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1993/08/18 07:00:00 GMT+2

Atocha

Solía ir a Atocha, pero no entraba en el estadio. Subía al último piso de una de las casas de enfrente, tocaba el timbre y saludaba, con toda la cortesía de la que era capaz, al anciano que abría la puerta: «Buenas tardes, don Arturo. Venía a ver el partido, si no es molestia». Y el abuelo sonreía, me pasaba la mano por la cabeza y me dejaba entrar, y yo me instalaba en el balcón, donde siempre había varios hombres que no conocía (en realidad tampoco sabía muy bien quién era don Arturo: alguien con una relación vagamente lateral con mi familia).

Recuerdo que otro de los fijos era un cura gorrón, que se bebía el coñac del buen viejo e increpaba al árbitro con espíritu discutiblemente cristiano, cuando no maldecía porque la jugada se desarrollaba en la banda más próxima a nosotros y no veíamos lo que pasaba.

Cumplí los 17, me hice muy consciente de los graves problemas de Euskadi y del mundo -por ese orden jerárquico- y ya no volví a Atocha, porque en aquellos tiempos un joven que sabía lo mal que estaba todo no debía perder el tiempo en esas tonterías. Acudí, eso sí, un día de 1969, porque me anunciaron que iba a haber follón en protesta por la anual visita de Franco. Pero no pasó nada.

Ahora Atocha ha cerrado sus puertas. Es probable que la próxima vez que regrese a San Sebastián ya hayan demolido el estadio. Como hicieron con la plaza de toros, situada en la cima de una breve colina que vio casi todos mis juegos de infancia, incluyendo algunos que mejor no les cuento. Me fui de San Sebastián, volví seis años después y me encontré con que habían demolido la plaza de toros y, ya metidos en gastos -allí somos así, también la colina. Hicieron lo mismo con el Casino Gran Kursaal. Aquél sí que fue un crimen de lesa ciudad.

Cada vez que regreso a San Sebastián me llevo un disgusto. Voy a un bar en el que preparaban unas memorables banderillas de chatka y zas, me topo con que ahora es una sucursal bancaria. Acudo a la tiendecita en la que me abastecía de regaliz «Zara» (del duro) y, hala, un negocio de decomisos.

La gente hace igual. Paseo por la Gran Vía de Sabino Arana (antes Primo de Rivera) y me para una señora muy puesta. «¡Hombre, Javier, qué sorpresa!». Ve mi cara de compromiso y me dice: «¿No me recuerdas? Soy Arantxa Tal». Y yo la miro con un cabreo infinito: ¿qué derecho tiene esa señora mayor a destrozarme el recuerdo de Arantxa Tal, aquella rubita preciosa que fue la primera en usar pantalón vaquero en el barrio y que dio pie a varios de mis más lánguidos poemas juveniles de amor?

Hay en San Sebastián una sórdida confabulación para asesinar mis recuerdos de infancia y de juventud. Se empeñan en cambiarlo todo y en llenar la ciudad de novedades absurdas.

Seguro que, dentro de pocos años, sobre el solar de Atocha se alzará la mole gris de algún Banco. Sólo para fastidiarme.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de agosto de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/08/18 07:00:00 GMT+2
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1993/08/15 07:00:00 GMT+2

Las estrellas del deseo

Tenían la firme voluntad de ver la lluvia de estrellas. Habían leido todo lo publicado en los periódicos sobre el paso del cometa Swift-Tuttle por el centro del sistema solar, sobre la constelación de Perseo y su propensión por el mes de agosto... Eran ya casi expertas en las razones por las que el cielo iba a brillar con cientos, con miles de estrellas fugaces en la noche del jueves. De modo que, cuando la mañana del día del evento se asomaron a la ventana y vieron que las nubes empezaban a cubrir la ciudad, no se arredraron: se desplazarían los kilómetros que hiciera falta hasta encontrar un lugar seguro para la observación. No fallarían.

Emprendieron el viaje después de comer. Pronto se dieron cuenta de que no eran ni mucho menos las únicas peregrinas estelares del día. Aquello parecía el comienzo de un fin de semana de verano: caravanas, nervios, retenciones... Pero tampoco eso las desanimó. Si tenían que pasar cinco horas en el coche, las pasarían.

Llegaron a las proximidades de su destino sobre las once de la noche. Decidieron cenar en la barra de un bar para emprender camino hacia la montaña cuanto antes. A medianoche ya estaban sentadas en un claro del bosque, en completa oscuridad y silencio, bajo el cielo estrellado.

Tres horas después emprendieron el regreso. Eran felices. Habían ido hasta allí para pedir a las estrellas fugaces que se cumpliera su mayor deseo, y las estrellas les habían dado la oportunidad de hacer su petición hasta sesenta veces, una tras otra.

A la mañana siguiente, oyeron en la radio que casi todo el mundo se sentía decepcionado por lo ocurrido la noche anterior.

Estuvieron de acuerdo: la culpa era de quienes habían querido que el cielo les montara un circo.

Porque las estrellas habían volado para dejar que soñáramos, no para que jugáramos a su costa.

Javier Ortiz. El Mundo (15 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de septiembre de 2012.

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1993/08/13 07:00:00 GMT+2

5.000 pesetas por tomar la fresca

El excelentísimo alcalde de Torrevieja (Alicante) es un señor del PP. Me han dicho cómo se llama, pero ya no me acuerdo. Y además, a los efectos, da igual. El alcalde de Torrevieja -y eso es lo que importa- es un señor del PP que ha tomado una decisión histórica y astutísima: que las Fuerzas de su Nuevo Orden Local multen con 5.000 pesetas a todo vecino que sea sorprendido tomando la fresca sentado a la puerta de su casa.

Lo de tomar la fresca a la puerta de casa es una de las pocas costumbres colectivas sanas que quedan en nuestras zonas calurosas y turísticas. Hace un mes, me invitaron a una fiesta de cumpleaños en el barrio antiguo de Alicante, y era una gloria ver a los invitados ocupando la callejuela, riendo, bailando y bebiendo, y a un grupo de vecinas un poco más allá, también sentadas a la fresca, jugando al parchís, y a los otros de un poco más lejos, igualmente en la calle, charlando pacíficamente. Para quienes miramos con ojos cada vez más desconfiados el avance de eso que llaman progreso y modernidad, estas formas de sociabilidad y tolerancia acaban resultándonos un preciado tesoro. Pero el único tesoro que parece importarle al excelentísimo alcalde de Torrevieja es el de las arcas municipales. Se ve que es un moderno -un moderno del PP, eso sí- y que a él lo que le gustaría es que en las calles de Torrevieja no se viera más sillas que las de las terrazas debidamente autorizadas. Como en la capital. Y si las sillas son de diseño, mejor que mejor.

Dice el alcalde que a él lo que le preocupa es que los turistas y otros deambulantes veraniegos no puedan pasear cómodamente por culpa de los vecinos que toman la fresca. Ande y que le zurzan. Si en Torrevieja hay paseantes nocturnos que se sienten molestos por las costumbres de los vecinos, que se vayan a Benidorm, o directamente al guano. Hasta ahí podíamos llegar: ahora resulta que los visitados van a tener que ajustarse a los gustos de los visitadores. Y si a los turistas que van a Torrevieja les caen gordas las habaneras, a las que tan aficionados son los locales, ¿qué hará el alcalde? ¿Organizará el año próximo un concurso de corales y polifonías de bakalao?

Si el excelentísimo alcalde de Torrevieja no fuera como parece que es, pagaría 5.000 pesetas mensuales a cada vecino para que se sentara con sus amigos, con los abuelos, las abuelas y los críos, a tomar la fresca en la calle, a cantar, a jugar al parchís y a beber absenta de la Vila y vino de Monóvar, lo que daría al pueblo un aire menos de plástico, menos impersonal, mucho más humano. Y que los turistas que vayan a Torrevieja lo hagan porque les gusta todo eso, y no porque ofrezca los mejores perritos calientes y las mejores hamburguesas de todo el Mediterráneo.

Torrevieja debe recuperar la vieja consigna: «¡A la calle!».

Aunque solo sea para sentarse en ella a tomar la fresca.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de agosto de 2011.

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1993/08/11 07:00:00 GMT+2

El taxista de los dos millones

Sigo dándole vueltas a la historia de Marcos Domínguez, el taxista de Madrid que devolvió un maletín con dos millones de pesetas, olvidado por un cliente en su coche. Todo el mundo ha alabado su actitud, el alcalde de la capital le ha hecho un homenaje (gracias al cual ahora es feliz poseedor de una reproducción pequeñita de la Puerta de Alcalá), e incluso el dueño del maletín, en un gesto que le honra, le ha dado... las gracias.

No digo yo que haya que condenar la decisión de Marcos Domínguez. Pero me parece muy discutible.

Examinemos el asunto en detalle.

Se diría que Domínguez tenía sólo dos posibilidades: devolver el maletín o apropiárselo. Pero no. Contaba con una tercera, que yo llamaría «de tenencia en depósito»: llevárselo a casa y guardarlo cuidadosamente por un cierto tiempo. ¿Que alguien lo reclama? Pues lo devuelve. ¿Que pasan los meses y nadie dice nada? Pues hala, a disfrutarlo. No sé por qué, pero intuyo que la gente que se pasea con una cantidad tan elevada de dinero en metálico, con lo cómodos y seguros que son los cheques, no debe ser muy aficionada a las reclamaciones. Quizá tema que alguien -Hacienda, por ejemplo- le pregunte de dónde ha sacado eso.

Es cierto que el Código Penal tiene un artículo, el 535, en el que se prevé castigar con la pena de arresto mayor «a los que encontrándose un bien perdido se lo apropiaren con ánimo de lucro». Pero, aparte de la broma de mal gusto que supone condenar con un artículo que es capicúa y suma trece a alguien que creía haber tenido suerte, el taxista podría alegar, en el improbable caso de que el dueño de los dos millones apareciera al cabo de muchos meses y no antes, que él nunca creyó que aquél fuera un bien perdido. «De eso nada», protestaría. «Di por hecho que era una propina dada por un cliente muy muy generoso y muy muy tímido». ¿Con qué argumentos podrían rebatírselo? ¿Pretendiendo que nadie en sus cabales da una propina de dos millones de pesetas? Alguien en sus cabales tampoco se olvida de que lleva dos millones de pesetas en la mano.

Domínguez podría haber añadido argumentos suplementarios en su favor. Por ejemplo: «Hubo hace unos años un hombre que se dedicó a recorrer Madrid tirando billetes de 5.000 pesetas por la ventanilla del coche. Se armó un enorme tumulto. Pensé que mi cliente era ese hombre, que sigue con el vicio de regalar dinero, pero que no quiere organizar más atascos».

Domínguez, después de haber devuelto el maletín, ha estado varios días sin trabajar. Tenía el taxi averiado y no podía pagar la reparación. Fue al saber eso, y que el dueño del maletín no le dio ni un duro, cuando empecé a dar vueltas a lo ocurrido. Y a pensar en los abismos que hay a veces entre la Ley y la Justicia.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de agosto de 2010.

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1993/08/08 07:00:00 GMT+2

Hastío

Hace unos meses, Nicolás Redondo (padre) realizó una muy expresiva definición de nuestra realidad políticoeconómica: «Este país es de coña», dijo.

El pasado martes, el economista Juan Francisco Martín Seco, después de hacerme una pormenorizada crítica de la política económica del Gobierno, se despidió de mí con una reflexión del estilo de la de Redondo: «Estos tíos nos llevan a la ruina».

La lacónica rotundidad coloquial de ambas frases mueve inicialmente a la risa. Pero es suficiente con reflexionar un instante sobre ellas para perder toda gana de reír: en realidad, destilan una honda desesperanza.

Entiendo muy bien su amargura, y la hago mía. No participo de algunas posiciones y criterios de sus autores, pero siento que compartimos el mismo hastío ante la realidad. Un hastío que, al menos en mi caso, no se refiere sólo a la política y la economía; que afecta al conjunto de lo existente. Me da que vamos siendo cada vez más los que persistimos en nuestra actitud recalcitrantemente crítica no porque creamos que vamos a lograr algún cambio sustancial, sino a modo de puro testimonio, según la sentencia latina: Dixi et salvavi anima mea.

Lo que más me entristece de esta amargura serena en la que nos hemos hundido es que nos priva de uno de los sentimientos más bellos con que cuenta la Humanidad: la indignación. Hemos ido abotargando poco a poco nuestra capacidad de indignarnos ante la falsedad, la injusticia, el abuso, la desfachatez, el crimen. Y es que, al igual que nuestro cuerpo tiene un tope para el dolor, también el espíritu cesa de dolerse a partir de un cierto daño. De lo cual se benefician los inicuos: rezongamos, pero no somos realmente peligrosos.

No nos lo reprochen. Nos han dado demasiados palos. Nuestras fuerzas están ya muy menguadas.

Javier Ortiz. El Mundo (8 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de agosto de 2012.

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1993/08/04 07:00:00 GMT+2

Elena Sánchez

Jueves pasado, 3 de la tarde. Había preparado una ensalada. Acababa de sacar del microondas una pechuga de pollo de dudoso aspecto gastronómico. Me senté a comer. Encendí la televisión. Elena Sánchez iniciaba el telediario de la primera cadena pública. Se la veía contenta y sonriente: «Suspiro de alivio en los mercados monetarios europeos. El Bundesbank ha rebajado el tipo de interés lombardo en medio punto». Vaya, así que todo resuelto. Mi perplejidad se volvió infinita. En todas partes, todos los analistas estaban diciendo que la decisión del Bundesbank era decepcionante. De hecho, el caos monetario alcanzó niveles sin precedentes entre ese mismo día y el siguiente. Pero TVE había decidido que teníamos que estar contentos y aliviados, y ahí estaba Elena Sánchez para cumplir con su misión. Con sumisión. Me quedé, cual Hamlet ante la famosa calavera, mirando una hoja de lechuga prendida del tenedor: «¿Incompetencia o manipulación?». Me pareció que la hoja de lechuga sonreía, burlona, como reprochándome el carácter retórico de la pregunta.

Lunes 2 de agosto. Mismo escenario, misma hora. Nueva ensalada de lechuga, esta vez seguida de filete con patatas. Elena Sánchez lleva ya un rato hablando, y yo estoy a punto de terminar la ensalada. «Gran Bretaña puede ya ratificar sin problemas el tratado de Maatricht», oigo que dice, sobre poco más o menos. «El "euroescéptico" lord Rees-Mogg ha decidido retirar el recurso judicial que había presentado para invalidar el proceso de adhesión». Y cambia de noticia. Nuevo ataque de perplejidad frente a la ensalada. «¿Es posible, oh lechuga, que esta mujer sea capaz de no explicar que el lord en cuestión ha retirado su recurso porque considera que los acuerdos adoptados el domingo en Bruselas eliminan de hecho la posibilidad de que se adopte una moneda única europea, que es lo que él trataba de impedir con su acción judicial?». Sí; era capaz. Aunque eso desnaturalizara la noticia. Aunque cambiara su sentido. Tal como la presentó, parecía que lord Rees-Mogg se daba por vencido, cuando lo que hacía era cantar victoria. Pero se ve que Elena Sánchez está dispuesta a sembrar el telediario de optimismo y buenas nuevas europeas, aunque no las haya, en aplicación del principio «No dejes que la realidad te estropee una buena noticia».

No le echo la culpa a Elena Sánchez. Es muy probable que ella no redacte lo que lee. Que alguien se lo escriba, y que sea ese alguien el que esté empeñado en pintar de rosa el actual panorama europeo, considerablemente sombrío. Puede. De todos modos, me parece recordar que Elena Sánchez estuvo presente en un acto electoral de apoyo a Felipe González. Y Felipe González tiene mucho interés en convencernos de que el proyecto de Unión Política y Monetaria de la CE es ideal y va viento en popa.

No sé. Lo mismo las dos cosas tienen algo que ver. Se lo preguntaré mañana a mi lechuga.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de agosto de 2011.

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1993/08/03 07:00:00 GMT+2

Que no se explique

La moda política de estas últimas semanas es pedir a Felipe González que se explique. Unos reclaman que acuda al Parlamento para dar cuenta de las medidas económicas que el Gobierno va a adoptar; otros, que comparezca en televisión para aclarar el verdadero alcance de la crisis.

Es obvio que este país está lleno de gente incapaz de sacar lecciones de la experiencia. Sólo así se entiende que pueda haber tantos que pidan a González que se explique. Parece mentira que aún no se hayan dado cuenta de que ese hombre es incompatible con las explicaciones. Explicatus es un adjetivo latino que quiere decir «ordenado», «claro», «detallado». Nada de eso tiene que ver con él.

Cuentan las malas lenguas que, durante uno de los viajes que hizo el presidente a Moscú, varios traductores simultáneos acabaron con los nervios destrozados y presentaron su dimisión, incapaces de proporcionar una versión en lengua rusa del conjunto de vaguedades crípticas que soltaba el ilustre visitante español.

González no explica. Su habilidad es precisamente la contraria. En términos generales, la expresión «hablar en torno a» es incorrecta. Lo correcto es decir «hablar de». Pero aplicada a Felipe González es perfectamente exacta: él habla siempre en torno a los asuntos. Da vueltas a su alrededor, los cerca, los contorna, los marea. Pero entrar, lo que se dice entrar, jamás entra en ellos. Él es un divagador profesional.

Sólo se me ocurre una razón que pueda justificar las insistentes exigencias de que González acuda aquí, allá o acullá a dar explicaciones: la pura hostilidad hacia su persona. Supongo que esas peticiones las formulan gentes que saben perfectamente que la comparecencia del presidente del Gobierno no serviría para nada en términos políticos, pero que quieren fastidiarle, obligándole a interrumpir sus vacaciones.

No me parece bien. En primer lugar, porque está feo confundir las inquinas políticas con las personales. Y, en segundo lugar, porque, precisamente por razones políticas, lo que hay que desear es que Felipe González siga de vacaciones. Durante mucho tiempo. Cuánto más mejor.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de agosto de 2012.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/08/03 07:00:00 GMT+2
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1993/08/01 07:00:00 GMT+2

Jubilación anticipada

Hay a quienes, veraneantes, les da por el turismo, y vuelan a lejanas tierras en busca de dosis intensivas de exotismo. Es una opción respetable. Respetable y cara. Por mi parte, hace ya unos años que, en cuanto puedo tomarme un tiempo vacante, lo dedico a disfrazarme del jubilado que un día seré, si antes el Hacedor no me arroja a sus infiernos. Me retiro lejos del mundanal ruido, cerca de la madre mar, y dejo que las horas vayan muriendo lentamente mientras oigo música, escribo, riego las plantas, leo, escruto el cielo de infinitas estrellas y hago, en suma, lo que me da la gana. Es entonces cuando noto que la felicidad es posible.

Al cabo, cuando me toca retomar a Madrid -acaba de ser el caso-, experimento siempre una desazonante sensación de extrañamiento hacia aquello que constituye el entorno habitual en el que me desenvuelvo la mayor parte de los once meses restantes. Me cuesta reconocerme en mis propias circunstancias: mi casa, mis cosas, mis amigos, mi trabajo... La extrañeza por mi entorno se convierte así en extrañeza por mí mismo: «Qué vida más absurda lleva este tipo», me digo. Por unas horas me veo ajeno, y esa forma de enajenación me aporta lucidez: distante de mí mismo, noto mejor lo que no me gusto, y puedo odiarme, así sea con ternura.

Imagino que es algo que nos sucede a todos los que tenemos ese privilegio cada vez más raro (la crisis, el paro) de escapar de la rutina por dos pares de semanas, de huir lejos de nuestro ser/estar diario, de revestir nuestra existencia con hábitos nuevos, de disfrazarnos, carnaval privado, de un otro yo, a treinta días vista.

Es lo peor, volver de la jubilación anticipada a la reinserción social obligatoria. Recuperar la actualidad. Regresar a la política. No les extrañe que luego me pase meses y meses escribiendo con rencor y descontento.

Javier Ortiz. El Mundo (1 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de agosto de 2010.

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1993/07/25 07:00:00 GMT+2

La última estafa

Se nos reclama que reflexionemos sobre lo que está ocurriendo en Italia con las acusaciones de corrupción, que ya han provocado un puñado de suicidios, pidiéndonos que saquemos lecciones pro domo nostra. Está bien, reflexionemos.

Primera reflexión: que un acusado de corrupción se suicide no demuestra en absoluto que sea menos culpable. En rigor, el suicidio apoya más bien las sospechas de culpabilidad. A quien se sabe inocente puede alentarle la esperanza de que, al final, se le dé cumplida reparación; es al culpable descubierto al que más fácilmente se le cae el mundo encima.

Segunda reflexión: que los suicidas dejen cartas con protestas de inocencia y acusaciones contra los jueces y la prensa no quiere decir que fueran inocentes.

Solo quiere decir que ellos se creían inocentes. Que se justificaban pensando que, puesto que delinquieron para el partido, sus delitos eran excusables. Lo cual solo prueba que murieron igual que vivieron: sin enterarse de qué es la Ley.

Tercera reflexión: con frecuencia, la persona que decide suicidarse no lo hace solo para escapar de una realidad que ve carente de salidas; también quiere castigar a quienes, según él, le metieron en ella. Trata de que se sientan culpables de su muerte. Conozco el caso de un joven que, abandonado por su novia, se ahorcó con un pañuelo que ella le había regalado cuando lo amaba. Un hijo de perra. Me temo que los suicidas italianos pertenezcan a este subgénero. Alimentar sentimientos de culpabilidad colectiva por su muerte es caer en su último recurso de tramposos. Por duro y aparentemente cruel que resulte, hay que decir que el suicidio de un estafador puede muy bien no ser sino otra estafa más. Conclusión final: hay que seguir denunciando y persiguiendo la corrupción. Y si alguien quiere suicidarse, que se suicide.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de julio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 28 de julio de 2011.

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1993/07/18 07:00:00 GMT+2

Casado, con dos hijos...

Una de las costumbres más idiotas que tenemos los periodistas de este país es la de presentar a los personajes públicos -lo hemos visto esta semana con el nuevo Gobierno- dando cuenta de su estado civil y del número de hijos con que cuenta (o dice contar, o cree contar, que ésa es otra). «Fulano de Tal, casado, con dos hijos...». ¿Proporcionamos con ello alguna información de interés, algún dato que permita conocer sus habilidades políticas, saber si lo va a hacer mejor o peor? Desde luego que no. ¿Qué más dará que Zutano esté casado o Menganita divorciada para que vaya a desempeñar con más o menos tino el cargo para el que se le ha nombrado? ¿Cree alguien realmente que el que un ministro tenga más o menos hijos va a influir en su gestión política? De los recién entrados en el Ejecutivo, tuve en tiempos cierta relación con dos: Javier Gómez Navarro y Jerónimo Saavedra. De ambos puedo certificar una afición que les es común y que les honra: la música. Los dos son también personas de trato amable y educado, lo que no deja de tener interés, tratándose de un Gabinete en el que sigue figurando José Luis Corcuera. Eché de menos en sus currículos esas dos informaciones, mucho más ilustrativas de su personalidad que el estado civil.

Los medios de comunicación deberíamos suprimir para siempre la referencia al estado civil de la gente. Y no sólo porque esté mal hurgar en las intimidades del personal. También por puro y simple rigor informativo. En realidad, por no servir, el dato no sirve ni para meter las narices donde a uno no le llaman. Hoy en día es amplísima la nómina de quienes, al margen de lo que digan sus papeles, habría que poner: «Fulano de Tal, de vida sentimental caótica...».

Pero eso tampoco constituiría una información de interés, porque no tiene nada de singular.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de julio de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de julio de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/07/18 07:00:00 GMT+2
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