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2000/02/05 07:00:00 GMT+1

Pinchazo o pellizco

Hubo un tiempo -espero que ya pasado- en el que algunos pandilleros de Madrid, cuando asaltaban de noche por la calle a una mujer y se encontraban con que no tenía nada que valiera la pena robarle, la castigaban, para que aprendiera.

Le preguntaban: «¿Pinchazo o pellizco?». Si la pobre respondía que «pinchazo», le propinaban un navajazo. Y si decía que «pellizco», le aplastaban un pezón con unos alicates.

Los manuales de resistencia a la tortura, de uso entre militares y policías de unidades especiales -y guerrilleros-, enseñan que hay una cosa que nunca debe hacer el torturado: colaborar en la tortura. Porque no sólo va a sufrir igual en lo que al dolor físico se refiere, sino que además se envilece, y la propia consideración es esencial para resistir la tortura.

Colaborar con quien te maltrata añade al sufrimiento físico el trauma moral de la humillación.

Frente a la orden del torturador («¡Ponte de puntillas contra la pared!»), la respuesta correcta es: «¡Ponme tú!». Y si el torturador pregunta: «¿Pinchazo o pellizco?», la contestación sólo puede ser una: «Vete al carajo».

Perdonen si cambio bruscamente de tema.

Hay algo que tienen en común las gentes de espíritu más crítico que viven en las comunidades autónomas en las que uno de los dos grandes partidos españoles, el PSOE o el PP, lleva gobernando desde hace mucho tiempo: están todas, invariablemente, hasta las narices. No soportan el control casi absoluto de los resortes de la vida política, social, económica y cultural que el partido en cuestión ha ido estableciendo con el paso del tiempo. «O estás con ellos... o despídete», dicen, abrumados.

Los socialistas en Andalucía, en Extremadura y en Castilla-La Mancha; los peperos en Galicia y Castilla y León: a modo y manera de los hombres, que tendemos a convertirnos en caricaturas de nosotros mismos con el paso del tiempo, los partidos también se retratan a grandes trazos cuando logran eternizarse en el poder.

Tan inaguantable llega a ser su asfixiante poder, que conozco a castellano-manchegos, andaluces y extremeños que, pese a detestar al PP, desean que Aznar triunfe en las elecciones generales, para ver si eso debilita a sus mandamases locales. Y tres cuartos de lo mismo podría decir de no pocos gallegos y castellano-leoneses con respecto al PSOE: para ellos, con tal de que no siga el PP, cualquier cosa.

Muchos razonan así también a escala de toda España.

Entiendo su opción, pero no la comparto. Lo siento. No elegiré entre pinchazo y pellizco.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de febrero de 2011.

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2000/02/02 07:00:00 GMT+1

Las manos sucias

En un punto están de acuerdo todos los comentaristas políticos: Frutos ha gestionado con gran habilidad la oferta unitaria del PSOE, volviéndola en su favor. Consideran que ha demostrado ser un político «con cintura» y un excelente táctico. «A diferencia de Anguita», añaden algunos.

Yo no estoy tan seguro, ni mucho menos, de las excelencias tácticas de Frutos.

Es cierto que hace quince días era un perfecto desconocido para la mayoría de la opinión pública y que el lío de las conversaciones con el PSOE le está ayudando a superar ese handicap.

Es no menos verdad que tenía fama -no ante mí, por cierto- de ser sólo un aparatchik más bien mediocre, y que este guirigay le ha permitido evidenciar que dista de ser un zoquete. Bien está.

Pero, antes de colgarle medallas por haber logrado frenar la caída electoral de IU, como ya algunos se apresuran a hacer, habrá que recontar los votos de las urnas de marzo, para ver si lo ha logrado. Porque su jugada unitaria con el PSOE le puede dar votos, pero también quitárselos.

Por la derecha y por la izquierda.

Por su derecha: si la idea que cala en el electorado es que Frutos se ha comprometido a respaldar la candidatura de Almunia a jefe de Gobierno, puede haber parte de sus anteriores electores que se digan que, para eso, mejor votan directamente al PSOE, y santas pascuas.

Y por su izquierda: un reciente sondeo de opinión indicaba que un 23% de la base electoral de IU ve decididamente con malos ojos la alianza de la coalición de izquierda con el PSOE, y que un porcentaje aún más alto alberga serias dudas al respecto.

O sea, que lo mismo, al final, a base de pretender una mejora de su posición electoral, IU se encuentra con que la empeora, o se queda como estaba, pero con un electorado bastante más frágil y mucho menos militante.

Frutos habla constantemente de la necesidad de hacer política «en tiempo real»: ateniéndose a los márgenes objetivos que delimitan el panorama político.

O sea, posibilismo.

Pero me temo que el mercado electoral posibilista esté ya tan saturado que admita con dificultad la irrupción de nuevos fabricantes.

¿Cree realmente Frutos que la gente que votó a IU en 1996 lo hizo porque pensaba que Anguita iba a ser el siguiente jefe de Gobierno?

«En política, para lograr lo que uno quiere hay que ensuciarse las manos», alega Frutos, apelando a Sartre. Ya. Sólo que puede suceder que se las ensucie y lo único que haya conseguido al final sea... tener las manos sucias.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de febrero de 2013.

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2000/02/01 07:00:00 GMT+1

Qué ilusionante

No tengo la más mínima idea de las razones por las que más de dos millones de electores votaron a IU en las anteriores elecciones generales. Supongo que las habría muy diversas.

Sí sé, en cambio, por qué no lo hicieron bastantes de ellos. Tanto más he conversado con votantes de IU en los últimos años, tanto más he podido confirmar cuán pocos optaron por esa papeleta de voto porque creyeran en la bondad y pertinencia de las propuestas políticas, económicas y sociales que enarbolaba la coalición de izquierda. Dudo incluso de que las conocieran.

No he tenido en muchos casos tampoco la impresión de que hubieran decidido votar a IU para respaldar sus proclamas de rigor ético en materia de libertades, de lucha contra la corrupción o de oposición al terrorismo de Estado, por poner sólo tres ejemplos.

Lo que estoy viendo estos días confirma mis peores sospechas.

Dice Francisco Frutos y corea el resto de la dirección de IU -si hay algún disidente, le ruego que me perdone: no lo he oído, tal vez por culpa de la barahúnda general- que hay «millones de ciudadanos de izquierda» que se sienten «muy ilusionados» por la alianza que está fraguando con el PSOE. Con ese PSOE que no ha hecho ni un amago de autocrítica por los GAL, por la Ley Corcuera, por la de Extranjería, por la reforma del Código Penal, por Maastricht, por la OTAN, por la Guerra del Golfo, por la reconversiones a porrazos, por el empleo basura... y por todo lo demás, que es casi todo.

Es posible que Frutos tenga razón. Lo mismo es verdad que hay millones de ciudadanos que están en estos momentos la mar de ilusionados. No me extrañaría nada. Tendrían razón tanto él como Almunia, al que también se le ve muy ilusionado.

Afirman que van a suscribir un programa conjunto. Y un cuerno. Entre el programa del PSOE y el que IU hacía suyo hasta ahora no había compromiso posible, porque sus diferencias no eran de cantidad, sino de calidad. Proponían dos modelos sociales diferentes: de un lado, la cosa ésa con sede en Bruselas; del otro, el viejo modelo socialdemócrata, que en estos tristes tiempos parece hasta ultraizquierdista. El PSOE dará algún retoque a lo suyo, y adiós muy buenas.

Algo debo agradecer a IU: ha resuelto cualquier duda electoral que pudiera asaltarme. Una vez haya sellado su muy ilusionante acuerdo, tendré clarísimo que no puedo prestarle mi apoyo. No para que se lo regale a cualquier Almunia.

Ya ni siquiera tendré la tentación de regalarle mi voto por mera solidaridad entre perdedores.

Javier Ortiz. El Mundo (1 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de febrero de 2012.

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2000/01/29 07:00:00 GMT+1

Mendigos de tipo B

Algunos alcaldes persiguen a los mendigos y los expulsan de sus dominios. Dicen que la mendicidad da mala imagen de sus municipios y que perjudica el negocio turístico. Qué pajarracos. La mendicidad no es una imagen, sino la expresión de una realidad social: hay pobres de solemnidad a los que el llamado «Estado del bienestar» deja al margen. De algo tienen que vivir. Y en algún lado. Puesto que subsisten pidiendo, es perfectamente lógico que busquen los lugares donde hay más dinero.

Mi aceptación de la mendicidad se refiere sólo, no obstante, a la del tipo A. La mendicidad del tipo A es la que ejercen quienes piden sin decir palabra, o venden pañuelos de papel, La Farola u otras revistas similares conforme a las normas de origen de la idea: limitándose a mostrar su producto al eventual comprador, sin utilizar técnicas comerciales agresivas ni maldecir a quien no les atiende.

Siento creciente antipatía, en cambio, por la mendicidad del tipo B. Me refiero a la que practican los que limpian parabrisas -o más bien los ensucian- quiera o no el automovilista; a la de los que se dedican a abordar a la gente por la calle y a perseguirla hasta que se rinde y les da algo; a la de los que se lanzan sobre el que está apaciblemente sentado tomando el sol en la terraza de una cafetería, con su cervecita y sus aceitunitas, y carece de escapatoria posible, y le cuentan una larguísima historia de desgracias interminables hasta que afloja la mosca. Este tipo de gente en realidad no mendiga: chantajea. Como no le den nada, sigue con el relato, o monta el pollo, insulta, escupe... Lo sé muy bien, porque a los de este género jamás les doy nada, de modo que soy víctima frecuente de sus iras.

Almunia ha pedido a Frutos que IU no se presente a las elecciones en varias provincias. Lo abordó de sopetón en público y le soltó una complicada historia de desastres que su partido ha sufrido, según él, en el pasado. Al parecer, en 1996 perdió montones de votos de izquierda que le correspondían -dice-, y por culpa de eso se ha encontrado en la calle obligado a pedir.

Frutos, que estaba tan tranquilo en una terraza tomando el sol, con su vermú y sus patatas fritas, a la espera de la campaña electoral, vio que o daba algo al pedigüeño o éste le montaba un número de aquí te espero, improperios y males de ojo incluidos. Así que se puso en plan muy amable y condescendiente: «Tranqui, que por mi culpa no te vas a quedar en las puertas de la Moncloa». Toma generosidad.

Que se ande con ojo. La práctica enseña que los mendicantes del tipo B, si ven débil a la víctima, no tardan nada en volver a la carga.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de febrero de 2011.

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2000/01/26 20:00:00 GMT+1

Presentación de «La cáscara amarga»

Presentación del libro de Miguel Rodríguez Muñoz, «La cáscara amarga», Editorial KRK, Oviedo, 1999. Colección Octavo Mayor, 214 páginas. El acto de presentación se realizó en Oviedo el 26 de enero de 2000.

Cuando, a comienzos de diciembre, Miguel Rodríguez Muñoz habló conmigo para ver si podía participar en la presentación de este libro suyo, le hice varias preguntas, pero ni se me ocurrió plantearle una realmente muy elemental: ¿por qué había pensado en mí para presentar su libro?

Me lo pregunté luego a mí mismo, y es a las reflexiones que me hice a partir de ello a lo que voy a dedicar mi intervención.

Primera constatación, elemental: Miguel y yo tenemos una vieja relación, que ya arrastra más de un cuarto de siglo a las espaldas.

Pero eso no explica nada: si hubieran tenido que venir a hablar aquí cuantos guardan una vieja relación de amistad con él, esto no sería un acto más o menos recoleto, sino una gran manifestación de masas.

Segunda constatación: ambos mantenemos una parecida concepción crítica de la organización social.

Admitamos que esto ya restringe bastante más el número de los candidatos. Pero tampoco tanto. Quiero decir que los que pensamos como él y como yo no damos como para merecer representación parlamentaria -según la práctica ha demostrado tan fehaciente como repetidamente-, pero tampoco somos sólo dos, qué caramba. Hace un par de meses nos juntamos algunos para unas jornadas de debate, y no estábamos todos, ni mucho menos, y éramos varios cientos. Así que eso tampoco justifica que me eligiera a mí.

Tercera constatación: los dos sentimos una irrefrenable tendencia a contar a los demás por escrito lo que nos parece o nos deja de parecer cuanto pasa por delante de nuestras narices. En su caso se trata de una tendencia relativamente sensata, por lo menos en lo cuantitativo, en la medida en que la comparte con otras de trato social diverso. En mi caso es patológica: la verdad es que, si toda mi relación con la vida no se desarrolla por escrito, no es porque yo no haga lo posible. Por mi gusto, hasta contestaría al teléfono por escrito.

Esta común afición por la escritura ya empieza a explicar mejor mi presencia aquí, porque, aunque la tierra celtibérica sea de las más feraces del mundo en materia de escritores -tengo el convencimiento de que hay en España más escritores que lectores-, lo cierto es que la escritura no es ni mucho menos la afición favorita de la gente de nuestro pelaje, como hemos constatado cada vez que nos hemos propuesto hacer cualquier tipo de revista, boletín y hasta octavilla. En el gremio de la cáscara amarga es relativamente fácil encontrar gente dispuesta a manifestarse, a reunirse y a hablar -muy especialmente a hablar-, pero es muy poca, a cambio, la que se aviene a poner sus ideas por escrito, y eso que tenerlas, las tiene. (Por cierto: no deja de ser un fenómeno notable que haya tanta gente que se dedique en España a poner por escrito y publicar las ideas que no tiene, y que la gente que sí las tiene, en cambio, se resista tan ferozmente a hacerlo.)

Pero tengo para mí que tampoco fue nuestra común afición por la escritura lo que le llevó a Miguel a pensar en mí para este acto. Todos los factores que llevo enumerados -amistad, comunidad ideológica, afición por la escritura- son necesarios, pero no suficientes.

Yo creo que lo que definitivamente explica que él pensara en mí, y que a mí eso me pareciera lo más natural del mundo, es que, además de todo los factores comunes antedichos, hay otro todavía más importante: tanto él como yo escribimos sobre la vida y sus cosas a partir de una mirada similar.

Imagino que esto de la mirada merece una explicación, tanto más refiriéndose a dos individuos que, como es nuestro caso, no pueden prescindir de las gafas.

Estoy refiriéndome más bien a una actitud peculiar ante la vida y, por vía de consecuencia, también ante el propio oficio de escribir.

Quienes de ustedes sean lectores habituales de Miguel Rodríguez Muñoz -y quienes no lo sean tienen en este libro una excelente ocasión para iniciarse- saben que su posición ante la realidad social es extremadamente crítica, sí, pero ni gritona ni llorona.

Hay una peligrosa tendencia entre los escritores críticos y radicales a expresarse como si estuvieran todos los días al borde del suicidio. Cada artículo suyo da la sensación de que es el último. Tras leerlo, uno imagina que ya sólo les queda arrojarse por la ventana o tomarse un frasco entero de psicotrópicos, con envase y todo, para irse al otro barrio.

Miguel no. Miguel es consciente de que el desastre es el estado natural de las cosas y, en consecuencia, se lo toma con la debida calma. Sin resignación, pero con calma.

Miguel es un excelente representante de lo que en alguna ocasión he llamado "la desesperación tranquila". La desesperación tranquila es el estado de ánimo que considero, con mucho, el más lúcido que cabe tener ante este mundo. No ante este mundo de hoy, sino ante este mundo, en general.

Uno no puede vivir en estado de indignación perpetua. Si la indignación es perpetua, entonces deja de ser indignación. La indignación sólo existe en su relación con la calma. La indignación hay que guardarla como un bien preciado y exhibirla tan sólo, y con tiento, cuando algo te toca ya definitivamente los pelendengues. Para el día a día vale más la calma. La calma ácida -corrosiva, si se quiere-, pero calma.

En la literatura política -si es que tomamos como literatura esto que hacemos los columnistas de prensa-, la indignación hay que dosificarla con mucho cuidado. Miguel lo hace de modo muy sabio. (O que a mí me parece muy sabio, porque me gusta).

Les invito a ustedes a leer, dentro de este libro, páginas 81 y 82, el artículo titulado El entierro de la señora. Es todo un ejemplo de lo que estoy tratando de decir.

Empieza con un párrafo irónico, en el que el barroquismo de la construcción de la frase contribuye a realzar los aspectos grotescos del asunto descrito. Se refiere al entierro de Carmen Polo, viuda de Su Excremencia el Jefe del Estado anterior. Dice:

"Entre apiñados haces de erectos brazos y el inquebrantable griterío de sus adictos, recibieron cristiana sepultura los restos mortales de doña Carmen, famosa anciana de apergaminada belleza y loada virtud, coqueta con los collares y avara con los negocios, que vivió la gloria hasta quedar viuda y conservó de su tierra natal el grato recuerdo de los bombones de Peñalva y una finca en San Cucao."

Magnífico. Magnífico de ritmo, magníficos los contrastes entre las referencias pomposas y las cutres, magnífico de mala uva. Como magnífica es la subsiguiente descripción del difunto Caudillo en cuyo "imperio de tonadilla (...) nunca asomaba el sol" y de la presencia de los reyes en el luctuoso acto, ingratamente acogida por alguno de los presentes.

Todo se va desarrollando en el artículo en tono de perfecta y distante coña. Hasta que llega el final, que es donde Miguel saca su bien administrada gota de indignación.

Escribe:

"Suele decirse que la política es muy sucia. La imagen del alcalde socialista de Uviéu portando vela en el entierro de los despojos de la Caudilla la ha convertido en nauseabunda".

El uso generoso de la retranca, que lleva la sonrisa a los labios -no a todos los labios, claro está-, y la prudente dosificación de la ira es una habilidad que aprecio particularmente en los columnistas. Miguel las combina con gran maestría.

Por cierto que son recursos bastante ingratos, porque mucha gente no los entiende. Una proporción bastante elevada de la población lectora de prensa se muestra curiosamente incapaz de entender las ironías y los sarcasmos. Lo he sufrido en propia carne desde que me inicié en estas lides, hace ya la tontería de 35 años.

Les pondré un par de ejemplos recientes de ello.

Hace poco, escribí una columna cachondeándome del jefe formal del PP vasco, Carlos Iturgáiz. Ironizaba sobre él llamándolo "líder carismático", "perspicaz", "fino observador crítico de la realidad" y aplicándole no se cuántos ditirambos peregrinos más. Pues bien, recibí una carta de un lector en la que me decía que ya me había desenmascarado de una vez, demostrando que soy un lacayo del PP.

Otro ejemplo, también reciente. Escribo con coña en otra columna, precisamente dedicada a este libro de Miguel, sobre "los que cargamos el pesado fardo de una formación marxista". Carta al canto de lector que dice que cómo puedo escribir eso, que vaya renegado estoy hecho, que para él su formación marxista es un orgullo, etcétera.

Supongo que Miguel también nos podría contar anécdotas tragicómicas sobre lo mal que lleva alguna gente la digestión de la ironía. No me extrañaría nada que algún perspicaz lector le haya reprochado haber escrito sobre "la loada virtud" de doña Carmen Polo y le haya dicho que esa tía de virtud, nada, y que haber dicho eso demuestra que no es tan antifranquista como pretende.

Otra característica definitoria de la mirada de la realidad que Miguel refleja en sus columnas -y que también trato de compartir- está en eso que él llama "sentido común".

En la introducción al libro se refiere a sí mismo como "un ciudadano que al cavilar sobre el entorno piensa ingenuamente que lo suyo es puro sentido común".

El término es equívoco, como él sabe de sobra, y de ahí que haga esa alusión, nada ingenua, a la ingenuidad.

El "sentido común" tiene poco de común. Los puntos de vista del personal están, por lo común -precisamente por lo común- muy condicionados por miradas ajenas. Especialmente la de los grandes medios de comunicación de masas. La mayoría no ve la realidad directamente, sin tapujos. Teme que su criterio ignorante le traicione y se busca tutelas, autoridades en materia de observación que le digan qué tiene que ver y en qué no vale la pena que se fije, aunque lo tenga delante de las narices. Lo que Miguel llama "sentido común" responde al ejercicio de desprenderse de las miradas tutelares, prestadas, para afrontar la contemplación de la realidad por uno mismo, sin intermediarios.

Unos estudiantes de Ciencias de la Información que tuvieron la humorada de dedicar un trabajo académico a mis columnas periodísticas -también son ganas- definieron esa actitud intelectual como "la lógica molesta". Me pareció un hallazgo. En efecto: se trata, no ya tanto de aceptar, sino de buscar en la interpretación oficial de la realidad social las muchas facetas absurdas que acarrea y que la mayoría acepta sin rechistar. De buscarlas, de encontrarlas y de sacarlas a relucir.

Pero es más que eso. No se trata sólo de poner en solfa la ideología dominante -algo decididamente necesario-, sino toda ideología, es decir, toda representación ideal de las cosas, incluida la de uso tópico entre los sectores críticos.

Sencillamente, de lo que se trata es de bucear en los hechos, y que sea lo que Dios quiera: a ver qué sale. La reflexión sin prejuicios. No vale tener una idea previa y ponerse a ver cómo la justifica uno, sino de ver qué idea debe uno tener después de haber indagado en la realidad sin miedo a encontrarse con lo que sea.

Por supuesto que nadie está en posesión de un cerebro seráfico que le permita tener una visión perfectamente incontaminada de las cosas. No hablo de eso. Tomar partido no sólo es inevitable, sino también muy conveniente. Miguel no lo oculta, y hace muy bien: está del lado de la gente maltratada, y contra quienes la maltratan. De lo que hablo, simplemente, es de atreverse a pensar por uno mismo, consciente de que muchas de las ideas previas que tenemos sobre cada asunto pueden carecer del debido fundamento y, en todo caso, merecen ser reexaminadas sin miedo a tener que rectificarlas, e incluso abandonarlas.

Ahora: el filón de absurdos más prolífico está, qué duda cabe, en la ideología dominante. No me he topado jamás con un tópico oficial que, convenientemente sometido al fuego de la lógica, no se caiga en pedazos.

Ocurre que mucha gente se siente cómoda manejándose con dogmas y verdades incontrovertidas. Y que, si se topa con alguien que le muestra que pueden ser incontrovertidas, pero desde luego no incontrovertibles, entonces se siente desazonada.

Pondré un ejemplo de verdad incontrovertida que a la mayoría le resulta desazonante que alguien ponga en cuestión: "Vivimos en democracia". El otro día, en una reunión del periódico para el que trabajo, propuse el siguiente silogismo:

Premisa primera: la democracia se caracteriza por asegurar que los pueblos se gobiernan conforme a lo que decide la mayoría de sus miembros.

Premisa segunda: la Unión Europea tiene establecidas unas reglas de funcionamiento interno que obligan a los países a organizar su vida económica conforme a reglas que responden a los postulados del llamado neoliberalismo.

Conclusión: la democracia, en la actual Unión Europea, se ha restringido a la posibilidad de elegir entre un gobierno neoliberal y otro gobierno neoliberal. Es decir, no hay democracia.

Gran escandalera.

Alguien apunta: "Nada impide que un país integrado en la Unión Europea se salga de esa alianza".

Respuesta: falso. Han favorecido tal grado de imbricación de las estructuras económicas y financieras que ya resulta materialmente imposible volver a separarlas. O, dicho de otro modo, han predeterminado no sólo el ámbito político-geográfico de nuestro futuro, sino incluso el sistema que debe obligatoriamente regir dentro de ese ámbito. Se han cargado las soberanías nacionales y, como no han creado una soberanía supranacional, se han cargado de paso también la democracia. Han sido indiscutiblemente consecuentes, eso sí, en un punto: no han sometido el fin de la democracia a consulta democrática. Lo han hecho todo por su cuenta y riesgo.

Protestas: "Eso es demagógico", "Incurres en una simplificación absurda", etc. Ningún argumento medianamente sólido que contraponer al silogismo.

Eso es "la lógica molesta".

Miguel la utiliza implacablemente, ayudándose también de otras dos herramientas que me encantan: la paradoja y la reducción al absurdo. Dediqué hace algunas semanas una columna a glosar su brillante reivindicación del materialismo grosero. Lo mismo cabría decir de su reflexión, a la vez divertidísima y amarga como pocas, sobre toda esa gente que mira las manifestaciones desde las acercas y los balcones, reflexión en la que por cierto cita a otro asturiano maestro en el manejo del sarcasmo: Angel González. Nunca olvidaré su feroz comparación entre la Historia y la morcilla local: "Las dos se hacen con sangre. Las dos se repiten". De ese estilo es otra que Miguel pone en circulación a propósito del pensamiento único: "Es en la vida social", escribe, "donde mejor funcionan los implantes cerebrales".

Bueno; no sé si con todo este rollo que me he soltado habrá quedado claro que el libro que hoy presentamos me gusta, y que su autor me cae bien. Por si no fuera así, seré más explícito: el libro me gusta mucho y su autor me parece un excelente escritor, amén de una muy recomendable persona.

Decía al principio que, cuando Miguel me pidió que interviniera hoy aquí, se me olvidó preguntarle por qué quería que fuera yo el que hiciera esta presentación. Pues menos mal que no se lo pregunté, porque de haberlo hecho me habría contestado, y me habría hecho polvo el hilo conductor de esta intervención.

Que ya ha terminado.

Muchas gracias por su atención.

Javier Ortiz. (26 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

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2000/01/26 07:00:00 GMT+1

Las cuentas de Almunia

Almunia ha hecho cuentas: tanto por aquí, tanto por allí... y hala, mayoría al canto.

Está tirado: basta con que Izquierda Unida no presente candidaturas en 34 circunscripciones de nada y con que diga a sus votantes que ahora toca apoyar al PSOE: zas, hecha la mayoría de progreso y a gobernar, que son dos días.

Es la versión actualizada del cuento de la lechera.

El secretario general socialista habla como si los votantes fueran propiedad de los partidos, cual esclavos de nuevo cuño.

Imaginemos por un momento que a Francisco Frutos le da un pasmo y se aviene a hacer lo que Almunia le solicita. ¿Quién le dice que los votantes de IU aceptarían la consigna del jefe y acudirían mansamente a los urnas con la papeleta del PSOE en la mano?

Almunia no sabe -o no quiere saber, o hace como que no sabe: tanto me da- que buena parte del electorado de IU se abstendría gustosamente antes que dar su voto a alguno de los peregrinos a la cárcel de Guadalajara. Es más: me consta que los hay -y no pocos- que rechazarían no ya el voto directo al PSOE, sino incluso el voto a IU, si ésta se proclamara dispuesta a marchar de la mano de los felipistas tras las elecciones.

Almunia parece no darse cuenta de cuánta cizaña ha sembrado el PSOE en el terreno de la izquierda durante las dos pasadas décadas. ¿Cree que les basta con quitar a Felipe González de la cabeza de la candidatura por Madrid para que toda esa cizaña sea tenida por trigo limpio?

No sólo se equivoca en sus cuentas con IU. Probablemente también en las de su propio bando. Porque, si hay una parte del electorado de IU que no respaldaría a Frutos si se aliara con el PSOE, hay también un sector del electorado del PSOE que le daría la espalda a él si se aliara con IU. Hablo de votantes situados en esa parte oscilante del electorado que en su día apoyó a la UCD, que luego pasó a respaldar a González en la medida en que éste se presentó como «centrista», con la OTAN y el neoliberalismo por bandera, y cuyo voto podría tomar fácilmente otros derroteros si la perspectiva que Almunia le plantea tiene aires de «unión de la izquierda» (o «frentepopulistas», por emplear la expresión de un comentarista involuntariamente cómico).

A Almunia le salen las cuentas finales, sí, pero sólo en la medida en que suma churras y merinas... y recentales, y ternascos, y chotos, y moruecos, y añojos... O sea: todo el ganado lanar que atisba en el horizonte electoral, próximo o lejano.

Me temo que haya olvidado que hay también mucho trashumante.

Javier Ortiz. El Mundo (26 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de enero de 2013.

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2000/01/22 07:00:00 GMT+1

Crimen y fracaso

Desde que ETA anunció que daba por terminada su tregua, Xabier Arzalluz ha venido sosteniendo la tesis de que el regreso de los atentados -especialmente si causaban víctimas mortales- sólo beneficiaría al PP.

Hace unos días fue más lejos: avisó a ETA de que, si volvía a las andadas de muerte, otorgaría la victoria al PP en las próximas elecciones.

No sé qué rédito electoral podrá obtener el PP de los atentados de ayer (nota de edición: Pedro Antonio Blanco); a cambio, me consta que toda la estrategia que el PNV ha asumido en los últimos tiempos, con la compañía de EA, EB-IU y la gran mayoría de los firmantes del acuerdo de Lizarra, ha recibido un golpe del que es difícil que se recupere.

La esencia de esa estrategia apunta -o apuntaba- a lograr la ruptura definitiva de HB con el terrorismo. No es -o no era- una pretensión disparatada. Por dos razones: una, porque hay un importante sector de HB que está a favor de esa vía; la otra, porque toda la política de alianzas de HB, tanto a través de Lizarra como de EH, se ha basado desde hace meses en su colaboración con organizaciones políticas y sociales -y también con personalidades influyentes- que no quieren saber nada del terrorismo.

Pero, para alcanzar ese objetivo -en el supuesto de que cupiera alcanzarlo-, se precisaba tiempo. Tiempo para que pudiera madurar la labor que realizan dentro de HB y el MLNV los partidarios de la paz. Tiempo para que solidificara la presencia activa de EH en las instituciones. Tiempo para que tomara cuerpo la propia EH.

El atentado de ETA ha llegado -mucho me temo- bastante antes de que esas aspiraciones hayan podido cuajar, siquiera mínimamente. No creo que HB pueda oponerse sin grave riesgo de quiebra interna al nuevo abrazo que ETA ha dado a la muerte.

Con lo cual, todo el tinglado amenaza ruina inminente.

Escucho que el PNV ha calificado de «absurda» la acción criminal de ETA en Madrid. No creo que se refiera simplemente al absurdo global y permanente que entraña el terrorismo. Imagino que quiere decir que, además, no entiende de qué narices va ETA.

¿Qué le espera a HB a partir de hoy? La presión del aislamiento. Sus alianzas, la Asamblea de Municipios, Lizarra mismo: todo en el alero. Por mucho que ETA se engañe sobre la realidad social de Euskadi, no podía desconocer que era eso lo que iba a provocar con sus bombas. ¿Era lo que quería?

Todo crimen es inmoral. Pero el que ETA cometió ayer en Madrid no sólo es profundamente inmoral; es también perfecta y radicalmente estúpido.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de enero de 2013.

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2000/01/19 07:00:00 GMT+1

Desastres con utilidad

Trato de salir de Valencia en coche, aún semidormido.

Me pierdo varias veces. Es mi sino. Siempre me ocurre. Imagino que los ayuntamientos colocan las señales de tráfico dando por hecho que los conductores tienen un sentido de la orientación mucho mejor que el mío.

Hace un día luminoso, radiante, que invita a marchar a la orilla del mar. No hace al caso.

Enfilo por fin la carretera de Madrid. Hace años que no tomaba ese camino. La última vez -era un comienzo de verano- me tocó soportar un atasco inaguantable. Hoy hay poca circulación.

Paso larguísimos viaductos, algún túnel. Llego a las Hoces del Cabriel. «Así que éste fue el motivo de la gran bronca», pienso. Veo desmontes brutales, intuyo valles escondidos, atravieso paisajes damnificados. Paso por delante de un letrero de aviso que parece una broma: «Paraje natural», dice. ¿Natural? Tal vez lo fue.

Pero dos horas y media después entro en Madrid. Sólo dos horas y media después.

1991. Estoy en Bilbao. La gente de la Coordinadora contra la Autovía de Leizarán ha venido a vernos para contarnos, con ayuda de un vídeo muy bien hecho, por qué se opone al trazado oficial previsto para la nueva autovía que debe unir Navarra con Guipúzcoa.

Un profesor de la Universidad del País Vasco, sentado a mi lado, dice que antes de entrar en harina quiere hacer una pregunta previa a los de la Coordinadora.

-¿De dónde venís?

-De Donosti -contestan.

-¿Por dónde habéis venido? -vuelve a preguntar.

-Por la autopista -responden.

-Por la autopista. Entiendo -concluye.

La autopista Irun-Bilbao es, sin duda, uno de los destrozos medioambientales más salvajes que se haya realizado jamás en la Península Ibérica. Es como si la hubiera imaginado un fanático partidario de que no haya cacharrería sin su elefante. Pero, desde que existe, el trayecto entre Donosti y Bilbao dura menos de una hora. Antes llevaba cuatro.

Ahora hay una gran polémica sobre el trazado que debe tener la autopista Burgos-Santander. He hecho el recorrido decenas de veces, tanto por El Escudo como por Reinosa. Los dos son horribles.

Los ecologistas ponen mil pegas al proyecto. Todas razonables.

La Naturaleza merece respeto: la de Valencia, la de Cuenca, la de Guipúzcoa, la de Navarra, la de Vizcaya, la de Cantabria. Toda. Pero también merece respeto la gente que está obligada a viajar. Me encanta despotricar contra los atentados medioambientales. Pero todavía más disfrutarlos.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de enero de 2011.

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2000/01/15 07:00:00 GMT+1

¡Fuera la Iglesia de la política!

De las reacciones políticas que ha merecido el cese de José María Setién como obispo de San Sebastián, la de más hondo calado, la que apunta más directamente al corazón del problema, ha sido sin duda alguna -una vez más- la de Carlos Iturgaiz.

Dijo anteayer el carismático líder del PP vasco que lo que tienen que hacer los obispos es llevar a los católicos «por el camino de la fe, y no por el de la política».

Ya era hora de que alguien tuviera la valentía y la necesaria lucidez para reclamar a la Iglesia católica española que se aparte de la política. Y, lo que es conditio sine qua non para lograr ese objetivo: de reclamar también a los políticos que se alejen de la Iglesia.

Tengo en la pared de mi estudio una antigua fotografía de aspecto fascinante, dicho sea menos por su relación con la fascinación que con el fascismo: se ve a un grupo de generales franquistas, tres obispos y varios clérigos saludando brazo en alto, a la manera falangista, a la puerta de una iglesia. Seguro que Iturgaiz estaba pensando en los muchos restos todavía vigentes de esa militancia fascio-religiosa de viejo cuño cuando avanzó su propuesta radicalmente laica.

Yo también pido a la Iglesia que no se meta en política.

En los muros de muchas iglesias españolas -no, curiosamente, en la diócesis de Setién-, hay placas de honor que, presididas por el yugo y las flechas, recuerdan a los «caídos por Dios y por España». La relación de nombres empieza invariablemente con el de José Antonio Primo de Rivera. Ordene ipso facto el Episcopado la retirada de esas placas. Aparte la política de las iglesias. Si no, Iturgaiz le dará para el pelo.

¿Y qué no decir de las muchas procesiones religiosas que año tras año encabezan los políticos, a veces incluso bajo palio? Díganles los obispos a esos señores que no vuelvan a presentarse, o la justa ira de Carlos Iturgaiz fustigará su intolerable actitud.

Estoy seguro de que, de un momento a otro, el jefe de filas del PP vasco denunciará la tradicional ofrenda que el Rey, cumbre de la estructura política del Estado, hace cada año al apóstol Santiago. Es una mezcolanza peregrina -y nunca más adecuado el adjetivo, tratándose de Santiago- entre lo político y lo religioso.

Por no hablar de la figura de los capellanes castrenses. Ahí ya no se amalgama la Iglesia católica sólo con la estructura política, sino incluso con la político-militar.

Es necesario acabar de una vez por todas con la atávica tendencia española a mezclar los caminos de la fe y la política. Alguien tenía que decirlo. ¡Bien por Carlos Iturgaiz! No sé qué sería de España sin él.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2012.

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2000/01/12 07:00:00 GMT+1

Naciones en obras

Los jefes de HB hablan sin parar de la «construcción nacional de Euskal Herria». Deduzco de ello que creen que la nación vasca no está contruida, o por lo menos no del todo aún. ¿Cómo pueden entonces reclamar que sea sujeto de soberanía? ¿Cómo saben lo que querrá cuando esté construida? ¿No deberían esperar a que esté construida por completo antes de exigir su autodeterminación?

Dijo el pasado lunes José María Aznar que la nación española es «un proyecto sugestivo». Curioso: el jefe del Gobierno, cuando se lanza a teorizar sobre España, deriva por los mismos senderos místicos que la dirección de HB cuando habla de Euskadi. Afirmar que España es un proyecto -todo lo atractivo que se quiera- supone negar que sea una realidad hecha y derecha.

Los nacionalistas de todo signo se caracterizan por atribuir a su nación un determinado destino. Son rematadamente teleológicos. Desdeñan la constatación de que las naciones, como casi todos los precipitados históricos, jamás se configuran a voluntad: resultan. En su conformación -que nunca es definitiva- intervienen tantos factores, exógenos y endógenos, que es imposible que se acomoden a ningún plan previo.

Las naciones, al igual que los individuos, no vienen al mundo con ningún destino específico. Las personas podemos asignarnos objetivos vitales -eso sí- y hasta, con suerte, cumplirlos, en todo o en parte. Pero atribuir a una nación una misión colectiva -quiero decir propia, distinta de las comunes al género humano en su conjunto- no sólo es ilusorio, sino también peligroso.

No me tengo por cosmopolita. Es más: creo que el cosmopolitismo que algunos exhiben es afectado. Todos somos de pueblo: del pueblo que sea, mayor o menor. Pero, a la vez, tampoco le he dado jamás ningún valor a ser de este pueblo o de aquél.

«Ser español, un orgullo», se leía en una pegata que era antes común en los coches de Madrid. «Euskadi bakarra da gure aberria» («Sólo Euskadi es nuestra patria»), cantábamos altivamente los críos vascos de los 60. Para estas alturas, los orgullos nacionales, cuando no me dan la risa, me causan pavor. Sentirse orgulloso de ser de aquí o de allá lleva implícito considerar que hay naciones y pueblos que son mejores, más estupendos, más dignos de estima. Preferibles, en suma.

Se es de un pueblo o de otro como se nace hombre o mujer, moreno o rubio. Tanto debería dar.

Desconfío de las construcciones y de los proyectos nacionales. Me huelen a unidades de destino. Me dan miedo.

Javier Ortiz. El Mundo (12 de enero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de enero de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/01/12 07:00:00 GMT+1
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