Antoni Asunción declaró ayer como testigo en el juicio sobre el dispendio de los fondos reservados de Interior durante la etapa felipista.
Buena parte de la prensa española alaba hoy -como lo hizo en su día, cuando dimitió tras la fuga de Luis Roldán- la probidad del entonces ministro del Interior, comparando su comportamiento con el de sus inmediatos antecesores en el cargo. Parece ser que, en efecto, la llegada de Asunción al Ministerio de la Policía entrañó el cese del saqueo al que hasta entonces estaba sometida la caja negra del alto organismo.
Me da que algunos toman la reducción del grado de sinvergonzonería como irrefutable prueba de honradez.
¿Que Asunción dejó de pagar gratificaciones a cargo del presupuesto de fondos reservados? Vale. Pero eso no lo convierte automáticamente en honrado. Para empezar, no denunció que hasta su llegada era eso lo que se estaba haciendo. Lo cual constituye un delito de encubrimiento.
En segundo lugar, y según reconoció ayer, hubo algunos gastos ministeriales perfectamente escandalosos que mantuvo, sólo que sufragándolos a cuenta del presupuesto ordinario. Así, siguió pagando las muy sustanciosas minutas que pasaba el abogado Jorge Argote por asumir la defensa letrada de los guardias civiles acusados de tortura. Dijo ayer que tomó esa decisión porque eran «demasiados casos». No explicó qué le hizo dar por hecho que los contribuyentes deben subvencionar los platos rotos por los servidores del Estado cuando éstos se convierten en delincuentes. Porque lo cierto es que él cubría los gastos de la defensa de esos guardias civiles incluso cuando en el juicio quedaba establecido que eran culpables del delito del que estaban acusados.
Me parece que sé la verdadera razón de esa singular solidaridad. Recuerdo que, cuando estuvo al frente de Instituciones Penitenciarias, él mismo fue llevado a juicio por la Asociación Pro Derechos Humanos... por un delito de torturas. El ejemplar Asunción, según la asociación presidida entonces por José Antonio Gimbernat, había tolerado y encubierto un sórdido caso de malos tratos a reclusos en la cárcel de Sevilla. Eso explica su celo protector de los torturadores.
Por lo demás, supongo que don Antoni no ignorará que, así como los acusados tienen derecho a mentir en su propia defensa, los testigos que declaran bajo juramento ante un tribunal están obligados a decir la verdad, y que, si la adulteran, incurren en un delito de falso testimonio. Lo digo porque ayer pretendió que, en su día, Luis Roldán le entregó una carta para Felipe González, pero que él la rompió «porque carecía de interés» (!). Además, cuando le preguntaron si había consultado con el destinatario de la misiva qué hacer con ella, aseguró que creía que no. ¿Alguien se traga que sea posible olvidar una cosa así? Yo no, por lo menos.
Tal vez en el país de los ciegos el tuerto sea rey, pero, con el Código Penal en la mano, el delincuente menor no es inocente.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (18 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de junio de 2017.
Confieso que me tiene perplejo todo el ruido mediático que se ha montado a propósito de la supuesta guerra bacteriológica. De momento, si las cuentas no me fallan, el ya famosísimo ántrax (por cierto, que los perseguidores de anglicismos se tranquilicen: anthrax es vocablo grecolatino de recia estirpe) solo ha matado a una persona en EE.UU.
Se trata del ataque bélico menos cruento de la Historia. Con apabullante diferencia.
¿Qué pasa, que a los terroristas ya no les queda ni para sellos? Unos pocos envíos postales con unas esporas que ni siquiera resultan mortales si la infección se detecta a tiempo constituyen una ofensiva bacterio-terrorista francamente endeble. No veo yo a gente que acaba de organizar una matanza de grandes dimensiones como la de las Torres Gemelas extendiendo carta a carta esta infección, mucho menos mortal que cualquiera de las epidemias de gripe típicas de la estación en que nos encontramos. ¿Estarán haciendo un mero test, previo a un ataque masivo? Lo ignoro, pero nadie ha dado el más mínimo dato no ya que avale esa hipótesis, sino incluso que anime a formularla.
Mi extrañeza se acentúa cuando compruebo el interés que ponen las máximas autoridades estadounidenses en tomarse lo del ántrax como una peligrosísima agresión terrorista. No se parecen en nada a los dirigentes que negaron hace unos años erre que erre la existencia del llamado síndrome del Golfo, por más que las bajas causadas por aquel misterioso mal fueran desoladoramente numerosas. ¡Cuán extraño cambio, de padre a hijo! Ahora, los colaboradores de George Bush Jr. especulan libremente, a micrófono abierto, sobre la naturaleza del fenómeno y sobre sus posibles causantes. Incluso anuncian casos de probable infección que resultan desmentidos en cuanto se realiza el correspondiente análisis. Tal se diría que no sólo no tuvieran miedo de sembrar el pánico, sino que lo estuvieran fomentando, para que no decaiga el fervor bélico de la población.
Entretanto, mientras los periódicos y los noticiarios rebosan de gruesos titulares sobre el ántrax, las bombas siguen cayendo sobre Afganistán. Día tras día. Hora tras hora. Y matan. Muchísimo más que el ántrax, puedo asegurárselo.
Las organizaciones humanitarias anuncian que los bombardeos están impidiendo que llegue a la zona el material asistencial imprescindible para que, cuando se abata el invierno sobre aquel depauperadísimo lugar del globo, la hambruna no diezme a la pobre gente que aún quede en pie. Pero sus angustiados lamentos apenas encuentran eco.
Asocio la aparatosa orquestación de lo uno y el cuasi silencio sobre lo otro y me pregunto si lo del ántrax no tendrá menos de infección bacteriana que de intoxicación mediática.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (17 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 2 de abril de 2013.
Los partidarios del voto bronca, que propugnaron introducir en las urnas papeletas en blanco o nulas, han conseguido un rotundo éxito en las elecciones argentinas del pasado fin de semana. 3,5 millones de electores siguieron su consigna. En Buenos Aires y Río Negro, los votos nulos o en blanco superaron el 27% del total de los emitidos. En Santa Fe alcanzaron el 40%. Se trataba con ello de encauzar el cabreo de la ciudadanía con respecto al conjunto de la clase política. A fe que lo han conseguido.
El éxito propagandístico de la iniciativa ha sido rotundo. En cambio, no parece que sus consecuencias prácticas vayan a resultar tan beneficiosas para la causa de sus promotores. Como los votos nulos y en blanco se recuentan, pero no cuentan a la hora de la designación de escaños, la fuerza a la que más han beneficiado -no moral, pero sí materialmente- ha sido al Partido Justicialista, que se ha hecho con la mayoría en la Cámara de Diputados y ha incrementado su posición dominante en el Senado.
Hubo las pasadas semanas en Argentina una discusión que reproducen en todas las vísperas electorales quienes, críticos con el conjunto del sistema político, no se identifican con ninguna candidatura con posibilidades de obtener escaños. ¿Abstenerse? ¿Votar nulo o en blanco? Los partidarios de la abstención sostuvieron, como siempre, que votar en blanco o nulo supone, a fin de cuentas, aceptar el juego; que no votar es un modo más claro de repudiar unos procesos electorales formalmente democráticos pero dominados de hecho por la plutocracia. Los defensores del voto en blanco o nulo argumentaron, no menos clásicamente, que la abstención consciente no se puede cuantificar, porque se pierde en la marea de la abstención despolitizada o meramente pasota, por lo cual es más útil votar en blanco o nulo.
Lo ocurrido en Argentina demuestra que ambas opciones, por muy dignas de consideración que sean en el plano ideológico o moral, tienen la misma efectividad política: ninguna. Da igual que el 45% del censo se haya negado, por una u otra vía, a dar su voto a cualquiera de las candidaturas en presencia: los partidos no se repartirán el 55% de los escaños, sino el 100%. Es posible que todavía durante unos cuantos días rumien algo sobre la escandalosa abstención y la gran cantidad de votos en blanco o nulos que ha habido. Pasado cierto tiempo, hablarán en nombre del conjunto de la ciudadanía y se quedarán tan anchos.
¿Hubieran podido evitar los broncas argentinos que tal cosa ocurriera? Sí, y de un modo teóricamente sencillo. Bastaría con que se hubiera presentado una candidatura cuyo programa tuviera un solo punto: repudiar a la clase política en bloque, y cuyos integrantes hubieran asumido de antemano el solemne compromiso de no ocupar sus escaños. De ese modo, se hubiera podido agrupar todo el voto del rechazo, al margen de opciones políticas particulares, y las cámaras de representantes habrían quedado parcialmente vacías. Ese vacío serviría de constante denuncia de la crítica radical de una considerable parte de la población al tinglado que se tienen montado los profesionales del trapicheo político.
Me imagino la Cámara de Diputados bonaerense con un 40% de los escaños vacíos. Ya, para empezar, no podría legislar nada que precise de una mayoría cualificada.
No estaría mal que los broncas consideraran esa posibilidad en alguna futura ocasión. Y no sólo en Argentina.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (16 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de junio de 2017.
Me largué este rollo en la presentación de la obra del mismo título, de la británica Frances Stonor Saunders (Ed. Debate, 2001), en un acto que tuvo lugar en la librería «Fuentetaja» de Madrid, el 15 de octubre de 2001, con asistencia de la autora.
Todas las lecturas son interesadas.
Incluso cuando no nos damos cuenta, también leemos interesadamente.
Estoy seguro de que muchos de ustedes lo habrán comprobado por propia experiencia: lees un libro a los veintitantos años, inmerso en una determinada realidad -y en un específico estado de ánimo-, y el libro te dice unas cosas, y te deja una impresión concreta. Vuelves a leerlo veinte años después, y te parece que fuera otro libro, del todo distinto: las enseñanzas de ayer se difuminan por completo y otras nuevas ocupan su lugar. No ha cambiado el libro: ha cambiado el lector. Hemos cambiado nosotros.
Finalmente, sólo encontramos lo que buscamos.
Admito sin el menor recato que mi lectura de este impresionante trabajo de Frances Stonor Saunders ha sido interesada. Ferozmente interesada. No tanto porque me apasione la Historia de la guerra fría cultural -que ahora ya también-, como porque me apasiona el presente.
La autora ha hecho un trabajo de recopilación de datos que resulta conmovedor, a fuer de exhaustivo. No me cuesta nada hacerme cargo de las muchas dificultades con las que se habrá topado. De algunas, ella misma da cuenta en la Introducción. Otras imagino que las habrá omitido, por mero pudor.
Es difícil escoger una materia de investigación que cuente con fuentes de más difícil acceso. Incluso refiriéndose a una época ya relativamente lejana en el tiempo, es obvio que los protagonistas supervivientes tienen demasiado que ocultar, o que maquillar, o que reconvertir. La CIA, por su parte, tampoco se caracteriza por dar facilidades a quienes tratan de inspeccionar sus tétricos desvanes. La autora de este libro ha demostrado poseer una tenacidad y una presencia de ánimo envidiables.
Reconozco en ella el espíritu investigador anglosajón del que me convertí en ferviente admirador en el breve espacio de mi vida en que me dediqué a la indagación historiográfica. Invertí varios años en el estudio febril de la Historia de la Rusia zarista y de la posterior URSS, con el ánimo de hacer un ensayo biográfico sobre Jósif Stalin.
Tuve ante mí dos ejemplos contrapuestos. De un lado, el de los estudiosos anglosajones, con Edward Hallet Carr en primerísimo plano. Del otro, el de los analistas latinos, entre los que, por aquel tiempo, destacaba Charles Bettelheim. Los primeros analizaban la realidad rusa y soviética con actitud y pasión semejantes a la que hacen suyas los entomólogos cuando estudian la vida sexual de los himenópteros. Los segundos sucumbían, uno tras otro, a la irrefrenable pulsión de explicarnos la verdad de lo sucedido, extrayendo las lecciones políticas correspondientes, para el caso de que nosotros no fuéramos capaces de hacerlo por nuestra propia cuenta. Bettelheim llegó al extremo de publicar tres tomos sobre la Historia de la Rusia Soviética: en el primero nos explicaba cómo había que interpretarlo todo, en el segundo refutaba lo dicho en el primero y nos explicaba cómo había que interpretarlo todo, y en el tercero refutaba los dos anteriores y, oh maravilla, volvía a explicarnos cómo había que interpretarlo todo. Sin cortarse un pelo.
Prefiero con mucho a los entomólogos.
Frances Stonor Saunders analiza pormenorizadamente la actividad de la CIA en el mundo cultural europeo durante los años de la guerra fría con el rigor y el distanciamiento propios de una entomóloga. Proporciona datos, cifras, fechas, declaraciones. Los clasifica. Les confiere sentido. Pero no da muestra de estar izando ninguna bandera particular, salvo la del conocimiento de la realidad de lo sucedido. Por ello mismo, su trabajo acaba resultando infinitamente más valioso y eficaz que si hubiera escrito un panfleto contra la CIA, por documentado que estuviera. Su libro rezuma honestidad. Y ganas de saber.
Imagino que no hará falta que les diga que yo hubiera preferido que su documentadísimo trabajo no se refiriera al periodo de la guerra fría, sino al momento presente; que no se centrara en músicos, pintores y escritores, sino en los medios de comunicación de masas; y -ya puestos a pedir- que incluyera un amplio capítulo relativo a España.
Ocurre, sin embargo, que el libro que ella ha escrito ha sido posible (aun a costa de ímprobos esfuerzos), en tanto que el que yo pido sería directamente imposible. Pocas realidades tan bien escondidas como las que yo quisiera que se desvelaran.
Sin embargo -y retorno con ello al inicio, en el que hablaba de las lecturas interesadas-, este libro, por más que se centre en un tiempo pretérito y en un sector tan específico como es el de los escritores y artistas, nos proporciona claves de valor inapreciable para analizar la realidad presente, incluyendo la realidad del mundo de la comunicación de masas. Y eso es así porque Saunders, al describirnos la intervención de la CIA en el mundo cultural de hace décadas, nos desvela lo que bien podría calificarse como un modelo de actuación. Un modelo que, sin lugar a dudas -ella misma lo apunta-, ha sido utilizado también en tiempos posteriores y con respecto a otros sectores de interés estratégico para los EEUU. Dicho de otro modo: aunque ella hable de la intervención de la CIA en el terreno estrictamente cultural, literario y artístico, en los principales países de la Europa democrática y durante los años de la guerra fría -esto es, aunque hable muy poco de los medios de comunicación de masas, no se refiera prácticamente para nada a España y no proporcione datos actualizados-, nos proporciona de hecho las herramientas necesarias para reconstruir lo que sin duda está sucediendo actualmente aquí y ahora.
¿En qué consiste ese modelo de actuación extraíble, a mi entender, de la obra de Saunders? Trataré de describirlo brevemente.
Primer punto que conviene retener: la reivindicación de la llamada «mentira necesaria».
Cuenta la autora cómo George Kennan, uno de los padres de la CIA, desarrolló en 1947 el concepto de «mentira necesaria» en tanto que componente esencial de la diplomacia norteamericana de posguerra. Kennan, situándose en la línea del sempiterno principio que justifica la utilización de cualquier medio, por odioso que resulte, siempre que el fin se considere correcto, propugnaba la puesta en pie de una tupida red mundial de complicidades intelectuales, culturales y periodísticas que permitieran a los EEUU expandir sus criterios. Esa red no debería dudar en recurrir a la mentira, la manipulación y la intoxicación a gran escala cuando ello resultara conveniente para los intereses norteamericanos.
Pocos meses después, y en sintonía con los criterios de Kennan, el Consejo de Seguridad Nacional norteamericano elaboró diversas instrucciones -entonces ultrasecretas, ahora ya accesibles, gracias al trabajo de Saunders- destinadas a impulsar no sólo el desarrollo de esa red de propaganda, sino también el trabajo sistemático de «guerra económica, acciones directas, incluido el sabotaje... y de subversión contra Estados hostiles, incluida la ayuda a movimientos clandestinos de resistencia, grupos guerrilleros y grupos de liberación de refugiados». El CSN precisaba que esas acciones deberían «planificarse y ejecutarse de modo que las personas no autorizadas carezcan de pruebas de la responsabilidad del gobierno de los Estados Unidos, y que, en caso de ser descubiertas, el gobierno de los Estados Unidos pueda rechazar de forma convincente cualquier responsabilidad al respecto de ellas» (National Council Directive 10/2).
En 1949, el Congreso de los EEUU liberó al director de la CIA de la obligación de dar cuenta del uso que asignara a los inmensos recursos económicos puestos a su disposición. Era la única pieza que faltaba para que el plan pudiera llevarse a la práctica con total impunidad y a gran escala. En el plazo de sólo tres años, la Office of Police Cordination de la CIA, encargada de estas tareas bajo la tutela de Kennan, pasó de contar con 302 agentes a tener casi 6.000 servidores a sueldo, más de la mitad de ellos en el extranjero.
La CIA se ha mantenido fiel desde entonces a la filosofía de «la mentira necesaria» y a los métodos propugnados por Kennan para aplicarla, disponiendo para ello cada vez de más y mejores medios.
Hace una década tuvimos una llamativa muestra de su poder: recuérdese con qué entusiasmo participaron casi todos los medios de comunicación occidentales en la difusión de la patraña según la cual Irak poseía un poderosísimo ejército, «uno de los más importantes del mundo», lo que podía llevar a Sadam Hussein a convertirse en «un nuevo Hitler», por lo cual era imperioso cortarle las alas de inmediato. Fue una «mentira necesaria» arquetípica.
Conclusión de utilidad bien actual que puede sacarse de esto: no hay ninguna razón para creer en la veracidad de las supuestas informaciones que se nos están proporcionando con respecto a los atentados del 11 de septiembre y a la red terrorista, supuestamente poderosísima, de Bin Laden, contra la que el Pentágono está librando su autodenominada Guerra Contra el Terror. No afirmo que todas las informaciones que se nos están dando sean mentira. Constato que no tendría nada de extraño que lo fueran. O que se trate de un batiburrillo de verdades, medias verdades y perfectas mentiras.
Hasta ahora lo sospechábamos. Ahora sabemos, gracias a Saunders, que hay decenas de funcionarios de la CIA, con abundantes contactos en el mundo entero, cuyo trabajo consiste en expandir «mentiras necesarias». Sabiendo eso, resulta imperioso deducir que al menos una parte de lo que se nos cuenta tiene que ser el fruto del trabajo de los fabricantes de «mentiras necesarias».
Es también extraordinariamente interesante la descripción que nos proporciona Saunders del modus operandi de la CIA en este terreno.
Lo primero que conviene retener de su trabajo de investigación es que, en contra de lo que alguna gente supone, la CIA no va repartiendo a gogó carnés de espía por esos mundos de Dios. Según cuenta -y documenta- nuestra autora, la CIA apenas suele tener en cada país agentes propiamente dichos dedicados a estas tareas. Ni siquiera en los europeos. Lo que hace es tejer una amplia red de complicidades en la que atrapa a bastantes profesionales, muchos de los cuales ni siquiera saben a ciencia cierta que están trabajando para la CIA. Se ven impelidos a servir a sus designios sencillamente porque cobran, en metálico o en especie, de plataformas formalmente asépticas especializadas en la concesión de favores: ignotas publicaciones que pagan a precio de oro artículos que poco importa si alguien lee, fundaciones y asociaciones que subvencionan actividades de alto standing (cursillos, conferencias, debates, viajes de lujo, etc.), premios, honores y prebendas de origen más o menos oscuro... A veces ni siquiera necesita crear nada de eso ad hoc: se aprovecha de lo ya existente, proporcionando los fondos necesarios para las tareas de presunto mecenazgo.
Sus agentes explotan también mucho el lado tripero de los profesionales: las sobremesas relajadas en restaurantes de muchos tenedores configuran un excelente escenario para el establecimiento de lazos de complicidad.
Esto en lo que hace al trato directo con la gente más o menos influyente. Pero hay que contar también con las posibilidades que tiene la agencia de intervenir por la vía empresarial: nunca ha carecido de medios, directos e indirectos, para persuadir a tal o cual grupo empresarial o financiero de la conveniencia de invertir -o de no invertir- aquí o allá. Y no hace falta decir qué formidable capacidad de convicción otorga el poder accionarial.
No resulta nada difícil hacer la traslación de ese esquema de funcionamiento, minuciosamente descrito por Saunders, al mundo de los medios de comunicación de masas de la España de hoy (o de la Francia de hoy, o de la Alemania de hoy: tanto da). Conozco a un buen puñado de periodistas que tienen chollos rarísimos, sé de fundaciones y asociaciones que financian actividades de nulo valor intrínseco, me consta que se producen viajes de lujo de justificación prácticamente imposible, hay premios y becas genuinamente inexplicables... y ya casi mejor ni hablo de las comidas opíparas con sobremesas propicias a las confidencias. En ocasiones, incluso, me ha tocado participar a mí en alguna historia de ese estilo, más o menos de rebote.
¿Está la CIA detrás de todo ello? De todo, no; seguro. Pero es fácil que sí esté detrás de algo. Ignoro de qué. No sé a través de quién. Pero, insisto: es fácil que lo esté.
La siguiente pregunta es inevitable: en tal caso, ¿qué profesionales españoles de la comunicación serán los que trabajan para la CIA? No me refiero a gente que lo esté haciendo sin conciencia de ello -que de ésos puede haber varias toneladas-, sino a los que lo hacen a sabiendas, porque están en nómina.
Admito que nunca había pensado en esa posibilidad. Pero, ahora que me le ha planteado tras la lectura del libro de Saunders, se me han venido a la cabeza sin demasiada dificultad cinco o seis nombres. Y me da que no debo de andar muy errado. Pero tampoco es cosa de hacer en público meras suposiciones, por bien traídas que parezcan.
Cierto es que la CIA no necesita comprar periodistas españoles a puñados para que nuestros medios de comunicación privilegien su versión de los acontecimientos. No lo necesita, en primer lugar, porque los mass media españoles se nutren en muy buena medida de los grandes medios norteamericanos trasmisores de noticias (las grandes agencias de Prensa, las grandes cadenas de televisión, etcétera), con lo que buena parte del trabajo ya les viene hecho, y convenientemente orientado. Tampoco lo necesita, en segundo término, porque buena parte de los profesionales españoles de la comunicación coinciden espontáneamente, por así decirlo, con los puntos de vista del Gobierno de Washington. No vale la pena empujar a nadie para que vaya por donde ya está caminando de buen grado.
Pero hay una vuelta de tuerca más para la que probablemente sí se requiere una intervención directa sobre el terreno. Me refiero al control, altamente conveniente, sobre esa subespecie del periodismo que nutre el género de la opinión, de tanto peso en España, esto es, sobre los perpetradores del cúmulo de editoriales, columnas de Prensa y tertulias radiofónicas que se abaten a diario sobre nuestra sufrida población, que los absorbe con tan singular como desconcertante entusiasmo. La creación de una red de complicidades que invite a los periodistas de ese género a suscribir los puntos de vista más convenientes para los intereses estadounidenses tiene que ser, sin duda, un objetivo de las antenas de la CIA en España. Y doy por hecho que lo están persiguiendo con la máxima tenacidad, habida cuenta, sobre todo, del prejuicio antiamericano que se le presupone, no sé con cuanto fundamento, a una parte considerable de la opinión pública española.
No puedo probarlo por la vía positiva, como ya antes decía, pero lo infiero sin mucha dificultad por la vía negativa, a través de la simple constatación de lo complicado que resulta no sostener esos puntos de vista cuando se trabaja en la España actual para un gran medio de comunicación. Este humilde servidor de ustedes podría darles abundante cuenta de ello, si no fuera porque no está aquí para contarles su vida.
Termino. No sin antes disculparme ante la autora y ante la editorial por lo muy interesada que ha sido mi lectura de este libro. Mucho me temo que haberlo reconocido desde el comienzo no me exculpe demasiado. Permítanme que trate de compensarlo, así sea sólo en parte, diciendo que, aparte de para presuponer cómo trabaja la CIA con los medios de comunicación de la España de hoy, este libro es fundamental para saber cómo trabajó esa agencia en el mundo de los intelectuales y artistas en la época de la guerra fría.
Yo le estoy muy agradecido a Frances Stonor Sauders por haberse tomado el inmenso trabajo de averiguarlo. Y de contárnoslo.
Puedo asegurarles que, si se deciden a leer el libro, compartirán mi agradecimiento.
Javier Ortiz. (15 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de diciembre de 2017.
Se queja el canciller alemán, Gerhard Schröder, de que los pacifistas no nos manifestemos contra el terrorismo internacional. Creo que trata de insinuar que los pacifistas no estamos, en realidad, en contra del terrorismo.
Hay en la queja de Schröder, para empezar, una incongruencia lógica: es imposible ser pacifista y no estar en contra del terrorismo. Otra cosa es que el movimiento pacifista -como todo movimiento de masas- tenga algunas adherencias no deseadas. Es muy posible que haya quien camine junto a nosotros y simpatice con tal o cual organización terrorista. Pero, ¿con qué legitimidad puede formular queja alguna el señor Schröder, o cualquiera de sus amigos europeos y ultramarinos? Basta con ver las clamorosas ausencias que presenta el inventario de organizaciones terroristas que acaba de hacer público la Administración estadounidense para comprobar que el Gobierno de Bush no condena todas las formas de terrorismo, ni mucho menos. Tampoco lo hace el propio canciller alemán, que tiene excelentes relaciones con los gobiernos de Ankara y Tel Aviv, sin ir más lejos.
Yo no estoy por principio en contra de la violencia -creo que hay circunstancias en las que es inevitable-, pero sí del terrorismo, entendido en sentido estricto, es decir, como la violencia ejercida sobre una población determinada para aterrorizarla y forzarla a obrar en un sentido que no desea. Sin embargo, es cierto que no suelo escribir demasiado a menudo -escribir es mi forma principal de manifestarme- en contra de los movimientos terroristas que la opinión pública occidental ya condena sin apelación. No lo hago, pero no porque sea indiferente a sus actividades criminales, sino por mera economía de esfuerzos. Me escasea el tiempo para escribir, y aún más las tribunas de masas en las que publicar lo que escribo. En consecuencia, me centro en la crítica de aquello que creo que merece rechazo, pero la mayoría no denuncia, o incluso aprueba.
El movimiento pacifista hace lo mismo. ¿A qué gastar las fuerzas organizando minutos de silencio en memoria de las víctimas de las Torres Gemelas, si ya se encargan de ello todos los demás, incluidos los directivos de la FIFA? Es preferible concentrarlas en la denuncia de la guerra injusta desatada por el Gobierno de Washington y apoyada por todos sus cómplices de la mal llamada «comunidad internacional».
Eso sin contar con que, sumándose a las protestas organizadas por los que condenan unas modalidades de terrorismo pero no otras, uno corre el riesgo de encontrarse en muy malas compañías. Y de que contabilicen tu esfuerzo en el haber de una u otra gentuza. ¿Cómo voy a salir a la calle a protestar por un atentado de Hamas, si lo mismo me encuentro del brazo del embajador de Israel?
La verdad es estrictamente la contraria de lo que pretende Schröder. En el movimiento pacifista puede colarse gente indeseable. En el suyo, los indeseables son los propios organizadores.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (15 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de junio de 2017.
Las invectivas de mis críticos suelen darme cuenta precisa de la fortaleza o la debilidad de mis argumentos.
Cuando mis denigradores espontáneos -que los tengo, y en cierta abundancia- me escriben tratando de refutarme, deduzco que ese día no me he lucido gran cosa. En cambio, cuando dejan de lado mis razonamientos y la emprenden contra mí tratando de situarme en los cerros de Úbeda, entonces me quedo más satisfecho: coligo que, si me atacan en abstracto, es porque se han sentido incapaces de objetarme en concreto.
Llevo escritas ya unas cuantas columnas sobre las acciones de guerra estadounidenses contra Afganistán. Pues bien, se cuentan con los dedos de una mano los correos electrónicos que he recibido refiriéndose específicamente a mis argumentos. La gran mayoría de mis censores me ponen de vuelta y media apelando a suposiciones suyas y atribuyéndome cosas que yo no he dicho (y que, además, por lo común, no pienso).
La descalificación más común que me hacen se refiere a mi «antiamericanismo». El silogismo es el siguiente: la izquierda española es «antiamericana»; yo formo parte de la izquierda española, ergo soy «antiamericano».
Cuando respondo -a veces lo hago-, no me tomo el trabajo de discutir mi hipotética pertenencia a «la izquierda española», posición ideológico-geográfica de perfiles harto brumosos. Tampoco es cosa de marear a los remitentes. Me limito a decirles que, en todo caso, yo no soy en absoluto «antiamericano».
En primer lugar, porque estoy lejos de confundir a América con los Estados Unidos de América. América es un enorme continente, dentro del cual la población estadounidense es ampliamente minoritaria. Centroamérica y Sudamérica son tan América como Norteamérica. Y Canadá y México son tan Norteamérica como los EUA. Ya vale de plegarse a ese intento de usurpación, triplemente injustificable en boca de españoles.
Pero, al margen de criticar ese birlibirloque semántico que está en la base de la doctrina Monroe -«América para los americanos», es decir, el continente entero para los estadounidenses-, se da la circunstancia de que, además, yo no siento hostilidad alguna hacia los EUA. En bloque, ninguna. Al contrario. Es un país -un conglomerado de países, en realidad- que siempre me ha parecido fascinante. Jamás he compartido las críticas tontorronas que pretenden que «esa gente no tiene Historia», «se acaban de bajar de los árboles» y memeces por el estilo. Los unos tienen la Historia que se llevaron con el Mayflower. Los otros, la que acarrearon desde Irlanda, Alemania, Italia, Suecia, Polonia, Rusia, Francia... o desde el África Occidental, en los barcos de los negreros. Muchos tienen la Historia mestiza que cargaron sobre sus espaldas mojadas a través del río Grande, o con el Caribe de por medio. Incluso está la vieja y preterida Historia autóctona de los amerindios supervivientes. ¿Que ese país no tiene Historia? No tiene una: tiene decenas.
Como tantos otros -pero, en mi caso, sin recato alguno-, he sido, desde que la memoria me alcanza, abierto admirador de fenómenos y corrientes políticas, económicas, culturales y artísticas nacidas sobre suelo de la Unión. Me llevaría un libro hacer el recuento. Cuando en Madrid se fundó Radio Cero, la radio libre anti-OTAN, y me pidieron que colaborara con ella, me decidí por hacer un programa... de música popular made in USA. En parte porque me fascina, pero en parte también para promover el mejor conocimiento de ese gran pueblo. Me río del medio dedo de frente de George W. Bush, pero no más que del cuarto de dedo de José María Aznar.
¿Yo, antiamericano? No sólo es falso: es imposible. Nada jamás me hará estar en contra de ningún pueblo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (14 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de junio de 2017.
No me las voy a dar de escandalizado. También Henry Kissinger es Nobel de la Paz. Kissinger: un individuo al que, si en EEUU se aplicaran los parámetros de Derecho Internacional que se han utilizado en Yugoslavia, estaría en la cárcel por criminal de guerra, así fuera sólo por haber ordenado el bombardeo de Camboya en sus tiempos de secretario de Estado. De modo que tampoco puede decirse que Annan deshonre el premio: es imposible deshonrar lo que carece de honra.
Pero tiene bemoles. Y los tiene muy particularmente en estos momentos, cuando don Kofi ni siquiera ha tenido el detalle de plantear un debate sobre las acciones militares norteamericanas en Afganistán dentro del organismo del que es secretario general.
Dice el señor Annan y lo corean todos los que, como él, se inclinan ante el bastón de mando de Bush que -lo que los EE.UU. están haciendo- responde a un acto de «legítima defensa».
Él es jurista y sabe perfectamente que la legítima defensa sólo puede invocarse cuando quien la ejerce está tratando de neutralizar un acto de agresión concreto y específico en el mismo momento en que se produce.
Si a mí me asalta un matón por la calle, tengo derecho a defenderme de él. Pero, si el tío se escapa, yo sigo sus rastro durante semanas, finalmente lo encuentro y le doy un garrotazo, lo mío ya no tiene nada que ver con la legítima defensa: eso es, sin más, una venganza. Y la venganza del agraviado no tiene espacio en el Derecho, salvo como delito.
De conformidad con los principios jurídicos comúnmente admitidos (al menos hasta ahora), lo que el secretario general de las Naciones Unidas debería haber hecho es llamar al orden al Gobierno de Washington, comunicarle que no es de ley que el agredido se tome la justicia por su mano y plantear la cuestión ante los organismos competentes de la comunidad internacional.
Pero el señor Annan no ha hecho nada de eso. Y no lo ha hecho porque él sabe muy bien por quién y para qué fue nombrado secretario general de la ONU. Fue nombrado por iniciativa de los EE.UU. precisamente para que, cuando Washington hace lo que le viene en gana erigiéndose en juez y parte, él se limite a aplaudir.
Ya digo que nada de todo eso me escandaliza. Lo sabía. Pero me hace gracia que el jurado del Nobel tenga el morro de decir que premia a Annan «por su contribución a crear un mundo mejor organizado y más pacífico».
¡«Mejor organizado y más pacífico»! ¡Qué gente tan ocurrente!
Javier Ortiz. El Mundo (13 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de octubre de 2010.
Hay consternación entre los actuales dirigentes del PSOE por la línea kamikaze que ha escogido Felipe González para sus intervenciones en los mítines electorales de la campaña gallega. El ex presidente, lejos de atenerse al estilo de «oposición responsable» que propugna Zapatero, se lanza alegremente al combate mitin sí mitin también, dispuesto a no dejar títere con cabeza, y cuando no acusa a Aznar de haber convertido España en una mera delegación norteamericana, da por hecho que el dinero de Gescartera se lo embolsó el PP.
Me cuesta decidir qué me parece más deplorable, si el estilo melífluo y condescendiente de Zapatero, siempre dispuesto al acuerdo con Aznar en «las cuestiones de Estado» -y siempre dispuesto a considerar que casi todo es «cuestión de Estado»- o el subidón de demagogia de González, para quien todos los escándalos sucedidos bajo su Presidencia se concentran en la persona de Luis Roldán y no pasan de ser pequeñas anécdotas en comparación con el horrendo crimen de Gescartera.
En todo caso, los zapateristas no tienen derecho alguno a enfadarse por las patas de banco y las diatribas extemporáneas de González. No es él quien organiza los mítines de Pérez Touriño. No es él quien designa a los oradores. Tampoco es la primera vez que lo invitan a participar en una campaña electoral y se les desmanda.
El problema de la nueva dirección del PSOE es que no ha saldado cuentas con su propio pasado. Mientras siga considerando -o haga como si considerara- que el ex jefe de Gobierno es uno de los principales activos de su partido y se empeñe en reivindicar el trecenato de González como un periodo maravilloso, todo lo que le ocurra por su culpa se lo tendrá bien ganado.
La alternativa a la oposición demagógica de González no es la oposición blandengue -si es que no servil- de Zapatero. La alternativa es -sería- una oposición real, que denunciara la inexistencia de una política exterior propia, la renuncia del Estado a cumplir un papel rector de la economía, el nuevo centralismo antiautonomista del Gobierno de Madrid... en fin, que fuera al grano y se dejara de fuegos de artificio con más o menos ruido de traca.
Zapatero y González sólo representan dos modos diferentes de hacer el juego a Aznar.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (13 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de junio de 2017.
Abro un ojo a las 11 menos cinco -12 menos cinco en la península--, mal repuesto de una noche toledana a la que mi vi arrastrado por un par de intelectuales desaprensivos con irreprimibles ganas de jolgorio, y hasta de baile (degenerados, en suma).
Conecto la radio. Escucho el boletín informativo de RNE.
Ya está. No me hace falta nada más. Igual que si me hubieran dado un baño de agua fría. Ya estoy más fresco que una lechuga (que una lechuga fresca, obviamente).
Es que acabo de escuchar que han otorgado el premio Nobel de la Paz a Kofi Annan y a la Organización de las Naciones Unidas. «Ah, vale», me digo a mí mismo. «Supongo que el de Medicina se lo darán entonces a Juan Carlos de Borbón, más que nada para seguir dentro de la misma lógica».
Y me levanto.
No me las voy a dar de escandalizado. También Henry Kissinger es Nobel de la Paz. Kissinger: un individuo al que, si en EEUU se aplicaran los parámetros de Derecho Internacional que se han utilizado en Yugoslavia, estaría en la cárcel por criminal de guerra, así fuera sólo por haber ordenado el bombardeo de Camboya en sus tiempos de secretario de Estado. De modo que tampoco puede decirse que Annan deshonre el premio: es imposible deshonrar lo que carece de honra.
Pero tiene bemoles. Y los tiene muy particularmente en estos momentos, cuando don Kofi ni siquiera ha tenido el detalle de plantear un debate sobre las acciones militares norteamericanas en Afganistán dentro del organismo del que es secretario general.
Dice el señor Annan -y lo corean todos los que, como él, se inclinan ante el bastón de mando de Bush- que lo que los EEUU están haciendo responde a un acto de «legítima defensa».
El señor Annan puede ser muchas cosas, pero no un ignorante. Él es jurista y sabe perfectamente que la legítima defensa sólo puede invocarse cuando quien la ejerce está tratando de neutralizar un acto de agresión concreto y específico en el mismo momento en que se produce. Si a mí me asalta un matón por la calle, tengo derecho a defenderme de él. Pero, si el tío se escapa, yo sigo sus rastro durante semanas, finalmente lo encuentro y le doy un garrotazo, lo mío ya no tiene nada que ver con la legítima defensa: eso es, sin más, una venganza. Y la venganza del agraviado no tiene espacio en el Derecho, salvo como delito.
De conformidad con los principios jurídicos comúnmente admitidos (al menos hasta ahora), lo que el secretario general de las Naciones Unidas debería haber hecho es llamar al orden al Gobierno de Washington, comunicarle que no es de ley que el agredido se tome la justicia por su mano y plantear la cuestión ante los organismos competentes de la comunidad internacional.
Pero el señor Annan no ha hecho nada de eso. Y no lo ha hecho porque él sabe muy bien por quién y para qué fue nombrado secretario general de la ONU. Fue nombrado por iniciativa de los EEUU precisamente para que, cuando Washington hace lo que le viene en gana erigiéndose en juez y parte, él se limite a aplaudir.
Ya digo que nada de todo eso me escandaliza: ya lo sabía. Pero me hace gracia que el jurado del Nobel tenga el morro de decir que premia a Annan «por su contribución a crear un mundo mejor organizado y más pacífico». ¡Mejor organizado y más pacífico! ¡Qué gente tan ocurrente!
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (12 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 14 de junio de 2017.
Conferencia pronunciada dentro del ciclo Rock&Letrasen el Centro Cultural del Cabildo Insular de Gran Canaria el 11 de octubre de 2001.
Perdonad que me permita empezar la charla de hoy con un apunte autobiográfico.
Me remonto a 1966 y a mi ciudad natal, San Sebastián (la del Cantábrico, no la de La Gomera).
Había por entonces -hace ahora 35 años, que se dice pronto- un programa musical en La Voz de Guipúzcoa, que era la radio del Movimiento; un programa dirigido por un joven periodista llamado Ramón Trecet. No recuerdo cómo se llamaba el espacio, pero sí que estaba dedicado a músicas que por entonces nos parecían exóticas: folk norteamericano, y cosas así. Pues bien, fue en uno de aquellos programas cuando el joven Trecet anunció que iba a poner un disco de un dúo que, según aventuró, iba a dar que hablar. El dúo se llamaba Simon & Garfunkel -o sea, Simón y Garfúnquel- y la canción, Los sonidos del silencio. Según la escuché, me quedé con la boca abierta. Aquello era nuevo, fresco, estupendo; sonaba a gloria. Así que, en cuanto pude, pillé el autobús y me fui a Bayona, a la vecina República Francesa, me metí en la mejor tienda de discos del lugar y pregunté si tenían algo de ese dúo. Me volví con lo que luego supe que era su segundo LP, Sounds of Silence.
Mis amigos llegaron a odiarlo, de tanto como lo ponía.
Una buena noche, meses después, en un guateque, saqué a bailar a una joven moza que me gustaba. Naturalmente, puse The Sounds of Silence. No tanto porque la pieza permitiera arrimar -que también-, sino porque era mi canción favorita.
Aquella moza es hoy la madre de mi primera hija.
Supongo que entenderéis que para mí Paul Simon sea un personaje muy especial. Desde entonces he seguido todos sus pasos, comprado todos sus discos, leído todos los libros sobre él y sobre su música que he conseguido encontrar... En fin, que soy un fan.
Y, sin embargo, sigo sin saber muy bien cómo clasificarlo. Folk rock, solía decirse. En esa categoría, efectivamente, cabría incluir sus primeros trabajos, hasta su separación de Arthur Garfunkel. Pero no los posteriores. Y tampoco todos los de esa primera etapa: algunos se basaban en técnicas experimentales de collage musical que hasta entonces nadie había utilizado en el terreno de la canción ligera, que se decía. En Silent Night/Seven O'Clock News, por ejemplo, contrastaba la dulzura del villancico Noche de Paz, cantado angelicalmente por Garfunkel, con la voz cortante de un locutor que leía noticias que hablaban de las barbaridades de Richard Nixon y de la muerte de Lenny Bruce. En Scarborough Fair/Canticle hacía algo similar: en ésta, mientras Garfunkel evocaba la candorosa alegría de una feria popular («Perejil, salvia, romero y tomillo») él entremezclaba otra canción, totalmente diferente, en la que hablaba de soldados que iban a morir en una guerra que no entendían. En Patterns se servía de armonías vocales sacadas de un canto africano. Su famosísima El cóndor pasa no fue, en realidad, sino la superposición de voces sobre una grabación artesanal de un grupo peruano, Los Incas, que conoció cuando se los topó tocando en un boulevard de París. Por su parte, la en su día escuchadísima Cecilia se grabó, en lo esencial, en el baño de su casa, improvisando la letra sobre la marcha y utilizando instrumentos tan poco convencionales como la tapa del WC y una banqueta. (Sirva esto, de paso, para marcar límites a los que acusaban a Simon de ser un perfeccionista insoportable).
Un tipo bastante inclasificable, sí. A most peculiar man, como él mismo tituló una de sus primeras canciones.
E impenetrable. Lo contó de muy joven, en su canción I Am A Rock («Soy una roca»).
Es un día de invierno
de un oscuro y profundo diciembre.
Estoy solo
mirando por la ventana
el manto de silencio de la nieve recién caída.
Soy una roca.
Soy una isla.
He construido murallas,
Una fortaleza honda y poderosa
en la que nadie puede penetrar.
No necesito amistad: la amistad hiere.
Desprecio el amor y la risa.
Soy una roca.
Soy una isla.
No me habléis del amor.
Conozco esa palabra.
Duerme en mis recuerdos.
No perturbaré el sueño de sentimientos ya muertos.
Si nunca hubiera amado, nunca habría llorado.
Soy una roca.
Soy una isla.
Tengo mis libros
y mi poesía para protegerme.
Me guarnece mi armadura.
Oculto en mi habitación, refugiado en mi útero.
No toco a nadie. Nadie me toca.
Soy una roca.
Soy una isla.
Las rocas no sienten dolor.
Las islas nunca lloran.
Es un texto que escribió cuando todavía era casi un crío, pero da cumplida cuenta de su inveterada misantropía. Todos los periodistas que han tenido el raro privilegio de entrevistarlo dicen lo mismo: hay que arrancarle las declaraciones con sacacorchos. Tímido, introvertido, sólo deja asomar su intimidad en las canciones.
Este poema juvenil informa de otra característica de la obra de Paul Simon: su clara vocación literaria, que ha cambiado, y mucho, con el tiempo -téngase en cuenta que estamos hablando de una carrera profesional de casi 40 años-, pero que se mantiene intacta, en lo que a interés por los textos se refiere.
En sus inicios, a lo largo de los años 60, Paul Simon parecía empeñado en demostrar al mundo que no en vano había hecho profundos estudios de literatura -inglesa y no inglesa- y que conocía muy bien la obra de James Joyce, de Walt Withman, de Lewis Carroll, de Rimbaud, de Chéjov, de Emily Dickinson... y de un largo etcétera supletorio. Que la conocía y que, dentro de los estrechos límites que fija la estructura de una canción, podía emularla.
Hola, oscuridad, mi vieja amiga.
Aquí estoy para hablar contigo de nuevo
porque una visión, que se deslizó lentamente
mientras yo dormía, me dejó su semilla,
y esa visión que germinó en mi cerebro
permanece en el sonido del silencio.
En mis sueños sin descanso caminaba solitario
por callejuelas adoquinadas
bajo el halo de una farola.
Me subí las solapas para protegerme del frío y de la humedad
cuando mis ojos recibieron la puñalada de una luz de neón
que cortó la noche y alcanzó al sonido del silencio.
Y en la luz desnuda vi
a diez mil personas, tal vez más,
gente que hablaba sin hablar,
gente que escuchaba sin oír,
gente que escribía canciones que ninguna voz compartirá.
Nadie se atrevía a alterar el sonido del silencio.
«¡Locos!», les dije. «¿No sabéis
que el silencio se está expandiendo como un cáncer?
Oíd mis palabras para que os pueda enseñar.
Coged mis brazos para que os pueda alcanzar».
Pero mis palabras cayeron como tenues gotas de lluvia
y resonaron en el pozo del silencio.
Y la multitud se inclinaba y rezaba
al dios de neón que había construido,
y el letrero hacía ver su mensaje
con las palabras que iba formando.
Decía: «Las palabras de los profetas
están escritas en las paredes del metro
y en los pasillos de las chabolas».
Y susurradas en el sonido del silencio.
Ésa era la letra. Y Así sonaba.
[THE DIEGO CANTA "THE SOUND OF SILENCE"]
Preguntaron en cierta ocasión al belga Jacques Brel, autor de algunas de las piezas más bellas de la discografía popular francófona, si consideraba que la canción es un arte mayor o menor. Y contestó con una boutade: «No es ni un arte mayor ni un arte menor. Sencillamente, no es un arte. Una creación que tiene que plantearse, desarrollarse y culminar en el plazo de tres minutos no puede ser arte», dijo el gran Jacques.
Él mismo demostró bastantes veces que no tenía razón: escribió canciones de tres minutos que tienen una densidad emocional pasmosa.
Pero sí es cierto que las urgencias del género, impuestas inicialmente por las exigencias de la difusión radiofónica, han supuesto siempre un corsé odioso para la mayoría de los letristas que tienen algo que decir.
Paul Simon se ha enfrentó también con ese problema desde sus inicios como compositor. Antes he leído una letra, y acabamos de escuchar ahora otra, que muestran dos de las fórmulas que encontró para eludir esa dificultad: en la primera, no cuenta ninguna historia (se limita a retratar un estado de ánimo, una actitud ante la vida); en la otra, el relato de un supuesto sueño le permite hacer poesía social apelando a un tema estrella de los años 60: la incomunicación.
Echó mano de estos recursos bastantes más veces, y con éxito notable. Es el caso de su celebérrima Brigde Over Troubled Waters -una de las canciones más versioneadas de la historia de la música popular-, que es también una declaración de principios, sólo que esta vez a favor de la amistad. (Por cierto que, como para cuando salió ese disco Simon ya contaba con un buen puñado de exégetas literarios, uno de sus versos dio lugar a un divertido equívoco. Él decía: «Sail On, silver girl...», o sea, literalmente, «Navega, muchacha plateada...», y algunos listos creyeron ver en ello una alusión a la jeringuilla. En realidad, era tan sólo un modo de referirse a su mujer, que estaba encaneciendo prematuramente.)
El retrato de sentimientos y de actitudes vitales, lo mismo que la denuncia de la incomunicación -por parejas o por millones- le dio un juego amplísimo en los años iniciales de su carrera: Dangling Conversation, El Cóndor Pasa, Patterns, Old Friends, A Poem On The Underground Wall -que retoma la idea de que los poemas más actuales son los que aparecen pintados en las paredes del metro-... fueron, todas ellas, canciones de éxito que convirtieron a Paul Simon en uno de los compositores favoritos del mundo intelectual y universitario norteamericano, que sin duda simpatizaba con los cantautores salidos del arroyo -o que fingían proceder de él, como Bob Dylan-, pero que se identificaba más confortablemente con este joven tan llamativamente pulcro e instruido, y con su amigo de voz cristalina.
Y, ya que vuelvo a citar a Garfunkel, hablaré de sus relaciones con Simon y de cómo acabaron (si es que han acabado), para no tener que volver más sobre ello.
Simon y Garfunkel se conocieron de muy niños. Eran vecinos del barrio neoyorquino de Queens y fueron compañeros de colegio. Simon procedía de una familia muy vinculada a la música: su padre tocaba en una orquesta, su madre se las arreglaba con el piano y su hermano Eddie también hizo pinitos como compositor e intérprete. La madre de Garkunkel también tocaba el piano y, aunque el niño Arturito no dejó de interesarse por la música, no mostró una vocación unívoca, como la de Paul. En todo caso, tenía una voz de timbre muy singular y un gran sentido de la armonía. Ambos formaron de adolescentes un dúo al que llamaron Tom & Jerry, que alcanzó cierta notoriedad local cantando lo que se llamaba Highschool Rock -o sea, rock de instituto-, a imitación de los Everly Brothers. Pero lo de Tom & Jerry no fue muy lejos y, mientras Simon siguió dándose de cabezazos contra la pared de la fama musical, Garfunkel se centró en sus estudios de matemáticas y en la que siempre fue su vocación más honda: la de actor.
Paul hizo estudios de literatura inglesa, como queda dicho, y también llegó a matricularse de Derecho, pero lo suyo era la música. Para ganarse unas perras, empezó a hacer demos. Explicaré qué son las demos, para quien no lo sepa. Se basa en un trabajo de estudio que consiste en coger una composición y hacer muestras (demonstrations) de lo que esa canción podría dar de sí en diversos estilos: rock, soul, country, etc. Se envía a las compañías discográficas y éstas evalúan si podría encajar en la discografía de alguno de los intérpretes que tiene contratados. Es un trabajo que, como puede suponerse, exige una gran versatilidad instrumental y vocal. Simon se dedicó a esa labor en colaboración con una compañera de instituto llamada Carole Klein, que también componía. Su amiga siguió una carrera meteórica: un año después, había colocado diez composiciones suyas en las listas de éxito. Cambió su apellido, se hizo llamar Carole King, empezó a interpretar sus propios temas y se forró.
Varios grupos de segunda fila interpretaron algunas de las partituras compuestas por Simon, pero sin resultados comparables a lo de su amiga, uno de cuyos temas, Chains, llegaron a tocarlo los Beatles. Con mucho esfuerzo, Simon consiguió que la CBS le grabara un disco en compañía de Garfunkel. Lo titularon Wednesday Morning 3 A.M. La casa discográfica apenas le permitió incluir composiciones propias -aunque una versión acústica de The Sound of Silence consiguiera superar la censura comercial- y hasta les armaron una bronca por el nombre del dúo. Les dijeron que eso de Simon & Garfunkel parecía más una firma de abogados que un dúo musical. Además, torcieron el gesto ante el apellido inequívocamente judío de Paul (las casas discográficas no quieren nombres que puedan resultar conflictivos para ningún sector de consumidores eventuales. Por eso Carole Klein se convirtió en King y Bobby Zimmerman en Dylan). Paul se mantuvo en sus trece, el disco salió firmado por Simon & Garfunkel... y vendieron una porquería.
Desencantado, decidió venirse a Europa. Estamos hablando de 1965.
Deambuló por Francia y por Inglaterra. En Londres encontró una acogida aceptable. Y en ésas estaba, participando en programas de radio y actuando en algunos clubs frecuentados por la intelectualidad de la city, cuando de pronto le llegó la noticia de que The Sound of Silence estaba subiendo como la espuma en las listas de éxitos de Estados Unidos. Su productor, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo -y, desde luego, sin consultárselo a él-, había añadido a la grabación original guitarras eléctricas, bajo y batería, y la había relanzado al mercado. Con éxito total.
De este modo tan extraño se inició la carrera de éxitos de Simon & Garfunkel.
De regreso a su país, Simon se dedicó a un trabajo relativamente sencillo: arreglar las muchas canciones que ya tenía escritas e irlas convirtiendo en grabaciones. Garfunkel se limitaba a cantar. Los éxitos les vinieron uno tras otro. El salto a lo más alto les llegó de la mano de una película generacional que supuso la consagración de su director, Mike Nichols, y de su joven protagonista, Dustin Hoffman. Paul compuso para esa película -llamada El Graduado-, una canción que, curiosamente, nunca se oía completa en la película. Se titulaba Mrs. Robinson. Oigámosela a The Diego.
[THE DIEGO INTERPRETA "MRS. ROBINSON"]
Luego volveré sobre la letra de esta canción. Ahora quiero acabar con la historia de las relaciones de Simon con Garfunkel.
Tras el éxito de The Sounds of Silence en 1966, y hasta 1970, el dúo sacó tres LPs: Parsley, Sage, Rosemary & Thyme, Bookends y Brigde Over Troubled Waters. El primero es deudor de bastantes viejas composiciones de Simon. El segundo, que incluía la versión íntegra de Mrs. Robinson, marcó la culminación del trabajo de Paul para el dúo, con interesantes apuntes de la que sería su evolución posterior.
El más irregular de estos LPs, y sin embargo el más vendido -y el que supuso el lanzamiento definitivo de Simon & Garfunkel al mercado internacional, incluido el español-, fue Brigde Over Troubled Waters.
Para esas alturas de la película, Paul Simon estaba harto del dúo. Llevaba fatal el esteticismo y la ampulosidad de Garfunkel, que encontraba eco en su productor, Roy Halee. Se quejaba de que él era el compositor de todas las canciones y el que llevaba el peso fundamental de la grabación, pero que, luego, a la hora de las decisiones finales, su opinión sólo valía un tercio. Se marchó cabreado del estudio cuando decidieron meterle a The Boxer un aparatoso final con miles de instrumentos de cuerda sonando en plan superproducción.
Hubo algunas canciones en las que Garfunkel apenas intervino. Una de ellas es, de hecho, una despedida a Garkunkel, que se fue a México a participar como actor en una película, dirigida también por Mike Nichols. Llamó a esa canción The Only Living Boy in New York. Empieza dirigiéndose a Garfunkel por el viejo seudónimo escolar: Tom (de Tom & Jerry). «Tom, coge tu avión a tiempo. Seguro que tu viaje será estupendo. Viaja a México, que aquí me quedo yo, el único chico que vive en Nueva York».
La bronca definitiva llegó a la hora de decidir la duodécima canción del disco. Simon, que ya había metido una canción dedicada a Frank Lloyd Wright, un arquitecto que había sido perseguido por sus simpatías filocomunistas, quería meter otra canción llamada «Cuba sí, Nixon no». A Garfunkel le apetecía incluir un pasaje de una cantata de Bach, que quería entonar auxiliado por un coro infantil y grabarla en una catedral. Fue demasiado. Optaron por dejar el disco en once canciones... y por tirar cada uno por su cuenta.
He hablado de The Boxer. Aquella tristísima canción, que era una parábola sobre sus propios problemas, se ha convertido en un clásico.
Sólo soy un pobre muchacho.
Aunque mi historia rara vez haya sido contada
he malgastado mi resistencia
a cambio de un puñado de gruñidos.
Así son las promesas:
todo mentiras y cuentos.
Pero un hombre oye lo que quiere oír
y se despreocupa del resto.
(...)
En el descampado hay un boxeador,
un luchador profesional.
Carga con el recuerdo
de todos los guantes que le tumbaron
o que lo hirieron mientras gritaba
de rabia y de vergüenza:
«Me rindo, me rindo».
Pero el luchador aún continúa.
Oigámosla.
[THE DIEGO CANTA "THE BOXER"]
Así que el dúo se fue al guano en el mismo momento en que alcanzaba el cenit de su popularidad. Desde entonces, sólo se reunió en actuaciones aisladas y en una gira conjunta que Paul Simon se avino a realizar para recuperarse del batacazo económico que le supuso su incursión como director e intérprete en el mundo del cine. Finalmente, acabaron rompiendo definitivamente sus relaciones a raíz del día en que Simon realizó un multitudinario concierto en el Central Park de Nueva York ...y se olvidó de invitar a Garkunkel, cuya casa, para más inri, está a dos pasos del parque.
El caso es que ya tenemos de una vez a Simon solo, «libre de tirar por donde quiera», como él mismo escribiría años después.
Decidió entonces dar rienda suelta a las muchas ideas que le bullían en la cabeza.
A fines de ordenación, dividiré esas ideas en dos grandes capítulos, aunque todas estuvieran hirviendo en la misma olla.
De un lado, quería experimentar con otras expresiones musicales.
Él siempre ha estado convencido de que el público norteamericano es musicalmente muy provinciano: «Sólo escucha su propia música», declaró por entonces. Sólo la suya, y ni siquiera toda. Quería probar qué gama de posibilidades le podía ofrecer la inspiración del jazz, y la del soul, y la de la música latinoamericana. Y se dedicó a hacerlo.
En el terreno literario, quería trabajar con algo hacia lo que ya había apuntado en algunas canciones anteriores: la composición poética inconexa, sin argumento aparente, basada en la yuxtaposición de ideas, sensaciones e imágenes unidas tan sólo por el clima sentimental, por la atmósfera que crean. Algo de eso había hecho en Mrs. Robinson, donde mezclaba burlonamente a Jesucristo -algo que fue muy mal acogido por la crítica conservadora- con la despedida de Joe DiMaggio, el gran jugador de béisbol que se casó con Marilyn Monroe, y con los debates de la campaña presidencial escuchados en el sofá familiar por la tarde del domingo.
Pero quería desarrollar más esas posibilidades, y a fe que lo hizo, y que las ha ido llevando más y más lejos, incluso a costa de sembrar a veces el desconcierto entre sus propios fans.
El primer disco de Paul Simon en solitario tuvo una acogida muy buena y subió hasta el número uno de las listas. Tenía influencias sudamericanas y caribeñas, con reggae incluido, pero dejaba las puertas abiertas de par en par al blues, e incluso coqueteaba con el jazz, tocando una canción a medias con el violinista Stephane Grapelli. Sonaba fresco. Tampoco le fue nada mal con su segundo experimento, There Goes Rythmin' Simon, disco en el que retomó las raíces del gospel y el dixieland de Nueva Orleans. Éste llegó al número 2 en las listas de éxito de EEUU y al 4 en las británicas, pese al disgusto de la sociedad biempensante, que torcía el gesto cuando le oía por la radio cantar: «Cuando recuerdo toda la mierda que me enseñaron en el instituto...». Algunas emisoras decidieron no reproducirla.
En 1975, Paul sufrió un fuerte golpe personal. Se divorció de Peggy, la «chica plateada» de Bridge Over Troubled Waters, y, aunque obtuvo la custodia de su único hijo, Harper James -que tenía entonces tres años-, lo llevó fatal. Su siguiente disco, Still Crazy After All These Years, le salió bastante amargo, con letras que hablaban de desencuentros o que ironizaban agriamente con el desamor.
Pese a que su prestigio seguía siendo grande y a que la Academia de las Artes premió aquel disco con varios Grammy, entró en crisis total con su casa discográfica de siempre, la CBS, que lo presionaba para que se dejara de experimentos y volviera con Garfunkel. Paul no sólo se negó a ello, sino que tiró por elevación y exigió a la multinacional que le pagara 4 millones de dólares por disco. Le respondieron que no. Así que otra ruptura más.
Entró con ello en una época bastante oscura. Pasó cinco años en los que apenas hizo nada como cantautor, salvando algunas composiciones sueltas y algunas colaboraciones con amigos.
En el plano personal tampoco las cosas le fueron mucho mejor. Se casó con Carrie Fisher, una turbulenta actriz hija del cantante Eddie Fisher y de la actriz Debbie Reynolds. Las aparatosas borracheras y líos múltiples de Carrie, tanto públicos como privados, trajeron a Simon por la calle de la amargura durante unos cuantos años. Ustedes conocen probablemente a la muchacha por su papel como princesa Leia en La Guerra de las Galaxias. Lo que quizá no sepan es que también es una interesante novelista, una de cuyas obras, Postales desde el filo, fue llevada con éxito a la pantalla grande, con Shirley MacLaine y Merryl Streep como protagonistas.
En 1980 Simon volvió a moverse. Aceptó escribir la banda musical y actuar como guionista y protagonista de una película que llevó el nombre de One Trick Poney. La película, francamente mala, no tuvo ningún éxito, y arrastró parcialmente en su desprestigio a la banda sonora. Sólo se salvó de la quema su tema estrella, Late In the Evening, que es sin duda una pieza espléndida, en la que, aunque se apoye en una letra descriptiva -no olvidemos que se trata de la banda musical de una película-, da cuenta de su tendencia al impresionismo literario.
Lo primero que recuerdo
es que estaba en la cama.
No podía tener más
de uno o dos años.
Recuerdo que se oía una radio
en la habitación de al lado
y que mi madre reía
como suelen hacerlo algunas señoras
cuando se hace de noche
y la música lo invade todo.
Lo siguiente que recuerdo
es que voy andando por la calle.
Me siento bien.
Estoy con mis amigos, con la pandilla,
y en la avenida unos tipos juegan al billar
y escucho el sonido de una coral
cantando, casi de noche,
y todas las chavalas están en los pórticos.
Después aprendí a tocar la guitarra solista.
Era menor de edad, en aquel bar tan cutre.
Salí a fumarme un porro
y cuando volví a entrar
aquello estaba que echaba humo.
Subí el volumen del amplificador y comencé a tocar.
Era casi de noche
y conquisté al público.
Lo primero que recuerdo
cuando entraste en mi vida
es que me dije: «Conseguiré a esa chica
me cueste lo que me cueste».
Supongo que ya había estado enamorado antes
y no era la primera vez que estaba por los suelos,
pero como a ti nunca había querido a nadie,
y era casi de noche
y toda la música nos invadía.
La letra, melancólica, tenía como contraste una música festiva, casi como de mambo de Pérez Prado, con una fuerte sección de metal y una percusión muy agresiva. Oigamos la versión que nos ofrece The Diego.
[THE DIEGO INTERPRETA "LATE IN THE EVENING"]
El fracaso de One Trick Poney le afectó mucho. No entendía qué es lo que había hecho mal. Le pasaría lo mismo bastantes años después, cuando se dio el gran bofetón con el musical The Caperman, presentado en Broadway con Rubén Blades como protagonista. Él suele decir que incluso llegó a plantearse abandonar su carrera como cantautor. No me lo creo, pero en todo caso hubo de acudir en urgente auxilio de sus finanzas, aceptando hacer una gira con Garfunkel en plan revival. Los vi en el campo del Rayo Vallecano, lleno hasta la bandera. En París tuvieron 150.000 personas en las gradas y 250.000 más que se quedaron fuera. Fue un éxito total, Mrs. Robinson ocupó de nuevo el primer plano de las listas de éxitos de Europa y él volvió a llenar la caja, que era de lo que se trataba. Pero lo pasó fatal. Yo, que acudí al concierto provisto de unos potentes prismáticos, lo noté: Simon tenía un aire inconfundiblemente deprimido. Miraba a su viejo amigo Tom con evidente desagrado. Luego me enteré de que ni siquiera se hablaban. Se enviaban mensajeros entre los respectivos camerinos para comunicarse sus opiniones, casi siempre divergentes.
Cualquier pesetero al uso se habría rendido a la evidencia: la firma Simon & Garfunkel era una máquina de hacer dinero; la sociedad comercial Paul Simon Limited no funcionaba. Pero él no se rindió.
Y aún tuvo que soportar más reveses.
La indiferencia con que el gran público acogió la banda sonora de One Trick Pony le había desconcertado. Pero, hasta cierto punto, acabó asumiendo esa reacción. Él mismo se dio cuenta de que era un producto bastante confuso, sin demasiado empaque. A cambio, se quedó de piedra al comprobar que su siguiente disco, Hearts & Bones, tampoco cuajaba. ¿Por qué diablos, si en esta ocasión había derrochado creatividad musical y literaria? Comprendo su perplejidad. Yo sentí la misma: para mi gusto, Hearts & Bones es uno de sus mejores discos.
En aquel trabajo, Simon entró de lleno en lo que la crítica acabaría llamando AOR: Adult Oriented Rock, es decir, rock destinado a gente adulta. Él mismo lo explicó: le parecía ridículo que un tipo de cuarenta y tantos años siguiera cantando letras que hablaban de la chica del pupitre de al lado y de sexo en el asiento de atrás del coche. Su generación -que es la mía- tenía ya otras preocupaciones vitales y sentimentales, y alguien debía empezar a hablar de ellas. Hearts & Bones retrata a un hombre maduro, angustiado por los problemas de su separación matrimonial y a disgusto con un mundo que poco o nada tiene que ver con el que anhelaba cuando era joven. La verdad es que tanto las letras como casi todas las músicas resultaban bastante deprimentes, y el personal no siempre tiene ganas de deprimirse, o de regodearse en su depresión. La crítica trató muy bien el disco, pero tuvo unas cifras de venta verdaderamente ridículas.
Y en esto llegó Graceland.
Ya he dicho que Simon siempre estuvo interesado por las otras músicas: la latina, la caribeña, la sureña... Seguía alimentando la preocupación por ensanchar las fronteras del rock. Pero su vuelco hacia la música africana tuvo un origen accidental. Un amigo le regaló una cinta con ritmos de Soweto tocados con el acordeón como instrumento solista. Le fascinó. «A las pocas semanas», cuenta, «casi sin darme cuenta, me encontré cantando versos improvisados por encima de la música». Se interesó por aquel sonido, pidió que le mandaran más discos y más cintas y, poco a poco, maduró la idea de trabajar con aquella gente.
Estaba el problema del veto que la ONU había impuesto a la Sudáfrica del apartheid. Simon consultó con dos buenos amigos suyos que estaban al tanto de la problemática sudafricana: Harry Belafonte y Quincy Jones. Ambos le animaron a emprender la aventura. El sindicato de músicos negros sudafricanos, por su parte, organizó una asamblea para fijar su actitud ante la iniciativa de Simon. Decidieron darle luz verde, convencidos de que el salto de la música negra sudafricana al mercado internacional podía ayudarles a luchar contra la segregación racial. Para que no quedaran dudas sobre sus intenciones, Simon decidió pagar a los músicos sudafricanos el triple de lo que tenía fijado el sindicato norteamericano para el trabajo de los músicos de sesión, garantizando a los intervinientes también el cobro de una parte de los royalties.
En sólo dos semanas y media de grabación en los estudios Ovation de Johanesburgo, Simon registró cinco canciones. Fue hasta allí sin ninguna idea previa. Se dejó llevar por los ritmos, permitiendo que fueran fluyendo las canciones y, con ellas, las letras. Entre las canciones grabadas en esta primera tacada, hay una cuya letra me parece particularmente inspirada, por lo que tiene de retrato alucinado del mundo de nuestros días. Es una cascada de incoherencias, tal como puede percibir las noticias de cualquier noticiario cualquier ciudadano atribulado e incapaz de colocar las piezas de la realidad en su sitio.
Esto era un día muy aburrido.
El sol golpeaba
a los soldados en el borde de la carretera.
Había una luz resplandeciente,
escaparates haciéndose añicos.
La bomba en el coche del bebé
estaba conectada a la radio.
Éstos son días de milagros y maravillas,
esto es una conferencia telefónica,
la manera en que el objetivo nos sigue a cámara lenta,
la manera en que nos vemos todos nosotros,
la manera en que contemplamos una lejana constelación
que se muere en un rincón del cielo.
Éstos son días de milagros y maravillas,
y no llores, niña, no llores, no llores.
Esto era un viento seco
que barría el desierto
y se acurrucaba en el círculo del nacimiento,
y la arena muerta
cayendo sobre los niños,
las madres y los padres
y la tierra automática.
Éstos son días de milagros y maravillas,
esto es una conferencia telefónica,
la manera en que el objetivo nos sigue a cámara lenta,
la manera en que nos vemos todos nosotros,
la manera en que contemplamos una lejana constelación
que se muere en un rincón del cielo.
Éstos son días de milagros y maravillas
y no llores, niña, no llores, no llores.
Esto es un giro con lanzamiento en suspensión,
es el violento arranque de todos,
y cada generación lanza un héroe a las listas de éxito.
La medicina es mágica
y lo mágico es arte,
y el bebé-burbuja,
y el bebé con el corazón de mandril.
Y creo que éstos son días de lásers en la jungla,
lásers en algún lugar de la jungla,
señales en staccato de información constante,
una vaga afiliación de millonarios
y billonarios, niña.
Éstos son días de milagros y maravillas,
esto es una conferencia telefónica,
la manera en que el objetivo nos sigue a cámara lenta,
la manera en que nos vemos todos nosotros,
la manera en que contemplamos una lejana constelación
que se muere en un rincón del cielo.
Éstos son días de milagros y maravillas
y no llores, niña, no llores, no llores.
La música se adapta como un guante al caos alucinado de la letra.
The Diego nos la cantan.
[THE DIEGO TOCA "THE BOY IN THE BUBBLE"]
En Graceland, disco del que se vendieron seis millones de ejemplares en menos que canta un gallo, Paul Simon experimentó una técnica de composición no sólo nueva, sino también, a decir verdad, realmente extraña. Se ponía a tocar con los músicos hasta que encontraba un tema, un hilo conductor, y entonces lo desarrollaba, y luego dejaba que las sensaciones que le producía la música le sugirieran la letra. De ahí el extraordinario empaque de las canciones. El sistema de elaboración de las letras lo describe él mismo: «Edito. Al principio canturreo por encima de la melodía. Poco a poco, fluyen las ideas, luego las palabras, luego las frases. A veces llegan primero las imágenes; en otras ocasiones te viene a la cabeza una frase ya terminada. (...) Así voy seleccionando pieza a pieza. Al final, me encuentro con un montón de piezas encajadas que sueltas no hubiese imaginado nunca que tuvieran nada que ver».
No tiene nada de sorprendente que Simon se sintiera tan atraído por los ritmos negros sudafricanos. Éstos hunden sus raíces en las mismas músicas que llevaron consigo hasta América los esclavos africanos y que, con el tiempo, tomarían diversas derivaciones, una de las cuales desembocó en el rythm & blues de los 50 y, con él, en el rock & roll. En cierto modo, Simon se limitó a volver a las fuentes. Y en ellas descubre elementos que parecen nuevos: el bajo se convierte en el instrumento principal y el acordeón toma la responsabilidad de la estructura melódica. La percusión está también en un primerísimo plano. El conjunto resulta muy original, pero no tanto como para que el gran público no pudiera entenderlo. La acogida fue formidable.
No en todas partes. El organismo correspondiente de las Naciones Unidas decidió que Simon había violado las reglas del boicot a Sudáfrica y, en consecuencia, lo incluyó en la lista de los artistas y deportistas cómplices del apartheid. Poco importaba que el sindicato de músicos negros sudafricanos le hubiera dado su visto bueno, ni que la gira que se organizó a continuación, el Graceland Tour, convirtiera cada concierto en un acto político contra el régimen blanco de Sudáfrica, con homenajes a Mandela y Stephen Biko, con la constante presencia de Miriam Makeba, símbolo musical de la resistencia, y con el obligado canto final del himno del Congreso Nacional Africano. Las Naciones Unidas dieron una acabada muestra de las estupideces a las que puede conducir el formalismo. Convirtieron lo blanco en negro y lo negro en blanco.
El disco, pese su enorme unidad, cuenta con colaboraciones que no tienen nada que ver con Sudáfrica. Una canción está íntegramente compuesta en colaboración con un grupo chicano, Los Lobos, muy conocidos en la Costa Oeste, y otra con Good Rockin' Dopsie & The Cajun Twisters, especialistas en cajun y zydeco, estilos musicales de influencia francesa muy populares en las marismas de Lousiana.
La canción que da título al álbum, Graceland, es probablemente la más curiosa del conjunto del trabajo. Un buen día, improvisando con los músicos sudafricanos, empezó a surgir una tonada que a Simon le evocó el country norteamericano. El country, heredero de la música irlandesa, es probablemente el estilo más blanco de todos los estilos blancos de los EEUU. La población negra norteamericana se siente tan poco interesada en el country que se suele decir, medio en serio medio en broma, que es más fácil encontrar a un negro tocando country que a un negro que lo escuche. Algo de eso hay: yo estuve en la Fan Fair de Nashville -una semana entera de conciertos de country, a razón de diez horas por día- y, entre las decenas de miles de asistentes, no me topé en todo ese tiempo con más de media docena de afroamericanos. Pero el hecho es que allí estaba Simon con un grupo de músicos negros y lo que estaba saliendo sonaba a country. Aprovechó aquello para construir una canción de inspiración country y para meter, haciendo las armonías vocales, al dúo de sus imitaciones juveniles, los Everly Brothers. Le quedó una especie de road song, de canción de viaje, para la que se buscó una letra a la altura. Como se sabe, «Graceland» es el nombre de la casa que Elvis Presley se hizo construir en Memphis, Tennessee. Todavía sigue siendo visitada por decenas de miles de personas a lo largo del año. Simon, que fue y es un gran admirador de Elvis, se toma el viaje a Graceland como si se tratara de una especie de peregrinación a La Meca, aprovechando para remover de nuevo la vieja espina, nunca extraída del todo: su traumática separación matrimonial.
Para no interrumpir la lectura de la letra con notas a pie de página, avisaré que National es una marca de guitarras muy utilizada por los intérpretes de música country.
El delta del Misisipí brillaba como una guitarra "National".
Sigo el río por la autopista
que atraviesa la cuna de la Guerra Civil.
Voy a Graceland,
Graceland, en Memphis, Tennessee,
Voy a Graceland.
Niños pobres y peregrinos con sus familias
vamos a Graceland.
Mi compañero de viaje tiene nueve años.
Es el hijo de mi primer matrimonio.
Tengo razones para creer
que los dos seremos bien recibidos
en Graceland.
Ella vuelve para decirme que se ha marchado.
Como si yo no lo supiera.
Como si no conociera mi propia cama.
Cómo si no hubiera visto
cómo se apartaba el pelo de la frente
y decía que perder el amor
es como tener una ventana en el corazón:
todo el mundo ve cómo estás destrozado,
todo el mundo ve cómo sopla el viento.
Voy a Graceland,
Graceland, en Memphis, Tennessee,
voy a Graceland.
Niños pobres y peregrinos con sus familias
vamos a Graceland.
Y mis compañeros de viaje
son fantasmas y medias vacías.
Miro a los fantasmas y los vacíos,
pero tengo razones para creer
que todos seremos bien recibidos
en Graceland.
Hay una chica en Nueva York
que dice que es un trampolín humano.
Y, a veces, cuando caigo, vuelo
o doy vueltas caóticas. Y yo digo:
"Ah, así que eso es lo que quieres decir".
Quiere decir que estamos de rebote en Graceland.
Y veo que perder un amor
es como tener una ventana en el corazón.
Todo el mundo ve que estás destrozado.
Todo el mundo ve cómo sopla el viento.
En Graceland.
Voy a Graceland por razones que no puedo explicar.
Hay una parte de mí que quiere ver
Graceland.
Y quizá esté obligado a defender
todo amor, todo final,
o quizá ya no haya obligaciones.
Quizá tenga razones para creer
que todos seremos bien recibidos
en Graceland.
Oigamos cómo suena eso tocado por The Diego.
[THE DIEGO TOCAN "GRACELAND"]
Paul Simon es lo que en mi tierra se llama «un culo de mal asiento». Y África es muy grande. Durante la gira internacional de presentación de Graceland, Simon conoció a Youssou N'dour, el más conocido de los músicos de Senegal. N'dour le dijo que, si Sudáfrica cuenta con grandísimos vocalistas, bajistas, acordeonistas y guitarristas, el África Occidental concentra a los mejores percusionistas. Le explicó que la ruta de la percusión parte del Oeste de África, pasa a Brasil, llega al Caribe y se instala finalmente en Cuba. Así que Simon puso sus ojos en Brasil. De ahí salió The Rhytm of The Saints, su siguiente álbum, muy similar en cuanto a su concepción a Graceland. Algún crítico brasileño dijo que Simon se dedicaba a hacer «safaris musicales», cobrando piezas exóticas en el Tercer Mundo para exhibirlas luego en la metrópoli. Y algo de eso puede haber. Pero lo que nadie le puede negar es que caza por su cuenta. Y que se busca guías de primera. En ese trabajo estuvo todo el tiempo arropado por Milton Nascimento, que no es precisamente un ignorante de los ritmos de Brasil. El disco no tuvo el éxito de Graceland -ése era un objetivo prácticamente imposible-, pero casi nadie le ahorró elogios.
Me habría gustado que escuchárais la canción que abre el disco, The Obvious Child, que es verdaderamente pasmosa. Pero se grabó con el concurso de catorce baterías, diez bajos y cuatro panderetas. Ya he sometido a The Diego a suficientes pruebas. No puedo pretender que reproduzcan con una sola batería algo que viene a ser algo así como los tambores de Calanda, sólo que cada uno por su cuenta.
Y tampoco podemos aspirar a hacer un recorrido exhaustivo por una carrera de siete lustros. Confío en que los apuntes que he ido hilvanando por acá y por allá hayan servido para aproximar el trabajo de Paul Simon a los menos conocedores de su obra y para aportar algunas claves de interpretación a los que la conocieran algo mejor.
Paul Simon ha sido y es todavía uno de los más inquietos poetas del rock de nuestro tiempo. Y también, como su amigo Woody Allen, uno de los estadounidenses más europeos de las últimas décadas. Una isla solitaria e inclasificable en medio del mar del rock norteamericano.
Él siempre ha dicho que le intriga saber qué papel acabará ocupando en la Historia de la música popular. De algo puede estar seguro: ocupará uno. Y en primera fila.
Javier Ortiz.(11 de octubre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de diciembre de 2017.