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2001/12/31 06:00:00 GMT+1

¿Bilingüismo forzoso?

Mil y pico enseñantes vascos van a ser recolocados en tareas no docentes porque su conocimiento del euskara no les permite impartir clases en lengua vasca.

«Un ciudadano vasco que no sabe euskara, ¿es un ciudadano de segunda?», le pregunté al lehendakari Ibarretxe en una de nuestras recientes y larguísimas entrevistas. «¡No, Jesús, claro que no!», me respondió. La recolocación de estos enseñantes no parece muy acorde con su vehemente respuesta.

El asunto, sin embargo, es peliagudo.

Estamos ante un complejo caso de derechos encontrados. El enseñante no euskaldún tiene derecho a ejercer su profesión. Y los chavales y las chavalas que acuden a un centro de Enseñanza en Euskadi -o, a título jurídico, sus progenitores o tutores- tienen derecho, a su vez, a que se les impartan las clases en euskara, si ése es su deseo. El derecho que debe prevalecer, en este caso como en cualquier otro en el que entren en contradicción un derecho individual y otro colectivo, es el colectivo.

Pongamos un caso típico: un ciudadano acude a la ventanilla de una oficina de la Administración autónoma y se dirige al funcionario en euskera. ¿Tiene derecho a que lo atiendan en su lengua? Sin duda.

Pero las cosas no son tan simples. Porque en Euskadi hay dos lenguas oficiales. Los modelos docentes en vigor tienen en cuenta ambas y apuntan a que toda la chiquillería, reciba instrucción preferentemente en euskara o preferentemente en castellano, llegue a la edad adulta manejando con soltura ambas lenguas (lo cual me parece sumamente razonable). En un contexto como ése, no veo por qué no puede hallar acomodo un cierto número de enseñantes que se expresen exclusivamente en castellano.

Están luego los posibles agravios comparativos. Ejemplo: la Administración vasca permite que la práctica totalidad de los jueces y fiscales con destino en Euskadi no sepa una jota de euskara, para lo cual ha habilitado el necesario contingente de traductores. ¿Cien en la Justicia y cero en la Enseñanza? ¿Por qué? ¿Porque las asociaciones profesionales de jueces y fiscales son españolistas y, en cambio, las de enseñantes son mayoritariamente nacionalistas? ¿Porque unas le presionan en un sentido y otras en otro? No me parece un criterio.

Doy por hecho que una proporción importante de los enseñantes que no saben euskara acogerán bien la propuesta de la Consejería de Enseñanza del Gobierno Vasco y aceptarán los nuevos destinos con interés, precisamente para evitarse los problemas prácticos que les plantea su monolongüismo castellano. Me sé de más de uno al que el bilingüismo de la mayoría de sus alumnos -su monolingüismo práctico en euskara- le provoca verdaderos quebraderos de cabeza y que considerará una liberación dedicarse a otras tareas. Pero habrá también muchos que no deseen apartarse de la Enseñanza.

Ignoro si es cierto que la consejera vasca de Enseñanza ha dicho, como he leído, que «en un país bilingüe, todo el mundo tiene que ser bilingüe». Si ha dicho eso, ha dicho una memez. No se puede convertir el objetivo último -el bilingüismo total- en una exigencia para el presente.

Porque -y puesto que de derechos preferentes hablamos- el derecho preferente de la ciudadanía vasca es el derecho a coexistir en paz y en armonía, sin que nadie pretenda obligar a nadie a no ser como es.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (31 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 21 de febrero de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/31 06:00:00 GMT+1
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2001/12/30 08:00:00 GMT+1

Oscar Ladoire, entrevista para la revista Sobremesa

«Odio la pedantería, tanto en el cine como en la cocina»

Nota: Javier Ortiz firmó, al menos, ocho colaboraciones en la revista Sobremesa. En mayo de 2009, publicamos la primera (¡Que beban!) y hoy hacemos lo propio con esta entrevista a Oscar Ladoire. Cada lunes habrá un nuevo texto. Ya que estamos: nos gustaba más la revista cuando andaba por allá Rafael Chirbes.

Sostiene que un buen actor es aquel al que no se le nota que miente. Y ése fue el secreto de su éxito en «Ópera prima»¸ la primera película de Fernando Trueba. Ladoire, coguionista y protagonista del filme, parecía estar viviendo su propia historia, y el público quedó prendado de su naturalidad. Una naturalidad nada natural, fruto de mucho estudio y mucho ensayo. Ladoire (Madrid, 1954) es un actor de pies a cabeza. Incluso cuando no actúa. Desde «Ópera prima» hasta ahora, una veintena de películas como intérprete –la última, con Paco Rabal a su lado, «Alla Revoluzione sulla due cavalli», rodada apenas hace unos meses y pendiente de estreno en España–, dos más como director, toneladas de papeles menores... y hasta un concurso de televisión en horario estrella, «Fort Boyard», que está emitiendo actualmente Tele 5.

¿Cómo decide uno que va a dedicarse a ser actor?

–No es una decisión que tome uno mismo. La toman por ti. Te tiene que llamar alguien que te convence de que puedes ser actor, porque él está convencido de que puedes ser actor.

¿Y cómo llega él a esa conclusión?

–Partamos de la premisa de que todo el mundo es actor. Todo el mundo miente, en cosas de mayor o menor importancia, con más o menos frecuencia... Ocurre que algunas personas sabemos mentir mejor que el resto; somos más creíbles. Alguien se da cuenta de ello y te propone que cobres por mentir. Los políticos también cobran por mentir, pero no son propiamente actores. Yo soy mejor actor que Chirac o que Bush, porque conozco mi profesión. Yo muevo las cejas cuando hace falta. Ellos no han aprendido a controlar esos detalles.

¿Eras muy joven cuando empezaste a actuar de modo profesional?

–He dicho antes que uno se convierte en actor sólo cuando empieza a cobrar por hacerlo. A mí eso me sucedió en 1980, cuando me pagaron 250.000 pesetas por participar en una película. Pero bastante antes de eso ya había tenido algún éxito como actor. Por ejemplo, en cierta ocasión en que me detuvo la Policía franquista, logré convencerles de que era un psicópata y me dejaron en libertad. Con aquella actuación también obtuve un beneficio, aunque no fuera en dinero.

Antes de 1980 ¿no habías hecho ningún trabajo como actor, experiencias policiales al margen?

–Sí, claro. Cortometrajes. Empecé en el mundo del corto, y de ahí pasamos al cine. Formo parte de un grupo de gente que coincidimos en una cosa que se inventaron por entonces, que fue la rama de Imagen de la Facultad de Ciencias de la Información. Lo que yo quería era entrar en la Escuela de Cine, pero no pude, porque la cerraron. En Ciencias de la Información nos encontramos con que, en lugar de enseñarnos cine, nos impartían clases sobre estética general, sobre supervivencia en la literatura y el arte, sobre psicología inductiva... Un batiburrillo extraño que nos producía más bien repelús a los que queríamos aprender, lisa y llanamente, cómo estar delante de una cámara, o detrás de ella. Con ésas nos topamos algunos amantes del cine, como Fernando Rodríguez Trueba, Antonio Fernández Resines, Carlos Sánchez Boyero...

Todos ellos conocidos hoy por sus segundos apellidos.

–Sí: un grupo de gente que con el tiempo ha logrado una notoriedad estupenda.

Desde el principio te interesaste por el cine, y sólo por el cine. Muchos actores sostienen que la verdadera escuela para un actor está en las tablas de los teatros. Pero a ti el teatro nunca te ha llamado la atención.

–Desde la audacia que produce la ignorancia –porque lo cierto es que sobre el teatro lo ignoro todo–, considero que se trata de dos oficios diferentes. En realidad, creo que todo se ha ido especializando cada vez más, y que tampoco es ya lo mismo ser actor de serie de televisión que actor de cine. Incluso es posible que ya esté escribiendo alguien en Alabama una tesis sobre las técnicas específicas del actor de serie de televisión pública con relación a las del actor de serie de cadena privada, o a las del actor de grupo multimedia con diversos canales temáticos. Son oficios distintos. En cada caso priman técnicas diferentes. No es lo mismo actuar ante una cámara que subirte a un escenario en plano fijo general –porque en definitiva eso es el teatro–, donde tienes que proyectar la voz para que se te oiga en la fila 65 y donde los gestos de tus cejas no los ven sino los que están en la primera fila y tienen muy buena vista, lo que no es frecuente, porque normalmente la gente que ocupa la primera fila suele estar bastante deteriorada.

¡Claro que todo tiene que ver con la interpretación! Pero también tiene que ver con la interpretación salir a echarse un mitin después del bombardeo de las Torres Gemelas y clamar «Dios os bendiga» con lágrimas en los ojos, o ser un tendero de ultramarinos y decir: «Señora, estos tomates son de lo mejorcito»...

Es pena que el papel impreso dé tan escasa cuenta del trabajo del actor, que es actor incluso durante la entrevista. Óscar Ladoire va cambiando de tonos y voces según habla del comediante que clama para que se le oiga en la fila 65, mueve las cejas cual personaje de cine mudo para ilustrar su argumento, adopta tono presidencial para imitar al político o se vuelve tendero de ultramarinos para venderte el tomate podrido.

«Ópera prima» fue tu primer largometraje. ¿A qué atribuyes que una obra inicial –y, en consecuencia, relativamente tosca– tuviera tanto impacto y se haya convertido para mucha gente en un auténtico objeto de culto?

–Pues no lo sé. Hombre, ahora ya, con la distancia, después de tanto tiempo, podría intentar analizarlo. Una primera explicación es la tópica: llegamos en el momento adecuado contando lo que todo el mundo quería ver y nadie se lo daba. Vale, eso es cierto. Pero creo que hay algo más. No es sólo lo que contamos, sino cómo lo contamos. Sin nosotros ser conscientes de ello, transmitimos al público de aquella generación una sensación de proximidad, de familiaridad... Los personajes decían cosas que el público hacía suyas: «Anda, pero si eso lo he pensado yo muchas veces...». En realidad todo fue producto del azar. Tuvimos una oferta de producción, nos pusimos Fernando Rodríguez Trueba y yo a escribir el guión y lo hicimos en cosa de una semana, o diez días. Lo hicimos mano a mano, con dos máquinas de escribir, porque entonces no había PCs...

Había un PC: el Partido Comunista. Supongo que en aquellos tiempos todos los de tu entorno os considerarías próximos a la izquierda menos acomodada...

–Pues sí y no. Había una cosa típica de la izquierda más izquierda de entonces que a nosotros nos repateaba, que era su odio hacia el cine norteamericano. Si decías que te gustaban las películas de Ford, o de Hawks, te ponían de vuelta y media. Por entonces salió la primera entrega de La Guerra de las Galaxias. ¡La que te podía caer si decías que te lo habías pasado en grande viéndola! Eras poco menos que un fascista. En aquellos tiempos yo hice un corto, el primero que logramos sacar adelante, que se llamaba La retención, y que era la historia de una chavala a la que no le venía el periodo, y eso tenía a su madre muy mosca. La muchacha se iba a una casquería para comprar algo con lo que manchar las bragas. Lo presentamos en un festival de cortos muy prestigioso y conseguimos un pateo de los que hacen época. La pena es que no lo conservo, porque estoy seguro de que ahora sería un éxito.

En esos años era obligatorio demostrar un amor infinito por el cine francés. O todavía peor: por el alemán. ¡Qué soberanos peñazos! Todavía me acuerdo de la gente haciendo largas colas en la Filmoteca para ver el bodrio de un pavo que ni siquiera sabía qué es una elipsis. Había un bandido del siglo XVIII que tenía que contar un botín... ¡y el tipo contaba quinientas monedas, una tras otra, en plano! Pues nada: se suponía que aquello era la deconstrucción del fascismo fílmico o qué sé yo qué...

También estaba el cine italiano: Tognazzi, Gassman, Sordi...

–¡Maravillosos! ¡Divertidísimos! Pero no podías decir que eso te gustaba. De todos modos, también había italianos muy pesados, como Pasolini, salvando su Uccellacci e uccellini, de 1966, que es estupenda.

Ladoire ha sido actor en películas que llevaban un sello previo de calidad: «Mientras el cuerpo aguante» y «Sal gorda» (Trueba), «La noche más hermosa» (Gutiérrez Aragón), «El viaje a ninguna parte» (Fernán Gómez), «Las edades de Lulú» (Bigas Luna), «Allegro ma non troppo» (Colomo)... Pero también ha tenido que actuar en productos de segunda, y hasta de tercera fila. Alguna gente parece creer que los actores de prestigio viven del aire. Qué más quisieran. Cuando no hay ofertas a su altura, no les queda más remedio que descender peldaños. Todos los grandes actores españoles lo han hecho: lo hizo Fernando Rey, lo ha hecho Fernando Fernán Gómez... El propio Paco Rabal, en tiempos de penuria, llegó a protagonizar bodrios de la peor especie. Pero hasta en las plazas más infames cabe hacer faenas dignas.

-Ahora, en el 2001, hay quien considera que resulta más interesante ver «El cochecito» o «El verdugo» que «La caza».

Yo aún iría más lejos: me aporta más ver Historias de la radio, que fue dirigida por un franquista, José Luis Sáez de Heredia, que La caza. de Saura. Al margen de que lo que cuenta me resulte más divertido, es que me da más información sobre la realidad española de la época. Tiene un valor documental que me resulta muy superior. En Historias de la radio Paco Rabal hizo un papel memorable.

-Tal vez sea porque el cine tiene diversos lenguajes, y algunos son más universales y ofrecen más posibilidades, y otros son más experimentales y corren el permanente riesgo de no establecer la necesaria comunicación con el público, o de resultar un fiasco, directamente.

-Pasa lo mismo con la cocina, te diré, ya que estamos en una revista gastronómica. Yo tengo una edad en la que he conocido la nouvelle cuisine, lo mismo que he conocido la nouvelle vague. Leí en su tiempo las guías de Gault y Millau y me empapé de las maravillas de Bocuse, Guérard, Manière, Senderens... Pasaron los años y, de repente, nos sobrevino la nueva invasión francesa: todo el mundo se puso a hacer aquí nueva cocina. Está bien que haya nueva cocina, no digo yo que no, pero es que ahora puedes llegar a un pueblo perdido de La Mancha y, en cuanto te descuidas, te ponen un plato de nouvelle cuisine con unos churretones de chocolate y una hojita de cilantro... Y te dices: «Joder, con las chuletitas de cordero que había aquí tan buenas, ¿y por qué me las estropeáis poniéndoles una capita de caramelo en un plato enorme en el que quedan perdidas...?».

Mira, después de tanto viaje y de tanta vuelta por tantas partes, yo con lo que más disfruto actualmente es con una buena rodaja de merluza, o con un buen marisco, o con una buena carne roja; con sabores que no estén enmascarados. Es lo mismo que con el cine: cuéntame una buena historia y déjate de hacer florituras con la cámara.

Y así será, puesto que así lo dices, pero yo soy testigo de tus habilidades culinarias y, de la misma manera que te he visto hacer un ajoblanco estupendo, y unas ensaladas envidiables, puedo asegurar que cocinas unos huevos de codorniz con trufa sobre una espuma de foie que están de chuparse los dedos, o una carne al horno con varias salsas especiadas que es de primera...

–Por supuesto que no renuncio a nada que valga la pena. Lo que critico es el manierismo y la pedantería, tanto en el cine como en la cocina.

De todos modos, la cocina creativa que a mí me admira más es la de esa gente que llegas de improviso a su casa y que se las arregla para montarte unos platos estupendos con las cuatro cosas que le quedan en el frigorífico. Por lo que eso indica de hospitalidad, de amor. Como no creo ni en Dios ni en la religión, para mí la comida compartida es una especie de comunión. Comiendo es, además, como mejor conoces a la gente. Porque tampoco te vas a poner a follar con todo el mundo.

También creo que hay otra especialidad culinaria importante, y lamentablemente poco desarrollada, que es la de la cocina para uno solo, para uno mismo. Pero tampoco es cosa de seguir con el paralelismo del sexo...

Hablemos de televisión. Ahora, tras más de dos décadas de carrera en el cine, te ha dado por la televisión. Estás haciendo un papel en un concurso que se emite en horario de máxima audiencia, «Fort Boyard». Lo mismo te pasa como a Groucho Marx, que, después de casi 40 años en los escenarios y en las pantallas, alcanzó su máxima cuota de popularidad presentado un concurso de televisión...

–Y es posible que sea así como alcance yo la mía, vaya que sí. Ahora me encuentro con que soy el ídolo de los niños; una especie de Don Cicuta del 2001.

¿Y no es frustrante que un trabajo menor te reporte mucha más popularidad que los papeles más serios, estudiados y laboriosos?

–No, no es frustrante. Entre otras cosas, porque la popularidad representa expectativas de nuevos trabajos. Aunque en este país nunca se sabe: recuerdo que cuando le dieron el Óscar a Garci, Encarna Paso, que era la protagonista de la película, tuvo que decir públicamente a los productores que podían seguir contando con ella, porque no había aumentado su caché. Pobrecita mía: tenía miedo de que se pensaran que iba a pedirles más y que no la llamaran por eso. No, la popularidad es buena; es parte de nuestro oficio. Y la televisión te da mucha, porque te metes en las casas de la gente y te conviertes, como quien dice, en parte de la familia. De todos modos, es mejor no pensar demasiado en ello, porque puede llegar a resultar paralizante.

El lado frustrante que sí tiene trabajar en televisión va por otro lado: siempre te quedas fastidiado porque piensas que podías haberlo hecho mejor, que no has tenido tiempo suficiente para ensayar, que no has podido dar las indicaciones necesarias para que la cámara tomara este o aquel detalle, o para que la iluminación fuera esta o la otra... Pero no puedes detenerte, porque según acabas un programa ya empiezas con el siguiente.

-Pero, según lo que tú mismo decías antes, supongo que actuar en televisión también obligará a un aprendizaje diferente. En el cine se repite todo hasta que queda como se pretende; en televisión hay que ir a salto de mata... Es casi un circo, ¿no?

–Sí. Y, efectivamente, requiere una técnica especial. Para mí eso es fascinante. Siempre he sido muy curioso. De niño, cuando me regalaban un juguete, enseguida le abría las tripas para saber qué tenía dentro, cómo funcionaba... Ahora me encuentro con la televisión, y con gente que es capaz de levantarse por la mañana y decir: «Bueno, adiós, cariño, que me voy a llenar el espacio vital de tres, cuatro o cinco millones de personas». Y así día tras día. Y llenan ese espacio con su presencia, con su palabra, con su voz, y sin posibilidad de repetir, sabiendo que la genialidad o la gilipollez que digan no va a tener remedio. Da vértigo. ¿Es aplomo a espuertas? ¿Es inconsciencia? ¡Bendita inconsciencia! Y de repente te dan la oportunidad de meterte en eso. Pero si yo no soy gracioso... Si conmigo la gente se ríe no porque sea gracioso, sino porque soy ridículo... Pero te dices: «Voy a probar». Te lo tomas como un juguete más. Le abres las tripas y miras cómo funciona.

Javier Ortiz. Entrevista publicada en la revista Sobremesa a lo largo de 2001.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/30 08:00:00 GMT+1
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2001/12/30 06:00:00 GMT+1

Fútbol y política

Ví ayer el partido de fútbol entre la Selección de Euskadi y Ghana.

Poco puedo decir sobre los aspectos estrictamente deportivos del encuentro. Bueno, sí: que hubo goles, lo cual siempre es menos aburrido. Ganó Euskadi por 3 a 2. Dado el potencial futbolístico de Ghana, tampoco es como para echar cohetes (cosa que, a la vista de lo sucedido en Lima, pues casi que mejor).

Lo que me ha parecido llamativo del asunto, de todos modos, no sucedió en el partido mismo, sino luego, en los medios de comunicación. Porque, según me vi la alineación del equipo de Euskadi, me dije: «Se va a armar una buena».

Y no se ha armado ninguna, ni buena ni mala.

¿De qué hablo? Pues de que aquélla era la Selección de Euskadi y allí había varios jugadores navarros. Yo contabilicé dos, pero no soy experto en partidas de nacimiento, así que lo mismo había más.

Por mi parte, ninguna objeción. Al contrario. Tengo clarísimo que Navarra, como entidad histórica y cultural, es parte de Euskal Herria. De lo cual, sin embargo, no saco ninguna conclusión política. Considero que Navarra -su gente- debe ser libre de decidir qué relaciones desea tener con el resto de los territorios vascos. Preferiría que decidiera tener una relación muy estrecha, pero hace ya mucho que he renunciado a imponer a nadie mis preferencias. Soy partidario del derecho de autodeterminación. También del de Navarra.

Y también del de los navarros, a título individual. ¿Que hay futbolistas navarros que se reconocen vascos y quieren jugar con la Selección de Euskadi? Perfecto. ¿Que hay otros que no se consideran vascos y, en consecuencia, se niegan a enarbolar la bandera bicrucífera? Pues que no lo hagan.

Pero ése no es el punto de vista de Miguel Sanz y sus huestes de UPN. Ni tampoco el de muchos medios de comunicación. Ellos sostienen -en contra de la ley, dicho sea de paso- que Navarra no tiene nada que ver con Euskadi. Lo lógico sería, entonces, que pusieran el grito en el cielo por la presencia de navarros en la Selección de Euskadi, que le armaran la de dios a la Federación Vasca de Fútbol por alinearlos y que declararan a los futbolistas navarros en cuestión, qué se yo, personas no gratas, o hijos malditos, o algo así.

Pero, que yo haya visto u oído, nadie ha dicho ni pío al respecto.

¿Por qué? ¿No se han dado cuenta? Imposible. ¿No quieren enfrentarse a esos jugadores, por temor a que el prestigio agraviado de los futbolistas dañe el suyo propio? Tendría narices.

En todo caso, el fenómeno es curioso.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (30 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/30 06:00:00 GMT+1
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2001/12/29 07:00:00 GMT+1

Cuestión de supervivencia

Dice Ramón Jáuregui que plantear las contradicciones del PSE-PSOE como si fueran resultado de una división entre «vasquistas» y «no vasquistas» es una simplificación insostenible.

Estoy de acuerdo. Resulta francamente improcedente calificar de «vasquistas» a personajes como Jesús Eguiguren, Txiki Benegas o él mismo. Ninguno de ellos se ha distinguido jamás por su apasionado vasquismo político (aunque bien es cierto que tampoco han llegado nunca a los extremos del diputado general de Alava, Ramón Rabanera, que hace unos días, a propósito de la negociación del Concierto Económico, llamó a la delegación del Gobierno de Ibarretxe «la parte vasca», como si él hubiera acudido a Madrid en nombre de Castilla y León, o algo así).

El asunto no va por ahí. La crisis del PSE se ha desatado, sencillamente, porque buena parte de los socialistas vascos se han dado cuenta de que, de insistir erre que erre en la política marcada por Redondo Terreros, se iban al garete.

Desde que decidieron escenificar su ruptura con el Gobierno vasco -y digo «escenificar» porque la decidieron cuando aquel Gobierno ya estaba prácticamente en funciones, y la cosa apenas tenía efectos prácticos-, Redondo y sus allegados se han limitado a seguir las huellas de Jaime Mayor Oreja. En todo y para todo.

El PSE ha carecido de línea propia hasta extremos patéticos. Si Mayor decía de algo que era blanco, era blanco. Y si aseguraba que negro, pues negro. Se ha limitado a ser un triste remedo del PP. Y eso, en política, se paga caro. Porque, si no existes para nada concreto, si no cumples ninguna función específica, te conviertes en un cero. Y no mejora en nada tu posición que insistas una y otra vez en que se trata de un cero a la izquierda.

Debería haberle bastado a Redondo Terreros con constatar el cúmulo de elogios que le dirigían los del PP y sus propagandistas mediáticos para darse cuenta de que, por fuerza, algo tenía que estar haciendo mal. Francamente, es de lo más sospechoso que te llene de alabanzas un partido que te está disputando, en buena medida, la misma franja de electores. Y, por si fuera poco, llega Mayor Oreja y anuncia que el PP vasco está en disposición de acoger en su seno a los socialistas que se consideren incompatibles con los nuevos aires que corren por su partido. ¡Les ofrece el carné del PP!

No vale la pena entrar en disquisiciones ideológicas. El giro que ha iniciado el PSE es mera cuestión de supervivencia. Se trata para ellos, pura y simplemente, de pintar algo en la política vasca. Porque, si no, sólo les quedará echar la persiana.

Javier Ortiz. El Mundo (29 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 25 de febrero de 2013.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/29 07:00:00 GMT+1
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2001/12/29 06:00:00 GMT+1

Fefé

Fernando Fernández Tapia -Fefé, para el pijerío capitalino- prosigue su ascenso social hacia la cumbre. Ahora ha conseguido que lo nombren presidente de la Cámara de Comercio de Madrid en unas elecciones en las que sólo ha participado el 2,4% de los empresarios censados y que han sido recurridas ante los tribunales por diversas irregularidades. Presidente de la Confederación Empresarial Independiente de Madrid (CEIM) desde 1985 y vicepresidente de la CEOE desde 1990, FFT quería hacerse con la Cámara de Comercio madrileña no porque esa asociación goce del menor prestigio, sino porque es clave para controlar el Ifema, organismo que monta -y explota- todas las ferias comerciales de la Villa y Corte. Que maneja un pastón, por lo tanto.

FFT se beneficia del descarado apoyo de Alberto Ruiz Gallardón y de su consejero de Economía, Luis Blázquez, que llegó a la política procedente del Banco Central, en el que ejercía de factótum de Escámez. Todos ellos, pese a su militancia pepera, tienen excelentes relaciones con el grupo Prisa y con el propio Jesús Polanco.

Quien más quien menos sabe de Fefé por su presencia en las revistas rosas, que dan cuenta puntual de sus amoríos. Lo que muy poca gente sabe es que el empresario Fernández Tapia se hizo rico gracias a sus negocios en un sector muy poco adecuado para el comercio madrileño: el naval. El menda es armador de buques mercantes.

Me enteré de su existencia cuando trabajé para el Instituto Social de la Marina, hace ahora tres lustros. Allí no gozaba de un elevado prestigio, precisamente. En la época en que frecuenté aquel organismo, se hablaba de él como el desaprensivo dueño de un buque que había sido apresado en la costa africana -en Nigeria, me parece recordar- con un cargamento dudosamente legal. Las autoridades locales detuvieron a la oficialidad y a los tripulantes del barco y los encarcelaron a la espera del correspondiente juicio. Fefé se desentendió del asunto y los dejó tirados.

El mundo naval español de la época contaba con algunos empresarios a los que calificar de sinvergüenzas era tan sólo hacerles elemental justicia. Su jeta sólo podía compararse con la de las autoridades estatales del sector, con la que se repartían el botín.

Tenían montado un negocio estupendo. El naviero que fuera pedía un crédito al Banco de Crédito Industrial -es decir, al Estado- para adquirir un barco mercante. El BCI se lo concedía, dándole una moratoria de un año para el pago. El naviero explotaba el barco durante ese año y, al llegar el día en el que hubiera debido comenzar a retratarse, alegaba que no tenía dinero y entregaba el barco al BCI. Al poco, pedía otro crédito para comprar otro barco... ¡y se lo concedían también! De esa guisa, el Estado iba acumulando barcos y más barcos. No barquitos de tres al cuarto: petroleros y cosas así. Esos barcos los iba vendiendo en el mercado internacional a precios irrisorios, asignándoselos a aquellos armadores extranjeros que se mostraban más generosos en el pago de comisiones a los altos funcionarios del PSOE que hacían de intermediarios en la operación. Conocí a un personajillo felipista que pasó en cosa de nada de no tener dónde caerse muerto a comprarse un castillo castellano -¡un castillo!- al que acudía los fines de semana con su Mercedes último modelo.

Fernández Tapias se desenvolvió muy cómodamente en aquel ambiente. Supongo que, si no acabó en la cárcel, es porque no desentonaba nada en el sector. Incluso puede decirse que resultaba muy representativo. Tal vez por eso llegó tan rápidamente a vicepresidente de la CEOE.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (29 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/29 06:00:00 GMT+1
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2001/12/28 06:00:00 GMT+1

Inocentes

Un tanto espesado por culpa de tanto festejo navideño, abordo los informativos de la mañana con la determinación de no dejarme colar ninguna inocentada. «A ver qué gracia se les ha ocurrido a éstos», me digo. Y voy pasando de emisora de radio en emisora de radio, mientras ojeo los periódicos en la Red.

Una hora después, mi perplejidad es total. Prácticamente todas las noticias que he repasado podrían eventualmente ser inocentadas. Unas más que otras, sin duda -lo del oráculo ése que considera importantísima la presencia de los Servicios de Inteligencia españoles en Afganistán y Pakistán, o las explicaciones de Washington tras el bombardeo de una expedición que acudía a Kabul a festejar el nombramiento del nuevo Gobierno-, pero tampoco por gran diferencia. Tampoco están nada mal las declaraciones de Piqué pidiendo «seriedad» al nuevo presidente de Argentina.

Al final, opto por pensar que la inocentada de este año es la noticia sobre la lista de organizaciones terroristas que ha elaborado el Consejo Europeo. Tiene que ser una broma.. Sólo así se entiende.

Primero, porque no me creo que el Consejo Europeo no incluya al IRA entre las organizaciones terroristas de por este rincón del universo. Si el IRA no es una organización terrorista, ¿qué es? ¿Una ONG? Porque disolverse, no se ha disuelto. Y tampoco ha abandonado definitivamente las armas.

Segundo, porque calificar solemnemente de terroristas a organizaciones cuya ilegalización no ha sido ratificada en sentencia firme por ningún tribunal de Justicia representaría una intromisión política en los terrenos propios del Poder Judicial totalmente impropia de un organismo ejecutivo de la UE.

Tercero, porque decir que van a bloquear sus cuentas, pero sólo cuando estén a nombre de ciudadanos extracomunitarios (!), entra ya en el terreno del cachondeo puro y simple.

Las propias crónicas de Prensa dejan entrever el verdadero carácter festivo de la charlotada del Consejo Europeo. Leo en una publicada por El Mundo: «El Gobierno español no ha triunfado en su declarado propósito de incluir a Batasuna entre los grupos de apoyo al terrorismo, pero ha logrado de la Unión una decisión política que va incluso más allá que la propia Justicia española, ya que la ilegalización de las citadas organizaciones, y el procesamiento de sus miembros aún no han sido confirmados por sentencia firme.»

Es obvio que el texto es de coña. Nadie con un mínimo de seriedad puede considerar que sea positivo «ir más alla que la propia Justicia». Como no podría decir que «la ilegalización de las citadas organizaciones y el encarcelamiento de sus miembros aún no han sido confirmados por sentencia firme», como si supiera que lo serán.

Definitivamente, ésa es la inocentada del día.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (28 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/28 06:00:00 GMT+1
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2001/12/27 06:00:00 GMT+1

«La parte vasca»

El diputado general de Álava, el popular Ramón Rabanera, declaró ayer que no quiere pronunciarse sobre la posibilidad de negociar directamente el Concierto Económico con el Ministerio de Hacienda, saltándose todas las mediaciones previstas por la ley, «hasta ver con qué actitud acude a Madrid la parte vasca».

Dijo exactamente eso: «La parte vasca».

Toma ya. Ahora resulta que el dirigente máximo de la Diputación alavesa no se considera incluido en «la parte vasca». «La parte vasca», para él -que también acudía a la reunión, no os vayáis a creer-, es sólo el Gobierno de Ibarretxe.

¿Como hay que tomarse eso? ¿Como un lapsus surgido de lo más hondo del subconsciente o como una confesión de parte?

Pues mira, Rabanera, chico: eres «parte vasca», aunque tú no quieras. Porque ser vasco no es cosa ni de opción política, ni de Rh, ni de conciencia nacional, ni de ikurriñas. Eres vasco porque vives y trabajas en Euskadi. Y porque la Diputación de Álava es vasca.

Si quieres que Álava se integre en Castilla y León, no tienes más que proponerlo. Y si la mayoría de la población alavesa lo desea, no seré yo quien se oponga.

Pero algo me dice que esa propuesta te traería algún problema.

PS.- Ayer volví a meter el cuezo. Hablé del «lenguaje de los sordomudos», olvidándome (a) de que los sordomudos no existen: son tan sólo sordos; y (b) de que el término correcto es lengua de signos, entre otras cosas porque nada impide su utilización a una persona que no sea sorda. Lo peor es que no es la primera vez que cometo ese mismo error. A ver si consigo tener remedio...

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (27 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/27 06:00:00 GMT+1
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2001/12/26 06:00:00 GMT+1

Pues anda que el otro...

Fui injusto ayer. Atribuí a don Juan Carlos de Borbón y Borbón la responsabilidad exclusiva de que el día de Navidad no pueda ser proclamado en España "Día Sin Política". Me olvidé del Santo Padre y de su bendición urbi et orbi.

Otro pesado, y éste todavía más sopas. Me dijeron el otro día que está perdiendo el habla. ¿Cómo que la está perdiendo? ¡La ha perdido! Eso ni es habla ni es ná: un hilillo balbuciente, un leve rumor, apenas una psicofonía.

Se decía de Salvador de Madariaga, antecesor de los Solana y hombre políglota, que era un pesado que decía tonterías en muchos idiomas. Karol Wojtyla lo supera con creces. Ayer saludó hasta en birmano. Estoy seguro de que en Birmania se paralizó la vida ciudadana para oírle. Eché de menos que no utilizara el lenguaje de señas de los sordomudos. Debería ir entrenándose.

Cada vez que un político expresa un buen deseo genérico, todo el mundo se le tira encima diciéndole aquello de que "no basta con señalar las tareas; hay que poner los medios para cumplirlas". Si le aplicaran ese criterio al Papa, lo hacían polvo. Es increíble con qué tranquilidad se permite decir que todo debería estar bien, que sería estupendo que no hubiera guerras, que cuánto mejor si todos los niños estuvieran bien alimentados -aunque no sé por qué los niños sí y los demás no-, que qué estupendo si desapareciera el sida y que quiera Dios que nos vaya bonito. ¡Coño, pues negócialo tú con él, que tienes línea directa!

Lo más sangrante es que todos esos mensajes de humildad, caridad y amor universal los lanza a la ciudad y el mundo desde un palacio que vale su peso en oro y en representación de una institución que en España, sin ir más lejos, tiene el patrimonio privado más importante que exista.

¿Quién se supone que fue aquel que dijo: «Vende todo lo que tienes y sígueme»?

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (26 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/26 06:00:00 GMT+1
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2001/12/25 06:00:00 GMT+1

Si no fuera por él...

El día de Navidad podría tener una ventaja, y casi la tiene: no hay noticias de política interior (o «doméstica», como dicen ahora nuestros domesticados congéneres, empeñados en practicar el spanglish).

Tal día como hoy, por ejemplo, a los periodistas de guardia en radios y televisiones no les quedaría más remedio que saltarse esa por lo general bien nutrida sección... si no fuera por él.

Hablo del rey, por supuesto. Del rey y de su tradicional alocución de Nochebuena, esa sopa insulsa -dicho sea en honor de su oratoria- fabricada siempre con un mar de tópicos supuestamente bienintencionados y aderezada con algunas morcillitas progubernamentales. Le escuché anoche un trocito: estaba el hombre, en efecto, más sopas que nunca.

Lo peor no es que él hable y diga las cosas que le han escrito, sino que con ello da pie a que las radios y televisiones del día y los periódicos de los dos días siguientes -del día siguiente en Cataluña y del posterior en los demás- le den vueltas y más vueltas hasta marearlo, tratando cada cual de tirar de sus pavisosadas pro domo sua. Lo mismo hacen los cuatro políticos que están de guardia. Las declaraciones de Anasagasti metiéndose con la perorata regia empiezan ya a convertirse en una tradición más navideña que el turrón y las uvas.

De no ser por el discurso del rey de la baraja política española -que, si os fijáis, lo es de los cuatro palos-, el día de Navidad podría ser instituido en España como el Día Sin Política.

¿Os dáis cuenta de lo bonito que podría resultar? Incluso yo tendría que hablar de cualquier otra cosa.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (25 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/25 06:00:00 GMT+1
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2001/12/24 06:00:00 GMT+1

Una precisión

Me pregunta un lector qué hay de cierto (o de falso) en un episodio que relata Pepe Rei en su último libro (El periodista canalla, Kale Liburuak, 2001) y en el que aparezco mezclado.

El pasaje al que se refiere el lector dice, literalmente, lo siguiente:

«La última vez que me había encontrado a Pedro J. había sido en Bolueta mientras ultimaban las obras de acondicionamiento de lo que sería la sede de El Mundo del País Vasco. El motivo de la cita era una convocatoria de Ramírez para estar conmigo personalmente. Pedro J. no se dirigió a mí de forma directa, sino que utilizó a Javier Ortiz, que sería después el subdirector de la edición vasca de El Mundo, quien a su vez recurrió a otro intermediario, José María Caminos, ex compañero suyo de militancia en el EMK y que trabajaba conmigo en el equipo de Investigación de Egin.

»En Bolueta, además de Ramírez y Ortiz, estaba también David Barbero, ya nombrado para ese entonces director de El Mundo del País Vasco. Pedro J. fue al grano desde el principio: le interesaba que me integrara en su proyecto para trabajar en la sección de investigación del nuevo periódico. Mi respuesta fue que estaba muy a gusto en Egin, en donde gozaba de total libertad de trabajo y que no tenía intención alguna de cambiar de medio.

»Recientemente, a raíz de toda la ofensiva mediática para darle cobertura a Garzón con mi encarcelamiento, Melchor Miralles quiso complacer una vez más a su jefe y mintió en una tertulia de "Tele 5". Miralles afirmó que cuando se fundó El Mundo del País Vasco no sólo yo me había ofrecido para trabajar en ese medio, sino que incluso le había ofertado al resto del equipo. Exactamente al revés de lo que había sucedido.»

Bueno, pues preciso.

1º) Por lo que recuerdo, el contacto no se produjo por iniciativa de El Mundo, sino a propuesta del propio Rei.

2º) Aunque la idea del contacto hubiera partido de El Mundo, no creo que yo hubiera recurrido a José María Caminos, porque ni recuerdo quién es -aunque probablemente lo conozca de antiguo por algún nombre de guerra- ni su nombre figura en mi agenda, en la que apunto a todo pichichi con el que me relaciono.

3º) Aunque la gestión la hubiera hecho yo -cosa que, insisto, no recuerdo en absoluto-, sería absurdo decir que Pedro J. «me utilizó». Siendo yo subdirector del periódico, una gestión así entraría de lleno dentro de mi labor normal.

4º) El contacto existió, pero tampoco recuerdo que estuviera David Barbero. Me parece que estuvimos presentes Rei, Ramírez y yo, solamente.

5º) Es cierto que Ramírez tenía cierto interés en que Rei se incorporara a la Redacción de El Mundo del País Vasco, pero tampoco demasiado, porque le hizo una propuesta económica realmente ridícula. Le ofreció un sueldo más bajo del que estaba cobrando en Egin, lo que provocó mi enfado, porque yo sí tenía verdadero deseo de que Pepe Rei se viniera con nosotros.

6º) Si la memoria no me falla -y creo que no, y hay muchos testigos de cómo relaté entonces el encuentro-, Pepe Rei nos declaró que tenía ganas de venirse a El Mundo, no porque tuviera nada contra Egin, sino porque consideraba que sus artículos de denuncia en ese periódico encontraban un eco insuficiente, dado el ninguneo al que estaba sometido. Finalmente, fue la magra retribución que le ofreció Ramírez la que le movió a rechazar la oferta.

7º) De no haber existido expectativas concretas de contratación, Ramírez no se habría molestado ni siquiera en entrevistarse con él.

Dicho lo cual, añado:

a) Que no digo nada de esto por salir en defensa de Ramírez. No defiendo a mi jefe, porque no es mi jefe. De hecho, acabo de comunicarle que renuncio a reintegrarme en la plantilla del periódico.

b) Que tampoco lo digo para menoscabar la imagen de Pepe Rei, al que he defendido siempre de las intolerables injusticias a las que ha sido sometido y que, por su parte, siempre me ha mostrado su afecto.

Constato las cosas, sencillamente, tal como las recuerdo.

Pepe Rei rechaza la atribución de un comportamiento que, en realidad, no tienen nada de infamante. El Mundo de ahora no es, ni mucho menos, el de entonces. Y, por lo demás, ninguna empresa merece devoción, por muy pura y abertzale que se pretenda. Entre otras cosas, porque ninguna empresa -ninguna- la ofrece, como sabe muy bien Rei.

En mi opinión, habría sido bueno, para El Mundo y para él, que se hubiera venido con nosotros. Ignoro qué interés puede tener ahora en indignarse porque se diga que hace 11 años trató de dar una proyección pública más amplia a su labor periodística.

En todo caso, los hechos son los que son.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (24 de diciembre de 2001). Subido a "Desde Jamaica" el 30 de junio de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2001/12/24 06:00:00 GMT+1
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