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1993/09/18 07:00:00 GMT+2

El perro en el agua

Hay un espléndido cuento de Lu Xun, el más célebre de los novelistas chinos de este siglo, que relata lo que ocurrió cuando un perro rabioso entró en un apacible pueblecito. Ya saben ustedes que los chinos no tienen mucha simpatía por los perros. Por los rabiosos -es comprensible- todavía menos. Así que, en cuanto el perro fue avistado y corrió la mala nueva por la aldea, enseguida se movilizó un grupo de hombres que, armados con estacas, salió a por él. Consiguieron acorralarlo y, a estacazo limpio, lo tiraron al agua. Algunos se aprestaron a bajar al río para rematarlo a golpes.

«No seáis crueles; dejad que muera en paz», arguyó un joven.

Diéronle razón, volvieron grupas y se fueron para casa. Pero he aquí que el perro, magullado y todo, consiguió nadar hasta la orilla y, rabioso por partida doble -a causa de la enfermedad y de los palos recibidos-, regresó al pueblo y se forró a dar dentelladas mortales a cuantos se le pusieron por delante.

Lu Xun concluía su relato, si la memoria no me falla -cosa harto probable-, con una contundente y lacónica moraleja: «Hay que matar al perro en el agua».

Como entre el odio y el amor, entre la crueldad y la imprudencia no hay a menudo sino una fina línea. Es bueno no ir por la vida declarándose en guerra contra todo el mundo. Me parece norma muy sensata la de no considerar enemigos más que a los inevitables: a quienes den prueba de una total e irresistible voluntad de guerrear contra nosotros.

Hay que odiar las guerras. Pero hay que odiarlas, entre otras muy sólidas razones, porque con las guerras no se juega.

Y es que, cuando se declara la guerra, ya no hay más remedio que atenerse a las crueles normas que marcó Clausewitz, la principal de las cuales no es la que más suele recordarse -ésa que habla de la continuación de la política por otros medios- sino aquélla que sostiene, con candor un tanto escalofriante, que «la finalidad de la guerra es el aniquilamiento de la fuerza viva del enemigo». Eso es lo peor de las guerras: que, una vez que se inician, ya no cabe quedarse a medias, y hay que poner todo el empeño en acabar con el enemigo, en destruirlo sin piedad alguna. No es suficiente con que a uno le parezca que está ya ahogándose y que se muere solo. Porque a veces consigue recuperar el aliento, y vuelve a la orilla, y muerde, y es él quien nos mata.

Me ha venido a la memoria el cuento de Lu Xun al oír la oferta que dicen que presentaron ayer a Guerra los del llamado «clan de Las Navas». En plan perdonavidas, se apiadan del perro en el agua.

Pero puede que en este caso no corran ningún riesgo. Porque Guerra ha demostrado no valer para chien enragé. Su boca está hecha para la pura palabrería. No sabe morder con verdadera rabia. Y es una pena. Porque estaría muy bien que alguien hincara el diente a esos fatuos renovadores.

Javier Ortiz. El Mundo (18 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de septiembre de 2011.

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1993/09/16 07:00:00 GMT+2

Los miserables

Según Alfonso Guerra, quienes afirman que él va contra Felipe González «son unos miserables». Hombre, no. Los que afirman eso no son miserables. Miserables son los que están en la miseria –excepto los de Víctor Hugo, que ahora están también en los escenarios–. A los miserables de verdad lo único que les interesa es conseguir el cotidiano sustento, y no tienen ni tiempo ni ganas de especular con los líos celestinos del PSOE. Parece mentira que Guerra, antaño adalid de descamisados, incurra ahora en esa manía tan señoritil de insultar con alusiones clasistas: «patanes», «canallas»... (C'est la canaille? Eh bien, j'en suis!, cantaban los communards a orillas del Sena, un río que don Alfonso debe conocer, porque pasa por la muy histórica villa de Suresnes). ¿Miserables? Se ve que no entiende aún que ser miserable es cosa harto desgraciada, pero la mar de digna.

Su diagnóstico resulta, además, totalmente erróneo. Porque, si algo caracteriza a esos «con carné del partido» tan malquistados con él, no es su falta de posibles. Tomemos el caso de Solchaga. Solchaga podrá ser muchas cosas –es muchas cosas–, pero no un miserable: quienes lo conocen bien aseguran que su desahogo está fuera de toda duda. Yo no sé si será verdad, pero me da que hambre, lo que se dice hambre, no pasa. Otro tanto diría de Solana, Serra, Lerma, Obiols y demás integrantes del llamado «clan de Las Navas». Ni tan siquiera Paulino Barrabés, otrora modesto sindicalista, puede ser tenido ya por miserable, tras su espectacular paso (Enatcar, PSV, etc.) al campo empresarial.

Miserables, no. Conspiradores sí, y mucho. No paran de conspirar. Contra los demás, en general, y contra Guerra en particular. Les gusta tanto conspirar que se han olvidado de gobernar (lo cual irrita a mucha gente; no a mí que, visto cómo gobiernan cuando gobiernan, prefiero que no lo hagan).

Son conspiradores, sin duda, y también gente lógica. Dan por supuesto que si González y ellos mismos están conspirando como posesos contra Guerra, éste andará en las mismas. Así que escrutan sus movimientos para tratar de desvelar qué conjura prepara. El se indigna y afirma que ninguna. Yo, lo que son las cosas, empiezo a barruntar que dice la verdad. Hace ya meses que alimento la sospecha de que bajo la apariencia tonitruante de Guerra hay sólo un pusilánime. Le están forrando a bofetadas y él, aunque a veces se ponga brabucón y parezca que va a montar el cirio, siempre termina por tragar.

El problema de Guerra es que ha acabado sentado entre dos sillas: ni está del lado de los verdaderos miserables, a los que vendió por una vicepresidencia, una OTAN y media reconversión, ni ha hallado acomodo entre los falsos miserables a los que ahora tanto denosta a escondidas.

Lo tiene crudo. Porque, como es sabido, sentarse entre dos sillas es el método más seguro para acabar cayéndose de culo.

Javier Ortiz. El Mundo (16 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2018.

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1993/09/15 07:00:00 GMT+2

El lamento del zurdo

El doctor Gerard Larson, miembro del centro de investigación de la Marina de Guerra de los EEUU en San Diego (California), acaba de dar cuenta de un estudio según el cual los zurdos somos más propensos que los diestros a sufrir accidentes de todo tipo.

El Dr. Larson asegura que su investigación no debe tomarse como «la última palabra sobre la mente de los zurdos». No me cabe duda. A cambio, creo que ilustra bastante bien sobre la pobreza mental... del propio Dr. Larson.

El Dr. Larson sostiene que los zurdos tenemos un 85% más de posibilidades que los diestros de sufrir un accidente de circulación. Y se queda tan ancho. Ni siquiera se toma la molestia de precisar qué incidencia tiene en esa proporción el hecho de que tanto las motos como los coches -a excepción de los británicos, God save the Queen- estén fabricados, como si los zurdos no existiéramos, con todas las funciones principales de la conducción concentradas en la mano y el pie derechos.

La investigación del Dr. Larson le ha permitido establecer también que los zurdos tenemos muchas más probabilidades de ser víctimas de un accidente doméstico que los diestros. Otro hallazgo. Si el Dr. Larson fuera zurdo, sabría hasta qué punto todo en una casa está pensado para su utilización con la mano derecha. Desde los cubiertos y utensilios de cocina -póngase a usar una pala de pescado con la izquierda- hasta las manillas y fallebas, pasando por todos los electrodomésticos. Pruebe cualquier diestro a utilizar unas tijeras con la zurda: verá qué gozada.

Los zurdos no sólo tenemos que soportar que todo en este mundo esté pensado para las personas diestras, desde los teléfonos a las máquinas de escribir, desde los relojes de pulsera a las braguetas. Nos toca aguantar también que hasta el lenguaje se dedique a machacarnos: los que hacen las cosas bien son «diestros»; quienes son un desastre «no hacen una a derechas»... «Siniestro» equivale a perverso, mal intencionado y funesto. «Derechura», en cambio, a rectitud. Según el diccionario, lo siniestro indica «propensión a lo malo». Toma castaña.

De crío, los curas del colegio me decían que la izquierda es «la mano del diablo». Habida cuenta de que esa mano era con la que mejor hacía todo, me dio pronto por sospechar que el tal Belcebú no debía ser tan malísimo como pretendían. Luego me enteré de que no era perverso de nacimiento; de que había sido castigado a ser malo por haberse rebelado contra Dios. Ya ven. Se empieza así y se acaba... siendo de izquierdas.

El Dr. Larson dice que los zurdos somos propensos a los accidentes. Pero, ¿cómo no vamos a serlo, si de niños se dedican a traumatizarnos y luego nos discriminan y nos insultan constantemente? ¿Cómo no vamos a serlo, si las propias compañías de seguros llaman a los accidentes «siniestros»?

Javier Ortiz. El Mundo (15 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de septiembre de 2012.

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1993/09/11 07:00:00 GMT+2

El regalo del preso

Conocí la cárcel de Girona en 1973, o sea, hace ahora veinte años. Vista desde el exterior, parecía un lindo chaletito, apañado y coqueto. Hasta tenía tiestos con flores en las ventanas. Por dentro su aspecto empeoraba notablemente. Situada muy cerca del río Ter, la humedad en los patios y las celdas era terrible. Esa humedad, pegajosa en verano, se combinaba en invierno con un frío espantoso. Como no había ninguna calefacción, los presos corrían el constante peligro de transformarse en carámbanos. Aunque eso era lo de menos. Lo más desagradable era el hacinamiento. Había muy pocas celdas individuales. Unas ocho, creo recordar, sin contar las de castigo. La gran mayoría de los reclusos dormía en un pabellón colectivo. Juntos en el patio, en el comedor y a la hora del sueño, carentes por entero de intimidad, día tras día, mes tras mes, año tras año, muchos en un recinto previsto para pocos. Añádase a ese retablo una comida funesta y un plantel de funcionarios zafios, comandados por un director cuya afición principal era censurar libros, diarios y revistas. En fin, que la cárcel de Girona no ofrecía en 1973 a sus inquilinos un género de vida que cupiera tomar en rigor por plenamente placentero.

Mis actividades antifranquistas y mi mala cabeza, a partes iguales, me llevaron por entonces hasta aquel tugurio, y les aseguro que, de no haber sido por la notable y muy coordinada insistencia que mostraron los miembros de la Brigada Político-Social y del Tribunal de Orden Público, no me habría quedado allí ni dos días. Pero se pusieron de lo más pesados, y tuve que pasar varios meses en aquel alojamiento.

Bueno, pues quién lo iba a decir: fue gracias a aquellas vacaciones pagadas como recibí uno de los regalos más preciosos que me hayan hecho en la vida. Quien tuvo el encargo de transmitírmelo fue el único preso político que había en la cárcel de Girona hasta que este servidor de ustedes se le unió. Con una paciencia casi infinita, aquel muchacho -un sindicalista de Salt, encarcelado por haber pretendido organizar una huelga en la fábrica en la que trabajaba- emprendió la tarea de enseñarme, gramática y Tirant lo Blanc en mano, la lengua de sus ancestros, que él adoraba. Hizo lo que pudo. Lo principal, enseñarme a amarla, a captar sus acentos, su música. Me abrió así de par en par las puertas a todo un mundo del que desde entonces no he dejado de gozar. Sin él, no habría compartido el alma de Martí i Poi, Salvat-Papasseit, Segarra, Espriú y tantos otros. Sin él, muchas de mis canciones favoritas se me habrían quedado sin letra. Sin él, todo un pueblo magnífico habría seguido siendo para mí un misterio total.

Hoy es Onze de Setembre. Un día perfecto para rendir tributo al regalo que hace veinte años me hizo Cataluña: su lengua. Moltes gràcies, companys, companyes.

Javier Ortiz. El Mundo (11 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de septiembre de 2011.

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1993/09/09 07:00:00 GMT+2

No son separatistas

Ya estamos a la greña otra vez. Rodríguez Ibarra, azote de catalanes, puede sentirse contento: ya ha vuelto a aflorar la añeja desconfianza -por no decir la tirria- que sienten los españoles de vocación hacia los españoles de obligación. Lo de menos es el rollo del 15%, la «inmersión lingüística» -qué ahogo- o el último de los episodios nacionales que Xabier Arzalluz difunde por entregas. Lo de más es lo de siempre: la unidad de la Patria en peligro, antes roja que rota, roja y gualda hasta la muerte. Es penoso comprobar cuánto ilustre capitalino continúa cultivando con esmero su pequeña alma de Felipe V, siempre presta a marchar sobre Almansa para que el Berwick de turno zurre bien la badana a los malditos separatistas hasta que canten las inmarcesibles virtudes del Ser Español.

Y así vamos, a golpe de recelo, viendo en cada iniciativa política vasca y catalana otra pieza más del torvo plan separatista que nos va a conducir antes o después, a buen seguro, a convertir esta sufrida piel de toro en un triste calco de los sangrientos Balcanes.

Bueno, pues no. Desengáñense los engañados: ni los dirigentes catalanes ni los vascos esconden el más mínimo plan separatista. Muy al contrario. Créanme: tantos los unos como los otros están encantados de tener montado su chiringuito dentro de España. Es más, su negocio está en función de España. No me atrevería yo a afirmar que se sientan realmente españolísimos. Digamos que se sienten tan unidos a España como Rodríguez Ibarra a Cataluña y Euskadi: o sea, lo justo como para no querer separarse. Y es que sus pingües rentas políticas -también las de Rodríguez Ibarra- proceden de la calculada ambigüedad en que se mueven. Amenazan con pegar para que les paguen por no pegar, cuando lo cierto es que serían incapaces de pegar. Alguien lo dijo hace años de Carrillo y fue profético: «Carrillo se presenta como un lobo vestido con piel de cordero. El día que alguien le quite la piel de cordero se verá que lo único que queda es un cordero despellejado».

No, no siguen ningún oscuro plan separatista. Así que, si era eso lo que alguien se temía, por ahí puede estar tranquilo. Pero sólo por ahí.

En rigor, sería mejor que fueran separatistas. Porque la coexistencia entre pueblos diversos responde a las mismas reglas que la vida en pareja. Y una relación de pareja basada en la desconfianza, las mutuas zancadillas y las pruebas de fuerza resulta un completo petardo. Es muy preferible que, cuando una parte está descontenta con la unión, lo reconozca sin más, diga adiós educadamente y se vaya con viento fresco. Una ruptura franca puede ser un gran trauma, pero acaba por cicatrizar limpiamente. En cambio, una unión mezquina, hecha de odios, miserias y chantajes, provoca heridas propicias a la gangrena.

Y la gangrena, aparte de dar mucho asco, puede ser mortal.

Javier Ortiz. El Mundo (9 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de septiembre de 2010.

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1993/09/04 07:00:00 GMT+2

Quiero ser jefe de la CEOE

Cuando me haga mayor, quiero ser dirigente de la CEOE. Hasta ahora no se me había ocurrido. Mi plan de jubilación pasaba por escapar dentro de unos cuantos años de la locura que representa trabajar en la Redacción de este infernal diario y retirarme a la quietud del campo, a escribir artículos y ensayos, hasta que la Parca venga a visitarme y me lleve a su reino de noche y silencio. Pero ya no. Ahora, atento a las peripecias de las reuniones del Pacto Social y una vez comprobado que nunca podré cobrar una jubilación decente, he comprendido que me conviene infinitamente más hacerme dirigente de la CEOE.

Lo que tengo clarísimo es que no quiero ser ministro. Eso sí que no. Ser ministro es un rollo. Es posible que farde mucho, pero obliga a estar continuamente de reunión con gente pesadísima (los otros ministros, sin ir más lejos). Si fuera ministro, además, no tendría tiempo para escribir. Dejo esto sentado desde ahora mismo para disuadir a Felipe González. Como no tengo ni idea de nada y no soy socialista, Felipe podría sentir la tentación de darme un Ministerio. Que ni lo intente. Le doy mi negativa por anticipado.

Tampoco quiero ser dirigente sindical. Bajo ningún concepto. Un líder sindical, en las circunstancias actuales, lo tiene crudísimo, obligado a negociar medidas espantosamente antisociales. ¿Con qué cara podría explicar a los militantes de base que estoy a punto de aceptar que los currelas ganen cada vez menos, que cobren peores pensiones y, en general, que les zurzan?

En cambio, ser dirigente de la CEOE me parece estupendo. Para empezar, el sueldo debe de ser decentillo. Y el trabajo, de lo más relajado. ¿Que te convocan a una reunión para el Pacto Social? Pues vas si te da la gana, y si no, no. ¿Que te preguntan cómo ves la situación? Pues respondes como Cuevas anteayer, diciendo que no eres ni optimista ni pesimista, y a otra cosa. ¿Que en la reunión se habla del sueldo de los funcionarios, de la revalorización de las pensiones o de cualquier otro asunto antipático? Pues proclamas que eso no es asunto tuyo, y que el Gobierno y el Parlamento se las apañen. ¿Que te piden que firmes las propuestas del Gobierno? Pues las firmas, por qué no: a fin de cuentas, sólo concretan las medidas que perjudican a los trabajadores, y las que tienen un cierto aspecto de molestar a tus representados, los empresarios, llevan adjunta una cláusula de descuelgue estupenda, que les permite no aplicarlas, con lo que nunca se enfadarán contigo. Jauja.

Lo tengo decidido: voy a hacer todo lo posible para que, de aquí a unos añitos, me nombren dirigente de la CEOE. Y a vivir en la gloria, y a continuar escribiendo columnas de opinión. Tampoco resultaré tan original: no seré ni mucho menos el primer columnista al servicio de la patronal.

Javier Ortiz. El Mundo (4 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2018.

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1993/09/01 07:00:00 GMT+2

Nos sigue doliendo España

Lo peor que tiene la discusión sobre la cesión del 15% del IRPF es que no se trata de una discusión, sino de varias. Unos la abordan desde una perspectiva meramente práctica: ¿se simplificaría o se complicaría con ello el sistema recaudatorio? ¿Ayudaría a atender mejor las necesidades ciudadanas o no? Otros, en cambio, plantean el asunto desde pretensiones eminentemente políticas: sea por un bando (¿contribuiría a que se expresara mejor la personalidad nacional de Cataluña?) o por el opuesto (¿haría el juego del separatismo?). Otros, en fin, embrolladores profesionales, lo mezclan todo, añadiendo a la ensalada elementos de mera táctica política ocasional, según estén a favor o en contra de que CiU se lleve mejor o peor con el Gobierno de González. Con todo lo cual, el guirigay resulta inevitable.

Tomarse tan a pecho la cesión del 15% del IRPF me parece bastante tonto, y aún más tontos los discursos alarmistas sobre los peligros que encierra para la unidad de España. En mi tierra hace muchísimo tiempo que, en virtud del régimen foral, la autoridad local recauda no el 15%, sino el 100%, de lo que luego paga a las arcas centrales del Estado un cupo pactado, y santas pascuas. El sistema ha funcionado siempre pasablemente bien, y no ha exacerbado ni poco ni mucho las tendencias separatistas.

El problema de fondo que revela la discusión sobre el IRPF es que la unidad de España sigue siendo de mírame y no me toques. Coexisten entre nosotros concepciones sobre ella no solo diferentes, sino opuestas. La creación del llamado «Estado de las autonomías» no fue una solución, sino una mera tregua que firmaron, recurriendo a fórmulas retorcidas e indirectas, los dos eternos bandos enfrentados: los españoles de vocación y los españoles de circunstancia (o de obligación).

El «Estado de las autonomías» pretendió contentar a unos y otros sustituyendo el tradicional «ni para ti ni para mí» por un original «para ti y para mí»: se optó por mantener el Poder central casi tal cual, creando a la vez toda una red de poderes autónomos, con el ánimo de aplacar, al menos temporal y parcialmente, las aspiraciones nacionalistas más acedrandas. A falta de acuerdo sobre qué tipo de Estado debemos tener, nos han fabricado dos. Una solución que quizá pueda parecer políticamente astuta, pero que está resultando, en todo caso, económicamente disparatada. E insostenible a la larga.

El viejo problema de la unidad de España, arrastrado desde hace siglos, asoma en cuanto se rasca un poco en la superficie de las apariencias. Al final, será inevitable afrontarlo de cara. Esto de sostener dos Estados es una ruina. Y una tortura para los que ya con uno nos basta y nos sobra.

Javier Ortiz. El Mundo (1 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de septiembre de 2011.

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1993/08/29 07:00:00 GMT+2

Alma en pena

En tiempos del franquismo, un docente no podía permitirse la audacia de expresar ante sus alumnos dudas sobre la existencia del alma. Dada la confesionalidad del Estado, hacer tal cosa podía costarle el empleo, si no penalidades mayores. Tuve yo un profesor de Filosofía ateo que, para escapar a ése y otros corsés, recurría en sus lecciones a la ironía. Nos decía: «Por supuesto, el alma existe y es diferente del cuerpo. Eso no lo dudéis. Pero no deja de ser chocante que unos cuantos gramos de alcohol en la sangre empujen al alma a hacer tantas tonterías».

Me he acordado hoy de los sarcasmos de aquel viejo profesor al pregúntarme por qué, me pusiera a escribir sobre lo que me pusiera, todas las reflexiones que se me ocurrían resultaban inevitablemente torvas y descorazonadoras. La explicación es bien sencilla: tengo un catarrazo de muchísimo cuidado. Y, cuando tengo el cuerpo acatarrado, el alma, a lo que se ve, también se me resfría, congestiona y malhumora.

Los humanos tendemos a tomarnos a menudo demasiado en serio, no sólo a nosotros mismos -comprensible debilidad, sino incluso también a los demás. Tratamos de encontrar razones profundas que expliquen los actos, sin apercibirnos de que, con frecuencia, son consecuencia de factores aleatorios. ¿Cuántos análisis no se han hecho de tales o cuales pasajes herméticos de El Capital sin recordar que Marx los escribió con un cabreo infinito, provocado por un ataque de furúnculos en salva sea la parte?

Fíjense si el catarro me habrá puesto siniestro que, cuando me he metido a reflexionar sobre el alma, mis primeros pensamientos han sido: a) que el alma filosóficamente más indiscutible es la que tienen dentro de su cañón las armas de fuego; y b) que la demostración más evidente de que no hace falta alma para vivir es la cantidad de desalmados que hay vivitos y gobernando.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de septiembre de 2012.

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1993/08/25 07:00:00 GMT+2

Racistas

Dice el alcalde de El Real de Gandía a propósito de una familia gitana, los Calatayud, odiada por buena parte del pueblo: «El ideal sería que los tiraran de aquí, pero el problema es que no hay motivo». El lapsus es de una rara perfección racista. Lo que el alcalde quiere decir, obviamente, es que le encantaría que hubiera un motivo legal en el que apoyar su inquina racial. Pero, ay, el caso es que la familia Calatayud se dedica a actividades perfectamente lícitas. Con las que ha hecho, por cierto -y ésa es otra de las claves del asunto, sus buenos dineros. A mucha gente de El Real esto le trae a mal traer. ¡Gitanos con millones! ¡Gitanos con cochazos! «No, no es racismo», alegan. «Es esa ostentación suya, insoportable...». ¿Insoportable? ¿Y por qué es insoportable? Hasta ahora no he visto nunca noticias que digan: «Manifestación contra la insoportable ostentación de riqueza que hacen las hermanas Koplowitz». Y de subtítulo: «Piden que las tiren de Madrid». 0 bien: «Masiva petición de que Bilbao declare persona non grata a Emilio Ybarra». Y como antetítulo: «Es insoportablemente rico». Venga, por Dios: si la llamativa riqueza de la familia Calatayud resulta tan «insoportable» es porque se trata de gitanos. Y a un gitano lo que le corresponde es ser pobre, pedir limosna, si es hembra, y robar gallinas, si varón. Merced a lo cual, además, se les puede echar del pueblo sin que nadie pueda decir que ha habido racismo: porque tampoco entonces se les expulsa por gitanos, sino por delincuentes.

Pero no hagamos mucha sangre con El Real de Gandía, que las habas se cuecen por doquier. Por ejemplo, en este gremio que es el mío. Ayer mismo me topé con este curioso titular: «Un colombiano mata a un angoleño en una sala de baile de Barcelona». Leí con detenimiento la noticia para ver si el hecho de que el homicida fuera colombiano o la víctima angoleña resultaba esencial para comprender lo ocurrido. Y no. ¿Entonces? ¿Por qué lo señalaba? ¿Se imagina alguien un titular que dijera: «Un madrileño mata a un toledano en una discoteca de Getafe»? Como el origen de ambos no tuviera nada que ver con lo sucedido, todo el mundo diría que el periodista se había vuelto loco.

A veces, en cambio, el origen geográfico de los implicados si es fundamental para entender los hechos. También ayer, me topé con esta otra noticia: «La Asociación de vecinos de Aravaca ha denunciado "un resurgimiento de la violencia" después de que fuera detenido un súbdito marroquí en estado de embriaguez». ¿Ven? Aquí sí que es de rigor citar la nacionalidad. Porque para que las tropelías de un borracho puedan pintarse como todo un importante fenómeno social merecedor de comunicados es indispensable que el borracho sea inmigrante. De qué, si no.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de agosto de 2010.

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1993/08/22 07:00:00 GMT+2

El esplendor de la Duda

Pese a haber sido educado en el catolicismo, siento un gran respeto por las convicciones religiosas. Incluso por las católicas. Las respeto no solo porque todo aquello que alguien cree de corazón -si es ése el caso- merece miramiento, sino también porque, aunque ateo desde algo así como los 15 años, las causas en las que he fiado desde entonces -la justicia, la libertad de los pueblos, la solidaridad humana- parecen casi tan inverosímiles como la vida eterna. Pero yo también me aferro a ellas.

Respetuoso con la fe católica, como digo, no puedo sin embargo dejar de manifestar mi profunda irritación por los mensajes del actual Papa. Me pone nervioso que Karol Wojtyla, tan mayorcito como es, siga formulando sus creencias personales como si no le asaltara ni la sombra de una duda. La relación de las aberraciones e injusticias cometidas a lo largo de los siglos por los sucesivos descendientes de Pedro es lo suficientemente larga como para que el presente titular del cargo se tomara la vida con un poco menos de aplomo. Sin embargo, la encíclica que se propone publicar en otoño, Esplendor de la Verdad, habla de la infalibilidad del mandamás del Vaticano -o sea, de la suya- como si la experiencia histórica le resbalara por entero. No solo afirma que la Verdad Absoluta existe, sino que, para más inri -si se me permite la expresión-, proclama que es él quien tiene la exclusiva de su secreto.

La Verdad Absoluta: ahí es nada.

Sostiene Wojtyla que el relativismo es fuente de las peores depravaciones. Pero el más elemental vistazo a este feneciente siglo lleva a la conclusión contraria: los más peligrosos para la Humanidad han sido una y otra vez los portadores de Verdades Absolutas.

La esencia de mi encíclica Esplendor de la Duda es ésta: hay que desconfiar absolutamente de quienes ordenan que creamos en Verdades Absolutas.

Javier Ortiz. El Mundo (22 de agosto de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de agosto de 2011.

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