1999/10/30 07:00:00 GMT+1
Un arqueólogo israelí de mucho prestigio, del que no había oído hablar en mi vida -lo cual no quiere decir nada, porque la arqueología nunca ha estado entre mis pasiones-, ha montado una zapatiesta de aquí te espero al comunicar a sus conciudadanos que, según sus investigaciones, la mayor parte de los hitos relatados en las Sagradas Escrituras nunca sucedieron. Ni el éxodo de Egipto, ni las 12 tribus de los hijos de Jacob, ni casi nada.
Uno, que es de natural tirando a escéptico, ya se barruntaba que había algo que no acababa de encajar en todo eso de la separación de las aguas del Nilo y las zarzas que se ponían a arder para dar recados divinos, por no hablar de la triste historia de la pobre Lot, patrona de los retrovisores, tan salada (ella, no la historia). Pero, claro, si viene un reputado arqueólogo y asegura que los sucesos en cuestión no sólo son inverosímiles, sino además también falsos, pues se entiende que no pocos miembros de la grey hebrea se hayan quedado un tanto desconcertados.
Nunca he sido antisemita, y menos antijudío -hay tal mezcolanza de sangre en mis venas que seguro que me toca también algo de la suya, y bienvenida sea-, pero reconozco que el Estado de Israel es de los que más profunda grima me producen. No es bueno estar tan fanáticamente convencido de que se tiene toda la razón. Y menos cuando no se tiene.
Un pueblo que se cree elegido por la divinidad comete el peor error: fiar en un dios que prefiere a un pueblo sobre los demás, es decir, en un dios contrario a los derechos humanos. No soy hostil a las creencias religiosas -me consta que es muy duro aceptar que nuestra existencia no tiene más sentido que el que nosotros mismos acertemos a darle-, pero me opongo por principio a todas las doctrinas que se asientan en principios discriminatorios. Es el caso del sionismo. No olvido que España también fue repartiendo mandobles en nombre de un dios que se suponía que le otorgaba favores especiales. Pero, por lo menos, fue hace mucho. Israel lo sigue haciendo ahora mismo.
Por eso me irrita el trato de favor que Europa concede a Israel. ¿A cuento de qué los países europeos han hecho a ese estado un hueco en las competiciones europeas de toda suerte, desde el engendro hortero-musical de Eurovisión a los campeonatos de fútbol y otros deportes? ¿Qué tiene Israel de europea? Que compita en la zona geográfica en la que se encuentra, como todo pichichi.
«Es que en su vecindario no la quieren», dicen sus valedores. Ya. ¿Y no será ése un justo castigo por sus pecados?
Javier Ortiz. El Mundo (30 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 31 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/30 07:00:00 GMT+1
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1999/10/27 07:00:00 GMT+1
Carlos Iturgaiz, que posee sin duda una de las mentes más preclaras y sagaces no ya de la política vasca, sino también de la española, y es probable que de la mundial, dice de Joseba Egibar que «más parece el portavoz de un partido radical que el de un partido democrático». José María Aznar -tal vez no tan penetrante en sus análisis como Iturgaiz, pero capaz de servirse de tropos y metáforas de originalidad sencillamente deslumbrante- asegura que el PNV «chapotea en el barro de la radicalidad».
Es de justicia que agradezca a ambos el favor que me han hecho sacándome de la ignorancia. Hasta ahora, jamás se me había ocurrido que lo contrario de la democracia fuera la radicalidad. Tonto de mí, dejándome llevar por rancios y vulgares tópicos, siempre había considerado que lo opuesto a la democracia era la dictadura.
En mi simplismo -torpemente alimentado por diccionarios y enciclopedias-, daba incluso en pensar que lo radical es lo que se refiere a la raíz, de lo cual deducía que una idea radical es la que no se va por las ramas. Qué bobo.
También contribuía a mi yerro la constancia de que la historia de la política contemporánea registra la existencia de no pocos partidos que se han definido a la vez como radicales y como democráticos.
Pero, claro, eso era antes de que se estableciera lo que a partir de ahora se llamará el principio de Iturgaiz, que -legítimo heredero de la dialéctica hegeliana, rica en paradojas aparentes- es también capaz de justificar que se pueda reclamar a ETA que designe para negociar con el Gobierno español a aquellos de sus dirigentes que no estén aún encarcelados, más que nada para detenerlos. ¿Cómo no me había dado cuenta? Es obvio: de lo contrario, la cosa no tendría ninguna gracia.
Inmerso como estoy en el terreno de la autocrítica, habré de admitir que incluso yo mismo me he tenido siempre por radical. Cuando he creído que se estaba conculcando un derecho, lo he defendido hasta el final. Es decir, radicalmente. Así, por ejemplo, en los tiempos de la dictadura franquista, chapoteé la tira en el barro de la radicalidad. No me di cuenta de que eso era antidemocrático. En cambio, otros - precursores-, cogieron la idea a la primera y se curaron en salud. Gracias a esa veteranía suya en el antirradicalismo, ahora están en inmejorables condiciones para liderar la democracia: es lógico.
Fruto de esa persistencia mía en el error, todavía tengo dificultades para entender que la defensa del derecho de un pueblo a su libre determinación represente una prueba de antidemocratismo.
Pero, no se preocupen: estoy dispuesto a enmendarme. Y a ver si, de paso, convenzo a Egibar.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/27 07:00:00 GMT+1
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1999/10/24 07:00:00 GMT+1
La vigente Constitución Española prohíbe (art. 67.2) el mandato imperativo de los diputados. Quiere esto decir que, en teoría -digo en teoría-, cada parlamentario debe votar siguiendo el exclusivo dictado de su conciencia. No conforme a lo que le diga su partido, ni de acuerdo con lo que considere que esperan quienes lo han elegido: lo que a él le parezca mejor, sin más.
En esas condiciones -que no juzgaré aquí, más que nada para no liarnos demasiado-, se supone que nuestros parlamentarios no representan ni al partido en cuya lista concurrieron a las elecciones ni a la circunscripción específica que los respaldó. Son representantes, por así decirlo, del conjunto del electorado. De todo él, en general, y de ninguna de sus partes en singular.
Bueno, pues si es así, y así es en teoría -en teoría, vuelvo a decir-, tanto da que el político en cuestión llegue a las Cortes de Madrid desde Soria o desde Vizcaya, desde Córdoba o desde Ourense. O, en el caso del Parlament de Cataluña, desde cualquiera de sus cuatro provincias, que ni siquiera se corresponden con la división territorial histórica catalana, que es por comarcas.
Tendría sentido limitar el principio de la plena igualdad del voto de todos los ciudadanos y las ciudadanas, al margen de su residencia, si de lo que se tratara es de obtener una representación territorial ponderada. Por ejemplo: tendría sentido hacerlo a la hora de la elección del Senado, si el Senado fuera la Cámara de representación territorial que debería ser, y no ese espantajo de Cámara de segunda lectura que es. Pero, no pretendiéndose obtener una representación territorial y estando liberado el electo de cualquier condicionamiento de ese tipo, ¿a cuento de qué viene que el voto depositado en Girona valga mucho más que el de Barcelona, o el de Alava muchísimo más que el de Vizcaya, o el de Soria infinitamente más que el de Madrid?
En la sociedad actual, en las que las personas que habitan en pueblecitos tienen prácticamente las mismas posibilidades de informarse que las que viven en grandes urbes, carece de sentido el brutal privilegio que nuestro sistema electoral hace en favor del voto de las unas y en contra del de las otras. Es inaceptable -insisto: salvo en los casos en que se trata de asegurar una representación regida fundamentalmente por criterios territoriales- que alcance una representación parlamentaria mayor, al nivel que sea, quien de hecho ha obtenido menos votos.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/24 07:00:00 GMT+1
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1999/10/23 07:00:00 GMT+2
Insisten una y otra vez los dirigentes del PSOE: si los partidarios de Julio Anguita hubieran votado las listas de la coalición PSC-IC, ahora mismo Maragall sería ya president de la Generalitat.
Tienen razón.
Pero se quedan cortos. Pasqual Maragall habría vencido aún más cómodamente si, aparte de darle su voto todos los partidarios de Julio Anguita, lo hubieran hecho también, en masa, como un solo hombre -o una sola mujer-, todos los simpatizantes de Esquerra Republicana.
Y su triunfo electoral habría sido sencillamente apabullante si, ya de paso, le hubieran votado también todos los abstencionistas de izquierda.
No te fastidia.
Esta gente parece no entender que los potenciales votantes no estamos agrupados en rebaños, prestos a seguir el camino que nos marque el pastor de turno.
Conozco bastante bien el tipo de personal que ha votado a Esquerra Unida en Cataluña. Si alguien les hubiera dicho que tenían que votar a Maragall -fuera directamente o por intermedio de Ribó-, se le habrían reído en las barbas. Así fuera el mismísimo Anguita. O San Pito Pato. Si han votado las listas de EU no ha sido a pesar de que con ello hacían la puñeta al PSC, sino porque eso les aseguraba que no acabarían haciendo el juego al PSC, al que -aunque por razones parcialmente diferentes- tragan tan poco como a CiU.
No asumen que hay ciudadanos de izquierda -en Cataluña y fuera de Cataluña- que jamás harán nada que pueda contribuir al regreso al ordeno y mando de los tétricos manifestantes del portón de la cárcel de Guadalajara.
Y Maragall, oliveras al margen, acudió a las elecciones abrazado al jefe supremo de esa banda. Mano a mano con Felipe González, ese abogado de Barrionuevo, Vera... y Pinochet.
Lo peor no es que Almunia y los suyos se dediquen a hacer sumas quiméricas, juntando peras con manzanas. Peor es que dentro de Izquierda Unida también haya quien se quede fascinado con esas cuentas de andar por casa.
Me dicen que un sector de la dirección de IU en Madrid está muy afectado por el resultado de las elecciones catalanas y que plantea la posibilidad de volver a unificarse con los de Ribó. Pues muy bien: háganlo. Si no tienen claro por qué se separaron y cada cual tiró por su cuenta, mejor es que vuelvan a unirse y dejen en paz a quienes sí lo tienen claro.
Me da que, en el fondo, no les falta razón a Joaquín Almunia y los suyos: si los hostiles al PSOE se decidieran a votar al PSOE, el PSOE tendría la tira de votos.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/23 07:00:00 GMT+2
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1999/10/20 07:00:00 GMT+2
Qué mala suerte: el mismo día que habían elegido los partidos políticos con representación parlamentaria para debatir sobre la adopción de un código de honor que acabe con el transfuguismo, va y sale la noticia del intento del PSOE de Sanlúcar, en Cádiz, de sobornar a un concejal del PP, por nombre Manuel Ramírez, para que, en vez de secundar una moción de censura en contra del alcalde socialista, se fuera a Lisboa a darse un garbeo. A cambio, le ofrecían 50 millones de pesetas, el compromiso escrito de nombrarlo concejal de fiestas en la próxima legislatura... y los billetes de avión para Lisboa.
Esta variante sanluqueña de corrupción política en grado de tentativa presenta dos novedades de importancia. Primera: que se firmara un contrato para certificar el soborno. (A decir verdad, no estoy del todo seguro de que esta innovación sea demasiado astuta). Segunda: que no se pretendiera comprar al político en cuestión, sino sólo alquilarlo por un día.
Esta idea, en cambio, me parece en extremo inteligente. Como ya demostró hace muchos años Boris Vian, comprar políticos (o jueces, o policías) es un engorro. Te obliga a cargar con ellos de por vida. Es mucho mejor alquilarlos para cuestiones puntuales, que se diría ahora -tal moción de censura, tal sumario, tal vista gorda ante un delito-, y que luego se busquen ellos mismos la vida como puedan.
Escucho a don Manuel Ramírez en Onda Cero. Dice que rechazó los millones que le ofrecían porque estaba en juego su honradez. Y precisa: «Mi honradez; pero no política, sino personal».
En esa distinción, que el probo concejal hizo sin malicia alguna, está la clave de todo.
En mi concepción de la vida -obviamente pasada de moda-, la ética política y la ética personal se funden: son la misma cosa. Uno es honrado porque sabe que tiene una obligación con los demás. Se trata de una actitud social y, por ende, genuinamente política. Pero cuando la política se entiende no como responsabilidad ciudadana, sino como profesión, como modus vivendi, entonces todo pasa a estar en el alero. El poder deja de ser un medio para convertirse en un fin, y la corrupción -sea personal o en grupo- se torna inevitable.
Si el transfuguismo consiste en cambiar de chaqueta ideológica, todos los grandes partidos lo han practicado una y otra vez, en masa. Dicen hoy A, y mañana B, y tan campantes. No quieren el fin del transfuguismo, sino, como mucho, el del transfuguismo individual, por libre. Y no por principios -eso ya no se lleva-, sino por interés: para mantener sus rediles en el debido orden.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/20 07:00:00 GMT+2
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1999/10/16 07:00:00 GMT+2
Reconozco que me produce una gran admiración: la UE ha conseguido que la opinión pública española acepte su tinglado como si fuera el paradigma mismo de la democracia. Es fantástico. No sé en qué capítulo consignar tal logro: si en el de las grandes estafas del siglo o en el del ilusionismo de masas. En todo caso, es admirable.
La UE hace lo que se le pone en las narices sin consultar a nadie. Decide sobre lo divino y sobre lo humano sin tomarse el trabajo de enterarse de si los ciudadanos a los que teóricamente representa están a favor o en contra. O más bien haciendo todo lo posible para que los ciudadanos ni siquiera estén informados de que lo hace.
Por ejemplo: ¿sabían ustedes que se dispone a suscribir unos acuerdos con la Organización Mundial de Comercio (WTO, en inglés) que condicionarán toda nuestra vida? De aprobarlos, dará ya igual lo que pensemos sobre cómo deben organizarse las más variadas actividades, desde la construcción al turismo, pasando por la protección del paisaje, los medios de comunicación de masas, los servicios bancarios, los museos, la arquitectura, la investigación, la agricultura, la ganadería... Todo estará sometido a las nuevas leyes fijadas por la OMC. Incluyendo la Sanidad de los países de la propia UE, que ya no tendrá por qué ser pública, y que nada impedirá que esté controlada de arriba a abajo por empresas no solo privadas, sino incluso extranjeras.
¿Alguien les ha pedido permiso a ustedes para suscribir algo así? ¿Recuerdan haber votado en las pasadas elecciones a algún partido cuyo programa no ya preconizara, sino incluso sugiriera algo de ese género? No, ¿verdad? Pues tanto da: la UE lo refrenderá a finales de noviembre en Seattle (EEUU), y a partir de eso será indiferente lo que ustedes voten o dejen de votar cada cuatro años, porque ya ningún país -es decir, ningún electorado- podrá alterar por su cuenta esas normas internacionales.
Más ejemplos: en España habrá alimentos transgénicos nos gusten o no. Y centrales nucleares, nos gusten o no. Y no nos será posible proteger especialmente nuestras culturas autóctonas, porque eso contrariará lo que la OMC dice que es la libertad de comercio.
En suma: ya pueden ustedes ir olvidándose para siempre jamás del añejo concepto de soberanía. La OMC firmará su defunción en Seattle a finales de noviembre, con el amén de la UE.
Y ustedes, y yo, y los franceses de a pie, con su gobierno de la izquierda plural (juá, juá), y los ingleses, y los alemanes, y todo pichichi, con un palmo de narices.
Y que viva la UE, y que viva la democracia. Manda huevos.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/16 07:00:00 GMT+2
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1999/10/13 07:00:00 GMT+2
No le rindieron los honores al molt honorable. Al revés: le silbaron. Vaya con Nou Barris.
Arguyen que el president se hizo culpable de instrumentalizar con fines electorales una actuación de Los Chunguitos. ¿Una actuación de Los Chunguitos? De acuerdo: eso sí que tiene delito. Mucho.
Pero el hecho es que el cartel anunciador del acto precisaba que Pujol iba a asistir. Y apuesto a que, por poco al loro que estuviera en materia de res publica el público congregado, sabría que Cataluña se encuentra en campaña electoral. ¿Con qué intenciones puede acudir Pujol a un acto multitudinario en plena campaña electoral? ¿Para relajarse un rato con la sutil música de Los Chunguitos? No foteu.
Él mismo se retrató. «¡No he venido a pediros nada!», exclamó. Lo que, traducido del lenguaje de los políticos al román paladino, quiere decir: «Había venido para pediros el voto, pero ya veo que no hay mucho ambiente».
Para mí, está más claro que el agua -cuando el agua está clara- que una parte del público había acudido al acto chunguito de marras con la firme determinación de hacer la cusqui al president reventándole la representación.
Desvelado lo cual, añadiré que me parece de perlas.
Hay quien sostiene que los actos políticos de hoy en día son puras representaciones teatrales. No es verdad. Se parecen al teatro, de acuerdo, en que todo lo que sucede en el escenario está previsto: los textos que recitan los actores, el decorado, la iluminación... Pero en el teatro de verdad el público puede reaccionar como le venga en gana: si quiere, aplaude, y, si la función le parece una caca, pues silba y patea, y tan ricamente. En cambio, en los mítines políticos de ahora, a la concurrencia se le exige que sea parte de la representación. O del decorado. Al modo gringo.
En el último Congreso laborista, a los disidentes no se les permitió ni siquiera subir al escenario. Debe de ser una particularidad de eso que llaman ahora la tercera vía. Sus dinámicos y modernísimos líderes ya no se dejan atenazar por viejos y campanudos principios, como el que mueve a respetar a las minorías. El público, que coree. Y si no, chitón. O que se largue.
La pitada del concierto de Nou Barris recoge una larga y sanísima tradición política, a la que también se apuntaron hace algunos años los estudiantes de la Autónoma de Madrid ante Felipe González. Se puede acudir a un mitin para rendir pleitesía al orador, pero también para gritarle que se vaya al guano, aprovechando el descuido que ha tenido poniéndose a tiro.
No se trata, en definitiva, sino del muy tradicional y gratificante derecho al pataleo.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de octubre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/13 07:00:00 GMT+2
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1999/10/09 07:00:00 GMT+2
Algunos no salen de su asombro al ver con qué entusiasmo defiende Felipe González la causa del general Augusto Pinochet. «¡Quién le ha visto y quién le ve!», dicen.
Me da que no conocen bien a González. O que nunca le han entendido. El hombre, cual Visnú, ha adoptado a lo largo de su larga trayectoria política muchas figuras diferentes, sin duda. Pero todas ellas han sido siempre coherentes con un rasgo firme e indeleble de su ideología: el anticomunismo.
González ha sido toda su vida un anticomunista irreductible. Desde que se inició en la política.
No hablo a humo de pajas. Si se toman ustedes el trabajo de leer un libro que escribió hace pocos años quien ahora ejerce de abogado de la acusación particular contra Pinochet, Joan Garcés, titulado Soberanos e intervenidos, verán la copia de un mensaje remitido a finales de los 50 por la embajada norteamericana en Madrid al Departamento de Estado. En él se daba cuenta de que «un grupo de estudiantes» les pedía ayuda «para frenar el avance de los comunistas en la universidad». El documento -que en su día fue secreto, pero que, dado el tiempo transcurrido y la legislación norteamericana al respecto, ha sido ya desclasificado y está a disposición de quien quiera consultarlo- incluía los nombres de algunos de aquellos estudiantes: todos cercanos por entonces -y la mayoría todavía hoy- a Felipe González y fundadores con él de lo que poco después se conocería como «el PSOE renovado». El PSOE actual, en suma.
Toda su actuación durante la Transición española es explicable a partir de ese designio. González hizo cuanto pudo por «frenar el avance del comunismo». Para lo cual contó con la colaboración -involuntaria, pero no por ello menos decisiva- de Santiago Carrillo. (Otro personaje: habiendo comunistas como él, no entiendo para qué diablos necesitaba la CIA a los anticomunistas).
Empezó de anticomunista confeso y en ésas ha continuado desde entonces. ¿No recuerdan qué empeño ponía en llamar a IU «los comunistas»? Era su singular modo de satanizar a una izquierda que nunca ha sido comunista como tal, ni mucho menos, pero tampoco anticomunista. Inaceptable para él, en consecuencia.
Dicen que Felipe González es «un hombre de Estado». Estoy de acuerdo, a condición de que se me permita añadir una letra: es un hombre del Estado. O mejor: de los estados. Por eso sale en defensa de Pinochet. Porque de su lado está la sempiterna razón de Estado.
«¡Parece mentira!», exclaman algunos cuando oyen sus soflamas semithatcherianas.
Qué va. Parece verdad.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de octubre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/09 07:00:00 GMT+2
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1999/10/07 07:00:00 GMT+2
Su nacimiento aparece consignado en el Registro Civil de Lisboa el 23 de julio de 1920. Ella decía que en realidad se produjo algunos días antes, aunque nunca supo cuántos. Es muy posible que fuera así: las familias pobres de la época, tanto en Portugal como en España, solían demorarse a la hora de los deberes burocráticos.
Sus padres eran muy pobres, en efecto. De la Beira Baixa, emigraron a Lisboa en busca de trabajo. Cuando Amália tenía 14 meses, la dejaron al cuidado de su abuela y, decepcionados, volvieron al terruño.
Se educó como pudo. O sea, en la calle, o por los muelles del puerto lisboeta, en la madragoa, donde vendía limones con su hermana. Allí oyó por primera vez cantar fados. Fado, del latín fatum: «Que destino / ou maldição...». Su destino fue el fado.
Casi niña, ya cantaba esos malditos, esos melancólicos, esos tristísimos fados. Sacándolos de la garganta, haciéndola temblar desde dentro, como lo han hecho siempre los buenos fadistas.
A los 16 años se casó con un guitarrista, del que se separó al poco. Debutó a los 18, en uno de los muchos locales de mala muerte de la Alfama, ganándose la negra etiqueta que perseguía a todos los intérpretes de fados: una música tenida por propia de gentes de dudoso vivir y de escasa cultura. Como el tango. Como el cante jondo. Como el blues.
Pero Amália, salida efectivamente de ahí, y del Barrio Alto, era diferente. Tenía una voz extraordinaria y una belleza deslumbrante. No tardó en hacer populares algunos de sus primeros fados: Coimbra, Lisboa antiga... Eran músicas llenas de nostalgia, interpretadas con una sinceridad conmovedora. Las vestía de letras a menudo muy tradicionalistas, cuando no abiertamente reaccionarias. Su Lisboa não sejas françesa («Lisboa, no seas francesa») haría sin duda las delicias de Oliveira Salazar. Frente al París licencioso y vanguardista, la reivindicación de una Lisboa «sólo para nosotros». Una Lisboa inexistente, «antigua y señorial».
Pronto saltó su fama fuera de las fronteras lusitanas. En la España de los 50, las canciones de Amália Rodrigues (Amália, a secas, como siempre la llamaron sus admiradores) se alternaban a diario en las radios con las de Concha Piquer, Luis Mariano, Gloria Lasso y Adriano Celentano. Se conocían las más pegadizas (esa Uma casa portuguesa repetida hasta el aburrimiento), pero no las más sentidas y profundas, cantadas con poco más acompañamiento que la guitarra y la viola. Como la maravilla que fue Tudo isto é fado. Como Maldição. Como aquella conmovedora Lágrima, cuya música Carlos Gonçalves robó de la tradición popular italiana y a la que Amália puso letra: «Si supiese, / si supiese que muriendo, / tú me habrías de llorar, / por una lágrima, / por una lágrima tuya / ¡qué alegría! / me dejaría matar». Ha habido que esperar hasta Mísia, culta y renovadora, para hallar una voz que supiera concentrar en esa canción tanta pasión contenida y tanta emoción estética.
En los 60, Amália encontró el reconocimiento de la crítica internacional. Hizo giras por medio mundo e intervino en numerosas películas, como Fado, Capas Negras, Vendaval y Sangre y toros. Cantó en español, en inglés y en francés, al modo tradicional y con orquesta, vestida de negro -como era su gusto, y el de la mayoría de las fadistas- o de colorines: lo que le pidieran. Estaba encantada de triunfar. Necesitaba el aplauso. Entretanto, a los 40 años y en pleno éxito, volvió a casarse, esta vez con un ingeniero e industrial brasileño.
En junio de 1974, desconcertada por el triunfo de la Revolución de los claveles, se presentó en el teatro lisboeta de São Luiz y cantó Grandola Vila Morena. Fue un gesto oportunista que disgustó tanto a los amigos del viejo régimen como a los entusiastas del nuevo. El autor de Grandola, Zeca Afonso, llegó por aquel tiempo a decir que consideraba que el fado era irrecuperable para un país libre: cantos de llanto de un pueblo «con unas inexplicables ganas de sufrir», según había escrito un buen poeta luso casi un siglo antes. Carlos do Carmo, entre otros, le demostró pronto que no: el fado era mucho más que eso, y los poemas de Saramago, Pessoa, Ary dos Santos y muchos más ayudaron a la resurrección democrática y poética del viejo y sentidísimo fado.
Amália volvió a los escenarios en 1976, también en Lisboa, pero esta vez sin complejos, y con rotundo éxito. Tras otro prolongado retiro, regresó en 1988, celebrando su 68 aniversario ante 20.000 personas en Lisboa. Pero, por mucho que fuera aclamada, lo cierto es que ya su voz y su capacidad de emocionar no eran las mismas. Quienes fueron fervorosos de la garra instintiva y visceral de sus mejores años convinieron en que aquello era decididamente... otra cosa. Poco después se sometió a una operación de corazón y se retiró de los escenarios ya de modo definitivo.
Amália deja tras de sí medio siglo en los escenarios, más de 150 discos y una legión de admiradores. De derechas y de izquierdas.
Amália Rodrigues, cantante portuguesa de fados, nació en Lisboa en 1920 y murió ayer (6 de octubre de 1999) en la capital portuguesa a los 79 años, víctima de una enfermedad no revelada.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/07 07:00:00 GMT+2
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1999/10/06 07:00:00 GMT+2
La fotografía del periódico muestra a José María Aznar, a Jacques Chirac y a sus respectivas consortes de paseo por Granada. Junto a la foto, el titular de la noticia: «Jornada turística de Chirac y Aznar en Córdoba y Granada».
-Y ellas, ¿qué? ¿Nada? ¿Como si no hubieran estado? -comenta una amiga, molesta.
Y sigue:
-Si se tratara de un viaje de tipo político, todavía entendería que no se hablara de ellas, pero siendo un recorrido meramente turístico...
Le respondo que tampoco era cosa de escribir «los Chirac y los Aznar» -no quedaría demasiado elegante, que digamos-, y que el giro «los matrimonios Chirac y Aznar», aparte de sonar bastante cursilín, no hubiera entrado en el muy corto espacio que ocupaba el titular en cuestión.
La conversación deriva hacia el papel de las llamadas primeras damas, sean reinas consortes o esposas de presidentes y jefes de Gobierno. No elegidas por nadie, salvo por sus maridos -y en el caso de las reinas, a veces ni eso-, les suelen asignar unas labores de representación pública tirando a mosqueantes. A juzgar por lo que se nos muestra de su actividad, sobre todo en los viajes oficiales, se diría que dividen su tiempo en dos capítulos: ir de compras y rodearse de muchos desvalidos. Niños desvalidos, toxicómanos desvalidos, ancianos desvalidos, refugiados desvalidos. Son como el lado oenegé de la cúpula. Ellas se dedican a todo aquello que sus esposos, ocupadísimos, no pueden atender: los souvenirs y los pobres.
Lo cual no sólo mueve a pensar sobre el peculiar papel social de las primeras damas, sino también sobre el de sus maridos. ¿Que se congrega un simposio mundial de vendedores de algas, o de usuarios de Internet, o de fabricantes de recambios de automóvil? Eso es cosa de ellos. ¿Que el congreso es, en cambio, sobre desnutrición infantil o sobre solidaridad con las víctimas del botulismo? No falla: primeras damas a espuertas.
Qué quieren que les diga, pero me resulta de lo más sospechoso.
No siempre es así. O no del todo. Recordarán ustedes que Danielle Mitterrand hacía de vez en cuando incursiones por campos de la vida pública propios de hombres, dicho sea con todo el retintín del mundo. Hillary Clinton, aunque guarde las formas mal que bien, es sin duda otra primera dama atípica.
Pero tal vez el caso más digno de reflexión, a estos efectos, sea el del marido de Margaret Thatcher. Porque el menda no sólo no ejerció jamás de primer damo, sino que -y eso es lo más interesante- jamás nadie echó en falta que no representara ese papel.
Qué sociedad, ésta nuestra.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de octubre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de octubre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/10/06 07:00:00 GMT+2
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