Fin de 1870, tal vez comienzos de 1871. Arthur Rimbaud escribe Les assis, un poema barroco, corrosivo: once estrofas de feroces alejandrinos; una impresionante y prevallejiana requisitoria contra los burócratas, plagada de su propio lenguaje de libérrima invención: hargnosités, percaliser...
No soy un exquisito. De poetas franceses, lo más que sé se lo debo a la música. A Brassens, Ferrat, Barbara, Montand, Ferré. Si conozco el poema de Rimbaud es porque Mercedes Reig, la mejor traductora que jamás haya tenido Boris Vian a la lengua castellana -la llamábamos Fiti: se murió sin querer-, me prestó el disco que el autor de Le piano du pauvre dedicó a musicar poemas de Verlaine y Rimbaud.
Cómo se lo agradezco.
Maravilla pura.
Maravilla el poema, maravilla -doble maravilla- el trabajo de Leo Ferré. Tomó los versos de Rimbaud, les buscó una música de orfebre que los rodean como un guante y, cuando ya lo tenía todo... ¡no lo cantó!
La orquesta suena al fondo, el piano apunta la melodía y Ferré recita, escupe los versos.
Sólo en una estrofa amaga el canto. Pero lo interrumpe al poco, despectivo.
Es el genio. Sólo un genio es capaz de crear una obra tan bella, tan perfecta y, una vez que la ha creado -soberbio, jupiterino- destruirla ante tus propios ojos, quiero decir: ante tus mismos oídos.
Pero no hay genios.
Nadie es genial. Hay gente que hace cosas geniales, eso sí.
Genial se está. No se es.
Recuerdo unas declaraciones de Ferré en 1970, recién separado de su mujer. Qué manera tan zafia de insultarla, de insultarse. Las cosas que dijo de ella. Pisoteándola, pisoteaba buena parte de su propia biografía. ¿Era ese tipo, tan cutre y tan desagradable, el compositor inmenso de L'Afiche Rouge, el gran intérprete de C'est ainsi que les hommes vivent? Sí, era él: un genio y un miserable. A la vez.
Quevedo, el gran Quevedo, era un lameculos. Albert Einstein tenía opiniones perfectamente estúpidas sobre música. Picasso fue un rácano insoportable. Marx dejó preñada a su criada. ¿Y qué no decir del mismísimo Dios, que ni siquiera existe?
Humanos: contradictorios. Capaces de lo sublime, incapaces de lo más nimio. Tiernos, crueles, listísimos, imbéciles. Todo en una pieza.
Qué raza. Qué maldita, qué increíble, que fantástica raza.
Pero escucho Les assis, y se me pone la piel de gallina.
Pero recita Ferré, y un calambre me recorre la columna vertebral.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de julio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de julio de 2012.
La desidia, deporte nacional. Se diría que el santo y seña de buena parte de los españoles fuera el revés del clásico: «Todo aquello que merece ser hecho, merece ser mal hecho».
Tomado del boletín informativo de una radio pública a las 12 del mediodía del pasado sábado: «La huelga del transporte de pasajeros en Madrid está siendo secundada por 800 trabajadores de 1.200 empresas».
Evidentemente, nadie se tomó la molestia de repasar ese texto antes de que fuera leído. De hacerlo, se habría dado cuenta de que 1.200 empresas dedicadas al transporte de pasajeros por carretera son demasiadas empresas, incluso para una gran ciudad como Madrid, y de que, a cambio, si repartimos 800 trabajadores entre 1.200 empresas, toca a muy pocos trabajadores por empresa.
Prosigue el noticiario hablando de la inauguración de un nuevo enlace por ferrocarril y carretera entre Dinamarca y Suecia, gran obra de ingeniería. El locutor nos informa de que el enlace incluye... «un puente submarino». ¡Toma ya! La crónica del corresponsal, con el que conectaron acto seguido, ya dejó la cosa no sólo más clara, sino también más seca: se trataba, por supuesto, de un túnel.
Es cómico, pero no tiene gracia. Es un ejemplo de la desidia con la que se trabaja en este país -y en muchos otros, imagino- en las más diversas profesiones, incluida la mía. O sobre todo en la mía.
Pero hay otra España.
Todavía no me he repuesto del susto que me ha proporcionado un sello discográfico español que se llama Resistencia. Especializado en músicas de ésas que ahora se dicen étnicas -o sea, no iguales entre sí-, ha sacado hace poco al mercado discográfico local una excelente colección de música griega. De los más diversos estilos. Un trabajo primoroso en el que, no obstante, echo en falta un disco de Manos Hadjidakis que me trajeron de Grecia en el año de la polca, que tengo muy deteriorado y que me encantaría reencontrar.
Aunque sin mucha esperanza, les mando un correo electrónico preguntándoles por ese disco. Pues bien, cuál no será mi sorpresa cuando, pocas semanas más tarde, me responden y me cuentan: que se han puesto en contacto con el sello griego que sacó el disco en cuestión -del que, ya de paso, me proporcionan un montón de datos que yo ignoraba-, que han sabido que hace unos años fue reeditado en CD... ¡y que han encargado dos ejemplares, por si yo quiero uno!
Alucino: ¡unos españoles que no sólo trabajan bien, sino que hacen incluso más de lo que les pides, por amor -literalmente- al arte!
Rectifico añejos criterios. Se ve que también existe esa España.
No todo está perdido.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de julio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de septiembre de 2012.
La utilización de la enseñanza de la Historia al servicio de las necesidades del poder político que la controla es una práctica tan vieja como la propia disciplina escolar. Stalin llegó a teorizarlo con cándido cinismo: «La Historia es un arma para la lucha política del presente», escribió. En los libros soviéticos de Historia, los personajes entraban o salían y eran héroes o villanos según las conveniencias del momento.
Otros no lo reconocen, pero hacen tres cuartos de lo mismo.
Estoy seguro de que la denuncia que ha hecho pública la Academia Española de la Historia tiene base. No dudo ni por un momento de que la Generalitat de Cataluña y el Gobierno de Euskadi propician una enseñanza de la Historia que refleja su propia visión del devenir de sus pueblos respectivos. Me habría extrañado lo contrario.
La Academia de la Historia se enfurece y dice que los políticos no tienen que reinterpretar el pasado; que deben limitarse a propiciar que se enseñe tal cual fue. ¡Tal cual fue! Qué bobada.
En contra de lo que la Academia parece dar por hecho, la Historia dista de ser una ciencia exacta. Tanto la selección de los hechos que se incluyen en ella como su valoración implican decisiones cargadas de ideología. Hace pocos meses, el PP recordó a Joaquín Almunia que, en contra de lo que él había afirmado, «nosotros» «no perdimos» la batalla de Lepanto, sino que «la ganamos». ¿Por qué no intervino entonces la Academia Española de la Historia para decir que «nosotros» ni «ganamos» ni «perdimos» aquella batalla, más que nada porque no participamos en ella, por obvias razones de edad?
La Academia no repudia la interpretación nacionalista del pasado. Lo que rechaza es que puedan meter baza nacionalismos distintos del español. Que haya quien pretenda, por ejemplo, que la gloriosa batalla de Almansa, que permitió a los borbones hacerse con el pleno control de los reinos de Aragón y de Valencia, fue en realidad un desastre. Sin embargo, hay un refrán valenciano que dice que «Quan el mal ve d'Almansa, a tots alcança» («Cuando el mal viene de Almansa, a todos alcanza»). Es otra visión de la Historia: la de los perdedores. ¿Qué debe contar el profesor a su sufrido alumnado: que aquella batalla la «ganamos» o la «perdimos»? Al final, todo el secreto está en ese «nosotros»: en la identidad nacional. Y la cosa es que hay varias. Y contradictorias.
La UE podría decretar que se homologaran los libros de texto. No habría mayor problema con los de Física, Química o Matemáticas. Pero, ¿se imaginan el follón que se armaría a la hora de hacer el libro de Historia Unificada Europea? A ver qué guapo acertaba a explicar lo de Waterloo, Austerlitz, Verdún o Bailén a gusto de todos.
Y es que ese es el asunto: que «todos» no somos «nosotros».
Javier Ortiz. El Mundo (1 de julio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de mayo de 2013.
Fue un fenómeno típico del trecenato de González. Como quiera que el gran líder decía «por consiguiente» sin parar, viniera o no a cuento, todos los prebostes del PSOE, en un afán probablemente inconsciente de emular al jefe, hicieron suyo el latiguillo. Hubo porconsiguientes a porrillo.
El tópico de José María Aznar es «en términos de». Todo lo que dice es «en términos de». (A veces, cuando quiere adornarse, se estira y dice «en términos de lo que es y significa»).
De modo que ya tenemos al PP entero hablando «en términos de». Y no sólo al PP: también muchos dirigentes del PSOE hablan «en términos de». A cambio, el «por consiguiente» ha caído totalmente en desuso, lo que informa más sobre la situación política real que media docena de sondeos.
Otro comodín discurseante de Aznar -ergo del aznarismo en masa- es el recurso a «los países de nuestro entorno». Cuando se propone colar algo, lo primero que hace es argumentar que ese algo ya existe «en los países de nuestro entorno». O a la inversa: si lo que quiere es descalificar algo, nunca deja de afirmar que ese algo sería del todo impensable «en los países de nuestro entorno».
Cojo el mapa y le doy un vistazo. Así, lo que se dice «en nuestro entorno», aprecio que tenemos a Francia -bueno, y a Andorra- por el norte, a Portugal por el oeste y a Marruecos por el sur. No veo que sea un conjunto homogéneo «en términos de» nada.
Ayer escuché a un comentarista de recio aznarismo afirmar que la compra de acciones que realizó Juan Villalonga con información privilegiada habría sido sin duda castigada con pena de cárcel «en EE.UU. y en cualquier otro país de nuestro entorno». ¡Caramba con el entorno; cómo se expande!
Mi idea sobre el funcionamiento de la justicia en EE.UU. y en los otros «países de nuestro entorno» no es tan optimista. Si lo que tratan de decirme es que hay Estados que cuentan con leyes que castigan ese tipo de comportamientos, vale. Pero no intenten convencerme de que las aplican siempre y sin mirar a quién, porque no es verdad. Lo característico de «los países de nuestro entorno» -y, ya de paso, también del resto- es que los que están forrados de millones salen muy bien librados de su paso por los tribunales. Cuando pasan.
Hay sólo un tipo de ricacho que corre peligro real en los países «de nuestro entorno»: el advenedizo que no respeta las reglas del juego de la clase dominante. Ejemplo: Mario Conde.
Villalonga está tratando de imponer sus propias reglas. Y su propio juego. Ahí reside su riesgo. Eso -y tan sólo eso- es lo que puede convertirlo en un Conde bis.
Que haya violado o no una u otra ley es secundario. Aunque acabe siendo lo definitivo, ay, de su muy singular biografía.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de julio de 2012.
Hacía ya tiempo que no veía una tomadura de pelo tan descarada. Fue el pasado miércoles y se produjo en el Parlamento, con el inestimable concurso del Consejo de Estado.
El Congreso de los Diputados decidió por abrumadora mayoría que no existe incompatibilidad de ningún tipo entre la Constitución Española, que concede al Rey irresponsabilidad penal total -el monarca no puede ser juzgado por nada, haga lo que haga-, y la adhesión de España al Tratado por el que se crea el Tribunal Penal Internacional (TPI), fundado sobre el principio de que ningún gobernante, por alto que sea su cargo, puede quedar fuera del ámbito punitivo de la ley.
La decisión del Parlamento, realmente llamativa, se basó en un argumento que le ha suministrado el Consejo de Estado: «dado que todo acto del Rey se refrenda por el Gobierno», siempre habría en nuestro país «alguien imputable», caso de producirse aquí un delito perseguible por el TPI. Dicho lo cual, el Congreso -con el voto en contra de IU, el PNV y EA- dio el asunto por concluido.
Sus señorías tienen un morro que se lo pisan. Saben de sobra que eso no es una argumentación, sino una broma de mal gusto.
En primer lugar, porque les consta que, cuando se produce un delito, lo que debe hacer la Justicia no es buscar «alguien imputable», sino proceder contra todos los que hayan intervenido en su comisión. De modo que, si entre el Rey y el Gobierno se montan un delito, han de ser castigados el uno y el otro; no basta con condenar a «alguien».
En segundo lugar, saben igual de bien que las actuaciones que ha de perseguir el TPI no son del tipo de las que se justifican por ley. El crimen de Estado se practica; no se legisla. ¿Se imaginan ustedes? «Decreto-Ley de Persecución de los Gitanos», «Ley Orgánica de Usos, Costumbres e Impunidad de la Tortura». Vamos, hombre.
En fin, es rigurosamente falso eso de que «todo acto del Rey se refrenda por el Gobierno». El Rey se pasa el día haciendo cosas que el Gobierno no refrenda. Ya al margen de las materias propias del TPI: si el Rey se salta un semáforo, atropella a una niña y la mata, ¿qué? ¿Lo refrenda el Gobierno? Y si se dedica a cobrar comisiones ilegales, ¿lo suscribe José María Aznar y se publica en el BOE?
El Parlamento se vio en un lío: no quería ni que España hiciera el ridículo declarando que no puede ratificar el Tratado del TPI ni, aún menos, meterse en el follón -un referéndum y dos elecciones: ahí es nada- que implicaría reformar la Constitución para anular la irresponsabilidad penal del Rey, que está blindada y bien blindada.
Y, como no quería ninguna de las dos cosas, optó por la solución más fácil: tomar descaradamente el pelo a la ciudadanía.
Total, una vez más o menos...
Javier Ortiz. El Mundo (24 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2011.
Suele decirse que el éxito de Bruce Springsteen se basa en que tiene «el cuerpo del mejor Elvis y el cerebro del mejor Dylan». Nervio de rock e ideas de folk. Más cerca de Woody Guthrie, en todo caso, que de Bob Dylan.
Guthrie fue maestro en ese género que los norteamericanos llaman topical songs: canciones compuestas a partir de una noticia leída u oída en cualquier medio de comunicación. Su Deportee, sobre el accidente sufrido por un avión repleto de inmigrantes mexicanos que cayó en Los Gatos Canyon (California), es un clásico. Dylan también practicó el género. Suele mentarse su Hurricane, de 1975, pero mucho más fiel a las normas del género fue La muerte solitaria de Hattie Carroll, de 1963, en la que retrató el juicio celebrado por el asesinato de una empleada de la limpieza en un hotel de Baltimore. Su asesino convicto y confeso, miembro de la buena sociedad local, fue condenado... a seis meses de cárcel.
Springsteen ha retomado ese viejo género de crítica social en American Skin (41 Shots), canción en la que denuncia cómo cuatro policías del Bronx dispararon hasta 41 veces contra el emigrante guineano Amadou Diallo el 4 de febrero de 1999, cuando éste quiso sacar del bolsillo su documentación para identificarse ante ellos. Diallo, de 22 años, recibió 19 balazos y murió en el acto. Los policías alegaron en el juicio que pensaron que iba a echar mano de un arma. El jurado los absolvió y los dejó libres.
Las organizaciones policiales han montado en cólera contra el cantante. El alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, conocido por su desinhibida defensa de los métodos policiales más expeditivos de cara al mantenimiento del orden, ha criticado al Boss por «tratar de dar la sensación de que los policías fueron culpables». Él y sus policías le acusan de «reabrir heridas que estaban cicatrizando». Supongo que no se referirán a las de Amadou Diallo: esas heridas ya no cicatrizarán jamás.
Son coincidencias que tiene la vida: mientras Rudolph Giuliani montaba en cólera contra la Piel Americana de Springsteen, un ministro europeo del Interior se llegaba a USA para aprender de la muy acreditada experiencia del alcalde neoyorquino en tanto que garante de la ley y el orden. Era Jaime Mayor Oreja.
También es mala suerte que un político siempre tan solidario con las víctimas de la violencia ciega como Mayor Oreja fuera a estar, justo en esos días, agasajando al encallecido adalid del «primero dispara y luego pregunta».
Confío en que al menos le haya convencido de que el haloperidol es más humanitario que el plomo.
Javier Ortiz. El Mundo (21 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de junio de 2012.
Dada la provecta edad de don Fernando, resulta innecesario decir que Rovira fue, para casi todo el trabajo diario de la Oficina del Defensor, el primero de a bordo. Tan sólo en algunos grandes temas, caso de la Ley del Catalán, quedó al margen. Sospecho que deliberadamente al margen.
Concluido ya el mandato de Álvarez de Miranda, durante los meses que el cargo ha estado sin cubrir, Rovira ha actuado como Defensor del Pueblo en funciones.
¿Han oído ustedes quejas de su trabajo? Me costaría creerlo. Lo he seguido de cerca, en especial en todo lo relativo a los presos y a los inmigrantes. Ha sido impecable.
Rovira es un hombre singular. Singular, quiero decir, en este país. Ha trabajado mucho y bien, pero con total discreción. Y ha sido rigurosamente apartidista.
De estar en el lugar de Aznar, yo no habría tenido duda alguna: habría confirmado a Rovira como Defensor del Pueblo. Por una razón elemental: es tonto tratar de arreglar lo que ya funciona bien.
Pero la política profesional cuenta con servidumbres que no tienen nada que ver con el servicio a la ciudadanía. Así que Aznar ha puesto en la calle a Rovira y ha nombrado para el cargo a Múgica.
Hace apenas unos años, yo no conocía a Antonio Rovira de nada. El aprecio que ahora siento por él se debe estrictamente al modo en que le he visto trabajar. A Enrique Múgica, en cambio, lo conozco desde siempre. Era de la pandilla de uno de mis hermanos mayores, allá en nuestra común Donosti. Nos hemos relacionado de tanto en tanto, y siempre me ha tratado con deferencia, y hasta con cariño.
Dicho de otro modo: que tendría buenas razones personales para dar a Rovira por bien despedido, y a Múgica por bien nombrado.
Pero no puedo.
Múgica es hombre de partido. De la cabeza a los pies. Me importa una higa que se haya dado de baja en el PSOE: hay condiciones que se llevan en la sangre. ¿Oyeron su discurso de aceptación del cargo? Una proclama antinacionalista. Visceral. Política a raudales.
Múgica entiende demasiado las penurias del Estado. Fue ministro de Justicia. No hace falta recordar lo que le pasó con los presos de los GRAPO. ¿Con qué autoridad va a buscarle ahora las cosquillas a la Administración?
Con la promoción de Múgica, Aznar ha hecho una hábil jugada política, pero ha asestado una puñalada trapera a la Oficina del Defensor del Pueblo.
Y a la defensa del pueblo.
Javier Ortiz. El Mundo (17 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de julio de 2012.
Respuesta: según de qué problema esté hablando y qué entienda por ser «parte». Si «el problema» es ETA, entonces el PNV es parte, sí, pero accesoria. El problema de ETA -es una perogrullada, pero se ve que no sobra- se resuelve con la disolución de ETA.
Aznar precisa: «El PNV seguirá siendo parte del problema aunque ETA desaparezca».
Comentario: puesto que ETA es accesoria en «el problema», hay que deducir que, para José María Aznar, «el problema» -el mayor problema- no es el terrorismo, sino el separatismo.
Constatemos entonces que la doctrina gubernamental sobre «la cuestión vasca» ha experimentado un cambio profundo. Todavía hace un año, esa doctrina sostenía que, en la España de hoy, toda meta política es defendible y respetable, siempre que se persiga mediante métodos pacíficos.
Ahora, en cambio, defiende que lo inaceptable, en realidad, es el objetivo.
Curioso cambio.
Aznar sigue: «Es indignante que haya quien defienda negociar con los que matan o con aquellos que justifican a los que matan».
Comentario: si mi memoria no me traiciona, un político que defendió negociar con los que matan fue... él.
No sólo defendió que cabía hacerlo, sino que además lo hizo.
Tal vez objete que él ordenó negociar con los que matan porque trataba de lograr que dejaran de matar de una vez por todas.
No tenga la más mínima duda de que ése es también el propósito que anima a los que acusa ahora de hacer lo mismo que él hizo.
A no ser que argumente que él actuó así en otras circunstancias. En cuyo caso habría que ver cómo se las arregla para explicar que las víctimas que ETA causa ahora reclaman una intransigencia mayor que las de hace un año.
Él negoció con ETA. Y no pese a que mataba, sino precisamente porque mataba.
Ahora lanza severos anatemas y descalifica a cuantos no le jalean.
Pero no propone nada.
Ni él ni sus corifeos.
Que digan si creen que van a acabar con el terrorismo sin más recurso que la actuación policial. O, si no, cómo piensan lograrlo. O si les da lo mismo no lograrlo. O si prefieren no lograrlo, que todo puede ser.
Que digan qué les importa más: si acabar con ETA o poner coto al separatismo vasco despedazando al PNV. O hacerse con unos cuantos escaños más en el Parlamento de Vitoria para que Mayor Oreja se vea por fin investido lehendakari, que es el sueño de su vida.
O su pesadilla.
Javier Ortiz. El Mundo (14 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de septiembre de 2012.
Cada año por estas fechas, me sumerjo en la lectura de un texto apasionante: el impreso de la declaración del IRPF. Me fascina. Sobre todo porque no entiendo nada. A su lado, la Fenomenología del Espíritu de Hegel me parece un texto transparente, casi infantil.
Hay un punto de la cosa que me sumerje inevitablemente, año tras año, en las más variopintas reflexiones. Me refiero al epígrafe en el que la Agencia Tributaria nos pide que decidamos si queremos conceder el 0,5239% de nuestros impuestos a la Iglesia católica o a «fines sociales». Este año es aún más enigmático: nos pregunta si queremos dárselo a la Iglesia de Roma, a «fines sociales» o a la una y los otros a la vez. ¿Qué quieren decir con eso: que van a dar la mitad a cada, repartiéndoselo a pechas (y nunca mejor dicho, puesto que las pechas eran impuestos) o que van a pasarle un 0,5239% a la una y otro tanto a los otros? Misterio.
Me añaden perplejidades sin sacarme de las anteriores. ¿Por qué me dejan destinar parte de mis impuestos a la Iglesia católica, pero no a la budista, a la islámica o a la de los adoradores de Aitor, si me da la gana? La Iglesia católica ya saca buena tajada del Estado con su Concordato. Este podría ser un buen momento para que les tocara algo a las otras iglesias, que en España andan a dos velas.
Y luego está lo de los «fines sociales». Teóricamente, fines sociales son todos los incluidos en los Presupuestos. Yo no quiero que se destine a fines sociales el 0,5239% de mis impuestos, sino el cien por cien. Faltaría más.
«Se refieren a las ONG», me aclaran. Pues, si se refieren a las ONG, ¿por qué no lo ponen tal cual? Y, en cualquier caso, ¿de dónde se sacan que yo puedo desear financiar a las ONG, así, en general, como si diera lo mismo ésta que aquélla? Porque lo cierto es que hay alguna ONG a la que daría muy a gusto mis pelas, pero existen otras que son auténticas cuevas de gorrones especializados en vivir del erario con el cuento de que son «no gubernamentales», a las que no prestaría ni una perra gorda con intereses.
Son de broma. ¿Por qué fingen que nos dejan decidir sobre el 0,5239% de nuestros impuestos? ¿No se dan cuenta de que con eso nos están restregando por las narices que hacen lo que se les pone con el 99,4761% restante? Si la mayoría parlamentaria vale para regir el 99,4761%, vale para el 100%. Que se dejen de mandangas.
Estaría de cine que un buen año permitieran al personal decidir a qué conceptos quiere destinar la totalidad de sus impuestos.
Ese año los generales tendrían que pagarse sus tanques y sus avioncitos a escote.
Javier Ortiz. El Mundo (10 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de junio de 2011.
Casi nadie del Ebro para abajo sabe quién es Jacques Abeberry. Y desde el Ebro al Bidasoa, muy pocos. Por eso a casi ningún medio de comunicación le ha interesado lo que Abeberry ha dicho tras el asesinato de Jesús María Pedrosa.
Abeberry es un histórico del nacionalismo vasco en territorio de Francia. De ese breve territorio que los de por allí solemos llamar Iparralde, en vascuence, o el otro lado, en castellano. Del País Vasco francés, en suma.
A lo largo de su ya muy dilatada vida política, Abeberry ha hecho todo lo que ha estado en su mano para potenciar el nacionalismo vasco en la hipercentralizada Francia. Algo ha logrado. Ahora es concejal en Biarritz.
Jacques Abeberry es uno de los escasos electos de Iparralde que se apuntó a la cosa de Udalbiltza. Y al foro de Lizarra.
El pasado lunes, Abeberry declaró: «Udalbiltza no se planteó como una Asamblea de ediles nacionalistas, en exclusiva, sino como un proyecto al que invitamos a todos los alcaldes y concejales vascos, al margen de ideologías. Pues bien: uno no asesina a sus invitados». (Se lo oí en francés. Traduzco de memoria).
Abeberry estaba realmente enfadado. Añadió que, para él, ni Udalbiltza, ni Lizarra, ni vainas en vinagre. Que se ha acabado esa historia. Que nadie cuente con él para amparar crímenes.
El domingo, pocas horas después de saberse la noticia del atentado que acabó con la vida de Jesús María Pedrosa, la dirección de HB hizo público un comunicado en el que decía que lamentaba la muerte del concejal de Durango y que se solidarizaba con los familiares y los amigos de la víctima.
No pongo en duda el pesar de los dirigentes de HB -no indago en cabezas ajenas-, pero he de hacerles saber que aquellos de sus simpatizantes que estaban a pie de obra, en la plaza del Ayuntamiento de Durango, no dieron muestra alguna de sentir el asesinato de Pedrosa. Más bien al revés: se cachondeaban de los que se habían acercado hasta allí para mostrar su pesar.
Hace unos meses, la gente del MLNV difundió por Durango unos pasquines con los nombres, las direcciones y los teléfonos de Pedrosa y sus tres compañeros del PP. Añadían: «Si queréis guerra, la tendréis». Por más que pregunté en Durango, nadie recordaba que HB hubiera desautorizado esos carteles de amenaza.
Si los jefes de HB desearan de verdad prevenir males mayores, digo yo que empezarían por evitar los menores. Pero quia.
Se están quedando solos.
Creo que no se dan cuenta de que, del otro lado y de éste, están consiguiendo hartar hasta a los más cercanos.
Javier Ortiz. El Mundo (7 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de junio de 2011.