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2000/06/06 07:00:00 GMT+2

El preso del ataúd

Faltan 15 minutos para que se oigan las campanadas del mediodía. O, mejor dicho, para que no se oigan: frente al Palacio Foral de Vizcaya, en la Gran Vía bilbaína, el estruendo es infernal. Se diría que se han dado cita todas las excavadoras del universo, dispuestas a horadar todo lo horadable, haciendo sonar todas las sirenas de alarma imaginables.

Hegel decía que en la claridad absoluta no se podría ver nada. Lo que me consta es que en el ruido absoluto es imposible escuchar nada.

Poco a poco se va concentrando alguna gente bajo la lluvia. De entrada, ejecutivos y funcionarios. Casi tantos teléfonos móviles como paraguas.

Pero ya no. Cada vez es mayor la variedad de aspectos y de edades.

Me doy la vuelta y compruebo que ahora la calle está repleta.

¿Cómo ha sabido todo el mundo que son las 12 en punto? De repente, se ha hecho un silencio enorme, doblemente enorme por contraste.

Las máquinas se han detenido. Las sirenas se han callado. Han cesado las conversaciones. Se escuchan hasta las toses. A mi lado suena un móvil. «Perdona, pero ahora no puedo atenderte», dice su propietario en voz queda. Y cuelga.

En las escalinatas del Palacio Foral -en obras, por supuesto-, se han colocado las autoridades, con el diputado general, Josu Bergara, del PNV, en primera fila. En medio del silencio -sepulcral: nunca mejor dicho-, alguien empieza a silbar el Eusko Gudariak. Me pregunto si a Jesús María Pedrosa le habría gustado escucharlo. El silbador anónimo es experto: reproduce perfectamente las notas chirriantes y desgarradas del txistu.

Acabado el acto, un cerrado aplauso casi imposible de manos que sujetan paraguas. Y Josu Bergara que declara que hay que romper «de manera inmediata» todos los acuerdos que el PNV mantiene a escala municipal con EH. Me dicen que hace un momento, frente al Ayuntamiento de Durango, la viuda de Jesús María Pedrosa se ha desmayado, incapaz de soportar la tensión. La alcaldesa peneuvista, Pilar Ardanza, ha decidido suspender la concentración.

Doña Pilar llegó al cargo con los votos de su partido, de EA... y de EH.

A la dirección del PNV parece que la situación se le escapa de las manos. Como Bergara, también el diputado general de Guipúzcoa, Román Sudupe, ha dicho que hay que acabar con los pactos que su partido tiene en una decena de municipios con EH.

Algo semejante ha manifestado el exlehendakari Ardanza.

Durango, 18.00 horas.

Ya no llueve. Algo parecido a un sol de junio se asoma tímidamente entre las nubes.

Hoy no es como ayer.

Hoy la Ertzaintza se ha desplegado. Hay beltzas a mansalva: en la autopista, cada poco; en las entradas a Durango; en todas partes. Incluso en los tejados. Sus figuras negras, metralleta en mano, se recortan contra el cielo.

Un helicóptero vuela a baja altura. Quizá sea ese férreo control lo que ha dado confianza a muchos que ayer se quedaron en sus casas. Hoy se han atrevido a tomar la calle. O a cerrar sus comercios.

Hay una compacta muchedumbre en la plaza que flanquea la iglesia de Santa María de Uribarri.

-Sentí una impotencia... Verlo allí tirado, tantas horas...

Las apariencias engañan. Es una joven que parece recién llegada del gaztetxe la que se lo dice a su compi, que lleva el pelo teñido de rubio.

Tiene los ojos anegados en lágrimas.

En la esquina de la plaza de la Magdalena, junto a una tienda de zapatos en rebajas, en el lugar en que ETA decidió que la vida de Jesús María Pedrosa había llegado ya demasiado lejos, hay ahora una corona de flores, varios ramos que languidecen y media docena de velas encendidas.

Y nadie delante.

Llegan a la iglesia la viuda y las dos hijas del asesinado. Dudo que oigan la ovación que les dedica la multitud.

Desoladas, no parecen de este mundo. Imagino que no entienden nada. Me uno a ellas: yo tampoco.

El aplauso se hace aún más cálido cuando aparece el féretro de Pedrosa, portado a hombros por sus compañeros del Ayuntamiento durangués.

Unos vecinos han creído que este era un día excelente para colocar en su balcón la consabida pancarta: Euskal presoak, Euskal Herrira.

A Jesús Mari Pedrosa lo llevan preso en un ataúd. Y me temo que nadie vaya a amnistiarlo, ni ahora ni nunca. Sale la manifestación. Aznar e Ibarretxe caminan juntos por delante. Me pregunto si sería demasiado pedirles que hicieran juntos un camino algo más largo del previsto para esta tarde súbitamente luminosa. No sé si alguna vez se han dicho con franqueza todo lo que piensan. Hoy podría ser un buen día.

-Yo no soy valiente -comenta otra chavala, viéndoles pasar-. Podría serlo un día, así, en caliente. Pero todos los días...

Cuánta razón tiene. Ese es el gran problema: que esto es para todos los días.

Que se está haciendo eterno.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de mayo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/06/06 07:00:00 GMT+2
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2000/06/05 07:00:00 GMT+2

«Apaga y vámonos»

Yo, lo primero, ni créermelo -dice la vieja señora, paraguas en ristre.

El día no está para bromas, ni en la tierra ni en el cielo.

-¡Qué barbaridad! -apostilla apesadumbrado el lehendakari Ibarretxe desde la radio.

Con lo que se retrata. En sus buenas intenciones y en su error: «bárbaro» viene de barbarus, que quiere decir «extranjero». Y en este drama no hay presencia extranjera alguna. Jesús María Pedrosa -Jexus Mari, como le llamaban aquí, en Durango- era del pueblo. («De toda la vida», me dicen, sin darse cuenta de lo terrible de la expresión, habida cuenta de las circunstancias). Y quienes lo han matado a tiros no deben de ser tampoco de muy lejos.

Me acerco al domicilio de la víctima, en el bloque de viviendas San Ignacio, número 22-3 B. Es una urbanización modesta, con edificios de ladrillo visto. Hay algún geranio en los balcones y un jardincillo por delante, en el que los arbustos dejan caer en lentas lágrimas la suave lluvia de la tarde.

Llego justo cuando el vicepresidente primero, Mariano Rajoy, y el ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, salen del domicilio del difunto.

A Mayor se le ve habituado a estas situaciones. Ya ha pasado varias veces por tragedias semejantes. Rajoy camina con la mirada perdida.

Se les acerca un sacerdote bajito y de aspecto apesadumbrado. El ministro del Interior inclina la cabeza con respeto. Oigo la voz queda del cura: «Para lo que haga falta...», se ofrece. Es el obispo de Bilbao, monseñor Ricardo Blázquez.

«Un tal Blázquez», me acuerdo.

Frente a la casa del concejal asesinado, el puesto de prensa y revistas proclama: «Todos con la selección».

Durango es un bello pueblo. Incluso bajo el xirimiri. O quizá más bajo el xirimiri.

Protegidos de la fina lluvia por los enormes soportales de la Iglesia de Santa María de Uribarri, gótica del XVII, varios grupos de chavales charlan de sus cosas. Me acerco para escuchar de qué hablan hoy. Nada que ver con nada. No están ni a favor ni en contra del atentado. No están.

Quizá eso explique algo. No lo sé.

Camino hacia la plaza del Ayuntamiento, donde está reunido el Pleno municipal. Los beltzas -los antidisturbios de la Ertzaintza- vigilan a un pequeño grupo de jóvenes y no tan jóvenes que miran con desprecio a los escasos cientos que se han concentrado para mostrar su solidaridad con el concejal asesinado. Un municipal se asoma para colocar a media asta la ikurriña, la única bandera que ondea en el Ayuntamiento, regido por el Partido Nacionalista Vasco.

-Lo mismo podían colocar la española- ironiza uno.

Y es que aquí la muerte no vale nada, ni redime nada. El muerto sigue siendo igual de culpable. No se sabe de qué, pero lo mismo que en vida.

En la fachada del Ayuntamiento, adornada por las pinturas de unos angelotes grotescos, una pancarta oficial: Bakea behar dugu. Necesitamos la paz. En un mirador próximo, otra pancarta: Euskal presoak, Euskal Herrira. Los presos vascos, a Euskal Herria. Frente a frente, en medio del silencio general.

El único letrero que da nombre a la plaza dice que está dedicada a Txiki y Otaegi, en recuerdo de los dos militantes de ETA -Juan Paredes Manot y Angel Otaegi- ejecutados por el franquismo el 27 de septiembre de 1975.

Nadie habla abiertamente de la tragedia del día. Las conversaciones en voz alta son sobre cualquier otra cosa. La palma en los bares se la lleva el Osasuna, que sube a Primera División.

Radio Euskadi comenta que compartirá categoría con el Athletic, la Real y el Alavés.

En el batzoki [local del PNV] que frecuentaba a diario Jexus Mari Pedrosa, el camarero comenta que solía tomarse «unos vermús» allí casi a diario y que hablaba con todos. Dice que «hacías amistad, quieras que no».

No deja caer ese «quieras que no» a título de desprecio alguno. Es un «quieras que no» freudiano. Una disculpa inconsciente que formula para justificarse por haber hecho buenas migas con «uno del PP».

Pedrosa era del Partido Popular. Pero, mucho antes -y mucho más- fue un ciudadano de Durango, perfectamente integrado en y con su pueblo. Cuando aún era trabajador en activo, se afilió a ELA, el sindicato vinculado al Partido Nacionalista Vasco.

Todavía mantenía al día su carné de miembro del sindicato nacionalista. En sus declaraciones públicas, los líderes del PNV no se olvidan de recordarlo, y transmiten su pésame a la familia, a sus amigos, a sus compañeros de partido... y a sus compañeros de sindicato.

Pedrosa era uno de los cuatro concejales del Partido Popular en Durango. Miro el puñado de manifestantes que se han congregado en la Txiki eta Otaegi Enparantza y me pregunto dónde están los miles de ciudadanos de Durango que le dieron su voto. ¿No les ha importado lo sucedido? Claro que sí.

Tienen miedo. No se manifiestan porque tienen miedo. Las conversaciones sobre lo ocurrido se llevan en voz baja porque nadie quiere ser fichado.

Aquí hay ahora mismo demasiada gente que ficha.

Es difícil que fuera de Euskadi se entienda esta mezcla -extraña, casi onírica, surrealista- de maravilla y de espanto, de belleza y de horror, de calidad de vida incomparable y de opresión inaguantable.

Quien se coloca en un bando, quien se define, no elige sólo una opción política: opta por unos amigos, unos bares, un ambiente, un modo de vida. Cambiar de criterio sobre la marcha equivale a renunciar a casi todo. Jesús María Pedrosa puso todo su empeño en ser transversal: pensaba como el PP, quería ser amigo de los del PNV, acudía de forofo a todos los acontecimientos deportivos locales, txikiteaba con todos. ¿Uno del Partido Popular, amigo de todos? Es harto posible que eso fuera lo que le hizo ocupar el número uno de la lista de los ejecutables.

Se empieza por aceptar tipos como él y se acaba por no distinguir entre los verdaderos abertzales y los españoles infiltrados.

Conté al principio lo que la vieja señora del paraguas le dijo a su amiga en Durango, casi como si tradujera directamente del euskara:

-Yo, lo primero, ni creérmelo.

Pero no conté lo que su amiga, con los ojos vidriosos, al borde del llanto, le respondió en un tenue susurro:

-Apaga y vámonos.

Hay un aire de desánimo y de tristeza infinita. En Durango, y en Bilbao, y en San Sebastián. Cada vez son más en esta tierra, nacionalistas y no nacionalistas, los que parecen estar deseando apuntarse a eso: apaga y vámonos.

Apaga, para que no se vea, que es de vergüenza.

Y vámonos, pero no a otra parte, sino a llorar, a maldecirnos a nosotros mismos.

Este es un pueblo atrapado en una espiral macabra que se retroalimenta constantemente: de un lado, ellos; del otro, nosotros. En donde ellos son unos, y nosotros, los de enfrente. Pero hace tiempo que unos ellos, enarbolando sus jirones de verdad, han decidido que los otros ellos merecen morir.

Y que, además, una vez muertos, merecen ser tildados de asesinos.

En el cine Zugaza, junto al Gaztetxe [Casa de la Juventud] ocupado, con los balcones pintados de alegres colores, el público sacaba entradas ayer por la tarde para ver una película de título extrañamente adecuado: El Arte de Morir.

Jesús María Pedrosa cultivó el arte de vivir.

Murió de la única manera que pudo: como le dejaron.

Javier Ortiz. El Mundo (5 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de junio de 2012.

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2000/06/03 07:00:00 GMT+2

El alcalde de todos

De entre los oficios políticos, el de alcalde es sin duda el más cómodo y rentable. A nada que uno se gaste el dinero disponible con cierta sensatez, emprenda algunas obras vistosas que hagan lucir la imagen de la urbe, cree unos cuantos servicios sociales nuevos, preste atención a las infraestructuras y exhiba un estilo afable, abierto y poco conflictivo tiene asegurada la popularidad... y la reelección. No hay más que ver la elevadísima tasa de alcaldes carismáticos que registra España. Y no hay más que verlos a ellos. Es evidente que, en el mercadillo político, el carisma municipal se vende barato.

Por eso tiene tantos bemoles lo del alcalde de Madrid, José María Álvarez del Manzano. El hombre no crea los jardines que debe -si lo sabré yo, que tengo delante de mi vivienda, en pleno Madrid, un hermoso espacio teóricamente verde que lleva años dedicado a aparcamiento ilegal de coches y ocasional almacén de cascotes urbanos-, pero a cambio se mete en unos jardines mentales de aúpa.

Anteayer se puso a ejercer de sociólogo improvisado y afirmó que «se produce más violencia en el seno de las uniones de hecho que en el seno de las uniones matrimoniales».

¿De dónde se sacó eso? Ni idea. Ayer se enteró de que la verdad es exactamente la contraria (lo cual tiene su lógica: cuanto más hay que romper, más eventualmente traumática es la ruptura) y se salió por peteneras, diciendo que había sido malinterpretado. No hubo mala interpretación alguna: tenía ganas de echarse un mitin contra las llamadas «uniones de hecho» y lo hizo. Porque él es así: alegre y espontáneamente carca. En lugar de preocuparse de crear centros municipales de acogida para las mujeres maltratadas, se dedica a hacer publicidad de las vicarías.

De las muchas declaraciones que provocó la singular pata de banco del alcalde capitalino, la que más me llamó la atención fue la de Angel Pérez, portavoz de IU en la Asamblea de Madrid. Pérez invitó a la ciudadanía madrileña a no ser «tan bromista» y a elegir en las próximas elecciones a «un alcalde de verdad».

Vista así la cosa, parece hasta graciosa. Pero la realidad no lo es. Madrid tiene un alcalde como éste porque el PP, pese a ser capaz de las peores tropelías -sin ir más lejos, la de dar alas a mamelucos beatones como éste-, cuenta con el respaldo de la mayoría de los votantes madrileños. Y cuenta con él porque el PSOE e IU se han ganado a pulso, error tras error, su posición de minoría.

Álvarez del Manzano suele decir que él es el alcalde de todos. No sabe hasta qué punto acierta. Es el alcalde de todos ellos.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de junio de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de junio de 2012.

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2000/05/31 20:00:00 GMT+1

Presentación de «La izquierda»

Intervención en el acto celebrado en Madrid, en la SGAE, el 31 de mayo de 2000. El libro, altamente recomendable, fue publicado por la editorial Talasa, de Madrid.

He participado en estos últimos años en varias presentaciones de libros de Eugenio del Río. Supongo que los editores recurren a mí porque, como escribió en la cariñosa dedicatoria que tuvo a bien caligrafiarme para este libro, saben que me considera su «compañero y amigo leal desde nuestra prehistoria».

Siempre me he tenido, en efecto, por compañero y amigo suyo, y espero seguir estando a la altura de ese título, que para mí dista de ser pequeño, hasta que ambos emprendamos la no muy entusiasmante tarea de criar malvas. Algo de lo que, por cierto, vamos camino.

Pero no me nubla en absoluto la pasión personal si afirmo que el libro que hoy nos congrega aquí es una obra importante.

Y no me nubla la pasión, entre otras cosas, porque, tratándose de un libro de Eugenio del Río, la pasión tiene poco que hacer. No es que él prefiera apelar a la razón, relegando la pasión a un papel secundario; es que sólo apela a la razón, y a la pasión que le den viento fresco.

Con lo cual entro ya en mi consideración del libro, que voy a dividir en dos partes: una primera -que me temo que ya he iniciado-, de reproches; otra, de reconocimientos.

El primero de mis reproches a esta obra, como a otras anteriores suyas, estriba precisamente en lo que acabo de insinuar: su total distanciamiento crítico.

Eugenio del Río analiza el discurrir de la izquierda europea occidental desde sus orígenes hasta hoy con la frialdad de un entomólogo. Se diría que no le fuera nada en ello y que tanto le diera analizar la evolución de la vida sexual de las abejas desde Carlos V a nuestros días. Los pasajes más emocionados de su libro están todos entre comillas: son citas de otros autores.

Sé bien las ventajas que aporta esa actitud académica, y a menudo la he admirado en los trabajos de muchos historiadores de tradición anglosajona. Pero reconozco que en él hay veces que me irrita. Porque me consta que, incluso aunque analizara la vida sexual de las abejas, tomaría partido de corazón: no dudo de que se sentiría del lado de las abejas, y en contra de los zánganos.

Pues bien: me gustaría que lo dijera. Sobre todo porque sé que no sólo es un muy meticuloso y estricto analista, sino también un magnífico escritor de panfletos -del dignísimo género literario de los panfletos- y me fastidia que renuncie a ejercer también de tal. Debería asumir que a los lectores no nos basta con saber; que también necesitamos sentir. Que queremos pan, pero también rosas. Sobre todo cuando el pan que se nos invita a tragar no es precisamente apetecible.

La asepsia de la escritura de Eugenio del Río corre siempre pareja con su concreción y su densidad. Cuentan que Bertolt Brecht tenía colgado de la pared de su cuarto de trabajo un letrero que decía: «La verdad es concreta». Eugenio podría colocarse otro que dijera: «No digas en diez palabras lo que puedas decir en tres». Estamos en las mismas: el raudal de ideas y de conceptos que encierra la escritura de Eugenio obliga a una gimnasia mental difícil para las gentes de este tiempo, cada vez menos dadas a la lectura y menos ejercitadas en la reflexión teórica. Por decirlo de manera deliberadamente caricaturesca: éste no es un libro de 250 páginas, sino un esquema de 250 páginas desarrollado sólo lo imprescindible para que un lector avisado, inteligente y previamente informado pueda seguir el hilo de sus reflexiones. Yo, que no me tengo por rematadamente imbécil -y quizá ése sea mi error-, me he visto obligado a leer algunos capítulos del libro más de una vez para entender por qué el autor seleccionaba determinados aspectos de la realidad y no otros y para captar su verdadera intención implícita. Me hago cargo de la contribución ecológica que hace Eugenio con ello: ahorra mucho papel. Pero, a cambio, nos somete a los lectores más torpes a un ejercicio que, emprendido después de ocho o diez horas de trabajo asalariado, no puede tenerse por excesivamente caritativo.

El otro reproche que me ha rondado por la cabeza a lo largo de la lectura de todo el libro, y que apunta ya más al contenido, se refiere a una ausencia que me ha dejado un tanto perplejo. No analiza Eugenio el papel de la corrupción económica y de la delincuencia política en la izquierda oficial europea de las últimas décadas. Es más, apenas alude a esos aspectos y, cuando lo hace, es de manera tangencial.

Si no me equivoco, creo que la única referencia al respecto está en una cita de John Keane que hace en la página 210, en la que el citado Keane dice que «las ideas y las políticas socialistas tropiezan con muchos problemas», entre los que menciona que están «avergonzadas por calamidades derivadas de su propia responsabilidad». Dejando a un lado que no sea demasiado propio ni de las ideas ni de las políticas sentir vergüenza -parece algo más bien reservado a las personas, y no a todas-, tampoco puede considerarse que esta alusión agote precisamente la materia.

En otro pasaje del libro, Eugenio se refiere a la financiación del PSOE para subrayar el escaso peso que tienen en ella las aportaciones de sus militantes en comparación con las asignaciones procedentes de las arcas del Estado. Ya me hago cargo de que la financiación ilegal de la que se ha beneficiado el PSOE a lo largo de los últimos treinta años no es cuantificable, porque no hay datos oficiales al respecto, pero nadie ignora que ha supuesto un capítulo importante, y en ocasiones decisivo, en el mantenimiento de su aparato burocrático y en su cartera publicitaria.

En mi criterio, la actividad criminal de algunos partidos socialistas, tanto en lo que se refiere a la extorsión económica como al terrorismo de Estado, no es un fenómeno accidental y accesorio, sino, al menos en parte, también un subproducto aberrante de determinas actitudes ideológicas que han marcado a la izquierda a lo largo de su Historia.

Hay que contar, por supuesto, con la creciente identificación de estos partidos con el poder del Estado. En ese sentido, sus prácticas inmorales apenas se distinguen de las desarrolladas por los partidos de la derecha.

Pero soy del criterio de que su faceta delincuente se vincula también con la soberbia característica de la izquierda, propia de quien se siente imbuido de la misión histórica de transformar la sociedad. Un objetivo de esa trascendencia no puede detenerse ante formalidades leguleyas ni ante limitaciones pijoteras. El fin histórico justifica los medios sin escrúpulos. Es un mundo mental que no está tan lejos de la exigencia leninista de un poder «no sujeto a ley alguna», ni de las autojustificaciones internas que funcionaron, y cómo, dentro de los partidos estalinistas. O en la actual ETA.

La gran izquierda lleva sobre sus espaldas un importante fardo de abusos, atropellos y crímenes de muy diverso tipo que no me parece ni mucho menos ocioso analizar. Así sea sólo para ponerla en su sitio.

Agotado ya con este par de acotaciones el capítulo de los reproches, paso brevemente al de los reconocimientos.

Podría dedicar muchos a este libro, pero los voy a resumir en uno.

Me voy ahora a la cara opuesta de la moneda que he expuesto al principio: la frialdad con la que Eugenio del Río trata la Historia de la izquierda tiene para mí un lado irritante, como he dicho, pero otro que considero francamente reconfortante. Me alegra que no se implique sentimentalmente en el objeto del análisis. Me ahorra el esfuerzo de distanciarme yo.

La verdad es que ya hace años que, aunque el personal que ha oído hablar de mí se empeñe en considerarme «de izquierda», yo no me catalogo como tal. No siento esa necesidad.

Recordarán ustedes la película Casablanca. Ugarte, el personaje interpretado por Peter Lorre, le pregunta a Rick, o sea, a Bogart: «Tú me desprecias, ¿verdad?». Y Rick le responde: «Si pensara en ti, tal vez te despreciaría».

Hay divisiones en la sociedad de las que uno puede prescindir sin mayor desgarro íntimo. Personalmente -dicho sea a modo de ejemplo-, no me defino ni como creyente ni como ateo: sencillamente, la hipótesis de Dios no me interesa. (Hay un punto del libro en el que Eugenio distingue entre «el ateísmo más definido» y el «simple indiferentismo religioso». La verdad, no veo por qué el indiferentismo tenga que ser «simple». A veces, la indiferencia, o incluso el neto desdén, pueden no tener nada de simples).

En todo caso, creo que la entelequia llamada «izquierda» es hoy en día lo suficientemente evanescente, difusa, contradictoria... y encierra tal cantidad de componentes con los que no me identifico, o que lisa y llanamente me repugnan, que prefiero verla desde fuera. Lo de «las manos sucias» puede tener sentido, no lo niego, pero en general, y siempre que se pueda, prefiero tenerlas limpias.

La posibilidad intelectual, sentimental y moral de estar en contra del orden establecido sin necesidad de sentirse parte de eso que se llama «la izquierda» (la posibilidad, en suma, de ejercer de crítico por libre, como quien dice -y qué bien dicho: por libre-) es una de las pocas satisfacciones que permite este tedioso tiempo de hoy.

El modo en que Eugenio del Río analiza la Historia de la izquierda no sólo no dificulta esa actitud libre, sino que, por el contrario, la facilita e invita a ella. Lo cual es muy de agradecer.

En su libro, Eugenio hace un análisis detallado del papel funcional de la izquierda -de sus sucesivos papeles funcionales, mejor dicho-: de la izquierda como espacio de encuentro para una comunidad de objetivos -alcanzables o no, realmente pretendidos o retóricos-; de la izquierda como arma organizada para la defensa de intereses comunes más o menos perentorios de sus partícipes... y también de la izquierda como hogar, como refugio ideológico y sentimental que ha venido dotando a sus moradores de una identidad reconfortante, a la vez colectiva e individual, simple y eficaz para defenderse -y a veces para atacar- dentro de la tremebunda aventura de la vida.

Eugenio aporta muchos y muy bien traídos elementos de disección de esa función de la izquierda, históricamente abastecida en lo esencial por el marxismo. Ayuda a desmontarla en lo que ha tenido y sigue teniendo de mentira piadosa o, si se prefiere -y por emplear un lenguaje a la moda- de religión virtual.

Eugenio no dice qué debemos hacer quienes hemos descubierto que esa otra vieja religión tampoco mostraba el camino de la salvación (probablemente porque la salvación no existe, y lo que no existe carece de senda). No va de predicador: se limita a ejercer de iconoclasta.

El no predica, salvo con el ejemplo. Es, a justo título, testimonial: ese adjetivo que ahora se emplea para denigrar, cuando encierra lo mejor: la avanzadilla, el intento. Nos invita -sin retóricas solemnes, implícitamente- a pensar por nosotros mismos, a recordar que ni en dioses ni en reyes ni en tribunos está el supremo salvador, y a buscar nuestros propios caminos. Tranquilos, que si la mayoría social nos necesita alguna vez, ya reparará en nosotros.

Entretanto, nos consolaremos pensando que, por lo menos, ya vamos sabiendo lo que no sabemos. Y reafirmándonos en lo que ya sabemos. Que, a fuer de sencillo, parece complejísimo: que los explotadores y los opresores son odiosos.

Eugenio del Río nos ayuda a seguir machacando ese clavo con lucidez, sin demasiada esperanza en nada, con firmísima determinación en lo esencial. Muchas gracias a él por ayudarnos a pensar... y a ustedes por haberme escuchado con tanta benevolencia.

Javier Ortiz. (31 de mayo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

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2000/05/31 07:00:00 GMT+2

¡Libertad para Luis!

Madrid, 10 de la noche.

Detengo el coche ante un semáforo en rojo junto a la Castellana.

Pasa por delante de mí un imbécil -el enésimo- que conduce con una sola mano para sostener el teléfono móvil con la otra. Opinador compulsivo, me pregunto a qué narices se dedican los municipales de esta ciudad, llena de locos que conducen con una mano en el volante y el móvil en la otra, reos de cien mil delitos diarios de conducción temeraria. Nadie los multa.

Giro la vista para no verlo.

Detengo la mirada en el muro de cemento gris del paso elevado. Está repleto de pintadas. Ninguna consigna política. Las hay de autoafirmación, de amor, de odio, de promoción de anagramas, de cualquiera sabe qué. «Elisa, te quiero», leo en una. «Bueno, por lo menos ésa no se llama Jennifer; algo es algo», me reconforto.

Y, de repente, en el rincón, dos palabras, en grandes mayúsculas negras: «Luis libertad».

Me deja perplejo: «¿Luis? ¿Qué Luis?». Repaso mentalmente las últimas noticias. Que yo sepa, no hay ningún Luis detenido, o en la cárcel. Ninguno, quiero decir, lo suficientemente conocido como para que alguien piense que basta con pintar su nombre de pila para que los viandantes sepamos que se trata de él.

Me quedo absorto, pensando en esa tristísima mano anónima. El hombre -¿la mujer?- se vino hasta aquí con su spray de pintura negra para gritar a la ciudad y al orbe su reivindicación. Perdió el tiempo: los que pasan -qué digo yo: los que acaban dejando caer aburridamente la mirada en ese rincón perdido de cemento gris- no saben quién diablos es Luis, ni si está bien o mal detenido. Eso sin contar con que, aunque supieran quién es, y que su detención o su cárcel es injusta, tampoco harían nada, porque están muy ocupados hablando por su móvil, y el resto -el resto de lo que sucede en la calle, el resto de lo escrito, el resto de los humanos: todos los restos- les importa un perfectísimo bledo.

Irritado, me descubro pensando en que lo correcto habría sido escribir «¡Libertad para Luis!», con admiraciones, o al menos colocar el sujeto por delante, separado por una coma, para sustituir al verbo.

Para sustituir al verbo.

El semáforo se ha puesto en verde. El tipo del coche de atrás toca la bocina para llamar mi atención. Cabreado todavía conmigo mismo, bajo la ventanilla, saco la cabeza al exterior y grito a voz en cuello: «¡Libertad para Luis!».

Me da igual quién sea Luis. Lo que me importa es esa solitaria mano, nocturna y solidaria, que pintó su nombre sobre el cemento, creyendo que hacía algo.

Porque hizo algo.

Javier Ortiz. El Mundo (31 de mayo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de junio de 2009.

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2000/05/27 07:00:00 GMT+2

El pesador de vacas a ojo

Me tragué el martes pasado, de pe a pa, la prolija entrevista mexicana de/a/con Felipe González.

Íntegra, oigan. Obligaciones que tiene el oficio.

Cada uno es como es. A otros, lo que más les llamó la atención de la entrevista es lo que González afirma acerca de Adolfo Suárez, la Constitución y todo eso.

A mí, en cambio, lo que me dejó realmente fascinado es lo del peso de las vacas.

Les contó González a los pobres periodistas mexicanos que, como él procede de una familia vaquera, cuando ve una vaca es capaz de calcular su peso «con un margen de error mínimo».

Me recordó de inmediato a Alfonso Guerra. Leí hace años que contaba que, cuando daba clases y tenía «miles de alumnos», se sabía de memoria el nombre y los apellidos de todos.

Son gente que carece de pudor. Y de sentido del ridículo. Sienten una necesidad tan compulsiva de ganarse a quienes tienen delante y de suscitar su admiración que no se detienen ni ante las mayores extravagancias. (González les dijo a los periodistas mexicanos que en los últimos tiempos «ha vuelto a Shakespeare». ¿«Vuelto»?).

Lo más digno de estudio de la entrevista de marras está en esas cosas, que tienen menos relación con la estricta política que con la psiquiatría. El hombre despliega sus plumaje con el patetismo de un viejo pavo real. Él lo ha hecho todo; los demás, nada. ¿La democracia? Cosa suya, por supuesto. España es lo que es porque él se lo ha dado generosamente. Aunque por edad él es de la generación de los que mandan ahora, su figura histórica hay que incluirla entre los grandes prohombres de la posguerra. Él no tendría ningún problema para ganar las próximas elecciones, pero ya no está para eso: ahora lo suyo es producir ideas y regalarlas sin reclamar nada a cambio. En eso se distingue de los actuales dirigentes del PSOE, que sólo saben formular vaguedades: él genera sin parar ideas concretas, prácticas. ¿Los GAL? ¡Pero de qué le habla usted, hombre de Dios! Él estaba para marcar objetivos estratégicos; de la intendencia se encargaban sus ministros (buena gente, por lo demás, e inocente, por supuesto). ¿Aznar? Ese pobre diablo el único mérito que tiene es haber seguido la senda que él dejó trazada. Ahí tienen un ejemplo bien evidente: lo de los horarios comerciales, que él propuso ya hace años, y nadie le entendió.

Y así todo. Insufrible. Penoso. Estomagante.

La edad nos convierte a todos en caricaturas de nosotros mismos, es verdad. Pero las caricaturas exageran los rasgos que la gente posee ya de por sí, de natural.

González siempre ha sido un ególatra. Ahora es un ególatra patético.

Javier Ortiz. El Mundo (27 de mayo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2013.

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2000/05/24 07:00:00 GMT+2

Mi patria está en ninguna parte

Siempre me he tomado a chirigota las proclamas de cosmopolitismo. La experiencia me ha demostrado que no hay ciudadanía del mundo que no sirva de coartada a algún nacionalismo vergonzante.

España está llena de gente que se declara «ciudadana del mundo» y que hace mofa de los pequeños nacionalismos -«impropios de estos tiempos de superación de las fronteras», etc.-, pero que arde de orgullo porque la final de la Liga de Campeones va a ser jugada hoy por «dos equipos españoles». Si fuera realmente cosmopolita, tanto le daría constatar que la van a disputar dos equipos que suelen vestir camiseta blanca.

Sé que es imposible no incurrir en alguna de las mil formas de las que se reviste el nacionalismo (que no es, a fin de cuentas, sino una derivada de la pulsión defensiva de identificación con la manada, que está inscrita en nuestro código genético animal). Por eso, y como me fastidia que a mí también me asalte esa querencia irracional de tanto en cuando, lo que hago es diversificar al máximo mis fiebres nacionales, con la esperanza de que se neutralicen entre ellas.

Así, a veces hago de nacionalista vasco. Otras, según y para qué -para la lengua, por ejemplo-, ejerzo de nacionalista catalán. En materia de música, suelo ser una mezcla de nacionalista irlandés y de separatista tejano, y a mucha honra. El fervor chovinista francés me asalta cada vez que escucho a algún español soltar esa solemne tontería de que «los franceses no nos quieren». Alguna madrugada, sumido en un ataque melancólico fadista, he sentido ganas inmensas de nacionalizarme portugués. En la noche de hoy seré nacionalista valenciano, y a tope (no en vano paso buena parte del año entre la orilla del Mediterráneo y la cima del Cabeçó d Or).

Gallego de segunda, con una cuarta de madrileño y una octava de granadino, en parte riojano, algo catalán, donostiarra al mil por cien, busco refugio sentimental en la mezcla: todo lo reivindico, y así apenas reivindico nada, y por todo se me calienta la sangre, y por casi nada me hierve. A fuerza de izar tantas banderas, han acabado por gustarme casi todas, y ninguna me importa demasiado.

Pero últimamente el truco me está fallando. Allí a donde voy, veo gente que sigue animándome al eclecticismo plurinacionalista, pero mucha, muchísima más que me empuja hacia el extrañamiento cosmopolita. La rica variedad, que tanto me atraía, está dando paso a una aburrida uniformidad. Es cada vez más lo mismo en todas partes: la misma mediocridad, la misma ropa, la misma cháchara, tiendas clónicas, la misma comida, los mismos teléfonos móviles, idénticas costumbres, el mismo hastío, la misma nadería.

Son los efectos de esa maldita peste llamada globalización, que tanto les encanta.

Javier Ortiz. El Mundo (24 de mayo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de abril de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/05/24 07:00:00 GMT+2
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2000/05/20 07:00:00 GMT+2

Ya no sé si soy vasco

ETA dice que en el proceso democrático de Euskadi sólo deben participar los vascos, entendiendo por tales los residentes en tierra vasca que, al margen de su origen, respeten «los derechos de Euskal Herria». «Tendrán que elegir entre la nacionalidad española, francesa o vasca», añade.

Les hablaba yo el otro día de Euskadi y del modelo que puede representar para ella el ejemplo del proceso de paz de Irlanda. ¿Se imaginan ustedes que el IRA pretendiera que en las elecciones que se realicen en el Ulster sólo puedan participar a partir de ahora quienes previamente admitan que no son británicos? Se iría todo a freír espárragos, por supuesto.

Desde que tengo uso de razón -doy por supuesto que lo tengo, aunque tal vez me exceda- he defendido el derecho de autodeterminación de Euskadi. Que los vascos podamos decidir si queremos formar parte de España o no. Pero, para que quepa tomar esa decisión, hace falta que tantos los partidarios de una cosa como los de la otra podamos defender con igualdad de derechos nuestras posiciones respectivas. Si los contrarios a la constitución de un Estado vasco separado quedaran excluidos del debate, la votación sería ociosa. Lo que propone ETA se resume así: sólo deben tener derecho a decidir si quieren ser españoles o no aquellos que antes hayan decidido que no quieren serlo. Eso no es una propuesta política, sino una broma macabra.

ETA traza otra línea divisoria alternativa: «el respeto de los derechos de Euskal Herria». Sin detenerme demasiado en el sistemático y seguramente nada casual deslizamiento verbal del MLNV, que cada vez habla menos de «Euskadi» y más de «Euskal Herria» (es decir, menos de «la nación vasca» y más de «el pueblo de habla vasca»), se me ocurre dos preguntas elementales. Primera: ¿qué autoridad fijará cuáles son exactamente «los derechos de Euskal Herria»? Y segunda: ¿qué tribunal juzgará quién los respeta y quién no? La verdad: no sé si yo mismo pasaría el examen. Probablemente no.

En tiempos, ETA se avenía al viejo criterio tópico y consideraba vascos a «los que viven y trabajan en Euskadi». Comprendo que el galopante incremento del paro obliga a poner en cuestión ese «...y trabajan». Pero aquél era al menos un criterio de determinación de la nacionalidad basado en datos objetivos. Ahora opta por el subjetivismo voluntarista: es vasco quien elige ser vasco -y nada más que vasco, claro está- y quien, a juicio de los guardianes del fuego sagrado de la vasquidad -o sea, ellos mismos-, respete los derechos de Euskal Herria.

He escrito recientemente que cada vez veo más alejada la posibilidad de una solución razonable y negociada del conflicto vasco. Sumo y sigo.

Dos no se entienden cuando ninguno de los dos quiere.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de mayo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de mayo de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/05/20 07:00:00 GMT+2
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2000/05/17 07:00:00 GMT+2

De los toros como parábola

La vieja, recurrente y tirando a aburrida disputa entre los antitaurinos y los taurinos estrena esta temporada un nuevo argumento: el siglo XXI. Era inevitable.

Los enemigos de la tauromaquia han colocado en el centro de Madrid un cartel gigantesco que plantea una cuestión que debe de parecerles definitiva: se preguntan si estamos en el año 2000 o en la Edad Media.

Ya me veo las carcajadas de los aficionados a los toros -entre los que no me encuentro-: ellos saben que en la Edad Media se mataba a los bichos conforme a un arte -dicho sea en el sentido meramente instrumental de la palabra- que no tenía apenas que ver con lo de ahora.

Apelar a la Edad Media para cuestionar la tauromaquia es tan inútil como hacerlo echando mano de la conmiseración por los toros de lidia: de quedar prohibidos los espectáculos taurinos, la especie del toro bravo desaparecería ipso facto de la faz de la tierra. A ningún ganadero le compensaría cuidar de ellos. Salen extremadamente caros. Los llevarían en masa al matadero, donde no tendrían una muerte mucho más bonita. (Lo cual tampoco me quitaría el sueño, dicho sea de paso: todos los días se extinguen varias especies de animales, y uno tiene que dormir.)

Lo malo de la tauromaquia, por lo menos para mí -la razón por la que me disgusta, quiero decir-, no es que los toros sufran, sino que los aficionados disfruten.

«Claro; que disfruten con el sufrimiento de los pobres toros», apostillará algún antitaurino. Pues no; todo lo contrario: que disfruten al margen del sufrimiento de los toros. «¿Con el riesgo que corren los toreros, entonces?». Tampoco.

Los taurinos no son sádicos. No van a las corridas para deleitarse con la muerte de los bichos. No obtienen tampoco ningún placer especial en el riesgo de los toreros. Es más: se cabrean cuando éstos se juegan la vida por culpa de su torpeza (porque toda cogida es el resultado de un error del torero). No: ellos van a ver si hay suerte y contemplan un espectáculo de pericia elegante.

Eso es lo malo. Que en el resto ni piensan.

Igual que el aficionado al boxeo no acude a los combates para ver como unos mendas se dan de puñetazos para ir quedándose poco a poco gagás. Lo que quiere ver es la esgrima de los brazos, la astucia del desgaste del rival, la belleza del golpe certeramente dirigido. Lo otro, ni lo ve.

Lo que más odio de la fiesta de los toros, como de los combates de boxeo, es lo que tiene de parábola de la miseria de la raza humana: solo vemos la parte de la realidad que nos interesa.

¿Algo propio de la Edad Media? Qué va. De ayer, de hoy y, lo que es peor: también de mañana.

Javier Ortiz. El Mundo (17 de mayo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de mayo de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/05/17 07:00:00 GMT+2
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2000/05/13 07:00:00 GMT+2

Salvo unos cuantos amigos

Si hubiera decidido sobrevivir, este año habría cumplido los 60. Pero prefirió morir.

La última vez que oí citar su nombre por aquí fue hace ya más de una década, en una larga entrevista con Leonard Cohen en TVE. El buen canadiense lo recordó por su nombre: Phil Ochs. Pero quien puso los subtítulos escribió «Osx». Ni sabía de quién hablaba.

A comienzos de los 60, Phil Ochs fue el ídolo de la juventud radical neoyorquina. Mucho más que Bob Dylan. Dylan comenzó a contemporizar muy pronto: desde que aceptó ocultar su apellido judío. Ochs no transigió jamás.

Durante una época hubo gente que supo apreciar ese temple. Su «No desfilaré nunca más» fue el himno preferido de los insumisos a la guerra de Vietnam.

Las radios y la TV prefirieron hacer como si no existiera. «Es demasiado radical, demasiado antimilitarista, demasiado hostil al sistema, demasiado izquierdista», escribió por entonces un crítico, como para justificar su condena al ostracismo. Joan Baez grabó en 1965 There But For Fortune y logró llevarlo a los Top 50. Aún hay quien lo canta.

De todas las canciones de Ochs -que son muchas, y casi todas vitriólicas-, la que siempre me ha impresionado más es Outside Of A Small Circle Of Friends («Fuera de un reducido círculo de amigos»). La grabó en 1967, fecha para la que ya estaba hasta los mismísimos de tanto hippy y tanta florecita.

Su mala uva me parece hoy más vigente que nunca. «Miro por la ventana. Han atrapado a una mujer, / la han arrastrado hasta unos matorrales y le han dado un navajazo. / Tal vez debería llamar a la policía y tratar de detener ese desastre, / pero el Monopoly es mucho más divertido, sería pena perderme la partida, / y además seguro que esto no le interesa a nadie / salvo a un reducido círculo de amigos».

Repasaba otras noticias: sobre un amigo condenado a quince años por fumar marihuana ( «más sana que la cerveza», apostillaba), sobre el racismo en los barrios marginales, sobre los militares golpistas en América Latina... Todas las historias las remataba igual: «Pero es algo que no interesa a nadie, salvo a un reducido círculo de amigos». Y lo cantaba con una música infernalmente festiva, como de canción de cabaret.

Phil Ochs se hartó de EE.UU. Se vino a Europa. Luego marchó a África. Dicen que quería sumarse a alguna guerrilla. Lo único que sacó en claro fue una cuchillada en el cuello, fruto de una oscura pelea. Le afectó a varias cuerdas vocales. Se quedó casi sin voz.

Regresó a EE.UU., montó varios conciertos de solidaridad y se ahorcó. Tenía 35 años.

De su breve y amarga vida ya casi nadie se acuerda.

Salvo un reducido círculo de amigos.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de mayo de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de mayo de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/05/13 07:00:00 GMT+2
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