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2001/12/23 06:00:00 GMT+1

Redondo Terreros

Nicolás Redondo Terreros, Nicolasín, presentó anteayer su dimisión como secretario general del PSE-PSOE. Acto seguido, anunció su voluntad de ser candidato a la reelección.

Supongo que la mayor parte del personal, que no sigue los retorcidísimos meandros de la crisis del PSE -cosa muy comprensible, porque son aburridísimos-, se habrá quedado perpleja, preguntándose por qué dimite el buen hombre, si quiere seguir. Lo explico en dos patadas: se va porque lo ha desautorizado implícitamente el presidente del partido, Txiki Benegas, al pedirle que renuncie de momento a sacar adelante su documento sobre las señas de identidad del socialismo vasco. Nicolasín había apostado muy fuerte en favor de ese documento, resultado, a su vez, de otra desautorización: la que él había hecho del primer borrador, elaborado por Jesús Eguiguren.

El PSOE vasco está dividido en dos tendencias fundamentales: la que representa Redondo Terreros -por otra parte subdividida en varias facciones no demasiado amistosas- y la que encabezan varios dirigentes históricos del partido, casi todos guipuzcoanos, que no ocultan su disgusto ante las magras rentas que les está reportando el entusiasmo de Nicolasín por el PP.

A veces se pinta la diferencia entre ellos como una contradicción entre españolismo y vasquismo. Es inexacto. Con independencia de que entre los segundos haya algunos menos visceralmente españolistas, lo que les une, sobre todo, es la calculadora: constatan que, yendo de la mano del PP, no han hecho más que perder votos y parcelas de poder con respecto a la época en que colaboraban con el PNV y EA.

Parece que están ya hasta las narices del seguidismo de Redondo -puesto espectacularmente de manifiesto en los últimos días, tras apuntarse a la táctica de boicot de Mayor Oreja en el Parlamento vasco- y que se han decidido a enseñarle los dientes de una vez por todas.

Mis simpatías por ese sector del socialismo vasco, en el que se encuadran personajes tan turbios como Benegas, Jáuregui o el propio Eguiguren, son nulas. Pero entiendo perfectamente su zozobra. He estado hace poco en el Parlamento vasco y he constatado el franco cachondeo que hay con la actitud del grupo socialista, incapaz de dar ni un solo paso sin pedir permiso a Mayor Oreja. Hay ocasiones en las que el espectáculo resulta de auténtico bochorno: el Gobierno les consulta tal o cual iniciativa, dicen que en principio les parece bien, acuden a continuación a hablar con el PP... y regresan a la carrera para decir que se lo han pensado mejor, y que no.

Un partido así está abocado al fracaso, por falta clamorosa de personalidad propia. Es inevitable que buena parte de sus votantes acaben concluyendo que, para eso, casi mejor votan directamente a Mayor Oreja.

En realidad, es lo que ya están haciendo.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (23 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/23 06:00:00 GMT+1
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2001/12/22 06:00:00 GMT+1

«¡Milagro, milagro!»

Gaetano, el simpático y gesticulante protagonista de Ricominciare da tre (1980), la desternillante opera prima del multifacético Massimo Troisi -hoy más que famoso por su postrera El cartero y Pablo Neruda-, le explicaba a un amigo la diferencia que hay entre un «milagro, bueno, sí: milagro» y un «¡¡¡milagro, milagro!!!». Le decía: «Tienes un brazo que se te ha quedado paralizado. Te encomiendas a un santo y, al cabo de tanto, puedes mover otra vez el brazo. Eso es un "milagro, bueno, sí: milagro". Pero imagínate que eres manco; que te falta el brazo entero, desde el hombro.Te encomiendas al santo y, ¡zas!, te sale un brazo nuevo, perfecto, con su mano, sus deditos y todo. Eso es un «¡¡¡milagro, milagro!!!"».

Puedo entender el interés del Vaticano por canonizar a don Josemaría Escrivá de Balaguer. Me constan los excelentes lazos que el papa Wojtyla tiene con el Opus Dei. Sé que son, incluso, más que excelentes: íntimos. Pero he de reconocer que me ha decepcionado por entero la relación de milagros que la Santa Sede atribuye al fundador de la Obra. Sólo dio el pasado día 20 constancia pública de uno, y ese uno entra por entero, además, dentro de la categoría troisiana de «milagro, bueno, sí: milagro». Se trata de la inexplicable curación de un médico extremeño, Manuel Nevado, que sufrió una radiodermitis en una mano. La radiodermitis tiene muy mal pronóstico y, de haber seguido su evolución normal, habría forzado la amputación de varios dedos del doctor. Pero se le pasó. Don Manuel lo atribuye a que rezaba con mucha devoción a Escrivá de Balaguer (aunque no consta que rezara sólo al fundador del Opus Dei, e incluso sea verosímil que sus oraciones tuvieran un mayor grado de diversificación).

Bueno, pues la verdad: puestos en ésas, me da que podrían promoverse la tira de canonizaciones. Sin ir más lejos, yo mismo tengo un familiar muy cercano que, en su más tierna infancia, padeció una enfermedad catalogada hasta entonces -y hasta mucho después- como incurable. Incurable y mortal. Nada de quitarle unos dedos y ya está: de las que te llevan irremisiblemente al otro barrio.

Los médicos nunca se explicaron que sobreviviera. «Es milagroso», decían. Pero, claro, como todos sus próximos éramos tirando a agnósticos, quedose el Cielo y no digamos don Josemaría Escrivá de Balaguer para mejor ocasión.

Ahora me arrepiento: lo mismo hubiéramos podido promover una canonización familiar. O haber atribuido la curación a San Ignacio de Loyola, para chinchar.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (22 de diciembre de 2001) y El Mundo (26 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de diciembre de 2011.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/22 06:00:00 GMT+1
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2001/12/21 06:00:00 GMT+1

Argentina se desangra

Multitudes exasperadas que asaltan los supermercados para conseguir comida. El fenómeno comenzó el viernes 14 en Rosario, se extendió a partir del 17 por todo el país exceptuada la Patagonia y acabó por llegar el 19 a la capital. Sólo entonces parece que se enteró De la Rúa, que adoptó una medida tan anticonstitucional como imbécil: decretar el estado de sitio.

Dicen: «Es que no tienen ni para comer». Pero eso no explica nada. La mayoría de los países de América Latina están llenos de desarrapados que no tienen ni para comer, y no asaltan los supermercados. Para entender lo ocurrido estos días en Argentina hay que contar con que buena parte de esa gente, ahora desesperada, no lo estaba o lo estaba mucho menos hace apenas unos años. Trabajaba, se ganaba la vida mal que bien, subsistía. Son cientos de miles, son millones de personas que se han visto empujadas lenta pero inexorablemente a la miseria a lo largo de un proceso de degradación exasperante, propiciado por una clase política tan corrupta como ineficaz.

«Se ha detectado la acción de elementos provocadores», alegan.

En algunos casos parece que sí. Eso cuentan, al menos, los periódicos de Buenos Aires. Pero todos están de acuerdo en un punto: esos pescadores de ocasión no habrían tenido éxito alguno si el río no bajara más que revuelto.

Por lo demás, buena parte de los asaltos fueron comprobadamente espontáneos. Y no eran sólo expresión del hambre: también un grito de pleno hartazgo ante una situación insostenible. De hecho, bastó con que De la Rúa decretara el estado de sitio para que la protesta tomara un carácter político, con caceroladas y manifestaciones masivas.

Todos los sedicentes expertos en números se dedican ahora a pontificar sobre los males estructurales de la economía argentina. Por supuesto que tiene problemas específicamente económicos. Pero el drama es, en lo esencial, político: una clase dirigente en todos sus estratos: en el Gobierno, en la oposición, en las cúpulas sindicales, en los grandes medios de comunicación, en la Iglesia corrompida hasta la médula, que ha saqueado el país y desmantelado el Estado. Los ciudadanos han perdido cualquier respeto por la ley, porque la ley se burla de ellos.

Argentina afronta una profundísima crisis nacional que sólo tiene dos salidas: o una catarsis general, que necesariamente habría de pasar por la renovación completa de su clase dirigente, u otra reedición de sus muchos y recurrentes experimentos totalitarios, que acallaría a tiros la ira popular, pero que dejaría todo no ya igual, sino aún peor. La otra posibilidad es dejar que el país siga desangrándose, hasta que se muera.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (21 de diciembre de 2001) y El Mundo (22 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de diciembre de 2010.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/21 06:00:00 GMT+1
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2001/12/20 06:00:00 GMT+1

Desabridos

Rodríguez Zapatero quiere dar cuenta a Aznar del resultado de su viaje a Rabat y el jefe del Gobierno ni se le pone al teléfono.

Arenas afirma que no hace falta que regrese el embajador de Marruecos, porque Zapatero ya ejerce de tal.

Rato acusa al PSOE de estar «escudándose en un supuesto aumento de los impuestos» para oponerse a la nueva ley de financiación autonómica. Dice que el previsto encarecimiento de los combustibles no es un impuesto, sino una tasa. Como si la catalogación técnica del arma cambiara la realidad del atraco.

Hoy el PP aplicará el rodillo de la mayoría absoluta para hacer que las Cortes aprueben la prórroga del Concierto Económico.

Lo mismo hará con la nueva Ley Universitaria.

El Gobierno reitera que no permitirá que los gobiernos regionales (sic) participen en las delegaciones españolas ante la UE.

El PP presiona para mantener el bloqueo del Parlamento Vasco.

Se mire hacia donde se mire, todo lo que produce el PP y su Gobierno son gestos de soberbia, poses autoritarias, desplantes. Tenemos unos gobernantes firmemente decididos a parecer antipáticos. O a serlo. No es que la mayoría absoluta se les haya subido a la cabeza: es que ha tomado posesión de ella. Incluso los ministros menos proclives a la altanería -Rato, Montoro, Del Castillo- se han contagiado de ese estilo desabrido.

Se están labrando la ruina. Me da que han perdido de vista que, en las sociedades mediáticas, las apariencias pesan más que los contenidos. Que incluso los sustituyen. Que poco importa que tengas razón si te comportas como si no la tuvieras.

No digamos nada si, además, no la tienes.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (20 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/20 06:00:00 GMT+1
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2001/12/19 07:00:00 GMT+1

Esa mayoría exótica vasca

El PP se queja de que Ibarretxe no tiene en cuenta «la mayoría parlamentaria» que hay en Vitoria. ¿Y cuál es esa «mayoría parlamentaria»? La que forman él mismo, el PSOE... y Batasuna.

Es fantástico. Los días pares, Mayor Oreja y los suyos discuten sobre la posibilidad de ilegalizar a Batasuna, o sobre cómo incluir en una eurolista de cómplices del terrorismo a quienes colaboren con esa organización. Los impares, en cambio, forman «mayoría parlamentaria» con la gente de Otegi e incluso deciden su táctica mirándose en el espejo del otro: reconocen que ellos van o no al Parlamento en función de lo que haga o deje de hacer Batasuna.

Considerada como un todo puesto que como un todo se manifiesta, la «mayoría parlamentaria» en cuestión no parece el colmo de la coherencia. Unos dicen que el proyecto de Presupuestos del Gobierno vasco presunta causa del conflicto resulta intolerablemente «soberanista», y los otros, que es vergonzosamente «autonomista». Pero se unen contra el enemigo común. Porque lo único que cuenta es chinchar a Ibarretxe. Con los Presupuestos, con el Concierto Económico o con lo que sea.

Ignoro si los integrantes de la «mayoría parlamentaria» serán conscientes del papelón que están haciendo ante la sociedad vasca.

Porque al personal de a pie le importa una higa si los Presupuestos son soberanistas, autonomistas, galgos o podencos. No le interesan los anatemas ideológicos, sino las cifras. Lo que quiere es que le concreten de una vez por todas cuánto dinero va a destinar la Administración vasca a sanidad, a educación, a viviendas de protección oficial, a investigación, a medio ambiente, a infraestructuras, etcétera, etcétera. Y teme, con razón, que la actitud coordinadamente obstruccionista de los tres partidos opositores vaya a dar como resultado una nueva prórroga de los Presupuestos anteriores, mucho más cicateros en materia de gasto social.

Con lo cual, lo que están consiguiendo los tres partidos de esa exótica «mayoría parlamentaria» es que sus respectivas franjas electorales flotantes, ya de por sí menguadas, empiecen a estar de ellos y de sus pataletas sectarias hasta los mismísimos. Que los vean como politicastros sin principios, cegados por sus muy variados e incompatibles rencores.

Están jugando con fuego. Porque, como insistan mucho en esto de la «confluencia táctica» y de la mayoría parlamentaria de los polos opuestos, lo que acabarán logrando es que Ibarretxe no tenga más remedio que colocarlos de nuevo ante las urnas.

Quizá ésa sea la cosa: que no tuvieron bastante con el 13 de mayo y necesiten una dosis mayor de la misma medicina.

Javier Ortiz. El Mundo (19 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de marzo de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/19 07:00:00 GMT+1
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2001/12/19 06:00:00 GMT+1

El titular que nunca existió

Los titulares de El Mundo han aportado a la Historia del Periodismo importantes innovaciones todavía no bien estudiadas en las Facultades del ramo.

Algunas de esas aportaciones, muy notables, se basan en el uso intencionado de determinados adverbios y conjunciones.

El adverbio ahora, sin ir más lejos. «Arzalluz afirma ahora que el PNV se opone al terrorismo». El lector entiende de inmediato lo que se le insinúa, con la ventaja adicional de que, como se le insinúa pero no se le dice, no hay por qué justificarlo.

La conjunción mientras también da muchísimo juego. Permite dar pistas sobre hipotéticas relaciones entre hechos que corrían el riesgo de pasar por meramente simultáneos. Ejemplo: «Aznar, recibido calurosamente por Bush mientras González dice que España no tiene política exterior».

En determinadas condiciones, ni siquiera hace falta recurrir al aparatoso mientras. Vale con un lacónico y. Muestra: «Rabat recibe a Zapatero con honores de presidente y Bono dice que el régimen marroquí no es democrático». ¿Hay que deducir que El Mundo se opone a que los políticos españoles tengan relación con regímenes no democráticos? No. Basta con retener la malicia.

Dada esa habilidad -que he ilustrado supra con titulares de mi pura invención-, reconozco que me sentí realmente defraudado el pasado lunes al no toparme en portada con el encabezado que esperaba. A saber: «El Príncipe Felipe anuncia su ruptura con Eva Sannum y Eduardo Serra confirma el nombramiento del heredero como presidente de honor de un lobby de negocios internacionales».

Porque me parece evidente -por más que imposible de demostrar- que ambos hechos están íntimamente relacionados.

Se trata del mero trueque de un affaire exterior por otro.

De un trueque, además, perfectamente justificable. Y comprensible.

El Príncipe no ganaba nada oficializando sus relaciones con la muchacha ésa. Lo que la chica del país del Norte le ofrecía no sólo lo ha tomado ya, sino que, con cierta discreción -y unos cuantos talones bancarios, eventualmente-, podrá seguir tomándolo cuanto le dé la gana en el futuro (con lo cual mantendrá, ya de paso, una tradición muy borbónica). A cambio, el lobby de Eduardo Serra tiene un aspecto de lo más prometedor. De ahí puede salir dinero a espuertas. ¿Para qué andar tirando de la manga al rey Fadh o al De la Rosa de turno, en plan cutre, si uno puede meterse honorablemente en un estupendo negocio realizado con todas las bendiciones oficiales? Foreign affaire por foreign affaire, la cosa no tenía color.

Habrá quien objete que podía haber hecho ambas cosas. Pero no. El affaire de doña Eva le estaba restando enteros en la bolsa de la Corona un día sí y otro también. Si quería rodearse de un halo de honorabilidad y ser tomado en serio en el mundo de los negocios, estaba obligado a dar pasaporte a la noruega. Y es lo que ha hecho. Y encima se ha llevado una cosecha de halagos de las que hacen época.

Desengañémonos: la manzana de Eva ya no tienta. La Gran Manzana resulta mucho más rentable.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (19 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/19 06:00:00 GMT+1
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2001/12/18 06:00:00 GMT+1

La mayoría vasca

El PP vasco reprocha a Ibarretxe que no tiene en cuenta «la mayoría parlamentaria» que hay en el hemiciclo de Vitoria.

¿Y cuál es esa «mayoría parlamentaria»? La que forman él mismo, el PSOE... y Batasuna.

Es fantástico. Los días pares, Mayor Oreja y los suyos discuten sobre la posibilidad de ilegalizar a Batasuna, o sobre cómo incluir en una eurolista de cómplices del terrorismo a quienes colaboren con esa organización. Los impares, en cambio, forman «mayoría parlamentaria» con la gente de Otegi e incluso deciden su propia táctica mirándose en el espejo del otro: reconocen que ellos van o no van al Parlamento en función de lo que haga o deje de hacer Batasuna.

Considerada como un todo -puesto que como un todo nos la presentan-, la «mayoría parlamentaria» en cuestión no parece precisamente el colmo de la coherencia. Unos dicen que el proyecto de Presupuestos del Gobierno vasco -presunta causa del conflicto- resulta intolerablemente «soberanista», y los otros, que es vergonzosamente «autonomista». Pero, pelillos a la mar: todos unidos contra el enemigo común. Lo único que cuenta es chinchar a Ibarretxe. Con los Presupuestos, con el Concierto Económico o con lo que sea.

Ignoro si los integrantes de la «mayoría parlamentaria» serán conscientes del papelón que están haciendo ante la sociedad vasca. Porque al personal de a pie le importa una higa si los Presupuestos son soberanistas, autonomistas, galgos o podencos. No le interesan las definiciones ideológicas, sino las cifras. Lo que quiere es que le concreten de una vez cuánto dinero va a destinar la Administración vasca a Sanidad, a Educación, a viviendas de protección oficial, a investigación, a medio ambiente, a infraestructuras, etcétera, etcétera. Y teme, con razón, que la actitud coordinadamente obstruccionista de los tres partidos opositores vaya a dar como resultado una nueva prórroga de los Presupuestos anteriores, mucho más cicateros en materia de gasto social.

Con lo cual, lo que están consiguiendo los tres partidos de la «mayoría parlamentaria» es que sus respectivas franjas electorales flotantes, ya de por sí menguadas, empiecen a estar de ellos y de sus pataletas sectarias hasta los mismísimos. Que los vean como politicastros sin principios, cegados por sus muy variados e incompatibles rencores.

Están jugando con fuego. Porque, como insistan mucho en esto de la «confluencia táctica» y de la «mayoría parlamentaria» de los polos opuestos, lo que acabarán logrando es que Ibarretxe no tenga más remedio que colocarlos de nuevo ante las urnas.

Quizá ésa sea la cosa: que no tuvieron bastante con el 13 de mayo y necesiten una dosis mayor de la misma medicina.

Post scriptum.- Montoro dice que lo mismo prescinde de negociar el Concierto Económico con el Gobierno Vasco y toma contacto directo con las Diputaciones provinciales, saltando por encima del Ejecutivo de Ibarretxe. Que Montoro, un hombre de natural pacífico y ponderado, diga semejante tontería es una prueba más de los extremos a los que puede conducir la alocada belicosidad del PP. Por mucho que quisiera, Montoro no podría negociar directamente con las Diputaciones vascas. Ni la de Vizcaya ni la de Guipúzcoa aceptarían una propuesta tan aberrante. Como mucho, podría arrastrar a ese disparate a la de Álava, gobernada por el PP (aunque tampoco veo a los diputados alaveses del PP metiéndose en tamaño berenjenal). Pero, aunque consiguiera eso, ¿qué lograría? ¿Preparar el terreno para volver a declarar a Vizcaya y Guipúzcoa «provincias traidoras», como hizo el generalísimo mentor del presidente de honor de su partido?

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (18 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/18 06:00:00 GMT+1
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2001/12/17 06:00:00 GMT+1

Yo no olvido

«Nosotros no olvidamos».

Las gentes de izquierda tenemos una relación conflictiva con la memoria. Nos pasamos la vida prometiendo -prometiéndonos- que no vamos a olvidar.

Se trata por lo común de una memoria que no es memoria, sino deseo de venganza. Herriak ez du barkatuko («El pueblo no perdonará»), suele gritarse en Euskadi.

O en Argentina: «Ni olvido ni perdón».

Queremos vengar, sí, pero acabamos olvidando. No sólo olvidamos nuestros deseos de venganza -tan a menudo imposibles-, sino también a las víctimas a las que juramos memoria. Y probablemente para bien: el peso del dolor acumulado podría acabar por resultarnos insoportable.

Hablo en plural, pero la verdad es que no me siento demasiado concernido por la reflexión. Por alguna razón que desconozco -y que no vindico-, estoy muy mal dotado para el olvido de las penas.

Yo ya no sé si quiero o no quiero vengar a Aniano Jiménez, sindicalista cántabro de la HOAC a quien los fascistas arrebataron la vida de un tiro en Montejurra en 1976 y que murió en mis brazos. Sé que no lo he olvidado. Recuerdo como si fuera hoy aquel «¡No aviséis a la Policía, que estoy fichado!», casi tapado por la voz de José Antonio Labordeta, que cantaba a voz en cuello por los altavoces: «Habrá un día en que todos / al levantar la vista / veremos una tierra...».

Pobre Aniano.

Del mismo modo, cada vez que paso por la calle del Padre Larroca, en San Sebastián, junto al bar Iraeta, recuerdo a Jesús Mari Ripalda, el compañero al que la Policía mató en el curso de una manifestación contra el proceso de Burgos, en 1970.

Hubo allí en tiempos una placa conmemorativa. Ya no está.

No me hace falta.

Como no necesito que nadie me recuerde a Miquel Grau cuando camino por la Plaza de los Luceros, en Alacant. Pegaba carteles convocando a la Diada cuando un falangista le estrelló una jardinera en la cabeza y acabó con su vida.

¿Memoria política? No, qué va. Lo mío es amontonar tristezas de toda suerte. También llagas personales. También males de amor.

Creo que mi memoria es hemofílica: no consigue cicatrizar.

Hace sólo una semana que ha muerto mi madre y ya casi todo el mundo me invita al olvido. Me da que les sorprende -y que les preocupa- la tenacidad de mi dolor, vivo como el primer día.

Sé que pasará el tiempo y me haré a la idea. Me acostumbraré también a esa pena, la mayor de mi vida.

Pero no la olvidaré jamás.

En este caso, además, porque no quiero.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (17 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/17 06:00:00 GMT+1
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2001/12/16 06:00:00 GMT+1

Leña al infiel

Las tertulias radiofónicas con sede en la Villa y Corte han encontrado otro muñeco para su particular pimpampún: el director general de la Guardia Civil, Santiago López Valdivielso. Acabo de enterarme de ello desde mi retiro de Aigües, escuchando -ventajas de los satélites- el Cocidito madrileño, programa sabatino de Radio Euskadi que hace antología de lo más florido del largue semanal de sus emitencias. Al parecer, don Santiago dijo el otro día en el Club Siglo XXI que, ETA al margen, Euskadi tiene un problema político de encaje en España, con lo que se ha ganado los balidos del ganado.

No es cosa de reproducir aquí todas las invectivas que se han proferido contra él desde la COPE, Onda Cero y Radio Nacional, aunque sea de rigor admitir que, una vez más, la palma se la ha llevado el protomártir arzobispal Federico Jiménez Portodoslosantos, que reclamó su fulminante inmolación (la de Valdivielso: no os hagáis ilusiones).

Reconozco, de todos modos, que en esta ocasión he sentido la tentación de incurrir en una confluencia táctica con el tal Jiménez -al modo de Batasuna, el PP y el PSOE en el asunto de los Presupuestos vascos- y convenir en que, en efecto, lo declarado por el jefe de la Guardia Civil es inaceptable. Porque, en rigor, no es cierto que Euskadi tenga un problema político con España. Es España la que tiene un problema político consigo misma, lo que le lleva a tener problemas con Euskadi, con Cataluña, con Galicia, con las Canarias, con el País Valenciano, con Ses Illes, con Ceuta, con Melilla... y con todas y cada una de sus supuestas partes. Es un Estado que no acabó de cuajar como nación y que, no obstante -o por eso mismo-, ha venido dándose ínfulas de nación como la que más. Sus prohombres trataron de articular los signos de identidad nacionales a golpes de mandoble medieval, en plan «Tú, chitón, que te parto la cara», en un tiempo en el que las naciones se construían generando industria y comercio, rompiendo las barreras internas con sólidas infraestructuras y buenas comunicaciones. Los mandamases de Madrid no fueron capaces de hacerlo, sobre todo porque no vieron interés en ello -para trabajar ya estaba la periferia-, lo que dio lugar a un Estado poco maduro y bastante incoherente.

España es una casa decididamente mal hecha, y a nadie debería extrañarle que, cuando no le fallan las cañerías, se le atasquen los desagües. O se le hunda el suelo.

Pero supongo que sería demasiado pedir que el jefe de los del tricornio reconociera esa realidad.

Él se ha limitado a constatar lo que tiene delante de las narices, y ya con eso la ha hecho buena. Porque el reconocimiento de lo evidente es uno de los signos más claramente distintivos de la anti-España.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (16 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/16 06:00:00 GMT+1
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2001/12/15 08:00:00 GMT+1

París latino, de 0:00 a 24:00

«Esta ciudad ya no es lo que era», dicen, nostálgicos, algunos viejos del lugar. Bueno, no hace falta ser Heráclito para saber que nada es nunca lo que fue. Por definición. El París de ahora mismo no tiene gran cosa que ver, desde luego, con el de los «los locos años 20», pero puedo certificar que loco, lo que se dice loco, está loco de remate: calles repletas hasta las tantas de la madrugada, restaurantes en los que se sirve de cenar a cualquier hora de la noche, discotecas gigantescas en las que cuesta hacerse un hueco incluso entre semana... y miles, miles de personas, locales y foráneas –me dicen que París es en estos momentos la ciudad del mundo que recibe más visitantes por día–, gente con marcha inagotable, firmemente decidida a divertirse. Cada día. Incluso en las noches del pleno y crudo invierno. Llueva, hiele o nieve. Cueste lo que cueste, dicho sea en todos los sentidos posibles. Lo latino es la última estrella del Paris la nuit. El ambiente caribeño, la salsa y lo hispano se están enseñoreando del nuevo barrio à la mode, a la derecha de la plaza de la Bastilla, según se mira desde el Sena, donde todo es muy cálido y muy chic.

Todavía no hace nada, lo más in estaba en Le Marais, del otro lado de la nueva Ópera –ésa que Mitterrand hizo para los ricos con el dinero de los pobres, según parece todo el mundo obligado a repetir–, camino de la plaza de Les Vosgues. Un barrio conquistado para el ambiente gay, bullicioso y desinhibido. Pero la demanda daba para más, para mucho más. Da la impresión de que cabría abrir cincuenta restaurantes y doscientos sitios de copas nuevos en aquella amplia zona parisina y que se llenarían lo mismo. La oferta corre; la demanda vuela.

Acudimos a cenar, muy a primera hora, al Havanita, en la rue du Lappe, una callejuela que alberga local tras local. Hasta las 8 de la tarde, el Havanita funciona como local de copas, happy hour incluida. A esa hora se transforma en el restaurante que, a decir de todo el mundo, es en este momento el que goza de mejor reputación de entre los muchos de su género.

La decoración responde a lo que todo turista con afán topiquero esperaría encontrarse –y suele encontrarse– en La Habana. De todos modos, los frescos de las paredes –en los que no falta la inevitable imagen de Ernesto Guevara ni las evocaciones a Ernest Hemingway y El Floridita–, tienen una calidad bastante superior a la media. Son obra de Juan Luis Morales, pintor y arquitecto educado entre La Habana y Madrid. Él es, de hecho, el responsable del reacondicionamiento y la decoración del local, según me informa el director del café-restaurante, Chantois David, un joven verosímilmente martiniqués, que no habla una jota de castellano. Juan Luis Morales tiene un indiscutible buen gusto, aunque si hubiera decidido iluminar un poco más el sitio –así fuera tan sólo un poco– lo mismo cabría leer la carta sin dejarse los ojos en el intento.

Es martes y el Havanita, con su uve gringa y todo, está lleno hasta las cercanías de la incomodidad.

Me entero de que la cocina corre a cargo de personal francés. Un chef cuisinier cubano –monsieur David no recuerda su nombre– viaja de tanto en tanto desde Cuba para eleccionar a los cocineros franceses y asegurarse de que en el Havanita se respetan las normas de la cocina cubana. Me deja un tanto perplejo: por lo que conozco de la cocina de la perla del Caribe, casi sería mejor que el chef cuisiner en cuestión viniera a París no a dar lecciones, sino a aprender.

Lo que nos sirven no me obliga a rectificar esa idea previa. El cangrejo relleno es una pasta de aspecto confuso, tan especiada que es improbable que supiera muy diferente de estar confeccionada con cualquier otra cosa. Las gambas al pil-pil están tan resecas que resultan decididamente incomestibles. El guacamole, en cambio, está bien, y la fritura de pescado, sin ser excelsa, se deja comer. Más audaz sería por mi parte opinar sobre el tiburón a la plancha a la Hawak: como es la primera vez en mi vida que lo pruebo, estoy incapacitado para afirmar que pudiera saber mejor –o peor, incluso– en otras condiciones.

Al camarero, venezolano, le sorprende nuestro escaso apetito. Y entiendo su sorpresa, porque compruebo que los comensales que llenan el resto de las mesas dan cuenta sin rechistar de todo lo que les sirven y, a juzgar por el bullicio reinante, con buen ánimo.

Lo mejor de todo, el vino: un Santa Digna chileno de 1999. De Miguel Torres.

Resultado del conjunto, a la hora de la verdad: unas 8.000 pesetas por cabeza.

Es evidente que la gente que llena día tras día el Havanita viene a consumir, sobre todo, un plus de exotismo. Porque no olvidemos que esto es París, donde los buenos restaurantes no son escasos, precisamente.

Abandonamos la penumbra habanera en búsqueda de unos amigos que –sabia gente– han preferido acudir a Chez Paul, un viejo y prestigioso resto francés que está a escasas manzanas. Por el camino veo que no hay un maldito sitio que dispense comestibles, sean del tipo que sean, que no se encuentre a rebosar.

Una vez juntos todos, acudimos en alegre tropel al Barrio Latino, del que dicen que es el emporio caribeño de copas y baile con más tirón en estos momentos.

Como es martes, no tenemos dificultad para entrar. Durante los fines de semana, hay que sufrir una larga cola y esperar a que otros vayan saliendo para conseguir que los armarios que vigilan la puerta te franqueen el paso.

Y eso que el Barrio Latino es cualquier cosa menos pequeño. Se trata de una vieja fábrica de muebles de cuatro grandes plantas, con una especie de patio central. Toda la zona del Faubourg Saint Antoine estaba salpicada antaño de fábricas de muebles que ahora los empresarios de la vida nocturna –y también los de la moda– están comprando para destinarlas a sus mucho más exquisitos fines.

Es pasmoso el trabajo de transformación que hicieron con la fábrica que alberga el Barrio Latino. Hace falta inspeccionar la construcción con mucha atención para comprobar que han conservado buena parte del antiguo edificio, incluyendo las vigas de hierro, inteligentemente disimuladas e integradas en la nueva decoración, propia del palacete de un indiano venido a más, primo hermano del señor Bacardí e íntimo de todos los fabricantes de cigarros puros del universo, Filipinas incluidas. De un indiano que hubiera logrado reunir en sorprendente síntesis la devoción por el Che y la afición desbocada por la música de Gloria Estefan.

La planta baja, con dos grandes barras, está destinada al bailongo: salsa, pachanga, guaracha, sones, guajiras... de todos esos ritmos que hay que bailar –quien pueda– moviéndose sobre todo de cintura para abajo. El primer piso es restaurante. El tercero, en el que predominan los amplios sofás de cuero, ofrece un espacio adecuado para la gente que ha acudido a tomarse sus mojitos o sus copas de ron, preferentemente puro en mano, y a tratar –difícil misión– de charlar un rato. El cuarto piso es un club privado, con su propia discoteca. Además, hay salones reservados y salas de billar. Si un mal día acudieran al Barrio Latino sólo doscientas personas, el local ofrecería un desolador aspecto desértico. Allí caben la Legión Extranjera y la Legión Francesa, ambas a dos y sin bajas.

Los precios, a la altura: un discreto mojito, 1.500 pesetas.

Se puede seguir el recorrido que hicimos nosotros, que es el predilecto de los amantes de estar a la última. Pero caben muchos otros. La oferta sobra: está el ya mítico El Balayo, puerta con puerta con el Havanita, y La Pirada, justo al lado, que se presenta como «bar de tapas», pero que vale lo mismo para un roto que para un descosido, y Los Latinos, en la calle de San Sebastián, y El Corcorado, a un tiro de piedra, que le añade un toque brasileño a la juerga, y el Cube Compagnie Café, y el Sabor a Mí... Tampoco hay que moverse demasiado para ir al Bistro Latin, o al Cuban Jam Session. O cabe tomarse la noche en plan mexicano, o venezolano, o boliviano, o argentino, que de todo hay, y abundante.

En cualquier caso, la noche caribeña tiene un punto inevitable de parada y fonda para cuantos guardan en su memoria –o en su personal mitología– viejos recuerdos de La Habana: La Bodeguita del Medio. Este bar, situado en el vecino Marais, es, según cuentan –no puedo certificarlo–, un calco casi exacto del mítico local de la Habana Vieja fundado en 1942. Al número 10 de la rue des Lomards acude su correspondiente cuota parte de enamorados del ambiente habanero, de la salsa y de los ritmos latinos. Los hay que, mientras cenan o se toman el inevitable mojito, escriben en las paredes una consigna de su personal gusto, dejan nota de su número de teléfono o clavan una foto testigo de su más o menos remoto deambular isleño.

Algunos, incluso, se ponen poetas. Una mano anónima dejó escrito en el dorso de un menú: «De que hay vida después de la muerte / no cabe ninguna duda: / yo soy prueba fehaciente».

El sarao está en la parte de arriba. En el sótano, en un ambiente más tranquilo, tumbados en grandes y confortables sillones, otros prefieren descansar y charlar con un hermoso cigarro en una mano y una buena copa de ron de 7 años en la otra.
Las noches del París del 2001 son una frenética olla a presión. Es perfectamente factible salir bien pasadas  las 5 de la madrugada de tomar unas copas en Don Carlos –uno de los pocos bistrots realmente auténticos que quedan en el centro-centro, justo al lado del muy breliano Alcazar–, después de haber escuchado al propio don Carlos, viejo compañero de operetas de Luis Mariano, el recuento de su  larga vida, relatado, cual Vía Crucis, siguiendo el curso de las fotografías colgadas en las paredes (con el propio Mariano, con Michelle Morgan, con Amàlia Rodrigues, con Farah Diva, con Piaf...) y marchar andando hasta Au Pied du Cochon, en Les Halles, a tomarse unas ostras de primera, regadas con un Regnie del 99, y ver cómo el sol asoma poco a poco a través de las largas torres de la iglesia de Saint Eustache, mitad gótica, mitad renacentista, y cómo saca destellos de los arcos de vidrio y acero que recubren el moderno centro comercial que ocupa el lugar del viejo, sucio y añorado mercado.

Hay un París, pero hay cientos de París.

El latino, enorme, es sólo uno. Variadísimo, pero sólo uno.

Al final, París son todos los París juntos.

Javier Ortiz. París latino, de 0:00 a 24:00. Revista Sobremesa. El artículo es de finales de 2001.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/15 08:00:00 GMT+1
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