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2000/04/01 07:00:00 GMT+2

Han liado a Elián

Si yo sintiera aprecio por Elián González -ese aprecio del que tanto presumen el exilio cubano de Miami y el régimen castrista, cada uno por su lado-, lo primero que haría es dejar de tirar del chaval para quedármelo.

Lo van a partir en dos.

Como la madre auténtica del juicio bíblico de Salomón, a mí también me vencería la piedad: optaría por dejárselo a la otra.

Mejor ajeno que roto.

Ambos bandos están demostrando que para ellos es mucho más importante su causa que el niño, el símbolo que el ser humano. Lo cual era previsible: estoy seguro de que, tanto en Cuba como -no digamos- en EEUU, hay miles de niños necesitados de ayuda a los que ni la comandancia castrista ni el alto mando anticastrista hacen el más mínimo caso.

Me pregunto si el futuro de Elián González tendrá aún remedio.

No sé si habrán visto ustedes ese reportaje televisivo del que tanto se habla, con Eliancito en plan de estrella invitada. A fuerza de agasajarlo y de ponerlo en el papel de pequeño Buda caribeño, están logrando que el chaval avance a marchas forzadas hacia la memez químicamente pura. Tiene ya un aire de mimado, melindroso y tontorrón que puede con él.

De las dos salidas que amenazan con darle, no se sabe cuál puede ser peor. Las dos tienen una pinta horrible. Si lo dejan en Estados Unidos, el papel que le están obligando a representar acabará seguramente por devorarlo. Dentro de unos años no será sino otro juguete roto del star system y ya no sabrá ni quién es -ni quién pudo ser- en realidad. Y si lo devuelven a Cuba, lo más probable es que se pase media vida amargándose, rumiando todo lo que se ha perdido: fama, honores, dinero... Contará a todo el mundo que hasta el presidenciable Al Gore quería convertirlo en ciudadano norteamericano de honor, como a la mismísima Reina de Inglaterra.

No oculto que a la mayoría de los críticos del circo político-mediático que han montado a costa de este chaval también nos interesa sobre todo su papel de símbolo. A nada que se deje de hablar del caso, lo olvidaremos por completo. Para qué engañarse: niños así, o en situación muchísimo más dramática, los hay a millones en el mundo, y los periódicos no se ocupan de ellos ni en los anuncios por palabras. Su tragedia -demasiado grande, demasiado duradera- no es noticia. Como dijo amargamente Leonard Cohen de Janis Joplin, «uno no puede ocuparse de cada petirrojo caído».

Es decir, que tampoco a nosotros nos interesa gran cosa lo que vaya a ser Elián González el día de mañana. Pero al menos no pretendemos que lo amamos.

Javier Ortiz. El Mundo (1 de abril de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de abril de 2013.

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2000/03/31 20:00:00 GMT+1

12-M: Acotaciones a un trabajo de campo

Este análisis fue publicado como artículo por la revista "Página Abierta" poco después de las elecciones del 12 de marzo de 2000.

Durante la jornada del pasado 12 de marzo, la empresa Sigma Dos hizo una amplia encuesta sobre el voto emitido. Realizó 78.976 entrevistas personales a la salida de los colegios electorales. El objetivo inicial de la encuesta era avanzar a las 20:00 horas del propio día 12, al cierre de las urnas, un pronóstico del resultado final de las elecciones.

El augurio que ofreció Sigma Dos a esa hora quedó, como es sabido, a bastante distancia de la realidad finalmente avalada por el escrutinio oficial. Lo cual, por lo demás, tampoco tuvo nada de particular: punto arriba, punto abajo, todas las empresas demoscópicas erraron en sus pronósticos.

Sin embargo, la encuesta a pie de urna de Sigma Dos no estaba mal hecha. De haberse atenido a los datos que arrojaba, limitándose a aplicar proporcionalmente el resultado de la muestra al conjunto de los votantes, sin introducir ningún otro factor de corrección, Sigma Dos hubiera podido anunciar a las 20:00 horas del día 12 que Aznar había logrado la mayoría absoluta. En lo que se equivocó, como se equivocaron las demás firmas del ramo -y no sólo ese día: también a la hora de los sondeos preelectorales-, fue, precisamente, en la selección de los factores de corrección aplicados a los datos puros y duros obtenidos del trabajo de campo.

Explico esto para justificar por qué creo que vale la pena detenerse a analizar ese trabajo de campo. Me parece del mayor interés, no porque muestre a quiénes votaron quienes votaron -para eso, mucho mejor atenerse al escrutinio oficial-, sino porque da cuenta de los trasvases de votos que se han producido en los últimos cuatro años: no sólo de unas candidaturas a otras, sino también del voto a la abstención y de la abstención al voto. A la vez, precisa también qué opciones han hecho esta vez quienes no votaron en las anteriores elecciones porque no habían alcanzado aún la mayoría de edad. Todo ello ayuda a hacerse una composición de lugar bastante más precisa que la que cabe extraer del mero recuento oficial.

La abstención

El resultado de la convocatoria electoral del pasado 12 de marzo que más ha llamado la atención -dejando de lado, obviamente, la victoria del PP por mayoría absoluta- es la altísima abstención que ha castigado tanto al PSOE como a IU.

Se ha dicho que hubo del orden de tres millones de votantes que respaldaron en 1996 las candidaturas del PSOE e IU y que no lo han hecho esta vez. En realidad han sido bastantes más, porque buena parte de los votos que ambas formaciones políticas han cosechado el 12-M procede de electores que, o bien es la primera vez que acuden a las urnas (por razones de edad), o bien votaron en 1996 a otras opciones, o bien se abstuvieron.

El caso de IU ilustra bien la importancia de este factor. La proporción de votos nuevos que ha recibido la coalición alcanza el 22,7% del total. Quiere esto decir que es falso que haya perdido algo más de la mitad de los votos que consiguió en 1996, como se está diciendo. En realidad, ha perdido el 63,3%. Casi dos votos de cada tres. (Nota. A partir de este punto, todos los datos que se manejan, salvo indicación en contra, proceden del citado sondeo "a pie de urna" realizado por Sigma Dos).

Todos los comentaristas políticos están de acuerdo en subrayar la importancia de la abstención pero, a la hora de explicar los resultados electorales del 12-M, la mayoría asigna un valor principal a otros factores. Así, están afirmando hasta la saciedad que muchos ex votantes del PSOE e IU se han inclinado en esta ocasión por el PP porque se han sentido atraídos por la «capacidad de gestión» del partido de Aznar, por su discurso «más moderno y positivo», etc. No es verdad. Hecha la suma de los que, habiendo votado al PSOE o a IU en 1996, esta vez han apoyado las candidaturas del PP, y restando de esa cifra el número de quienes votaron entonces al PP y ahora han preferido las papeletas del PSOE o IU, se constata que el cómputo final del voto tránsfuga del que se ha beneficiado el PP no llega al medio millón de sufragios (481.000, en concreto). Es menos del 4% del total de los votantes del PSOE e IU de hace cuatro años. Una muy exigua minoría.

Otro tópico al uso es el que se refiere al voto joven. Se dice que el voto juvenil se ha decantado esta vez por el PP, porque los jóvenes de hoy «hacen caso omiso de las etiquetas ideológicas» y van «a lo práctico». Nueva falsedad. El número de recién llegados a la mayoría de edad que ha votado al PP es sólo ligeramente superior al de aquéllos que han preferido al PSOE (38,5% en el primer caso, 33,3% en el segundo). A cambio, sí es cierto que IU ha recibido pocos votos de primera hornada: apenas pasaron del 7% del total de los sufragios recolectados por la coalición.

Aún más arbitrarias son las opiniones disfrazadas de diagnóstico objetivo que se están difundiendo en relación a las repercusiones electorales del acuerdo PSOE-IU. Joaquín Almunia sostuvo en la noche electoral, con mucho aplomo pero sin apoyo argumental alguno, que ese pacto no ha tenido influencia en los resultados de ninguna de las dos opciones políticas firmantes, ni para bien ni para mal. Es una afirmación puramente especulativa. Como lo es la proposición contraria, a la que se han apuntado otros destacados socialistas, como Alfonso Guerra, Juan Carlos Rodríguez Ibarra y Francisco Vázquez. Aun aceptando que los dirigentes del PSOE optaran por aliarse con IU a la desesperada, a la vista de que los pronósticos que les llegaban eran francamente desfavorables, nada permite concluir que su pacto no haya contribuido a empeorar todavía más su resultado.

(El caso de IU es parcialmente diferente. Según un sondeo publicado por La Vanguardia al comienzo de la campaña electoral, más de un tercio de los electores de IU de 1996 veía con serias reservas, cuando no con franca hostilidad, el acuerdo de la coalición con el PSOE. Planteé el dato a Francisco Frutos en una conferencia de prensa y respondió que le parecía verosímil. Le pregunté igualmente si consideraba la posibilidad de que ese acuerdo no le aportara votos moderados, pero que a cambio le hiciera perder bastante por la izquierda, y contestó que no descartaba tal cosa. «Hemos hecho una apuesta arriesgada, sin duda», añadió. A la vista de la espectacular fuga de votos que ha sufrido -más del 63% de sus votantes de 1996 le han sido infieles el 12-M-, no parece arriesgado deducir: a) que, en efecto, la nueva dirección de IU hizo una apuesta muy arriesgada; y b) que la ha perdido.)

Un electorado variopinto

Las personas que están más inmersas en el mundo de la política tienden a considerar que las opciones de voto responden a reflexiones políticas relativamente concienzudas y, por ende, no demasiado variables (salvo vuelco ideológico del elector, se entiende).

Pero eso dista de ser exacto. El análisis concreto de los vaivenes electorales revela que buena parte de los electores es perfectamente capaz de dar giros copernicanos en la dirección de su voto.

Tomemos el ejemplo de la evolución de los votantes del PSOE entre 1996 y el 2000. De los 9.426.000 votantes que le apoyaron en las anteriores elecciones, ha conservado 6.782.000. 506.000 han pasado a votar al PP, 146.000 a IU, 34.000 a CiU y 273.000 a otros partidos, en tanto 1.685.000 han optado por abstenerse. A cambio, ha recibido 187.000 votos procedentes del PP, 228.000 de IU, 20.000 de CiU, 49.000 de otros partidos y 104.000 de ex abstencionistas, aparte de los 459.000 procedentes de jóvenes que han llegado a la mayoría de edad en los últimos cuatro años.

Todavía más llamativo es lo ocurrido con IU, a cuyos votantes tiende a atribuirse un elevado grado de ideologización. Pues bien, de los 2.640.000 votos que consiguió la coalición de Anguita en las elecciones de 1996, ha conservado 969.000. 228.000 han pasado a votar al PSOE, 90.000 (sic) al PP, 3.000 a CiU y 203.000 a otros partidos. 1.147.000 se han abstenido. A cambio -a poco cambio, ciertamente-, ha recolectado 146.000 votos procedentes del PSOE, 18.000 del PP, 3.000 de CiU, 13.000 de otros partidos, 14.000 de anteriores abstencionistas y 91.000 de jóvenes que se han estrenado como votantes.

Quiere esto decir que la movilidad del electorado español es lo suficientemente amplia como para que resulten traicioneros los análisis que se limitan a comparar los votos obtenidos por cada candidatura en unas elecciones con los que ha mantenido en las siguientes. Los votos computados como fijos son ésos, pero los votantes pueden no ser -no son, en proporción considerable- los mismos.

También la abstención, incluso la que no procede de la indiferencia política, puede responder a más factores de los que habitualmente se tienen en cuenta. Por ejemplo: habría que ver cuántos votantes del PSOE no se han tomado el trabajo de votar solamente porque veían que Almunia iba a perder, y no tenían interés en compartir su derrota. Porque, del mismo modo que siempre hay votantes dispuestos a acudir en auxilio del ganador, los hay que huyen a escape del perdedor.

¿Adónde conducen estas acotaciones? Adonde quiera cada cual. Sólo he tratado de llamar la atención sobre lo compleja que es la realidad que se esconde tras los resultados electorales y de alertar contra los análisis simplistas.

Javier Ortiz. (Marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de enero de 2018.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

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2000/03/29 07:00:00 GMT+1

Entre bombas y palabras

Carlos Herrera es un extraordinario profesional de la radio. Tiene talento para dar y tomar, y sabe rodearse de colaboradores de primera. Su programa de las mañanas en Radio Nacional, de 10 a 1, proporciona a la audiencia una compañía amena, bienhumorada e inteligente. Y cómplice, porque consigue que la audiencia se sienta parte del tinglado. Y que lo sea.

He escrito «de 10 a 1». Ya sé que su espacio empieza mucho antes. Pero lo que hace hasta el noticiario de las 10 me interesa mucho menos. Ahorro adivinanzas: es que no simpatizo ni poco ni mucho con sus criterios políticos, que él no hace nada por disimular (más bien todo lo contrario). Además -y a diferencia de casi todas las otras materias que aborda-, en las cosas de la política adopta a menudo actitudes dogmáticas e intolerantes, sobre todo cuando habla de los nacionalismos, en general, y del vasco en particular.

Bueno, y qué. Él tiene todo el derecho a opinar como le venga en gana, y yo, con tal de no conectar su programa hasta después de las 10, cuando se pone mano a mano con Javier Capitán, el ciudadano García y los demás, tan ancho. A partir de ahí, con tal de no hacer demasiado caso de algunos de sus gustos musicales -le he oído decir pestes de Jacques Brel y Leonard Cohen y maravillas de tonadilleras que me resultan verdaderamente infames-, pues tan a gusto.

Lo cual digo a modo de prólogo de dos afirmaciones.

La primera: que los que le han enviado un paquete bomba son una banda de enloquecidos que han perdido todo contacto con la realidad de las cosas y -ay- de la vida. Esa gente no entiende que el derecho de autodeterminación no implica sólo la posibilidad de promover la independencia de Euskadi, sino también la plena libertad de oponerse a ella. Para todo aquel que aspire realmente a una Euskadi libre, tan importante debería ser lo uno como lo otro.

Segunda: no es aceptable que se diga que quienes han criticado las intervenciones políticas de Carlos Herrera -así lo hayan hecho de modo desabrido- hayan dado pie a que se atente contra su vida. Eso de que «unos señalan con el dedo y otros aprietan el gatillo» tan sólo sirve para coartar la libertad de expresión. ¿Qué se pretende? ¿Prohibir que quepa criticar a todo aquel que ETA haya incluido en alguna de sus macabras listas de espera? Este periódico valoró muy negativamente algunas de las actuaciones profesionales de Francisco Tomás y Valiente. ¿Fue acaso cómplice de su asesinato? ¡Por Dios!

No nos dejemos arrastrar hacia el fangoso terreno de la amalgama. Si hondo es el abismo que separa las bombas de las palabras, no lo es menor el que aleja las palabras de las bombas.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de abril de 2011.

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2000/03/25 07:00:00 GMT+1

Las calles de Santander

Entre los numerosos e indiscutibles atractivos de Santander -casi todos ampliamente glosados por las guías turísticas al uso-, hay uno, muy pintoresco, del que sorprendentemente jamás se habla. Me refiero a la posibilidad que ofrece la capital de Cantabria a sus visitantes de combinar el placer de recorrer sus bien trazadas avenidas, calles y paseos con la realización de didácticos viajes por el túnel del tiempo.

Ignoro por qué los sucesivos ayuntamientos santanderinos no han incluido hasta ahora tan fascinante opción entre las muchas que propalan sus folletos propagandísticos. A cambio, la he encontrado en un tríptico titulado Santander Monumental, editado, en gesto de encomiable civismo subsidiario, por el Ateneo Libertario de Cantabria.

Para que luego digan de los anarquistas.

Con afán sintético, recogeré aquí sólo tres posibles itinerarios de estos que Santander propicia como ninguna otra urbe española.

Primer itinerario. Se parte de la calle Alcázar de Toledo. Se toma a continuación por División Azul, se sigue por General Dávila y Héroes de Baleares y se desemboca en la Plaza Pilar Primo de Rivera para, desde allí, y atravesando la calle Sargentos Provisionales, acabar en la Plaza del Generalísimo, que es donde -lógicamente- se encuentra el Ayuntamiento.

Segundo itinerario. Se arranca de Alféreces Provisionales. Se sigue por Belchite y Columna Sagardía hasta recalar en la plaza de Matías Montero, con estatua incluida. Tras gritar «¡Presente!», el turista desvía por la calle Héroes de la Armada hasta que arriba a la Plaza del Reenganche (sic). Luego, a través de la calle Zancajo Osorio, desemboca de nuevo, cómo no, en la Plaza del Generalísimo.

Tercer itinerario. Se inicia en Almirante Cervera -un eco del 98-, se continúa por Brunete y Calvo Sotelo, se hace parada y fonda en Falange Española, se llega a General Camilo Alonso Vega y, ya de susto en susto, todo tieso por General Mola, se retorna a la tantas veces mencionada Plaza del Generalísimo.

Estos periplos permiten, ya de paso, admirar debidamente los monumentos erigidos en recuerdo de Franco, de los Caídos en el Faro, de los Caídos de la IV División de Navarra, de los Caídos en la Liberación de Santander -que, en contra de lo que podría pensarse, no es un monumento futurista-, de los Alféreces Provisionales y de las Legiones Italianas. Entre otros.

Dice José María Aznar que está muy feo resucitar el fantasma de la Guerra Civil. Qué gran verdad. Pero ése es un reproche que no cabe dirigir a sus correligionarios santanderinos. Ellos no resucitan nada. Han puesto mucho cuidado en mantener todo muy vivo.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de marzo de 2012.

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2000/03/23 07:00:00 GMT+1

Los ideales de Micaela Navarro

La dirección dimisionaria del PSOE busca con ahínco «gente nueva y con experiencia» a la que situar en la nueva jefatura del partido. Micaela Navarro, secretaria de Participación de la Mujer en la Ejecutiva teóricamente saliente, es, según se cuenta, una de las personas a las que la vieja guardia felipista proyecta asignar esa tarea.

No tengo nada en contra -ni a favor- de su hipotética designación, por más que me resulte chocante que traten de presentar como «nueva» a una dirigente que ya formaba parte de la anterior Ejecutiva. Aunque no se hiciera notar gran cosa, su voto contribuyó como el que más a la toma de las decisiones que han llevado al PSOE al fiasco del 12-M. Pero, bueno, ésos son asuntos internos del Partido Socialista, y yo ni tengo ni quiero tener vela en ese entierro.

Interesado de todos modos en saber qué aires innovadores puede aportar doña Micaela a su agobiado partido, leí anteayer con atención unas declaraciones suyas en las que exponía las ideas-fuerza que, según ella, deben alumbrar la nueva etapa socialista. Afirma Navarro que «una de las señas de identidad del Partido Socialista siempre ha sido la solidaridad, la justicia y la igualdad entre todos los seres humanos». Y sentencia: «Esos son los principales ejes».

Como ideales multiuso, la solidaridad, la justicia y la igualdad podrían servir de excelente guión para un sermón parroquial. Como ejes de una nueva línea política, sin embargo, mucho me temo que den un juego más bien limitado.

Me dirán ustedes: «Pero es que ella propone llenar esas ideas de contenido». Pues ahí está la cosa; que tampoco. Porque precisa que su concepción de la solidaridad, de la justicia y de la igualdad es la misma que ha sustentado el PSOE en el pasado. Tanto es así que afirma que esa es «desde siempre» una «seña de identidad» de su partido.

Es evidente que, hasta ahora, el PSOE se ha planteado lo de su renovación como cosa de pura mercadotecnia: se resigna a cambiar de planteamientos no porque tenga nada contra los anteriores, sino porque ve que ya no venden como antes. Si Micaela Navarro hubiera pensado un poco en que quizá tenga que encabezar un cambio de rumbo político real, evitaría asumir esa defensa acrítica del pasado. ¿Qué quiere: que le repliquemos recordándole la solidaridad de la Guerra del Golfo, la justicia de los GAL y la igualdad de los contratos basura?

Dicen en el PSOE que no solo van a discutir sobre «caras», sino también sobre principios. Pero para discutir sobre principios hay que cumplir una condición previa: tenerlos. Ahí el PSOE puede toparse con una dificultad insuperable.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 19 de marzo de 2013.

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2000/03/22 07:00:00 GMT+1

Consejeros del PSOE

Hay un montón de gente que sabe perfectamente lo que debería hacer el PSOE para salir de su marasmo. Es pena que ninguno de los que tienen las ideas tan claras pertenezca al PSOE.

Casi todos éstos que pretenden saber por dónde discurre la senda de salvación del socialismo hispano sostienen que el PSOE tiene que «renovarse de arriba abajo», «refundarse», «hacer una catarsis», «cambiar de política y de dirigentes» y cosas por el estilo.

Entiendo que sus propuestas no susciten ningún entusiasmo en la vieja guardia de Ferraz. Se parecen a la del pediatra que, tras examinar con mucho detenimiento al niño enfermo, les dijo a los padres que lo mejor que podían hacer era tirarlo a la basura y comprarse otro nuevo. Están sugiriendo a gente que lleva hasta un cuarto de siglo en ésas, encantada de gozar de las glorias del telediario y de las satisfacciones del mando, que se despegue del sillón, se vaya a su casa y no vuelva más. Eso, más que una propuesta de salida, parece una invitación al suicidio político colectivo.

Se empeñan en proponer a los dirigentes del PSOE respuestas que no tienen nada que ver con las preguntas que ellos se plantean. Los Chaves, Bono, Jáuregui y demás Rubalcabas no tratan de saber cómo habría que transformar el PSOE para que fuera un partido fetén. Lo que quieren saber es cómo podrían arreglárselas para que su PSOE levante cabeza.

Casi siempre se evoca mal la fórmula supuestamente célebre con la que el príncipe de Lampedusa afrontó el hundimiento de la vieja nobleza rural siciliana. Se suele citar: «Hace falta que algo cambie para que todo siga igual». Pero la sentencia del protagonista de El Gatopardo fue otra. Dijo: «Hace falta que todo cambie para que todo siga igual».

Para asumir ese «todo» hace falta mucha lucidez, sí, pero también una gran disposición a inmolar la pequeña causa personal en aras del interés del Poder en su conjunto.

Aquí nadie posee una capacidad de renuncia como ésa. No la tiene la dirección del PSOE, que lo que busca es precisamente que cambie «algo» -cuanto menos, mejor- para que todo siga igual. Pero tampoco la tienen quienes reclaman a los jerifaltes socialistas que se avengan a que cambie «todo», ellos incluidos, porque en semejante apuesta los recomendadores no arriesgan nada.

«¡O transforman el PSOE de arriba abajo o lo hunden!», claman los consejeros de ocasión. Digo yo que una de dos: o ese partido responde a una necesidad social -y entonces seguro que sobrevive, de un modo o de otro- o no. Y, en ese caso, tanto da que se hunda.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de marzo de 2012.

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2000/03/18 07:00:00 GMT+1

La izquierda indefinida

Urge deshacer un equívoco: no todos los que sostenemos que no resulta operativo dividir el panorama político entre izquierda y derecha estamos pensando en lo mismo. Ni mucho menos.

Los hay que pretenden que la división izquierda/derecha está superada porque las sociedades modernas ya no albergan grandes divisiones de ese género. Según ellos, lo que las ciudadanías actuales demandan a las fuerzas políticas es eficacia, administración honesta y sensatez, virtudes que -dicen- no remiten al terreno de la ideología, sino a los de la pericia técnica y la probidad personal.

No estoy en absoluto de acuerdo con ese punto de vista. No creo que exista ninguna eficacia que sea económica y políticamente aséptica. La experiencia diaria demuestra que casi todo lo que es eficaz y benéfico para unos sectores sociales tiene efectos negativos para otros. Las sociedades actuales siguen albergando intereses contradictorios, excluyentes. La paz social que vivimos en el presente no es fruto de la armonía general, sino de la capacidad de imposición de los unos y de la resignación de los más.

¿Por qué digo, entonces, que servirse del término izquierda mueve al equívoco? Justamente por eso: porque no da cuenta de una actitud ni siquiera mínimamente homogénea ante las contradicciones sociales.

No hay problema de trascendencia que divida a las sociedades de hoy en el que no nos encontremos con que la gente que se dice de izquierda está todavía más dividida que la propia sociedad.

Pongamos el caso de España: hay una izquierda que asume el vigente modelo neoliberal de construcción europea y otra que lo rechaza de plano; una izquierda centralista y otra federalista, o incluso separatista; una izquierda que está a favor de la OTAN y otra que la pone a caldo... Por abreviar: un término que mete en el mismo saco a Felipe González y al subcomandante Marcos, a Rosa Díez y a Arnaldo Otegi, a Barrionuevo y a Lasa y Zabala, a Tony Blair y a Gerry Adams, a Carlos Solchaga y a Julio Anguita, a Javier Solana y a Tirofijo, a Rodríguez Ibarra y a Angel Colom -digamos, por no prolongar más la lista- es un término que despista más que aclara.

Por eso he considerado siempre -y más concretamente en la última campaña electoral- que predicar la unión de la izquierda, de ese conjunto indefinido e indefinible, es un disparate. Sólo tiene de común la fantasmagoría de un término que la tradición ha enquistado en el lenguaje.

Decía René Descartes: «No disputaré por palabras, a condición de que me digan qué significan». Yo me apunto a lo contrario: me rebelaré siempre contra las palabras que no se ajustan a lo que fingen significar.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de marzo de 2011.

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2000/03/15 07:00:00 GMT+1

Problemas de comunicación

Lo dijo Almunia justo antes de anunciar su dimisión: «No hemos sabido transmitir nuestro mensaje al electorado de izquierda». Un mero problema de comunicación, en suma.

Y un cuerno. Su mensaje ha llegado al electorado de izquierda -y al de derecha, y al de centro- por activa y por pasiva, día tras día, durante los cinco interminables meses que ha durado esta campaña electoral.

Si por «transmitir» se entiende persuadir, la realidad está más cerca del polo opuesto: es realmente extraordinario que un mensaje como el suyo, construido sobre la negación pura, haya satisfecho a tanta gente.

También Frutos ha echado mano de los problemas de transmisión para explicar su fracaso.

También él se equivoca.

Jamás en una campaña electoral IU había merecido tanta y tan benevolente atención de los mass media. Todo el electorado ha sido debidamente informado de que, por fin, IU se presentaba ante las urnas bajo la batuta de alguien razonable y sensato, que hacía propuestas posibilistas y se dejaba de orillas excluyentes. Resultado: menos de la mitad de los votos.

El problema de Frutos -uno de sus problemas- es que sustentó su táctica sobre un principio erróneo. Pretendió que el objetivo prioritario de estas elecciones era echar a Aznar y al PP del Gobierno, como fuera y para cambiarlos por quien fuera. Incluso por Almunia y el PSOE. Se apuntó a la promoción de una unidad de la izquierda ficticia por partida doble -ni había verdadera unidad ni eso es la izquierda- y menospreció el peso del antifelipismo militante en su electorado potencial.

¿No buscaba realismo? Ha tenido ración doble: tras perder la mitad de sus apoyos, se encontrará pronto con que el PSOE no querrá ni verlo, a la vista del desastre que ha cosechado yendo en alianza con él. Con lo cual IU se quedará sin votos... y sin identidad.

Se dice que esta improvisada unidad de la izquierda ha fracasado porque pivotaba sobre un PSOE ajado, lastrado por el peso de un pasado vergonzoso. Me da que ésa no es la razón fundamental de su derrota. No creo que haya millones de electores españoles arrebatados por un ansia de decencia irresistible. Sí los veo, en cambio, dudando de que con ese Almunia con olor a naftalina fueran a salir ganando gran cosa. Muchos votantes españoles son espontáneamente conservadores: sólo cambian de gobernantes cuando los que están se hunden. Como la UCD en 1982. Como el PSOE en 1996.

Al margen de lo cual, los socialistas deberían remozarse. Si no por ética, al menos por estética. De lo contrario, corren el riesgo de no estar presentables ni siquiera cuando el PP se hunda.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de marzo de 2012.

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2000/03/11 07:00:00 GMT+1

El testigo hostil

Dentro del sistema procesal de los EE.UU. -que aquí, gracias a la TV, conocemos mejor que el nuestro-, las partes pueden pedir al tribunal, si un testigo se les pone borde, que sea declarado hostil. En el caso de que el tribunal acceda, el testigo queda obligado a responder solo con un sí o con un no. Para lo cual, como es obvio, se le deben formular preguntas que quepa contestar con uno de esos dos monosílabos.

Testigo hostil de la realidad actual, desearía que las partes en litigio electoral sólo me hicieran preguntas que pudiera responder con un sí o con un no.

Lo que no sé es qué diablos podrían hacer con mis respuestas. «¿Quieres que gobierne Aznar?». «No». «¿Y que lo haga Almunia?». «No». «¿Y Frutos?». «No». (Y para mis adentros: «Ahora que sé que le cedería mi apoyo a Almunia»).

Es la gran ventaja que tiene el procedimiento del referéndum, siempre que la pregunta a la que debas contestar no sea un caos: no sólo te deja administrar muy bien tu criterio -punto clave-, sino que además te pronuncias sobre una idea; no sobre un menda.

Porque ésa es otra.

Me da que la inmensa mayoría no es consciente de la enorme cesión de soberanía individual -o sea, de independencia personal- que supone votar a tal o cual lista en unas elecciones generales. Implica delegar durante cuatro años en un puñado de individuos nuestra capacidad de intervención en los asuntos públicos. Es una decisión en extremo delicada, que requiere de un grado de confianza muy elevado. Supongo que usted no otorga al primero que pasa por la calle el derecho a administrar su cuenta corriente y a decidir, en su nombre y con plenos poderes, qué paga y qué no. Pues el voto es lo mismo, pero a gran escala.

«Si todo el mundo pensara como tú, sería imposible elegir un gobierno. Sería la anarquía», me objeta mi buen amigo Gervasio Guzmán, probablemente sin darse cuenta de hasta qué punto acierta.

Le respondo: si la gran mayoría pensara como yo, las elecciones serían muy diferentes. Pero no a la hora del voto; desde el principio. En realidad, la propia sociedad sería muy diferente. No sé si mejor -la experiencia me ha enseñado a ser bastante escéptico con los resultados prácticos que arrojan las mejores intenciones-, pero, en todo caso, diferente. De modo que no vale la pena ni plantearse qué podría pasar si «todo el mundo» pensara como yo. Semejante cosa no ocurrirá nunca.

Por lo demás, no reflexiono en voz alta para invitar a los demás a hacer o a no hacer esto o aquello. Me limito a contar lo que pienso. Y que cada cual se apañe.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de marzo de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/03/11 07:00:00 GMT+1
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2000/03/08 07:00:00 GMT+1

Un problema de educación

Se indignan: pero ¿cómo puede ser que, después de todo lo que hicieron durante 13 años los mandamases del PSOE -crimen de Estado, corrupción a espuertas-, haya todavía tanta gente dispuesta a darles su voto?

«¡Qué pronto y con qué facilidad se olvidan los españoles de todo!», se me queja un amigo.

«Te equivocas», le contesto. «No se han olvidado. Sencillamente, no les parece tan importante. Están acostumbrados a dejarlo pasar. ¿Asesinatos? ¿Robo? Cosas que ocurren. Ya se sabe cómo es la política. ¡Pelillos a la mar!».

¡Con cuánta razón -por más que involuntaria- llamó Aznar a lo suyo «la segunda Transición»! La primera ya se basó en un gran ejercicio de perdón y tabla rasa. La clase política decidió que no había que pedir cuentas por los crímenes del franquismo. Sus responsables ni siquiera fueron condenados al ostracismo: se les permitió entrar en la democracia parlamentaria por la puerta grande. Como a demócratas de toda la vida.

Se hizo entonces un formidable esfuerzo propagandístico para convencer a la población de que exigir que se aplicara la ley a los que hicieron de todo durante la dictadura era un prurito radical, absurdo y pernicioso. Su esfuerzo alcanzó un éxito rotundo: gracias a él, la inmensa mayoría de los españoles se habituó a conceder un peso ínfimo -o nulo- a las consideraciones éticas a la hora de evaluar la labor política. De modo que hacen legión los que se limitan a aplicar en el presente lo que se le enseñó en el pasado. ¿Por qué habrían de mirar con peores ojos a Rubalcaba que a Martín Villa? ¿A cuento de qué han de repudiar que González sea diputado por Sevilla y admitir a cambio que Fraga sea presidente vitalicio de Galicia?

«Son diferentes circunstancias. No cabe comparar la España de 1977 con la de 1996, y aún menos con la del 2000», responderán algunos. Pero los imperativos éticos se caracterizan precisamente por su validez universal. A esos efectos, da lo mismo el 77 que el 2000. Solo apelando a las conveniencias y dándoles prioridad sobre la moral se puede pretender que en 1977 era bueno limpiarse el trasero con la ética, pero que ahora eso es ya inaceptable. Intente probar quien así piense que a los franquistas había que perdonarles todo, pero que a los felipistas no hay que pasarles ni una. A ver si lo logra.

Hay dos tipos de oponentes a la amnesia del felipismo. Estamos, de un lado, quienes siempre nos hemos negado a hacer borrón y cuenta nueva con los gobernantes indignos. Con todos. Y están, del otro, los que niegan el pan y la sal a los felipistas por una sola razón: porque son felipistas.

Javier Ortiz. El Mundo (8 de marzo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de marzo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/03/08 07:00:00 GMT+1
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