1999/12/04 07:00:00 GMT+1
De mayor yo quiero ser como Aznar.
No me refiero a su físico serrano: puestos a elegir, casi me quedo con el que tengo.
Tampoco espero de la edad que me beneficie con su oratoria. Para hablar sin parar «en términos de» y acuñar frases como «el concepto de lo que es y significa la idea de España» (¡ahí es nada!), opto por seguir también tal como estoy.
Lo que envidio de Aznar es lo fácil que lo tiene todo. O, por lo menos, lo fácil que cree tenerlo.
Véase su actitud ante la famosa tregua. ¿Que ETA la proclama? Mérito suyo. ¿Que la mantiene? Gracias a él. ¿Que le pone fin y vuelve a los tiros y las bombas? Culpa del maldito Arzalluz.
El modo con que el presidente aborda los grandes dilemas de la política es realmente portentoso. Él no hace nada. Quieto parado. ¿Que vienen bien dadas? A colgarse la medalla. ¿Que mal? Nadie le podrá acusar de haber intervenido.
Pero no se vayan a creer ustedes: el dontancredismo de Aznar es muy refinado. El no hace nada de nada, de acuerdo. Pero eso, él. A cambio, se encarga de que la gente «de su entorno» -como dicen los cursis de ahora- haga de todo. Tomemos otra vez el ejemplo de la tregua: puso a algunos de los suyos a impulsarla, pero se aseguró de que otros la boicotearan. Cuando la Policía francesa detuvo a Belén González, los unos exclamaron: «¡Qué putada!», y los otros: «¡Puta madre!». Nadie podrá acusar a Aznar de no contar en su equipo con gente capaz de interpretar con tino cualquier acontecimiento.
Es una jugada que repite en cada gran opción. ¿Ley de Extranjería? Él cuenta con la gama completa: defensores a ultranza y enemigos jurados. ¿Que se debate si hay que ampliar los derechos sociales o si, por el contrario, sería necesario recortarlos? Lo mismo.
Cada vez que ve una moneda en el aire, él apuesta simultáneamente a cara y a cruz.
Es un genio. Sigue la vieja táctica del monje gorrón: «Que dice el padre prior que bajéis al huerto y que cavéis». «Que dice el padre prior que subamos al comedor y que comamos».
Hay quienes creen que esa actitud es inaceptable; que un gobernante tiene la obligación de pringarse, optar por una vía y seguirla, con todas sus consecuencias, como están haciendo los británicos y los irlandeses en el Ulster. No se dan cuenta esos inconscientes de que actuando así uno corre el riesgo no ya de cometer errores, sino de cometerlos personalmente, lo cual perjudica la propia imagen.
Yo no tengo claro que la propia imagen sea lo más importante, pero se ve que Aznar sí. Porque Aznar lo tiene todo clarísimo.
Por eso lo envidio tanto.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de diciembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/12/04 07:00:00 GMT+1
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1999/12/01 07:00:00 GMT+1
«La responsabilidad del crimen es de quien dispara».
Muchos políticos repiten desde hace tres días esta frase cual si se tratara del más palmario de los axiomas.
No lo es para nada.
En un asesinato, el que mata es responsable, sin duda, pero no obligatoriamente el responsable, es decir, el único responsable. Cabe que haya más: instigadores, cooperadores necesarios, autores intelectuales, etcétera.
En los crímenes de motivación política puede haber también una responsabilidad no penal, sino política. De hecho, los mismos que insisten sin parar en el presunto axioma de marras no se cortan ni un pelo a la hora de denunciar a otros partidos, a cuyos dirigentes achacan haber contribuido de uno u otro modo a que la tregua de ETA esté resultando un fiasco.
La situación actual me trae a la memoria algo que me ocurrió allá por el verano de 1971.
Tenía por entonces un cochecito bastante destartalado. Una vez, planeé una excursión de fin de semana con mi mujer, mi hija y dos amigos, así que llevé la tartana a revisión. En el taller cometieron un terrible error y cerraron mal el depósito del líquido de frenos.
Realizamos el viaje y, cuando regresábamos, entrando ya en la ciudad, zas, que aprieto el pedal del freno y como si nada; el coche que seguía a toda pastilla.
Por supuesto que, de habernos dado la gran galleta, el taller de reparación habría sido declarado responsable: tenía la factura del trabajo (del desastre, más bien). Pero no pensé en eso. Opté por dirigir el coche contra el bordillo de la acera, ir dando golpes contra ella para aminorar la marcha, tirar del freno de mano y, cuando ya aquello bajó a unos 40 km./h., tras avisar a los demás de la que se nos venía encima, enfilé directo contra un árbol. No nos pasó gran cosa, aunque el capó del coche se quedó cual estatua de Chillida, el pobre (me refiero al capó).
La mía no fue una reacción muy original: había leído en un manual del buen conductor que es eso lo que hay que hacer cuando uno se topa con emergencias así.
Me pregunto por qué no hay manuales de conducción política que enseñen a los jefes de la cosa pública que, cuando se presentan emergencias colectivas, no basta con buscar culpables, directos o indirectos. No digo que no haya que hacerlo: digo que no basta. El que está al volante debe aceptar su responsabilidad y, si es necesario, emprender una maniobra audaz y urgente, asumiendo que puede provocar algún destrozo, o incluso padecerlo. Aceptar lo malo para evitar lo peor, que diría Hamlet.
Pero no veo yo que la política de este país cuente con conductores demasiado duchos.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de diciembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/12/01 07:00:00 GMT+1
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1999/11/27 07:00:00 GMT+1
Cada vez hay más centristas fanáticos en España. Es un fenómeno social fascinante, de aire tan genuinamente celtibérico que no creo que tenga parangón fuera de nuestras lindes.
Superficialmente considerada la cosa política, se diría que a las personas de ideario centrista les cuadra disfrutar de un talante abierto, tolerante y pausado, y que los malos modos, el estilo faltón y el desprecio por las opciones de los demás son actitudes más propias de gente de ideas extremistas.
Pero qué va. No hay más que leer los periódicos o encender la radio, en el punto del dial que se quiera, para constatar el enorme despliegue de descalificaciones ad hominem, procesos de intención envenenados e insultos feroces que efectúan a diario los políticos y los comentaristas que se dicen de centro izquierda, de centro-centro y de centro derecha (que son casi todos, por otra parte).
Resulta apabullante. Es obvio que piensan que los no centristas -y también, ya de paso, algunos centristas rivales- somos o unos rematados cretinos sin sesera o unos canallas de tomo y lomo. El más leve intento de argumentar fuera del universo de sus dogmas genera una cascada de anatemas. Y a voz en cuello (porque, además, gritan mucho).
No argumentan: embisten.
Son así por lo general, pero lo son hasta el paroxismo con respecto a dos asuntos aparentemente muy dispares: la economía y la unidad de España.
Si alguien tiene la ocurrencia de pretender que el capitalismo no forma parte del orden natural de las cosas, se lanzan a por él: es o bien un «utópico» -adjetivo que usan como sinónimo de bobo- o bien un agente de la Komintern que no se ha enterado de que la Komintern ya no existe. Y como evidencie que no comparte gran cosa su concepción del Estado, o no manifieste un genuino fervor por la unidad de España tal cual hoy es, proceden de inmediato a acusarlo de tratar de acabar con el castellano -si es que no con los castellanos- o, alternativamente, de ser un proetarra camuflado.
Puede parecer paradójico que unas ideas de apariencia tan moderada se expresen de modo tan monolíticamente agresivo (y tan agresivamente monolítico). Es como si te agarraran por el cuello y te conminaran: «¡O eres tan de centro y tan buen español como nosotros o te vas a enterar!». Pues vaya con la moderación centrista.
Dogmáticos hasta la médula, se dicen de centro, porque es lo que más vende ahora, pero lo suyo, lo que les priva, es la Inquisición.
No es tan raro: también Tomás de Torquemada fue políticamente correcto en su época.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de noviembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de diciembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/11/27 07:00:00 GMT+1
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1999/11/24 07:00:00 GMT+1
Tres importantes ministros del Gobierno de Aznar -Rodrigo Rato, Jaime Mayor Oreja y Abel Matutes- se oponen a la actual redacción del proyecto de Ley de Extranjería acordado por todos los grupos parlamentarios.
Cada uno de estos tres ministros aporta sus propios argumentos sectoriales, pero todos coinciden en uno, que presentan como supremo: España debe atenerse a las normas sobre emigración que fijó el acuerdo de Schengen.
Yo les voy a explicar por qué el proyecto de Ley de Extranjería español suscita la más enérgica oposición de nuestros presuntos aliados del Norte.
Todo empezó hace ya un buen puñado de años, cuando Alemania decidió aprovechar la crisis del socialismo irreal para expandir al máximo su influencia por toda la Europa del Este. Para conseguirlo tomó diversas iniciativas, una de las cuales fue abrir de par en par sus fronteras a los naturales de esa amplia zona. Le vinieron en masa.
El lado bueno del asunto -para Alemania- fue que la mayoría de esos países entró rápidamente en su área de influencia política y económica. Hoy, Bulgaria -que, si bien se mira, no está demasiado cerca de Alemania- establece la paridad de su moneda tomando como referencia el marco alemán. No el euro: el marco alemán, si es que ven ustedes el matiz. Y, si eso sucede en Bulgaria, para qué hablar de la República Checa, de Polonia o de Rumanía. El día de mañana, todos esos países votarán en la Unión Europea y en otros foros internacionales a favor de su mentor. Estupendo: será otra vez Deutschland über allles.
El lado malo de esa política -para Alemania, insisto- es que en estos momentos su tasa de población inmigrante se acerca al 10%. Y una parte considerable de esa inmigración, sin cualificación profesional, carece de perspectiva alguna de integración.
Por decirlo en pocas palabras: Alemania tiene un gran excedente de mano de obra inmigrante, que quisiera repartir por el resto de Europa, porque ya no le vale para nada y le genera un gasto más que considerable.
La UE es consciente de que la sociedad española puede admitir todavía un cupo importante de inmigración. Y lo va a propiciar. Pero quienes mandan en Bruselas -Alemania, en primer lugar; Francia, luego- no quieren que España abra sus puertas a América Latina, que sería lo más lógico, desde todos los puntos de vista -incluyendo el económico, y el de la pura y simple gratitud-. Desean colocarnos su excedente de enmigración. Y el Gobierno de Aznar les hace el juego.
Este es el debate de fondo: otra vez Norte/Sur. Yo estoy con el Sur.
Javier Ortiz. El Mundo (24 de noviembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/11/24 07:00:00 GMT+1
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1999/11/20 07:00:00 GMT+1
Jamás he leído a ningún columnista que se meta con la Agencia Tributaria. Se ve que temen que el Fisco los ponga en su lista negra, en plan vengativo.
Yo no. En primer lugar, porque figuro en tantas listas negras que una más, total, me da ya lo mismo. En segundo término, porque no me importa tampoco que repasen mis ingresos cuanto les dé la gana.
Lo cual no lo digo por chulería, sino sinceramente: quiero tributar todo lo que me corresponda. Por una razón harto simple: sé que hay viejos que necesitan cobrar sus pensiones, y enfermos que deben ser atendidos en los hospitales, y niños que conviene que vayan a la escuela, y trenes y carreteras que hace falta construir... En fin, que hay muchas necesidades y, si los que ganamos un sueldo digno no nos retratamos, pues de qué.
Me pone de los nervios la gente que saca un pastón y hace trampa. Que no me vengan con el rollo de que el Estado emplea mal lo que recauda. Lo que ellos dejan de pagar no se detrae de lo que el Estado despilfarra -del avión espía ése de Defensa, por ejemplo: 6.000 millones tirados a la basura, tiene narices-: se prorratea.
Sentado lo cual, voy a despotricar contra esa Agencia Tributaria que tan bien le viene a Josep Lluís Núñez y tan mal a mí.
Va la Agencia de marras y me presenta en mayo una propuesta de liquidación provisional (una paralela, que le dicen) por importe de la tira. Consigna que, si no estoy conforme, he de aportar pruebas. Respondo que cómo se puede demostrar que uno no ha cobrado lo que no ha cobrado. Le da igual. Tengo que averiguar por mi cuenta de dónde se ha sacado el disparate. Presento las pruebas. Silencio. En septiembre me manda otro papel: afirma que, como no he alegado nada (!), tengo que pagar, además, un recargo.
Contraataco, ya muy cabreado. Respuesta surrealista: es que la oficina de la Agencia que me corresponde ha cambiado de sede y se le han extraviado muchos papeles. ¡Magnífico! Decisión final, después de casi siete meses: «Se (sic) aprecia manifiesto error en el acto administrativo». Ah, pues qué bien. Y el tiempo perdido, y el susto que me han dado, ¿de dónde lo deduzco? ¿Lo paga Se?
No habría escrito sobre esta experiencia malhadada mía si no fuera porque, a fuerza de dar la vara a todo quisque con ella, me he enterado de que los marrones de este tipo son muy frecuentes.
Hacienda es el único órgano de la Administración autorizado a invertir la carga de la prueba: no tiene que demostrar que tú has hecho algo mal; eres tú el que debes probar que has obrado bien.
Es perfectamente antijurídico. Y odioso. Rematadamente odioso.
Javier Ortiz. El Mundo (20 de noviembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de noviembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/11/20 07:00:00 GMT+1
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1999/11/17 07:00:00 GMT+1
Casi todo el mundo da por hecho que la actividad política y la corrupción son inseparables. Hay quien lo denuncia con gran cabreo; otros lo admiten con resignación; otros incluso lo niegan en público, pero lo reconocen en privado.
Me parece una idea tan errónea como peligrosa.
No la niego porque conozca a ningún político de cuya honradez pueda dar testimonio. Algunos me parecen cabales, pero yo qué sé: no los tengo bajo vigilancia las 24 horas del día.
Si rechazo el tópico es por dos razones.
Primera: porque no hay ni un solo gremio legal que pueda estar integrado en su totalidad por gente ilegal. Los absolutos no existen: éste tampoco. ¡Pero si hasta en los gremios ilegales hay gente legal!
Y segunda: porque, para que todos los políticos fueran unos vendidos, sería imprescindible que alguien los comprara. Lo cual es realmente impensable: el volumen de negocios que hay en España no produce el dinero que haría falta para satisfacer la voracidad de los negociantes -que, no se olvide, es la madre del cordero- y, además, corromper en masa a los políticos.
Ese es, por cierto, un detalle que se desconsidera con frecuencia: no basta con que alguien tenga ganas de venderse; se requiere que otro esté dispuesto a comprarlo. Y el mercado está saturado. Téngase en cuenta que no sólo se venden políticos: también periodistas, y policías, y jueces...
Desengáñense: la oferta supera en mucho a la demanda.
Pero la idea de que los políticos son todos unos corruptos no sólo es errónea, como decía antes, sino también peligrosa. Porque mueve a aceptar la corrupción política -por mucho que se pretenda lo contrario- como si se tratara de un fenómeno natural. El silogismo es de cajón: si la organización social precisa de la existencia de políticos, y si los políticos son necesariamente corruptos, la corrupción es inevitable. Luego para qué combatirla.
En realidad, no hay vínculo alguno que ate indisolublemente a la política con la corrupción. Es el poder -no la política- lo que resulta potencialmente corruptor. Potencialmente: también es falso eso de que el poder corrompe. Sólo corrompe al que se deja. Y, por lo demás, no sólo el poder político sirve de caldo de cultivo para la corrupción: también el bancario, y el periodístico, y el castrense, y el eclesial, y el docente. Todo poder.
No crean ustedes que salgo en defensa de la actividad política porque los políticos me caigan bien. Lo hago sólo porque no veo que sean intrínsecamente peores que el resto de los gremios.
Todos se las traen.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de noviembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de noviembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/11/17 07:00:00 GMT+1
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1999/11/13 07:00:00 GMT+1
Tras la dimisión de DSK (Dominique Strauss-Khan, el poderoso ministro de Economía y mano derecha de Jospin), ahora le ha tocado al número dos del PSF, Jean-Christophe Cambadelis, también salpicado por el affaire de la Mutua Nacional de Estudiantes de Francia. DSK está acusado de haber falsificado unas facturas para justificar el cobro de trabajos que no había hecho (y de haberlas cobrado, claro). A Cambadelis le acusan de haber percibido durante años un sueldo por un cargo que nunca llegó a ejercer. Del estilo. Entretanto, un juez investiga las condiciones en que Francia vendió hace algunos años seis fragatas a Taiwan: en el punto de mira de la justicia están varios dirigentes del PSF, fundadores de una misteriosa Asociación Francia-Taiwan, que viajaron mucho por la época hasta la hermosa isla del Pacífico.
Jospin insiste en que se trata sólo de «algunos hechos aislados» que, de probarse, no implicarían al PSF como tal. Pero la sombra de la sospecha oscurece ya la tantas veces alabada renovación del socialismo francés. ¿Se produjo realmente una catarsis en el PSF, o fue sólo una escenificación para la galería? Porque lo que ahora está aflorando tiene un parecido más que sospechoso con lo de antaño: facturas por trabajos no realizados, comisiones ilegales sobre negocios del Estado... Son técnicas idénticas a las que utilizó el PSF para repletar las arcas del partido -y, de paso, también para llenar los bolsillos de algunos de sus recaudadores- en los tiempos de Mitterrand. Técnicas idénticas a las que enseñó al PSOE.
«Chassez le naturel; il revient au galop», asegura el dicho francés. «Expulsad lo natural; volverá a galope».
¿Está anclada la corrupción en la naturaleza misma del poder? El PSF se lanzó a su limpieza interior cuando se descalabró en las urnas. Consiguió convencer a la opinión pública francesa de que había hecho tabla rasa; que era ya otro. Eso lo colocó en condiciones de recuperar el Gobierno. Y lo logró.
El presidente Chirac, líder de la derecha, ha dado instrucciones a sus seguidores para que no hagan sangre con los socialistas. Hoy por ti; mañana por mí, se llama eso. También Aznar ordenó al PP que bajara el pistón de las denuncias en cuanto entró en La Moncloa.
Francia no está tan mal, si bien se mira: su electorado castigó la corrupción. Más preocupante es la realidad española: el PSOE perdió el Gobierno por los pelos, con lo que no sólo no procedió a ninguna catarsis -quizá el PSF tampoco la haya hecho, en realidad-, sino que ni siquiera se creyó obligado a fingirla.
Para qué, si aquí se tolera todo.
Javier Ortiz. El Mundo (13 de noviembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/11/13 07:00:00 GMT+1
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1999/11/10 07:00:00 GMT+1
«¿Qué tal marcha el proceso de paz en el País Vasco?», me preguntan vía correo electrónico desde ultramar.
«De ninguna manera», respondo. «No existe. Hay una paz relativa y provisional, pero ningún proceso».
Una negociación de paz -caso de Irlanda del Norte- puede ir mejor o ir peor, experimentar avances, sufrir retrocesos... Pero a las negociaciones que no existen no puede sucederles nada.
A lo que estamos asistiendo aquí es a un puro bluff.
Quizá era sincero Aznar cuando anunció hace 14 meses que estaba dispuesto a dialogar con ETA para buscar una salida negociada al terrorismo. Creyera entonces o no en esa vía, el caso es que ahora está no en otra, sino en la opuesta.
La experiencia de este año ha alterado la concepción global de Aznar sobre el País Vasco. Antes defendía la conveniencia de que ETA y el llamado MLNV entraran en el escenario de la lucha política ortodoxa, como cualquier otra fuerza política. Sin embargo, la irrupción del abertzalismo radical en el entramado de las alianzas ha propiciado un nuevo mapa político vasco que le gusta mucho menos, en realidad, que el anterior.
«Están tratando de conseguir por vía política lo que no lograron por las armas», dice y repite Mayor Oreja. «¿Y no era a eso a lo que se les han estado invitando ustedes durante años: a que encauzaran sus reivindicaciones, fueran las que fueran, por la vía pacífica?», responden muchos. Sí; pero el asunto ha resultado bastante más complejo. Han comprobado que la paz, incluso ésta incompleta y endeble de ahora, potencia el movimiento independentista. Y ése es un precio que no quieren pagar de ninguna manera.
De modo que ya no se orientan hacia la consecución de una paz negociada. Lo que están tanteando ahora es la posibilidad de acabar con ETA, sin más. Y si el PNV se hunde tratando de evitar que eso suceda, miel sobre hojuelas.
Mantienen de cara a la galería la ficción del proceso de paz -no quieren pagar tampoco el precio electoral de la ruptura, que en Euskadi podría ser alto-, pero en lo que realmente confían es en el creciente desgaste interno de la organización terrorista, que tratan de potenciar con la acción policial. Buscan que ETA desaparezca por consunción, en suma.
ETA no está ahora peor de lo que estuvo tras la caída de Bidart. Y su base social, que llevaría muy mal la vuelta a las andadas si estuviera en marcha un proceso de paz real, puede cambiar de opinión si no ve otra salida.
Dicen que los interlocutores que Aznar designó para negociar con ETA están muy desanimados.
Yo también.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de noviembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de noviembre de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/11/10 07:00:00 GMT+1
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1999/11/06 07:00:00 GMT+1
Vuelven a la carga los dirigentes del PSOE: exigen a IU que no presente candidaturas en las provincias en las que no tiene apenas posibilidades de obtener escaños, para reforzar de ese modo las expectativas de los candidatos socialistas.
Afirman que es lo que conviene a la izquierda.
No diría yo que no, a condición de que se sepa previamente qué es la izquierda. Porque no está claro.
¿Qué es la izquierda?
Hay un sistema muy sencillo por el que cualquiera que se considere de izquierda puede fijar si los demás lo son o no: le basta con establecer que son de izquierda los que piensan en lo esencial como él. Y los que no, pues no son de izquierda, y asunto concluido.
Dirán ustedes que es un método tirando a cutre -y lo es-, pero puedo asegurarles que goza de una enorme popularidad. Conozco a la tira de gente que lo emplea.
Otra vía para determinar qué es la izquierda consiste en tratar de extraer lo que de común tiene el conjunto del personal que se dice de izquierda. Pero ese método tampoco resulta demasiado eficaz. Veamos: de izquierda se considera Joaquín Almunia, pero también el subcomandante Marcos. Y la dirección de ETA. Y el alto mando del IRA. Y Tony Blair. También parece que se dice de izquierda el hasta hace nada secretario general de la OTAN, Javier Solana.
Sáquenles ustedes el factor común a todos ellos, que yo me pierdo.
Tercera posibilidad: definir a la izquierda en negativo. Según esto, el rasgo distintivo de la izquierda estaría en oponerse a la derecha. Pero esa vía se presenta también erizada de dificultades. ¿Forma Bill Clinton parte de la derecha? Entonces, quienes no se opongan a Clinton ¿no son de izquierdas? Adiós al PSOE. ¿Y Pujol? ¿Es de izquierdas o es de derechas? ¿Cabe considerar en ese caso como de izquierdas a quien prefirió aliarse con CiU para gobernar, en vez de hacerlo con IU?
Hay quien sostiene que, para estas alturas de la película, el ser de izquierda es algo que tiene más que ver con la cultura que con la política. Está claro -arguyen- que alguien de izquierdas llevaría mal asistir a un mitin de esos que se montan con actuaciones de Manolo Escobar y Francisco. Pero tampoco ese criterio me vale para mucho: todo está tan liado que cabe que haya gente de izquierdas que goce gritando «¡Que viva España!». Sin música, por lo menos, muchos lo cantan a diario.
En resumen: esa izquierda a la que apela el PSOE no existe. Y lo que no existe difícilmente puede tener intereses en común.
Pidan el voto a sus partidarios, y déjennos en paz a los demás, que ya sabemos de qué va su izquierda.
Javier Ortiz. El Mundo (6 de noviembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de noviembre de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/11/06 07:00:00 GMT+1
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1999/11/03 07:00:00 GMT+1
Afirmó Arzalluz el pasado domingo que hay dos tipos de vascos: los que tratan de resolver los problemas entre ellos y los que siguen consignas de Madrid. La armó buena. De inmediato saltó Redondo Terreros y dijo que de eso, nada de nada; que los dos tipos de vascos que hay son: los que aceptan las consignas de ETA y los que no.
Según escuché tan apasionante polémica, me vino de inmediato a la memoria lo que solía decir el difunto Lawrence J. Peter: «En el mundo hay dos tipos de personas: las que dividen el mundo en dos tipos de personas y las que no».
Arzalluz y Redondo Terreros tienen en común -ya que no otras cosas- esa maldita tendencia reduccionista: o de este bando, o del contrario. Pues no. Hay muchos vascos que nos colocamos en un tercer bando, o en un cuarto, o incluso en ninguno que se defina a partir de los parámetros que ellos fijan a su arbitrio y conveniencia.
Es mi caso. No me situaré nunca del lado de quienes ponen bombas en supermercados, pero tampoco aceptaré militar en la facción opuesta, mientras personajes de la calaña de Barrionuevo y Galindo formen parte de ella.
Haré cuanto pueda en favor de la paz definitiva en mi tierra, pero a mi modo. Sin compañías que me repugnen. Por libre, dicho sea en todos los sentidos.
Arzalluz, Redondo Terreros, Mayor Oreja... Me resulta casi imposible tomarme en serio sus peleas. Se dicen cosas terribles: que si el uno es perverso cómplice del terrorismo, que si el otro es el ministro de la guerra, que si el de más allá chapotea en el barro de no se qué... Pero, en la práctica, a la hora de la verdad, sus políticas tienen un pasmoso parecido. Todo el «radicalismo» que se atribuye al PNV se circunscribe al terreno de las declaraciones, los manifiestos y las proclamas. Lo más radical que ha hecho el PNV desde el día en que firmó el Pacto de Lizarra ha sido participar en la Asamblea de Municipios Vascos. Y, a la vista de lo acontecido desde entonces, sólo cabe deducir que lo hizo para neutralizarla.
Fuera de eso, su acción política práctica más sobresaliente de los últimos tiempos ha sido votar en el Parlamento de Madrid en contra de las enmiendas a la totalidad al proyecto de Presupuestos del PP. ¿Ese es el barro de la radicalidad?
Vemos cómo se tiran zarpazos desde los medios de comunicación y nos pensamos que están a punto de matarse. Pero no les quepa duda de que, en lo esencial, son escenitas que montan para sus galerías respectivas, de cara a la vecina representación electoral.
Sus zarpazos son de papel. Ellos mismos son tigres de papel.
Javier Ortiz. El Mundo (3 de noviembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de noviembre de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/11/03 07:00:00 GMT+1
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