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1993/01/23 07:00:00 GMT+1

Del campo como reliquia

Del Eurofelipismo al Desierto. Francisco Jurdao.

Economista, antropólogo, sociólogo y periodista, Francisco Jurdao publicó en los años 70 un libro profético –España en venta–, en el que analizaba, a partir de la disección de la evolución económica, social y cultural de un pequeño pueblo de la costa malagueña, la tendencia a la destrucción de los medios autóctonos de subsistencia del litoral mediterráneo e insular y su sustitución por una frágil aunque aparatosa estructura de servicios, propicia para la obtención de elevados beneficios –principalmente por vía especulativa– pero de viabilidad futura harto dudosa, si es que no imposible.

Aquel primer análisis determinó los sucesivos centros de interés de Jurdao, que es hoy, sin duda, el estudioso que más ha hecho por la investigación crítica del fenómeno turístico en España. La profundización en la realidad turística como escenario de un proceso especulativo sin precedentes ha conducido a Jurdao, de un modo casi natural, a cuestionar el conjunto de la política económica en la que ese proceso especulativo se apoya y justifica. Porque el hipertrófico turismo español no es, a fin de cuentas, sino una de las múltiples expresiones que encuentra la política de desarticulación y desmantelamiento de las formas de producción económica «tradicionales», de vía libre a la entrada de los complejos multinacionales y de conversión progresiva de la economía española en un entramado de servicios: esa política de la que los sucesivos gobiernos de González han sido los mejores valedores.

El último trabajo de Jurdao pone en evidencia esa política analizando otro gran sector de la economía española: el agrario. El autor sostiene que el ingreso de España en la CE se hizo siguiendo un calendario fijado por urgencias políticas y determinado por postulados de un europeísmo unilateral y tosco, que partía del supuesto de que la entrada en la CE representaría, para España en general y para su campo en particular, un beneficio casi automático. Una vez dentro de las estructuras comunitarias, los gobernantes españoles desaprovecharon la fase de adaptación, no ayudaron a reconvertir los sectores menos competitivos de la agricultura y la ganadería para situarlos en condiciones de afrontar la concurrencia extranjera y, finalmente, cuando se ha producido el inevitable choque, no han encontrado mejor alternativa que aprestarse a certificar la defunción de buena parte de nuestro campo.

Jurdao mezcla los elementos de análisis estrictamente económico con avances en el terreno de la sociología y la antropología, e incluso del periodismo, alternando la exposición crítica de los datos globales con descripciones del medio afectado y entrevistas con algunos de los protagonistas de la realidad concernida por el estudio.

Del eurofelipismo al desierto es más que una obra crítica: es casi la esquela pública de un sector económico español que, pudiendo haber sido puntero, va camino de quedarse en pura reliquia.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de enero de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2018.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/01/23 07:00:00 GMT+1
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1993/01/17 07:00:00 GMT+1

La utopía real

Se tiende a considerar que las aspiraciones utópicas cumplen a gentes soñadoras, despegadas de lo real. La semana que acaba nos ha deparado la prueba -audible, ya que no palpable- de que también quienes están ligados por naturaleza a lo real sueñan con las más imposibles utopías.

No me refiero a la utopía real de Carlos de Inglaterra. Las cosas que el príncipe de Gales dice por teléfono son indiscutiblemente imaginativas, pero nada utópicas. Si «utopía» quiere decir etimológicamente «no lugar», «lugar inexistente», está claro que a él esa palabra le sobra. Tiene perfectamente claro en qué lugares le gustaría estar: ora supliendo a un támpax de doña Camilla Parker, ora dando vueltas en un inodoro. Son aspiraciones de gusto dudoso, sin duda, pero destinadas en todo caso a verificarse en sitios nada utópicos. Francamente tópicos, incluso.

Quien sí ha evidenciado una real inclinación por la utopía es la reina Isabel, mamá del suprascrito. Aseguran sus allegados que la reina de Inglaterra «espera que este desdichado incidente se olvide pronto». iQue se olvide pronto! Esa sí que es una utopía de mil pares (o de mil lores, si hace más al caso).

Mi devoción por las monarquías -por todas, en general- es de sobra conocida. He alcanzado con el tiempo tal grado de entusiasmo monárquico que incluso soy capaz de llamar a doña Isabel II «Su Graciosa Majestad» sin plantearme siquiera la posibilidad de que haya algo que resulte chocante en semejante tratamiento. Pero aspirar a que lo del támpax y lo del WC se olvide -y pronto, además, me parece excesivo. Pasará el tiempo, desdeñará la Historia que un antecesor de Isabel II llamado Enrique VIII rebañara el cuello de Tomás Moro, autor de La Utopía, y seguirá el cachondeo general sobre el príncipetámpax. Impepinable.

Ya ven: la reina de Inglaterra se nos ha vuelto rematadamente utópica. ¿A que es graciosa, Su Graciosa Majestad?

Javier Ortiz. El Mundo (17 de enero de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 17 de enero de 2011.

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1993/01/10 07:00:00 GMT+1

Las manos sucias

Vengo explicando desde hace meses que lo mejor que puede sucedernos en las próximas elecciones es que el PSOE pierda. Lo he razonado por activa, por pasiva e incluso por perifrástica, argumentando que la derrota del PSOE, por convenir, le conviene hasta al propio PSOE: un buen batacazo animaría a sus militantes a reflexionar, y de esa reflexión podría deducirse una positiva renovación del partido y un saludable pase a la reserva de sus actuales dirigentes.

Así pues, tengo claro lo que no hay que hacer: no hay que votar al PSOE. Pero eso no resuelve por completo el problema. Porque, tras decidir lo que no se hace, es forzoso pasar a examinar qué se hace. La cosa no entraña la menor dificultad para aquéllos que se identifican con el programa del PP, de IU, del PNV, de CiU, del PA o de cualquier otro partido: le dan su voto a ese partido y santas pascuas. Pero, ¿qué decisión pueden adoptar quienes, considerando imprescindible desalojar al PSOE del Gobierno, o al menos de la mayoría absoluta, no están de acuerdo con ningún otro partido? La solución clásica -la abstención o el voto en blanco- no vale en este caso, porque puede beneficiar al PSOE. ¿Qué hacer, entonces?

Hay otra amarga duda que no dejará de asaltar a quienes, hostiles al PSOE, no ven con mejores ojos al PP: ayudar a que el uno se vaya ¿no equivale a contribuir a que venga el otro?

Sólo hay un modo de dilucidar estas dudas: que cada cual vuelva al inicio de la reflexión y se pregunte hasta qué punto cree imprescindible derrotar al PSOE. Si considera que eso es lo más importante, deberá admitir que lo demás es secundario. Resígnese: en política, todo es decidir qué ensucia menos las manos, y dar el voto a un partido no implica venderle el alma.

¿No lo cree? Resígnese entonces a que el PSOE saque otra vez partido -y gobierno- de sus escrúpulos.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de enero de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de enero de 2012.

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1993/01/03 07:00:00 GMT+1

La paciencia de Major

Hay ocasiones en las que, oyendo hablar a los dirigentes políticos del mundo, es inevitable plantearse la realidad en términos desagradables: o es que ellos son imbéciles o es que nos toman por imbéciles a nosotros. Ejemplo de ello, John Major, ayer, en relación al conflicto yugoslavo: «Los serbios harán bien en evitar que se agote nuestra paciencia».

Quizá el premier británico creyera que estaba dando prueba de una gran energía política, y hasta es posible que se pensara que sus palabras encerraban una amenaza que el cruel Milosevic se vería obligado a tener muy en cuenta. En la práctica, sin embargo, lo que dijo, tomado literalmente, sólo puede interpretarse en sentido contrario: admitió que lo que los serbios han hecho hasta ahora no ha agotado aún su paciencia. De lo cual Milosevic habrá deducido algo que ya sabía, y que de hecho es una de las condiciones que le han animado a actuar como ha venido haciéndolo: que la paciencia de todos los Major del mundo occidental con respecto a Serbia es prácticamente infinita.

¿Qué habrían de hacer los serbios para agotar la paciencia de nuestros MajorJob? Lo han intentado casi todo: han creado campos de concentración para internar a los bosnios por el mero hecho de serlo, han violado mujeres y niñas por decenas de miles, han realizado una «limpieza étnica» espeluznante, han arrasado poblaciones enteras, están a dos pasos de borrar un país del mapa... Pero la paciencia de John Major resiste. Está hecha a prueba de balas. Le hace falta más que eso.

Si los serbios quieren evitar que se agote la generosa paciencia de John Major, que éste diga: «Hasta aquí hemos llegado» y haga caer sobre ellos dardos y venablos, sólo hay una cosa que deben eludir a toda costa: hacerse sindicalistas. A los asesinos, violadores, genocidas y torturadores, Major siempre les da otra oportunidad. A los sindicalistas, en cambio, los machaca.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de enero de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de enero de 2011.

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1993/01/02 07:00:00 GMT+1

De Rosa Conde como diversión

Si no fuera por Rosa Conde, ¿qué sería de mí? Ella alegra mi alma de resentido una vez por semana, y a veces hasta dos. Con sus declaraciones-barullo, sus toques superrealistas, su sintaxis gloriosa y su dicción inimitable, consigue divertir mis ratos de ocio y, en ocasiones, incluso los de trabajo. Hay quien se entretiene rellenando crucigramas o descifrando jeroglíficos; yo prefiero bucear en las declaraciones de doña Rosa. Me veo que el director de este periódico, de conocidas tendencias estajanovistas, va a acabar por llamarme la atención el día menos pensado: «iPero hombre, Ortiz, ya está bien! ¿Quieres dejar a Rosa Conde y ponerte a trabajar?».

Prescindan del Intelect y otros juegos culturales. La interpretación de algunas intervenciones de la ministra portavoz sí que representa un endiablado desafío para la inteligencia. Es necesario saber la tira sobre la actualidad -política, económica, militar y social, local e internacional- para acertar a localizar de qué narices se supone que habla; se requiere estar dotado de una gran maestría para resituar mentalmente las palabras que doña Rosa va emitiendo, acertando a prescindir de las sobrantes y descubriendo cuáles faltan, hasta lograr que las frases adquieran algún sentido; cumple también contar con una sólida formación psicoanalítica, para rastrear las razones de ese alud de lapsus, olvidos y despistes. En fin, ha de hacerse todo ello con absoluto desinterés, porque nada asegura que tamaño esfuerzo permita obtener al final alguna idea que valga para algo.

Contamos antaño con un portavoz del Gobierno que sabía hablar, pero se aclaraba poco; otro hubo que se aclaraba bastante, pero que hablaba con un insufrible tonillo didáctico, doceavos aparte. Hogaño, González ha encontrado a la persona que reúne las dos condiciones: no sabe lo que dice, pero lo dice mal. Algunos se quejan por ello. Yo, en cambio, lo disfruto.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de enero de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de enero de 2012.

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1992/12/31 20:00:00 GMT+1

La desarticulación de los movimientos sociales

Escribí este texto para "El Mundo" en 1992. Han pasado ocho años y, prescindiendo de algunas referencias coyunturales, me sigue pareciendo plenamente válido. El único movimiento social que por entonces no tuve en consideración -porque apenas existía- es el de solidaridad con los inmigrantes clandestinos.

Cuando accedió al gobierno hace una década, el PSOE declaró que, en conformidad con las resoluciones de sus congresos y con las promesas de su programa electoral, tenía la firme intención de impulsar el desarrollo de los llamados «movimientos sociales».

Las iniciativas de tipo asociativo y reivindicativo a las que se aludía cuando se hablaba de «movimientos sociales» eran a la sazón, particularmente, el movimiento pacifista, el feminista, el ecologista, el vecinal y el juvenil, aunque también existieran otros de menor amplitud o de localización geográfica concreta (movimientos de solidaridad internacional, de apoyo a la normalización lingüística en las comunidades con lengua propia, etc.).

Diez años después, el panorama que ofrecen los movimientos sociales en España es, hechas las cuentas, francamente desolador. Siguen existiendo agrupaciones que persiguen esas finalidades y otras de más reciente aparición, pero sus núcleos organizados son extraordinariamente reducidos y su eco en la vida política y social, casi imperceptible.

¿En qué medida es responsable el «felipismo», el Poder socialista -partido y gobierno- del proceso de desarticulación que han sufrido esos movimientos?

Conviene no simplificar el problema.

La tradición asociativa en nuestra sociedad ha sido siempre escasa, con la parcial excepción del País Vasco. Hace diez años, e incluso en los momentos de intensa efervescencia política que se vivieron tras la muerte de Franco, la militancia real -tanto en partidos políticos y sindicatos como en movimientos sociales- era mínima. De hecho, si partidos, sindicatos y otras asociaciones lograron abultar sus listas de afiliados fue porque renunciaron a exigir de ellos una militancia efectiva (asistencia a reuniones asiduas, pago de cuotas elevadas, venta de las publicaciones, etc.) y se conformaron con formas de vinculación muy laxas. Los estudios sociológicos realizados a lo largo de los últimos quince años revelan que el interés asociativo en España, limitado como era, ha ido decayendo, paulatina pero firmemente, en un proceso que no es exclusivamente español, sino que abarca, bajo diferentes formas, al conjunto de los países de nuestro entorno. En España, el auge del apoliticismo entre los menores de treinta años, y muy en especial entre los estudiantes, ha sido singularmente intenso, y alcanza en la actualidad niveles arrolladores, según ha confirmado un reciente estudio del CIRES (La realidad social en España, 1990-1991, páginas 595 y ss).

Esto, que afecta al asociacionismo en general, resulta de particular aplicación a los movimientos sociales, por cuanto éstos han tenido siempre, por naturaleza, un carácter mucho más inestable que los partidos políticos o los sindicatos, y su desarrollo ha sido deudor, invariablemente, de hechos o sucesos de la actualidad inmediata. Así, el movimiento pacifista logró un poder de atracción y de movilización social muy considerable con motivo del ingreso en la OTAN y el posterior referéndum, pero se fue debilitando a marchas forzadas en los años siguientes. El desencadenamiento de la guerra del Golfo le permitió volver a levantar cabeza pero, acabada ésta, entró en un nuevo letargo. También el movimiento feminista consiguió un auge cierto, gracias sobre todo a las movilizaciones a favor del aborto libre y a raíz de los juicios por aborto, pero luego ha tendido a difuminarse. Otro tanto cabe decir de los movimientos de objetores e insumisos, o del movimiento ecologista. En todos los casos nos encontramos con núcleos organizados que han sido siempre -que ya eran en 1982- extremadamente reducidos, cuya ampliación y capacidad de atracción ha dependido del concurso de determinadas circunstancias (políticas, sucesos trascendentes) que han interesado a amplios sectores de la población.

¿Por qué hoy los movimientos sociales viven una lánguida y átona existencia? Por dos razones fundamentales, que en último término se funden en una: porque cada vez tienen menos integrantes, y porque la sociedad española es cada vez menos capaz de interesarse -y de movilizarse- por los grandes sucesos y problemas cruciales de la realidad política y social.

El PSOE ha fomentado decisivamente ambos factores.

El PSOE ha hecho lo posible por anular la capacidad política radical, «desestabilizadora», de los movimientos sociales. Lo ha hecho desde fuera, creando un vacío a su alrededor, dificultando sus posibilidades de conectar con el conjunto de la población y deformando su imagen a través de los medios de comunicación que le son fieles. Y lo ha hecho, en todo lo que ha podido, también desde dentro, interviniendo en los movimientos -incluso en los que le parecían hostiles por naturaleza: recuérdese que el Programa 2000 aún se planteaba cómo «recuperar» el pacifismo para su causa- con el objetivo de evitar que se enfrentaran al poder político establecido y para lograr que se limitaran a luchar por reivindicaciones o bien inofensivamente utópicas o bien inofensivamente posibilistas.

Con este fin, a lo largo de los últimos diez años, el PSOE se ha servido de la acción de sus militantes, de los cantos de sirena del Poder («Cuando quiero tapar la boca a un tipo realmente molesto -me dijo hace años un alto cargo socialista-, lo nombro para un cargo y le pongo un despacho») y, sobre todo, de la más eficaz de sus armas: el dinero.

Se ha hablado mucho de las subvenciones concedidas por los socialistas a las organizaciones juveniles que le son afines. Lo que mucha gente no sabe es que el PSOE no sólo financia asociaciones dóciles. También subvenciona algunas inicialmente críticas. Y no sólo juveniles: también feministas, ecologistas culturales... Consigue que la financiación oficial se convierta en esencial para la subsistencia de la organización y deja que el dinero haga sus efectos: pasado el tiempo, es poco probable que sus responsables tengan deseos de enfrentarse radicalmente con quienes aseguran el sostenimiento del tinglado.

Más importante, y también más sutil, es el trabajo de «desarme moral» que el PSOE ha realizado a escala de toda la sociedad. Porque bueno es tapar la boca del que quiere protestar, sin duda, pero más importante es conseguir que el conjunto de la sociedad sea insensible a las protestas.

Reconozcamos que el Poder socialista no ha tenido que inventarse nada para ello. La degeneración de la sociabilidad es uno de los males que caracterizan el momento por el que atraviesan las sociedades occidentales. «La modernización de Occidente», ha escrito muy acertadamente Eugenio del Río, «ha conllevado la destrucción de los vínculos asociativos tradicionales. A la vez, se ha mostrado incapaz de tejer nuevas redes asociativas duraderas y de enriquecer la vida social. La sociedad moderna es un universo atomizador, de seres relativamente aislados. Pero, a la vez, ha traído consigo un empobrecimiento de la individualidad: (...) acentúa la uniformización en el plano de los valores, del estilo de vida, del empleo del tiempo, de la información recibida." (¿Crisis de la izquierda?, en Éxodo, núm. 12, enero-febrero 1992.)

El PSOE se ha montado en la ola, ha contribuido a agrandarla y se ha beneficiado de ella. Hoy siguen produciéndose acontecimientos como los que en un pasado aún reciente provocaban reacciones colectivas de repulsa o solidaridad y favorecían la articulación de tal o cual movimiento social de apoyo o de repulsa. La violencia racista, el Tratado de Maastricht, el hambre en África o las guerras que desgarran el Este europeo son hechos de muy diferentes órdenes, pero equivalentes en esa dimensión. Hoy no consiguen la menor movilización ciudadana y deambulan entre nosotros como fantasmas.

El «felipismo» no tiene toda la culpa de que eso sea así, desde luego. Pero reconozcámosle que ha hecho lo posible por conseguirlo.

Javier Ortiz. El Mundo (1992). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de enero de 2018.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1992/12/31 20:00:00 GMT+1
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1992/12/27 07:00:00 GMT+1

Veneno inconsciente

En los años 50 se hizo célebre el subtítulo de una noticia que apareció en no sé qué diario. Decía, refiriéndose a las víctimas de un accidente de tren: «Afortunadamente, todos los muertos eran de tercera».

Recuerdo también otro título, este publicado hace pocos años en un diario de Madrid: «Llega a su casa y encuentra a su mujer violada y asesinada».

La ideología más perversa es la inconsciente. El periodista que sabe cuáles son sus querencias políticas o ideológicas y trata de ser honesto, se vigila para que éstas no «contaminen» su labor como informador. Los peores manipuladores son los que creen que su ideología es «natural» y que ellos explican espontáneamente las cosas «como son». Al que escribió lo del tren le parecía muy lógico preocuparse más por los viajeros adinerados. El que redactó lo de la mujer se identificó instintivamente con el hombre. Para él, lo noticioso no era que ella hubiera sido masacrada, sino que él llegara a casa y, en vez de encontrar la cena preparada, se topara con ese drama.

Leo en el periódico del pasado 24 este titular: «Detenido un marroquí por violar a una menor disminuida psíquica». Repaso la noticia y se confirman mis peores augurios: el hecho de que el hombre fuera marroquí no tenía la menor incidencia en lo ocurrido. Lo mismo se podía haber puesto «Detenido un aficionado al mus...» o «Detenido un hombre de ojos castaños...». Peor todavía: la presunta violación, según se desprendía de la lectura de la propia noticia, ni siquiera estaba claro que fuera realmente una violación.

Clasismo, machismo, racismo... Lo peor no es cuando se reproducen las ideologías envenenadas con el venenoso ánimo de envenenar. Lo peor es cuando los viajeros miserables, las mujeres agredidas o los inmigrantes marroquíes salen malparados simplemente porque el clasismo, el machismo y el racismo son tenidos por «naturales».

Javier Ortiz. El Mundo (27 de diciembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de marzo de 2013.

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1992/12/26 07:00:00 GMT+1

¿Tonta Navidad?

La Navidad, ¿es una fiesta tonta? ¿Existen las fiestas tontas? ¿Puede ser tonto no tener la obligación de trabajar? ¿Es una fiesta tonta, pero sólo para los parados, que cuando no es fiesta tampoco trabajan? Y para las amas de casa, que en los días de vacaciones trabajan el doble, ¿es doblemente tonta? ¿Es tonta para los propietarios de grandes almacenes? Y para los industriales jugueteros -acabo de enterarme de que Mattel, el fabricante de la anoréxica Barbie, va a conseguir este año de gracia ventas por más de ciento diez mil millones de pesetas- ¿tiene la Navidad un pelo de tonta? ¿Es tonta la fiesta o son tontos los que la celebran tirando la casa por la ventana? ¿Es posible, en realidad, tirar la casa por la ventana? (¿Cómo puede nadie tirar la casa y conservar la ventana en su sitio?).

Leo a un teólogo que se siente ateo por Navidad -en el pesebre sólo ve al Becerro de Oro, y no quiere creer en él- y oigo a un coro de descreídos cantando que el Niño Dios es tan pobre que no tiene ni cunita mientras ruedan las botellas de brut por el suelo.

¿De qué carajo van estas fiestas? «Sirven para que las familias se junten al menos una vez al año», me dice un presunto pragmático. ¿Y para qué necesitan reunirse las familias? Si no tienen ganas de hacerlo en general, ¿a qué hacerlo ahora? ¿Por qué no se juntan el 22 de septiembre, en honor de Brassens, o el 20 de marzo, por Serrat, y les saldrá mucho más barato, y hasta puede que alguien se crea que la reunión es amorosa y espontánea?

Regresé a Madrid en la madrugada de ayer por la carretera de Burgos. Eran cientos los norteafricanos que marchaban hacia su tierra. Llevaban muchas horas en el coche y más de uno, a punto de dormirse sobre el volante, dibujaba eses premortales en el asfalto. ¿Navidad en Marruecos, en Argelia... o en la tumba? ¿O son quizá demasiadas preguntas para un solo día?

Javier Ortiz. El Mundo (26 de diciembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de diciembre de 2011.

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1992/12/24 07:00:00 GMT+1

Muchas felicidades

La lengua castellana, admirable por tantos conceptos -como todas las que conozco, dicho sea de paso- cuenta con algunos curiosos enigmas. Por ejemplo, es bien sabido que los adverbios castellanos terminados en -mente pueden sustituirse por expresiones adverbiales construidas a partir del correspondiente nombre de cualidad: «tranquilamente» equivale a «con tranquilidad», «francamente» a «con franqueza», etcétera. Pero hay al menos una excepción a esta regla que siempre me ha intrigado. «¿Vendrá Fulano?», pregunta uno. «Seguramente», le responde otro. ¿Qué debe entender el primero? Pues... que no es seguro que Fulano venga. ¿Y eso? ¡Ah! Tal vez el significado tajante de la palabra se haya ido perdiendo poco a poco, víctima del escepticismo popular o, más directamente, de la sensatez general: en este mundo hay muy pocas cosas absolutamente seguras, excepción hecha de la zafiedad de don Jesús Gil y Gil. Otra particularidad lingüística muy nuestra, que suele manifestarse apabullantemente en estos días navideños, la encontramos en la tendencia a desear a todo quisque «muchas felicidades». iMuchas felicidades! ¡Como si la felicidad, en singular, nos pareciera insuficiente!

Hace tiempo que he ido dando cuerpo a una teoría personal sobre este asunto. En mi opinión, en contra de las apariencias, desear «muchas felicidades» no es síntoma de megalomanía colectiva, sino todo lo contrario: al igual que en la deformación del significado del adverbio «seguramente», también aquí me parece encontrar la huella del escepticismo popular.

La clave está en no enfrentar lo plural con lo singular, sino lo absoluto con lo relativo. No vale la pena desear a nadie que logre la felicidad, porque la felicidad no existe. En la vida sólo cabe aspirar a obtener parcelas, momentos de felicidad.

Desear a alguien que sea feliz sólo puede entenderse como una forma, no muy feliz, de expresar nuestra confianza en que, cuando esa persona haga el balance de su vida, los buenos momentos pesen en su conciencia más que los malos. Pero, dado que ese balance sólo cabe hacerlo al término de la existencia y que cuando termina su existencia la gente no suele estar para balances, eso tampoco resulta demasiado práctico.

En ese sentido, desear muchas felicidades representa un sano ejercicio de realismo: equivale a aspirar a que el interfecto o interfecta disfrute de un buen número de momentos de felicidad.

En realidad, la felicidad total, por no ser, ni siquiera es deseable. Un instante sólo es feliz porque otros son infelices, o al menos aburridos. La felicidad completa, en suma, sería una perfecta imbecilidad. ¿Cómo desear semejante condena a aquéllos a quienes queremos?

Javier Ortiz. El Mundo (24 de diciembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de diciembre de 2010.

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1992/12/20 07:00:00 GMT+1

El hacha

Horacio Oliva, el abogado que defiende al PSOE en el caso Filesa, asegura que el juez Barbero «le pide al PSOE el hacha con que mató a su padre». «¡Busque usted el hacha!», le espeta don Horacio al juez. Muchos han malinterpretado la frase del señor Oliva, como si este pretendiera que el juez Barbero está buscando al asesino de su padre. No. En primer lugar, del padre del que habla don Horacio no es el del juez, sino el del PSOE. En segundo lugar, se trata de un símil. Lo que quiere decir es que no puede pedírsele a un parricida que proporcione él mismo las pruebas del crimen que ha cometido.

Una vez debidamente aclarado el sentido de la frase, convengamos en que esta tiene aún peor pinta. Porque lo que hace el abogado de Carlos Navarro es reconocer con ella que, en efecto, el PSOE cometió un crimen. ¡Pues menos mal que el señor Oliva es el abogado defensor! No me extraña que el fiscal haya estado hasta ahora tan inactivo. Se ve que le dejaba a don Horacio la tarea de acusar. Y a fe que la ejerce. Demoledoramente.

Este abogado es una joya en materia de actos fallidos. ¿Por qué abismos transitaba su inconsciente cuando se le ocurrió comparar el caso Filesa con un parricidio cometido por el PSOE con un hacha? Un tanto truculento, don Horacio. ¿En qué cementerio civil yacerá el padre del PSOE muerto a hachazos (hacho, ladrón)... o a sablazos?

Los esfuerzos del señor Oliva por defender a hachazo limpio al PSOE se vuelven contra su patrocinado ipso facto. Otro Horacio, Quinto Horacio Flaco, cuyo bimilenario se conmemora ahora, lo dijo: Natura expellas furca, tamen usque recurret. Expulsa con un rastrillo -o con un hacha, da iguala la Naturaleza; siempre reaparecerá.

Sobre todo cuando -esto Horacio no lo dijo- el que trata de expulsarla es un abogado incapaz siquiera de medir el alcance de sus palabras.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de diciembre de 1992). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de febrero de 2013.

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