Potemkin, de todos cuantos en esta vida -o en el más allá, tanto hace al caso- no se han lanzado a la liza por la ambición de lo conseguible, sino por el radical rechazo, por la repugnancia hacia lo existente. En aquella desigual pelea, Dios jugó con ventaja. Nunca me han gustado los ventajistas.

Afirma el papa Karol Wojtyla que el Diablo ha sido derrotado definitivamente. Me parece que se basa en datos contingentes: Rusia se ha convertido, es verdad -aunque lo cierto es que nunca fue realmente atea-, y el comunismo ha fenecido en medio de espasmos agónicos que vienen a confirmar que en efecto era «intrínsecamente perverso», como decía mi libro de Religión.

Pero la Historia da muchas vueltas. Lentas, si se miran con la lupa del propio presente, pero enormes, si se observan con el catalejo de los siglos.

La observación de los constantes meandros de la Humanidad me hace sospechar -entre otras cosas, porque me gusta sospecharlo- que el espíritu del Diablo, el Maligno, Satán, Luzbel o como quiera llamársele, y el de Prometeo, y el de Espartaco, y el de los Federados de la Comuna, y el de los amotinados del Potemkin, y el de todos cuantos en un momento u otro se han rebelado contra el Poder sin la menor esperanza, pero con toda la rabia, en esta vida o en el más allá -que tanto me da, a estos efectos-, no muere ni puede morir jamás, porque ese espíritu de rebeldía está anclado en lo más recóndito del alma humana. Quizá no en el de todas las almas, si almas hay, pero sí en el de algunas, que seguro que las hay.

Se equivoca Juan Pablo II: Satán no ha muerto. Sólo duerme, como Ulises, el de Itaca, fascinado por el canto de algunas sirenas.

Despertará.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de abril de 2009, al día siguiente de su muerte.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/09/05 07:00:00 GMT+2
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