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1993/11/24 07:00:00 GMT+1

¿Qué más da un Corcuera u otro?

Para estas alturas, creo que la mía era la única columna de este diario -lo que no deja de tener su mérito, porque El Mundo cuenta con más columnas que la Acrópolisis entera- que no les había proporcionado a ustedes su parte alícuota de corcuerología. Heme hoy, pues, aquí, según se entra a mano izquierda, presto a enmendarme y a cumplir.

Y lo primero que he de decir justifica de paso el silencio que guardaba: a mí el señor Corcuera me produce una profunda y radical indiferencia. No le tengo el más mínimo aprecio -supongo que ya se lo maliciaban ustedes, pero tampoco particular inquina. Cada cual se define por los enemigos que elige. Y yo, los míos, la verdad, los prefiero más interesantes.

Un ministro del Interior nunca es interesante, porque para resultar interesante hay que ser diferente, y los ministros del Interior son siempre iguales. Un ministro del Interior puede ser hosco y tosco, o, por el contrario, educadísimo; no diferenciar un burdeos de un rioja o distinguir hasta la cosecha; besar la mano de las señoras o espetarles «¿Y a usted qué le importa?» cuando le hacen una pregunta. Pero todo eso es accesorio. En lo esencial -en lo que hacen en sus despachos- no se diferencian nunca en nada.

Por una razón básica: porque sólo hay un modo de ser ministro del Interior.

Antes de llegar al cargo sí que suelen presentar diferencias, y eso puede inducir a engaño. Recuerdo cuando hace años Poniatowski fue nombrado ministro del Interior en Francia. Muchos se declararon encantados: «Es un intelectual, un humanista». Pocos meses después, todo el mundo lo llamaba Ponia la matraque, o sea, «el Porras».

Y es que, si casi siempre es cierto que la función crea el órgano, cuando se trata de la función de ministro del Interior, el aforismo se cumple ad nauseam. Porque el cargo les empuja a actuar como defensores no de los ciudadanos, sino de los policías; a otorgar más importancia a la eficacia de la represión que al disfrute de la libertad; a velar mucho más por el Orden que por la Ley. A medida que ejercen de capos policiales, van habituándose a que los detenidos salgan de las comisarías con los hematomas de rigor, a que los jóvenes desgreñados sean tratados como delincuentes potenciales, a que los periodistas les produzcan urticaria y a que, si hay que montar algún GAL que otro, pues se monta y ya está.

Sabido lo cual, yo prefería que González pusiera en el puesto a alguien al que ya de antemano le fuera la marcha. Para abreviar.

No me ha defraudado del todo. Asunción ha sido carcelero mayor, y eso le da una gran experiencia para regentar la cartera de Interior. Porque, ¿qué mejor para Interior que un experto en internos?

Aunque me molaba más Eligio Hernández. Ese sí que habría sido un gran jefe de Interior. De hecho, hace tiempo que venía actuando ya como si lo fuera.

Javier Ortiz. El Mundo (24 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de diciembre de 2012.

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1993/11/20 07:00:00 GMT+1

Nadie os da por el culo

Oigo la airada pregunta de los estudiantes de Instituto que se manifiestan por el centro de la Villa y Corte: «¿Por qué nos dan por culo, si somos el futuro?» -gritan desaforadamente.

Medito sobre el interrogante. Concluyo que está mal formulado.

La alusión a la penetración anal no me la tomo muy en serio, por supuesto. Me permite confirmar tan sólo lo que de antemano ya daba por hecho: que los estudiantes de hoy están firmemente dispuestos a seguir la recia tradición celtibérica de sus progenitores. Gracias a ellos, no corremos el más mínimo peligro de que la lengua castellana pierda ese singularísimo encanto que le otorgan las continuas referencias despectivas a los genitales de ambos sexos («coñazo», «huevón», etc.) y la sistemática consideración de las relaciones sexuales como formas de humillación («jódete», «mamón», «que te den por el culo», etc).

Me resulta mucho más curiosa la segunda parte de la proposición. ¿De dónde habrán sacado estos chavales la idea de que ellos son el futuro, o sea, de que el porvenir les reserva el papel de protagonistas de nuestra sociedad? No veo el más mínimo signo que permita llegar a tan extraña conclusión.

Algún día habrá que analizar en profundidad la función social que ha hecho suya la autodenominada «generación del 68». Allá por el comienzo de los 70, los integrantes de esa generación llegaron por su cuenta y riesgo al convencimiento de que estaban destinados a hacerse con el control absoluto de la vida pública -de toda: de la política, del arte, de la ciencia, del periodismo- y no pararon hasta conseguirlo. Lo lograron, se instalaron y no tienen la más mínima intención de dar el relevo a nadie. España entera está dominada, en los más diversos órdenes, por esa gente de entre cuarenta y cincuenta años que lo único que sabe hacer es triunfar y mandar. Si los quinceañeros se creen que el futuro es de ellos, van de cráneo: la generación del 68 está firmemente decidida a controlarlo todo de por vida. La jubilación no entra en sus planes. Ya lo verán: seguirá mandando hasta la muerte.

Ese es otro de los dramas de la juventud actual: no tiene espacio social disponible. Lo ocupamos en exclusiva los integrantes de esa extraña, ambiciosa y monopólica carnada del 68. Entre nosotros, podemos incluso aborrecernos, si se tercia (que se tercia). Pero a los demás ni siquiera les permitimos que participen en el juego.

No, chavales: nadie os está dando por el culo. A vosotros os pasa como a Ugarte, el personaje que encarna Peter Lorre en Casablanca. Pregunta Ugarte a Rick/Bogart: «Tú me desprecias, ¿verdad?». Y Rick le responde: «Si pensara en ti, quizá te despreciaría».

A vosotros nadie os da por el culo, pero no por consideración de ningún tipo. Simplemente porque, para hacerlo, sería necesario teneros en cuenta, reparar en que existís, pensar en vosotros. Y no es el caso.

Javier Ortiz. El Mundo (20 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 27 de noviembre de 2010.

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1993/11/17 07:00:00 GMT+1

Carrillo

Lo que más me llama la atención de la peripecia vital de Santiago Carrillo es la fantástica capacidad que siempre ha demostrado para equivocarse. Es realmente singular que en tantos años jamás haya acertado en nada.

Algunos de los patinazos que jalonan su biografía podrían muy bien figurar en el Guiness de los records. Al término de la guerra civil, por ejemplo, se dedicó a hacer análisis muy largos, ya que no muy sesudos, que «demostraban» que Franco estaba totalmente aislado en España, que ni siquiera el Ejército lo quería, y que iba a perder el Poder en cosa de nada. No hago esta afirmación de oídas: cuento en mi biblioteca con ejemplares de Nuestra Bandera, revista teórica del PCE, fechados en los primeros 50, que incluyen numerosos artículos de Carrillo y otros prohombres de su partido, como Santiago Alvarez, en los que explican detalladamente esa tesis, elaborada -lo hacían constar con orgullo- «a la luz del pensamiento del camarada Stalin». Según ellos, el franquismo eran Franco, su mujer y cuatro más. A falta de base social, ese régimen no podía durar gran cosa. Pues bien: duró 25 años más, y todavía hoy, 18 después de la muerte del dictador, seguimos siendo víctimas de su multiforme legado. Un lince, el mozo.

Los aparatosos errores políticos de Carrillo podrían incluso ser materia de chirigota si no fuera porque hubo cientos, miles de hombres y mujeres que, creyendo en él, se jugaron el tipo tratando de poner en marcha las descabelladas huelgas generales con las que él imaginaba que iba a dar el empujón final a Franco. Que se jugaron el tipo y que, en no pocos casos, por desdicha, lo perdieron.

Guardo clavada en la memoria una anécdota que dice bastante -a mí me lo dice, al menos- sobre los errores de Carrillo. Sucedió en París, a comienzos de 1974. Varias personas fuimos a ver a Santiago Alvarez, a la sazón segundo de abordo de Carrillo, para pedirle que el PCE se sumara a los actos que se iban a celebrar tanto dentro como fuera de España contra la pena de muerte que el régimen de Franco había dictado contra el anarquista Salvador Puig Antich. Apoyándose en los análisis de su jefe, Alvarez nos explicó que no hacía al caso realizar esos actos de protesta porque «las condiciones objetivas» volvían imposible que la sentencia de muerte se llegara a aplicar. Pocas semanas después, Salvador Puig Antich fue ejecutado.

Ahora Carrillo quiere vender sus memorias. Con este motivo, oigo que muchos hablan de sus méritos. Yo sólo le reconozco uno: el de no haber dado jamás ni una. Su vida ha sido como un paquete de quinielas sin ningún acierto.

Con una curiosa particularidad: a diferencia de los quinielistas de cero aciertos, Carrillo siempre se las ha arreglado para que fallar todos los pronósticos tenga premio.

Por eso ahora está con González. Para que le pague el premio.

Javier Ortiz. El Mundo (17 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de noviembre de 2011.

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1993/11/13 07:00:00 GMT+1

El Rey y Aznar

La meliflua actitud que José María Aznar ha adoptado en los últimos días hacia el Gobierno de González y hacia el propio González ha provocado un gran desconcierto en los círculos políticos capitalinos. Los analistas se devanan los sesos tratando de hallarle explicación. Algunos, que pasan por enterados, aseguran que el líder del PP ha levantado el pie del acelerador crítico tras haberse entrevistado con el Rey. El monarca, según éstos, habría dicho a Aznar que la situación no está para muchos trotes opositores y que él y su troupe deberían «contribuir a la gobernabilidad del Estado».

Que tal cosa se afirme en ciertos mentideros madrileños no quiere decir que sea verdad, por supuesto. La experiencia me ha enseñado que los mentideros están especializados en lo que su propio nombre indica, o sea, en mentir. Pero, a falta de explicación más convincente de la repentina mansedumbre de Aznar, me he puesto a meditar sobre ésta.

Y cuanto más medito sobre ella, más perplejo me siento. ¿Por qué habría de meterse el monarca a favorecer «la gobernabilidad»? ¿No se suponía que lo suyo es ceñirse a las cosas de reinar, sin entrar en las de gobernar? Y, para empezar: ¿qué es eso de «la gobernabilidad»? Colijo del contexto -no tengo otro remedio, dado que el palabro no figura en ningún diccionario- que «contribuir a la gobernabilidad» es una forma retorcida de decir «facilitar la gobernación». De ser así, ¿qué pinta el Rey pidiéndole a Aznar que dé facilidades a González para que éste pueda gobernar con más comodidad? Aznar ha afirmado repetidamente que, en su criterio, la política de González nos lleva al desastre. En esas condiciones, solicitar de él que rebaje la energía de su labor opositora equivaldría a pedirle que favorezca el desastre. ¿Entra dentro de las atribuciones reales la de convencer a Aznar de que cambie de política? No sé; a mí todo esto me parece muy raro.

«El Rey tiene el deber de ejercer su función arbitral», me dice mi amigo Gervasio Guzmán, en plan solemne. Hombre, sí y no. Hay algunas materias en las que está previsto que ejerza de árbitro. Pero no puede dedicarse a mediar para aplacar todas las disputas. De lo contrario, su vida sería un lío. Me lo imagino reuniéndose con Benito Floro para pedirle que se entreviste con Johan Cruyff y lleguen a un arreglo, de modo que el Madrid admita no jugar a tope contra el Barça, a condición de que éste se avenga a dejarse meter algún golito. Para mí que su tarea consiste en sentarse en el palco de honor y mirar el partido, sin más. Y, si le cae mejor el Barça que el Madrid, o viceversa, arreglárselas para que no se le note en la cara.

Uno, que ha visto mucho, está dispuesto a creerse casi todo. Pero esta historia del Rey convertido en agente mediador de González, y de Aznar llevado al huerto merced a una entrevista balsámica, me parece muy fuerte, ¿Imposible?, No; tanto como imposible, no, desde luego. Pero sí muy fuerte. Mucho.

Javier Ortiz. El Mundo (13 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de noviembre de 2012.

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1993/11/10 07:00:00 GMT+1

La vía catarral al matrimonio

Hace unos años cometí el error más grave de mi vida: publiqué un libro de crítica del matrimonio.

Debo decir en mi descargo que fue sin querer. Mi intención era escribir un artículo satírico, sin más, y eso es exactamente lo que hice. Pero, una vez terminado, me supo a poco. Así que me puse a redactar lo que pensé que acabaría siendo una serie de artículos. Para cuando me quise dar cuenta ya estaba en el folio 90. Metido en gastos, cogí carrerilla y me planté en el 140. Entonces me di cuenta de lo que había hecho: «iAndá -me dije, pero si he escrito un libro!». Y ya que estaba escrito, lo publiqué.

Para mi desgracia. Y no tanto por el hecho en sí -sea lo que sea un hecho en sí- como porque desde entonces todo el mundo me toma como máximo abanderado de la soltería, cosa que disto de ser.

La culpa hay que achacársela a diversos factores combinados. El primero, que en España se publican muchos libros, pero leerlos, lo que se dice leerlos, los lee muy poca gente. Hay, en cambio, una ingente cantidad de ojeadores de cubiertas. Y como mi libro llevaba por título Matrimonio, maldito matrimonio, fueron legión los que dedujeron que yo estaba radicalmente contra el matrimonio, opinión que, si hubieran leído el libro, se habrían visto obligados a matizar. En segundo lugar, el personal da por supuesto que uno no tiene derecho a variar de ideas con el transcurso del tiempo. Y lo cierto es que cuando escribí aquello yo sólo tenía claras tres o cuatro ideas hostiles a la institución matrimonial. Pero ahora, ni eso.

Por culpa de todo lo cual, cada vez que me topo con algún casado que me mira con aire cómplice y me suelta: «iCuánta razón tienes! ¡Vivir solo es mucho mejor!», no puedo eludir pensamientos en los que los muertos del interfecto no acaban saliendo del todo incólumes.

Debo reconocer que actualmente mi consideración de las virtudes y los defectos del matrimonio varía según factores bastante aleatorios. Por ejemplo, estos días he sufrido un catarro monumental, que me ha tenido recluido en cama. No pueden hacerse ustedes idea cabal de lo deprimente que es estar hecho migas, dedicado a estornudar y sonarse día y noche, y no contar con nadie que te mime. Y tener que abrigarte todas las mañanas para bajar a la farmacia a reponer el stock de medicamentos, porque no hay nadie que lo haga por ti. Y verte obligado a levantarte del lecho del dolor para hacer tú mismo el zumito y el caldito de rigor. Les aseguro que en esos momentos tan desagradables uno lamenta hasta lo infinito no estar casado.

Habrá quien piense que ésta es una añoranza del matrimonio un tanto arrastrada, ajena al amor. Pero es la más sólida que se me ocurre. Porque para amar no hace falta en absoluto estar casado. A cambio, resulta ideal para pasar un catarro en condiciones aceptables.

Javier Ortiz. El Mundo (10 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de noviembre de 2012.

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1993/11/06 07:00:00 GMT+1

El apoyo de Fidel

Fidel Castro ha dicho a la consejera de Comercio del Gobierno vasco, Rosa Díez, que en vísperas de las recientes elecciones españolas él estuvo a punto de pedir el voto a favor de Aznar, con la esperanza de que, dada la mala imagen que tiene por estos pagos, eso aportara ayuda a Felipe González.

La afirmación me ha sumido en un profundo estupor. Porque, si nos atenemos a su propia lógica, él no debería reconocer públicamente que pensó en ayudar a González: eso perjudicaría a su defendido. Más concretamente: si Castro cree lo que Rosa Díez asegura que le ha dicho, el único modo eficaz que tendría de apoyar a González es no admitiendo que quiere hacerlo. Con lo que hemos de llegar a la conclusión de que, al exhibir ahora su simpatía por González, Castro demuestra que su verdadero deseo es perjudicarlo. O sea, que quiere apoyar a Aznar.

Descartada la posibilidad de que Castro estuviera de guasa y a Rosa Díez se le pasara el detalle, parece forzoso preguntarse por las razones que han podido llevar al mítico comandante a cambiar su actitud hacia Felipe González de modo aparentemente tan radical.

Así de entrada, se me ocurren dos hipótesis. La primera es que, en los sinceros esfuerzos que realiza para ir adaptándose paulatinamente a los hábitos de las democracias occidentales -que la propia Rosa Díez afirma haber constatado en persona-, Fidel Castro se haya dado cuenta ya de que lo que se dice en época electoral no tiene por qué coincidir para nada con lo que se hace una vez pasadas las elecciones. Esto explicaría que callara en junio lo que reconoce ahora. Tomadas sus palabras en clave occidental -por emplear la jerigonza de nuestros políticos cursis-, se podría deducir de ellas cualquier cosa: que Castro apoyaba a Felipe González y le sigue apoyando, o que le apoyaba antes pero ahora ya no, o que no le ha apoyado nunca. O sea: daría igual lo que dijera.

Pero no hay que descartar que Fidel Castro se haya enojado de verdad con González y que su declaración de simpatía de ahora sea un método pérfido de vengarse de él. Recuerden ustedes que el presidente español envió el verano pasado a Carlos Solchaga a Cuba para que formulara un diagnóstico de la situación económica de la isla. Imagínense por un momento que el Gobierno cubano se tomara en serio el dictamen de Solchaga. O, aún peor: que, por pura ignorancia de las facultades depredadoras del personaje, llegara a aplicar alguna de sus recomendaciones. ¿Qué de especial tendría que después de semejante atrocidad Castro deseara el total hundimiento de González?

Pero también en esto el viejo comandante evidenciaría su total alejamiento de la realidad. Porque, mientras él sigue especulando con la oposición González-Aznar para ver a cual de los dos perjudicar con su apoyo, ellos ya han tomado la decisión de aunar sus fuerzas para perjudicarse solos.

Javier Ortiz. El Mundo (6 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de noviembre de 2010.

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1993/11/03 07:00:00 GMT+1

Aburrimiento

Siempre me ha interesado la política. Ya de niño -porque yo también fui niño, no se crean- sentía pasión por conocer lo que pasaba en el mundo. Recuerdo que seguía con mucho entusiasmo las noticias sobre Corea y Cuba. Mis simpatías políticas eran a la sazón un tanto eclécticas y admiraba por igual al general Douglas MacArthur y a Fidel Castro (algo que, de haberlo sabido, es improbable que hubiera hecho las delicias de ninguno de los dos). Llegado a la adolescencia, dejé de lado el eclecticismo -de manera un tanto excesiva, a decir verdad- y dí en pensar que todos los MacArthur del universo eran unos perfectos asesinos y todos los Castro del mundo, por el contrario, unos benditos. Y aunque con el paso de los años fuera alterando parcialmente mi modo de pensar -seguía viendo asesinos por todas partes, pero cada vez encontraba menos benditos- mi pasión por la política se mantuvo incólume: venga a labrar mi ruina comprando libros y más libros, venga a leer diarios y revistas, venga a escuchar la radio. Y en ésas he seguido.

Hasta hace poco. Les cuento. Una buena mañana, hace unos meses, cuando me estaba afeitando con la inseparable compañía de las noticias, me di cuenta de una cosa insólita: ¡me había distraido! ¡Estaba pensando en otra cosa! El incidente me dejó, como se pueden imaginar ustedes, bastante preocupado.

Días después, se me manifestó idéntico síntoma, pero de modo aún más agudo: me apercibí de que... ¡ni siquiera había encendido la radio! Mi alarma se convirtió ya en pura consternación cuando, una semana más tarde, un día festivo, avanzada la jornada, comprobé -vergüenza me da decirlo- que... ¡no había comprado los periódicos!

Llegado a ese punto, corrí a la consulta de Gervasio Guzmán, mi amigo médico. «Tiene que ser un problema de vitaminas -le dije-. Fósforo, quizá». Gervasio, con una sonrisita que no supe a cuento de qué venía, mandó que me hicieran un montón de análisis.

Cuando sus colegas se hartaron ya de pincharme y le dieron los resultados de su macrorrepaso, me citó. «Mira -soltó Gervasio-. He aprovechado tu alarma para hacerte un chequeo porque, si no, contigo no hay manera. Pero tu problema con las noticias no tiene nada de clínico. En mi criterio, si cada vez te interesas menos por la política es por una simple razón: porque cada vez es más aburrida».

Abandoné su consulta perplejo. ¿Y si tuviera razón? A partir de entonces, me he dedicado a mirar la actualidad política desde esa perspectiva. Y he constatado: a) que en el mundo ocurren muchas cosas, pero ninguna que anuncie una transformación profunda, nada que nos anime a encarar el futuro con entusiasmo; y b) que, de Major a Clinton, de Menem a Yeltsin, de Kohl a González, la carnada actual de políticos gobernantes es la más mediocre de lo que va de siglo.

Sumen a) y b) y obtendrán la fórmula del perfecto aburrimiento.

Javier Ortiz. El Mundo (3 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 10 de noviembre de 2011.

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1993/11/02 07:00:00 GMT+1

Día de difuntos y de Maastricht

En España se ha montado este año un lío terrible entre el Día de los Difuntos y la Unión Europea. Europa y los muertos han tenido que hacer, como aquel que dice, cambio de pareja: el Tratado de Maastricht entraba en vigor ayer, pero como aquí era fiesta, hubo que dejar la cosa para hoy. Por su parte, el Día de los Difuntos debía celebrarse hoy, pero como ayer era fiesta local, la gente aprovechó para irse de cementerios, adelantando en 24 horas el homenaje a sus muertos.

El resultado es que España ha acabado acudiendo al punto de encuentro de la Unión Europea enarbolando un fantástico montón de crisantemos y de coronas, no precisamente danesas. De esta extraña guisa, mientras los demás europeos dedicaban la jornada de ayer a hacer sesudas reflexiones sobre lo problemático de la unidad monetaria y otros asuntos conexos de no menor enjundia, nosotros sólo teníamos oídos para versos como los del poeta: «Caminante que pasas: silencio./ Aquí hubo un pueblo./ Respeta el cementerio.» Y en tanto los políticos de allende el Pirineo no paraban de perorar sobre la construcción comunitaria y otros «retos del futuro» -porque ahora el futuro ya no espera: reta, nosotros estábamos, como cada año, enfrascados en los ripios de don José Zorrilla: «¿Adónde váis, comendador?», «Imbécil, tras de mi honor», etc.

Así que, ya digo, nosotros lo de Maastricht nos lo hemos montado en plan de difuntos. Lo cual a mí, al menos, me parece muy bien. Y muy simbólico. Porque, si Felipe González decidió lanzarnos por los toboganes de la unión europea a tumba abierta, ¿qué mejor ofrenda floral para llevar a la celebración que unos ramos de crisantemos y algunas coronas de muerto?

Ahora todo es cosa de esperar a que sobre nuestra tumba abierta caiga la lápida de rigor. Es fácil imaginar la leyenda que cincelarán sobre ella: «Aquí yace España, tierra expo-olímpica, de gran modernidad y modélico impulso democrático». No lo duden: todos los expertos del FMI, la OCDE y el Ecofin certificarán entonces que este país murió sanísimo. Y nos felicitarán por haber hecho exactamente lo que había que hacer, sin temer a los sacrificios.

Javier Ortiz. El Mundo (2 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de noviembre de 2012.

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1993/10/30 07:00:00 GMT+1

La puta y el viejo

Leo que el líder del Bloque Nacionalista Galego, Xosé Manuel Beiras, dijo en un mitin electoral que el PP de Galicia es «el partido de la puta y el viejo». Lo del viejo se ve que iba por Manuel Fraga. Lo de la puta, por Karina Fálagan, ardiente fraguista que acaba de dejar el PP, harta de que su partido no la defienda cuando la llaman «puta».

Y es que Karina Fálagan ha sido calificada de «puta» por individuos de casi todos los partidos asentados en la tierra de Enríquez y Castelao. Se ve que hay una gran unanimidad al respecto. Ella les contesta una y otra vez reclamando que declaren cuándo tuvieron relaciones sexuales con ella y cuánto pagaron por la cosa. Ninguno responde. Lo que no les impide seguir llamándola «puta» un día sí y otro también.

¿Por qué consideran todos esos personajes que la señora Fálagan es puta? Algunos afirman que es porque hay quien dice que parece que puede ser que es posible que regente un negocio de prostitución en Vigo. Pero ese argumento no es razonable. A las mujeres que se dedican a esos menesteres laborales la lengua castellana les aplica otros sustantivos: alcahueta, celestina... Porque, como los gallegos saben bien, no es lo mismo trabajar de marinero que ganarse el sustento como armador de buques.

No; la verdad hay que buscarla en otras zonas. Mucho me temo que, si a doña Karina la llaman «puta», es por la total soltura con que reivindica la «autonomía del conejo», es decir, el libérrimo uso y disfrute de la sexualidad, cuyo órgano básico es -y ahí sí que hombres y mujeres somos iguales- el cerebro, o sea, esa parte del cuerpo que quienes la califican de «puta» demuestran tener lastimosamente atrofiada. Lo cual, que le ocurra a don Victorino Núñez, presidente pepeísta de la Cámara gallega, o a doña Rosa Minguélez, militante del PSOE, me parece que está en el orden mismo de las cosas. Pero que le suceda también a Xosé Manuel Beiras, prohombre del BNG y aspirante a alternativa real, me decepciona y me da lástima.

Beiras no se limitó a calificar de «puta» a doña Karina. También se mofó de Fraga llamándolo «viejo». Con lo que mi cabreo alcanza ya cotas de difícil acceso. ¡Como si Fraga tuviera pocos flancos débiles y fuera necesario apelar a una de las pocas cosas de las que no es culpable: su fecha de nacimiento!

A veces, una sola frase encierra más ideología que mil discursos. Referirse en tono despectivo a la ancianidad de un hombre, por lo demás criticabilísimo, o vejar a una mujer llamándola «puta» porque es de costumbres libres, ofrece un retrato a la vez amplio y penoso de lo que Beiras oculta bajo su frondosa pelambrera a la Moustaki.

Ya empecé a sospechar que había algo raro bajo ella cuando se declaró dispuesto a formar gobierno con el PSG-PSOE. Alguien que cree que el PSOE es de izquierdas está ya en condiciones de reírse de los viejos y las putas.

Javier Ortiz. El Mundo (30 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 4 de noviembre de 2010.

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1993/10/27 07:00:00 GMT+2

González contra el nominalismo

Dice Felipe González que no quiere que el PSOE se estanque en un «debate nominalista». Bueno, pues lo tiene chupado. No veo yo a «renovadores» y «guerristas» disputando agriamente sobre el valor representativo de lo esencial supraindividual, clave de la filosofía nominalista. La verdad: por más esfuerzos que hago, no me imagino a Serra o a Solana en el programa de Mercedes Milá -que es a los «renovadores» lo que El Socialista es al guerrismo- fijando ante el gran público sus diferencias con respecto a los postulados de Boecio, monsieur De Compiègne, Ockham o Biel, nominalistas de pro.

Hay quien sostiene la hipótesis de que González dijo «nominalista» como podía haber dicho «impulso democrático». O sea, por decir algo. Yo creo que no. Del contexto de sus palabras deduzco que lo que quería era pedir a sus seguidores que no sigan tratando de definir qué es ser «renovador». Loable demanda que demuestra que, si otras cosas no, sentido del ridículo sí que tiene, porque los intentos hechos hasta ahora en tal sentido por sus epígonos han resultado tan infructuosos como chuscos.

Un buen amigo me dice que no le busque cinco pies al gato de las querellas teóricas en el PSOE: «Ahí nadie discute de ideas; cada cual trata de proteger su cargo, sin más». No seré yo quien pretenda lo contrario. Me limito a llamar la atención sobre el hecho de que Alfonso Guerra, puesto a justificar sus posiciones, ha tenido al menos el detalle de fijar una plataforma político-ideológica con pretensiones de coherencia.

Que las cosas que dice ahora no encajen ni poco ni mucho con su biografía es un inconveniente, por supuesto. Pero lo suyo al menos es una doctrina, algo sobre lo que se puede discutir. Lo de sus críticos «renovadores», en cambio, resulta simplemente patético: sacados de cuatro tópicos, modelo «renovarse o morir», no tienen nada que decir.

En términos generales, es casi imposible tener una discusión de principios con quien carece de ellos. ¿Cómo debatir seriamente con una gente que dice que su partido no debe proponerse defender intereses «sectoriales» sino asumir «el interés nacional», cuando cuatro días antes, para dar la cara por el Tratado de Maastricht, nos habían asegurado que «hoy ya no puede hablarse de intereses nacionales»? ¿Qué clase de Guadiana argumental son esos «intereses nacionales» que asoman o desaparecen según le conviene al charlatán de turno?

De lo que dice Guerra se puede discrepar. En realidad, se puede y se debe. De lo que dicen González, Serra, Solana, Chaves y demás Bonos cuando se ponen en plan teórico, no vale la pena ni hablar: es trabajo inútil. Porque lo suyo no son teorías, sino coartadas. Y se les da una higa que lo que dijeron ayer se contradiga con lo que aseguran hoy, porque en realidad piensan decir otra cosa mañana. Que en eso de mentir -reconozcámoslo- sí que son la mar de renovadores.

Javier Ortiz. El Mundo (27 de octubre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 301 de octubre de 2011.

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