Los amigos y amigas de Bizitzeko me han pedido que acuda a Bilbao para discutir sobre leyes y drogas. Aprovecho para acercarme a San Sebastián, mi pueblo natal. Escribo estas líneas, próxima la hora del mediodía, en un mirador del monte Ulía, desde el que se goza de una panorámica casi completa de la ciudad: mi barrio en primer plano, con la playa agitada por un enfurecido oleaje, algunos chavales haciendo surf; algo más al fondo, el estrecho Paseo Nuevo, azotado por el mar; la Parte Vieja y el breve monte Urgull, con su estrafalario Sagrado Corazón en la cumbre; La Concha, Ondarreta, Igeldo... Ayer llovió, hoy el cielo ha amanecido sin nubes y el sol hace brillar el verde intenso de los montes, salpicado por los tenues ocres del otoño que se muere.
San Sebastián es una droga. Lo es para mí, por lo menos. Tiene un efecto potenciador. Si acudo a esta ciudad con el ánimo alegre, me lo exalta hasta la euforia. Si triste, me hunde en la peor de las melancolías. Si estoy contento, sólo tengo ojos para sus encantos, para la simpatía de la gente, para esa fantástica calidad de vida que tanto sorprende a quienes llegan aquí pensando que han puesto sus pies en la capital del atentado, del secuestro y los tiros. Si me siento abatido, en cambio, la cordialidad me parece frivolidad, los chavales del surf, unos pijos completos, y la calidad de vida, el resultado de haber expulsado al extrarradio hasta la más mínima huella de fábrica, en clara demostración de repulsivo clasismo insolidario.
Como todas las drogas, San Sebastián no es, en sí misma, ni buena ni mala. Todo depende de quien la consume, del ánimo con que lo hace, de la dosis y de la frecuencia. Claro que las drogas tienen capacidad destructiva. Pero sólo se destruye quien, por deseo consciente o inconsciente, quiere hacerlo. Por lo demás, cada cual es libre de autodestruirse, si lo hace sin molestar a nadie. «El vino es un veneno lento, y yo no tengo prisa», se leía en los muros de algunas viejas tabernas. La gran ventaja del vino es que, con unos pocos duros, puede conseguirse en cualquier parte -aquí, en San Sebastián, cada veinte metros- y que, si está adulterado más de lo químicamente tolerable, quien lo vende se la carga. En cambio, las drogas ilegales están controladas por negras mafias clandestinas que las trafican a su guisa y las venden a precios exorbitantes, lo que obliga a sus consumidores a disponer de sumas de dinero de las que muy a menudo carecen.
Yo, que soy un antiguo, cuando no puedo soportar la realidad que me rodea -o la mía misma-, huyo, en busca de la alegría y la paz que me faltan, de la mano de las viejas drogas de siempre: el tabaco, el vino... y San Sebastián, esta vieja coqueta a la que hoy el tibio sol de invierno ha vestido de fiesta. Otros se acostumbraron a escapar con la ayuda de drogas más caras y más difíciles de encontrar.
No seré yo quien se lo reproche.
Javier Ortiz. El Mundo (15 de diciembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 18 de diciembre de 2010.
Ha llegado la moda de los portavoces. De un tiempo a esta parte, todo el mundo que se precia tiene un portavoz. Un portavoz, en épocas normales, corre el peligro de servir para muy poco -recuérdese la espléndida nulidad de doña Rosa Conde-, pero cobra una enorme importancia en caso de desgracia. Nos lo han demostrado hace muy poco las familias de Julio Iglesias Zamora -jamás segundo apellido fue tan necesario- y la del empresario ilicitano Manuel López Bailén, fallecido en trágicas circunstancias en Argelia. Ambas han evidenciado que hoy en día es imprescindible tener un portavoz, para no incurrir en esa práctica de tan mal gusto que consiste en hacer declaraciones personalmente, como si uno fuera hijo de Pablo Escobar.
Me llama por teléfono mi amigo Gervasio Guzmán:
-¿Es verdad que te has hecho una herida en la nariz pegándote contra una chimenea? Pero, hombre, ¿dónde tenías la cabeza?
En condiciones normales le habría contestado la verdad: o sea, que la cabeza la tenía justo debajo de la chimenea, y que por eso me pegué contra ella al levantarme. Pero no quiero parecer un antiguo. Así que le respondo:
-No tengo nada que declarar. Habla con mi portavoz-. Y cuelgo.
Cuando pensé en hacerme con un portavoz, se me plantearon dos problemas. El primero que, a lo que parece, un requisito para tener portavoz es constituir una familia. Y yo no soy una familia. No cabe llamar familia a un único individuo, y menos si mide sólo 1,68. Segunda dificultad: imaginé que mis magros recursos económicos no me darían para semejante lujo. Porque me suponía que -aunque de eso no se suela hablar, por obvias razones de tacto- hacerse con un portavoz saldría por un ojo de la cara.
Pero qué va. El asunto se me ha resuelto sin la menor dificultad, gracias a las nuevas modalidades de contratación decretadas por el Gobierno. Me he hecho con un aprendiz de 39 años a precio de saldo y lo he nombrado portavoz plenipotenciario. Es un chollo: No tengo que pagar Seguridad Social por él y puedo despedirlo, incluso colectivamente, en cuanto quiera.
Me queda cumplir con la tercera condición: la de padecer una gran desgracia que despierte el interés colectivo, tipo secuestro o asesinato. Estoy en ello. Pero, en el ínterin, hago que mi portavoz particular se vaya entrenando con las pequeñas miserias de cada día, que suscitan alguna atención, así sea mínima, entre mis próximos.
Vuelve a sonar el teléfono:
-Hola, Javier: ¿cómo te va la preparación de la cena?
-Habla usted con su portavoz. Al señor Ortiz se le han pegado las lentejas. No habrá ningún nuevo comunicado hasta mañana a las 10.
Tiene razón el Gobierno. Está abriendo la mar de posibilidades de nuevos empleos. Ya ven: incluso a mí me ha convertido en empresario.
Javier Ortiz. El Mundo (11 de diciembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 13 de enero de 2013.
Me llama mi buen amigo Gervasio Guzmán, que ha viajado a los USA siguiendo los pasos del jefe de Gobierno. Está que trina:
"iOye, ese tío está gagá! En el discurso del lunes en la embajada se metió en un jardín absurdo y, cuando se dio cuenta de que estaba haciendo el ridículo, ordenó que las cámaras dejaran de rodar y que se cortaran los micrófonos. Pero ¿quien se habrá creído que es?"
Trato de explicar a Gervasio que Felipe González es sólo un loco que se cree Felipe González.
Es tal cual. Cuando un personaje público se olvida de sus limitaciones y debilidades y empieza a verse tan importante y todopoderoso como otros aseguran que es, cruza el puente que lleva hacia los bosques sombríos de la psicopatología. Hace tiempo ya que González prefiere no darse cuenta de que si lleva once años de jefe de Gobierno no es porque él sea un hombre genial sino, pura y simplemente, porque los otros candidatos son aún más mediocres que él. Ha confundido su especialización en dar el pego, tan celtibérica ella, con virtudes excelsas de estadista. Y ahora se piensa que es todo un rutilante líder mundial. Cada mañana, cuando se mira en el espejo del baño con la espuma de afeitar en la mano, se dice a sí mismo: «He aquí la gran figura española del siglo XX». Lo que lo convierte en un peligro público. Porque ahora es ya rehén de sus delirios de grandeza. Está tan convencido de su genialidad que reprime todo asomo de duda: si las cosas van mal, o es culpa de las cosas o es culpa de que la gente no entiende que debe hacer sólo lo que él dice que debe hacer, i prou.
Quienes se han entrevistado con él recientemente aseguran que se le nota melancólico. Es obvio que se considera incomprendido. ¡Él, que lo ha dado todo por España, y España, la ingrata, en vez de recompensarlo sintiéndose feliz y agradecida, no para de quejarse! ¡Y esa Prensa miserable, envenenadora de espíritus cautos y jaleadora de rencores mezquinos!
Mi amigo Gervasio asegura, en lenguaje coloquial, que González «está gagá». Es un modo de decirlo. Un diagnóstico más preciso nos obligaría a hablar de megalomanía paranoide. Nuestro jefe de Gobierno presenta todos los síntomas: la hipervaloración del propio ego, la desconfianza y la susceptibilidad agudas, el sentimiento de injusta y permanente persecución...
La paranoia es muy frecuente entre los líderes políticos. La gran ventaja de la democracia es que no permite a los paranoicos expresar todas sus potencialidades. Pueden decir a sus Eligios que muerdan. Pueden ordenar que desconecten unos cuantos micrófonos. Pero no pueden condenarlo a uno a darse un garbeo por el horno crematorio más próximo ni deportarlo a Siberia de por vida.
Y es que nos quejamos de vicio.
Javier Ortiz. El Mundo (8 de diciembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 8 de diciembre de 2011.
La coordinación del proyecto de EL MUNDO 100 propuestas para la regeneración de España, con los innumerables debates y consultas a expertos que implicó, me puso hace unos meses ante la evidencia de que la Constitución Española necesita un revoco de fachada. No tanto para conseguir que se ajuste a la realidad política, económica y social de nuestro tiempo –lo que probablemente llevaría a incluir en ella artículos tan sinceros como disparatados, del tipo «No todo español tiene derecho a una vivienda digna», o bien «No todo español tiene derecho al trabajo»–, como para conseguir que deje de ser un obstáculo para la realización de cosas positivas, que pueden y deben ser hechas, pero que el texto actual de la Constitución las impide.
¿A qué me refiero?
En primer y muy principal lugar, a la reorganización de la Administración territorial del Estado. El modelo al que hoy se sujeta la Administración territorial del Estado español, que es el fijado en el Título VIII de la Constitución, fue resultado de las presiones políticas contradictorias existentes en el momento de redactarlo. Se quiso entonces compatibilizar las características propias de un Estado fuertemente centralista, para no contrariar a los llamados «poderes fácticos» , con un marco de amplias posibilidades de desarrollo autonómico, destinado a calmar a los nacionalismos periféricos más pujantes. El desarrollo de ese modelo ha dado lugar a un tipo de Administración embarullado, ineficaz, que propicia la duplicación de tareas entre la Administración central y las autónomas y que es, sobre todo, carísimo.
El texto constitucional es, a este respecto, notoriamente contradictorio. Incluso en los términos de que se sirve. El artículo 1 habla de la «nación española» y afirma enfáticamente que «la soberanía nacional reside en el pueblo español», pero el 2 se refiere a «las nacionalidades y regiones» y al 46 no le incomoda tomar como base a «los pueblos de España». Si son varios, ¿por qué no gozan de soberanía sino cuando se los junta?
Personalmente, tengo una idea bastante clara de cómo debería ser reformada la Constitución –y la organización política del Estado– en este aspecto. Entiendo que es un disparate anti-democrático hablar de «la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible» (art. 2) –lo que supone una limitación de la soberanía popular– y que es aún más disparatado encargar a las Fuerzas Armadas de asegurar que esa limitación se mantenga de por vida (art. 8). En mi criterio, hoy ampliamente compartido, sería urgente proceder a una reorganización federal del Estado, basada en el principio de Administración única –o sea, que de cada tarea se ocupe o bien la Administración central o bien la autónoma; nunca las dos– y dando al Senado la tarea de articular la representación de cada área territorial federada. Pero la cuestión, ahora, no es tanto decidir cómo se reorganiza la Administración territorial del Estado. Lo que urge es comprender que debe reorganizarse, y cuanto antes. Por razones de justicia y por imperativos del bolsillo colectivo.
Esta es, sin duda alguna, una prioridad innegable. Pero, si ya nos metemos a reformar la Constitución, mejor no dejar la tarea a medias. O a tercios. Porque hay más aspectos a los que convendría dar un repaso.
Haré una breve relación de los que más claman:
– Habría que suprimir la posibilidad de que se sentencien con pena de muerte delitos cometidos en tiempo de guerra (art. 15).
– Habría que suprimir las limitaciones al derecho de sindicación de los miembros «de las FFAA, Institutos armados y demás Cuerpos sometidos a disciplina militar» establecidas en el art. 28.
– Habría que suprimir la referencia a los «servicios esenciales» que se hace en el art. 28 cuando se trata del derecho de huelga. Las esencias pintan muy poco en un texto legal. Debería dejarse claro qué servicios son realmente imprescindibles en momentos de huelga.
– Debería suprimirse la enfática proclama del art. 30, que habla de «el derecho y el deber de defender a España». Por muchísimas razones. Daré una, y bien elemental: para que quepa defender a España es requisito previo que alguien la ataque.
– Considero que, por razones de mero buen gusto, estaría bien retirar del art. 35 la referencia a «el deber de trabajar».
– Uno, que es demócrata, llevaría mejor que la Constitución fuera menos impúdica en su defensa de los criterios medievales que parecen destinados a regir la institución monárquica. Por ejemplo: podría ser buena idea no dar preferencia a los hombres sobre las mujeres a la hora de la sucesión. Y eso de que el heredero tenga que conseguir la autorización del Parlamento para casarse... En fin, no sé: un poco todo.
– No estaría mal revisar, aprovechando la reorganización territorial del Estado, el papel que se le asigna a la provincia. En todo el 'Mediterráneo, hace siglos que el personal se considera más identificado con las comarcas que con las provincias.
– Metidos en reformas, estaría bien suprimir del todo la Justicia Militar.
Hay otros retoques que tampoco sobrarían. Por ejemplo, decidir que sea obligatorio convocar los referéndums reclamados por más de medio millón de ciudadanos, y que el resultado de esos referéndums sea vinculante. Y que se limite la necesidad de pedir suplicatorio para procesar a un electo sólo a los casos en que se trate de juzgarlo por actividades vinculadas a su tarea política.
Tengo más notas en mis apuntes.
Algunas incluso de pura redacción. Si se meten a reformar la Constitución, por favor, no dejen de pedir ayuda a los que solemos leerla.
Javier Ortiz. El Mundo (5 de diciembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de enero de 2018.
Como recordaba ayer Umbral, en los 60 y 70 abundaban los llamados «intelectuales comprometidos». (Aclaremos a los más jóvenes que no se trataba de que hubiera muchos intelectuales a punto de casarse: lo del compromiso tenía que ver con la política y, más en concreto, con el antifranquismo).
En aquellos tiempos se llevaba mucho la falacia de que la cultura es de izquierdas, suposición tan estúpida como esa otra según la cual el fascismo carece de sentido del humor: algo que se dice y repite prescindiendo del hecho de que la mayoría de los mejores humoristas de este país, desde Francisco de Quevedo a Enrique Jardiel, con parada en Tip, han sido (o son) de opiniones políticas derechistas.
La cultura, en sí misma, no es ni de izquierdas ni de derechas. Depende del culto que la hace. A lo que sí tiende, en cambio, es al oportunismo, como resultado del hecho de que a la casi totalidad de los intelectuales y artistas, desde tiempo inmemorial, le ha gustado tener éxito y vivir bien. En la época de la decadencia de la dictadura franquista, lo que proporcionaba más éxito -y más pelas- era el antifranquismo. Por eso se estilaba ser «intelectual comprometido». Comprometido ma non troppo: lo suficiente como para tener fama de tal, pero no tanto como para correr el riesgo de acabar en la fría trena, que tampoco era cosa. Luego vino lo que vino, los discursos sobre justicia, libertad, derechos humanos y demás zarandajas fueron considerados un peñazo y la troupe que el pelota de Carrillo llamaba «las fuerzas de la cultura» se fue con la música a otra parte, y el propio Carrillo con ella, en busca del sol que más calienta. Lo encontraron pronto.
Era de temer. En realidad, desde bien poco después de la muerte de Franco, yo mismo, que no me tengo por demasiado intuitivo, empecé a barruntar que ese peregrinaje de los intelectuales hacia los aledaños del Poder podía ser muy fácilmente uno de los muchos tránsitos de la transición. Recuerdo la vuelta del exilio de un célebre escritor, allá por el 76. Se organizó un acto de bienvenida y el buen hombre dirigió a los congregados unas palabras de agradecimiento. Dijo: «Me fui con el puño cerrado y vuelvo con la mano tendida». Alguien a mi lado musitó, un plinto sardónico: «Pues nada, chico; a ver qué te dan».
No era necesario ser Sherlock Holmes, la verdad. Tanta mano de intelectual tendida resultaba muy mosqueante. Aunque el goteo empezó de inmediato, la huida en masa del árido territorio donde habita el espíritu crítico llegó así que el PSOE aparcó en La Moncloa, dando una coartada a los que se habían puesto laca de izquierdas en las uñas de la mano de firmar.
Ahora, el gremio del arte y la literatura vuelve a estar rebosante de intelectuales comprometidos. Y comprometidos de la manera más sólida que cabe: bajo contrato. Pues vale. Por mí, como si les dan a todos el Cervantes.
Javier Ortiz. El Mundo (4 de diciembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 7 de diciembre de 2010.
Como no quiero engañar a nadie -ni falta que hace-, empezaré por dejar claro que estoy totalmente a favor de la huelga general que han anunciado los sindicatos para enero. Prometo que escribiré todos los artículos que sea necesario para defenderla, juro que suscribiré cuantos manifiestos haga falta e, incluso, haré algo que me parece mucho más arrojado y costoso: me reprimiré y no escribiré ni una sola línea ese día. Y, si en este periódico se monta un piquete (informativo, claro está, por razones evidentes) me apuntaré.
O sea, que a tope.
Ya metido en confidencias, les confesaré que estoy decidido a hacer todas esas cosas tan raras y que me apetecen tan poco no sólo porque me oponga a la reforma del mercado de trabajo que el Gobierno se dispone a imponer por decreto, sino también, y sobre todo, porque me indigna el letargo conformista en que se ha sumido este triste país. Me parecería un crimen de lesa rebeldía no apoyar una de las muy escasas protestas colectivas que es posible realizar.
Dicho lo cual, añadiré que no tengo ninguna esperanza en el éxito del evento. Al margen de que este Gobierno sea ya todo un experto en paros generales y sepa muy bien cómo desinflarlos -con servicios mínimos que son máximos y con sus propios y muy enérgicos piquetes de uniforme y porra-, no creo que González se deje conmover ni poco ni mucho por el enfado de la ciudadanía, por amplio y hondo que llegara a demostrarse. Es más, tengo el pleno convencimiento de que al de La Moncloa lo que piense o deje de pensar la ciudadanía le importa una higa: un estadista de su altura no se detiene a considerar las pobres opiniones de la plebe.
Da igual. No me incomoda nada estar entre los perdedores. Lo he hecho toda la vida. Tengo ya tal hábito que, como un día me tocara participar de un éxito trascendental, lo más probable es que me sintiera desplazado, y hasta desazonado.
Pero hay derrotas y derrotas. Las que acepto de buen grado son las que se derivan de la imposibilidad de vencer, o sea, las que se cosechan tras aquellas batallas que uno emprende únicamente porque no combatir equivaldría a resignarse. Ya saben: más vale morir de pie que vivir de rodillas.
Llevo mucho peor, en cambio, las derrotas cosechadas cuando se pelea sólo porque se ha descubierto que, perdida ya toda posibilidad de seguir viviendo de rodillas, ya no queda sino elegir entre morir de pie... o morir de rodillas.
Desde los Pactos de La Moncloa hasta casi ayer, CCOO y UGT, mohines aparte, han dado continua muestra de su mansedumbre casi vocacional. De pacto en pacto, han cedido terreno. Tanto, que ahora se encuentran por delante con una espada que les apunta al corazón, y por detrás, con un abismo. Por eso se disponen a pelear.
Bueno, pues iré a la huelga y estaré de su lado. Pero sólo porque no soporto al de la espada.
Javier Ortiz. El Mundo (1 de diciembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de enero de 2013.
Escribí este artículo para la revista Archipiélago en 1993. Lo reproduje dos años más tarde en mi libro Jamaica o Muerte, en el que incluí algunas conferencias, ensayos, artículos y cosas sueltas. Estaba convencido de que lo había retomado también para este espacio de la Red pero, al solicitármelo como material de consulta una persona que está haciendo un trabajo académico al respecto, me di cuenta de que lo había dejado en el olvido. Así que lo rescato. Ahora que vuelve a hablarse de la necesidad de sacar adelante alguna revista o periódico alternativo de amplia difusión, quizá las reflexiones que aquí se incluyen no sobren del todo.
No participé en la gestación del proyecto de Liberación. En realidad, yo no formaba parte de ninguna de las «familias» que lo pusieron en marcha. Con Liberación me pasó lo mismo que años después me ocurriría con El Mundo: que llegué cuando ya casi todo estaba decidido, a un tiro de piedra de la salida a la calle del diario y sin conocer a casi ninguno de los promotores de la aventura. Recuerdo que por aquella poca yo circulaba por la vida con un ojo tapado, a lo Moshé Dayán, fruto del hábil autolanzamiento de un chorro de tricloretileno a la retina del órgano en cuestión. Doy cuenta de ello porque, consideradas las cosas a distancia y con cierto sentido del humor, lo disminuido de mi visión puede ayudarme a justificar lo poco que me enteré de los sucesivos mares de fondo que agitaron aquella empresa. Pero no hay mal que por bien no venga: gracias a esa semi ceguera mía, actué entonces más libre y desprejuiciadamente. Y también gracias a ella puedo ahora analizar lo que ocurrió sin entrar ni salir en la disección de unas conspiraciones de las que supe poco en su momento -así el rocambolesco episodio del viaje de dos directivos del periódico a Libia en solicitud de dinero, viaje del que no me enteré hasta mucho después de cerrado el diario-, que, hechas las cuentas, no me parecen esenciales para la comprensión de lo ocurrido.
Las líneas que siguen aspiran a ser un balance crítico de aquella experiencia, frustrada y frustrante, realizado a la luz no tanto de lo que entonces vi claro -que fue muy poco, como he dejado dicho-, sino de lo que luego, con más serenidad y conocimiento de materia, he podido concluir.
Liberación salió mal porque no podía salir bien. Estaba mal concebido. (Nota bene: me ahorraré a partir de ahora, y ahorraré a los lectores y lectoras expresiones tales como «en mi opinión», «a mi juicio», «según creo», etc. Por supuesto que lo que expreso es mi punto de vista. ¿El de quién, si no?)
Liberación, digo, estaba mal planteado en lo fundamental. Su primer gran error, y aquel que en último término acabó por ser el definitivo, radicó en su estructura empresarial. La estructura empresarial de Liberación fue errónea, tanto cuantitativa como cualitativamente.
Cuantitativamente, porque fue penosamente rudimentaria. Tal como me tocó escribir en el editorial del último número, quisimos meternos a combatir en un mundo de piratas con una pobre barquichuela y sin contar con casi nadie que supiera de las (malas) artes de la piratería. De todas las piraterías del ramo.
Tratábamos de asentarnos en el mercado llegando a vender unos 30.000 ejemplares. Ésa fue también, por sobre poco más o menos, la primera intención de El Mundo. Pues bien, cualquier intento de comparar la estructura empresarial con que El Mundo inició su andadura y la que puso en pie Liberación produce sonrojo.
Con tan pobres pertrechos es sencillamente imposible que una empresa funcione. Y pronto pudimos comprobarlo.
Podría objetarse que la escasa estructura empresarial no fue sino el resultado del poco capital con el que se contaba. Pero eso no es cierto. Sí lo es, por supuesto, que había muy poco dinero. Lo erróneo es pretender que fuera la escasez de capital la razón fundamental de la enorme debilidad del tinglado empresarial.
Sencillamente, se prefirió dedicar el poco dinero que había a otras cosas.
Un periódico no puede sobrevivir -entonces lo intuí, ahora lo sé- si no cuenta con una administración eficaz y rigurosa, si no tiene un departamento de publicidad potente, experto, imaginativo y tenaz, si no posee medios de impresión fiables -en los dos sentidos de la palabra: que impriman correctamente y que estén en manos de gente que quiera realmente ayudarte-, y si no integra un departamento de distribución capaz de hacer llegar el diario a los puntos de venta a la hora adecuada y de controlar las ventas que realmente se producen.
Liberación no tuvo nada de eso.
La administración de Liberación fue un desastre. Estaba condenada a serlo, al margen de habilidades o torpezas personales. Le condenaba a ello su propia concepción de lo que debía ser como empresa, esto es, su modo de concebir el cooperativismo, como fruto del igualitarismo absoluto y del asambleísmo.
El igualitarismo absoluto tuvo su principal reflejo en la decisión de que en la cooperativa de Liberacióntodo el mundo ganara lo mismo. No tiene sentido que en un periódico gane lo mismo el director que el chaval de los recados, el redactor-jefe que el redactor de base, el documentalista que el fotógrafo. Por una razón aplastantemente elemental: porque en una economía de mercado esos trabajos no valen lo mismo. Y se puede estar en contra de la economía de mercado, pero no basta con que a uno algo no le guste para que deje de existir y de operar. Dentro de una economía capitalista, las leyes del mercado funcionan con independencia de nuestra voluntad. No se puede instalar una empresa comunista en un mercado capitalista.
No es un problema teórico. Es extremadamente práctico. Para conseguir que un buen fotógrafo, un buen reportero, un buen plublicitario o un buen diseñador prefiera tu empresa a otra de la competencia, te ves obligado a pagarle bien. No necesariamente mejor: puede haber otros estímulos, de tipo ideológico. Pero tienes que pagarle a un precio semejante al que su trabajo tiene en el mercado. Pero, si has establecido el principio de que todo el mundo debe ganar lo mismo, eso hace obligatorio pagar a quien se encarga de atender el teléfono o a quien hace de recadista unos sueldos disparatados.
125.000 pesetas mensuales, que fue la cantidad que se señaló para todos los miembros de la cooperativa de Liberación, representaban en 1984 un sueldo muy digno, pero razonable, para un buen periodista. Para un periodista recién estrenado, para un montador o para un laborante de fotografía, eran una barbaridad empresarial: por ese precio se podía contratar a dos. Además, y como ya dije entonces: si haciendo de redactor de base alguien gana lo mismo que si ocupa un lugar en el staff de dirección, ¿qué razón le puede llevar a aceptar las mayores responsabilidades y el mayor trabajo que entraña asumir un cargo? ¿Cómo distinguir el voluntarismo político de la ambición y las ganas de figurar? Parece obvio que una situación como ésa era a la larga insostenible.
En Liberación lo fue a la corta. Porque pronto nos dimos cuenta de que el núcleo inicial de trabajadores era insuficiente para las necesidades del periódico, que necesitábamos más gente, pero que no teníamos dinero para pagar a esa gente lo mismo que cobrábamos los que estábamos. Así que empezó a contratarse personal a precio de mercado, creando dos categorías internas no en función del trabajo desarrollado, sino en función de que fueran cooperativistas o no. Con lo que, tratando de huir de la injusticia capitalista, se fue a caer de bruces en otra injusticia, que tenía los inconvenientes de la capitalista, pero no sus ventajas. Al cabo de un cierto tiempo, y a la vista del poco boyante desarrollo del periódico -ya se sabe que las desgracias tienen una poderosa tendencia a juntarse-, algunos no-cooperativistas empezaron a reclamar, y lo hicieron de modo cada vez más intempestivo. Hubo intentos de convencerles de que la elección que se les presentaba no era ganar 80.000 o 125.000 pesetas, sino cobrar eso o que todo el tinglado se fuera al garete. Pero ya estaban tan encantados de hacer sindicalismo reivindicativo contra una pandilla de rojos -alguno de ellos no caracterizados por la cortesía de sus modales, todo sea dicho- que prefirieron arriesgarse a hundir el invento. Un invento que, de todos modos, ya se encargaba muy bien de hundirse solo, sin necesidad de ayuda.
El asambleísmo es otro supuesto totalmente erróneo para el funcionamiento interno de un diario. Por supuesto que no tengo nada en contra de que se celebren asambleas de todos los trabajadores cada tanto para examinar la marcha general de las cosas y los problemas que cada cual desee exponer a la consideración general. Lo que no es aceptable es que el asambleísmo interfiera en el funcionamiento cotidiano. Un diario es una empresa extremadamente compleja y difícil, doble o triplemente cuando se hace con enorme escasez de medios. Su principio supremo sólo puede ser uno: el periódico tiene que salir todos los días a su hora. Para atender esa urgencia hace falta contar con una estructura de mando clara y terminante. Es necesario saber quién está encargado de cada cosa, quién decide cómo se hace y quién la hace. Todo puede discutirse, pero no es posible dedicar a las discusiones sino un tiempo limitado, pasado el cual tiene que estar claro quién toma la responsabilidad de lo que se pone en práctica. Dicho abreviadamente: tiene que estar claro quién manda. Si manda mal, se le critica al día siguiente. Y si insiste en mandar mal, se le reemplaza y se pone a otra persona en su lugar. Pero no es aceptable convocar una asamblea para discutir un título de portada, porque mientras se discute no se hace, y lo importante, llegada cierta hora, es que se haga. En Liberación había un verdadero vicio por las asambleas. Había demasiada gente a la que le encantaba discutir. Mucho más que trabajar.
Recuerdo que cuando, después de semanas de trabajo agotador, de discusiones interminables y de tensión emocional supina, por fin cerró sus puertas el diario, dije a todo aquel que quiso oírme cuál era la primera y principal experiencia que había sacado de lo ocurrido: ««Si alguna vez vuelvo a contribuir a la salida de un diario, exigiré que haya un patrón canalla y explotador, de esos que te obligan a ir a Magistratura para lograr tus derechos. Si el diario ha de ser de izquierdas, que se note en lo que aparece publicado; no en su funcionamiento interno. Por dentro no quiero ver más experiencias alternativas. Prefiero que parezca un diario como cualquier otro.»
Exageraba un poco, por supuesto. Pero muy poco.
Si la administración interna de Liberación estaba abocada al desastre por su propia concepción -e, insisto, más allá de la mayor o menor competencia profesional de quienes la asumieron-, los otros aspectos que integraban la estructura empresarial del diario no resultaron más lúcidos.
El Departamento de publicidad fue desastroso. Admito que no tenía que ser fácil lograr publicidad para un diario que, amén de mostrar una persistente tendencia a hacer agitación anticapitalista, se vendía poco y entre sectores sociales de poder adquisitivo limitado. Pero el hecho es que los ingresos por publicidad -vitales para la supervivencia de un diario, que vende un producto que normalmente cuesta más de lo que se cobra por él en el kiosco- fueron desesperantemente escasos.
Además, Liberacióncarecía de rotativa propia, como es lógico, habida cuenta del escaso capital con que contaba. Alquiló al principio los servicios de una imprenta que más que una rotativa parecía aportar una maldición: no sólo sus propietarios imponían unos horarios de tirada muy limitados, lo que obligaba a cerrar las ediciones a horas totalmente inconvenientes, sino que, por si lo anterior fuera poco, la máquina imprimía fatal, de modo que por la mañana era difícil saber si uno tenía en sus manos un periódico o un chipirón de papel. En muchas páginas, la rotativa ponía tanto afán en ennegrecer las fotografías, hasta lograr que no se viera qué había en ellas, que luego ya no le quedaba tinta para los textos, que aparecían desvaídos hasta lo ilegible. El efecto era, en conjunto, totalmente deprimente. Luego se cambió de rotativa, pero ya muchos lectores se habían cansado de no poder ejercer de tales y la imagen del periódico se había deteriorado mucho.
Los problemas de producción pueden considerarse particularmente sintomáticos del mal del voluntarismo del que adoleció todo el proyecto. Porque en ese terreno las cosas salieron mal incluso a pesar de contar a su frente con una persona -el director técnico, Eloy Casanova- que era, y supongo seguirá siendo, de un nivel de competencia sólo superable por el de su entrega al trabajo, casi apocalíptica. Sencillamente, con aquellos medios, ni siquiera él podía hacerlo bien.
En fin, la distribución, tal vez para no desentonar, fue también muy deficiente. A algunas localidades el periódico llegaba sólo de vez en cuando; a otras, más afortunadas, se limitaba a llegar a horas desastrosas para la venta. En esas condiciones, tratar de controlar cuánto y dónde se vendía era un lujo imposible. Habría requerido medios de los que carecíamos.
Si desde el punto de vista empresarial Liberación fue una experiencia radicalmente fallida, también desde el ángulo político e ideológico merece una reflexión crítica.
Su fallo primero y más importante hay que situarlo en su propia definición de principios. Liberación se presentaba como un diario «de izquierdas». Personalmente, creo que fue entonces cuando empecé a darme cuenta que declararse «de izquierdas» significa bastante poco. (Recomiendo a este respecto la lectura Dos apuntes contra la izquierda progresista, escritos como artículos de prensa y retomados en mi libro Jamaica o Muerte. En ellos me extiendo sobre este particular).
Liberación presentaba -lo compruebo releyendo la colección- muchos rasgos característicos de aquello que suele identificarse con la izquierda. Publicaba artículos obreristas, internacionalistas, ecologistas, feministas, anticlericales... El problema reside en la coherencia entre ellos. Y en los que no lo eran. En Liberación se juntaron personas procedentes de diferentes tradiciones vinculadas a eso que genéricamente suele llamarse «la izquierda». Había bastantes cooperativistas que participaban de un tronco común anarco-sindicalista, aunque presentaran notables matices distintivos, fruto a menudo de sus diferentes caracteres personales. Otros éramos de querencia/herencia marxista, lo cual no quiere decir que coincidiéramos demasiado; otros eran semi-socialdemócratas, o socialdemócratas de pura cepa, lo supieran o no; los había que preferían no etiquetarse pero eran etiquetados a pesar suyo, en tanto otros se empeñaban en etiquetarse cuando eran en realidad inetiquetables...
El resultado es que cada cual era de su padre y de su madre, y la base común «de izquierda» daba para muy poco. Recuerdo que en aquella época yo estaba particularmente sensibilizado con los planteamientos del ecologismo y el feminismo, razón por la cual daba sistemáticamente la murga con cuanto tuviera que ver con ello. Un día sí y otro también insistía en que habláramos de la campaña a favor del aborto libre y gratuito, de la lucha contra la pesca de ballenas, de las denuncias dirigidas contra la industria nuclear y demás asuntos conexos. Pues bien: me tocó llevarme varios chorreos de mucho cuidado procedentes de quienes consideraban que «la izquierda no debía interesarse por esas mariconadas; que lo suyo era la cosa sindical, recia y viril, o la solidaridad con la URSS. Ocasionalmente podían hacer frente común con la rama socialdemócrata o con la «moderna», que entendían que esas cosas estaban bien, pero que no había que extremarlas.
Políticamente la cosa no estaba tampoco nada clara. ¿Era Liberación un diario anti-gubernamental? Tiende a responderse que sí, como si se tratara de una evidencia. Sin embargo, un repaso a la colección -y el recuerdo de la vida en la Redacción- obligan a matizar bastante ese juicio.
En el momento de salir a la calle el diario, el PSOE estaba a punto de cumplir su segundo año de mandato. Para esas alturas, estaba ya claro qué clase de política era la suya: la mal llamada reconversión» (o sea, el desmantelamiento) industrial estaba en pleno apogeo, el GAL llevaba más de un año de actividad, el ministro Barrionuevo preparaba la Ley Antiterrorista, había saltado el escándalo Flick, González no ocultaba que pensaba mantener al Estado español dentro de la OTAN... Pese a lo cual, una parte sustancial de los miembros de Liberación seguía defendiendo que había que apoyar al PSOE contra «la derecha» y que había que sostener al «ala izquierda» del Gobierno. Recuerdo que un artículo mío contra el ministro de Exteriores -a la sazón Fernando Morán- provocó malestar interno. Simultáneamente, en coincidencia con el segundo aniversario del acceso de González a La Moncloa, se publicaba un largo artículo en el que se defendía la tesis de que el PSOE estaba cometiendo «errores» pero que, comparado con la UCD, lo suyo no tenía ni color, y se ponía a caldo a los diarios que se mostraban más severos con el felipismo.
Las contradicciones internas no sólo se manifestaban a la hora de tomar posición con respecto al Gobierno. Las había también, y de peso, sobre algunas grandes cuestiones internacionales, y sobre los nacionalismos interiores, particularmente el vasco, y a la hora de definir nuestra actitud hacia lo que entonces se llamaban «nuevos movimientos sociales», y con respecto a las diferentes organizaciones sindicales... En no pocos de estos asuntos, la cuestión no es que hubiera diferentes posiciones: es que había auténticas banderías, algunas de ellas teñidas con los tonos sectarios a los que tan aficionada ha sido siempre la izquierda española.
Tiendo a pensar que Liberación era una empresa imposible también desde el punto de vista ideológico y político. En pocos meses se logró que hubiera ya una parte de la Redacción que no se hablaba con la otra más que en lo imprescindible para el trabajo, salvando las alegres lindezas que se soltaban mutuamente en las asambleas. Por supuesto que las dificultades económicas potenciaban los desacuerdos ideológicos y políticos -ya se sabe que cuando el hambre entra por la puerta el amor salta por la ventana-, pero creo que las divergencias ideológicas y políticas tenían suficiente peso específico como para hacer imposible que sus sustentadores siguieran navegando en el mismo barco por mucho tiempo. Tanto más cuanto que algunas personas clave completaban la ensalada con notables dificultades de carácter, mucho más propicias al enconamiento que a la conciliación.
Quisiera decir algo también sobre Liberación como producto periodístico.
En su corta existencia, Liberaciónfue un diario muy irregular. Tenía aspectos relativamente sólidos, junto a otros francamente endebles.
Repasando ahora la colección, me sorprende la solidez relativa de su sección de Internacional: contando con los escasísimos medios con los que contaba, el equipo compuesto por Manolo Revuelta, Joaquín Francés y Ruth McKay hizo un trabajo verdaderamente notable, que no fue suficientemente valorado en su momento.
La sección Nuestro Tema del Día, que dirigía aquella bellísima persona y excelente escritor que fue Daniel Moyano, carecía a menudo de la vivacidad periodística que tenía y sigue teniendo por lo común en su homónima francesa Libération, pero sacó algunos reportajes cuya lectura aún hoy sigue siendo interesante.
La sección de Opinión contó con algunas firmas de primera línea pero, en su conjunto, cuando la repaso ahora, me llama la atención lo escasamente plural que fue. Reparo, sin ir más lejos, en el hecho de que la izquierda tradicional y mayoritaria, vinculada al PCE y a CCOO, quedó casi totalmente excluida de nuestras páginas -cosa que sintonizaba muy bien con las preferencias políticas del responsable de la sección, Antonio Albiñana, y, todo sea dicho, también con las mías, pero que no por ello era menos sectaria-. (En la época me sorprendía la tirria que tenían a Liberación quienes militaban en ese bando. Ahora me la explico perfectamente.)
A la sección de Cultura, que ocupaba un espacio muy amplio para las pocas páginas que tenía el diario, le ocurría tres cuartos de lo mismo: las filias y las fobias de su máximo responsable -que en este caso no conectaban con las mías- la marcaban en exceso.
En Deportes, el pobre Vicente Vallés hizo lo que pudo, teniendo en cuenta que aquél era un periódico en el que las historias deportivas nos las traían al pairo a la mayoría.
La sección de Política, dirigida por Mercedes Arancibia, y lo mismo la de Crónica -que encabezó en sus comienzos Rafael Gómez-Parra, que heredé yo en el último tramo del diario y que englobaba Sociedad, Economía, Laboral, Sucesos y todo lo que le cayera encima- fue fundamentalmente ecléctica. Cada noticia estaba orientada, en la práctica, según el criterio de quien la firmaba, lo cual es indicativo del talante básicamente tolerante -y sé lo que me digo- de Mercedes Arancibia y de Rafa Gómez-Parra... y también de sus dificultades para dar un mínimo de coherencia a equipos a la vez limitados y heteróclitos. Ambas secciones hicieron algunas aportaciones informativas válidas, pero en general bastante tuvieron con aguantar el tipo ante el frenético trantrán de cada día. Hicieron lo que buenamente pudieron: nada, desde luego, que les permitiera competir con los demás diarios editados en Madrid.
Liberación levantó una arriesgada bandera periodística: declaró no creer en el dogma que dicta que la información y la opinión deben estar claramente diferenciados.
Los fundamentos teóricos de ese planteamiento me parecen irreprochables. El modo en que se llevó a la práctica en Liberación, extremadamente insatisfactorio. Por varios motivos.
El primero es que hay redactores cuya opinión carece de interés, por lo cual lo mejor que pueden hacer es soltar los datos que tengan y acabar lo antes posible.
El segundo es que la explicitación de las opiniones del informador, amén de alargar el texto, puede provocar en quien lee la sensación de que le toman por imbécil y que no le creen capaz de extraer sus propias conclusiones.
El tercero es que, así planteadas las cosas, se corre el peligro de que el informador esté tan contento de que le dejen opinar que se le olvide informar. Y esto último ocurrió muchas veces en Liberación. Muchas. Leído ahora, compruebo que es llamativa la proporción de titulares que no se sabe a qué se refieren, porque el periodista había decidido ocupar el espacio del título para hacer una gracia. Otras veces uno se encuentra con noticias cuyo texto no tiene ni siquiera en cuenta la necesidad de dejar claro lo más elemental: qué, quién, cuándo, dónde, por qué. Hubo ejemplos espléndidos de cómo es posible contar hechos de manera original y divertida -siempre recordaré el suelto de Manolo Sanabria que relataba cómo se habían producido el mismo día varios atracos a una misma sucursal bancaria de Vallecas cuyos protagonistas, según decía Sanabria, «competían en la modalidad de parejas»-, pero también los hubo muy frecuentes en los que quedaba mucho más clara la opinión del redactor ante lo ocurrido que lo que propiamente había ocurrido. Y es que para saltar la frontera entre la información y la opinión es necesario conocer previamente en qué consiste lo uno y lo otro. Viene a ser como la abstracción en pintura: conviene llegar a ella después de haber aprendido a pintar al modo tradicional.
Porque, si el periodismo carca es inaguantable, el mal periodismo no es más soportable.
Javier Ortiz.(31 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de enero de 2018.
«Pero, ¿no te parece un poco triste este hombre?», le dice ella. «Pues sí que la vida está como para ir dando saltos de alegría», le responde él. «Precisamente por eso. Ya me deprimo yo sola, sin necesidad de acompañamiento musical», insiste ella.
Pero miente. Un cuarto de hora después, a la cuarentona que no necesitaba acompañamiento musical para su tristeza ya se le han asomado las lágrimas a los ojos entonando el Silenci que Llach dedica a la independentista Núria Cadenas, encarcelada. Insumisión, antimilitarismo, catalanidad... Esta no es sin embargo una ceremonia política -sólo veo una senyera y una pancarta de insumisos- ni tampoco un ejercicio de nostalgia, aunque entre los 17.000 presentes habrá no pocos de los que en enero de 1976 dimos la bienvenida al de Verges, hasta entonces prohibido, entonando emocionados este mismo Silenci.
Un pont de mar blava (Un puente de mar azul) es, de todos modos, cualquier cosa menos triste. Es un canto a la solidaridad entre los pueblos a través de la música y la poesía. Llach habla de mestizaje, y la palabra es adecuada: los poemas, construidos mano a mano con el gran Miquel Martí i Pol y cantados en catalán, árabe y griego, hablan del Mediterráneo y de sus culturas, y la música -el descubrimiento de El Misteri de Elche, ese prodigio de mestizaje musical, ha sido fundamental en la carrera de Llach, que lo ha aprovechado para recrear la música del Ara mateix, compuesta hace años para acompañar también versos de Martí i Pol- recoge todos los acentos que llegan hasta las orillas de la Mar Madre.
«Te dejo un puente de mar azul, te dejo un ramo de preguntas. Un puente que nos enseñe el olvidado gesto de los rebeldes... Te dejo el espacio lleno de luz donde se mira el mar... Un puente que una pieles y vidas diferentes, diferentes». Sólo que el castellano no le hace justicia a esta larga bellísima habanera con trozos de marcha mora que Llach va desgranando con rabia y melancolía, sus dos grandes armas. La ovación duró diez minutos. Lo mismo podía haber sido el doble.
Javier Ortiz. El Mundo (28 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de diciembre de 2012.
Hace un par de meses, recibí una carta firmada por una señora que se declaraba indignada porque, según ella, yo había insultado al Papa. En realidad, servidor se había limitado a comentar su desacuerdo con el contenido de la Veritatis Splendor, pero eso era más de lo que la buena señora, por lo visto, podía soportar. De todos modos, lo que más me sorprendió de la carta no es que a su pía autora yo le pareciera un desastre -aspecto en el que es fácil que hubiéramos podido llegar a un acuerdo- sino los argumentos que esgrimía para defender la doctrina papal. Tras manifestarse escéptica sobre la posibilidad de que yo sepa realmente quién fue mi padre, escribía: «Además, estoy viendo su foto, y ¿sabe lo que le digo? Que tiene usted cara de maricón».
Le remití a vuelta de correo una nota que decía: «Muy señora mía: Me alegra enormemente su afición por la mariconología, disciplina cuya existencia me era desconocida. En cualquier caso, ¿sería excesivo pedirle que me explicara la relación existente entre esa nueva ciencia y la Veritatis Splendor? No he logrado captarla. Suyo servidor, etc.».
Culpa de la desidia del servicio de Correos o de la decadencia del género epistolar, el caso es que aún no he recibido su respuesta.
Me acordé el pasado martes de aquella polémica frustrada tras comprobar que el ahora exministro del Interior, José Luis Corcuera -en aquel momento aún ministro-, no sólo es ducho, según ya se sabía, en electrodos y otros componentes eléctricos, sino también en la nueva ciencia mariconológica, que él no ha desarrollado en la rama de caras, como mi gentil papista, sino en la de óleos, por más que ambos demuestren haber pasado por la misma escuela, en la que fueron adiestrados en el muy difícil arte de aplicar sus conocimientos a las materias de debate aparentemente más alejadas y dispares: la una a la Veritatis Splendor, el otro, a la Ley de Seguridad Ciudadana.
Todo el mundo se ha molestado mucho con el señor Corcuera por su alusión a las apetencias sexuales de don Pablo Sebastián y doña Aurora Pavón. Seguramente no se ha comprendido que el burgalés de Portugalete sólo estaba haciendo un ejercicio de mariconología aplicada. Ciencia, vamos. Yo invitaría a todo el mundo a seguir su ejemplo, en especial cuando se relacione con los servidores del Ministerio en cuyo nombre Corcuera hablaba. Por ejemplo: ¿que un motorista de la Guardia Civil de carretera le para y le acusa de haber infringido el Código? Pues limítese a responder: «Andate con ojo, maricón, que pierdes aceite, y eso en carretera es muy peligroso». Éxito seguro.
Le encuentro, sin embargo, un fallo a la mariconología: que es una ciencia muy peligrosa para tiempos de crisis como los actuales. Sólo nos faltaba, ahora que nadie invierte nada, que nos salga quien critique lo poco que hay invertido.
Javier Ortiz. El Mundo (27 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 1 de diciembre de 2011.
Supo -digo mejor: pensó-, allí, tirado en el suelo de la triste Corredera, en aquella hora absurda, las viejas golondrinas rechinando sobre los pobres tejados polvorientos- que se iba a plantar de bruces en la nada, en la recta donde la memoria se fatiga, o no, se pierde, o aún peor, se agota. Cansada del recuerdo de tantos otros suelos. Estéril. Aburrida. Le angustió pensar que pisaba la frontera del vacío: del vacío total, ilimitado.
Tampoco lograba localizar su pasado anterior al nacimiento. Y es que, llegada a ese punto, hasta su propia memoria le era infiel: se acusaba occidental, católico en su angustia, perdido en aquella larga y tenaz distancia hacia la nada.
Quiso así olvidarse del asfalto, ausentarse hasta el margen de los siglos, acercarse hacia el hecho de ser, sencillamente: hacer un último ejercicio mental, desesperado.
¿Tarde, quizá? Logró esbozar, ausente, una sonrisa. Era evidente, sin más, que se moría.
¿Y entonces? ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo expresar en ese momento final lo que había querido decir cada día al afeitarse, al sonreírle al infinito en autobús, al acariciar lentamente sus cabellos, al cantar a la esperanza en re menor, al beberse el vino sin retirar los ojos de aquellos otros que lo miraban suavemente, al celebrar la noche, al acudir a la cita semanal con los amigos, al llorar conociendo las noticias?
Dios, qué difícil me es morir -susurró.
Y hasta la cloaca de enfrente se negó a aceptarle tal lamento. Dedujo entonces que morir, para él, era importante. Pero sólo para él.
Había salido de su casa a las once. Había acudido al bar en el que -se suponía- le esperaban los amigos. Había llegado puntual. ¿Por qué no había nadie? Decidió echar a andar por la calle vacía. Y se topó con aquel tipo absurdo, babeante. «Dame lo que lleves», dijo el otro. «Vete a la mierda», contestó. Y el tipo pegó un grito, y le clavó entera la navaja, y salió corriendo. Y a él le temblaron las piernas, y se recostó en el suelo, incapaz de moverse.
- Dios, toda una vida de mierda para rematarla al final con una mierda -gimió.
Durante un buen rato, tal vez un par de horas, trató de buscar con la vista a alguien: cualquiera que le diera ayuda, cualquiera que se gastara tres duros en llamar a una ambulancia.
Al final, ya sin fuerzas, optó por resignarse: le había tocado morir en soledad, al amanecer, cuando las golondrinas se ponen a llorar en Malasaña.
Mala saña.
Le quedaba tan sólo cuarto y mitad de aliento cuando optó por resignarse a la muerte, ya del todo.
Y se murió concentrado en sus recuerdos. Como muda protesta hacia sí mismo.
Javier Ortiz. El Mundo (25 de noviembre de 1993). Subido a "Desde Jamaica" el 3 de diciembre de 2012.