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2000/01/08 07:00:00 GMT+1

Necesarios e imprescindibles

Pretende el viejo tópico que «todos somos necesarios, pero nadie es imprescindible».

Me parece una tesis bastante boba.

Primero, porque no todos somos necesarios. Según cuándo y para qué, algunos resultamos un auténtico estorbo. Si lo sabré yo.

Y segundo, porque sí que hay gente imprescindible. Insisto: depende para qué, o para quién. Theo Sarapo, último marido de Edith Piaf, se quitó la vida al poco de morir ella: que alguien le dijera al pobre Theo que Edith no era imprescindible.

Incluso si dejamos de lado las cosas del amor, tan suyas ellas, y nos vamos a las de la política -no menos suyas, a decir verdad-, también comprobamos que hay gente imprescindible. Un ejemplo: para votar a Aznar, Aznar es imprescindible. No digo yo que lo sea para muchas cosas más, pero para eso, al menos, sí que lo es.

Felipe González es todavía más imprescindible: estoy seguro de que el felipismo no lo sobreviviría. Y que conste que con esto no trato de dar ningún tipo de idea a los antifelipistas.

Ironizan los franceses diciendo que los cementerios están llenos de gente imprescindible. «La Humanidad se las ha arreglado muy bien sin ellos», piensan. Pero qué va: se las ha arreglado fatal sin ellos. Los cementerios están, sí, repletos de gente imprescindible, y así nos va.

Es rotundamente falso que todos seamos prescindibles. Pero, qué le vamos a hacer: al final, imprescindibles o prescindibles, nos vamos igual al garete.

El problema no está en la gente imprescindible, sino en la que está convencida de que lo es.

Cualquier tipo imbuido de la idea de que es portador de una misión histórica representa un peligro público. Ya de entrada, porque tenerse por imprescindible anima a tomar por prescindibles a los demás, lo cual puede acarrear consecuencias indeseables, sobre todo para los demás.

La experiencia demuestra que los tipos mesiánicos tienen una peligrosa tendencia a sacar de la escena a cuantos estorban el veloz avance de su misión de elegidos.

Repaso el siglo XX en su último tramo. Los muchos personajes mesiánicos que lo han habitado han dejado tras de sí una estela de desastre. ¡Cuánto mejor le habría ido al mundo de haber prescindido de toda esa caterva de presuntos -presumidos- imprescindibles!

Paradójicamente, los realmente imprescindibles jamás piensan que lo son. Y lo que es peor: rara vez la sociedad se da cuenta de que lo son. La modestia, la capacidad de potenciar las habilidades de los demás y el trabajo callado cotizan a la baja. Mondo cane.

Javier Ortiz. El Mundo (8 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de enero de 2012.

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2000/01/05 07:00:00 GMT+1

Materialismo grosero

Defiende Miguel Rodríguez Muñoz en un interesante y divertido libro de apuntes literarios del natural que se acaba de publicar (La cáscara amarga, Ediciones KRK, Oviedo) que la vida política asturiana respalda las virtudes interpretativas del «materialismo grosero»: para entender lo que sucede en la política asturiana -sostiene-, hay que buscar pocas explicaciones, y cuanto más toscas y arrastradas, mejor.

Escribe Miguel Rodríguez Muñoz: «Aquí un día se enfada una lugareña, convence a su marido, que a lo mejor es catedrático, la pareja mueve influencias, aglutina apoyos y ya está el lío armado». No digamos nada si la lugareña está casada no con un catedrático, sino con alguien realmente importante.

Quienes cargamos el pesado fardo de una formación marxista tenemos, entre otros muchos vicios, la manía de presuponer que los fenómenos político-sociales poseen siempre una explicación compleja, repleta de mediaciones que exigen un sesudo tratamiento multidisciplinar. Y todo porque el barbudo de Tréveris nos previno sin parar contra el «materialismo grosero».

Pero tiene razón Rodríguez Muñoz: lo grosero responde por lo común a una motivación grosera, y movilizar finuras a la hora de analizarlo es perder el tiempo. Detrás de una chorrada hay casi siempre un chorra que actúa por motivos chorras.

Yerra, en cambio, cuando atribuye a su principio epistemológico un ámbito exclusivamente asturiano. Es de mucho más amplio espectro. Toda la política está cargada de acontecimientos aparentemente complicados cuya explicación real es de lo más cutre: darle en los morros a Fulano, que va de chulín; poner en su sitio a Mengano, que me dejó en ridículo en el cóctel del otro día; acabar cuanto antes con esta discusión, porque me espera Purita en el apartamento y quiero llegar pronto a casa para que mi mujer no sospeche nada; distraer a la opinión pública para que no se pregunte de dónde narices me he sacado el Porsche nuevo...

Ni efecto mariposa ni gaitas en vinagre: personajes de opereta que no vacilan en poner la maquinaria infernal del poder al servicio de sus ridículos intereses personales.

Clinton. Yeltsin. Dispénsenme de citas más cercanas.

Sostiene Rodríguez Muñoz, con amarga ironía, que si los políticos asturianos son así de chapuzas y simplones es porque Asturias no es ni una nacionalidad ni una región, sino una pura aldea.

Y no dudo de que tiene razón. Pero me temo que se ha olvidado de uno de los principales hallazgos teóricos de nuestro tiempo: el mundo entero es una aldea global.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de enero de 2011.

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1999/12/29 07:00:00 GMT+1

Muchas felicidades

Es la palabra más oída de estos días: «Felicidades». A veces incluso con refuerzo: «Muchas felicidades».

Siempre me ha llamado la atención esta fórmula tan nuestra -y tan navideña- de expresar buenos deseos. Es como si no nos conformáramos con una sola felicidad: queremos muchas, y todas juntas. ¡Pues no somos nadie!

Pero qué va. Lo que parece una prueba de ambición desmesurada no es, en último término, sino una muestra de estricto realismo: si nos deseamos muchas felicidades es porque sabemos que la perfecta felicidad, la felicidad absoluta, no existe. Ningún absoluto existe, pero ése menos que ningún otro.

Puede haber, sí, momentos de felicidad, felicidades concretas, jirones de felicidad, estallidos de paz, de risa, de amor, de placer, de ternura, de emoción: pequeños paraísos acotados, mínimos cielos capaces de alumbrarnos de tanto en tanto la existencia.

Pero duran poco. Por fortuna. De lo contrario, sería imposible apreciarlos.

Qué odiosa idea, el paraíso. La salvación eterna. Un goce que no cesa no es un goce; es un suplicio. Disfruto del dulce porque conozco lo amargo; y de la luz, porque sé de las sombras; y de la risa, porque también del llanto.

El cielo: qué condena.

Los tontos -todo mi respeto para ellos- son felices, los benditos. También algunos alienados. La felicidad permanente exige mucha inconsciencia.

De hecho, todas las felicidades, hasta las más diminutas, se basan en la inconsciencia. Solamente podemos disfrutar de las cosas en la medida en que hacemos como que no sabemos qué hay detrás de ellas. ¿Cuánta desgracia no se esconde en nuestro café matinal, en las flores que regalamos, en la gasolina que mueve el coche que nos lleva de vacaciones? ¿Cuánta miseria, cuánta paga paupérrima, cuánta frustración? ¿Cuánta gente está muriendo de hambre, o siendo torturada, o engrosando la nómina de las víctimas de la guerra, en el mismo instante en que una caricia nos colma, en el segundo preciso en que nos estalla la carcajada?

Preferimos no saberlo: cómo disfrutarlo, si no.

La lucidez es garantía segura de infelicidad.

Es una de las muchas obligadas miserias de los humanos: hemos de ser inconscientes, para que la realidad -ese monstruo cruel- no nos devore la existencia.

Pero algo me dice que estoy cometiendo un error. Yo lo que pretendía, en esta última columna antes del 2000, era desearles a todos ustedes muchas felicidades. Y no sé por qué, pero me parece que no lo he conseguido.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de diciembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/12/29 07:00:00 GMT+1
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1999/12/22 07:00:00 GMT+1

El pase de modelos

Si las votaciones sirven para elegir legisladores -o, llegado el caso, gobernantes-, el criterio que debería regir a la hora de la selección de los candidatos habría de ser -digo yo, en buena lógica- el de su mayor o menor aptitud como legisladores y, si se tercia, como gobernantes.

Sin embargo, en la vida política española se acepta como la cosa más natural del mundo que los candidatos sean designados pura y exclusivamente atendiendo a su habilidad... para triunfar en las elecciones. Como si lo que viniera después ya diera lo mismo.

La culpa la tiene, sin duda, la mala educación del electorado (que es, por supuesto, la educación que le han dado).

Los votantes se comportan de modo disparatado. Imagínense ustedes que un individuo que se ha pasado media vida ahorrando para construirse una casa de campo pusiera finalmente la obra en manos del arquitecto que le demostrara tener mejor labia, renunciando a comparar, planos en mano, todos los proyectos que se le han presentado. Diríamos que es un bobo. ¿Qué diablos pinta la cháchara en la arquitectura?

Pues lo mismo que en la política: nada. Es puro desvarío confundir el oficio de legislar o el de gobernar con un espectáculo.

Pero es lo que ocurre, votación tras votación.

Todo el mundo parece de acuerdo en que Joaquín Almunia es peor candidato que Felipe González. ¿Por qué? «Es un triste». ¿Pero esto que es: un concurso de gracejo? ¿Por qué no comparan los méritos del uno y el otro y, ya de paso, sus deméritos? Yo, hasta ahora, no he oído que Almunia haya sido clave en los GAL, o en Filesa, o en el cobro de fondos reservados.

«Aznar ha mejorado algo como candidato». ¿En qué ha mejorado? Todo lo contrario: ha demostrado que no tiene olfato para captar cuándo es de rigor adelantar unas elecciones. Y un político sin olfato es un político incompetente. Eso sin hablar de la Ley de Extranjería, de las stock options o del conflicto vasco. Cada día que pasa se le ve menos capaz, más desangelado.

«Paco Frutos es mal candidato. Apenas se le conoce». Y si no se le conoce, ¿cómo saben que es malo? Que nos cuente de qué va, y ya veremos. Frutos tiene de entrada un punto a su favor, al menos para mí: no gusta nada a la derecha. Un dirigente que se dice de izquierda y que cae bien a la derecha me resulta siempre muy sospechoso.

Es un horror que las elecciones se planteen como un pase de modelos. Pero hay algo peor: que sean como una pasarela de moda y que, además, los modelos sean feísimos.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de diciembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/12/22 07:00:00 GMT+1
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1999/12/18 07:00:00 GMT+1

Cartas insultantes

¿Qué puede mover a la gente a escribir -y enviar- cartas insultantes?

Ayer recibí una en la que un no muy delicado lector me espetaba: «Permítame que le diga que es usted un sinvergüenza». El hombre estaba indignado porque yo había escrito que Francia y Gran Bretaña se amilanaron en 1938 ante el potencial militar de Hitler. Una tontería, según él, que está convencido de que apoyaron al III Reich para que atacara a la URSS. En su simplificación, se le olvidó el pacto germano soviético. Pero eso es lo de menos: lo curioso es que esa divergencia le llevó a la rotunda conclusión de que soy un sinvergüenza. En concreto. (Y me pide permiso para decírmelo: qué tipo tan singular.)

Otro lector, al que parece que tampoco acabo de convencer del todo, me escribe: «Leo todos sus artículos. Son una gilipollez. Es usted una perfecta calamidad. Una puta calamidad. Es usted una puta mierda». Ya sentado lo cual, se despide cortésmente: «Suyo...». Y firma con su nombre. (Otro que piensa que insultar no debe llevar a perder las formas.)

No tengo la exclusiva, ni mucho menos. Todos los columnistas sabemos que, si tocamos algunos asuntos espinosos, nos toca recibir el correspondiente chorreo. Es imposible criticar al Papa, por ejemplo, sin que un buen puñado de presuntos practicantes de la caridad cristiana se te eche encima dudando de que hayas conocido a tu padre. Y como se te ocurra no condenar el aborto, una legión de Pro Vida te hace saber al punto que todas las formas de existencia son maravillosas, salvo la tuya.

¿Por qué es así alguna gente? Yo, si empiezo a leer un artículo y me parece una bobada -lo que no es infrecuente del todo-, lo abandono a escape. ¡Tengo tan poco tiempo y tantas cosas por hacer! Por supuesto que jamás se me ha ocurrido mandar una carta al autor de una bobada para que sepa que me parece un bobo. ¿Para qué? Si realmente el hombre es bobo, la cosa no tiene remedio. Es absurdo intentar que lo sepa: un bobo, por definición, no puede hacerse consciente de su bobería.

Curiosas cartas éstas, las de los insultos. Es evidente que si alguien te escribe para llamarte tonto es porque piensa que no lo eres del todo, gracias a lo cual confía en amargarte la vida un rato.

Imagino que se trata de alguna forma especial de sadismo. O más bien de sadomasoquismo, porque, para tratar de fastidiarte, ha de jorobarse él previamente, leyendo textos que le repatean.

Quienes se desahogan a mi costa digo yo que deberían admitir, al menos, que les hago un servicio terapéutico. Reconózcanmelo: harán que me sienta útil.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de enero de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/12/18 07:00:00 GMT+1
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1999/12/15 07:00:00 GMT+1

¿Que qué haría yo?

Típica objeción que se topa uno cada vez que se permite discrepar de la posición de Aznar en relación con la cuestión vasca: «Es fácil criticar al Gobierno, pero me gustaría saber qué haría usted en su lugar».

Pues vamos a ello.

Primero: me esforzaría por no decir disparates. Así, por ejemplo, no afirmaría jamás que «un país serio no puede estar cambiando su Constitución cada dos por tres», sabiendo que, en sus 20 años de vigencia, la Constitución española sólo ha experimentado un ligero retoque (que se realizó, además, a instancias del propio Gobierno y para satisfacer a la UE).

Segundo: convocaría cuanto antes un referéndum para que la sociedad española manifestara si está dispuesta a aceptar que la población vasca decida su propio futuro por sí misma, y haría una intensísima campaña en todos los medios públicos de comunicación a favor del sí, utilizando el método de Felipe González cuando lo de la OTAN: argumentaría que, en caso de triunfar el no, a ver quién lo administra; diría que quien vote no es un mal demócrata, un mal español, un mal europeo, etcétera.

Tercero: una vez obtenido el sí, convocaría un referéndum en Navarra para que su población optara entre: a) unir su destino al de Euskadi; b) mantenerse como comunidad diferenciada pero con un estatuto de relación especial con el País Vasco; y c) no tener relación particular de ningún tipo con su vecino de la izquierda.

Cuarto: convocaría, en fin, un referéndum en la Comunidad Autónoma Vasca para que sus habitantes decidieran libremente entre independizarse y formar un Estado propio o seguir dentro de España, o como quieran llamarlo.

En relación con el territorio vasco francés no haría nada (a no ser que me dejaran no sólo actuar como presidente del Gobierno español, sino también como jefe del Estado francés: eso sería estupendo).

¿Que según leen todo esto les entran a ustedes ganas de aplicarme el artículo correspondiente de la Constitución y declarar un estado de excepción sólo para mí? ¿Que sienten el vivo deseo de pedir a las Fuerzas Armadas que invadan mi cerebro para asegurar la unidad de la Patria en su interior? Normal. Ya sé que hay muy poca gente que piense como yo, y menos todavía si -como en mi caso- ni son nacionalistas vascos ni desean la independencia de Euskadi.

No intento convencer a nadie. Tan sólo aspiro a que no vuelvan a formularme en plan desafiante la pregunta de marras: «¿Y usted qué haría si estuviera en el lugar de Aznar?». Déjense de coñas: jamás pondrían en el lugar de Aznar a alguien con mis ideas.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de diciembre de 2012.

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1999/12/14 07:00:00 GMT+1

Novelistas

Me topo con mi amigo Gervasio Guzmán, al que hace tiempo que no veía. Tras charlar de varias fruslerías, tales como el fin de la tregua de ETA, la afición de George Bush Jr. a las ejecuciones y la guerra de Chechenia, pasamos a lo fundamental: nosotros.

-Estoy escribiendo una novela -me dice. Y me cuenta a grandes rasgos el argumento. Me recuerda vagamente al de media docena de novelas ya existentes, pero no se lo digo. Se le ve tan ilusionado.

-Y tú -me pregunta-, ¿por qué no has escrito todavía una novela?

-Porque no sé -le respondo.

-¡Qué tontería! -dice. Y se va, dejándome con la duda de qué es en concreto lo que le parece una tontería: si que piense que no sé escribir novelas o que no lo haga, aunque no sepa.

Supongo que es esto último. Porque está clarísimo que hoy en día no tener ni idea de escribir novelas no es ningún obstáculo para escribirlas. Y lo que es peor: para publicarlas. Porque aquí se publica lo que sea. Todo. Sin parar.

Cualquier menda que cuente con cierta notoriedad, aunque la haya adquirido como alpinista, o como político mediocre, encuentra un editor que saque su pavada. Y el que carece tanto de notoriedad como de editor, se la publica él mismo, y tan feliz.

Sostiene Umberto Eco la tesis de que, como los muchos chinos que pueblan China descubran las ventajas del papel higiénico, todos los bosques del mundo no bastarán para calmar su demanda. Cree el italiano que ése puede ser el desastre medioambiental más importante de la Historia.

Eco no tiene ni idea. Mucho más terrible para la masa forestal del universo es la insaciable avidez publicadora de los españoles (y las españolas). Con la agravante de que aquí no se trata de un peligro potencial, sino de una catástrofe en acto: año tras año, la industria editorial de este singular país se carga el equivalente a un tercio de la Amazonia y dos Finlandias.

Y al que no le va la novela le da por el ensayo -qué nombre tan certero, en la mayor parte de los casos-, o por las memorias, con independencia de que su vida no tenga interés ni para él.

España parece decidida a refutar el Principio de Peter. Sostenía el doctor Laurence J. Peter que todo el mundo se eleva hasta alcanzar su nivel de incompetencia, llegado al cual se instala en él. O el Dr. Peter era un optimista incurable o no estudió el caso español.

En España mucha gente se eleva hasta alcanzar su nivel de incompetencia, sí, pero cuando lo logra raramente se queda en él: sigue intentando ascender. Y lo peor es que, ay, suele conseguirlo.

Javier Ortiz. El Mundo (14 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de diciembre de 2010.

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1999/12/11 07:00:00 GMT+1

Dos «match balls»

Hasta hace poco, estaba convencido de que el PP podría acudir con bastante tranquilidad a las urnas de la próxima primavera. Ya no.

A decir verdad, miraba el hecho con bastante indiferencia: cuando la alternativa a la corrupción del ayer es la mediocridad del ahora, tampoco está uno como para echar cohetes. Pero veía a la clase media satisfecha con la evolución de la economía, el panorama sindical sin mayores sofocos, los negocios de la UE al trantrán, el lío vasco bajo el espejismo del proceso de paz... y, para más inri, el PSOE con un cirio interno de cien pares.

El PP parecía haber conseguido ya de una vez sentar sus reales en ese centro-magma que tanto gusta a la gran mayoría del electorado español de estos tiempos.

Pero en las últimas semanas el panorama ha dado un brusco giro. A los de Aznar les está ocurriendo como a esos jugadores de tenis de segunda fila que un buen día se encuentran con que les falta tan sólo un juego para derrotar a una gran estrella y llevarse a casa el trofeo de su vida: se dejan dominar por el pánico, empiezan a no dar una, malogran lastimosamente su ventaja... y acaban perdiendo.

Aznar ya ha desperdiciado dos match balls. El uno, en Euskadi. El otro, con la Ley de Extranjería.

Lo de menos, a estos efectos, es el fondo de la posición que ha hecho suya en ambos asuntos. Es harto probable incluso que en eso esté en sintonía con la autocomplacida y laboriosa clase media española, que tiene a Arzalluz entre ceja y ceja y que teme que el país se nos llene de ingentes hordas de negros y moros indocumentados.

La clave está en las formas. En el modo en que ha encarado ambos problemas. En los dos ha dado la sensación de irse al extremo: al extremo derecho, en concreto. De haber perdido el norte... y, ya de paso, también el centro.

Desde hace algunas semanas, Aznar ya no es el político sereno que sale en la tele diciendo que hará todo lo posible por conseguir la paz, tranquilizando incluso a quienes lo conminaban a no ceder ni un ápice ante los terroristas. Ahora parece ya otro Fraga más prometiendo caña en pro de lo de siempre.

Ya no es tampoco el señor de la derecha que arrebata banderas sociales a la izquierda: es el de las «enmiendas de alambrada» a la Ley de Extranjería.

En ambos conflictos, el PSOE se las ha ingeniado para ocupar el centro, dándose un aire tolerante -tiene narices- y dejando al PP arrinconado en la derecha.

Aznar se ha olvidado de que el centro, a efectos electorales, no es una posición política concreta: es, sobre todo, una estética. Ese olvido puede costarle el partido.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de diciembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/12/11 07:00:00 GMT+1
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1999/12/08 07:00:00 GMT+1

El cáncer y la úlcera

No es cierto que los políticos españoles sean tontos. Es que toman por tonto al personal, y tratan de ponerse a su altura. Y la verdad es que, a juzgar por sus resultados electorales, tampoco cabe decir que yerren demasiado.

El presidente Aznar no es tonto -conviene no confundir brillantez e inteligencia-, pero en ocasiones suelta tonterías de aúpa. El lunes pasado comparó la política del PNV hacia EH con el vergonzoso comportamiento de Francia y Gran Bretaña ante Hitler en 1938.

Monumental error. Por muchos conceptos.

Error general: ETA no supone un peligro comparable al del III Reich. Ceder al chantaje de ETA -en el supuesto de que sea eso lo que esté haciendo el PNV- sería más bien como negociar con quien ha secuestrado un avión. O varios. Pero no más. Porque ETA no está en condiciones de alterar el curso de la Historia. (Recordemos, ya de paso, que Aznar aplaudió que el Gobierno de Irán negociara hace unos meses con los terroristas que secuestraron a dos españoles).

Segundo error: todo el mundo sabe que la vergüenza de 1938 en Múnich, a la que apela el jefe del Gobierno, estuvo precedida de otra vergüenza: la de la llamada «No Intervención» en España. De no haberse dado esa vergüenza previa, que permitió a Mussolini y Hitler intervenir en nuestra guerra civil mientras las democracias europeas miraban hacia otro lado, Franco no habría vencido. El líder de un partido como el PP, que cuenta en sus filas con tan insignes exfranquistas, debería cuidar más sus referencias históricas.

Compara Aznar la «Europa del euro» con la «Europa de Kosovo». ¿Por qué no lo hace con la Europa de Chechenia? Él y sus aliados están cediendo ante Yeltsin por la misma razón que sus predecesores cedieron hace 61 años ante Hitler: por miedo a su potencial militar.

Él no teme a ETA en el plano militar. Sus teóricos suelen decir que el terrorismo es como una úlcera, que hace daño pero no mata, en tanto que el separatismo es como un cáncer, que mata. Por eso ponen mucho más interés -en la práctica; retóricas al margen- en acabar con el separatismo que con el terrorismo.

A algunos les escandaliza esta teoría del cáncer y la úlcera por lo que implica de evaluación cínica de los desastres del terrorismo. A mí también. Pero me choca aún más el pánico al separatismo que denota. En este rincón de Europa, hoy, no hay modo de separarse. Aquí (no en los Balcanes: aquí) ya no hay soberanías. Euskadi tiene tantas posibilidades de hacerse independiente como yo de volver a los 20 años. Son cosas con las que cabe soñar, pero imposibles.

Javier Ortiz. El Mundo (8 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de diciembre de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/12/08 07:00:00 GMT+1
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1999/12/05 20:00:00 GMT+1

Hablar bien, hablar mal

Conferencia pronunciada en las III Jornadas de Pensamiento Crítico, organizadas por "Página Abierta", en Madrid, el 5 de diciembre de 1999. Repetida posteriormente en otras ciudades.

Hablar bien, hablar mal.

Acepté el encargo de esta conferencia a sabiendas de que no soy un especialista en el habla, y menos todavía en el habla de calidad.

Con lo que yo me gano la vida -y en lo que parece que se me reconoce una cierta pericia- es con la escritura, y tan poco fío en mi habilidad como hablador que, cuando me veo en la necesidad de disertar en público, previamente escribo lo que quiero decir, y luego lo leo -ya lo estáis viendo-, para no correr riesgos excesivos y, de paso, no hacérselos correr a la sufrida audiencia.

Escribir es mi modo de hablar lo mejor que sé. Doblemente, porque me gusta escribir en estilo coloquial, esto es, imitando lo que se habla (aunque sea mentira, porque al escribir cuento con tiempo para calibrar a conciencia lo que digo y cómo lo digo, cosa de la que no soy capaz cuando hablo).

Escribir es también mi modo de pensar lo mejor que sé. Supongo que esto tiene que ver con mi limitada capacidad de abstracción y mi escasa memoria. Todos conocemos a personas -en estas Jornadas hay varias- que, cuando deben pronunciar una conferencia, les basta con hacerse un esquema: se suben al estrado y siguen el hilo de los pensamientos que trenzaron a la hora de elaborar el esquema.

Yo con un esquema no voy a ningún lado. Necesito ver las ideas plasmadas por escrito para sentirme capaz de evaluarlas. Sólo cuando ya las he materializado y cuentan con existencia propia, independiente de mí, sé si me gustan tanto como cuando las imaginé.

Rara vez me convencen a la primera. Por lo cual, corrijo mucho. Tanto que, bastante a menudo, la plasmación escrita de una idea me mueve no ya a cambiar de planes sobre cómo explicarla, sino incluso a rectificar la propia idea, de modo que no es extraño que acabe dándole el visto bueno final a algo que es notablemente diferente de lo que tenía inicialmente previsto.

Pero, en último término, el proceso de la escritura y el del habla son similares: ambos nos sirven para comunicar nuestros pensamientos, nuestras sensaciones y nuestros sentimientos. Porque ambos utilizan el mismo instrumento, el mismo soporte: la palabra.

La palabra no sólo nos permite comunicarnos en voz alta o por escrito con los demás, sino también reflexionar en silencio.

No hay pensamiento sin palabras. Cuando pensamos, nos hablamos a nosotros mismos. A veces, eso sí, a enorme velocidad. Tanta, que perdemos la noción de las palabras. Podemos sentir sin palabras -un dolor no necesita de palabras para dañarnos-, pero no podemos pensar sin palabras.

Incluso un género de pensamiento tan aparentemente próximo de las sensaciones como es la intuición se mueve con palabras. Una intuición no es más que un razonamiento que nuestro cerebro desarrolla de modo tan fulgurante que no nos deja ver las etapas que ha seguido, los eslabones intermedios de la cadena. Pero esos eslabones existen.

El buen uso de la palabra -ya las rumiemos en nuestro cerebro, ya la hagamos aflorar al exterior, oralmente o por escrito- es esencial para el buen funcionamiento de nuestro pensamiento. Alguien que sólo conoce unos pocos cientos de palabras es alguien cuyo pensamiento tiene sólo unos pocos cientos de combinaciones posibles, esto es, alguien que está obligado a simplificar enormemente las realidades.

Creo que era Hegel quien sostenía que quien expresa de modo confuso sus ideas es porque no las tiene claras. A veces nos topamos con gente que pretende convencernos de que ve muy claro un asunto, pero que no acierta a explicarlo. Se engaña: cree que lo ve claro, pero no es verdad. Es imposible razonar bien para el propio coleto y no poder verbalizar el razonamiento, porque el propio coleto también se maneja con palabras.

Ocurre con esto como con el psicoanálisis. En las sesiones de psicoanálisis, el paciente debe exponer sus sentimientos ante el analista, persona con la que no tiene más relación que la clínica y con la que, por ende, apenas puede apelar a sobreentendidos. En su fuero interno, el paciente está acostumbrado a dar por hecho que sus sentimientos son razonables y sensatos. Pero, al tratar de explicárselos a un extraño, se topa con todas sus incongruencias y sus trampas, lo que puede ponerle en las puertas de una crisis que, en determinadas condiciones, le resultará muy útil y saludable.

Algo así sucede con las muchas falsas consciencias que albergamos en nuestro pensamiento: es cuando queremos racionalizar y sistematizar tales o cuales ideas para darlas a conocer cuando comprobamos -o, en todo caso, demostramos- hasta qué punto las teníamos claras. O no.

La certeza de las ventajas de la escritura me ha llevado a practicarla sistemáticamente, no ya sólo como profesión y como diversión, sino incluso como modo de afrontar mis propias realidades personales: escribo para saber qué sé, qué siento realmente, hasta qué punto entiendo lo que me rodea y lo que me pasa.

El hecho de haberme pasado media vida -si es que no tres cuartos- enfrentado a la tarea de racionalizar por escrito mis pensamientos, así fuera para acabar diciéndolos, o sencillamente para tenerlos más claros, y el trabajo de constante corrección a que eso me ha obligado, ha desarrollado bastante -tal vez exageradamente- mi percepción crítica del lenguaje. Hoy voy a tratar de comunicaros algunas de esas reflexiones críticas mías sobre el lenguaje, con la esperanza de que os sean de alguna utilidad.

Hablar bien, hablar mal.

Eludamos un primer malentendido: la clave del buen habla no está en el Diccionario de la Real Academia Española.

No critico que se consulte el Diccionario: es una buena costumbre. Pero mantenerse dentro de sus límites no vacuna contra nada. Y menos en estos tiempos en que los académicos están dando acomodo en el Diccionario a palabras y acepciones más que discutibles, no sé si por pura desidia o porque quieren quitarse de encima al precio que sea el sambenito de carcas.

Ya que he empezado por ahí, os pondré algún ejemplo de las extrañas perrerías que está haciendo últimamente la Academia, para que tampoco os la toméis demasiado en serio.

Tomemos el adjetivo lívido. Por su origen y uso tradicional, lívido (del latín lividus) quiere decir "amoratado", "cárdeno". Pero, por esos deslizamientos que tiene el habla popular, la mayoría ha acabado utilizando lívido como sinónimo de "pálido". ¿Qué ha hecho la Academia? Lo peor que podía: admitir ambas acepciones. Con lo cual, si ahora se nos dice de alguien que está lívido, ya no sabemos si está del color de la Navidad o del de la Semana Santa. Se han cargado la palabra, porque una palabra que no se sabe qué significa es una palabra inútil.

Otro ejemplo del estilo: el término alternativa. En rigor, si a alguien se le presenta una alternativa, es que tiene dos opciones. Decimos: "Me vi ante la alternativa de callarme o de montar la bronca". Pero hete aquí que buena parte del personal empieza a utilizar la palabra alternativa como sinónimo de opción: "Tenía dos alternativas: o callarme o montar la bronca". ¿Decisión de la Academia? Aceptarlo todo. De modo que ahora, cuando alguien nos comunica que tiene dos alternativas, ignoramos si cuenta con dos posibilidades... o con cuatro. Magnífico.

La permisividad indolente de la Academia se extiende a la admisión en el diccionario de palabras absurdas y totalmente innecesarias: caso, bien reciente, del verbo explosionar. Contábamos con el verbo estallar, que es estupendo y la mar de sonoro. Explosionar no le añade nada, salvo cuatro letras y una resonancia más bien cursi. Pues nada: aceptado. Lo mismo que visionar, que es lo mismo que "ver", pero en pedante.

Aclararé que mi interés por el uso correcto de las palabras no me viene de ningún fanatismo purista ni -aún menos- de que esté preocupado por el fiel respeto a cualquier forma de legalidad, incluida la lingüística. Responde a un afán estrictamente utilitario: la precisión. Porque una de las más estimables características de la lengua castellana, que comparte con las otras de origen latino, es su capacidad para expresar los pensamientos con rigurosa exactitud. Gracias a ella, lo que decimos o escribimos puede tener un significado unívoco.

No ocurre lo mismo con otras lenguas, como la inglesa, que posee muchas virtudes, pero no ésa. Tengo oído que, a la hora de la firma de los tratados internacionales, aunque se negocien en inglés, e incluso aunque los Estados que los suscriben sean todos ellos de habla inglesa, se rubrica también una copia en francés, para evitar equívocos. No en vano el francés es la lengua de la diplomacia y el Derecho Internacional. El francés, como el castellano, permite precisar al máximo cada extremo de lo acordado. (Cuando lo que se pretende es precisarlo, por supuesto: cuando no, ambas lenguas son también capaces de todas las ambigüedades.)

Pero, fuera de este razonable apego a la precisión, no me inquieta gran cosa la legalidad académica de las palabras, y tampoco hago mayores ascos a los inventos, los neologismos y los barbarismos, con tal de que añadan algo a la expresión de las ideas, aunque sólo sea gracia.

Lo que más me preocupa del estado en que se encuentra -y del camino que sigue- el habla castellana, por lo menos de este lado del Atlántico, es su empobrecimiento. Un empobrecimiento que no viene dado, como pretenden algunos topiqueros, por la galopante influencia del inglés, ni por la expansión de las lenguas de las nacionalidades -me temo que ellas también estén cada vez más empobrecidas-, sino por la generalización de los modos de expresión más toscos. Más toscos y, simultáneamente, más uniformes, menos diversos.

Señalaré algunos de los rasgos que marcan ese preocupante empobrecimiento.

Empecemos por la plaga del estilo indirecto, que ya nos aparece hasta en la sopa.

Entramos en un avión: "Al comandante Pérez le gustaría darles la bienvenida...". ¿Le gustaría? ¿Y por qué no lo hace? ¡Denos la bienvenida, hombre; no se corte!

Vamos a una conferencia: "Desearía iniciar estas palabras...", dice el del estrado. ¡Pues hazlo, hijo!

"Quisiera decir que...". ¡Quisiera! Aquí el problema ya es doble. Porque, a lo que se ve, el hombre tiene problemas no sólo para decir su lo-que-sea, sino incluso para querer decirlo. Quisiera.

Tomado hace unas semanas de la radio: le preguntan a un naturalista sobre la conservación de los bosques de castaños en España. Respuesta: "Yo diría que...".

No son meros latiguillos insustanciales. Son el reflejo del miedo que tiene el personal a expresar opiniones claras y tajantes. De su inseguridad. Y de su conservadurismo. Es un modo de no parecer extremista.

Un poco. Ahora todo lo que se dice es un poco: "Creo yo un poco que...". ¿Crees un poco? ¿Y por qué no crees más? Y si sólo lo crees un poco, ¿por qué no te lo callas, hasta que lo creas suficientemente?

Paradójicamente, también son capaces de hacernos visualizar su moderación con latiguillos de signo opuesto: "Considero absolutamente rechazable...", "No toleraremos en absoluto...". Según a quien se apliquen, los absolutos también sirven como certificado de moderación. Hace poco escuché a alguien que decía: "Eso es absolutamente relativo". Absolutamente relativo. No está mal.

Prosigo mi recorrido.

Objeto de. "Raúl ha sido objeto de falta". Huyen del sujeto activo. Él ha sido objeto de falta, bien, pero, ¿qué sujeto la ha cometido? ¡Ah!

"En los incidentes del Alarde de Hondarribia, varias personas resultaron heridas". Resultaron. Por su cuenta, se ve.

Lo importante, lo que se lleva, es aludir a la realidad del modo más indirecto y perifrástico posible. No afrontarla de cara.

Caminamos a marchas forzadas hacia las antípodas del viejo y honesto "al pan, pan, y al vino, vino".

Por supuesto que a ello contribuyen con toda su alma los medios de comunicación de masas, ya omnipresentes, y sus protagonistas principales, que son los periodistas, los políticos y los empresarios, tres categorías cada vez más amalgamadas, si es que no unificadas. Entre todos ellos han ido creando una jerga amorfa, entre pedante y anodina, que el personal de a pie trata de imitar, seguramente porque considera que es condición necesaria para su promoción social.

El tema. Palabra-comodín. Las palabras-comodín son parte esencial del actual idioma en vías de degeneración. "En cuanto al tema de los funcionarios...", dijo un buen día Javier Solana, en sus tiempos de ministro de Educación. Y un funcionario ilustre -e ilustrado- le cortó: "Señor ministro: los funcionarios podemos ser muchas cosas, sin duda, pero desde luego no un tema".

Todas las realidades se vuelven temas: es un modo de frivolizarlas -de desdramatizarlas, que dirían ellos-, rebajándolas: de la categoría de problema al de tópico de mera charla.

Lo peor de la jerga político-periodístico-empresarial no es que resulte insufrible, sino que causa general admiración. E imitación. Desde las reuniones "autoconvocadas" de la época de la transición (todavía me pregunto cómo diablos una reunión podía convocarse a sí misma), pasando por los "referentes triangulizadores" de Adolfo Suárez -juro que dijo eso, ya no recuerdo a cuento de qué- hasta la maldita "gobernabilidad", ahora tan en boga. Renuevan sin cesar su cargamento de términos peregrinos y pedantones.

¿Y por qué lo hacen? Con independencia de que sean más o menos conscientes de ello, esa jerga les vale para fingir que su oficio es fruto de una compleja especialización. Les sirve para marcar distancias.

Incluso tienen sus sub-jergas. Recordaréis que, hace años, quienes querían dar prueba de su fidelidad felipista decían sin parar "por consiguiente"; ahora, los aznaristas de pro hablan constantemente "en términos de". Y, para demostrar que saben de economía -otro falso arcano-, rizan el rizo del estilo indirecto: el paro se les vuelve "desempleo", y la recesión, "crecimiento negativo". Reconozco que esa expresión es fascinante: ¡crecimiento negativo!

Ocurre con frecuencia que la jerga dominante se sirve de palabras y expresiones que, consideradas en sí mismas, aisladamente, no tienen nada de malo, pero que acaban resultando insufribles, a fuerza de repetidas. Ejemplo: una meta que nos proponemos bien puede considerarse metafóricamente un reto, pero cuando uno oye a nuestros prebostes predicar que tienen retos a troche y moche, todos los días y a cada hora, acaba de los retos hasta los mismísimos. No digamos ya nada cuando las palabras-fetiche se acumulan: "El reto de la modernidad", por ejemplo. O "el reto de Europa".

En el fondo, no estamos tan lejos de la retórica joseantoniana, especializada en fabricar frases campanudas en las que, a nada que se bucee, se descubre que no quieren decir estrictamente nada. Valle Inclán ridiculizó en 1926 esa retórica en su maravilloso Tirano Banderas, diez años antes de que empezara a convertirse en modelo de la oratoria política española: "Me congratula ver cómo los hermanos de raza aquí radicados", decía el personaje de Valle, "afirmando su fe inquebrantable en los ideales del orden y el progreso, tienen puestos sus ojos en la Madre Patria". Don Ramón inventó a su Santos Banderas hace 73 años, pero no me habría extrañado lo más mínimo oír esa misma frase en boca del rey de España en su reciente viaje a La Habana.
Porque -insisto- no es sólo cuestión de palabras: es también el modo en que la casta dominante construye las frases. Tiende irremisiblemente a lo indirecto, a lo impersonal, al circunloquio, a las insinuaciones. Temen las afirmaciones directas porque consideran -con buen criterio, en realidad- que pueden comprometerles. El gran maestro de la oratoria indirecta actual es Felipe González. Recordad su reciente afirmación, o lo que sea: "Uno puede tener la sensación de que es un muñeco en el guiñol de eso que llaman el Estado de Derecho". Uno. ¿Quién es uno? ¿Él? Pues entonces, ¿por qué no dice, sencillamente, "yo"? Uno puede tener la sensación. Vale, puede tenerla; pero ¿la tiene, sí o no? De eso que llaman Estado de Derecho. ¿Qué pretende decir? ¿Que no cree que éste sea realmente un Estado de Derecho? Qué va; no pretende decir eso. En realidad, no pretende decir nada. Sólo pretende insinuar. Porque así funciona el lenguaje político actual: les encanta amagar y no pegar; dar a entender sin decir realmente nada.

Otro rasgo fundamental del lenguaje de esta gente: desdeña por entero la lógica. La lógica es un valor a la baja, si es que no perdido por entero. Los políticos no se creen en la obligación de construir razonamientos coherentes. No digo ya correctos, sino formalmente lógicos. Almunia afirmó en noviembre que el PP estaba detrás del auto que Garzón dirigió al Supremo a propósito de González, pero que él no acusaba al juez de actuar al dictado de nadie. ¿Y cómo podía ser lo uno sin lo otro? Aznar asegura que la iniciativa del proceso de paz en Euskadi la tiene el Gobierno. ¿Y dónde están los hechos que materializan esa iniciativa? No aporta ninguno. Han descubierto que pueden hacer afirmaciones que no se sustentan en nada, o que incluso son contradictorias en sus propios términos, y no pasa nada. Y, como no pasa nada, las hacen sin parar. Lo importante no es que lo que se afirma tenga sentido, sino decirlo con mucho aplomo; que parezca algo. Frase predilecta de Aznar: "El concepto de lo que es y significa la idea de España". ¡"El concepto de lo que es y significa la idea de España"! Puaf.

Los virus tienden al contagio. La gente que respeta a estos personajes, o incluso los admira, tiende a imitarlos. Y si ellos, que son lo más, escapan de la precisión como de la peste, es que la precisión no tiene mayor interés. Así que la buena y honesta clase media se conforma con hacer alusiones vagas, rematándolas con un: "Tú sabes a qué me refiero", o un: "Tú ya me entiendes".

El locutor habla del hundimiento de un barco en China. Dice: "Los muertos se elevarían a 300". ¡Fantástico! ¡Muertos capaces de elevarse! Y de elevarse, ¿a qué? A 300. ¿A 300 qué? ¿A 300 metros de altura? Lo que en realidad quería decir es: "Según las primeras estimaciones del accidente, el número de muertos...". Lo que puede elevarse es el número, no los muertos. Pero da igual. "Tú ya me entiendes".

Manifestación de anteayer en Bruselas contra ETA, con presencia del príncipe Felipe y de Jaime Mayor Oreja. Noticias de la una en Radio Nacional: "Tenemos sonido directo de la manifestación silenciosa". "Tú ya me entiendes".

Pero no todo iban a ser patas de banco. En ese mismo servicio informativo, el locutor tuvo un lapsus que se le volvió involuntaria observación científica: dijo que la manifestación era "contra la tregua de ETA". A veces el modo aproximado de expresarse tiene su lado gratificante.

Del mismo modo que quien decide la formulación de una pregunta condiciona la respuesta, puesto que marca sus límites, quien impone la manera de hablar sobre las cosas condiciona lo que se dice acerca de ellas.

No creo que sea posible hacer una crítica sólida de la organización social vigente utilizando la jerga de quienes la controlan.

Cuando, ya hace años, leí un comunicado de la dirección de ETA escrito en la jerga burocrática de los políticos de Madrid, con toda su panoplia de "instancias", "referentes político-sociales", "marcos estatutarios" y "retos en clave de" empecé a sospechar que, sin saberlo, ETA estaba empezando a darse por derrotada.

"En la UGT se piensa que...", "Desde Comisiones, se cree...". Con lo fácil y directo que es decir: "La UGT piensa" o "Comisiones cree". Pero no: es como si sintieran que afirmar las cosas por la brava fuera rebajarse, salirse del circuito de la gente que cuenta. Declaraciones de la responsable de la sección sindical de CCOO en el Banco BBV-A, el pasado 25 de noviembre, comentando un acuerdo sobre no sé qué: "Han ganado los trabajadores y, en consecuencia, también la empresa". Prodigio del espíritu sindical y de clase.

Llamo la atención también sobre la importancia del se: "Se piensa", "Se cree". Como apuntaba antes, la despersonalización es otra clave del estilo indirecto, por desgracia utilizada también por muchos escritores que proclaman su hostilidad al sistema. Leo en un artículo publicado en una revista de izquierda, por lo demás muy estimable: "Se tiende a dar crédito a la hipótesis...". ¿Se? ¿Quién tiende a dar crédito a la hipótesis? ¿La mayoría? ¿Y qué certificado de solvencia es ése? La mayoría, para nuestra desgracia, tiende a dar crédito a las hipótesis más estúpidas.

Leo en esa misma revista, en otro artículo: "Desde hace muchos años, existe un acuerdo político, con un amplio apoyo social...". Vaya: y eso ¿qué es? ¿Bueno o malo? Para el autor, parece que bueno. Sin embargo, la experiencia debería enseñarnos que apenas hay acuerdos políticos de la mayoría que no tengan inductores muy interesados. Y bastante asquerosos, casi siempre.

Otra frase, también tomada de un artículo aparecido en una publicación de izquierda: "Este hecho hay que leerlo en clave Pinochet". ¿Y por qué hay que leer un hecho, en lugar de interpretarlo, o comprenderlo? ¿Y qué es eso de "en clave Pinochet"?

Todos recordaréis la clase magistral del Juan de Mairena, de Antonio Machado. Mairena pide al alumno Martínez que escriba en la pizarra: "Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa". Martínez lo escribe. Mairena le dice: "Ponga ahora eso en lenguaje poético". Y Martínez anota: "Lo que pasa en la calle". Mairena concluye: "Muy bien".

En la versión actual, Mairena mandaría escribir a su alumno Martínez frases como una que el antes citado Mayor Oreja soltó el pasado viernes en una conferencia de prensa: "Hemos de evitar introducirnos en escenarios que nos conduzcan al nerviosismo". Una vez Martínez lo tradujera al román paladino, quedaría: "No perdamos la calma". Pero un ministro no puede hablar como la gente normal.

La primera derrota es siempre la ideológica: adoptar el modo de expresarse del enemigo es resignarse a su hegemonía. Por eso me parecen tan estimables, por vía contraria, los escritos y las declaraciones del subcomandante Marcos. Algunas de sus afirmaciones me gustan más, otras menos, pero todo lo que escribe o dice destila el sanísimo deseo de huir del lenguaje político dominante, de sus modos enfáticos, de su tecnocratismo huero.

Vivimos en sociedades desestructuradas, cada vez menos homogéneas, marcadas por la exclusión de algunos para disfrute de unos pocos y autosatisfacción de la medianía.

Los excluidos -los hay de muy diverso tipo- también generan sus jergas específicas. Durante décadas, la juventud excluida -excluida, en primer lugar, del mercado de trabajo- ha creado y utilizado su propia jerga, fabricada con una mezcolanza de castellano, cheli, caló y germanías. "Ese es un rollete de lo más mangui", "Qué chungo, tronco". Huelga que describa en qué consiste esa jerga. La conocéis de sobra.

No negaré que ese lenguaje cifrado -que mucha gente de espíritu rebelde acoge con instintiva simpatía- es mucho más vivo, creativo y gracioso que el oficial: desde luego. Pero consagra la incomunicación entre las generaciones. Y, por lo demás, también funciona con palabras-comodín, que sirven para todo y, en consecuencia, para nada; que contribuyen a empobrecer la visión de la realidad. Entre llamar a todo tema y llamar a todo rollo no hay tanta diferencia: es la misma monotonía.

En tiempos, las diferentes generaciones estaban obligadas a utilizar el mismo lenguaje, porque trabajaban juntas. Se puede vivir bajo el mismo techo y no tener apenas nada en común -muchos padres y muchos hijos lo saben de sobra, para su desgracia-, pero es imposible, salvo casos muy especiales, que las personas participen en un mismo proceso productivo sin comunicarse. Sólo la apabullante realidad del paro juvenil explica la generalización de esa jerga, que nace de la exclusión y que se convierte ella misma en otro factor de exclusión.

Reconozco que, personalmente, la llevo bastante mal. Creeréis que exagero, pero os aseguro que, en cierta ocasión en que fui a dar una charla a un grupo de jóvenes de la periferia de Madrid, ellos tuvieron serias dificultades para entender lo que yo les estaba contando, y yo, a mi vez, apenas conseguí cazar por dónde iban algunas de las preguntas que me formularon cuando terminé de largar mi perorata.

No creo que ganáramos gran cosa con eso, ni ellos ni yo.

Estas Jornadas se dicen "de pensamiento crítico". Quienes nos encontramos aquí nos tenemos por gente de espíritu crítico. Basta con ojear el programa de las Jornadas para apreciar qué enorme variedad de facetas de la vida social merecen un repaso en toda regla.

Pero la crítica, para que pueda diseccionar limpiamente la realidad, debe contar con el instrumental adecuado. Para operar en el cuerpo de la sociedad enferma, el bisturí de la crítica no sólo debe estar muy bien afilado: también hay que desinfectarlo a fondo.

El lenguaje dominante es una permanente fuente de infección.

Hay quien cree que, para escapar del lenguaje dominante, basta con decir sin parar "los y las", "todos y todas", etc., y escribir sustituyendo la "o" y la "a" de los géneros gramaticales por el signo de la arroba.

Lo de la arroba me parece, además de artificioso, inútil: los grafismos de la escritura deben poder pronunciarse, y ése no se puede pronunciar. No tengo ninguna objeción de principio, en cambio, contra lo del "los y las", "todos y todas", etc., salvo el hecho de que su uso sistemático genera un lenguaje farragoso y amanerado. Muchas veces basta con sustituir el "los y las" por "quienes" para resolver el problema.

Pero, en todo caso, es un recurso facilón, que no apunta ni mucho menos contra el fundamento del lenguaje dominante. Basta comprobar con qué tranquilidad la política oficial lo ha hecho suyo: apenas queda ya folleto ministerial que no esté lleno de "los y las" y "las y los".

Más importante que eso, creo yo, es esforzarse por conseguir que el lenguaje se democratice. En general, pero también en materia de géneros.

Pondré un ejemplo vivido por mí, en mi oficio de periodista. Recuerdo una huelga que se produjo en una fábrica, hace ya bastantes años. Eran algo así como centenar y medio de huelguistas: ciento cuarenta y tantas mujeres, casi todas de taller, y unos pocos hombres, todos ellos de administración. El titular del periódico era: "Los huelguistas de la fábrica Menganez deciden no-sé-qué". Sostuve que, por puro espíritu democrático, el titular debería hablar de "las huelguistas", porque la aplastante mayoría eran mujeres. Nadie me hizo caso, por supuesto.

Ocurre algo semejante con la mal llamada cuestión nacional. Algunos creen que, con tal de no decir España, sino Estado español, escribir Catalunya (con "n" e y griega), hablar de Euskal Herria... y poco más, ya demuestran que lo tienen todo clarísimo. Ojalá fuera tan fácil. La verdad es que desconfío de quienes pretenden tener clarísimo ese maldito embrollo: no creo que sea posible. Personalmente, no sé qué hacer ni con España ni con el Estado español. Ni como realidades ni como términos.

Más que a los tics meramente formales, a lo que realmente debemos apuntar, creo yo, es a las concepciones de fondo. Claro que para eso no hay trucos que valgan: hemos de pensar y repensar lo que expresamos y cómo lo expresamos.

No debemos fiarnos de nosotros mismos, y menos todavía de nuestra propia espontaneidad: recordemos que no se nos educó para la libertad, y menos para la justicia, y todavía menos para la igualdad.

Termino.

El objetivo que he perseguido con este muestrario de apuntes es transmitir una cierta preocupación por el lenguaje; la conciencia de que tiene que haber una correspondencia entre el pensamiento crítico y la manera de hacerlo ver; el axioma de que al pensamiento crítico le conviene una expresión directa, sin perifollos ni falsos tecnicismos: lo más afilada y lo más afinada posible.

Me conformaría con haberos animado a escuchar los discursos del poder -de todos los poderes- percibiendo la íntima coherencia que hay entre lo que dicen y el modo en que lo dicen. Debemos cuidarnos de su modo de decir las cosas, para que no nos contagien lo que dicen.

Si nuestro pensamiento es crítico, también nuestro lenguaje debe serlo.

Y, como eso es lo que quería decir, y ya lo he dicho, pues me callo, no sin antes daros las gracias. O sea, que yo diría un poco que muchas gracias. En términos de agradecimiento. A nivel de gratitud. Es decir, en lo que es y significa el reconocimiento. Bueno, ya me entendéis lo que quiero decir.

Por consiguiente.

Javier Ortiz. (5 de diciembre de 1999). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1999/12/05 20:00:00 GMT+1
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