2000/03/04 07:00:00 GMT+1
La experiencia me ha enseñado que, si uno se dedica a pensar de cara al público y en voz alta -como me toca hacer a mí-, no importa sólo lo que piensa. Importa aún más cuándo lo piensa. Y todavía más en qué momento publica lo que ha pensado.
Quien tiene las neuronas por herramienta de trabajo puede emprender una u otra excursión intelectual sin otra intención -consciente, al menos- que la de ayudar a conocer más y mejor la realidad . Pero sus reflexiones, una vez objetivadas sobre el papel impreso, se convierten en material disponible para la jarana política, quiéralo él o no.
A veces no hay más remedio que apechugar con esto -no puedes guardar silencio, aunque haya quien malinterprete lo que dices-, pero otras puedes optar por callar hasta que las circunstancias dejen de dar pie al equívoco.
Es lo que he hecho en relación con el caso Pinochet.
Ahora que desde la perspectiva europea esa escoria humana ya está missing -no en el sentido de la película de Costa Gavras, tan caro a sus prácticas-, puedo decir que, de ser cierto lo que afirma el informe médico encargado por Jack Straw -¡ojo a la salvedad!-, yo tampoco sería partidario de someter a juicio al exdictador. Lo cual no quiere decir que esté de acuerdo con lo que ha hecho Straw: una decisión como ésa debería haber sido competencia de los jueces, españoles o británicos. Pero, llegado el caso al tribunal competente, mi criterio sería ése: si se encuentra en el estado mental que han dictaminado los forenses británicos, juzgarlo sería una muestra inaceptable de crueldad.
Dijo anteayer Felipe González: «Nunca se me hubiera ocurrido que hubiera razones humanitarias para no ser competentes para juzgar a Pinochet». Mi punto de vista es exactamente el opuesto: ésas serían las únicas razones válidas. Las consideraciones diplomáticas y comerciales no son de principio: las de justicia, sí.
¿Me produce conmiseración Pinochet? Ni la más mínima. Me repugna. Por mí, como si le parte un rayo: ojalá alguno lo haga.
No es la dignidad de la persona humana llamada Pinochet la que me preocupa, sino la dignidad de la justicia. Condenando a un inútil mental, se envilecería. Aunque se tratara de un inútil mental con el interminable currículo criminal de ese cobarde con galones.
Es lo mismo que la tortura. Da igual quién sea el torturado: no hay causa alguna, por muy noble que se pretenda, que no se contamine irremisiblemente con su uso.
Pero me temo que eso sea algo que mucha gente -demasiada- no entiende. O no quiere entender.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de marzo de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/03/04 07:00:00 GMT+1
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2000/03/01 07:00:00 GMT+1
Está circulando últimamente entre los usuarios de Internet un juego divertido. Según empieza, su autor asegura que te va a adivinar el pensamiento. Acto seguido, te enseña cinco naipes de póquer; cinco figuras. Te pide que pienses en una, que digas en voz alta cuál has elegido («Esto es muy importante», precisa) y que pases después a la siguiente pantalla. Lo haces y aparece un mensaje: «La carta que había elegido usted... ¡ha desaparecido!». Y así es: repasas las cinco cartas y la tuya ya no está entre ellas.
Conozco gente que se ha tirado días devanándose la sesera con el enigma: «Pero ¿cómo narices...?».
La solución, en realidad, es extremadamente simple: no sólo se ha evaporado tu carta, sino las cinco de la primera pantalla. Pero, como únicamente habías prestado atención a una, y lo único que recordabas de las otras cuatro es que eran también figuras de póquer, y todas las figuras de póquer tienen un aire, y las cinco nuevas cartas también son figuras, pues caes en la trampa.
Es un juego muy aleccionador. No tanto por el juego mismo como porque demuestra cuán fácil es conseguir que la gente se engañe sola. Si se la incita sutilmente a fijar su atención en tal o cual aspecto parcial de la realidad, no ve el resto del conjunto, por muy descarado que se muestre.
No se trata de lograr que los árboles impidan ver el bosque: si alguien ve los árboles -todos los árboles-, el resto ya sólo depende de su capacidad de abstracción. Se trata de empujarle con disimulo a prestar atención únicamente a unos cuantos árboles, para que ella misma llegue a la conclusión de que eso es todo el bosque.
En el juego, algo tan idiota en apariencia como la obligación impuesta de decir en voz alta la carta elegida -¿de qué podría valer, si es imposible que el autor del juego escuche lo que uno dice?- resulta esencial, porque contribuye a distraer aún más tu atención.
Me gusta el truco por lo bien que reproduce, a escala, el gran ardid por el que unos pocos consiguen, en nuestras sociedades actuales llamadas libres, hacer lo que les da la gana sin que el común de los mortales se dé cuenta de que está siendo manipulado y engañado. Grandes aparatos de distracción se encargan de que la inmensa mayoría mire tan sólo hacia un puñado de árboles. Siempre los mismos. Así, acaba dando por hecho que el bosque es sólo eso que le muestran.
Entretanto, los dueños de los grandes aparatos de distracción y sus amigos se dedican a expoliar a su antojo y beneficio el resto del bosque.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de marzo de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/03/01 07:00:00 GMT+1
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2000/02/28 20:00:00 GMT+1
Cuatro grandes errores
(Prólogo al libro de Joaquín Navarro «Buenos Días, Euskadi», Ediciones Foca, 2000)
No soy optimista. En cada situación, trato de prepararme para lo peor. Me gustaría creer que se trata de una fría actitud racional basada en mi creciente conocimiento de la naturaleza humana, pero mucho más probable es que sea, sencillamente, un legado genético de mi abuelo gallego.
Por supuesto que me produjo una gran alegría la proclamación de la tregua unilateral de ETA y el casi inmediato anuncio de José María Aznar de que estaba dispuesto a propiciar un diálogo entre su Gobierno y la organización vasca para acordar las condiciones del fin del terrorismo. Pero desde el primer momento me preparé para encajar el fracaso de ese intento de salida negociada. La verdad: no veía yo a actores tan mediocres representando papeles tan cargados de matices y de sutilezas en una obra tan endiabladamente difícil. Una vez más, la experiencia ha superado mis peores expectativas.
No han comprendido nada. O no han querido comprender nada. O no han sabido comprender nada.
Empezaron por no darse cuenta de que se trataba de una obra coral, en la que a nadie le correspondía hacer de gran protagonista. Cada cual se ha paseado por el escenario como si su papel fuera el del bueno de la película. Ni siquiera han entendido que esto no iba de cine, sino de teatro.
Lo que se suponía que debía ser una gran epopeya ha resultado finalmente un lamentable pastiche.
Van a tener ustedes ocasión de constatarlo más que cumplidamente en esta obra, en la que Joaquín Navarro reconstruye las escenas de esta deprimente farsa con la minuciosidad y la precisión de un buen juez instructor.
Mucho menos dotado que él para la observación y nada ducho en las técnicas procesales -incluyendo también, me temo, las de los procesos de paz-, aprovecharé estas breves líneas introductorias para resumir en grandes trazos las reflexiones que me ha sugerido lo ocurrido en -o sobre- Euskadi durante estos últimos meses.
En mi criterio, el fracaso del llamado proceso de paz se ha cimentado sobre dos grandes incomprensiones, que encierran otras muchas menores.
1.- El Gobierno de Aznar no ha entendido a ETA y ETA no ha entendido al Gobierno de Aznar.
1.1.- El Gobierno de Aznar no ha entendido a ETA.
Aznar interpretó mal las razones por las que ETA proclamó su tregua unilateral. Creyó que era consciente de su fracaso -aunque no quisiera reconocerlo públicamente, por razones obvias- y que tan sólo buscaba una salida pasablemente digna para sus militantes, presos o en libertad.
Convencido de ello, empezó a actuar conforme a algunos criterios rudimentarios:
- Imaginó que todo lo debía hacer para obtener la paz era eso: dar a los miembros de ETA una salida personal, dejando en libertad a los presos y permitiendo el regreso de los exiliados.
- Dedujo que contaba con un amplio margen de maniobra para moverse hacia ese objetivo, porque estaba convencido de que ETA tenía muy difícil, si es que no imposible, volver al activismo armado, por razones tanto materiales (sabía que estaba en horas muy bajas, dado el aumento del acoso policial, de las detenciones, de las extradiciones, etc.) como políticas (no ignoraba que la presión social a favor de la paz era muy alta, incluso dentro de los propios sectores abertzales).
- No sólo pensó que podía avanzar muy lentamente, sino también que debía hacerlo: le pareció evidente que no tenía ningún sentido apresurarse, habida cuenta de que el objetivo último -acabar con los atentados-, ya lo había logrado de antemano con la tregua.
- Estaban además las elecciones generales, a año y medio vista. Cuanto más se prolongase esa situación de plácida indefinición, mejor podría ser rentabilizada de cara a las urnas.
"Sólo les haré alguna concesión cuando vea que se están ahogando", dijo Aznar en privado, en una de las contadas ocasiones en que rompió su proverbial hermetismo y habló del asunto. Y añadió, lacónico: "Apenas tengo vino para ellos. He de servírselo muy poco a poco".
Este era su cálculo general, cegato y cicatero.
Pero ni siquiera se atuvo a él.
Su ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, le persuadió de que, si las cosas estaban bastante bien, todavía podía conseguirse que estuvieran mejor.
Lo de Mayor Oreja merece capítulo aparte. No se lo concederé, porque esto es una introducción, y no un libro, pero sí haré un apunte sobre su actitud.
Cuando se hizo cargo de la cartera de Interior, Mayor alimentaba la ambición de jugar un papel decisivo en la pacificación del País Vasco. Obsesionado por su animadversión hacia el PNV, su plan apuntaba hacia la potenciación de una HB pacífica que, de un lado, convenciera a ETA de la necesidad de dejar las armas y, del otro -del mismo, en realidad-, se hiciera con la representación política del conjunto del campo nacionalista, del que, lógicamente, huirían antes o después sus elementos más moderados, que acabarían por recalar en su PP.
No avanzó demasiadas iniciativas al respecto, entre otras cosas porque no disponía de los contactos necesarios, pero trató de explotar al máximo los pocos que tenía (recuérdese cuán en serio se tomó su entrevista con el responsable de la asociación Gernika Gogoratuz y qué solemnes declaraciones le hizo, pese a la operatividad prácticamente nula del foro que representaba su ignoto interlocutor).
La tregua de ETA le cogió totalmente a contrapié. Y le irritó sobremanera. Primero, porque él no había tenido nada que ver en su gestación y tampoco estaba previsto que cumpliera ningún papel en ella. Y segundo, porque el PNV -su odiado PNV- estaba en el centro de todo. Así que se decidió a boicotear aquello con todo lo que tuviera a mano.
Lamentablemente, lo que tenía a mano era mucho.
Trabajó en dos frentes principales. De un lado, en el político: boicoteó el acercamiento de los presos de ETA a territorio vasco, consciente de su valor simbólico, convenciendo a Aznar de que eso encajaba perfectamente con las intenciones del presidente de administrar al máximo las concesiones, y prosiguió su labor de acoso a los resortes legales del frente abertzale radical, gracias al siempre disponible concurso de la Audiencia Nacional. De otro lado, y ya en el plano más propiamente policial, propició la intensificación al máximo de la persecución de los dirigentes de ETA en Francia, para exasperarlos e impedirles desarrollar la negociación y, como complemento, hizo cuanto pudo por dificultar la labor de los mediadores civiles y eclesiales, como muy bien podría testimoniar al actual obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte.
De esta guisa, el equipo de personas a las que Aznar encargó de propiciar la negociación con ETA se encontró atado de pies y manos, sin apenas margen de maniobra. No tiene nada de particular que pronto quisiera tirar la toalla, y que acabara tirándola de hecho, sin haber conseguido avanzar prácticamente nada.
1.2.- ETA tampoco supo, pudo o quiso entender la posición del Gobierno de Aznar.
ETA está convencida de que su presión es una carga insoportable para el Estado español.
Escucha las soflamas que se oyen después de todos los atentados, cuando políticos, periodistas y agentes sociales afirman solemnemente que el terrorismo es "intolerable", y se toma al pie de la letra lo que dicen.
En realidad, el terrorismo de ETA hace tiempo que es perfectamente tolerable para el Estado. En tiempos -a lo largo de la transición y en los años inmediatamente posteriores-, representó, sin duda, un claro factor de desestabilización: las estructuras del poder estaban cogidas con alfileres y cualquier tirón podía desgarrarlas. Pero hace ya mucho que se han vuelto lo bastante sólidas como para soportar eso y mucho más sin correr riesgo alguno. Incluso cabe afirmar lo contrario: las acciones de ETA añaden cohesión social al sistema (es una de las ventajas que proporciona contar con un enemigo exterior).
Hay teóricos del establishment que no tienen empacho en declarar que, dentro del escalafón de los enemigos del Estado, ETA es sin duda el más sanguinario, pero no el más peligroso. Consideran que el nacionalismo estrictamente político encierra potencialidades mucho más dañinas. Es la vieja teoría que se atribuye a Luis María Ansón, que considera que ETA es como una úlcera, que molesta, pero no mata, en tanto ve al nacionalismo pacífico como un cáncer, que corroe el cuerpo del Estado por dentro sin que la víctima lo note y, para cuando quiere darse cuenta, está ya para el requiescat in pace.
Atribuyéndose una fuerza muy superior a la que tiene, ETA dio por hecho que el Gobierno de Aznar estaba dispuesto a pagar un elevado precio político por neutralizar sus actividades. Se equivocó. En realidad, no sólo no tenía la menor intención de pagar un alto precio, sino que incluso dudaba si debería pagar algún precio.
ETA ni siquiera consideró la posibilidad de que pudieran existir influyentes sectores, tanto en la sociedad española como dentro del propio Gobierno, interesados en frustrar la perspectiva de paz, si de ella corriera el riesgo de derivarse un reforzamiento del peso político del nacionalismo vasco. No valoró la hondura del odio que sus atentados han ido enquistando en muy buena parte de la ciudadanía y el soporte social que ese sentimiento proporciona a quienes son hostiles por principio a cualquier solución negociada del terrorismo. Tenía que haberlo entendido, aunque sólo fuera tras comprobar el alto grado de aceptación que encontraba Aznar cada vez que repetía su frase campanuda favorita: "La paz no tiene precio". Debería haberse dado cuenta de que una afirmación así sólo puede entenderse como una negativa a negociar o, más concretamente, como una invitación al enemigo a que se rinda, porque el que acepta negociar sabe cuán cierto es el dicho popular: el que algo quiere algo le cuesta.
Hasta tal punto desdeñó ETA la existencia y la fuerza de esa realidad hostil a una auténtica negociación, así fuera a la baja, que actuó como si no existiera, o fuera menospreciable. Con lo que, de hecho, puso las cosas en bandeja a sus promotores.
Por otro lado, ETA se ha tomado su capacidad de recuperación como un dato fijo de la vida, tal que la sucesión de las noches y los días. Da por hecho que la Policía detiene y los jueces encarcelan, pero que todos los activistas que caen son de inmediato sustituidos por otros, con lo que el ciclo puede repetirse hasta el infinito. Como el viejo Tertuliano, que decía aquello de que "la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos", ETA está convencida de que es una tenia cuya cabeza está alojada en el intestino de la opresión española: mientras haya cabeza, la tenia volverá a reproducirse, y lo hará tantas veces como sea preciso.
Es cierto que el terrorismo vasco se nutre de una lógica que tiende a reproducir los odios primigenios: con frecuencia, el hermano, el hijo o el sobrino del caído -o la hermana, o la hija, o la sobrina, que ya tanto empieza a dar- siente la llamada del deber -del odio- y se enrola. Empieza quemando cabinas de teléfono y rompiendo escaparates de bancos, sigue atentando contra la vivienda o el coche del vasco traidor o el txakurra y acaba haciendo cola en Baiona ante la oficina de reclutamiento de comandos.
Pero esa espiral, que en tiempos era claramente ascendente, ahora ha invertido su sentido: desciende. No es sólo -o no es tanto- un problema cuantitativo, que también, sino sobre todo cualitativo: los nuevos militantes están cada vez peor preparados, su bagaje ideológico es escaso y sus convicciones están muy poco elaboradas. Como el hielo, su constitución es dura, pero frágil. Los jóvenes de los que hoy se alimenta ETA no han vivido la dictadura franquista ni los tiempos de las grandes movilizaciones de masas. No han actuado nunca arropados por el pueblo real, ése que anda por la calle todos los días. Desconfían de él y sólo se sienten confortables cuando se cuecen en su propia salsa endogámica. Llevan dentro de sí el germen de su derrota.
Sólo que ese germen de autodisolución puede tardar muchos años en desarrollarse. Pocos, tal vez, para el afán de eternidad de ETA, pero demasiados, si es en ese germen en el que sus enemigos depositan sus esperanzas de victoria.
2.- El PNV (junto con EA y, en general, los nacionalistas vascos pacíficos) se ha equivocado con ETA. Y ETA se ha equivocado con el PNV y los nacionalistas vascos pacíficos.
2.1.- El PNV se ha equivocado con ETA.
Arzalluz, Egibar y sus aliados políticos más cercanos alimentan desde hace años -como Mayor Oreja, pero desde la orilla diametralmente opuesta- la ambición de pasar a la Historia como los grandes pacificadores de Euskadi.
Parten del convencimiento de que ETA, y el MLNV con ella, son resultado de una frustración histórica: la de los sectores sociales vascos que no ven que la legalidad constitucional española ofrezca expectativas reales al movimiento de liberación nacional de Euskadi. Creyeron que, si ofrecían a esos sectores una vía de posible materialización pacífica de sus expectativas independentistas, podrían disuadirles de persistir en la lucha armada. Que podrían convencerles de que esa forma de lucha, al margen de ser cruel y detestable desde el punto de vista moral, es también, y sobre todo, contraproducente de cara a la obtención de los objetivos políticos perseguidos.
A diferencia de ETA, el PNV y sus aliados sí se han dado cuenta de que a los responsables del poder central español, digan lo que digan de cara a la galería, les duelen más las decenas de miles de votos depositados en las urnas que las bombas y las ráfagas de balas, sobre todo porque éstas matan a sus subordinados, pero raramente les hieren a ellos, que se desplazan en coches blindados, no pisan un sitio que no haya sido minuciosamente peinado por los servicios policiales especializados y van siempre cubiertos por una nube de guardaespaldas.
A partir de ese convencimiento, atinado en términos generales, y alentados por los progresos de las conversaciones de paz sobre Irlanda del Norte -Joaquín Navarro cuenta muy bien la importancia que tuvo ese espejo exterior-, el PNV y toda la heteróclita troupe de compañeros de viaje que le han arropado en ese esfuerzo -buena parte de la Iglesia católica vasca, los grupos pacifistas tipo Elkarri y Gesto Por la Paz, muchos de los que se fueron escindiendo del MLNV por desacuerdo con sus métodos, IU-EB, la izquierda radical no nacionalista, etc.-, ofrecieron a ETA y sus seguidores la posibilidad de articular un gran frente vasco, no exclusivamente independentista pero sí abierto de par en par al independentismo, definido por su explícita renuncia a los métodos violentos, que tuviera la virtualidad, inalcanzable para el MLNV, de suponer una alternativa posible al actual marco político español.
Ese fue el telón de fondo de las conversaciones entre el PNV y EA con ETA, y ése fue el objetivo con el que nació el foro de Lizarra.
Les alentó igualmente la constatación de que eran cada vez más amplios y más influyentes los sectores que, dentro del propio MLNV, reconocían su cansancio, su hastío y hasta su repugnancia hacia los viejos métodos, tan sangrientos como inútiles, y su preocupación ante el declive, lento pero a todas luces inexorable, de su causa.
Todo acuerdo político encierra un do ut des. El que el PNV y EA ofrecieron a ETA en la primavera de 1998 se planteaba en estos términos: renunciad vosotros a matar, apartaos del centro del escenario, dejad que los políticos nos encarguemos de la política... y a cambio nosotros os ofrecemos desplazar el centro de nuestra actividad hacia el combate por la soberanía vasca, uniendo nuestro esfuerzo al de vuestros seguidores.
ETA les dio su acuerdo global, pero les puso algunas condiciones: habrían de romper toda colaboración con los partidos españoles, deberían considerar que el ámbito de aplicación de la nueva política era el del conjunto de los territorios históricos (esto es, incluyendo a Navarra y al País Vasco bajo soberanía francesa), debían comprometerse a iniciar de inmediato el nuevo proceso constituyente de Euskadi...
Tan ufanos estaban, fue tal su júbilo ante la aquiescencia de ETA y ante su disposición a iniciar de inmediato la tregua indefinida, que el PNV y EA apenas prestaron atención a esas condiciones laterales, cuya aceptación explícita, por lo demás, no les fue exigida en un primer momento. Seguramente confiaban en que, una vez puesto en marcha el proceso de paz, la propia dinámica de los acontecimientos -que daban por descontado que resultaría exultante para todo el mundo nacionalista- iría limando asperezas y obligando a ETA a aceptar de mejor o peor grado los límites de la realidad (dentro de los cuales, desde luego, esas condiciones no tenían posibilidad alguna de encaje).
Se equivocaron. Sabían que buena parte de la dirección de ETA y del MLNV vivía en su propio mundo, sin hacerse cargo de la realidad real del País Vasco; pensaban que estaba en las nubes. Pero qué va. Desde las nubes, aunque lejos, se ve bastante bien la tierra. Esa gente navegaba muchísimo más lejos del suelo, por el espacio sideral: seguramente en la órbita de Marte, dios de la guerra.
Además, los efectos euforizantes de la proclamación de la tregua, inicialmente espectaculares, se apagaron rápidamente. El anuncio del nacimiento del foro de Lizarra fue acogido por las fuerzas españolistas con verdadera alarma. Su desconfianza abarcó a la propia tregua, rápidamente definida como "tregua trampa". Y el PNV, EA y IU-EB se vieron sometidos a un acoso formidable, que convirtió cada uno de sus pasos adelante por la vía soberanista -fueran reales o supuestos- en un auténtico vía crucis.
2.2.- ETA se equivocó con el PNV y los nacionalistas pacíficos.
El tiento con el que los nacionalistas moderados hubieron de empezar a actuar, para no acrecentar las muchas y muy poderosas iras del campo constitucionalista -que los llenaba de oprobio día sí día también desde los medios de comunicación, prácticamente unánimes a este respecto-, fue de inmediato interpretado por ETA como el anuncio de su inminente traición a la causa independentista.
ETA se equivocó con el PNV. Se equivocó tanto como los partidos españolistas. La una y los otros creyeron que la adormecida alma independentista de los viejos jelkides había despertado súbitamente, cual la bella durmiente del bosque, al recibir en su mejilla el amoroso beso del MLNV. Que habían vuelto a aflorar sus imperecederas esencias sabinianas. Un argumento sin duda atractivo para los esencialistas de toda suerte -incluidos los que viven del negocio de denostar las esencias, como ese tal Juaristi-, pero escasamente útil para el frío análisis de la realidad concreta.
La realidad es que el PNV es un partido especializado en la administración de la autonomía estatutaria e imbuido de eso que hoy en día se llama púdicamente vocación de poder.
El PNV se siente perfectamente a sus anchas en la reivindicación permanente: en la exigencia de más transferencias, en la queja por los agravios y desplantes del poder central, en el lamento por lo mucho que podría hacer pero no puede, porque no le dejan... Sabe perfectamente que ponerse a montar un Estado vasco independiente en la Europa de hoy sería, más que nada, un perfecto engorro. Un engorro, por lo demás, erizado de riesgos. El sueño de la independencia le vale sólo en tanto que sueño. Es como las fantasías eróticas de muchos mortales: disfrutan imaginándolas, pero no tienen ninguna intención de llevarlas a la práctica.
Por lo demás, el PNV es demócrata. No pretende imponer nada que no tenga un suficiente respaldo social. Y sabe que la independencia no lo tiene. No lo tiene ni siquiera en Guipúzcoa. Menos todavía en Vizcaya. Irrisoriamente menos en Alava. Por no hablar de Navarra. En fin, lo del la Euskal Herria del otro lado, que se dice -o sea, del otro lado de la frontera-, forma parte ya del terreno de la pura política ficción. "Si nos diera por promover el referéndum de autodeterminación en Iparralde", me dijo hace unos meses un altísimo dirigente del PNV, "no tendríamos gente suficiente ni para hacerse cargo de las urnas".
Si el PNV se metió en la aventura de Lizarra, Udalbiltza y demás, no fue porque creyera que ése era el camino de rosas que conducía a la independencia, sino porque pensó que con ello podía convertirse en artífice de la paz, arrancar superiores cotas de autonomía al poder central y transformarse en cabeza de un movimiento político y social mucho más amplio que el que tenía tras de sí hasta entonces.
ETA imaginó que podía arrastrar al PNV al enfrentamiento total contra el Estado español y, ya de paso, también contra la parte de la población vasca que lo respalda. Sólo el pétreo subjetivismo que predomina en la organización armada -alimentado por la vocinglería nacionalista española, empeñada en que Arzalluz y compañía se estaban echando al monte- puede explicar que cometiera un error de cálculo tan monumental.
Si ha tenido usted la paciencia de leer las páginas anteriores, tal vez haya llegado a la conclusión de que su autor no tiene excesivas esperanzas de que el conflicto vasco vaya a solucionarse, al menos a un plazo razonable. Habrá acertado.
Por fortuna, puede volcarse de inmediato en la lectura del excelente y apasionante trabajo de Joaquín Navarro que, partiendo de premisas muy semejantes a las mías, alimenta expectativas menos desfavorables.
A ese talante naturalmente constructivo, añade Navarro algo que le viene dado probablemente por su vocación de juez: no se deja vencer por el peso de lo mucho que la vida le ha ilustrado en contra y sigue pensando que la justicia, por dificultosa que se presente la senda, puede llegar a abrirse paso. Ojalá tenga razón: de veras que lo deseo con todas las fuerzas.
Me inclino finalmente también, no sin ternura, ante la admiración y el cariño que este buen andaluz, orgullo de su pueblo, siente por el mío.
Como vasco al que el largo exilio no ha arrebatado las raíces, siempre me he apuntado a la vieja sabiduría castellana, para la cual "nadie es más que nadie".
Nadie es más, pero tampoco menos.
A los vascos se nos dio un trato de excepción en los primeros tiempos de la transición, atribuyéndonos colectivamente una resistencia contra la dictadura franquista que, en la práctica, no había sido ni tan poderosa -salvo en términos comparativos- ni, sobre todo, tan colectiva.
De héroes hemos pasado a villanos. Ahora, cuando del Ebro para abajo y del Adour para arriba nos identificamos como vascos, tenemos que apresurarnos a añadir los peros de rigor.
Adéntrense de la mano de Joaquín Navarro en el conocimiento de las circunstancias concretas del conflicto y verán que, entre vascos y no vascos, las culpas se reparten generosamente. Que, como diría León Felipe: "Aquí no se salva nadie; ni el místico ni el suicida".
Javier Ortiz. (Febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/02/28 20:00:00 GMT+1
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2000/02/26 07:00:00 GMT+1
Una de las razones que me incitan a maldecir con la mayor rotundidad el terrorismo de ETA es que, al enfrentarme a él, me encuentro, quiera que no, con compañías odiosas e indeseables.
La existencia del terrorismo genera una gran división social: de un lado se sitúan aquellos que lo practican, lo apoyan o lo justifican; del otro, quienes lo rechazan. Por unas u otras razones; tanto da.
Ahí reside el problema: en ese «tanto da».
A nadie le cabe duda de que el general Rodríguez Galindo está en contra de ETA. Lo mismo que Rafael Vera, José Barrionuevo y Felipe González. Y que Bayo y Dorado. Y que Roldán. Y que Rodríguez Menéndez. Todos ellos son radicalmente anti-etarras: vaya que sí.
Ahora Rosa Díez aparece como adalid del campo anti-terrorista, festejada por todos los medios. Pero yo no olvido que es la misma Rosa Díez que dijo sin inmutarse hace unos años: «Algunos autos de la Audiencia Nacional matan más que las bombas de ETA». Curiosa jerarquía, la suya.
¿Estará toda esa gente en mi bando? ¿Estaré tal vez yo en el suyo? Hago lo posible por evitarlo. Respeto cualquier decisión que tomen los demás, pero, en lo que a mí respecta, jamás he acudido ni acudiré a ninguna manifestación en la que pueda toparme con la desagradable sorpresa de que a mi lado camina uno de los culpables del sádico asesinato de Lasa y Zabala, o del de García Goena, o del secuestro de Segundo Marey.
Suele decirse que la política hace extraños compañeros de cama. No me vale ni como excusa: uno se acuesta con quien le da la gana; y, si no queda otra cama, duerme en el suelo. O vela.
Las opciones morales han de primar sobre las políticas.
Pero la contradicción surge en el momento en que dos opciones morales del mismo signo chocan entre sí y se anulan mutuamente. Porque tan imperativo ético es el que nos mueve a oponernos al terrorismo de ETA como el que nos obliga a rechazar el terrorismo de Estado.
¿Lleva esa consideración a adoptar una posición «ambigua» o a pretender situarse en «tierra de nadie», como algunos pretenden? No lo sé. Sé, eso sí, que nunca me ha echado para atrás tener que mojarme, siempre que fuera en aguas pasablemente limpias.
También sé que, si el llamado Estado de Derecho hubiera dado prueba de la coherencia y el coraje de los que tanto presume y hubiera condenado al ostracismo político y expulsado de la vida pública a todos cuantos tuvieron -o tienen aún- relación con los GAL, ahora este problema no se plantearía.
Javier Ortiz. El Mundo (26 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/02/26 07:00:00 GMT+1
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2000/02/23 07:00:00 GMT+1
¿Con qué poder, en nombre de quién y de qué autoridad se atribuye ETA el derecho a juzgar a un hombre en su ausencia y sin defensa posible, de sentenciarlo a la pena capital y, sin apelación alguna, de ejecutarlo? ¿Qué clase de sentencias son las que dicta ETA, que no sólo recaen sobre el condenado, sino también sobre cualquiera que lo acompañe, e incluso sobre todo aquél que pase por sus cercanías?
Pretenderán que el asesinato de Fernando Buesa ha sido un «acto de guerra».
No se lo creen ni ellos.
Primero, porque hace tiempo que sus propios comunicados han dejado de hablar de guerra alguna: se conforman con perorar sobre «el contencioso» con España, como si se tratara de un aburrido asunto de leguleyos.
Segundo, porque también hace ya mucho que ni ellos se acogen a lo dispuesto en la Convención de Ginebra para los prisioneros de guerra ni conceden al otro bando el trato que fijan las leyes de la guerra, que las hay. Una prueba irrefutable de ello: a Miguel Ángel Blanco no le dieron precisamente el trato que las leyes reservan a los prisioneros de guerra.
No habiendo guerra alguna, ni en acto ni en ciernes, ni desde la consideración mayoritaria de la sociedad ni desde la suya propia, es obligado concluir que no sólo lo que hacen carece de cualquier posible justificación ética, sino que además lo saben. O lo sabrían, a nada que se atreviesen a pensar mínimamente en el sentido moral de sus propios actos.
La razón estrictamente política no le es a ETA más favorable que la ética.
¿Qué creerán que van a lograr matando a Fernando Buesa y al ertzaina que lo escoltaba?
Llevarán el dolor a dos familias, sin duda alguna. Y a sus amigos respectivos. No es un gran objetivo político, me parece.
Estremecerán también de horror a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Durante unas horas; tal vez unos días. Luego dejarán de pensar en ello y seguirán sus vidas igual que hasta ayer al mediodía.
Al Estado no le habrán hecho nada. Ni un rasguño. Nada que genere ninguna tensión interna; nada que avive ningún rescoldo golpista; nada que le lleve a alterar su política con respecto a Euskadi. Ni para bien ni para mal. Nada.
Habrán atizado, eso sí, las ya notorias fisuras del nacionalismo vasco. Todo un éxito.
Otras veces lo he escrito, pero volveré a hacerlo: el terrorismo es tan moralmente inaceptable como políticamente perjudicial para la causa que se supone que defiende.
ETA no lo entiende. Me da que ya no entiende nada.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de febrero de 2011.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/02/23 07:00:00 GMT+1
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2000/02/19 07:00:00 GMT+1
Si la lucha de clases fuera el motor de la Historia, habría que concluir que está averiado. Hoy apenas hay lucha de clases.
Y no porque no haya ya clases, como sostienen los que solo frecuentan la suya. Haberlas, haylas, y en todas partes, así las reduzcamos a las dos más básicas: quienes dominan y quienes padecen su dominación. Lo que pasa es que la clase dominada no lucha, o lucha poco, o a la desesperada, sin organización, o solo de vez en cuando, y siempre a la defensiva, sin creer en sus posibilidades de victoria.
Marx no «inventó» la lucha de clases pero, a cambio, realizó una predicción terrible: que el capital se concentraría cada vez más. Acertó. Si lo sabremos hoy.
El capitalismo es hoy una fuerza no unificada, pero sí coordinada a escala mundial. Las grandes corporaciones, con el apoyo básico de los políticos al uso, compiten entre sí, pero, como en una especie de sociedad de socorros mutuos, hacen frente común contra todo lo que pueda poner en peligro sus intereses globales.
Entre tanto, quienes se oponen a su predominio, cada vez más asfixiante, plantean su combate a escala de cada país. Abordados en escenarios tan atomizados, sus esfuerzos se diluyen, lo que acentúa su impotencia real y su desánimo ideológico.
Se diría que, desde la caída del Muro, hemos entrado en un nuevo orden mundial totalitario -porque todo lo controla-, sin precedentes en la Historia, capaz de perpetuarse ad nauseam por falta de un oponente digno de ese nombre.
Siempre me ha llamado la atención lo pasmosamente actuales que son las obras de Shakespeare, particularmente en su retrato del poder. ¿Por qué sus criaturas, ideadas hace cuatro siglos, nos parecen tan cercanas? Porque actúan conforme a sentimientos idénticos a los que mueven a los hombres y mujeres de hoy. Ha cambiado la sociedad, se ha transformado el mundo, el escenario es otro, pero la ambición de poder, la avaricia, la soberbia, la envidia y los celos permanecen intactos.
Las grandes corporaciones financieras e industriales, los hipertinglados mediáticos, los enormes aparatos de poder...: eso es nuevo. Pero están mandados por hombres. Hombres ambiciosos que odian no ser el que más, hombres que desconfían del de al lado, hombres condenados a enfrentarse entre sí por la primacía de todo. Eso es lo de siempre.
El sueño de la dominación mundial tiene una bomba de relojería en su interior. Porque es un sueño humano y, por ende, transitorio. De eso estoy convencido. De lo que no tengo la menor idea es de qué hora marca el reloj de la bomba.
Javier Ortiz. El Mundo (19 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/02/19 07:00:00 GMT+1
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2000/02/16 07:00:00 GMT+1
Me parece que fue Antonio Machado el que dijo que es propio de necios confundir valor y precio. Pobre. De tener don Antonio la oportunidad de darse un garbeo por los mercados financieros actuales, se lo pensaría dos veces antes de insistir en esa idea. Vería que fue más realista la distinción de Carlos Marx entre valor de uso y valor de cambio.
Hay valores bursátiles que suben como la espuma y se cotizan a precios exorbitantes, de locura, y que, lo que es de momento, no responden a nada que produzca nada, ni sirva para gran cosa. El valor de uso inmediato de algunas de esas empresas está a años luz de su valoración financiera.
Los inversores no apuestan por lo que esas empresas son, sino por las expectativas que suscitan. Pero las expectativas, por inmateriales que sean, valen, y valen mucho: tienen valor de cambio. Gracias al cual, los hay que hacen fortunas inmensas, materialísimas.
Quienes hemos sido educados en la superioridad de la economía productiva sobre la economía especulativa vamos de cráneo en estos tiempos.
Hace años, un buen conocedor del gran mejunje inmobiliario de la Costa del Sol me puso un ejemplo muy ilustrativo de lo que está ocurriendo ahora mismo. Me señaló un solar vecino del mar y me dijo: «¿Ves ese solar? Ha sido comprado por 100 millones. El que lo ha comprado lo venderá dentro de poco por 120 millones. Y quien se lo compre hará lo propio, y lo venderá por 160 millones. Llegará un momento, sin embargo, en que el solar alcanzará un precio tan alto que ya nadie se animará a comprarlo. Quien entonces sea su propietario no tendrá ya más remedio que construir. El será, de todos ellos, el único que habrá hecho el tonto».
Así funcionan las cosas. Es la especulación lo que da dinero. Dinero a espuertas. Hoy en día, el empresario que produce bienes materiales y mercancías útiles ha sido relegado a un escalón inferior de la pirámide económica.
Lo que más me llama la atención de esta enloquecida fiebre bursátil es la actitud que adopta ante ella buena parte del personal de a pie. Asiste fascinado al espectáculo como si los miles de millones que vienen y van fueran producción ex nihilo de los genios de la Bolsa. Como si no fueran sus millones. Como si no procedieran de sus abultadas facturas del gas y del teléfono, de las comisiones que le cobran los bancos por permitirles gestionar sus ahorros y especular con ellos, de sus hipotecas...
La gente -mucha gente- oye hablar de todos esos billones y se siente atónita y envidiosa. En lugar de indignada.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/02/16 07:00:00 GMT+1
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2000/02/12 07:00:00 GMT+1
Comenta Cristina Almeida los tristes sucesos de El Ejido y se pregunta por qué en Valencia, donde un jubilado disparó y mató a cuatro personas, nadie llamó «a la caza del jubilado valenciano».
Mis compañeros de trabajo, que a sus muchos y onerosos deberes añaden el de tener que soportar en vivo y en directo mi afición a los retruécanos y las paradojas, son testigos de que ése fue mi primer comentario sobre lo que estaba pasando en El Ejido.
Dije eso, sí, pero a continuación me puse a reflexionar sobre el caso y comprendí que mi comentario había sido una frivolidad: lo de El Ejido era un problema serio que no podía ventilarse con tanta alegría. Quedó así la boutade para uso y disfrute de quienes, como Cristina Almeida, viven de las gracietas.
Inicialmente mi pensamiento voló también hacia Avilés, donde el pasado domingo un soldado de profesión golpeó a una muchacha con tanta brutalidad que le sacó los ojos. Me pregunté tres cuartos de lo mismo: «¿Y por qué en Avilés nadie llama a la caza del militar?».
Sólo que esta pregunta me llevó de inmediato por otros derroteros.
Muy buena parte de los delitos de violencia extrema que se cometen en España al cabo del año son obra de militares, guardias civiles y policías. No lo digo yo: está en las estadísticas.
Bien mirado, es bastante lógico. En primer lugar, porque se trata de personas educadas en el uso de la violencia. De la legítima, claro está, pero el odio y la ira nublan pronto el entendimiento. Y, en segundo término, porque tienen armas de fuego y, como saben bien en EE.UU., la posesión de armas de fuego facilita mucho su uso.
De lo cual no deduzco yo que haya que convocar a la caza del militar, ni del policía, pero sí que conviene a la tranquilidad social que se tomen medidas estrictas de precaución para evitar que estos profesionales hagan un mal uso tanto de sus conocimientos como de sus pertrechos. Sería buena cosa, por ejemplo -aunque no sé si muy factible-, que tuvieran que dejar su arma reglamentaria en el cuartel o la comisaría cuando no estén de servicio. Y, desde luego, que se les someta cada tanto a un examen psicológico, por el aquel de asegurarse de que ponemos las armas en manos de gente sensata.
Pues bien, noticia: el Ministerio de Defensa ha decido rebajar a 70 el cociente intelectual necesario para ser profesional de las Fuerzas Armadas españolas.
Según los expertos, el cociente 70 es el límite de la normalidad.
O sea, que vamos a contar con gente situada en la frontera de la subnormalidad... y con pistola.
¿De qué se supone que es ese ministro? ¿De Defensa, dicen?
Javier Ortiz. El Mundo (12 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2013.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/02/12 07:00:00 GMT+1
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2000/02/11 07:00:00 GMT+1
Claro que los ganaderos son responsables del mal de las vacas locas. No todos ellos. No sólo ellos. Pero ellos también. Ellos los primeros.
No estamos hablando aquí de cualquier tipo de ganadería, sino de la que ha acabado imponiendo su ley en esta hora de mercado enloquecido y de producción intensiva. Hoy en día, la ganadería puntera tiene poco que ver con el campo. Es, más propiamente, industria. Adiós a las reses que vivían y pacían por pastizales y rastrojeras, contribuyendo a limpiar y abonar las tierras. Es la hora de los bichos genéticamente seleccionados con criterios de rentabilidad y sometidos a vigilancia, que lo mismo podían estar recluidos en el centro de Madrid y que son intensivamente alimentados con oleaginosas y piensos de los más variopintos orígenes, con tal de que engorden.
Leo un documentado de trabajo de Isabel Bermejo en Página Abierta. Habla del modelo que se ha impuesto en EE.UU. y que se extiende por todo el mundo avanzado. En el país de Bush se ha pasado en las últimas tres décadas de una ganadería en la que predominaban las explotaciones de 50 vacas a otra en la que el 90% de la carne de vacuno procede de explotaciones de más de 1.000 animales. Hay 100 firmas que cuentan con más de 30.000 cabezas de ganado. Sus bichos están tratados sistemáticamente para que produzcan el máximo de carne, de leche o de grasas. Malviven hacinados en cuadras, están atiborrados de hormonas y antibióticos y son alimentados con cualquier cosa con tal de que engorde mucho y cueste poco. Hace un par de meses, leí un informe sobre un experimento que se había hecho en los EEUU para comprobar si cabía aumentar el peso de las reses mezclando en su alimentación... ¡cemento!
Es el caldo de cultivo más propicio para la aparición de extrañas enfermedades. No sólo la Encefalopatía Espongiforme, sino también la tuberculosis, la brucelosis y otros males que, además, son cada vez más difíciles de tratar, porque los agentes infecciosos se vuelven resistentes a los antibióticos.
Los ganaderos españoles se revuelven. Dicen que su problema debe ser considerado «cuestión de Estado». Y lo dicen el mismo día en que se anuncia que se han descubierto cinco mataderos clandestinos, se han inmovilizado cinco toneladas de piensos cárnicos ilegales y han sido detenidas siete personas acusadas de atentar contra la salud pública y el medio ambiente. Las autoridades alemanas ya han comprendido la raíz del problema. Han decidido no fomentar explotaciones ganaderas industriales y ayudar a la regeneración de las naturales.
Si los ganaderos españoles quieren apoyo, que empiecen por denunciar ellos mismos a las malas bestias de su sector que quieren hacernos comer cualquier cosa para hacerse de oro a costa de nuestra salud.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de febrero de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/02/11 07:00:00 GMT+1
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2000/02/09 07:00:00 GMT+1
«¡Es que no hay día en que los diarios de aquí no traigan noticias de delitos cometidos por moros!», exclama airada por la radio la señora de El Ejido, creyendo probablemente que explica algo.
Primera objeción: la buena señora se delata con la utilización del término moro, herencia de una parte no demasiado edificante de nuestra Historia.
Segunda: si en la comarca de El Ejido hay decenas de miles de magrebíes, y muchos de ellos viven en una situación de pobreza y de marginalidad apabullantes, no es que sea lógico, sino que resulta totalmente inevitable que recaiga sobre ellos un porcentaje importante de la criminalidad local. Pero eso no justifica -ni siquiera atenúa- el horror de salir «a la caza del moro». También en Madrid hay barrios en los que la tasa delictiva es elevadísima, y nadie se ha lanzado a la caza de sus vecinos. Por ahora, al menos.
Tercero: si la prensa local da cuenta diaria del origen nacional de los detenidos por la policía, hace muy mal. En la identificación periodística de un delincuente sólo deben figurar los datos esenciales para la comprensión del suceso. Resaltar la procedencia étnica del detenido -a no ser, por supuesto, que se trate de un suceso de tipo racista- implica establecer un nexo, consciente o inconsciente, entre esta o aquella nacionalidad y la delincuencia. Lo cual alimenta el racismo y la xenofobia.
Portada de La Razón, domingo 6 de febrero. Ocho fotos de niños asiáticos, africanos; diferentes. Título con intención: «Los nuevos españoles». Y el texto: «España pagará su baja natalidad con la incorporación de, al menos, doce millones de emigrantes al mercado laboral». «¿Pagará?» ¿Cuál es el precio? ¿Tener junto a nosotros a personas de cien horizontes?
No pretendo que la prensa haya provocado nada. Nada por sí solo provoca nada. Todo se acumula.
Se empieza aprendiendo que hacer cultivos bajo plásticos, si se tiene la tierra y el sol adecuados, permite sacar la tira de cosechas. Se comprueba luego que trabajar debajo de esos plásticos, cuando el sol aprieta, es terriblemente duro. Se constata después que es mucho más productivo pagar una miseria a los trabajadores que darles un jornal digno. En fin, se descubre que hay magrebíes dispuestos a hacer esa labor por cuatro duros, y que además se avienen a vivir en chabolas y en cuevas de mala muerte, porque escapan de algo que es todavía peor y que carece de ningún futuro.
Resumen: que los hay que han criado cuervos y que, cuando éstos han empezado a sacarles los ojos, han decidido que todo el problema está en que son cuervos moros.
Javier Ortiz. El Mundo (9 de febrero de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de febrero de 2012.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/02/09 07:00:00 GMT+1
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