2003/08/30 07:00:00 GMT+2
Según un reciente sondeo realizado en EE.UU., George W. Bush ha perdido en el plazo de pocas semanas algo así como el 20% de su prestigio popular. Nueve puntos en sólo 18 días, según otra encuesta.
Sorprenden las oscilaciones que experimenta la opinión pública estadounidense. No ahora: desde hace muchas décadas. Se muestra sensible hasta extremos realmente pasmosos. La brillantez o la torpeza de un político en un debate televisado motiva su meteórico ascenso o su fulgurante caída. Una frase tenida por brillante lo catapulta; otra, considerada torpe, lo hunde. El mismo personaje que ayer era adorado se ve rechazado hoy, pero se recupera pasado mañana y vuelve a la cima.
En comparación con eso, se diría que la opinión pública española es de granito. Los resultados del barómetro que el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) dio a conocer anteayer vienen a ser un calco de los que proporcionó hace un año. Apenas ha variado el apoyo electoral que se le atribuye al PP, pese a que hace doce meses el Prestige aún navegaba por esos mares de Dios con las tripas llenas de chapapote y Aznar todavía no había manifestado sus irreprimibles ansias de meterse en guerras mesopotámicas de la mano de Bush y Blair.
No habiendo motivo para considerar que los sondeos posteriores fueran filfa pura, habremos de concluir que buena parte de la población votante española ha dado en considerar que lo del Prestige y lo de la guerra -sin contar pifias menores, como las obras fallidas del AVE o la seguridad social del secretario general madrileño del PP- eran asuntos que Aznar estaba gestionando con escaso acierto, sin duda, pero que tampoco importaban tanto. Los vio como errores que merecían un enfado pasajero, un rictus circunstancial de desagrado demoscópico, pero nada más.
Y a votar, que son dos días.
Aparentemente, estamos ante dos extremos. De un lado, la población norteamericana, que pega saltos opinantes del 20% por un quítame allá esas pajas (y no me refiero en este caso a la señorita Lewinsky). Del otro, el grueso del electorado español, al que cualquier dislate parece resbalarle, así que pasan cuatro días y todo regresa a su aparente normalidad.
No creo yo, sin embargo, que difieran en gran cosa.
Son dos modos de manifestar lo mismo. La una y el otro demuestran la misma indiferencia hacia las cuestiones de principio.
Les valen como argumento para una película, o como consigna para un concierto benéfico, o como coartada para un óbolo solidario. Siempre que no comprometan nada serio, nada trascendente, nada demasiado contante y sonante.
No es cosa de ahora. El refranero popular recoge de sobra ese sentimiento. «Dame pan y dime tonto». «Ojos que no ven». «Ande yo caliente». «La caridad bien entendida».
Todo es finalmente aceptable, siempre que pille a la debida distancia. Y siempre que les pille a otros.
Javier Ortiz. El Mundo (30 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de abril de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/30 07:00:00 GMT+2
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2003/08/30 06:00:00 GMT+2
Una pareja de viejos amigos –él dio sus primeros pasos en el periodismo conmigo, en Saida, en el 77– ha venido a pasar unos días en Aigües y anoche, después de ver por TV5 Europe un curioso e irregular homenaje canadiense a Jacques Brel, nos pusimos a jugar al dominó. Ellas ganaron a ellos. Por dos veces.
Son cosas que ocurren.
Hoy me he levantado tarde. Raro, por tanto. He puesto la radio y he ojeado la Prensa (por internet la Prensa siempre se ojea, sin hache). Me he quedado perplejo. Cuentan que Aznar está haciendo una ronda de entrevistas con los principales dirigentes del PP para pedirles que apoyen la decisión que va a tomar en lo que se refiere a su sucesión, pero que no les está diciendo a quién va a designar.
Ya digo que estoy un tanto espeso esta mañana, pero il y a quelque chose qui cloche là-dedans, que dicen los chelis franceses. Ahí hay algo que no encaja.
Aznar sabe de sobra que los jefes de su partido no tienen más narices que apoyar su decisión. ¿Qué podrían hacer, si no? ¿Derribar el castillito de naipes? Podría tener algún sentido hablar de antemano con ellos, uno a uno, para prepararlos anímicamente, de modo que ninguno dé el cante el lunes cuando les diga quién es el designado a título de sucesor. Pero si no les da el nombre, no los prepara para nada. Aparte de que no veo yo qué clase de entrevista podría tener con aquél a quién él ya sabe que va a poner al frente de la barraca, si no se lo revela.
De lo que deduzco que, una de dos: o Aznar está más pirado de lo que me imaginaba, y se ha montado una última cena al modo de Su Señor Jesucristo («¿Acaso soy yo, Maestro?», etcétera) o es mentira que el elegido no sepa qué bala tiene el Jefe en la recámara.
En todo caso, el espectáculo es de bochorno. Ya se sabe que los sistemas sucesorios en los grandes partidos dejan mucho que desear, y que casi todo suele estar atado y bien atado. Pero suelen guardar las formas, para que la decisión tenga un cierto aire colegiado. Esto de Aznar es peor incluso que lo de Franco con el Príncipe. Franco, por lo menos, estaba obligado a elegir a un Borbón. Éste puede poner a quien le dé la Real Gana.
He oído en la Cadena Ser que, según algunos próximos al Hombre del Gran Relevo, su gusto por las sorpresas –¡tócate las narices!– le puede llevar a designar a alguien inesperado. «A Ángel Acebes, en concreto», han dicho.
Me ha parecido una buena idea: dar su nombre para que ya no sea inesperado y quede descartado. Porque si es Acebes, comprobaremos que, por difícil que parezca, todo puede ir a peor. A mucho peor.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (30 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/30 06:00:00 GMT+2
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2003/08/29 06:00:00 GMT+2
La lectura de los resultados del último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) me ha suscitado, además de diversas reflexiones políticas –algunas de las cuales abordaré en la columna que me toca publicar mañana en El Mundo–, un fuerte sentimiento de inquietud ciudadana.
Me explico.
De ser ciertos los datos proporcionados por el CIS, el 41,2% de los votantes españoles está dispuesto a respaldar a Aznar.
Primera objeción y primera respuesta. Es cierto que el actual presidente del Gobierno no volverá a presentar su candidatura. Pero no menos cierto es que aún no se sabe en quién delegará, de modo que los encuestados se han pronunciado con él como referencia.
Segunda objeción y segunda respuesta. Ya sé que «cuatro de cada diez votantes» no quiere decir «cuatro de cada diez ciudadanos». Hay menores de edad, hay extranjeros sin derecho de sufragio, hay abstencionistas (que deciden no votar) y hay abstinentes (que no votan, sin más). Pero también me consta que, salvando la categoría de los abstencionistas militantes, nada hay que permita atribuir al resto de los no votantes opiniones políticas netamente diferentes de las que sustentan los votantes. Pueden tener ideas menos conscientes o menos decididas, pero no, por lo general, ideas de otro tipo.
De modo que, en términos generales –decimales arriba o abajo–, puede decirse que cuatro de cada diez españoles simpatiza con Aznar.
Pero Aznar, en lo que a mí concierne, no es sólo un señor que se dedica a la política. Es mucho más. Es una categoría. Es la materialización corpórea de todo un cúmulo de ideas y actitudes que me repelen, que me producen alergia. Que me resultan vomitivas, por decirlo claramente.
No pretendo que eso sea razonable. Da igual, a los efectos de lo que estoy contando. Es así y, siendo así, supongo que se entenderá que no puedo mirar de cualquier manera a la gente que siente simpatía por un amasijo de ideas y actos que me repugnan.
Salgo a la calle, veo a la gente que pasea y me digo: «No los conoces personalmente, pero con cuatro de cada diez de ésos estás a la greña».
Y si la cosa se parara ahí... Quedarían los otros seis.
Pero es que sigo leyendo el barómetro del CIS y me hundo todavía más. Porque el siguiente dato que aporta el trabajo sociológico de marras es que, aparte del 41,2% antes mentado, un 35,2% suplementario ha confesado que votaría al PSOE. Y, aunque en este punto tienda a mostrarme menos severo –sé que hay gente desesperada, dispuesta a lo que sea con tal de quitarse al PP de encima–, no puedo por menos que añadir a mi coleto una dosis adicional de pesadumbre.
Que no disminuye precisamente cuando considero algunos restos. Aquí, en donde me hallo, por ejemplo, he de considerar forzosamente a los votantes del regionalismo valenciano cutre, que es capaz a veces incluso de coger al PP por la derecha.
En suma: concluyo que deben de ser algo así como ocho de cada diez los congéneres con los que disiento sobre casi todos los asuntos importantes de la vida.
Como para encerrarse en casa y no salir sino para hacer la compra.
Pero algo falla en todo este razonamiento.
Porque luego resulta que los veo pasear y me dan aspecto de buena gente. Y les oigo hablar en la tienda de comestibles, o en el bar, y dicen cosas que me hacen gracia. Y los miro jugando con sus críos en la orilla del mar y me enternecen.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (29 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/29 06:00:00 GMT+2
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2003/08/28 06:00:00 GMT+2
Resulta que el general José Antonio Sáez de Santa María, que se estaba muriendo de cáncer y lo sabía, decidió conceder una larga entrevista a Canal + para que se emitiera después de su muerte. El ex director general de la Guardia Civil murió el pasado lunes y Canal + difundió el programa ayer por la tarde. A las 19:15, exactamente.
Estoy seguro de que no fue casual la elección de una hora de audiencia tan floja para la emisión de unas declaraciones como ésas, que presentaban el morbo añadido de lo póstumo. En chez Polanco tienen el suficiente olfato periodístico como para saber de sobra cuándo cuentan con un buen material y cuando no.
Éste, decididamente, era muy flojo.
Me senté ante la televisión a la hora en punto, folios y bolígrafo por delante, y –oh decepción–me quedé compuesto y sin noticia. Con un pie en la tumba y otro en Canal +, el general Sáez de Santa María no tenía nada que decir que no hubiera contado ya en varias docenas de ocasiones. Sólo que, al soltarlo de viva voz, sin el aderezo escrito de la prensa, quedaba peor. Más deslucido.
El Sáez de Santa María que conocimos en 1977 no era un militarote franquista. Entiéndaseme: no digo que antes de 1977 fuera antifranquista, ni tampoco que después de 1977 no fuera militarote. Era un militarote que fue formalmente franquista mientras mandó Franco y que, una vez muerto el dictador, se reconvirtió –como el propio régimen– a las nuevas circunstancias, mayormente porque los responsables de las nuevas circunstancias le concedieron promoción y cargos.
La entrevista de ayer no ofreció duda acerca de la levedad de la adhesión del personaje a los principios del Estado de Derecho. Insistió no menos de cuatro o cinco veces en que al terrorismo no se le puede combatir sin echar mano de métodos ilegales. Dijo que él no se declaraba partidario de la guerra sucia, pero sólo porque negaba que existieran diferentes tipos de guerra. «Ninguna guerra es limpia», dijo, y se quedó con una sonrisa maliciosa en los labios, satisfecho de su presunta astucia, haciendo como si no supiera que también las guerras tienen sus leyes, sus prohibiciones y sus límites.
Así las cosas, supongo que nadie se sorprendería de que acto seguido manifestara su fervor total por Felipe González y por Rafael Vera.
De cualquier forma, todas esas veleidades suyas eran ya sabidas. A mí, lo único que me llamó la atención del ex jefe de la Guerra del Norte fue su carácter rijoso, superior al que le atribuía (que no era poco).
Me resultó más que desagradable oírle justificar oblicuamente su fama de putero apelando a que, como no fumaba y no bebía, en algo tenía que «concentrar todo» (sic). Igual que cuando pretendió que, para definir a Pedro J. Ramírez, «con recordar el corpiño está ya todo dicho».
Tuvo un momento realmente estelar, de autodefinición plena. Le pidió la entrevistadora en off, ya al final, que manifestara un deseo para el futuro de la Humanidad. Y entonces él, como buen topiquero, empezó a hablar de la concordia universal, y de lo mucho que le gustaría que España alcanzara las cotas de convivencia más elevadas... «aunque –añadió– incluso en los países más civilizados salen problemas... no sé... como lo de Monica Lewinsky...».
¡Literal!
Él era así.
En este país no se tolera que se hable mal de los muertos.
No se me podrá hacer ese reproche a mí. Nótese que sólo he hablado mal del vivo. Del muerto –cuya característica principal es el hecho mismo de que está muerto– sólo se me ocurren alabanzas.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (28 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/28 06:00:00 GMT+2
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2003/08/27 07:00:00 GMT+2
Entiendo -cómo no- que el jefe del Gobierno se emocione al clausurar en solemne acto ante 560 militantes de su partido las últimas vacaciones que pasará en Menorca como presidente del Ejecutivo. Comprendo -por supuesto- que el acontecimiento le nuble por un instante la mirada y que no pueda evitar que el vago recuerdo de una lágrima, leve cual hilillo de pasmina, asome a su visión de estadista sensible y -a fin de cuentas- humano.
Pero la Policía española ha repatriado en lo que va de 2003 a más de 53.000 inmigrantes frustrados. Y en sólo cuatro días ha detenido a 800. Y en un solo día y en una sola isla canaria ha recuperado los cadáveres de diez.
Me hago cargo de los gravísimos problemas por los que atraviesa la familia Pajares (aunque he de admitir que no los conozco con el necesario detalle). Admito que deben de ser no menos terribles los que afrontan los herederos de Imperio Argentina, excelsa luchadora antifascista, y los que arrostran las ex de Chiquetete, y Belén Esteban y María José Campanario, y la hermana de la Bazán -que digo yo que también será Bazán-, y Carmen Ordóñez y el Neyra, a todos los cuales acabo de oír ampliamente mentados en un programa de la tele.
Pero la Policía española ha repatriado en lo que va de año a más de 53.000 inmigrantes frustrados. Y en sólo cuatro días ha detenido a 800. Y en un solo día y en una sola isla canaria ha recuperado los cadáveres de diez.
Asumo que es verdaderamente lamentable que hayan concluido sin éxito los trabajos de la comisión de investigación ad hoc de la Asamblea de Madrid, y ni se me ocurre la posibilidad de discutir -¿cómo podría?- que sea una pena que se hayan frustrado de modo tan lamentable las expectativas de Gobierno de progreso que alimentaba la mayoría de la población de la Comunidad Autónoma de Madrid -que tiene la incomparable virtud de ser autónoma de sí misma, o sea, de Madrid-, y que constituye una verdadera catástrofe que, por culpa de ello, los madrileños y las madrileñas vayan a tener que votar por segunda vez, con todos los peligros que eso supone.
Pero la Policía española ha repatriado en lo que va de año a más de 53.000 inmigrantes frustrados. Y en sólo cuatro días ha detenido a 800. Y en un solo día y en una sola isla canaria ha recuperado los cadáveres de diez.
¿Podría yo acaso ser capaz de no participar con todo el corazón del drama humano, hondísimo, solidario, por el que atraviesa la población de Coín, de cuyo seno ha sido arrebatada del modo más brutal y sin sentido un alma niña?
Desde luego que no. En modo alguno.
Pero la Policía española ha repatriado en lo que va de año a más de 53.000 inmigrantes frustrados. Y en sólo cuatro días ha detenido a 800. Y en un solo día y en una sola isla canaria ha recuperado los cadáveres de diez.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de abril de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/27 07:00:00 GMT+2
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2003/08/27 06:00:00 GMT+2
Siempre es bueno que te alegren el despertar.
Hoy, al levantarme, he puesto en marcha la rutina que sigo todos los miércoles: he conectado Radio Euskadi vía satélite –a las 8:30 he de entrar en su tertulia y me gusta saber qué han oído los oyentes hasta esa hora–, me he aseado, he sacado comida a los gatos, he hecho café... y he encendido el ordenador.
Ya desayunado, he entrado en internet y he repasado los periódicos. He visitado El Mundo y he ido a mi propia columna, para copiarla e incluirla en esta web. La estaba ojeando –ya se sabe: seleccionar, copiar, etcétera– cuando me he topado la pata de banco.
Y no he podido evitar la carcajada.
Donde yo había escrito: «...leve cual hilillo de pasmina», aparece escrito: «...leve cual hilillo de plastilina».
Lo mío era una maldad, por supuesto. Las pasminas, como se sabe –como sabe mucha gente–, son una especie de echarpes de seda típicos del Extremo Oriente que Ana Botella popularizó hace algunos años en los ambientes de la buena sociedad madrileña.
De ahí mi coña.
Que se ha quedado en imagen realmente surrealista: un hilillo de plastilina.
Todo un hallazgo del corrector.
Como decía Picasso: «Yo no busco. Yo encuentro».
Javier Ortiz. Apuntes del natural (27 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/27 06:00:00 GMT+2
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2003/08/26 06:00:00 GMT+2
Grata visita de un grupo de amigos. Jesús Cutillas, excelente compositor e intérprete murciano, nos canta algunas canciones que ha compuesto para su próximo disco. Quiere conocer nuestra opinión. En el monte, al aire libre, en la tranquilísima noche de Aigües, todo resulta amable, por crítico que sea.
Le escuchamos, charlamos, reímos...
Un amigo me telefonea para avisarme de que no vendrá. Me pregunta qué tal me encuentro.
–Achacoso, tío –le respondo–. Siempre hay algo que no me funciona como debería. A veces, varias cosas. Ahora mismo, tengo un par de muelas que me joden. No duelen, pero sangran, y es un sabor constante que me pone mal cuerpo. Además, creo que me he dislocado el meñique del pie izquierdo. Me tropecé el otro día con una piedra cuando iba corriendo y no ha parado de dolerme. Aparte de eso, este calor me tiene harto: me provoca una astenia tremenda. No consigo trabajar y duermo fatal. Bueno, pues añade a todas esas pejigueras coyunturales los males propiamente estructurales: las vértebras de la espalda, que ya no tienen remedio; el sistema digestivo...
Mi amigo se echa a reír.
–¿No acabarías antes si me dijeras qué te funciona bien? ¡Anda ya, hombre! Pero, ¡si te he visto y tienes un aspecto estupendo! ¡A ti lo que te pasa es que estás hecho un hipocondríaco de mucho cuidado!
No prosigo la discusión porque no conduce a ningún lado.
Valiente tontería, ésa del «aspecto estupendo». Primero, porque no es verdad: mi aspecto deja muchísimo que desear. Lo sé: hay espejos. Y segundo, porque la carrocería no da necesariamente cuenta de cómo está el motor.
Pero lo que más me revienta es la acusación de hipocondríaco.
Recuerdo lo que contestaba a la gente que sostenía que Felipe González sufría una paranoia de mucho cuidado.
–Es muy posible que sea un perfecto paranoico –decía yo–, pero no resulta nada fácil saber si padece de manía persecutoria alguien que realmente está siendo perseguido.
Porque era así: había cientos de personas que lo tenían –que lo teníamos– sometido a estrecha vigilancia, para zurrarle la badana al menor fallo.
¿Cómo puede saber si sufre de hipocondría alguien que está lleno de achaques?
He conocido enfermos imaginarios, al modo de Molière: tipos de salud insultante que están rodeados perpetuamente de tubos, pastillas, grajeas, sprays...
Sé también de gente con eso que suele llamarse «una mala salud de hierro»: enfermísimos que no cascan ni a la de tres.
Durante un tiempo pensé que lo mío era el caso contrario. Que soportaba una buena salud de mierda. Que no tenía nunca nada de importancia, pero siempre tenía algo.
Últimamente he optado por no catalogarme. Me limito a hacer inventario. La lista de mis males, cogidos en mogollón, ocupa un par de folios.
No sé si seré hipocrondríaco. Lo que sí sé es que me encantaría serlo sin motivo.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (26 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/26 06:00:00 GMT+2
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2003/08/25 06:00:00 GMT+2
Campeonato Mundial de Atletismo. París. Ayer a media tarde. Segunda ronda de los cuartos de final de los 100 metros, modalidad de hombres. Los jueces descalifican al atleta norteamericano Jon Drummond por haber salido antes de tiempo. El corredor se niega a aceptar la decisión. Se tumba en medio de la pista y comunica al universo mundo que ha decidido no moverse de allí hasta que los organizadores levanten la sanción, que él considera injusta. El escándalo duró media hora.
Al parecer, Drummond tenía razón en un punto: él no había iniciado la carrera antes de tiempo; se había limitado a mover ligeramente los pies sobre los tacos. Pero ese movimiento activó el sensor del artilugio, lo que obligó al juez a declarar nula la salida.
La mayor parte del público se puso del lado del atleta, aplaudiendo su decisión y abroncando a los corredores que se mostraban dispuestos a realizar la prueba sin Drummond.
También yo simpaticé en principio con el protestón. Primero, porque tiendo espontáneamente a simpatizar con las sublevaciones. Segundo, porque dijeron que era verdad que no había arrancado antes de tiempo. Pero luego me hice un par de preguntas que me llevaron a cambiar de criterio. La primera: ¿por qué no dijo nada Drummond cuando otros fueron descalificados con el mismo criterio? Y segunda: de no haber sido Drummond ciudadano de los EUA, ¿habría osado montar ese pollo? A Asafa Powell, jamaicano él –y descalificado con él–, ni se le pasó por la cabeza.
Mi punto de vista acabó de perfilarse, sin embargo, un buen rato después y en un terreno del todo distinto.
Nos pusimos Charo y yo a jugar una partida de dominó. Como ninguno de los dos tenemos muy claro cuál es el sistema correcto de contar los puntos en ese juego, acordamos uno que nos pareció bien a ambos. Sin embargo, así que la partida fue desarrollándose, me di cuenta de que estábamos aplicando un método disparatado: aunque yo llevaba ganadas diez partidas por cuatro Charo, ella iba venciendo de manera abrumadora en el cómputo total. Se lo hice ver. De natural condescendiente, se ofreció a dejar la partida. Pero lo pensé mejor. Le dije: «No. Si he aceptado jugar con esas reglas, me chincho. Ya nos informaremos mejor para la siguiente vez».
Drummond había aceptado las reglas del juego. Tenía que chincharse.
Otra cosa es que ambos reclamemos la urgente mejora de los métodos.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (25 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/25 06:00:00 GMT+2
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2003/08/24 06:00:00 GMT+2
Veo los noticiarios de las televisiones y me producen una extraña sensación de irrealidad.
Dedican minutos y más minutos a hablar de los asesinatos de dos jóvenes, una en Coín y otra en Alzira. ¿Son ésas las principales noticias de la actualidad?
Lo de Coín me supera por entero. Oigo que la alcaldía ha llamado a la población a secundar una acción de protesta. ¿Qué clase de protesta es ésa? ¿Qué fin persigue? ¿Tratan de avergonzar a los asesinos para que asuman que lo que han hecho está feo y se entreguen?
Hay tantas cámaras de televisión en el pueblo que apenas quedan ya vecinos por entrevistar. Todos opinan. Todos expanden rumores de ignota procedencia. Todos son íntimos de la víctima y de su familia. Todos lloran, todos ponen crespones negros, todos dan gritos, todos piden venganza.
Hasta los propios instigadores del sarao han empezado a preocuparse. Se dan cuenta de que, como alguien anuncie el nombre de un sospechoso, el gentío lo saca de donde sea y lo cuelga por los huevos.
He asistido al fenómeno demasiadas veces. Sé de sobra cómo funciona. No es que el personal esté soliviantado y las cámaras retraten su conmoción: es que se solivianta porque están las cámaras. Hay gente que está dispuesta a lo que sea por salir en la tele. Monta el número y lo eleva de tono hasta donde haga falta. A los de la tele les encanta y a ellos les encanta, así que todo el mundo está encantado.
El viejo y noble sentido del ridículo –el de verdad, el que reclama que no te sobrepases, el que te exige unos mínimos de dignidad– se ha convertido en una exquisitez cultural que ya no se lleva.
Hoy en día se puede ser cursi, desde luego. Hasta el infinito. Pero no discreto.
P.S.– Vale, que escribí ayer «disgresiones». Pero, jopé, qué implacables que sois. Líneas más abajo, puse «invita a la digresión». Como mandan los cañones. (¿O es “cáñones”?).
No me pasáis una.
La culpa la tengo yo, por invitaros constantemente a tener las uñas sacadas.
P.S. (2).– Para demostrarlo. Ayer, en un informativo de Canal 9 (o de Punt 2: de la Radiotelevisión autónoma valenciana, en todo caso), apareció un director general de no sé qué asunto marítimo-pesquero de la Generalitat y afirmó, hablando en presunto valenciano, que una de las prioridades esenciales de su departamento es la conservación «del mig ambient». Para quienes no lo sepan, mig, en valenciano (o en catalán), hace referencia al medio, sí, pero en el sentido de centro o de mitad, no en el sentido de conjunto de circunstancias en que vive una persona o un grupo humano. En ese caso se dice medi, aunque en castellano se emplee la palabra «medio» en ambos sentidos.
El error podría tener perdón si se tratara de un particular que habla mal la lengua vernácula y no tiene una especial relación con la materia. Pero, en boca de alguien que está refiriéndose a «una de las prioridades esenciales de su departamento» resulta francamente mosqueante.
Javier Ortiz. Apuntes del natural (24 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de octubre de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/24 06:00:00 GMT+2
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2003/08/23 07:00:00 GMT+2
Ustedes recordarán la visita a España de John Ellis Bush, gobernador de Florida y hermano del presidente de los EE.UU. Vino por aquí en febrero y provocó la hilaridad general al calificar a Aznar de «presidente de la República Española».
Pero lo más significativo de aquel viaje no fue ese desliz chusco, sino el énfasis que puso el llamado Jeb (así lo apodan, por sus iniciales) a la hora de agradecer al Gobierno de Madrid su respaldo a la ocupación de Irak, respaldo que -dijo- «dará [a España] beneficios que no se pueden ni imaginar ahora».
La verdad es que sí se podían imaginar. Y de hecho se imaginaron. Fue uno de los argumentos más insinuados -y a veces directamente esgrimidos- a la hora de justificar la posición oficial española a favor de la guerra: había que contar con la explotación futura del petróleo y con el negocio de la reconstrucción de Irak. El propio Aznar se refirió en términos apenas velados a ese «interés nacional» para defender su actitud y, ya de paso, para condenar la «falta de realismo» de la política de los gobiernos francés y alemán.
Ha pasado medio año y nada de lo que sucede en Irak responde a las previsiones de la realpolitik aznariana. No me refiero al hecho de que la guerra siga su curso. Dejo también de lado los compromisos militares adquiridos por el Gobierno español, ahora mayores que nunca. Apelo tan sólo al gran argumento, a la clave de todo, a la astuta explicación última: el negocio. ¿Dónde está?
Oigo las declaraciones del representante de un consorcio de empresarios españoles interesados en participar en la reconstrucción de Irak. Admite que, de momento, no han logrado prácticamente nada. Dice que está claro que EE.UU. no va a soltar prenda. Cree que habrá que esperar a que se forme un Gobierno independiente en Bagdad (¡toma ya!) para ver cómo introducirse en aquellos mercados. Peor aún, y todavía más patético: reconoce que la presencia económica de España en Irak, aunque nunca fue gran cosa, es ahora mismo inferior a la que existía antes de la guerra.
A Aznar, con esa mentalidad colegial tan suya, le encanta hablar de «los deberes». El siempre presume de hacer bien los deberes. Pues bien: que haga éstos, y que lleve el resultado al Parlamento. Es un sencillo ejercicio de contabilidad: de un lado el haber; del otro, el debe. En una columna, lo que ha gastado el Estado español en la guerra de Irak; en la otra, lo que ha obtenido.
Lo más patético que tienen la mayoría de estos supuestos expertos en realpolitik, presuntos especialistas en la compraventa de principios, es que luego llegan los que deberían pagar sus manejos a precio de oro y los dejan con un palmo de narices.
¿Cómo era aquello de que Roma no paga a los traidores? Lo menos que cabría exigirle a un vendido es que no sea bobo y que cobre al contado.
Javier Ortiz. El Mundo (23 de agosto de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de abril de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/08/23 07:00:00 GMT+2
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