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1993/07/11 07:00:00 GMT+2

Prohibidos los encierros

Cada vez que presencio por la televisión un encierro de los sanfermines me ocurre lo mismo: así que empiezo a ver mozos caídos y toros enormes que enfilan hacia ellos, me es imposible seguir mirando. Me horroriza. Esta semana he repetido la operación hasta tres veces, tratando de entender qué puede llevar a toda esa gente, que no tiene aspecto de haberse evadido en masa de un frenopático, a jugarse el tipo de manera tan absurda, y a los demás a contemplarlo como si se tratara de un espectáculo edificante. Ayer volví a oír eso de que a los mozos los protege «el capote de San Fermín». Pero el capote del santo no llega hasta Pasajes, donde el miércoles un toro mató a un hombre que participaba en uno de los «encierrillos» vespertinos que se celebran allí también por San Fermín. Claro que puede ser que el capote del santo proteja sólo a los mozos de Pamplona, según esa curiosa costumbre de los santos católicos, llenos de manías localistas y corporativas.

Supongo que con ello despertaré las iras de muchos, entre ellos bastantes buenos amigos míos, pero debo decir que, si de mí dependiera, prohibiría los encierros. Ya sé que son una tradición popular, pero eso no los hace mejores: no por viejo un disparate se vuelve cuerdo. Tampoco me vale el argumento de que están permitidas muchas otras barbaridades, incluso mayores que ésta. También las prohibiría. ¿La tauromaquia? Prohibida. ¿La caza del zorro? Ya está, prohibida. No me arredraré tampoco ante la posibilidad de tirar por elevación. Estoy dispuesto a preconizar la prohibición de todo lo innecesariamente peligroso, dañino y cruel, desde los ejércitos a la música de discoteca.

Y es que se empieza por aceptar los encierros y se acaba por considerar natural que siga gobernando González.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de julio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de julio de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/07/11 07:00:00 GMT+2
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1993/07/09 07:00:00 GMT+2

¡Es brocha gorda!

El candidato tamborileaba nervioso sobre el pupitre. ¡Tener que escuchar semejante retahíla de barbaridades! A muchos de sus congéneres les sonaba a lo mismo, según todas las trazas. Desde el momento en que el representante de IU-IC empezó a soltar su requisitoria, la mayoría tomó el camino del pasillo. Los que quedaron presentes optaron por ponerse a charlar y ricanear entre sí. Hasta que no tuvieron más remedio que volver la cara hacia el estrado.

Porque parecía que pasaba algo. Algo que no estaba previsto.

Rafael Ribó fue un sorprendente orador. Incluso como representante de Izquierda Unida. A mí, por lo menos, me sorprendió. No porque lo que dijera fuera de una gravísima radicalidad. En realidad, la enumeración de los desastres psoecialistas que hizo fue bastante comedida, si se compara con la que otros hubiéramos puesto sobre la mesa parlamentaria sin apenas esfuerzo y con muchísimo gusto. Lo que resultó ayer más llamativo es que el señor Ribó subió a la tribuna del Congreso enfadado.

En el lenguaje de la política oficial, ocurre a menudo que lo de menos es lo que se dice, y lo de más cómo se dice. Una crítica gravísima, pronunciada con la docilidad de tono que es de rigor en la diplomacia parlamentaria, pasa desapercibida. Resulta perfectamente aceptable. «Perdone usted que se lo recuerde, señoría, pero tengo datos suficientes como para considerar que usted es un poquitín criminal», apunta el diputado único del Centro Estupefacto Unido, esgrimiendo una algarroba de primera calidad, que espera depositar delante del Gran Jefe del Gobierno así que Pons le conmine a acabar. Y todo el mundo sonríe.

Pero si llega alguien que, rompiendo con el monótono consenso ambiental, blande tan sólo el dedo índice, señala al tipejo que aspira a mandamás y le suelta un «iHa sido usted, es y quiere seguir siendo un perfecto estafador, cacho canalla!», con depedencia de que nadie sepa a que estafa en concreto se refiere -¡hay tantas!, el acontecimiento se vuelve un puro escándalo. Porque el orador ha roto la baraja. Y no hay nada peor que romper la baraja.

El candidato a presidente de Gobierno -que ha sido, se siente y se sabe presidente de Gobierno desde hace la tira, cosa que imprime carácter- se mostró totalmente desbordado por la inesperada osadía.

Había soportado las impertinencias de José María Aznar -algunas de ellas felizmente caústicas- con naturalidad, y hasta con elegancia. Esperaba escuchar las reconvenciones más o menos profesorales del resto. Pero que se subiera alguien al estrado para hacer irrisión de su presunto progresismo y le leyera el abecé, la elemental cartilla de lo que no puede dejar de decir alguien que se pretende de izquierdas, se ve que no lo esperaba.

Y perdió los estribos. «¡Eso es brocha gorda!», le replicó indignado, demostrando su convencimiento de que su actuación sólo puede ser criticada con pinceladas.

Felipe González es un político definitivamente mal acostumbrado. Es un individuo que cree que puede ir al Parlamento y salir airoso con réplicas como ésta que no me resisto a copiar, y que ayer dedicó a Aznar: «Por lo tanto, eso me remite a una cierta dificultad para aceptar las cosas como son». Es un tipo capaz de soltar semejante vaciedad, imposible de determinar a qué carajo se refiere, y quedarse tan ancho, con la conciencia de que frases así pueden lograr millones de votos.

Lo de menos es que Ribó le hiciera un somero recuento de sus promesas incumplidas, y que le recordara «Los Naranjos», y la sindicación de la Guardia Civil, y Bagdad, y el Sahara, y a don Charles de Secondat, barón de la Bréde et de Montesquieu, y a los insumisos, y al sursum corda. Lo de más es que todo eso se lo recordó en un tono que parecía estar diciéndole: «Menudo desastre has montado, so capullo».

Y saltó como una fiera. Porque no hay nada que le siente peor a un capullo que ver que le tratan como a un miserable capullo. El error de Ribó, el de Izquierda Unida entera, está en pensar que González es un político de izquierdas que no se da cuenta de cuál es la verdadera política de izquierdas. Ya acabarán entendiendo que basta con considerarlo un político de derechas para que encaje perfectamente todo lo que hace.

Pero, bueno, ayer Rafael Ribó lo trató al menos como un capullo. Fue divertido.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de julio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de julio de 2012.

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1993/07/07 07:00:00 GMT+2

Lola Gaos

Lola Gaos, que murió el pasado domingo víctima de un cáncer y de muchas rabias, era una feroz resentida. Magníficamente resentida. Lo más hermoso de su resentimiento era la integridad con que lo expresaba. Su figura, menuda y enjuta, parecía un haz de indignación. Su voz, cada vez menos audible, tenía el ronco timbre reseco del rencor incontenible. Cuanto decía -y cuanto callaba- destilaba un hondo resentimiento. No tuve nunca demasiado trato con ella, pero recuerdo muy bien que, en tiempos, cuando de tanto en vez nos topábamos, siempre en actividades específicas de resentidos, llegábamos a un inmediato acuerdo sobre las infinitas razones que sustentan la ira política y social. «Qué asco, ¿verdad?», decía cualquiera de los dos. Y con eso bastaba. No hacía falta entrar en detalles.

Ahora tampoco necesitaríamos entrar en detalles. Qué asco.

Por lo que leo, Lola Gaos ha pasado estos últimos años en condiciones económicas angustiosas. En la época en que la conocí, a finales de los 70, vivía con considerable modestia. Así que, si lo de ahora era mucho peor, tenía que resultar tremendo. La casualidad hizo que me llegara la noticia de su muerte pocos minutos después de enterarme del pastón que cobran algunos farsantes por hacer el paripé en ciertas universidades de verano. Se me ha venido a las mientes que podría dedicárseles un son al modo de los que Nicolás Guillén escribía para los turistas yanquis en la Cuba de Batista: «Con lo que un capullo gana / en un aula de verano / por sólo decir bobadas / le hubiera a Lola sobrado».

Vale la pena preguntarse cómo puede ser que una gran actriz, de lo mejorcito que hayan conocido los escenarios y platós de este país, haya tenido que transitar por la vida con tantas estrecheces. La respuesta hay que buscarla en el elevado precio que sigue teniendo la integridad. Toparse con un cretino adinerado con fama de mecenas y darle a entender de modo transparente que te parece un cretino cuesta carísimo. Cuesta, exactamente, todo lo que ese cretino jamás te dará. Y decirle a un terrorista de Estado con ínfulas de estadista que, hechas todas las cuentas, su rasgo más notable es la criminalidad, significa que no te invitará nunca a engrosar las filas de los que se lucran con los fastos que patrocinan él y sus cómplices. Todo el mundo sabía que Lola era única a la hora de detectar cretinos, y que, cuando tenía conciencia de que alguien era un criminal, era incapaz de ocultarlo. De modo que así le ha ido.

Dicen los listillos que Lola Gaos era «muy intransigente». Su buen esfuerzo le costó. La mayoría natural le dio todas las posibilidades de convertirse en otra santona más del régimen -de aquél, de éste siempre hay uno- y las despreció todas.

Cuentan ahora que ha muerto en la miseria. No saben hasta qué punto se equivocan. Lola Gaos ha muerto sin un duro, que no es lo mismo. La miseria es el estado en el que vegetan ellos.

Javier Ortiz. El Mundo (7 de julio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de julio de 2011.

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1993/07/04 07:00:00 GMT+2

Fuera del cubil

Los articulistas que vivimos en Madrid tenemos tendencia a considerar que la vida empieza y acaba en las puertas de la capital. No es que ignoremos que el resto existe. Es que consideramos que se compone de un montón de sitios que no importan, llenos de gente que no importa. Un ejemplo bien conocido: cada año, TVE inicia el Telediario con un alegre «Ha llegado la nieve» el día en que por primera vez nieva en Madrid. Lo más normal es que en Burgos lleven un mes viendo nevar, pero la nieve de Burgos no es significativa. La nieve que importa es la que cae sobre la gente realmente importante, o sea, la grey directiva de la política y la economía patria... y nosotros, claro. Se trata de un comportamiento muy injusto y desconsiderado, por supuesto, pero que para algunos tiene sus ventajas. Imaginen ustedes que el señor Álvarez del Manzano, jefe de la egregia polis, y el general Monzón, egregio jefe de sus polis, monopolizaran la flota de vehículos de las fuerzas locales del orden, de modo que éstas tuvieran que patrullar en coches de alquiler, a razón de 40.000 pesetas semanales. Sería un escandalazo. En cambio, en Mutxamel, un pueblecito de la provincia de Alicante, los policías locales están en ésas, porque les han escacharrado el coche que tenían, y el otro que tiene el Ayuntamiento, nuevecito, se lo reservan el alcalde y el jefe de la Policía municipal para sus desplazamientos. Y ya está. Tan felices. Porque es algo que a nadie le importa, salvo a los de Mutxamel, que es un pueblecito en cuyos escándalos jamás repararía ningún articulista, empezando por mí, si no fuera porque paso unos días justo al lado y el suceso me ha hecho pensar sobre lo poco que nos interesa lo que sucede fuera de nuestro cubil capitalino, que es donde vive la inmensa mayoría. Incluyendo a la inmensa mayoría de los madrileños.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de julio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 5 de julio de 2012.

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1993/06/28 07:00:00 GMT+2

Solchaga, la solución final

El recuerdo de muchos grandes personajes históricos aparece indeleblemente unido a gestos (el paso del Rubicón, la quema de las propias naves, la Larga Marcha, el viaje del Granma), que sus contemporáneos no acertaron a comprender en toda su hondura, pero que hoy son citados como muestras irrefutables del genio de sus artífices. Los anales de la Humanidad evocarán la genialidad de Felipe González ilustrándola con el gesto sublime que realizó el pasado viernes, cuando impuso a los socialistas españoles la jefatura parlamentaria de Carlos Solchaga.

González tira de Solchaga. Es aún pronto para interpretar la decisión, pero sabemos ya que hará Historia. Porque Solchaga no es cualquier cosa. Es muy poco probable que el siglo XX -y el XXI, a este paso- conozca otro personaje de una tan formidable capacidad destructiva. ¿Quién dijo aquello de el de Tafalla no da la talla? Habría que retrotraerse a la hierba hollada por el caballo de Atila para encontrar precedentes de su altura. Empezó su carrera política capitalina como jefe del grupo parlamentario socialista vasco. ¿Recuerda alguien qué fue de ese grupo? Le encargaron luego la reconversión de la industria: él demostró cuán rápido cabía dejarla en cero. Pusieron después en sus manos las arcas del Estado: las vació al punto. Me han dicho que algunos científicos están estudiando la carrera política de Solchaga, convencidos de que refuta el axioma según el cual «la materia ni se crea ni se destruye; sólo se transforma». Tienen razón: todo cuanto él toca se desvanece.

Ignoro para qué, pero resulta obvio que si González ha colocado el grupo parlamentario socialista bajo Solchaga es porque quiere destruirlo. ¿De qué técnica se servirá el hábil depredador esta vez? Quizá opte por privatizar el partido entero. Si es así, seguro que acaba poniéndolo en manos del BBV.

Javier Ortiz. El Mundo (28 de junio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de octubre de 2012.

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1993/06/20 07:00:00 GMT+2

¿Un gobierno de izquierdas?

Los dirigentes de Izquierda Unida reivindican que Felipe González les llame para formar «un gobierno de izquierdas». A partir de lo que dicen, deduzco que existen dos eventualidades. La primera, que crean que lo que proponen es posible. La segunda, que consideren que no es factible, pero que hayan decidido reclamarlo para «desenmascarar» el «derechismo» de González.

Ambas posibilidades son en realidad compatibles: cabe que haya en IU quien esté solicitando el «gobierno de izquierdas» por el primer motivo y quien lo haga pensando en lo segundo.

Los dos planteamientos me parecen disparatados. Examinémoslos en orden inverso. ¿Hay que «desenmascarar» a González? Mucho me temo que a quien no le hayan parecido suficientemente «desenmascaradores» los GAL, Filesa, la Guerra del Golfo, la Ley Corcuera, el anteproyecto de Código Penal, el encarcelamiento de insumisos, la OTAN, el procesamiento de mujeres y médicos abortistas, el «decretazo» y demás joyas de la corona felipista, tampoco le impresionará demasiado que González no quiera meter a nadie de Izquierda Unida en su Gobierno.

Pero peor aún es que haya líderes de la coalición que piensen que su propuesta de «gobierno de izquierdas» es realizable. Porque eso viene a demostrar que el personaje no está «desenmascarado» ni siquiera ante quienes pretenden ser representantes de la verdadera izquierda.

IU plantea el asunto erróneamente. No es que González no quiera formar un «gobierno de izquierdas» con ellos. Es que no puede. Y no puede porque él no es de izquierdas, su pensamiento no es de izquierdas y sus intereses no están con la izquierda.

Lo primero que debe hacer quien quiera asumir los valores históricos de la izquierda es negarse a participar en el coro de este otro totus tuus que tanto beneficia al requetepresidente.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de junio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de junio de 2011.

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1993/06/13 07:00:00 GMT+2

Cien días

Ahora resulta que hay que dar a González un margen de cien días. Me dicen que se trata de una cortesía obligada: es el plazo que se concede a los gobernantes para que demuestren la validez o falsedad de sus promesas electorales. Yo creía que lo de los cien días se aplicaba tan sólo a los recién llegados al Poder: cuestión de tomarse un tiempo para ver por dónde respiran y cómo funcionan cuando la cosa ya no va de discursos, sino de hechos. Pero se ve que no, que también hay que dar ese plazo a quienes llevan once años de ejercicio en el cargo. Bueno, pues no me parece mal. Incluso, bien mirado, pienso que puede tratarse de una gran idea. Tan buena la encuentro que propongo que no la limitemos a los asuntos políticos; que la hagamos extensiva a todos los órdenes de la existencia. Deberíamos empezar a aplicar el margen cortés de los cien días a todos y a todo. Un ejemplo: pongamos que va un tipo -llamémosle X- y organiza una banda de asesinos que se liquida a veintiocho personas. Bien, vale, lo ha hecho; es innegable. Pero no hay que ser dogmáticos: si promete que no va a insistir, ¿cómo negarle un margen de confianza de cien días? Veamos otro ejemplo: va ese mismo tipo -volvamos a llamarle X- y organiza una red mafiosa que se dedica a extorsionar a un montón de empresas amenazándolas con que, si no pagan, tendrán dificultades. Eso está muy mal, sin duda. Pero, si se compromete a abandonar tan fea costumbre, ¿no sería una imperdonable descortesía meterlo en la cárcel por su pasado, sin dejarle cien días para que se labre un porvenir diferente?

Son ejemplos extremos, claro está, aplicables tal vez al jefe de los GAL y de Filesa, pero en modo alguno a González. A él, si le concedemos un plazo de cien días no es por cortesía, sino porque se lo merece. Qué cien días: otros once años, si hace falta.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de junio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de junio de 2012.

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1993/06/07 07:00:00 GMT+2

Un Gobierno débil

Bueno, pues ya sabemos los resultados. Lo que seguimos sin saber es qué va a resultar de esos resultados.

Los santones de la política están muy preocupados porque temen que la nueva correlación de fuerzas pueda dificultar la gobernabilidad del Estado. Obsérvese que, en el sentido implícito en que lo emplean, el término gobernabilidad no se refiere a la posibilidad de gobernar, en general, sino a la posibilidad de gobernar con comodidad, desde un Ejecutivo fuerte. Dan por hecho que un Gobierno débil es indeseable por definición. Como si la bondad de los gobiernos fuertes fuese algo evidente por sí mismo, que no requiriera de previa demostración.

Muy al contrario, una de las grandes ventajas que le encuentro a la situación política que hoy se abre es precisamente ésa: que tal vez el próximo Gobierno que nos toque en suerte sea débil. Un Gobierno débil se caracteriza por su incapacidad para imponer sus criterios sin contar con la opinión ajena o, dicho en positivo, por la necesidad continua en que se ve de negociar los pasos que da.

Un Gobierno débil le vendría de perlas a este país. Y no sólo por consideraciones políticas de tipo coyuntural. También mirando las cosas a más largo plazo.

Nos convendría, y mucho, para ahondar la educación democrática de nuestra sociedad. Salvando el breve paréntesis ucedista, hace demasiadas décadas que España no vive una situación de fluidez e incertidumbre políticas, en la que los gobernantes deban ganarse día a día el derecho a continuar mandando. A este país le vendría bien pasar por una etapa en la que nadie pudiera gobernar con sus solas fuerzas. Eso contribuiría a que se asimilara la relatividad de las diversas opciones -porque son relativas- y a que se dejara de considerar la alternancia en el Poder como un cataclismo.

La existencia de un Gobierno débil ayudaría también al despertar de nuestra adormecida vida civil. Unos movimientos sociales y una vida cultural sin control del Poder se volverían seguramente más libres, más atractivos y más dinámicos.

Un Gobierno débil tiene muchas ventajas. La principal de todas es que gobierna menos. Y a menos gobierno, más libertad.

Javier Ortiz. El Mundo (7 de junio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de junio de 2011.

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1993/06/06 07:00:00 GMT+2

¡Al fin!

Al fin el 6 de junio. Veo la fecha en el calendario y me produce un gozo infinito. Se terminó. Se acabaron de una vez los rollos vacuos, las pavadas con pretensiones de pensamiento, las frases ampulosas para consumo de incautos, los insultos bobos, las burdas descalificaciones -todas merecidas, todas conocidas, los camelos a guisa de programas... Aún resuena en mis oídos la frase de clausura de uno de los últimos mítines de González. Prometió a la audiencia «un futuro de justicia, un futuro de libertad, un futuro de progreso». Me temí por un instante que, embalado como estaba, acabara prometiendo lo mismo que Les Luthiers en su ranchera: no un futuro venturoso, sino dos.

Claro que los otros no le han ido a la zaga. Uno hubo que se tomó en serio lo que decía y un rayo divino lo fulminó en Barcelona. Para que aprenda y no se meta más en política.

La experiencia ha demostrado que quienes más han gozado del uso de la palabra en esta campaña electoral no tenían nada interesante que decir. Por contra, quienes hubieran podido aportar reflexiones valiosas sobre este disparate que llamamos realidad han sido convenientemente silenciados. No hay sorpresa en ello: siempre es así. La palabra ya no se concede; sale a pública subasta, y se la llevan los que pujan y pagan más por ella. No tengo nada contra las elecciones en general. Me desesperan nuestras elecciones, en concreto. «Programas, programas, programas», reclamaba Julio Anguita. Qué programas ni qué cuerno: a una gente que ha hecho lo que el PSOE en esta década no hay que pedirle programas. Lo que hay que pedirle es responsabilidades.

Mientras los procesos electorales sirvan para que el análisis de los hechos sea sustituido por un concurso de charlatanería, seguiremos aviados. Pero la culpa no es de los charlatanes, sino de quienes aplauden el concurso.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de junio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de junio de 2012.

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1993/05/30 07:00:00 GMT+2

Dos opciones radicales

Un jurista que jugó un papel destacado en la elaboración de las leyes electorales españolas me lo confesó hace poco sin ningún pudor: «Las hicimos así para impedir que hubiera parlamentos ingobernables». O sea, que los ilustres próceres de la transición juzgaron que la ciudadanía no estaba aún madura –según su especial concepto de la madurez, claro está– y decidieron corregir a golpe de ley el pluralismo real de nuestra sociedad. Gracias a tan singulares demócratas, contamos desde hace tres lustros con un sistema electoral que funciona como una eficaz máquina de favorecer a los poderosos. Y ahí están ellos, tan felices, presumiendo de lo inútil que resulta aquí votar en favor de cualquier candidatura que no se cuente entre las selectas.

No hago mención de esta realidad para pretender que las leyes estén secuestrando la voluntad popular. Ni siquiera creo que, para estas alturas, haya una voluntad popular que quepa secuestrar. Me limito a recordar el hecho, para que nadie me venga con esa aburrida vaina de que abstenerse es «incívico». Para incívica, nuestra legislación electoral. Negarse a votar por razones de principio es una opción plenamente justificada desde el punto de vista ético. Justificada, pero no obligatoria. Quien como yo repudie el juego por estar en radical desacuerdo con las reglas puede plantearse también la posibilidad de utilizar el voto, si no ya para que triunfe lo que debería ser, sí para tratar de que no gane lo que no debe ser de ningún modo. Como pura defensa. Igual que los judokas aprovechan la fuerza agresiva de su oponente para rechazar la agresión.

He aquí dos posibles opciones de rechazo: la abstención y el voto de castigo. ¿Cuál es mejor? Eso es algo que ya no depende de la ética, sino de la matemática y de la geografía electoral, regla D'Hont en mano.

Javier Ortiz. El Mundo (30 de mayo de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2018.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/05/30 07:00:00 GMT+2
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