2002/11/07 06:00:00 GMT+1
Tenía yo por aquí preparadas unas notas para hablar cualquier día de éstos sobre la visita de Steven Spielberg a Cuba.
Conforme a lo preceptuado legalmente, el cineasta comunicó a las autoridades norteamericanas su deseo de realizar el viaje. La Administración Bush, temerosa de verse mezclada en un incidente de indeseables consecuencias publicitarias, le concedió el correspondiente permiso, alegando que se lo daba porque se trata de «un intercambio cultural no comercial» (una pura excusa, porque Spielberg no ha ocultado que una de las razones de su visita es estudiar la posibilidad de localizar en Cuba alguna de sus próximas películas).
Spielberg, que ha viajado a la isla en compañía de su mujer, la actriz Kate Capshaw, ha hecho declaraciones en las que se distancia netamente de la política oficial estadounidense de bloqueo económico. Algo semejante hicieron antes que él otros cineastas de Hollywood, como Robert Redford, Kevin Costner, Jack Lemmon y Jack Nicholson.
Digo que pensaba hablar del viaje de Spielberg ligándolo con las posiciones radicalmente hostiles a Bush manifestadas públicamente en los últimos tiempos por Jessica Lange y Susan Sarandon para ilustrar que, si en los EEUU hay una opinión pública muy reaccionaria y beligerante, también existen y tienen predicamento posiciones pacifistas, favorables a la solidaridad internacional.
Por el aquél de darle a la vida, así sea muy de vez en cuando, un toque de optimismo.
Y en esto que me entero del resultado de las elecciones legislativas norteamericanas, que han concedido a Bush las escasas parcelas de poder que todavía escapaban de su control. Que le dejan manos libres para hacer cuanto se le ponga.
«El electorado sigue bajo los efectos de los acontecimientos del 11-S», dicen los comentaristas.
Respondo. Primero, que de «el electorado» -así, en general-, nada. El 63% de los electores se han abstenido. Si la democracia en América -dicho sea por recordar el clásico de Tocqueville- fuera mínimamente seria, esas elecciones deberían ser anuladas por falta de quórum. Y segundo: que, si los votantes hubieran tenido en cuenta realmente lo sucedido el 11-S, huirían de Bush como de la peste. Apoyarle es el mejor modo de favorecer que algo como aquello pueda repetirse.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (7 de noviembre de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/11/07 06:00:00 GMT+1
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2002/11/06 06:00:00 GMT+1
Algunas cadenas de tiendas de discos han vetado la obra de Olvido Alaska, a la que acusan de haber salido en defensa de la piratería. En realidad, lo que la veterana artista había hecho es criticar «el discurso policial de la SGAE» y decir que 9 euros sería «un precio razonable» para un cedé. También llamó la atención sobre el hecho de que el artista no cobra sino 50 céntimos de los 21 euros que cuesta cada disco.
Son tres asuntos conexos, pero diferentes.
Primero, el de los precios de los cedés. Es por lo común muy abusivo, sin duda. No lo es cuando la tirada del disco es muy corta, como ocurre con ciertas obras y colecciones minoritarias, pero sí cuando se trata de discos de gran tirada. En éstos, el margen de beneficio de las compañías es escandaloso.
Segundo asunto: el del porcentaje que se llevan los artistas. Alaska habla de 50 céntimos sobre 21 euros. Ignoro si ese porcentaje se refiere sólo a los intérpretes o si incluye a los autores de las canciones. En todo caso, es una porquería. En el mundo editorial, a los autores se les atribuye por contrato en torno a un 10% sobre el precio de venta de su libro.*
Y tercer asunto: la SGAE. Todas las informaciones que me han llegado sobre los manejos de la gente que dirige ese tinglado hablan de escándalo. Dicen que han puesto en marcha una máquina de recaudar dinero: que persiguen sañudamente toda reproducción pública de música para cobrar por ello, pero que distan de perseguir con el mismo celo a los autores para pagarles lo que han cobrado. Los más célebres y mimados de la industria discográfica no tienen mayor problema a la hora de llevarse lo suyo, pero los artistas y compositores de menos campanillas -por no hablar de los de lejanas tierras- se las ven y se las desean para cobrar, o no cobran en absoluto. Gracias a ello, supuestos músicos que ni se acuerdan ya de cuándo vendieron su último disco, como Tedy Bautista o Ramoncín, viven montados en el dólar.
De modo que, hablando en términos generales, Alaska tiene más razón que una santa. Pero es que, aunque no la tuviera, la reacción de las cadenas de tiendas de discos, boicoteando su obra, sería igual de intolerable. Los vendedores de discos, como los libreros, como los kiosqueros, son meros intermediarios entre quien ejerce la libertad de expresión (o de creación artística, en este caso) y quien posee el derecho inalienable a recibirla. Lo que han hecho no es más que una cacicada fascista.
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* Otra cosa es que los autores no tengan modo de saber si las cifras de venta que les proporcionan las editoriales son reales o falsas. Eso se resolvería fácilmente si la Sociedad General de Autores, del mismo modo que se presenta en el último garito de España para comprobar qué música pone, inspeccionara mensualmente las librerías y demás puntos de venta para controlar qué y cuántos libros venden. Así de sencillo. Pero la SGAE descubrió hace tiempo que lo que realmente le da dinero es la música. Y a los escritores, que les den viento.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (6 de noviembre de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/11/06 06:00:00 GMT+1
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2002/11/05 06:00:00 GMT+1
Me manda un lector una noticia aparecida en el diario La Opinión. El titular dice: «Vázquez: "Hoy puede que sea más delito decir ‘La Coruña' que ‘Gora ETA'".
Y el texto es el siguiente:
«Puede que hoy sea más delito decir "La Coruña", aunque uno esté hablando en español, que gritar "Gora ETA" en un acto público", dijo ayer Francisco Vázquez, para ridiculizar los extremismos de los partidos nacionalistas que pretenden "romper la fórmula de España con pretensiones históricas inexistentes utilizando todos los recursos que les permite la democracia y, en ocasiones, el terrorismo". El alcalde de A Coruña hizo estas afirmaciones en Gijón donde pronunció la conferencia titulada: "España: un proyecto compartido".
»El político socialista repasó la historia de España desde antes de la unión de las Coronas de Castilla y Aragón, al actual sistema educativo en las comunidades denominadas históricas, donde según denunció: "Los vascos no conocen al bilbaíno Miguel de Unamuno; en Cataluña, no estudian a Josep Plá, y los gallegos no reconocen a escritores como Pardo Bazán o Valle Inclán porque no reivindicaron sus lenguas regionales".
»Vázquez recordó que los cachorros de ETA "son jóvenes nacidos en esta democracia y educados en aulas, en las que no les hablaron de las libertades y de las bondades del sistema democrático. Son jóvenes que desconocen la lengua, la literatura y la geografía de España, que desconocen que en los siglos XIII y XIV los señoríos de Vizcaya y Guipúzcoa ya formaban parte de la Corona de Castilla, mucho antes que otros territorios que se fueron incorporando a España".
»Los pasajes de Don Quijote, y toda la literatura del Siglo de Oro español sirvieron a Vázquez para hilvanar una conferencia en la que denunció: "Hoy se puede declarar con orgullo el activismo vasco, gallego o catalán, pero cualquier referencia al sentimiento español es anatematizado como nostalgia del franquismo y, desde luego, nada más lejos".
»"Los símbolos regionales se han convertido en la única iconografía aceptable. Y es vergonzoso escuchar a los políticos hablar de "Galicia y España" o "Cataluña y España", equiparándolas en la misma categoría.»
Recuerdo que Paco Vázquez cuenta con amplio respaldo electoral en A Coruña, donde presume de ser votado "tanto por la derecha como por la izquierda".
Ayer recogí en La noticia del día el dato ofrecido por un trabajo de la Fundación Gutiérrez Mellado que señala que un tercio de los futuros mandos del Ejército español todavía rechaza la existencia de autonomías en España. Esos son los mandos. Pero a veces conviene escarbar también en las cabezas de la gente más popular -socialistas incluidos- para hacerse cargo de la clase de tropa que tenemos.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (5 de noviembre de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/11/05 06:00:00 GMT+1
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2002/11/04 20:00:00 GMT+1
No creo que nadie que lea habitualmente esta página web encuentre demasiadas ideas nuevas en la intervención que tuve en la mesa redonda que concretó el acto de referencia, que compartí con un profesor de Sociología de la Universidad de Cantabria, una representante de la Cruz Roja -que me sorprendió por su empeño en presentar su organización como "no gubernamental", más allá de la evidencia de que la Cruz Roja depende desde el año de la Tarara de los Presupuestos Generales del Estado-, un inspector de Policía -que trató de convencernos de que las leyes sobre inmigración son cada vez mejores porque los textos legales y reglamentarios tienen cada vez más artículos- y con la primera teniente de alcalde del municipio organizador del Curso.
Doy por hecho que a lo largo de este Curso se habrá hecho un examen muy amplio de los problemas vinculados a la inmigración y que es poco lo que yo, que ni siquiera soy especialista en la materia, podría aportar de cara a su mayor conocimiento.
Puesto que he sido invitado en mi condición de periodista, trataré de serles de alguna utilidad haciendo algunas reflexiones sobre el papel que cumplen los medios de comunicación en la conformación de las actitudes de la ciudadanía en relación a la inmigración.
Empezaré por referirme a la importancia otorgada por los medios de comunicación a la inmigración masiva y descontrolada en tanto que factor desencadenante del incremento de la inseguridad ciudadana y, por vía de consecuencia, como causa de un peligroso auge de la extrema derecha política. Esto se planteó de manera muy llamativa, y hasta francamente alarmista, al término de la primera vuelta de las últimas elecciones presidenciales en Francia, como todos recordarán.
Se trató, en muy buena medida, de un ejercicio intensivo de manipulación informativa.
Para crear ese estado de opinión, los grandes medios de comunicación hicieron una pintura groseramente exagerada de la realidad. El incremento electoral del partido de Le Pen no tuvo la importancia que se quiso dar a entender. La derecha autoritaria francesa viene estando desde hace casi medio siglo en cotas electorales cercanas a la alcanzada en esta penúltima ocasión. Lo que provocó su ascenso al segundo puesto del ranking electoral no fue tanto su crecimiento específico -que tampoco fue despreciable- como la dispersión superlativa del voto de la izquierda, dividida en media docena de candidaturas, todas ellas respaldadas por un buen porcentaje del electorado.
Pero el punto sobre el que quisiera centrar la atención no es ése, sino el hecho de que tanto los políticos del establishment como los medios de comunicación daban por supuesto que, para frenar el avance de Le Pen, lo que hacía falta era arrebatarle sus banderas y proponer lo mismo que él, aunque de manera menos brutal, asumiendo una versión suavizada, light, de su programa. Es como si se hubieran puesto de acuerdo en que la xenofobia y el autoritarismo son enfermedades que sólo pueden ser tratadas por vía homeopática, administrando a la sociedad dosis supuestamente razonables de xenofobia y autoritarismo.
Que en las grandes barriadas marginalizadas de las grandes ciudades francesas hay graves problemas de inseguridad es una evidencia. Y que en esos problemas tiene mucho que ver la población inmigrante, otra. Pero eso no remite al hecho mismo de la inmigración, sino a las condiciones en las que malvive una buena parte de la población inmigrante. En los guetos negros de los EUA -hablo ahora concretamente de los afroamericanos, no de los latinos- casi todo el mundo tiene desde hace muchos años la nacionalidad norteamericana, pero eso no los exime de conflictividad: no estallan cada tanto por culpa de una mala política de inmigración, sino por culpa de una mala política, a secas. Por culpa de unas condiciones de vida que son caldo de cultivo de las más diversas vías de escape, por los caminos de la delincuencia, o, alternativamente, de los estallidos sociales más virulentos.
Queda claro, entonces, que no es la inmigración la que genera delincuencia. Lo que genera delincuencia es la marginalización.
¿Habremos de suponer que los inmigrantes sienten una atracción irresistible por la marginación, que les gusta, que les va la marcha? ¿O quizá resulte más sensato deducir que se instalan en ella -los que se instalan- porque no tienen más remedio?
Para lograr un modo de vida decente se requiere muchas condiciones. Demasiadas, me temo. Hace falta tener un empleo decente y un sueldo decente, y una documentación decente, y un hogar decente donde un vecindario decente acepte al inmigrante como gente decente. Nada de eso depende de él. Es más: hay buenas razones para suponer que todo eso es incompatible con la condición de inmigrante.
Porque, no nos engañemos: en esto como en todo, funcionan las leyes de la oferta y la demanda. Si en la Unión Europea no hubiera demanda de mano de obra semi-legal o directamente ilegal, pagable a precios de miseria, la oferta caería en picado a toda velocidad. Y si nadie ofreciera infraempleos que violan todos los convenios internacionales sobre condiciones laborales, y si nadie alquilara infraviviendas donde hacinar clandestinamente a los inmigrantes... ¿para qué, a cuento de qué vendrían? La oferta parte de esa condición previa: interesan en la medida -y sólo en la medida- en que aceptan tareas más largas, más duras y peor pagadas que los trabajadores nativos, y en que cuestan muy poco, comparativamente hablando, a las arcas públicas. Su presencia, además, sirve para dar nueva forma a un fenómeno tan viejo como el propio capitalismo: son también un poderoso ejército de reserva laboral que presiona sobre los trabajadores locales, forzándolos a tolerar la progresiva degradación de sus propias conquistas sociales.
En estas condiciones, pretender que el capitalismo europeo proporcione un status digno a la inmigración masiva es como reclamar a los fabricantes de foi que no maltraten el hígado de las ocas. Si no pudiera superexplotarlos, ¿para qué iba a contratarlos? Serían como trabajadores locales, sólo que con vocabulario más pobre y con costumbres mucho más raras.
Quisiera subrayar el doble juego que realizan a este respecto los grandes medios de comunicación que, de un lado, se escandalizan del aumento de las actitudes xenófobas en las sociedades occidentales, incluida la nuestra, y, por otro, contribuyen día tras día al incremento de los sentimientos xenófobos asociando sistemáticamente inmigración y delincuencia. Las secciones de sucesos de los medios de comunicación son hoy en día un permanente ejercicio de incitación a la xenofobia. ¿Cómo? Por la vía de insistir machaconamente en la nacionalidad o la raza de los presuntos delincuentes. Antes, en mis tiempos, los libros de estilo señalaban que la raza o el origen nacional de las personas implicadas en un hecho delictivo sólo deben mencionarse cuando el dato es clave para la comprensión de lo ocurrido. Ahora la norma es la opuesta: se subraya esa circunstancia venga o no a cuento, e incluso se lleva al titular de la noticia. «Detenido un marroquí...», «Tres asiáticos...». Jamás veréis que ponga: «Uno de Cuenca roba una joyería» o «Detenido un bilbilitano por violación».
Incluso se realizan aparatosos sondeos de opinión que asocian las dos ideas: inmigración y delincuencia. Hoy tenemos un sondeo así en El País. De acuerdo que luego la letra pequeña del trabajo pone ya las cosas más en su sitio, pero la asociación de ideas ya está hecha. No os quiero ni contar la que se armaría si ese mismo periódico encargara un sondeo titulado «Homosexualidad y delincuencia sexual», por mucho que se esmerara luego en la redacción del texto. En esto como en tantas otras cosas, a menudo lo realmente importante no son las respuestas, sino las preguntas.
[De todos modos, tampoco la redacción del texto está libre de culpa. Leo: «Los inmigrantes... suponen ya casi el 4% de la población española. En todos los estudios y encuestas aparece como tercer o cuarto problema del país tras el paro y el terrorismo». Es decir, que los propios inmigrantes, según El País, son un problema. Curioso lapsus.]
Cambio bruscamente de tercio y me voy en busca de otra idea que los medios de comunicación contribuyen a fijar en la conciencia mayoritaria: la inmigración como sinónimo de Magreb y de África subsahariana (salvando la procedente de América Latina).
Admito que hay datos sólidos que permiten alimentar esa idea. Según la Asociación de Amigos y Familiares de las Víctimas de la Emigración Clandestina, creada en Marruecos el 2 de agosto de 2001, entre 100.000 y 110.000 personas intentan cada año atravesar el Estrecho o llegar a las Canarias.
El trabajo de las mafias que trafican con la emigración clandestina se ha multiplicado desde que se endureció la aplicación de los acuerdos de Schengen y se aprobaron nuevas leyes locales contra la inmigración, como la española. Durante el decenio 1991-1999, la Policía española detuvo a 32.000 inmigrantes clandestinos en las costas andaluzas y canarias. Tras el endurecimiento de las condiciones para la concesión de visados en regla, las cifras se dispararon. Tan sólo en un solo año, el 2000, la cifra de detenidos fue equivalente a casi el 50% de todo el decenio anterior. Y en el 2001 lo superó ampliamente: 18.517, de los cuales 14.405 en el Estrecho y 4.412 en Canarias, según cifras expuestas el pasado 24 de abril por José María Aznar en el Congreso de los Diputados.
Los datos proporcionados por las autoridades de Marruecos confirman el flujo creciente de la migración clandestina. La Policía marroquí detuvo el año 2000 a 25.613 personas que estaban en lista de espera para subir a la correspondiente patera. Una cifra que casi se alcanzó entre enero y agosto de 2001, según los últimos datos a los que he tenido acceso.
Se calcula que, por cada detenido -sea por la Policía marroquí, antes de salir, sea por la española, tras desembarcar- hay tres que consiguen su objetivo. Esto quiere decir que el flujo de emigración clandestina procedente del otro lado del Estrecho es ciertamente muy importante.
Pero esa realidad, espectacular y trágica como es por las muchas víctimas que acarrea, tan propicia para dar entidad a los espacios informativos, sirve de paso a los grandes medios de comunicación para enmascarar otra, mucho más discreta pero de peso cuantitativo superior, y en cuya denuncia no tienen mayor interés en incidir: la inmigración constante e intensiva procedente de los países del Este europeo.
Estamos ante un fenómeno de hondas raíces políticas y económicas, en cuya generación ha tenido mucho que ver la lucha por acabar con el bloque del viejo Pacto de Varsovia, sin duda, pero todavía más las ambiciones estratégicas de Alemania.
Ningún observador mínimamente avisado, por benévolo que sea, puede desconocer el papel jugado por Alemania en la evolución de los acontecimientos sucedidos en el Este de Europa en los últimos 13 años, desde la caída del Muro. La clase dirigente alemana vio que tenía una oportunidad histórica -otra- de asumir el control de Centroeuropa y los Balcanes, hasta Ucrania, y a ello se entregó en cuerpo y alma, aun a costa de provocar algunos pequeños incidentes de recorrido, como la disgregación de Yugoslavia y las consiguientes guerras.
En ese camino, Alemania se sirvió del señuelo de la apertura de fronteras: déjame entrar, que yo te dejo venir. Aunque lo llevado no fuera igual que lo traído. Polacos, húngaros, rumanos, ucranianos, bálticos, croatas, eslovenos... Alemania repartió papeles a gogó.
Los desheredados del Este europeo no se hicieron ricos con ello, pero sí legales. Y, como el mercado de trabajo alemán daba para lo que daba, se aprovecharon de la excelencia de sus papeles y de la libertad de movimientos de la UE para buscarse la vida en cualquier parte. Incluida España. Incluido Portugal, país que, por más que siga siendo de emigración, acoge ya a una población ucraniana -subrayo que me refiero sólo a la ucraniana- que supera en número a la procedente de las viejas colonias de Angola y Guinea. Una población a la que el maldito socialismo real se encargó de cualificar, pero a la que el bendito capitalismo real da trabajo de ínfima calidad. Quizá no sepan ustedes que, en estos mismos momentos, una parte nada desdeñable de la mano de obra del gremio de la construcción de Portugal está compuesta por titulados -ingenieros, médicos... y hasta arquitectos- procedentes del Este de Europa, que se han venido para estos lares porque en su tierra lo único que podían hacer con su titulación era... comérsela. Lo cual nos planta de lleno en el núcleo duro del supuesto chiste que Serguéiv, el obrero ex astronauta ruso de Los lunes al sol, la excelente película de Fernando León de Aranoa, les masculla a sus compañeros parados de Vigo: «Lo peor no es que todo lo que nos contaron sobre el comunismo era mentira. Lo peor es que todo lo que nos contaron sobre el capitalismo era verdad».
La Unión Europea se ha llenado de inmigrantes del Este -por lo demás no todos ellos igual de laboriosos-, pero de eso no se cuenta nada, o se cuenta poco y en voz baja, porque es, en muy buena medida, el resultado de una maniobra estratégica de Alemania, y Alemania es el patrón de la UE, y al patrón no se le sacan los colores en público. Así que concentrémonos en poner la zancadilla a los aspirantes magrebíes y subsaharianos, y que caiga sobre ellos todo el peso de la ley, y toda el agua del Estrecho, porque no tienen padrinos, y el que no tiene padrinos, como es bien sabido, no se bautiza.
Lo cual me lleva a otro punto que es también materia de señuelos propagandísticos difundidos por los medios de comunicación: la pretensión de que la emigración masiva procedente del Sur es resultado exclusivo de la miseria existente en los países de origen.
No es verdad. Miseria hay en tres cuartas partes del mundo. Y la mayoría de quienes la padecen no tienen fuerzas, ni físicas ni morales, para plantearse la posibilidad de escapar de ella emigrando a la opulenta Europa. Quienes pueden permitirse esa idea forman parte de una elite privilegiada, por sarcástico que parezca. En Marruecos se han realizado estudios que evidencian que es la capa más preparada y culta de la población la que muestra más interés por saltar a Europa. En el año 2000, 14.000 bachilleres marroquíes -uno de cada cuatro- presentaron una petición oficial para proseguir sus estudios en Francia. Muchos otros presentaron solicitudes similares en las embajadas de España, de Canadá y otros países. Es anonadante la cantidad de técnicos y titulados treintañeros marroquíes que escapan en dirección al Primer Mundo, no dejando nada tras de sí. O, mejor dicho: dejando tras de sí un país sin técnicos ni titulados.
Vivir en Marruecos, ser marroquí, no vende. Como no vende ser argelino, o tunecino, o mauritano. Como vende aún menos ser un negro de ésos de por ahí abajo. Lo cual no se explica exclusivamente por la miseria de sus países, que han sido igual de míseros -o mucho más- durante toda su vida. Es imprescindible contar con el concurso de un elemento que se ha expandido como un reguero por todo el Magreb -y también, aunque menos, por el África subsahariana- durante toda la década de los 90: las parabólicas. Unas parabólicas que no sólo muestran un envidiable y muy atractivo mundo europeo de confort y de libertad, sino que también machacan con imágenes pornográficas a una juventud que, por elementales razones de economía, no puede ni plantearse la posibilidad de conformar una pareja estable antes de los 30 o 35 años. No crean que hago esta referencia a los espacios televisivos de tipo pornográfico con destino al Magreb por ninguna suerte de mojigatería. Lo menciono porque se han convertido en un verdadero fenómeno social.
Lo que el afamado usuario del haloperidol solía llamar «el efecto llamada» tiene muchas vertientes, y casi todas son de fabricación europea. Primero se les incita, luego se les explota -si es que no se ahogan- y, cuando sobran, se les expulsa.
Porque supongo que nadie se llamará a engaño y que todo el mundo, por lo menos aquí, será consciente de que nada existe sin su complementario: que si ellos vienen como sea es porque desde aquí se les llama como sea, siempre que dé dinero.
Un punto más sobre el que quiero llamar la atención y que concierne al papel de los profesionales de la comunicación: el retrato que los medios, pretendiendo ejercer de meros espejos, devuelven a la sociedad, la imagen que le dan de sí misma.
Es pura ficción. En lugar de preparar a la sociedad para aceptar el hecho de la multiculturalidad y de la mezcolanza interracial -no sólo inevitable, sino saludable y benéfica-, se siguen produciendo series, películas y culebrones en las que la España que aparece es de una pasmosa homogeneidad nacional y en la que los pocos elementos visiblemente heterogéneos aparecen siempre ligados a situaciones conflictivas. Los integrantes de eso que los expertos llaman «las minorías visibles» no tienen nunca en la ficción televisiva española papeles protagonistas, decisivos, dirigentes: son, en el mejor de los casos, gente digna de conmiseración, pobre gente, pero en todo caso gente distinta, ajena y, en lo esencial, problemática. Las series televisivas norteamericanas han habituado al público español a aceptar en la ficción -aunque sólo en la ficción- la presencia normal de negros. Pero no, desde luego, la de árabes, o chinos, que siguen constituyendo imágenes sólo adecuadas para las páginas de sucesos. Sin embargo, se nos dice que ya el 4% de la población española es inmigrante. A nada que el porcentaje se homologue con los de la Europa norteña, crecerá más y más en los próximos años. ¿Cómo se refleja esa realidad, cómo se nos prepara para acomodarla? De ningún modo.
Acabo de dar un dato que es en sí mismo una denuncia. Las autoridades españolas dicen que hay en nuestro país en la actualidad millón y medio de extranjeros, en cifras redondas. El 4% de la población.
Pero eso es mentira. Lo que quieren decir es que hay millón y medio de inmigrantes pobres.
La población extranjera instalada en territorio español es muchísimo más numerosa. En las inmensas urbanizaciones residenciales que se agolpan en la costa mediterránea y en los dos archipiélagos, en buena parte habitadas por jubilados nórdicos, alemanes, holandeses y británicos, se calcula que habitan establemente cerca de un millón de personas. Un millón de turistas residentes, no estacionales. Inmigrantes, a fin de cuentas. Y nada baratos: implican unos gastos de infraestructuras y sanitarios de primera magnitud. Pero no tienen ninguna dificultad para regularizar sus papeles, y hasta el Parlamento español ha tenido la delicadeza de modificar la Constitución para que puedan votar en las elecciones locales.
Nadie los ve como un problema. Es más: son ellos los que se permiten ver a los españoles como problema. Participé hace 15 años en un trabajo sociológico que se realizó entre los residentes extranjeros en la Costa del Sol. Arrojó un curioso resultado: según ellos, el principal problema social que estaban obligados a afrontar venía dado por... el empeño de los españoles en no aprender inglés.
Pero nadie habla de eso, porque aquí no hay xenofobia, en sentido estricto: no hay rechazo hacia lo extranjero. Si hubiera rechazo hacia lo extranjero, ¿qué emitirían las televisiones? Aquí, los extranjeros blancos y con dinero son nacionales en potencia. Son estéticos.
En cambio, los árabes pobres, o los bereberes pobres, o los negros pobres, no son estéticos. Todavía me resuenan en los oídos las palabras de Ibraim, un trabajador marroquí de El Ejido: «Los españoles no quieren vernos en los cafés, ni en las calles, ni en los cines, ni nada. Sólo quieren vernos trabajando. Bajo el plástico».
Me hacen evocar las palabras del francés Maxime Le Forestier: «Siento vergüenza de pertenecer a un pueblo como éste».*
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* En el original: «J'ai honte de ce peuple-là».
Javier Ortiz. (4 de noviembre de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de diciembre de 2017.
© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/11/04 20:00:00 GMT+1
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2002/11/04 06:00:00 GMT+1
He pasado los últimos días leyendo una buena cantidad de artículos y trabajos sobre los problemas relacionados con la inmigración, tomando notas para preparar una intervención pública que me toca hacer esta tarde en la Escuela de Formación Municipal de Camargo, en Cantabria. Quiero decir que, cuando me he topado esta mañana con el sondeo del Instituto Opina para El País sobre inmigración y delincuencia, el asunto me ha pillado preparado, y hasta particularmente sensible.
El leit motiv de la perorata que he estado redactando durante estos días -nunca improviso- es el tratamiento que dan los medios de comunicación a los problemas de la inmigración y la extranjería. El País nos ofrece hoy un ejemplo perfecto de ello, encargando un sondeo que asocia, ya de antemano, inmigración y delincuencia. Es indiferente a estos efectos que, a la hora de la letra pequeña, el sondeo subraye que la mayoría de los consultados es consciente de que son las condiciones socio-laborales en que vive la población inmigrante las que explican su mayor relación sectorial con la pequeña delincuencia. El mal ya está hecho.
Cada vez son más numerosas las referencias a la nacionalidad en las noticias de sucesos. Antes, en mis tiempos, los libros de estilo señalaban que la raza o el origen nacional de los implicados en un hecho delictivo sólo deben mencionarse cuando el dato es clave para la comprensión de lo ocurrido. Ahora la norma es la opuesta: se subraya esa circunstancia venga o no a cuento, e incluso se lleva al titular de la noticia. «Detenido un marroquí...», «Tres asiáticos...». Jamás veréis que ponga: «Uno de Cuenca roba una joyería» o «Detenido un bilbilitano por violación».
Si los medios de comunicación se empeñan en asociar sistemáticamente extranjería y delincuencia, qué duda cabe que la mayoría de la población acabará haciéndolo también. Y luego se echarán las manos a la cabeza viendo los progresos de la xenofobia, o del lepenismo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (4 de noviembre de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/11/04 06:00:00 GMT+1
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2002/11/03 06:00:00 GMT+1
Hacía burla apenas hace unas semanas de Alberto Ruiz Gallardón porque había reprochado al PSOE de Madrid su disposición a gobernar con una organización que «está aliada con partidos que hablan con los cómplices del terrorismo», en retorcida referencia a IU, que tiene una alianza de Gobierno en Euskadi con el PNV. Y comentaba que, de hacerse aceptable la aplicación de esa especie de teoría del dominó de las descalificaciones, su propio partido, el PP, tampoco saldría bien librado, porque mantiene un pacto de legislatura en Cataluña con CiU, coalición que integra a UDC, partido que está aliado con el PNV en muy diversos foros, incluido el llamado Pacto de Barcelona.
Yo me tomé a chunga el reproche de Gallardón, pero el PSOE no. Hoy publica El Mundo que la dirección zapaterista va a pedir a IU que fuerce la salida de Madrazo del Gobierno vasco porque -preparáos para la argumentación- piensa que puede necesitar a la coalición de Llamazares para conseguir mayoría en algunos ayuntamientos tras las próximas elecciones municipales y cree que, si Ezker Batua sigue en el Ejecutivo de Ibarretxe, IU puede perder muchos votos fuera de Euskadi, lo que le llevaría a tener menos concejales de los que el PSOE pudiera aprovecharse. ¡Toma ya!
Lo del PSOE se ha convertido en un ejercicio permanente de amoldamiento a los perfiles más reaccionarios y ranciamente españolistas de la población carpetovetónica. En vez de hacer campaña para que se deje de reprochar a IU una alianza que ellos mismos mantuvieron hasta anteayer, como quien dice, y para que el macarthismo no acabe por instalarse definitivamente en la sociedad española, acepta el juego perverso de la descalificación del que habla con el que habla con el que habla con el que no condena el terrorismo.
He hablado de los afeites del PSOE. No me refiero sólo a las muchas capas de maquillaje que se pone en la cara en un intento patético de parecer guapo a la mayoría natural. También aludo a sus afeites en el sentido taurino del término: a fuerza de mocharse él mismo las astas, acabará sirviendo tan sólo para espectáculos del género del bombero-torero.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (3 de noviembre de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/11/03 06:00:00 GMT+1
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2002/11/02 06:00:00 GMT+1
Echo una ojeada a las medidas para la regeneración de la democracia que propone Rodríguez Zapatero. Se parecen como una gota de agua a otra a las que proponía Aznar en 1995. Incluyendo ésa, tan risible, de que los medios de comunicación de titularidad pública no sirvan de instrumento propagandístico del Gobierno. Me encantaría escuchar cómo la explica Pérez Rubalcaba, él, que lograba que el telediario se abriera con mítines de justificación de los GAL, con el recluso Julián Sancristóbal en el papel estelar.
La dirección del PSOE sostiene ahora lo que es inevitable que afirme el partido que está en la oposición, de todo lo cual se olvidará en cuanto llegue (si llega) al Gobierno. Después de 25 años de contemplar el jueguecito, nadie puede acusarnos de ser desconfiados. Tan sólo expertos.
A Rodríguez Zapatero le molesta mucho que el presidente del Gobierno le diga que él no representa ninguna alternativa. Sin embargo, Aznar tiene razón. Como la tenía Felipe González cuando decía que el líder del PP no representaba ninguna alternativa. Por supuesto que hay algunas diferencias políticas entre los unos y los otros, pero no sólo son de importancia menor, sino también fácilmente borrables en caso de que alteren sus papeles.
Zapatero no defiende ninguna política cualitativamente diferente en ningún terreno esencial: ni en el económico, ni en el de la política exterior, ni en el de las libertades, ni en el de la política autonómica, ni en el del conflicto vasco... Y las diferencias que trata de establecer, y que tanto enfatiza, las enuncia de un modo que sólo pueden suscitar sospechas: «Vamos a hacer una política con todos para derrotar a la derecha». Pero, señor mío: si es con todos, tendrá que incluir a la derecha. ¿Espera usted contar con la derecha para combatir a la derecha? ¿O es más bien que da por hecho que somos tontos de capirote y no nos vamos a percatar de la vacuidad de su verborrea?
Escuché lo que dijo hace diez días en la plaza de toros de Vistalegre. Aseguró que los socialistas han aprendido la lección y que, si vuelven a la Moncloa, no se dejarán tentar por la corrupción. Pero, ¿dónde está escrita esa lección? ¿Dónde la relación de los nombres y apellidos de los que ahora reconocen que se dejaron tentar por la corrupción en el pasado? ¿Dónde la lista de las sanciones que les impusieron por corruptos? ¿Qué lección es ésa? ¿La que les dimos nosotros y que ellos tildaron de pura demagogia, acusación que no han retirado todavía?
Insisto: Rodríguez Zapatero no es de fiar ni siquiera en los asuntos de importancia menor en los que se presenta como políticamente diferente. Si él mismo demuestra que no se toma en serio, ¿por qué habríamos de hacerlo los demás?
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (2 de noviembre de 2002) y El Mundo (6 de noviembre de 2002). Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado aquí la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/11/02 06:00:00 GMT+1
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2002/11/01 06:00:00 GMT+1
Eso fue ya hace muchos años -tal vez seis- en mi casa de Aigües, en la montaña alicantina, en una mañana luminosa de verano. Oí al dueño de la finca de enfrente que me llamaba a voces desde el portón. Bajé a ver qué quería.
-¿Es tuyo un gatito blanco que merodea por el camino? -me preguntó.
Le respondí que no. Supuse que sería otro gato de monte más, de los que suele haber por aquí. La gente del lugar los tolera porque mantienen los alrededores libres de ratones.
-No, hombre, no -me dijo-. Si tiene collar antiparasitario y todo...
Al cabo de un momento apareció. Me hizo gracia: no tendría más de dos meses. Lo llamé y se vino conmigo de inmediato.
Deduje que lo habían abandonado. Es frecuente encontrarse en esta zona de la montaña con animales abandonados. Sobre todo perros, pero también algunos gatos.
Así que lo adopté. Le puse en el porche un cestito con un cojín y sus correspondientes cuencos para la comida y la bebida.
Cuando llegó a mi casa, Misi -originalísimo nombre con el que lo bauticé- era un gato totalmente doméstico. Pero pronto fue alternando sus costumbres. Emprendía excursiones con los gatos de monte de la zona, reñía con ellos, a veces se traía alguno de visita... Se fue transformado en un gato de doble personalidad: cuando yo estaba en Aigües, se comportaba sobre todo como un gato doméstico, mimoso y remolón; cuando me iba para Madrid, se buscaba la vida como podía. Pero en cuanto oía el ruido del motor de mi coche, fuera de día o de noche, ya lo tenía de regreso, haciéndome zalamerías para que lo acariciara.
Un mal día, llegué de Madrid y no apareció. Lo llamé, sin resultado. Esperé un día y otro más, y nada. Al final bajé a hablar con el vecino.
-Hace días que no lo veo... Lo que sí puedo decirte es que el de la finca de allá arriba estaba con él que fumaba en pipa, porque se le metió en el palomar y le mató media docena de palomas... Vete a saber.
Nunca lo volví a ver. Supuse que le habrían puesto comida envenenada. Hay gente así.
Desde entonces no había vuelto a tener gatos. Quiero decir domésticos. Igual que mis vecinos, pongo comida para que se acerquen los gatos de monte y ahuyenten los ratones, pero son gatos muy desconfiados y bastante agresivos.
Con el tiempo algunos se vuelven más o menos habituales. Una gata muy bonita y menuda, casi blanca, parecida a Misi pero con algunas manchas negras y rubias, tuvo tres gatos y empezó a acostumbrarse a traerlos al jardín de casa, a comer lo que les ponía. Pero nada de dejarse acariciar. En cuanto me acercaba, salían zingando.
Pronto empezó a hacerse acompañar de otra gata, rubia, tuerta la pobre, que deduje -la verdad es que no sé por qué- que era su hermana.
Este verano, allá por julio, estaba una tarde regando los árboles cuando, al pasar el chorro de la manguera por los huecos del tronco de un algarrobo, oí unos lastimosos maulliditos. Al poco salió corriendo la gata tuerta. Pero los maullidos continuaban. Aparté las ramas y me encontré con cuatro gatitos recién nacidos, a los que había empapado sin querer.
Me los subí para casa y los sequé concienzudamente. Los dejé en el cesto del desaparecido Misi. Al poco, llegó la madre y los recuperó.
Decidí cuidarlos. Demasiado, para el gusto de la madre, que me miraba con obvia desconfianza. No así ellos -y ellas- que, a medida que iban creciendo, se fueron habituando a mi presencia, a mis caricias y a mis juegos. La verdad es que constituyeron un divertido espectáculo durante las vacaciones. Se instalaron en el garaje. Era risible verles aprender a andar, acompañarlos en sus primeras excursiones de tres metros a la redonda, asistir a sus peleas fingidas, a sus cómicos ejercicios de entrenamiento para hacerse felinos... Una de las crías, a la que curé de una conjuntivitis aguda, me daba particulares muestras de cariño, lo cual -para qué decir otra cosa- me encantaba. Entre las cuatro crías, la madre, la tía y los tres primos, la troupe de gatos se volvió importante.
Pero se acabaron las vacaciones, con lo que retorné a la rutina de vivir en Madrid y acercarme por Aigües sólo algún fin de semana; uno al mes, como mucho.
La primera vez que volví se presentaron casi todos los gatos. Pero faltaron dos de los pequeñitos. Estaba la que curé -tan mimosa como siempre- y una de sus hermanas, que se instalaron en casa y me acompañaron durante todo el fin de semana.
Ha pasado un mes. Cuando regresé anteayer, sólo estaba la hermanita, que ha pegado un estirón importante. La mía, que decía yo, no ha aparecido. Y mucho me temo que no vaya a hacerlo, porque por aquí andan su madre, su tía y sus primos, y no creo que se haya emancipado del todo tan rápidamente, y menos ella, tan apegada como era.
Misi, ahora estas pequeñajas... He estado pensando en ello. ¿Qué hace que los otros gatos sobrevivan mal que bien y ellos desaparezcan tan rápido?
Sólo encuentro una explicación: con mis cuidados, les he enseñado a confiar en los humanos. Y es probable que eso les resulte mortal. Tal vez los gatos de monte necesiten ser recelosos para sobrevivir.
Algo semejante se me ocurrió el pasado miércoles reflexionando sobre las críticas a la actual Enseñanza. Alguna gente se empeña en que los niños y las niñas reciban una enseñanza cuidadosa, respetuosa, regida por valores como la igualdad, la solidaridad, el afecto...
¿Seguro que una educación así les prepararía adecuadamente para el mundo cruel y feroz que van a encontrarse cuando crezcan?
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (1 de noviembre de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/11/01 06:00:00 GMT+1
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2002/10/31 06:00:00 GMT+1
El presidente chino afirma que la actuación de Putin en la crisis del teatro de Moscú fue «modélica». No emplea el adjetivo de manera metafórica: ha explicado que, si él llegara a encontrarse en una situación parecida, haría exactamente lo mismo, e incluso ha pedido a las autoridades rusas detalles sobre el gas utilizado para el desalojo, de cara a fabricarlo y tenerlo disponible, por si acaso.
Para cualquier persona mínimamente preocupada por los derechos humanos, el asalto a sangre y fuego ordenado por Putin es cualquier cosa menos un modelo digno de imitación, vistos sus resultados.¿Por qué individuos como Jian Zemin lo miran con tan buenos ojos? Ellos mismos lo confiesan: porque ha demostrado que está decidido a aplastar como a una cucaracha a todo aquel que se atreva a cuestionar la unidad territorial de su nación. En resumen: lo que les fascina es la implacable rotundidad de su nacionalismo.
Es interesante ver cómo individuos que ocupan buena parte de su tiempo en lamentar la intrínseca maldad y el atavismo de los nacionalismos, y que adornan sus peroratas al respecto con profusas referencias a la globalización y la desaparición de las fronteras, reaccionan conforme a las pautas del peor nacionalismo en cuanto alguien se refiere a los problemas de cohesión que tiene su Estado presuntamente nacional. Por lo visto, ser nacionalista checheno es retrógrado y ridículo, pero ser nacionalista ruso es admirable y estupendo. Que medio centenar de guerrilleros chechenos ocupe por las armas un teatro de Moscú es una aberración con la que hay que acabar a costa de lo que sea, pero que a nadie se le ocurra criticar que miles de militares rusos hayan convertido Chechenia en su gran teatro de operaciones.
También Aznar defiende a Putin. Dice el jefe del Gobierno español, con ese gusto tan suyo por el reduccionismo grosero, que la opción que tenía Putin era intervenir como lo hizo o ceder ante «unos terroristas armados» que estaban «dispuestos a morir por completo». No es así. El presidente ruso podía haber mareado la perdiz mucho más y mucho mejor. El problema es que, de hacerlo, algunos habrían podido interpretarlo como debilidad. Y él no estaba dispuesto a pasar por eso. Aunque la alternativa fuera pasar por encima de centenar y medio de cadáveres.
Estoy dispuesto a aceptar que los nacionalismos obnubilan las conciencias. Pero lo admitiré gustosamente cuando se empiece por reconocer que no hay peor nacionalismo que el que mira a los demás desde la cumbre del Poder. El de Bush y su «nación más poderosa que ninguna otra». El de Putin y su Rusia «que no permitirá que nadie humille». El de Chirac y su «grandeur de pacotilla». El de Aznar y su «sagrada unidad de la Patria».
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (31 de octubre de 2002) y El Mundo (2 de noviembre de 2002). Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado aquí la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 16 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/10/31 06:00:00 GMT+1
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2002/10/30 06:00:00 GMT+1
Mi admirado Marat lo comenta hoy con tanta mala uva como gracia en la crítica semanal de televisión que nos manda los miércoles (ver Los huevos), pero no me resisto a decir lo mío con respecto a la escandalera que se ha montado a cuento de los atavismos culturales del presidente iraní, de visita por estas tierras.
«¡No le da la mano a la ministra de Exteriores!», braman a tot arreu.
Bueno, admito que, según como me cogiera, puede que yo tampoco se la diera. Por grima personal, mayormente.
En todo caso, reconozco que yo no contaba con una teoría al respecto. Y ya es raro, porque las tengo para casi todo.
Véome ahora obligado a cubrir esa carencia a toda velocidad, porque mi público –al que tanto debo y tanto quiero, etcétera, etcétera– me requiere, y yo no puedo defraudarlo.
Empezaré con una autocrítica: yo siempre he dado la mano a todo el mundo que me la ha tendido (con la sola excepción del presunto historiador César Vidal, al que se la di una vez y me arrepentí para siempre, porque me la dejó como un pingajo sudado.)
Es un asunto al que jamás había concedido la más mínima importancia. Me lo tomaba con plena frivolidad. Llega un menda y te pone la mano por delante. Bueno, pues como si te suelta un «Hola» y le respondes. Daba por hecho que chocar esos cinco no quiere decir nada, ni para bien ni para mal.
Así lo veía yo. Pero el otro día, hablando con cierto dirigente nacionalista vasco que tiene fama de no ser extremadamente afable, pero sí concienzudo en sus filias y sus fobias, descubrí que el asunto puede convertirse en una interesante arma arrojadiza.
–Yo, cuando me encuentro con esa gentuza del PP –me dijo el hombre, cuya identidad no revelaré, pero al que por mera comodidad llamaré Xabier–, me niego a darles la mano. ¿Qué se piensan? ¿Que pueden insultarte hoy y mañana todos tan amigos?
Y no le falta razón. Quiero decir que, si bien es cierto que dar la mano no quiere decir que el de enfrente te caiga particularmente bien, negarte a dársela es una forma de hacerle ver bien a las claras que no goza de tus simpatías.
Yo nunca he sido muy ducho en la cultura de los gestos. Se me ha dado siempre mejor la cosa de las palabras.
Por ejemplo: hace dos o tres años –algo así, no recuerdo– me topé con Javier Arenas en un programa de radio. Y le di la mano.
–Hombre, Ortiz, ¡encantado de conocerte! –me dijo.
Y yo, con esa diplomacia que Dios me dio, le respondí con una sonrisa beatífica:
–No creo.
Caramba: pues, puestos a ser borde, podía haber empezado por no estrecharle la mano, y me hubiera ahorrado el resto.
Se ve que es un asunto más complejo de lo que parece, como casi todos.
Le seguiré dando vueltas. Pero, como conclusiones provisionales: 1) Si me topo con Bush, no le doy la mano, para que se chinche y no duerma por la noche; y b) Si me encuentro con Jatamí, lo mismo: no le doy la mano. Y si me da un beso, en la mejilla. Como mucho.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (30 de octubre de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de noviembre de 2009.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/10/30 06:00:00 GMT+1
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