1999/09/04 07:00:00 GMT+2
Ahora que los tres turistas españoles secuestrados el pasado mes en Irán están felizmente de vuelta a sus casas, puedo hablar ya sin cortapisas sobre un asunto que me ha llamado poderosamente la atención en esta triste historia. Me refiero al agradecido aplauso con el que el Gobierno de José María Aznar acogió la decisión de las autoridades iraníes de negociar con los secuestradores para lograr la liberación de los tres rehenes.
Extraña reacción, a fe. Aznar se ha declarado repetidamente hostil a negociar con secuestradores. Nos lo repitió una y otra vez en las horas posteriores al secuestro de Miguel Ángel Blanco, de trágico recuerdo: «No se puede aceptar el chantaje de los terroristas».
Cosa distinta habría sido -y algunos nos habríamos ahorrado una tonta confusión-, si Aznar hubiera afirmado: «Yo no acepto ningún chantaje terrorista, pero me puede parecer magnífico que lo acepten otros; depende».
Presentada así la opción, como particular y contingente, cabría entender que ahora felicite de modo tan efusivo al Gobierno de Teherán. Pero el problema es que lo formuló como una cuestión de principios. Y una característica definitoria de toda posición de principio es su universalidad: lo que uno entiende que es exigible a los demás debe considerarlo obligatorio también para sí mismo, y al revés. En cuyo caso, al tener noticia del secuestro de los tres turistas españoles en Irán, Aznar debería haber proclamado: «Como se sabe, el Gobierno de España es totalmente hostil a la aceptación de chantajes terroristas».
Porque supongo que no estará jaleando a las autoridades iraníes por haber obrado con criterios que le parecen radicalmente erróneos.
Pero no crean que me engaño sobre la verdad de lo sucedido. Sé que no hay incongruencia alguna entre el modo en que Aznar actuó ante el secuestro de Miguel Ángel Blanco y el hecho de que ahora apruebe que se haya negociado con los secuestradores iraníes.
Me consta que en ambos casos ha tomado su decisión rigiéndose por el mismo criterio: el dictado por el fiel de la balanza.
Su balanza se venció del lado de la intransigencia cuando lo que se hallaba en juego era la autoridad del Estado español. Ahora se ha inclinado del lado opuesto, porque la autoridad que estaba en peligro era la del Estado iraní. Normal: lo que le ocurra o le deje de ocurrir al Estado iraní no figura entre las preocupaciones más hondas de José María Aznar, si es que ustedes entienden a qué me refiero.
Por resumir: no es exacto que los gobernantes se rijan por la razón de Estado. Se atienen a la razón de su Estado, sin más.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de septiembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/09/04 07:00:00 GMT+2
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1999/09/01 07:00:00 GMT+2
Dice el PNV que «el discurso de ETA está caduco». Y acierta.
Entendámonos.
Muchos de los argumentos que emplea ETA para justificar su acción (esto es, su existencia) contienen no poco de verdad.
Es cierto que la transición española -que tantos consideran ejemplar- fue una chapuza total. Una chapuza destinada a vestir con nuevos hábitos la vieja ceremonia, que diría el Leonard Cohen.
Con argumentos muy similares a los que ahora utiliza Baltasar Garzón para pedir la extradición de Augusto Pinochet, podría ese juez ordenar la detención de Manuel Fraga, o la de Rodolfo Martín Villa, por citar solo dos santos de mi devoción.
También es cierto, sin duda -sin duda para mí, por lo menos-, que el referéndum que sirvió para refrendar la Constitución fue un apaño monumental, en el que se forzó a la población a votar a la vez la libertad de partidos y la economía de mercado, la indisoluble unidad de la Patria y el Estado de las autonomías, la prioridad del varón sobre la hembra en la línea de la sucesión del Trono y la no discriminación en razón del sexo.
Y tantas otras contradicciones.
No menos verdad es que la mayoría del pueblo vasco se negó a participar en aquel referéndum, con lo cual -todo depende de dónde residencie cada cual la soberanía- hasta puede considerarse exenta de acatar lo prescrito en la mal llamada Carta Magna.
La cuestión crucial no está en lo acertado o erróneo de esos argumentos, sino en su vigencia. Porque hasta lo más razonable tiene fecha de caducidad. Y las objeciones de principio a la Transición española -guste más a unos, desagrade más a otros (es mi caso)- han caducado.
La Iglesia católica se hizo fuerte en España, en tiempo de los visigodos, por métodos de dudosa legitimidad. Fernando VII recuperó la Corona de modo altamente discutible. Isabel II, con la ley en la mano, no debería haber sido reina. Vale, y qué. Son cosas que ya no se discuten: se constatan. La Historia es una cadena de chapuzas, de usurpaciones, de dislates impuestos cimitarra en mano. Es lícito y noble rebelarse contra ellos por un cierto tiempo. Mientras tienen remedio y pueden rectificarse. Pero, pasado su momento, solidificada la injusticia, ya no cabe sino tomarla como un hecho.
Por eso tiene razón el PNV. No es que el rollo de ETA no contenga su parte considerable de verdad. Pero es una verdad caducada.
Lo actual no es necesariamente mejor que lo pasado. Es, sencillamente, diferente.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de septiembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de septiembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/09/01 07:00:00 GMT+2
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1999/08/28 07:00:00 GMT+2
Oigo a un menda del Gobierno que dice muy serio: «Rechazamos de plano que el tema de las pensiones sea objeto de la batalla electoral».
Dejaré para otro día el tema de los temas -en la jerga política actual, todo se nos vuelve tema, como si lo más importante de los problemas fuera que se puede parlotear sobre ellos- y lo de «ser objeto de», expresión no menos tópica y del peor estilo, que es el estilo indirecto. Me centraré hoy en eso que tanto repiten de que está feo hablar de las pensiones en tiempo de elecciones.
¿Por qué? ¿Porque es cosa de gran relevancia? Pues razón de más para abordarla. El votante tiene derecho a conocer qué es lo que propone cada partido sobre el particular, si es que propone algo, o si es que todos no proponen lo mismo, que me da que no.
¿Tal vez quieren excluirlo del debate público porque es campo harto propicio a la siembra de los demagogos? Como si no lo fueran las discusiones sobre el aceite de oliva, o sobre el AVE de Valencia, o sobre lo que sea. Un demagogo habilidoso puede hacer fuego con cualquier madera; si lo sabrán ellos.
Su problema es que no se fían de los viejos. Piensan que los pobres viejecitos -por no hablar ya de las pobres viejecitas- son fácilmente manipulables, y que podrían lanzarse como posesos a votar al primer candidato que les prometiera 2.000 pesetas más al mes.
Yo, en su lugar, me dejaría de mandangas y sería consecuente. Si uno cree que los viejos no están maduros para la democracia, lo que debe hacer es defender que se reforme la Constitución para que se prive del derecho de voto a los mayores de 65 años.
Oigan, es una hipótesis. A fin de cuentas, qué, ¿acaso tienen derecho de voto los menores de 18 años? Del mismo modo que se entiende que por debajo de los 18 años aún se carece de suficiente perspectiva democrática, puede convenirse que a partir de los 65 se pierde.
Yo no soy demócrata porque crea que los votantes son listísimos y tienen una madurez de órdago, sino porque he comprobado que es el sistema menos malo que hay, dentro de los viables, para elegir a los gobernantes. Me consta que cabe manipular no sólo a los pobres viejecitos, sino también al resto del personal, incluyendo a los pobres periodistas y a los pobres políticos.
Debátase sobre las pensiones, claro que sí, sin paternalismos hacia los pobres viejecitos. Que la mayoría son pobres, y mucho, pero no más bobos que los demás.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de agosto de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de septiembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/08/28 07:00:00 GMT+2
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1999/08/23 07:00:00 GMT+2
Me quedo perplejo cada vez que lo escucho o lo leo: «El detenido cuenta con numerosos antecedentes policiales...». Me pregunto qué diablos es eso de los antecedentes policiales.
Vale, la policía detiene a alguien. Se supone que lo hace porque cree que ha cometido algún delito. A partir de lo cual, se abren dos posibilidades: o los agentes de la autoridad logran acumular suficientes elementos de prueba como para que el detenido sea posteriormente procesado por un juez y condenado por un tribunal... o no.
En el primer caso, los antecedentes policiales no pintan nada: lo realmente relevante es que el tipo en cuestión tendrá antecedentes penales. En el segundo caso, tampoco pintan nada, porque su existencia sólo demuestra que la policía detuvo a esa persona acusándola de un delito que luego no pudo probar.
De modo y manera que si se afirma de alguien que cuenta con antecedentes policiales, a secas, lo único que se nos comunica de tal persona es que nunca ha sido condenada por la Justicia. Esto es: que, en rigor, no puede ser considerada de ningún modo delincuente.
Sin embargo, el Ministerio del Interior -los Ministerios del Interior, desde tiempos de Carracuca-, en vez de ocultar prudentemente las muchas detenciones que sus servidores practican sin fundamento suficiente, o su incapacidad para llevar sus investigaciones a buen puerto, las aventan cada dos por tres en sus comunicados: «El detenido cuenta con numerosos antecedentes policiales».
Es un modo inicuo de culpabilizar socialmente a quienes no han podido imputar legalmente.
El asunto es doblemente grave porque, para más inri, los referidos antecedentes policiales ni siquiera aluden a lo sucedido en este país desde 1978. En cierta ocasión en que unos policías tuvieron a bien llevarme a sus dependencias porque les afeé el trato que estaban dando a unos chavales durante un cacheo en plena calle -con el PSOE ya en el Gobierno, no se crean-, me encontré con que, cuando le preguntaban a su ordenata por mi humilde persona, empezaba a escupir páginas y más páginas que recogían mis antecedentes policiales... ¡desde 1966!
Ellos no harán ningún caso de mi crítica y seguirán hablando de antecedentes policiales. Pero, cuando lo oigan o lean ustedes, háganme un favor: recuerden que es pura filfa.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de agosto de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de agosto de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/08/23 07:00:00 GMT+2
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1999/08/22 07:00:00 GMT+2
Tenía 16 años. Les hablo de 1964. Un día, un amigo me dejó montar en su Iso. La scooter estaba muy bien, pero contaba con un inconveniente: sólo era capaz de girar a la izquierda. Si querías torcer a la derecha, tenías que parar, desplazar la moto en el sentido adecuado y volver a arrancar. Subí en el artefacto, me trabuqué con el manillar y entré directo -aunque, eso sí, despacito- en una tienda de ultramarinos. Fue una experiencia la mar de excitante.
Desde aquel día supe que yo estaba hecho para las scooters. Aunque luego comprobara que las scooters no necesariamente estaban hechas para mí.
El acontecimiento de mi vida llegó cuando, a los 18 años, y con mis propios recursos económicos -abandoné el hogar paterno a los 17-, me compré mi primera Vespa 200. Jodó, qué bicho. Cómo corría. Se ponía a 120, sobre todo cuesta abajo. Me iba de San Sebastián a Bayona, a comprar libros prohibidos, y estaba de regreso en un santiamén.
Reconozco que al principio me pegaba bastante con ella. Hasta que no me salieron callos en las manos, sufría lo indecible con el cambio de marchas. Me sacó ampollas de campeonato. Y cómo pesaba, la condenada. Al final nos hicimos íntimos. Incluso tuvimos un accidente en comandita, tratando de espiar los movimientos de la Brigada Político-Social.
Pero acabé siéndole infiel: dos años después, la vendí para comprarme un 600.
Luego he tenido de todo, aunque sin abandonar el género: desde Vélo-Solex hasta Lambrettas. Ahora -ya con los 51 a cuestas- me muevo en una Suzuki que no pasa de los 70 por hora. Ya ven, qué decadencia.
Pero, del mismo modo que los hombres no olvidamos jamás a la primera mujer que tuvimos en nuestros brazos -es cursi, pero es así-, tampoco yo puedo olvidar aquella primera Vespa 200, azul, reluciente, nueva, impecable, que se ponía a 120 por hora, sobre todo cuesta abajo.
Me cuentan que han vendido la fábrica de la Vespa a una empresa norteamericana. Lo encuentro lógico: la mayoría de mis sueños han tenido el mismo destino.
Javier Ortiz. El Mundo (22 de agosto de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de septiembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/08/22 07:00:00 GMT+2
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1999/08/21 07:00:00 GMT+2
Una mujer llora ante la cámara de la televisión. Cuenta que es maestra en Kosovo desde hace más de 20 años; que durante ese tiempo ha dado clase a cientos de niños, sin interesarse jamás por su origen étnico; que ha recibido premios por la bondad de su labor... y que ahora no tiene más remedio que irse de Kosovo. Relata que los albaneses le están haciendo la vida imposible. Que le gritan: «¡Asesina!» por la calle y la amenazan de muerte.
Tiene miedo. Nadie la protege. Kosovo está lleno de tropas de la OTAN, pero tanto da.
Más de 200.000 kosovares de origen serbio y gitano han tenido que abandonar sus trabajos, sus posesiones, sus casas, y escapar camino de Serbia. Da igual que participaran o no en la espantosa limpieza étnica de Milosevic: para los guerrilleros albano-kosovares y sus seguidores, ser de origen serbio o gitano es delito más que bastante. Todos ellos merecen la muerte.
Lo que se está consumando en Kosovo ahora mismo es, pura y simplemente, otra limpieza étnica, similar a la que sufrieron hace meses los albano-kosovares. Menos brutal y expeditiva en sus métodos, pero igual de eficaz, o incluso más: los que están huyendo ahora no tienen ninguna esperanza de regresar jamás a sus hogares.
En otro punto se distinguen las dos limpiezas étnicas: aquélla sucedió ante la impotencia de la comunidad internacional; ésta, ante su total indiferencia.
Lo declararon solemnemente todos los dirigentes occidentales: «No podemos tolerar que se realice una limpieza étnica en el corazón de Europa».
Quizá les entendimos mal. Tal vez debimos tomar sus palabras en sentido literal: no toleraban una limpieza étnica, pero sí otra.
Créanme que lamento de veras haber acertado en el análisis de la guerra que desató la OTAN contra Yugoslavia. Dije, como otros muchos -no tantos, en realidad-, que los EEUU y sus aliados no habían puesto en funcionamiento su máquina bélica para impedir que un pueblo fuera perseguido y forzado a abandonar su tierra. Que no había en esa guerra ningún compromiso con la defensa de los derechos humanos. Que actuaron sólo para dejar claro que en la Europa de hoy no hay lugar para díscolos como Milosevic. Y para que Rusia tomara nota. Que aquí no se hace sino lo que mandan ellos, y amén, punto redondo.
Ya tenemos la prueba de que fue tal cual: más de 200.000 serbios y gitanos, obligados a huir de sus hogares y refugiarse en Serbia... y Washington que bosteza, y la OTAN que sestea, y los poderosos medios de comunicación que miran para otro lado.
Qué feliz Occidente.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de agosto de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de agosto de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/08/21 07:00:00 GMT+2
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1999/08/18 07:00:00 GMT+2
«España va bien», dice José María Aznar. Sus rivales políticos replican al punto: «Es falso; España no va bien». En rigor, España no va ni bien ni mal. No va a ningún lado. Se desplaza, sí, conforme a los conocidos movimientos de rotación y traslación, como el resto del globo terráqueo, pero eso es más o menos lo que solemos entender convencionalmente por estarse quieto.
Dirán ustedes: «Qué bobada. Ya se entiende que Aznar no habla del país como territorio, sino de la sociedad española». Ya, pero ese intercambio semántico no es en absoluto inocente. Tiene trampa. Porque, si en vez de decir: «España va bien», dijera: «Los españoles vamos bien», muchos ciudadanos le responderían de inmediato: «No es cierto. A algunos sí que les va bien, e incluso de cine; pero a otros les va regular, y a un buen puñado, francamente mal».
Referirse así a España no es un mero recurso retórico inocente, sino un hábil truco ideológico, que permite presentar como si de un bloque granítico se tratara lo que es de hecho un amasijo diverso y perfectamente contradictorio.
La sociedad española apenas tiene intereses comunes. No los tiene en casi ningún terreno, pero en el económico menos todavía. El incremento de la riqueza de los unos solo se puede materializar disminuyendo la riqueza -o las expectativas de riqueza, al menos- de los demás. Lo que los políticos oficiales nos presentan como interés nacional es por lo común el disfraz de honorabilidad del que se revisten los intereses de casta, de clase o de grupo.
Quienes afirman que «España no va bien» recurren a la misma fotografía trucada que Aznar. Exhiben el negativo. Tanto da.
No trato de reivindicar -¡Marx me libre!- que la lucha de clases sea el motor de la dinámica social. Entre otras cosas, porque aquí apenas hay ya lucha de clases: jamás en nuestra última Historia se había vivido una situación semejante de sumisión colectiva. Apelo, sin más, a la muy añeja sabiduría popular, que nos enseña que cada uno habla de la feria según le va en ella.
En tiempos, cuando criticaba la apelación al interés nacional, solía ironizar: «¿Interés nacional? Que no haya riadas, terremotos... y poco más». La experiencia me ha llevado a la amarga conclusión de que ni siquiera ante esos grandes desastres existe un interés que nos abarque a todos, sin excepción. Siempre existe alguien que hace negocio con la desgracia ajena.
Pienso en ello mientras veo arder la falda boscosa del Montgó. Qué horror, sí. Pero qué horror provocado. Los especuladores inmobiliarios y los madereros estarán brindando con champán.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de agosto de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de agosto de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/08/18 07:00:00 GMT+2
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1999/08/14 07:00:00 GMT+2
¿Por qué hay que aislar a Gil y al GIL? «Son mafiosos», dicen. ¿Mafiosos? ¿En qué sentido? Si de lo que les acusan es de tener vínculos con la Mafia italiana, les basta con probar esa imputación y habrán resuelto el problema. La Justicia se encargará de aislarlos del todo. En un establecimiento penitenciario.
Pero si les acusan de mafiosos en sentido figurado, en referencia a su estilo tosco y expeditivo y a su gusto por encarar los problemas políticos combinando amenazas y talonario, entonces ya la cosa se complica bastante más. Porque, si puede ser cierto que Gil doblega voluntades alternando el palo y la zanahoria, no menos cierto es que dista de ser el inventor del método. ¿Cuántas súbitas adhesiones no se han logrado en el pasado reciente de este país a base de generosas promesas de cargos o contratos, alternadas con el apercibimiento de que «el que se mueve no sale en la foto»? ¿Por ventura son los de Melilla y Ceuta los primeros tránsfugas que ha conocido eso que los cursis llaman «nuestra joven democracia»?
«Se empieza matando niños y se acaba yendo al teatro», dice la humorada. ¿Qué peso tiene lo que se le reprocha a Gil, comparado con los GAL, Filesa y el resto? Hace falta poseer una jeta de cemento para poner reparos éticos a Gil cuando se carga con esa herencia.
El rechazo que suscita el artilugio constructivo-recreativo-político de Gil en buena parte de la opinión pública española no procede de ningún repelús moral: ha tragado carros y carretas harto mayores. Claro que hechas con más estilo. Más finamente. Con mejores modales.
Hay un montón de gente que se interesa más por la estética que por la ética. Y si se topa con un tipo que justifica los crímenes de los GAL con citas de Emmanuel Kant y fondo musical de Gustav Mahler, se le cae la baba. Pero le pone de los nervios que venza en las urnas un mangarrán que hace faltas de ortografía hasta cuando habla.
De todos modos, el horror que causa Gil en los integrantes de la clase política es más hondo. Les da igual que sea un desaprensivo; lo que les preocupa es que lo sea por su cuenta. Y que su demagogia patanesca pueda llegar a prender en los amplios sectores marginales que genera nuestra sociedad del supuesto bienestar. El PSOE creyó que podía usarlo para robar votos al PP -y creyó bien-, pero ha comprobado que por las mismas puede meterse en su redil y robarle las ovejas. Ahora también lo teme.
Más que esforzarse en aislarlo, deberían preguntarse por qué les está robando la cartera. Y, ya de paso, tampoco estaría mal que se acordaran de cómo llenaron ellos la cartera que Gil les roba ahora.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de agosto de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de agosto de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/08/14 07:00:00 GMT+2
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1999/08/11 07:00:00 GMT+2
En los albores de la llamada revolución industrial, muchos obreros echaban la culpa de su miseria a las máquinas. En la dulce Francia, los trabajadores solían introducir sus sólidos calzados, sus sabots, en el engranaje de las máquinas, para estropearlas: estaban en contra del maquinismo. Tal uso de los sabots dio origen a la palabra sabotage, que otros idiomas -el castellano entre ellos- pronto hicieron suya.
Es clásico poner esa reacción de los proletarios del XVIII y del XIX como ejemplo de protesta tosca y primaria: su pobreza -se dice- no nacía de las máquinas, sino de las relaciones de producción a las que estaban sometidos. Bien; sin duda. Pero las máquinas eran los intrumentos que permitían su superexplotación. Tampoco era la suya una respuesta tan imbécil.
Comprendería perfectamente que en estos tiempos de ahora los trabajadores -o los parados con ganas de ser trabajadores- la emprendieran contra las muchas máquinas que permiten a las empresas cubrir con unas pocas decenas de empleados las tareas que antes requerían el concurso de cientos. Por citar el ramo que me pilla más de cerca, que es el de la prensa: entendería muy bien que se produjera entre nosotros una revuelta contra los ordenadores, artilugios que han aniquilado puestos de trabajo a barrabarra.
Pero observo, para mi extrañeza y disgusto, que los periodistas actuales no se rebelan ni contra las perversas máquinas laboricidas ni contra las detestables relaciones de producción. Menos aún contra el papel social que les (nos) toca cumplir. Lo hacen contra otra herramienta también propia de nuestro gremio, pero que maldita la culpa que tiene: el idioma. Lo maltratan, lo vejan, lo sabotean.
Acabo de leer la prensa y de oír los noticiarios radiofónicos de la mañana. Casi todos los periódicos y las radios cuentan que Yeltsin «ha cesado» a su primer ministro. Pues bien: tal cosa no ha sucedido, porque es imposible. El verbo cesar es intransitivo. Nadie puede cesar a otra persona. Puede, eso sí, destituirla. Pero no cesarla. Como puede matarla, pero no morirla.
Traigo a cuento este ejemplo por una razón especial: porque no creo que haya un solo periodista que ignore que ese uso del verbo cesar es incorrecto. Se ha dicho y repetido en todas las redacciones hasta el aburrimiento.
Les importa un bledo. Se sirven del idioma, pero lo desprecian. Qué inmersión lingüística ni qué expansión del inglés: el mayor peligro para la lengua castellana está en ellos, que la patean sin parar. Y en público, para más inri.
Sólo se me ocurre una razón para que maltraten así el idioma: es el único de sus rivales que está indefenso. Y ellos son -eso sí- prudentísimos.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de agosto de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de agosto de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/08/11 07:00:00 GMT+2
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1999/08/07 07:00:00 GMT+2
Bronca a cuenta de los recursos sobre el caso Pinochet que ha promovido la Fiscalía de la Audiencia Nacional.
A lo que parece, el fiscal Pedro Rubira echa mano de argumentos realmente curiosos. En primer lugar, pretende que se está vulnerando el derecho de Pinochet a la libertad -derecho que protege el artículo 17 de la Constitución española- porque han pasado ya cinco largos meses y sigue pendiente el recurso contra la orden de prisión del general. Olvida la Fiscalía que Pinochet ya está en libertad, aunque vigilada y provisional. Y olvida, sobre todo, que la Audiencia se toma a veces plazos bastante mayores para resolver sobre otros recursos, sin que los fiscales reclamen con tanto entusiasmo que se ponga ipso facto en libertad a los procesados.
Otro muy singular olvido de la Fiscalía: apela a que la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional decidió hace meses que no podía procesar a Fidel Castro porque es jefe de Estado. Según ella, tal cual habría de hacer con Pinochet. Se ve que, en su súbito y excepcional fervor garantista, no repara en el detalle de que Pinochet no es jefe de Estado. Lo fue, pero ya no lo es. Y las leyes internacionales otorgan un trato especial a los gobernantes en ejercicio; no a los ex.
Reconozco que hay una parte de la argumentación de la Fiscalía que me ha fascinado (la misma que ha puesto de los nervios a Rafael Estrella, portavoz de Exteriores del PSOE): la que compara el estatuto legal del Rey de España con el de Pinochet. El fiscal dice que, puesto que la Constitución afirma que «la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad», lo mismo, por analogía, se debería aplicar a los jefes de Estado de otros países.
Como argumento es verdad que no vale un pijo (si Juan Carlos de Borbón abdicara, podría ser tan procesado como este Augusto cesante), pero tiene la gracia de que llama la atención sobre una contradicción de la Constitución española, que en su artículo 14 dice pomposa que «los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento»... cosa que ella misma niega unas cuantas páginas más allá, en el artículo 56.3, cuando decide que el Rey es legalmente irresponsable. Con lo que, una de dos: o no todos los españoles son iguales ante la ley o el Rey no es español.
Cierto es que la Constitución también afirma que todo quisque tiene derecho «al juez ordinario predeterminado por la ley» (art. 24.2), lo que, de haberse aplicado en serio, habría imposibilitado la creación de la propia Audiencia Nacional.
Y, con ella, la de esta Fiscalía tan bochornosamente favorable a los intereses del sanguinario Pinochet.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de agosto de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de agosto de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/08/07 07:00:00 GMT+2
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