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1993/10/23 07:00:00 GMT+2

Tele y basura

Me dicen que un tal Lago afirma que un tal Boyero escribió que había que quemar una tal Tele 5. Hombre, un tal Boyero suele tener puntos de vista bastante incendiarios, pero solamente en sentido metafórico. Imagino que cuando un tal Lago acompaña esa acusación de una enigmática insinuación –de dudosa altura humanística, ciertamente– sobre las presuntas «dependencias» de un tal Boyero, no estará tratando de sugerir que un tal Boyero es un peligroso pirómano. Porque, en caso contrario, lo mismo a un tal Boyero va y le da por demandar judicialmente a un tal Lago por calumniador, y a un tal Lago se le puede –o sea, se le podría– caer el pelo. Que tampoco es plan.

Pero yo no quería hablarles de un tal Lago, en particular sino de toda la llamada «telebasura», en general, para exponerles a ustedes una idea al respecto que me ha venido sugerida por esas cosas que dice un tal Lago sobre lo de quemar una tal Tele 5.

Parto de un principio general, que lo mismo ustedes comparten y lo mismo no: que la mayor parte de lo que emiten las televisiones que existen en España es basura. No trato de decir con ello que sea vomitivo. Pero sí que es basura. Basuras hay de muy diverso tipo, como cualquiera puede comprobar en la cocina de su propia casa, observando el contenido del adminículo en cuestión: verá que hay cosas de plástico, papel y cartón que no hieden, pero que tampoco sirven para nada; se topará también con el producto de las barridas, que por lo general es polvo (o sea, madrugada de viernes en Canal +)... Sólo una parte de la basura es materia orgánica informe (tipo Telediario) o desecho maloliente, como La máquina de la verdad.

Pues bien, se me ocurre a mí que una forma de protesta que podríamos utilizar los que estamos indignados con tanta basura sería recuperar lo que hacíamos allá por los años 60 y 70 los manifestantes antifranquistas para evidenciar la indignación que nos producían las muchas mentiras de la Prensa de entonces: quemábamos periódicos en plena calle. Ahora podríamos realizar manifestaciones en las que rompiéramos televisores. Puede salir algo caro, ya me hago cargo, pero caramba, quien algo quiere algo le cuesta. Y, a cambio, la espectacularidad de la protesta estaría asegurada.

A mí, la «telebasura» no me incomoda a título particular. Hace tiempo que sólo excepcionalmente conecto algún programa de ésos, salvando los Telediarios, que a veces estoy obligado a verlos por las mismas razones profesionales que fuerzan a un tal Boyero a ver lo que hace un tal Lago. Si hago esta propuesta es, pues, de modo totalmente desinteresado. Por pura profilaxis social. Con ella sólo trato de lograr que la televisión nos libre al menos de una de sus muchas contradicciones: la que supone la diaria y machacona exhibición de tanto presentador impresentable.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2018.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/10/23 07:00:00 GMT+2
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1993/10/20 07:00:00 GMT+2

Gente que nadie conoce

El sol del ocaso, lánguido y tenue, trata inútilmente de secar las calles que la lluvia ha vestido de asfalto y plata. La noche va cayendo con desgana. La farmacia tiene ya encendida la luz eléctrica. Tras el mostrador, la joven farmaceútica se prepara para cubrir una nueva guardia nocturna. Esta noche, como tantas y tantas otras, tampoco dará abasto con las jeringuillas y el agua destilada.

El hombre camina lentamente, fijos los ojos en los charcos que las cloacas no tragan. Sin levantar la vista, pasa junto a la misma vieja puta de siempre, instalada en la misma esquina de siempre, ésa que casi nunca abandona porque hace años que casi nadie se lo pide: la peluca platino mal colocada, al aire la roja blusa transparente, para mejor enseñar el pecho, para mejor deprimir a la imposible clientela.

En el pórtico de la iglesia, dos viejos, uno en cada extremo, tratan de pedir limosna a quienes siguen de largo. Son pobres de los de antes, pobres que no necesitan decir que lo son, ni refugiarse detrás de letreros con historias de paro, cárcel, sida y muchos hijos hambrientos. Ellos están en el sitio adecuado, donde pide la gente como Dios manda. Porque Dios, desde las bodas de Caná, manda pedir para alcohol, no para heroína. Justo enfrente, el de la tienda de comestibles se prepara para bajar la persiana y espanta a una pareja de jóvenes: «Que no, tíos, que yo no vendo limones sueltos, y además estoy cerrando». Los mira despectivo mientras se marchan calle abajo: «¡...Y menos para lo que lo queréis vosotros, desgraciaos!».

Ya es de noche. Hace casi una hora que una mujer de mediana edad, sentada en el enorme y casi vacío bar de la esquina, mira al exterior a través de una cristalera que nadie ha lavado desde tiempó inmemorial, tal vez desde el día en que pintaron encima los letreros de colores chillones: «churros del día», «tapas de cocina», «bocadillos variados». Ha estado consultando su pequeño reloj de pulsera cada poco. Está claro que esperaba a alguien; tan claro como que ese alguien nunca vendrá. Echa una última ojeada al reloj, se pone el abrigo y recoje el bolso. Sale a la calle. Se para un instante, como dudando. Emprende la retirada.

A través de los visillos, detrás de la ventana del primer piso, se ve a un cuarentón sentado ante una mesa de trabajo. Escribe. Parece concentrado. Teclea con rapidez. Pasado un rato, se detiene, arranca el papel de la máquina, lo arruga y lo tira sin fuerza, al suelo o a una papelera. Introduce otra hoja. Vuelve a escribir. Vuelve a interrumpirse. Tira también esa hoja. Se levanta. Oculta la cara entre las manos. Se diría que llora.

Lo cantó hace ya mucho tiempo Kris Kristofferson: «Es gente que nadie conoce, / que gime donde nadie puede oírla. / Gente que muere en soledad / en una ciudad en la que a nadie le importa».

Javier Ortiz. El Mundo (20 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de octubre de 2011.

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1993/10/16 07:00:00 GMT+2

Ignorantes y frívolos

Se suele decir, para fastidiar, que un periodista es un señor que escribe de todo sin saber de nada. Es una afirmación bastante injusta. En primer lugar, porque no todos los periodistas son señores: también hay periodistas señoras. Además, es casi imposible, incluso para un periodista, no saber de nada. Casi todo el mundo sabe de algo. Pero no te dejan escribir de ello todos los días. Y como a los periodistas nos toca publicar a diario, o casi, pues claro, acabamos escribiendo sobre cuestiones acerca de las cuales nuestra sapiencia es, por así decirlo, un tanto limitada.

En esas condiciones, lo único que uno puede hacer, antes de ponerse a escribir o hablar de un asunto, es informarse lo suficiente como para disimular su incultura. Es una precaución útil, para no hacer como esa locutora de TVE que dijo el otro día que la ortodoncia es una enfermedad que está progresando ahora mucho entre los niños.

Hay periodistas que disfrazan su ignorancia tan bien que se diría incluso que saben de qué escriben. Eso es lo que se llama «periodismo de calidad». Cuando viví en París, tuve una aleccionadora experiencia con Le Monde. Descubrí que los nativos de los países más diversos teníamos invariablemente la misma opinión sobre ese diario: creíamos que daba una información muy buena del mundo entero... salvo de nuestro propio país. «Qué gran diario. Pena que la información sobre España sea tan floja», nos quejábamos los españoles. Pero te topabas con un boliviano y decía exactamente lo mismo, sólo que sobre Bolivia. Y si era polaco, pues igual, pero con Polonia. Al final, entendí el truco: el periodismo de calidad consiste en documentarse lo bastante como para que quienes no saben casi nada de una cuestión crean que tú sí.

Tal vez este punto de vista les resulte en exceso cínico. A decir verdad, yo mismo tenía antes mala conciencia por atenerme a él. Pero ahora no. Ahora me siento de lo más orgulloso. Leo y escucho cada día a tantos periodistas que opinan con total aplomo sobre tópicos acerca de los que está claro que no tienen ni pajolera idea que lo de documentarse una miaja me parece ya un escrúpulo de lo más elitista y refinado.

Aunque les entiendo. ¿A qué periodista puede interesarle bucear en arduos problemas de economía o política internacional cuando es obvio que importan un pimiento, porque lo que todo quisque está tratando de saber es si el conde Lecquio y doña Antonia Dell'Atte seguían chingando después de divorciados? Si dedicándose a los cotilleos se obtiene fama y dinero, ¿para qué complicarse la vida con algo tan trabajoso como informarse para informar?

Antes, los periodistas teníamos que ingeniárnoslas para no parecer ni ignorantes ni frívolos. Ahora da igual. Incluso resulta de buen tono parecerlo. A muchos no les cuesta nada: lo son de natural.

Javier Ortiz. El Mundo (16 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2018.

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1993/10/13 07:00:00 GMT+2

¡Pero qué gracia tiene este Felipe!

Tal vez algunos de ustedes se muestren reticentes hacia esta tesis mía. Da igual. No me importa que se extienda aún más mi impopularidad, si con ello consigo colaborar a que, como diría el otro, la verdad resplandezca. Yo sostengo que Felipe González es un señor muy gracioso.

El también lo cree. De hecho, es de sobra conocida esa risita suya, frecuentemente descrita como «de conejo» (por razones que se me escapan, porque nunca he visto un conejo que se riera), que él emite cuando piensa que ha dicho algo ingenioso. Por ejemplo, suelta en una entrevista: «Mire usted, yo soy el presidente del Gobierno y pienso seguir actuando como presidente del Gobierno», y acto seguido luce su risita, convencido de que acaba de formular una ironía de lo más ocurrente, que revela su elevada talla de estadista y demuestra por qué líderes de tan fina inteligencia como Kohl, Reagan, Yeltsin y Major, esos Einstein de la política, lo distinguen con su amistad y se hacen fotos a su lado.

Sin embargo, a mí esas muestras de presunto ingenio no me hacen ninguna gracia. Cuando González consigue hacerme reír es en otras ocasiones. Por ejemplo: se da un garbeo por Bosnia, habla con los cascos azules y les suelta con aire grave y solemne:

«Hemos venido a Bosnia sin ningún interés mezquino. Aquí no buscamos influencia, ni mucho menos petróleo. Nuestro único interés es la paz». ¡Ese sí que es un chiste genial! ¿Verdad que resulta la mar de gracioso que admita ahora que la Guerra del Golfo fue por intereses mezquinos, por petróleo? No traten de negármelo: González es un virtuoso del sarcasmo, un auténtico orfebre de la burla.

Yerran quienes lo comparan con Cantinflas. De buscar parangón a su humor, la referencia adecuada sería Joseph Francis Buster Keaton. En un aspecto único, pero decisivo: es tanto más gracioso cuanto más serio se muestra. Verbi gratia: ¿no estuvo sublime en aquel debate electoral con Aznar, cuando le señaló con el dedo y le conminó: «¡Atrévase a reconocer que ustedes bajarían las pensiones!», sabiendo que era él quien iba a bajarlas en cuanto pudiera? ¡Qué gag! ¿Y cuando afirmó que la recuperación económica llegaría en el segundo semestre de 1993? ¡De partirse! ¿Y cuando sostuvo, elevando el calibre de sus coñas en un impagable afán de superación, que su prioridad absoluta es la lucha contra el paro? ¡Genial! ¿Y la del domingo pasado, cuando, sin dejar de aferrarse a la silla, acusó a sus adversarios de ser inmovilistas? ¡Puro dadaísmo!

Seguro que hay algún cenizo que piensa que maldita la gracia que tienen todas estas tomaduras de pelo. Por fortuna, son millones los que piensan lo contrario y siguen riendo a González todas sus gracias.

No les quepa la menor duda: es un gran cómico. Tanto lo es que, de continuar así, ya verán como acaba matándonos a todos de risa.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de octubre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/10/13 07:00:00 GMT+2
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1993/10/09 07:00:00 GMT+2

Edith

Edith, querida: Perdóname, ya sabes cómo soy, tienes razón: hace años que no te llevo flores. Pero no culpes al olvido. Es que París me queda cada vez más lejos. Pero no me olvido, qué va. Recuerdo perfectamente el camino que conduce hasta tu última casa, ese estrecho sendero del Pére Lachaise, a un paso del muro de los Federados, donde tantas veces nos encontrábamos Merche, Theo, tú y yo, y y el ciudadano Gustave Lefrançais, y Paul Lafargue, y Jenny Marx, y el bueno de Jean-Bautiste Clément... Nos saludábamos solemnemente, como os gusta a los franceses, y luego nos íbamos todos a reírnos del canalla de Thiers, y tú cantabas Ah, la ira, a sabiendas de que no, de que ça n´ira pas jamais, y a mí me dejabais tararear la vieja canción de los viñedos de la colina roja, que no dan vino, sino sangre, la sangre de los compañeros. ¿Sabes, Edith? Las flores que te llevaba entonces no eran compradas. Las robaba de otras tumbas, de ésas de tanto copete que hay a la entrada del cementerio. Ellos no se merecían tenerlas. Tú sí.

Edith: te estoy escuchando ahora mismo, y te ofreces a ir a descolgar la luna, y te declaras dispuesta a renegar de tu Patria, y aseguras que sabes cómo serrar los barrotes que nos separan de la libertad. Hazlo, Edith. Descuelga la luna. Reniega de tu Patria. Sierra los barrotes. Haz algo tú, ya que los presuntos vivos de hoy está claro que no sabemos hacer nada decente.

Tengo malas noticias, Edith. Ayer cené con un grupo de gente joven, y les hablé de ti, y les conté que el lunes hará treinta años de tu muerte, y -te lo digo con vergüenza- me confesaron que no saben quién fuiste. Edith, no te conocen. No nos conocen. Saben quién fue Kennedy, y James Dean, y Marilyn: lo saben todo del otro lado del Atlántico, pero no saben en qué consiste la java, y el acordeón les parece un instrumento raro, y no tienen ni idea de que un ruiseñor feo y pequeño voló, y se posó sobre el Sena, y nos dejó las más bellas canciones de amor que jamás se hayan cantado. Perdónales. Perdónanos. Edith: tu desvergüenza, tu permanente himno al amor, ese furor irrefrenable con el que empujaste a la humanidad entera hasta el borde de tu cama, tu insaciable sed de libertad, esa voz, tu voz irrepetible, han quedado en el olvido. No saben que tu joven Theo fue incapaz de sobrevivirte, y no saben cómo se nos cortó a todos la respiración cuando él, rico heredero de la vieja y rica cantante -cuántas bromas, cuánta maledicencia imbécil-, decidió quitarse la vida para ir a dormir otra vez, gigantón, junto a tu cuerpo triste y breve.

Ay, Edith, si resucitaras. Si resucitaras, verías las canas de Moustaki, y te enterarías de que Yves y Jacques y Georges ya se nos fueron, y notarías nuestro cansancio, la hondísima melancolía de los que te hemos sobrevivido. Y lo que es peor: oirías sonar el bakalao. Ay, Edith, si resucitaras, saldrías de nuevo corriendo hacia tu tumba.

¿Me dejarías ir contigo?

Javier Ortiz. El Mundo (9 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 11 de octubre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.1993/10/09 07:00:00 GMT+2
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1993/10/07 07:00:00 GMT+2

Editorialistas

Ustedes no tienen ni idea de lo mucho que sufre un editorialista. El trabajo de editorialista es lo más próximo que hay al sacerdocio. El último de los gacetilleros se desplaza hasta el local de la esquina para tomar nota de los despropósitos de cualquier mangarrán y su crónica aparece al día siguiente en cientos de miles de ejemplares encabezada por su gloriosa firma. En cambio, el pobre editorialista tiene la obligación de empaparse a diario de los asuntos más dispares y abstrusos -desde las andanzas de Yeltsin a la crisis de la SEAT, desde los tejemanejes de Obiang a las negociaciones del GATT, pasando por la Veritatis Splendor y la gestión de Ramón Mendoza- para destilar al final profundas reflexiones sobre todo ello, sin que lo que sale de su pluma aporte ni la más liviana brizna de reconocimiento público hacia su persona: no lo firma.

Ese es un grave inconveniente del trabajo de editorialista. Porque el editorialista, qué caramba, tiene su corazoncito, y le molesta mucho que familiares y amigos le digan sin parar: «¿De verdad que trabajas en ese periódico? Como nunca se ve tu firma...». Terrible injusticia que lleva aparejada una notable frustración profesional, porque pasan los años y el hombre no logra ninguna medalla que colgar de su currículum: no puede demostrar que nada de lo que ha escrito sea obra suya.

Dedicarse a editorialista tiene muchos otros inconvenientes.

Uno de ellos, y no pequeño, es que el género editorial obliga a la circunspección.

El editorialista está obligado a decir las cosas muy seriamente. Hubo un día, hace unas semanas, que noté a mi buen amigo Gervasio Guzmán de especial mal humor. Le pregunté qué le pasaba.

«Pues que estoy escribiendo sobre lo del tránsfuga Gomáriz y se me ha ocurrido una gracia: decir que parece mentira que precisamente en Aragón los políticos se den tan mala maña...». El juego de palabras era realmente atroz, pero no quise desanimarlo. «¿Y por qué no lo pones?», le dije. Me miró con aire despectivo: «¿Estás loco? ¿Meter un chiste en un editorial?».Ya ven.

Pero no acaba ahí la cosa. Hay que tener en cuenta asimismo que el editorialista, como se pronuncia ex cathedra y compromete al diario como tal, tampoco puede permitirse escribir exactamente lo que piensa, lo cual añade a las frustraciones antes mencionadas otra más: la de sentirse extraño a su propia obra.

¿Cómo lograr que, pese a tanto inconveniente, algunos aceptemos trabajar como editorialistas? Hay un sistema: cuando alcanzamos cierta edad; nos dejan publicar columnas de opinión firmadas. Eso atempera nuestras frustraciones: recompensa nuestra vanidad, salva nuestro currículum y permite, de paso, que nos desahoguemos.

Me escribe una señora que me/se pregunta cómo puede ser que a un tipo como yo -«tan disolvente», dice- le dejen publicar en espacio de tanto rango. Confío en haber acertado a explicarlo. Ya ve, buena mujer: lo hacen, como quien dice, por pura prescripción facultativa.

Javier Ortiz. El Mundo (7 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 6 de octubre de 2010.

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1993/10/02 07:00:00 GMT+2

Las patentes de Corcuera

No pretendo terciar en la agria disputa -siempre la misma y siempre diferente, como en el verso de Aragón- en la que está empeñado el ministro del Interior contra el director de este periódico. Pero hay un punto sobre el que me siento, a la vez, autorizado y obligado a decir unas palabras. Me refiero a la manía que le ha entrado a José Luis Corcuera de descalificar a sus oponentes tachándolos de «recién llegados a la democracia», como si él tuviera el control de la denominación de origen del antifranquismo.

Parto en este asunto con cierta ventaja porque no creo que al ministro del Interior le asalte nunca la tentación de expresarse en esos términos con respecto a mí. (Y, si le asaltara, podría librarse a toda velocidad de ella con una simple consulta a los nutridos archivos de la Brigada PolíticoSocial franquista -esos archivos que su Ministerio ha conservado celosamente durante tanto tiempo de manera irregular, o recabando información directa de los inspectores de la Policía fascista que me persiguieron, detuvieron y encarcelaron en diversas ocasiones. Lo tiene fácil: varios de ellos siguen trabajando a sus órdenes).

Corcuera carece de la menor autoridad para expedir títulos de bisoñez o veteranía en la causa democrática. Es muy cierto que él militó en la UGT vasca en tiempos del franquismo, y eso le honra (aunque no menos cierto sea que, si la UGT vasca no hubiera existido durante los años 60 y 70, casi nadie la habría echado en falta). Pero luego, en todo caso, ha sido muchas otras cosas. Ha sido, por ejemplo, el jefe de Amedo y Domínguez. El que impidió que el juez Baltasar Garzón investigara los fondos reservados de su Ministerio en relación al caso GAL. Ha sido también el ministro que ha mantenido en plantilla a no pocos policías torturadores. De dos tipos, además: torturadores de la época franquista y torturadores de los tiempos presentes, condenados como tales por los tribunales. A él corresponde también el muy triste honor de haber dado nombre a la Ley menos escrupulosamente democrática del nuevo régimen. Gracias a él, en fin -lo ha hecho notar reciente y oportunamente el catedrático Enrique Gimbernat-, el informe del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas sitúa a España en el puesto número 24 del ránking mundial en cuanto a respeto por las libertades: en el último lugar de las democracias occidentales, por debajo de algunos países del Tercer Mundo.

Déjese, pues, de arrogarse el derecho a dispensar patentes de antifranquismo. Su historial no es el más propio para ostentar la representación de quienes nunca transigimos con los enemigos de la libertad. Él pudo ser lo que fuera en sus años mozos, pero ahora es lo que es: el jefe de muchos tipos que lucharon con uñas y dientes (y puños, y electrodos) para impedir que llegara la libertad. Por ejemplo.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de octubre de 2012.

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1993/09/29 07:00:00 GMT+2

¿Te crees que la Policía es tonta?

Hace unos años fue una expresión frecuente, como variante del tópico «no chuparse el dedo»: «¿Te crees que la Policía es tonta?». Cuando el ministro del Interior dio ayer por concluida su comparecencia ante el Congreso de los Diputados, me fue inevitable recordar esa expresión. Porque las opciones se reducían a cuatro: o la Policía es tonta, o el tonto es el ministro del Interior, o el ministro del Interior cree que son tontos los diputados, o el conjunto de ellos -la Policía, el ministro y los diputados- suponen que los tontos somos todos los demás.

Quienes ejercimos de oposición antifranquista tenemos en este asunto una ventaja: que sabemos por experiencia cómo funciona la Policía. (Y no incurran ustedes en la ingenuidad de objetarme que esa experiencia se refiere a otra Policía porque, en el caso de las fuerzas encargadas de la materia que nos ocupa, quitando a algunos novatos, hay poco nuevo bajo el sol: son los mismos que estaban hace quince años, sólo que ascendidos. y con mejor sueldo). Bueno, pues puedo jurarles que jamás vi un despacho dedicado a interrogatorios que no tuviera barrotes en la ventana. Y les estoy hablando de hace casi veinte años y de detenidos que las únicas pistolas que habíamos contemplado en nuestra vida -servicio militar aparte- eran las que los propios policías llevaban en la cartuchera. De modo que la pregunta resulta inevitable: ¿será que la Policía se ha vuelto tonta?

¿Será que ahora es costumbre tener a los detenidos acusados de terrorismo sin esposar, en habitaciones con acceso directo a la calle y custodiados por un solo agente? ¿Será que no sólo no han aprendido nada desde entonces, sino que se han olvidado de lo que ya sabían? ¿Y en Bilbao?

Eso es lo que el ministro del Interior dice que cree, y hasta arriesga su cargo en caso de que pueda probarse que lo que él cree no es verdad. Y aquí también caben dudas: ¿se cree realmente lo que dice -en cuyo caso también él debe considerar que la Policía es tonta-, o sencillamente sabe que, también sobre este asunto, «ni hay pruebas ni las habrá»?

Los señores diputados dijeron sentirse muy satisfechos con la explicación del ministro. Sigue la rueda de preguntas: ¿son tontos o simplemente se hicieron los tontos porque pensaban que éste era un asunto en el que debía primar «la razón de Estado»?

La última posibilidad también queda abierta: que todos ellos se piensen que los tontos somos los demás.

Aunque también puede ser que estemos ante un caso de tontería masiva, y que la Policía, el ministro, los diputados y un ingente número de ciudadanos se estén creyendo que dar carta de naturaleza a un amasijo de absurdos y disparates puede ser a veces un modo muy astuto de defender el Estado de Derecho.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de octubre de 2012.

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1993/09/25 07:00:00 GMT+2

Rotos y enteros

El sindicalista navarro Manuel Burguete cita a Mario Benedetti en su introducción a un libro que acaban de publicar otros dos sindicalistas, Olaizola y Berro. «Estamos rotos, pero enteros», dice Benedetti en el verso que Burguete hace suyo.

Compruebo que, gracias al cielo, siempre hay alguien en las mismas, con la revuelta y la poesía en el alma. Las obreras norteamericanas de los años 20 reivindicaban bread and roses. Pan, sí; pero el pan no basta: hacen falta también rosas. Hay algunos sindicalistas que siguen hablando de pan y rosas. No sé si aciertan en lo que piensan, pero sé, a cambio, que aciertan en lo que sienten: se sienten rotos (por las muchísimas batallas perdidas) pero enteros (por la conciencia de no haber doblado el espinazo).

Hoy en día prima el sindicalismo de pan sin rosas. Me comentan lo dicho en privado por un líder de CCOO, a cuento de las reuniones para el pacto social: «Quizá no nos quede más remedio que aceptar lo que nos den, aunque sea poco. Dejar la mesa de negociación sin haber conseguido nada resultaría deprimente». No es verdad. Perder no es deprimente. Lo realmente deprimente es aceptar mansamente que maltraten a quienes representas, poner la firma al pie de pactos humillantes, acabar ayudando tú mismo a que el adversario te venza. Los expertos en el repugnante arte de la tortura como método para arrancar una confesión tienen un norma básica: deben conseguir a toda costa que quien es torturado colabore en el propio tormento.

Con ese fin, le ordenan que haga esto o lo otro: que se coloque de puntillas, o en cuclillas, que sostenga objetos con las manos en alto, etc. Le pegan hasta lograr que lo haga. ¿Por qué? Porque saben muy bien que una persona puede llegar a soportar la quiebra total de su resistencia física sin perder por ello ni su autoestima ni su dignidad: queda roto, pero entero. En cambio, el que participa en su propio suplicio se degrada hasta acabar por despreciarse a sí mismo. Y de ahí a la rendición sólo hay un paso.

Es un caso extremo, sin duda, pero el principio psicológico en que se basa puede aplicarse a todos los órdenes de la vida. En realidad, se trata de una cuestión de filosofía general. ¿Qué es preferible: perder tras haber combatido con dignidad, o aceptar el humillante diktat del poderoso para ahorrarse media docena de tortas? La experiencia histórica es concluyente, y poco importa a estos efectos que se trate de países, de movimientos sociales, de partidos políticos o de individuos aislados: quien acepta una vez lo que sabe que es inaceptable pierde la energía moral necesaria para rechazarlo las siguientes. Acaba por convertirse en un juguete dócil en manos de su enemigo.

Deberían tenerlo en cuenta los dirigentes de nuestros sindicatos mayoritarios. Y recordar la gran diferencia que hay entre exigir y mendigar. Que no es decisivo que te rompan, con tal de seguir entero.

Javier Ortiz. El Mundo (25 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de septiembre de 2011.

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1993/09/23 07:00:00 GMT+2

Carmen Alborch

Cuentan que la ministra de Cultura, Carmen Alborch, jugó un papel decisivo en el lanzamiento de la movida valenciana, ahora tan en boga. Dicen que la impulsó no sólo desde su puesto de responsabilidad político-cultural, sino también en vivo y en directo, desde las pistas de baile de las discotecas. Aseguran que es muy marchosa. Pues qué bien. Pero no creo que eso tenga nada que ver con la consideración que deba merecernos su trabajo en el Gobierno de González.

Hay también, según compruebo, un amplio consenso sobre la belleza y el buen porte de la ministra. Una de sus peculiaridades anatómicas -o, para ser más exacto, dos- han servido incluso para amenizar la reciente campaña publicitaria de una enciclopedia por entregas (una publicidad engañosa, por cierto, dado que la citada enciclopedia, al parecer, no va a incluir ninguna información sobre las glándulas en cuestión). Bueno, pues, sea como sea, también me parece de perlas que la ministra guste tanto, aunque a mí no me vaya su estilo, tipo «laespañolacuandobesa». Pero vuelvo a las mismas: su mayor o menor prestancia no es un dato que deba manejarse a la hora de juzgar su calidad (o su falta de calidad) como ministra.

Además, se ríe. Se ríe mucho.

Y tiene una risa contagiosa. Lo cual también ha caído muy bien y se comenta mucho en los mentideros capitalinos. «Es muy simpática», dicen. El detalle ennoblece su carácter, sin duda, y a mí, por lo menos, no me estorba nada: siempre es mejor que sea simpática y no un muermo, como don Pedro Solbes, sin ir más lejos. Pero uno, que es muy mirado con sus dineros, piensa que no paga a los ministros vía IRPF para que sean simpáticos y se rían sin parar. Los paga para que trabajen.

Yo no digo que la ministra lo esté haciendo mal. En realidad, no tengo ni idea. Lo que digo es que me da exactamente igual que sea marchosa, guapa y risueña. Que estoy hasta el gorro de que, cada vez que se habla de ella, sea para referirse a su persona y no sobre lo acertado o erróneo de su labor al frente de la cartera de Cultura.

El espectáculo del que fueron protagonistas anteayer los señores que integran la Comisión de Cultura del Congreso fue bochornoso. La ministra leyó un discurso plagado de generalidades y la respuesta del señor Cortés, del PP, hombre por lo común enérgico y agresivo, fue pedirle «un poco más de precisión». (Luego explicó que había querido «ser amable en el estreno de esta señora»). Felipe Alcaraz, portavoz de IU, llegó a decir a la ministra, con una sonrisa de oreja a oreja: «La sigo fervientemente».

Supongo que Felipe González se dará cuenta pronto de que debe remodelar su Gabinete. Si lo llena de mujeres guapas y simpáticas, adiós oposición. Porque los señores de la oposición son, antes que nada, señores. Y la línea parlamentaria con más seguidores, la que marcan las braguetas de sus señorías.

Javier Ortiz. El Mundo (23 de septiembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de septiembre de 2010.

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