2003/08/23 06:00:00 GMT+2
Ayer fue día de abundante y feliz correspondencia. Tuve cumplida noticia de amigos y amigas que hacía tiempo que no me daban cuenta de sus andanzas.
Es reconfortante sentir el aprecio que te tiene la gente que ocupa un lugar en tu corazón (o en tu memoria, o en tu pensamiento: como se quiera).
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Antes había estado escribiendo la columna de hoy para El Mundo.
Es muy entretenido escribir. Suelo decir –medio en broma, pero también, claro, medio en serio– que es la ocupación que más me gusta dentro de las que se suelen realizar en posición sedente.
De modo que lo pasé bien. Pero me fastidió dejarme en el coleto algunas ideas que venían a cuento, pero no encajaban.
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La columna, considerada como género periodístico, tiene bastantes limitaciones.
Dos de ellas pueden resultar particularmente irritantes.
Una es la rigidez de la extensión. Es lo que suelo llamar «la dictadura del maquetariado». Conforme a la maqueta de la página, tú tienes que escribir una columna de tantas líneas. Ni una más ni una menos. Y si veinte líneas antes del límite has agotado el tema, ahí te las apañes. Lo mismo que si llegas al final y te quedan un montón de cosas por decir.
El otro gran inconveniente de la columna de periódico es la necesidad que te plantea de desarrollar una idea y sólo una idea.
El artículo de fondo permite el despliegue de un conjunto de razonamientos. La columna, no. Hay entre ambos géneros la misma diferencia que separa la conferencia del mitin. En una conferencia puedes enrollarte; en un mitin, debes ir al meollo y no apartarte de él.
Cuando escribes una columna tienes que ir descartando, por mucho enojo que te produzca, todas las ideas que aparecen a ambos lados del camino invitándote a la digresión.
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Es –dicho sea por resumir– todo lo contrario de lo que estoy haciendo hoy en este apunte.
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Bueno, a lo que iba.
Estaba yo escribiendo sobre la visita del tal Jeb Bush a España cuando, de pronto, me di cuenta de la razón por la cual el hermanísimo se había venido a este rincón del imperio a hacer zalamerías.
John Ellis tuvo dos encuentros con Aznar. Y, según admitieron después sus respectivos servicios de prensa, hablaron mucho sobre el peso creciente del mundo hispano en los EUA y –cito tal cual– «sobre la importancia de que lo hispano tenga en los Estados Unidos un significado decididamente occidental, alejado de cualquier tentación indigenista».
Pocas semanas después, atendiendo a la His Master’s Voice, Aznar se montó una gira por las zonas de más presencia hispana dentro de los EUA. La dedicó básicamente a resaltar la importancia en la Historia de América del papel de España, Europa, Occidente, etcétera, y a pedir a los hispanos que se fijen en eso y se dejen de zapatiestas y zapatismos.
No tenía ayer espacio en la columna para meter esa referencia. Y, además, habría distraido del razonamiento principal, pese a que, en realidad, lo reforzaba.
En fin, cosas mías. Pavadas de columnista.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (23 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/23 06:00:00 GMT+2
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2003/08/22 06:00:00 GMT+2
Al fin llovió sobre Aigües. Ayer. Tanto habían insistido en la predicción todos los servicios informativos que, así que aparecieron en el horizonte cuatro nubes pasablemente oscuras, retiramos del exterior cuanto pudiera estropearse con el agua y cerramos las ventanas del lado del viento.
Hechos los preparativos, me senté en el porche a esperar el ansiado instante.
Y llegó. Al principio fueron sólo unos gotones. Luego se animó más. Incluso, por unos minutos, tomó aires de tormenta de verdad, con el agua azotando en los cristales y algún que otro trueno en la distancia. Feliz, me puse un impermeable, abrí el paraguas y salí a inspeccionar los alrededores. No tardaron en aparecer algunos charquitos, y hasta se formó un pequeño riachuelo en el camino de bajada.
Pero no duró nada. Ni media hora.
Pasado ese tiempo, el cielo se serenó.
Miré el termómetro del interior de la casa: había bajado un grado tan sólo. El suelo del exterior, ávido tras mes y medio de calores, se secó visto y no visto.
Recordé el refrán: «Agua de lluvia no quita riego».
Poco después, estaba todo igual que antes. Bueno, igual no: más sucio.
–¿Y esto es todo? –le pregunté al cielo, enfadado.
Sí: eso fue todo. Después de días de estar oyendo por la radio que nos iba a caer una buena, después de días de suspirar esperando que cayera una buena, a ver si se me quitaba de una vez la tontuna agalbanada que arrastro, llega y se va, sin cambiar nada.
–Con las ilusiones que me había hecho... –concluí.
–Parece mentira –bromeó Charo–. ¡Tú, haciéndote ilusiones!
La culpa la tengo yo, es verdad. Por tomarme en serio lo que dicen los medios de comunicación.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (22 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/22 06:00:00 GMT+2
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2003/08/21 06:00:00 GMT+2
La Prensa de Madrid cuenta –¿denuncia?– que el Barça recomienda a sus jugadores foráneos que se integren en la sociedad en la que viven y que se interesen por la lengua catalana.
¿Dónde está la noticia? En la Prensa de Madrid. En que a alguien pueda parecerle llamativa esa recomendación.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (21 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/21 06:00:00 GMT+2
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2003/08/20 06:00:00 GMT+2
Constata el juez encargado del Registro Civil de la provincia de Alicante que este año se ha invertido la tendencia: en el pasado julio, su servicio ha apuntado más defunciones que nacimientos. Eso es corriente durante los meses de invierno –dice–, porque son muchos los viejos y viejas de la Europa fría que se refugian en la Costa Blanca, pero en verano la media de edad se estabiliza y, con ello, las tendencias de natalidad y mortalidad.
Según él, la única explicación posible de lo ocurrido es el tremendo calor que está castigando la provincia.
Oigo una entrevista radiofónica con la responsable de una instalación geriátrica alicantina. Cuenta que el calor produce una astenia generalizada entre la gente mayor. La vejez se deja ir. No se mueve. Apenas come, incluso.
Tonto que soy, el mal común me consuela. Llevo tres semanas que apenas si cumplo con mis mínimos de trabajo. La galbana me domina: duermo y duermo, me muevo lo mínimo, paso las horas metido en el agua, miro con horror la pila de folios de la que debería ocuparme...
Pero, ahora que ya sé que lo mío está médica y judicialmente catalogado, me tranquilizo. Soy normal. Un desastre, pero normal.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (20 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/20 06:00:00 GMT+2
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2003/08/19 06:00:00 GMT+2
Cándido Méndez voló para llegar cuanto antes a Puertollano y anunciar a los cuatro vientos que Repsol YPF cumple todas las normas de seguridad. («Los estándares de seguridad del sector», dicen él y los suyos. Son así de finos los sindicalistas de ahora.)
Fijada la línea correcta, los demás jefes de los sindicatos mayoritarios –que es como se hacen llamar los que cuentan con una burocracia más añeja y nutrida, por insignificante que sea su afiliación– insistieron en la idea: puesto que Repsol ya se había puesto de acuerdo con ellos para formar una comisión conjunta de investigación, todo estaba en las mejores manos posibles.
Pero llegaron los trabajadores de las subcontratas y los pusieron de vuelta y media. Les dijeron de todo, de «vendidos» para arriba. Hasta hubo quien los llamó «traidores» (cosa que la verdad es que no entendí muy bien a cuento de qué venía, porque ellos siempre han sido así).
Incluso los zarandearon.
Vi imágenes de la refriega. Me llamó particularmente la atención con qué empeño alguna gente próxima a Méndez y Fidalgo gritaba «¡Unidad, unidad!».
¿A qué unidad se referían?
Es lógico reclamar la unidad de aquellos que están en una posición similar y tienen unos intereses comunes. Pero en el seno de eso que algunos se empeñan en seguir llamando «la clase obrera», hoy en día, en el mundo capitalista desarrollado, existe tal diversidad de intereses que bien puede hablarse de auténticas diferencias de clase. La realidad social del trabajador cualificado y con un contrato indefinido de los de antes tiene muy poco que ver con la del obrero eventual, o con la del subcontratado, o con la del inmigrante.
No se trata de diferencias circunstanciales. Son contradicciones. Porque la relativa seguridad en la que vive una cierta franja de la población trabajadora occidental se asienta sobre la existencia de muy diversos –y muy numerosos– colectivos que soportan regímenes laborales de inseguridad y de sobreexplotación excepcionales.
He oído que las diferencias de estatuto laboral existentes dentro de la refinería de Repsol YPF son enormes. En horario, en condiciones de trabajo, en sueldo. Los subcontratados se han unido para reclamar. ¿Por qué? Porque están muy mal. Y los jefes de los sindicatos oficiales –y quienes se sienten identificados con ellos– no los respaldan. ¿Por qué? Porque ellos no están tan mal, ni mucho menos.
Antes solía decirse en plan pedante que el ser social determina la conciencia. Puede expresarse de manera mucho más llana y directa: cada uno habla de la feria como le va en ella.
Todavía hay clases. Comprendo que a personajes como Méndez y Fidalgo les cueste entenderlo, pero es así de sencillo: lo que vivieron el lunes en Puertollano fue un episodio de lucha de clases.
Que se vayan haciendo a la idea de que es imposible estar a la vez en misa y repicando. O en la manifestación y poniendo el cazo.
Post scriptum.– Si algún lector de esta página tiene relación con Cándido Méndez, hágame –y hágale– un favor: explíquele la diferencia que hay en castellano entre deber y deber de. Dígale que, en la lengua de Miguel de Cervantes y de Pablo Iglesias, deber indica obligación, en tanto que deber de expresa posibilidad (o probabilidad). Ejemplos: 1º) «La empresa debe extremar las normas de seguridad» (obligación); 2º) «La empresa debe de creer que los trabajadores se chupan el dedo» (posibilidad, hipótesis).
Méndez emplea sistemáticamente mal el deber de. Dice: «La empresa debe de extremar las normas de seguridad» (perdón: «Los estándares de seguridad del sector»).
Comprendo que haga por propia conveniencia bastantes cosas que me repatean. Pero me cuesta creer que maltrate la gramática para afianzarse como jefe de la UGT. Para mí que debe de hacerlo por ignorancia.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (19 de agosto de 2003) y El Mundo (20 de agosto de 2003), salvo el Post Scriptum, publicado únicamene en los Apuntes. Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/19 06:00:00 GMT+2
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2003/08/18 07:00:00 GMT+2
Todos los medios se han puesto a hacer quinielas sobre la sucesión de Aznar.
Hay varias razones que lo justifican. 1ª) Se otea ya en el horizonte la fecha en la que el jefe del partido popular deberá abrir el sobrecito y decir aquello de «And the winer is...». 2ª) La elección está de todo menos cantada, lo que deja un amplio campo abierto a la especulación. Y 3ª) Entramos en las vacaciones políticas y pronto los medios de comunicación con amplias secciones de información política no tendrán mucho más de lo que hablar.
Sobre esa presumible base, El Mundo ha pedido a un puñado de comentaristas -este humilde servidor de ustedes entre ellos- que cuenten cómo ven la cosa y quién creen que terminará vencedor en la carrera sucesoria.
El texto que sigue es mi aportación a la especulitis general.
En contra de lo que los aspirantes a la sucesión de Aznar afirman todos como un solo hombre -y ninguna mujer-, es falso que el problema de su partido sea que cuenta con demasiados candidatos a la altura del cargo.
No es verdad. Es cierto que tiene varios dirigentes que poseen algunos de los requisitos que hacen falta para asumir con posibilidades de éxito la doble condición de jefe del partido y de aspirante a la Presidencia del Gobierno, pero no veo yo que ninguno de ellos dé el tipo en grado suficiente.
El problema del PP, por paradójico que parezca, no es encontrar un dirigente que pueda desempeñar correctamente el papel que corresponderá al candidato a la jefatura del Ejecutivo. Para eso podrían valerle varios. Rodrigo Rato, por ejemplo, tiene imagen de hombre competente y versado en asuntos de economía, lo cual infunde hoy en día un profundo respeto al electorado, que no parece proclive a contabilizar las muchísimas veces que los expertos en economía meten el cuezo hasta el corvejón. Rato sería capaz de hacer una campaña sobriamente brillante (o brillantemente sobria, según se quiera) y ganar las elecciones sin demasiados apuros. También veo a Mariano Rajoy con posibilidades de aguantar bien el tirón electoral: es un político todoterreno que, como portavoz del Gobierno, ha tenido que familiarizarse con la mayoría de los expedientes que una campaña electoral pone sobre la mesa. Y lo que en un político es todavía más importante: ha aprendido a hablar con soltura de lo que no sabe sin que su ignorancia resulte evidente. En fin, last but not least, Alberto Ruiz Gallardón podría encarar esa prueba con idénticas o incluso superiores posibilidades de éxito, en la medida en que su buen cartel llega incluso a una parte del electorado del PSOE.
Es posible que ninguno de ellos fuera un candidato de primerísima fila, pero todas sus carencias se verían más que suficientemente compensadas por las de su principal oponente electoral, José Luis Rodríguez Zapatero que, de seguir firme en su penosa trayectoria actual, se las arreglará para derrotarse solo, sin necesidad de mayor intervención ajena.
Cuando Aznar se encontrará con más problemas no será, ya digo, a la hora de proponer -a la hora de designar- al cabeza de lista del PP en los próximos comicios generales, sino cuando deba asignar al candidato de su elección la muy compleja responsabilidad suplementaria de encabezar el partido.
Supongo que no sorprenderé a nadie si digo que las simpatías que siento por Aznar son más bien limitadas. Pero siempre he reconocido en él las oscuras y complejas habilidades del buen aparatchik. Cuando en enero de 1989 fue designado presidente del PP tomó en sus manos un partido que era una jaula de grillos. Diez meses después lo tenía en orden. Y a sus órdenes. Impuso su autoridad con mano de hierro. Como todos los jefes reservados e implacables, tantos más cadáveres políticos fue dejando a su paso, tanto más se acrecentó el respeto reverencial de sus fieles.
¿Responde a ese retrato, así sea mínimamente, alguno de los tenidos por aspirantes a sucesor? No lo veo. Al uno se le nota demasiado su debilidad por tal o cual capillita, el otro deja transparentar demasiado impúdicamente su desbordada ambición y su carencia de principios, el de más allá cuenta con demasiada facilidad lo que piensa o sufre de obsesiones enfermizas que le hacen perder la perspectiva general... Eso sin contar con que no todos precisamente tienen la trastienda personal tan limpia de polvo y paja como la de su antecesor.
En tales condiciones, Aznar habrá de elegir no al mejor, sino al menos malo. A alguien que no se hará fácilmente con las riendas del partido. Si es que consigue hacerse con ellas.
Puesto que esto va de augurios, diré quién creo que será el designado: Mariano Rajoy. Es el menos frágil.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de agosto de 2003) y Apuntes del natural (3 de septiembre de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de enero de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/18 07:00:00 GMT+2
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2003/08/18 06:00:00 GMT+2
Habla por la radio un representante sindical de Repsol YPF en Puertollano. Su mansedumbre es escandalosa: lo importante –dice y repite– es averiguar qué causó el accidente de la semana pasada, para corregir el fallo y que no vuelva a suceder algo así. Insiste en que lo esencial es mirar al futuro. No se le ve ningún interés en remover la mierda.
Subraya que han formado una comisión mixta de investigación, la empresa y los sindicatos.
Es inevitable recordar el viejo dicho: si quieres que algo no se aclare, forma una comisión.
Lo que les preocupa a muchos representantes sindicales –y a muchísimos trabajadores– es que se ponga en cuestión el emplazamiento del tinglado de Repsol, junto a Puertollano. «La refinería da vida a la comarca», afirma el sindicalista, que no se da cuenta de que no es precisamente el mejor momento para hablar de la mucha vida que proporciona la fábrica.
Marx consideró que los sabotajes contra las máquinas, tan característicos de los arranques de la industrialización, cuando los obreros se revolvían violentamente contra lo que veían como instrumentos de destrucción de puestos de trabajo, no eran más que una pequeña y pasajera muestra de irracionalidad, que desaparecería con la maduración del proletariado. Y es cierto que esa actitud de autodefensa obrera un tanto infantil cayó en desuso. Pero no decayó para nada la disposición de muchísimos obreros a defender su puesto de trabajo por encima de todo. Por encima de la razón y el interés colectivo, si hace falta.
Aprendí esa lección en Eibar, hace más de tres décadas.
No le arriendo la ganancia a quien trate de discutir con empleados de una fábrica de armas sobre la naturaleza de su trabajo. Yo, por lo menos, fracasé en toda la línea. Todo va sobre ruedas –o puede ir, al menos– mientras se trata de lo horrible que es el uso que se puede hacer de las armas que ellos fabrican. Pero la discusión se arruina por entero cuando les propones que se nieguen a fabricarlas. Responden que ellos viven de eso, y se cierran en banda.
Mi experiencia fue particularmente concluyente, porque la discusión fue con un grupo de obreros militantes de la izquierda radical, y las armas que fabricaban tenían por destinatario al ejército de Israel. No hubo nada que hacer.
Así que cuando escucho las vaguedades del sindicalista de Puertollano, que hace como si no oyera lo que le dicen sobre lo discutible que es el emplazamiento de la refinería y repite como una cotorra que ya se ha formado una comisión de investigación y que allá el gobierno de Castilla-La Mancha si no cumple con sus obligaciones... no me cuesta nada saber ante qué estoy: ante un obrero (o seudo-obrero, me da igual) que dice que él, los suyos y sus familias viven de eso, y punto.
No sé quién fue el gracioso que afirmó que la Historia ha situado a la clase obrera en la mejor posición para asumir los intereses colectivos.
Cada obrero, cuando de lo que se discute es de los garbanzos, es un particular. Y la unión sociológica de muchos particulares tiene como resultado una clase, sí, pero una clase de particulares.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (18 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/18 06:00:00 GMT+2
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2003/08/17 06:00:00 GMT+2
Leo en el periódico –en un periódico– la crónica de la etapa de ayer del Tour de Francia femenino.
Empiezo por preguntarme –y me respondo enseguida– por qué dicen que éste es «el Tour de Francia femenino» y por qué al otro, al de Armstrong, no lo llaman «el Tour de Francia masculino».
Sigo preguntándome –y tampoco me cuesta encontrar la respuesta– por qué cada vez que citan en la crónica a Joane Somarriba, más que probable vencedora de la prueba, la llaman «la española Joane Somarriba». ¡En todas y cada una de las ocasiones en las que mencionan su nombre! ¿Pensaron tal vez el cronista, su jefe de sección y el redactor jefe del periódico que los lectores podíamos equivocarnos e imaginar que la ciclista lleva en la maleta un pasaporte tailandés?
A cambio, no leo nada sobre lo mierdosa que es la organización de la prueba, sobre las penalidades que sufren las corredoras y sobre cómo tuvieron que amenazar con plantarse y volverse para casa si no les proporcionaban una cama decente, con sábanas, la noche anterior al ascenso de los Alpes.
Les importa mucho, por lo visto, que alguien pueda considerarla sencillamente vasca, o vizcaína. Pero no les importa en absoluto que la traten como a una zapatilla.
Les importa su nacionalidad, no su condición humana.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (17 de agosto de 2017). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/17 06:00:00 GMT+2
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2003/08/16 07:00:00 GMT+2
El aeropuerto de Bilbao registra 44º a la sombra. Una hora después, señala 10 grados menos.
«El tiempo se ha vuelto loco», dicen en un noticiario.
Algo tenían que decir, supongo.
Las radios martillean la sucesión de incendios. El rayo que no cesa. Medio Portugal ardiendo. Media Extremadura convertida en tea. La isla de El Hierro en llamas. Bosques enteros de Cataluña que se calcinan día tras día. Y, como si un golpe sólo pudiera ser sucedido por otro, la refinería de Repsol en Puertollano que salta por los aires.
Nueva York sin electricidad. Toda la Costa Este norteamericana colapsada.
Las imágenes pertenecen al submundo de la fantasmagoría. Multitudes que corren sin sentido, sin dirección. Todos los destinos demasiado lejanos, demasiado altos, demasiado inaccesibles, demasiado blindados.
La realidad está electrificada. Si no hay electricidad, no hay realidad.
De chaval me mofaba de los agoreros de barra de bar que, en cuanto caían tres granizadas seguidas, ponían cara de expertos y diagnosticaban: «Esto es cosa de la bomba atómica».
¿De qué es cosa esto?
John Schellnhuber y otros expertos en el estudio de la degradación atmosférica sostienen que estamos asistiendo a un adelanto de los cambios climáticos inicialmente previstos para dentro de dos o tres décadas. La Tierra se convirte en un inmenso invernadero. A marchas forzadas.
El Gobierno de EE.UU. sigue sin aceptar las restricciones a la emisión de gases nocivos acordadas en el Protocolo de Kioto. Con un 5% de la población mundial, EE.UU. es responsable de la emisión a la atmósfera de la cuarta parte de esos gases. ¿No va siendo hora de calificar política y jurídicamente ese comportamiento?
¿No quiere Bush protegernos de las armas de destrucción masiva? Ahí tiene una.
Los primeros análisis del gran corte eléctrico de EE.UU. y Canadá hablan de riesgos que se asumieron para abaratar costes. Las eléctricas optaron por transportar demasiados huevos en una sola cesta. Y los gobiernos de Washington y Ottawa lo aceptaron. Para no contrariarlas.
Vengámonos a casa. Refirámonos a las instalaciones de Repsol en Puertollano, que se denuncian en su propio enunciado: están en Puertollano, junto a una población importante. Y llevan años acumulando accidentes de toda suerte.
Hablemos de incendios. Contabilicen lo que gastan las administraciones públicas en limpiar los bosques, en reforestarlos con especies autóctonas, en abrir cortafuegos, en establecer sistemas de vigilancia y de traslado rápido de los servicios de extinción. No da ni para media docena de cazas supersónicos.
La actualidad está tomando un aire apocalíptico, sí. Pero aquí lo único bíblico que pinta algo es el cabreo que se merecen los responsables de todo esto.
Javier Ortiz. El Mundo (16 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 9 de abril de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/16 07:00:00 GMT+2
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2003/08/16 06:00:00 GMT+2
Recuerdo bien aquel 16 de agosto de 1977. Y recuerdo bien que la noticia me dejó bastante frío. «Ha muerto Elvis. Bueno, ¿y qué?».
Me impresionó mucho más –más tarde– lo de Lennon.
Elvis no representaba para mí ningún espejo en el que mirarme. Vestido como un perfecto hortera, con el pelo rezumando brillantina –y aquel espantoso tupé–, exhibiendo opiniones tópicas y reaccionarias...
Hacía años que ni siquiera tenía ya el físico y los modales del King Creole de su juventud. Estaba abotargado por la ingesta de todo lo ingerible, exhibía una sonrisa desmayada y se ponía unos trajes de lentejuelas que parecía un árbol de navidad venido a menos. Daba pena.
Tampoco lo que cantaba tenía su viejo nervio: hacía –le hacían– canciones ramplonas y almibaradas para degustación de la buena sociedad que acudía a las rutilantes fiestas de Las Vegas.
En mis funciones de director práctico de la revista Saida, me puse en contacto con el aragonés Agustín Sánchez Vidal, buen melómano, para que nos hiciera un artículo sobre el muerto.
–Le acusaban de haber traicionado el rock and roll –me comentó–. ¡Como si el rock fuera una causa, o una religión!
Entonces no le contesté nada, porque no tenía nada que contestar. El asunto no me interesaba gran cosa. Ahora quizá le discutiría que el rock no haya hecho las veces de una causa, o incluso de una religión. Porque años después oí el Graceland de Paul Simon, en el que el último hogar de Elvis hace las funciones de una nueva Meca, y aún más tarde me fue dado ver en Tennessee cómo la gente seguía acudiendo a la casa-templo de Memphis en actitud de respetuosa devoción.
Han pasado 26 años. Las discográficas siguen haciendo su agosto editando cualquier cosa de Elvis. Desechos, en sentido estricto: tomas fallidas, material descartado... La imagen que nos aportan del ídolo es la del joven lanzado, con un impresionante swing, todo ritmo, capaz de emular a la gente afroamericana en su capacidad para electrizar su cuerpo y moverlo al dictado de «esa música diabólica», según fue definido el rock por la gente de orden de los 60.
A mí, sin embargo, la única imagen de Elvis que al día de hoy me despierta una cierta simpatía, o algo parecido a la solidaridad, es la de ese tipo abotargado, ese boxeador sonado del ring del éxito, ese despojo humano en manos del show-business que, consciente o no, optó por quitarse de enmedio.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (16 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/16 06:00:00 GMT+2
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