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2000/12/07 06:00:00 GMT+1

Vale la pena

Seguro que a mi buen amigo Joaquín Navarro le habrá molestado que el Consejo General del Poder Judicial haya decidido abrirle expediente el mismo día que hacía lo propio con el magistrado Ruiz Polanco. Lo suyo es un asunto de opinión; lo del otro va de prevaricación. Todavía hay categorías.

No he tenido todavía oportunidad de hablar con él, pero alguien que le es próximo me ha comentado que, habida cuenta de que cada dos por tres lo amenazan con expulsarlo de la carrera judicial, un expediente en el que sólo se juega una posible multa difícilmente puede impresionarlo demasiado.

Cuando lo multaron por un artículo publicado en El Mundo, conseguí que el periódico costeara la sanción. Me pareció de justicia. Espero que Gara haga lo mismo.

Su actitud ante las multas me ha recordado algo de lo que fui testigo durante el breve tiempo en el que trabajé para la Administración española.

Un funcionario de una delegación local llamó "hijo de puta" al director provincial correspondiente. El jefe -un tipo susceptible- se molestó y reclamó que se abriera un expediente al subordinado díscolo. La solicitud se tramitó conforme a las normas debidas -quiero decir que pasaron muchos meses- pero, finalmente, el funcionario fue castigado con una semana de suspensión de empleo y sueldo.

Cuando la noticia le llegó al sancionado, tuvo una reacción curiosa. Se levantó, se fue al despacho del jefe, abrió la puerta, se encaró con él y le dijo:

-Ahora que sé lo que cuesta, te lo repito: eres un hijo de puta.

Cabe que a Joaquín Navarro no le salga gratis decir que Aznar se expresa a veces como un terrorista, pero me da que también él piensa que, por ese precio, vale la pena.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (7 de diciembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de diciembre de 2009.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/12/07 06:00:00 GMT+1
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2000/12/06 07:00:00 GMT+1

Dispendios navideños

Según un estudio publicado ayer, la población española gastará en los próximos fastos navideños 101.200 pesetas por cabeza.

Abordémoslo racionalmente.

La primera observación que se impone es la consabida del medio pollo. Ya se sabe: si uno se come un pollo y otro no come nada, la estadística dará que cada uno ha comido medio pollo. Todos somos conscientes de que hay españoles- y no digamos españolas- que malamente podrían gastarse 101.200 pesetas en 15 días, porque no las ganan en todo el mes. Habrá bastantes que justo sobrepasarán esa cantidad sumando a su sueldo normal la correspondiente paga extra, y no poca gente más que ni por ésas, porque no tiene ni paga extra ni sueldo normal. De lo que se deduce que, para llegar a la media de 101.200 pesetas, será necesario que haya millones de personas que gasten mucho más.

Pero ése no es el único efecto compensatorio digno de consideración. Hay que recordar el hecho de que el personal, con bastante frecuencia, vive en familia. Pongamos por caso una unidad familiar de cuatro personas que viven de un solo sueldo. De ajustarse a la media nacional, se supone que ese sueldo deberá permitir gastar más de 400.000 pesetas en las fiestas.

Sumando ambos elementos -los que ganan poco y los que viven a costa de otros-, la racionalidad nos dicta que, para que se cumplan las previsiones del estudio en cuestión, hará falta que la tira de españoles se fundan estas Navidades por encima del millón de pesetas.

Pero eso es lo que se deduce, ya digo, de una consideración racional de los datos.

El problema es que en nuestra realidad social intervienen factores que tienen muy poco que ver con la racionalidad, como no sea para negarla. El principal de ellos, la capacidad de los españoles para entramparse.

Este es un país pobladísimo de gente que vive por encima de sus posibilidades. Sobre todo cuando afronta fechas señaladas: las Navidades, los Reyes, las bodas de los hijos e hijas... También cuando se trata de exhibir supuestos signos externos de riqueza: la vestimenta y el coche, sobre todo. Hay la tira de personal capaz de entramparse hasta las cejas para aparentar que tiene lo que no tiene.

Estoy seguro de que durante estas fiestas habrá muchísimos que se gastarán las 101.200 pesetas de marras sacándolas hasta de debajo de las piedras, si hace falta. Luego se pasarán todo el año sudando para restituirlas. Y sufriendo pesadillas a costa de sus deudas.

La prueba de que es así la tenemos en otro de los datos que, paradójicamente, hay que contar también entre los dispendios navideños: cada español va a gastar este año una media de 16.000 pesetas... en lotería.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de diciembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de diciembre de 2010.

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2000/12/06 06:00:00 GMT+1

El futuro

San Sebastián, 6 de diciembre. Algunos establecimientos abren sus puertas. Dicen que la Constitución Española no va con ellos. O, más exactamente, que va contra ellos.

Me vienen a la memoria los versos de dos poetas. Versos contradictorios, pero razonables, los unos y los otros.

Ángel González: "Te llaman porvenir / porque no vienes nunca".

Miquel Martí i Pol: "Que tot està per fer, i tot és posible".

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (6 de diciembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de junio de 2017.

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2000/12/05 06:00:00 GMT+1

Despilfarros navideños

Según un estudio que se dio a conocer ayer, la población española gastará en los próximos fastos navideños 101.200 pesetas por cabeza.

Abordemos el dato racionalmente.

La primera observación que se impone es la consabida del medio pollo. Ya se sabe: si uno se come un pollo y otro no come nada, la estadística dará que cada uno ha comido medio pollo. Todos somos conscientes de que hay españoles -y no digamos españolas- que malamente podrían gastarse 101.200 pesetas en 15 días, porque no las ganan en todo el mes. Habrá bastantes que justo sobrepasarán esa cantidad sumando a su sueldo normal la correspondiente paga extra, y no poca gente más que ni por ésas, porque no tiene ni paga extra ni sueldo normal. Por mucho que se empeñen en dispendiar, la lógica indica que todos ellos habrán de conformarse con menos.

De lo cual se deduce que, para llegar a la media de 101.200 pesetas, será necesario que haya millones de personas que se gasten mucho más.

Pero ése no es el único efecto compensatorio digno de consideración. Hay que recordar el hecho de que el personal, con bastante frecuencia, vive en familia. Pongamos por caso el nada infrecuente de una unidad familiar compuesta por cuatro personas que viven de un solo sueldo. De ajustarse a la media nacional, se supone que ese sueldo deberá dar como para gastar más de 400.000 pesetas durante la quincena que servirá de frontera del siglo.

Sumando ambos elementos -los que ganan poco y los que viven a costa de otros-, la racionalidad nos dicta que, para que se cumplan las previsiones del estudio en cuestión, hará falta que la tira de españoles se gasten estas Navidades por encima del millón de pesetas. Algunos, bastante por encima del millón.

Pero eso es lo que se deduce, ya digo, de una consideración racional de los datos.

El problema es que en nuestra realidad social intervienen factores que tienen muy poco que ver con la racionalidad, como no sea para negarla. El principal de ellos, la capacidad de los españoles para entramparse.

Que alguien no pueda permitirse algo no quiere decir en modo alguno que no se lo permita.

Éste es un país pobladísimo de gente que vive por encima de sus posibilidades. Sobre todo cuando afronta fechas señaladas: las Navidades, Reyes, las bodas de los hijos e hijas, las vacaciones... También cuando se trata de exhibir supuestos signos externos de riqueza: la vestimenta y el coche, sobre todo. Me sé de la tira de personal que es capaz de entramparse hasta las cejas para aparentar que tiene lo que no tiene.

Estoy seguro de que durante estas próximas fiestas habrá muchísima gente que se gastará las 101.200 pesetas de marras sacándolas hasta de debajo de las piedras, si hace falta. Luego se pasará todo el año sudando para restituirlas. Y soñando con sus deudas.

La prueba de que es así la tenemos en otro de los datos que, paradójicamente, hay que contar también entre los dispendios navideños: cada español se va a gastar este año una media de 16.000 pesetas en lotería.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (5 de diciembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de mayo de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/12/05 06:00:00 GMT+1
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2000/12/04 06:00:00 GMT+1

Bueren

Ahora han descubierto que el ex juez de la Audiencia Nacional Carlos Bueren tiene tendencia a mediatizar el desarrollo de la justicia con fines particulares.

Bueren es en estos momentos abogado de un despacho de campanillas. Mete las narices en las actuaciones de la Audiencia Nacional para beneficiar a los clientes de su despacho.

Cuando fue magistrado, las metía para ayudar al Ministerio del Interior. Lo hizo tan sistemática y tan fielmente que algunos de sus propios compañeros de carrera lo llamaban en privado «ese policía con toga». Pero entonces sólo unos pocos denunciamos abiertamente sus actuaciones.

Interior lo condecoró. Lo mismo que al resto de los demás jueces de la Audiencia Nacional, excepto Gómez de Liaño. Pero no tanto como a Garzón, al que ha concedido una cruz pensionada.

Ahora nadie se priva de insinuar que Bueren no es trigo limpio. Como ya no sirve a los intereses gubernamentales, se ha abierto la veda contra él.

¡Cuídese Garzón de dejar de servirlos!

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (4 de diciembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de mayo de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/12/04 06:00:00 GMT+1
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2000/12/03 06:00:00 GMT+1

La parábola del gel

Para los hombres que tenemos la piel delicada y la barba dura, la operación del afeitado no tiene nada de trivial. Nos jugamos pasarnos el día restañando heridas y sufriendo irritaciones cutáneas varias.

De ahí que muchos optemos por evitarla, dejando que el pelo siga su curso natural y nos tape media cara.

Pero la barba crecida también presenta inconvenientes. Para empezar, si uno no quiere parecer Víctor Ríos -posibilidad contra la que no tengo nada en principio, pero que no me convence como fórmula personal-, debe arreglarla, lo que puede llevar tanto tiempo como afeitarla. En segundo lugar, favorece que algunos pelos hagan viaje de ida y vuelta, incrustándose de nuevo en la cara y generando desagradables granitos. Además, da mucho calor en verano. En fin, no permite verse la cara en su cruda realidad.

Personalmente tengo a este respecto, como en tantos otros, una actitud ecléctica. Llevo barba hasta que me harto de ella. Y me la dejo cuando mi ración de sinceridad facial me parece ya excesiva.

A veces me busco alguna excusa para tomar una u otra decisión. La última vez que decidí dejarme la barba al cero lo hice coincidir con mi abandono de la Redacción de El Mundo. A los más crédulos traté de convencerlos de que, del mismo modo que Mikel Laboa había afirmado que no se cortaría la barba hasta que viera el euskara a salvo, yo había jurado que no lo haría hasta que me viera a salvo a mí mismo. Los hubo que creyeron que hablaba en serio.

Obligado ahora, pues, a afeitarme casi a diario, y siendo tal operación especialmente delicada en mi caso por las razones reseñadas supra, se comprenderá que me haya vuelto especialmente cuidadoso no sólo en el desarrollo de la necesaria técnica manual, sino también en la elección del instrumental básico imprescindible (a saber, maquinilla, espuma de afeitar y loción para después del afeitado).

Para cada cosa tengo mi marca favorita, elegida con el paso de los años y después de muchas y no siempre agradables experiencias. Cuando algo se me acaba, recorro cuantas tiendas sea necesario para comprar el producto de mi elección, y no admito imitaciones.

Ya me hago cargo de que este conjunto de explicaciones tienen lo suyo de prolijo, pero me han parecido convenientes para hacerte ver, oh lector, la importancia que tuvo la decisión que tomé ayer.

Se me terminó la espuma de afeitar, así que, como de costumbre, me fui a un comercio especializado en busca del repuesto de rigor.

¡En mala hora! Entré, solicité mi producto y de repente todo se me vino abajo: el dependiente me dijo que mi espuma de afeitar, la espuma de mis amores... ¡ha dejado de fabricarse!

Me quedé, como es lógico, profundamente consternado.

Rehusando admitir que tal catástrofe pudiera ser cierta, decidí acudir a la central que la marca en cuestión tiene en Madrid.

Allí me enteré de que la cosa es grave, pero no tanto como me habían dicho en la tienda. Han dejado de fabricar el producto, sí, pero sólo momentáneamente. Están cambiando la presentación del envase. De todos modos, una amable señorita, que parecía hacerse cargo de mi hondo desasosiego, me informó de que la misma marca tiene otra espuma de afeitar, perteneciente a otra «línea de productos» (eso dijo), que incluso podía gustarme más, porque -añadió- «es más moderna».

Sin entretenerme en interrogarle sobre qué parte de mi aspecto le hacía suponer que puedo preferir lo moderno, me interesé por las presuntas ventajas de esa otra espuma.

-En realidad no es una espuma. Es un gel autoespumante -me soltó, como quien aporta un dato definitivo.

-¿Es un qué? -respondí, estupefacto.

-Un gel autoespumante. ¿No sabe en qué consiste? Coge usted un poco de gel, lo frota y se convierte en una gran cantidad de espuma.

-Ah, vaya. Y el resultado ¿es bueno?

-Buenííííísimo -sonrió, como si le hiciera gracia mi ignorancia.

Algo tenía que hacer hasta que vuelvan a vender mi espuma de afeitar, de modo que compré aquello.

Esta mañana he comprendido que el gel autoespumante es realmente moderno. Extraordinariamente moderno. Definitivamente moderno. Es, de hecho, un auténtico emblema de la modernidad más moderna.

He echado un poco del gel en la palma de la mano. Me lo he frotado contra la barba. Al punto ha empezado a surgir, en efecto, una gran cantidad de suave y blanquísima espuma. «¡Perfecto!», me he dicho.

Pero una de las peculiaridades de mi técnica personal de afeitado es que, tras aplicarme la espuma, y en contra de lo que hace la mayoría, no me afeito de inmediato. Dejo pasar unos minutos, para que la espuma vaya ablandando la barba y haga más fácil el rasurado.

Pues bien: la abundante y blanquísima espuma del bueníííísimo gel autoespumante, al cabo de esos minutos... ¡se había quedado convertida en una cremita de nada, apenas visible sobre mi cara horrorizada!

Dura lo que nada. Parece, pero no es. Da el pego. Crece a la misma velocidad que desaparece.

Es, sin duda, un gel modernísimo.

Es la imagen misma de la modernidad.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (3 de diciembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de mayo de 2017.

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2000/12/02 07:00:00 GMT+1

Otro con el síndrome

La amarga queja sale de los labios de un alto cargo del PP: «Me parece que le interesan ya más los problemas de Oriente Medio que los de aquí». Se refiere, por supuesto, a José María Aznar.

Como González en tiempos, Aznar se ve ya como un estadista de talla internacional. El escenario de sus reflexiones es el universo mundo. Cuando cavila, su mente vuela a Jerusalén, a Chechenia, a Colombia, a los Balcanes. A Bruselas, lo más cerca. ¿No es irritante que un dignatario como él, que tiene por interlocutores a Clinton, a Barak, a Putin, a Arafat y al amigo Tony, deba rebajarse a la consideración de pequeñas minucias locales, como esa tontería de las vacas locas o esa otra del gasóleo de calefacción? Camina por la vida convencido de que su lugar ya no está en los jardines de La Moncloa, sino en los libros de la Historia.

El González presidente era un gran hablador, pero a sus próximos no les cabía duda de que, en realidad, no soltaba prenda sobre casi nada. Jamás sabían a qué atenerse con él. Aznar está en las mismas, pero sin cháchara. Reservado de siempre, el aire frío de las cumbres lo ha convertido en pétrea estatua. Dicen los relatos mitológicos que la efigie de la diosa Fortuna, en el templo de Ancio, solo respondía a los demandantes con un movimiento de cabeza o un leve gesto. Era un prodigio de la comunicación, comparada con Aznar.

Como la diosa Fortuna, él también se representa con el cuerno de la abundancia en ristre. Se tiene por el artífice de la relativa prosperidad de los últimos años y lleva fatal que se le falte a la gratitud debida, sea apuntando que sus méritos han sido solo relativos, sea señalando que su barco, que supuestamente navegaba viento en popa, empieza a hacer agua.

Volvemos a toparnos con el ya viejo síndrome de La Moncloa.

No es una enfermedad que surja por generación espontánea. Se incuba en el enrarecido ambiente de ese palacio. Si todo lo que dice el patrón va a misa, si sus deseos son órdenes, si sus reflexiones son axiomas, si sus gustos son el gusto y sus gracias inevitablemente desternillantes, si es el que mejor juega al mus, al billar o al pádel... y si es eso lo que ve durante años, y nunca otra cosa, exceptuado el torpe griterío del rencor extra muros... entonces el endiosamiento tiene vía libre.

La situación no es todavía del dominio público pero, de seguir las cosas así, no tardará en serlo. El equipo gubernamental integra un Gobierno, sin duda, pero ya no es un equipo. El jefe no marca directrices: se limita a dar órdenes. Y su ejemplo es contagioso: cada vez son más los que recurren al ordeno y mando, al porque sí y al déjate de bobadas y hazlo.

Porque tienen la oposición que tienen- que no tienen- que si no...

Javier Ortiz. El Mundo (2 de diciembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de marzo de 2013.

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2000/12/01 06:00:00 GMT+1

Otro con el síndrome

La amarga queja sale de los labios de un alto cargo del PP: «Me parece que le interesan ya más los problemas del Oriente Medio que los de aquí».

Se refiere, por supuesto, a José María Aznar.

Como González en tiempos, Aznar ha entrado ya en esa fase en la que se considera no ya sólo «un estadista», sino un estadista «de talla internacional». El escenario de sus reflexiones ha pasado a ser el universo mundo. Cuando cavila, su mente vuela a Jerusalén, a Chechenia, a Colombia, al África Central, a los Balcanes. A Bruselas, lo más cerca. ¿No es irritante que una personalidad como él, que tiene por interlocutores a Clinton, a Barak, a Putin, a Arafat y al amigo Tony, deba rebajarse a la consideración de pequeñas minucias locales, como esa tontería de las vacas locas o esa otra del gasóleo de calefacción? Camina por la vida convencido de que su lugar ya no está en los jardines de La Moncloa, sino en los libros de la Historia.

El González presidente era un gran hablador, pero sus próximos sabían bien que, en realidad, no soltaba prenda sobre casi nada. Jamás sabían a qué atenerse con él. Aznar está en las mismas, pero sin cháchara. Reservado de siempre, el aire frío de las cumbres lo han convertido en pétrea estatua. Dicen los relatos mitológicos que la efigie de la diosa Fortuna, en el templo de Ancio, sólo respondía a los demandantes con un movimiento de cabeza o un leve gesto. Era un prodigio de la comunicación, al lado de nuestro actual presidente.

Como la diosa Fortuna, él también se representa con el cuerno de la abundancia en ristre. Se tiene por el artífice de la relativa prosperidad de los últimos años y lleva fatal que se le falte a la gratitud debida, sea apuntando que sus méritos han sido sólo relativos, sea señalando que el barco que supuestamente navegaba viento en popa empieza a hacer agua por varias vías.

Volvemos a toparnos con el ya viejo síndrome de La Moncloa. La expresión se inventó para Suárez, pero fue González quien la llevó a la cima. Ahora Aznar sigue sus pasos.

No es una enfermedad que surja por generación espontánea. Se incuba en el enrarecido ambiente de ese palacio. Si todo lo que dice el patrón va a misa, si sus deseos son órdenes, si sus reflexiones son axiomas, si sus gustos son el gusto y sus gracias inevitablemente desternillantes, si es el que mejor juega al mus, al billar o al pádel... y si es eso lo que ve durante años, y nunca otra cosa, salvo las que proceden de los rencorosos y los perdedores que habitan extra muros... entonces el endiosamiento tiene vía libre.

La situación no es todavía del dominio público pero, de seguir las cosas así, no tardará en serlo. El equipo gubernamental integra un Gobierno, sin duda, pero ya no es un equipo. El jefe no marca directrices: se limita a dar órdenes. Y su ejemplo es contagioso: cada vez son más los que recurren al ordeno y mando, al porque sí y al déjate de bobadas y hazlo. Cada ministro va a lo suyo, tratando de labrarse el porvenir menos ingrato que le quepa.

Porque tienen la oposición que tienen -o que no tienen-, que si no...

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (1 de diciembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de mayo de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/12/01 06:00:00 GMT+1
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2000/11/30 06:00:00 GMT+1

¡Qué fuertes... y qué aburridos!

Regreso de una comida de ésas que nos montamos los periodistas para llorar en común -yo lo he conseguido gracias a la humareda que se ha formado en el reservado del restaurante- y para confirmarnos mutuamente que todo está mal, pero que muy mal. Echo una ojeada a la tele. Están transmitiendo un partido de tenis de la Copa Masters entre Pete Sampras y Alex Corretja (mocetón condenado a que los medios de comunicación con sede en Madrid lo llamen sistemáticamente Correia, porque los locutores capitalinos cada vez lo dicen mejor todo en inglés, pero no están dispuestos a perder ni un minuto aprendiendo a pronunciar correctamente nada en catalán.)

Me paro a ver el juego. Confieso que mi interés por el tenis ha descendido vertiginosamente en los últimos años, en proporción directa con mi pérdida de visión. Ni siquiera en la gran pantalla del televisor del salón me es fácil seguir el vaivén de la pelotita de las narices.

Pero la culpa no es sólo de mi vista. También de la velocidad a la que estos tipos de ahora son capaces de lanzarla. A doscientos nosecuantos a la hora, afirma el locutor. Ya puede ser, sí.

Me concentro por un momento en el juego.

Coge Sampras la bola. La mira con extraordinario detenimiento, cual si fuera Hamlet con la calavera.

La bota.

La vuelve a mirar, como si tuviera que confirmar que es la misma de hace un minuto.

La bota otra vez. Nueva inspección.

Ya se decide. La lanza al aire y le pega un raquetazo del recopón. Corretja, como yo: ni la huele. Ace.

Vuelta a empezar, ahora del otro lado.

La misma lentísima operación. El mismo resultado.

Tercer intento. El juez de silla dice que esta vez la pelota ha tocado la red. Yo, como si fuera un gobernante en apuros con la prensa: ni lo confirmo ni lo desmiento. Imposible: no he visto nada.

Sigue el asunto, por sobre más o menos igual. En alguna ocasión, Corretja consigue devolver a Sampras el envío. Se intercambian dos o tres hostias y ya está.

Es un aburrimiento de tomo y lomo. Me viene a la memoria el juego imaginativo y heterodoxo de John McEnroe. Y el aburrimiento de Ivan Lendl, aquel seta soporífero y patibulario. Ahora todos son como Lendl, pero con 20 centímetros más.

McEnroe me divertía. Con su juego y con sus broncas. Y, además, cuando tocaba la pelota, yo la veía. Ahora sólo me distrae el tenis femenino. Las mujeres tienen la ventaja, realmente impagable, de que son menos fuertes. O sea, menos bestias.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (30 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de mayo de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/11/30 06:00:00 GMT+1
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2000/11/29 07:00:00 GMT+1

Las cuentas de Aznar

El PSOE está hecho unos zorros. De acuerdo.

No se sabe qué política tiene -si es que tiene alguna- de cara a muchos asuntos clave. Es verdad.

En todo lo relativo a Euskadi, parece más una jaula de grillos que un partido. Sin duda.

Pero -mire usted por dónde, qué cosa- ese desastre, ese caos, esa incoherencia disfrazada de partido... ha reducido a la mitad la diferencia que le sacaba el sólido, firme, recio y ultrasolvente PP en lo tocante a expectativa de voto, según los datos proporcionados ayer por el oficialísimo Centro de Investigaciones Sociológicas.

Y no se queda ahí la cosa, ni mucho menos. Porque hete aquí que, de creer los resultados del barómetro de otoño del tal CIS, el pusilánime, asediado e irresoluto jefe de ese partido-mindundi, por nombre Rodríguez Zapatero... ¡es el dirigente político más valorado por la opinión pública española, que lo sitúa por encima incluso de nuestro presidente!

Bien. Valoremos la situación.

Ironías aparte, que el PSOE está muy mal es la puñetera verdad. Y que el valor del tal Rodríguez Zapatero es como el de los viejos reclutas -o sea, un suponer-, lo mismo.

De lo cual se deduce que la cosa no puede ser tanto que el PSOE esté cobrando mucho auge como que el PP está perdiendo fuelle.

¿Y por qué lo está perdiendo? Bueno; eso, como diría un jesuita, es opinable.

En mi criterio, un factor que está deteriorando más y más la imagen del Gobierno de José María Aznar es su infinita prepotencia.

Viendo cómo reacciona ante las adversidades, recuerdo algo que se contaba de G. W. H. Hegel. Se decía que, en cierta ocasión en que un colega le señaló que estaba defendiendo una tesis refutada por los últimos descubrimientos de la Ciencia, él replicó: «Pues, si los hechos me contradicen, peor para los hechos».

Aznar hace tal cual. Cuando lo que ocurre no coincide con sus previsiones -no digamos ya si las contraría-, reacciona culpando a los hechos. A veces incluso de por vida: ni se sabe cuántas estaciones lleva el Gobierno culpando de la inflación a «factores estacionales». Debe de ser una estación perpetua.

Idéntica rigidez ha demostrado ante el problema vasco. Dijo que lo iba a resolver rápidamente. Todo ha ido a peor y él todavía le espeta a la oposición con gesto ceñudo que el tiempo se le acaba.

¡Que se le acaba a la oposición, no a él!

Va repartiendo anatemas por doquier: cuantos no le decimos amén somos unos ilusos, si es que no unos cómplices más o menos inconscientes de los terroristas.

Pero su cuenta de resultados está a la vista de todos. Y todos sabemos hacer cuentas.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de noviembre de 2000). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de diciembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2000/11/29 07:00:00 GMT+1
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