2002/05/21 06:00:00 GMT+2
George W. Bush se niega a entregar al Congreso de los Estados Unidos el informe de la CIA en el que se alertaba con notable detalle de la posibilidad de que se produjeran atentados como los del 11-S. Alega el presidente norteamericano que tiene el deber de proteger la seguridad de los informadores. La excusa es bastante pobre. Podría poner el informe en manos de una comisión restringida de congresistas que se encargara de depurar el informe de datos innecesariamente indiscretos.
De todos modos, cada vez se está sabiendo más sobre el contenido de ese informe, fechado el 6 de agosto, y sobre las informaciones en que se basó. Ha trascendido ya que los servicios de Inteligencia norteamericanos estaban al tanto de que Al Qaeda preparaba atentados de gran magnitud. Sabían que proyectaba el secuestro de aviones comerciales. Habían sido alertados sobre la posibilidad de que los atentados fueran obra de pilotos suicidas. Tenían igualmente conocimiento de que personas de origen árabe estaban siguiendo cursillos de instrucción de vuelo en instalaciones norteamericanas y que, curiosamente, no mostraban el menor interés por las maniobras de aterrizaje (sic!). «Pensamos que el ataque sería contra EEUU, pero fuera del país», han señalado fuentes del FBI. ¿Y para atacar fuera de EE.UU. se entrenaban en EE.UU.? Zacarías Moussaoui, uno de esos aprendices de piloto, fue detenido el 15 de agosto acusado de formar parte de la red terrorista de Ben Laden. ¡Casi un mes antes!
El vicepresidente Richard Cheney admite que conocían esos datos, pero se defiende diciendo que a veces es difícil «entenderlo todo». «Había datos y pruebas, pero era difícil unirlos», insiste. Esta coartada resulta todavía más preocupante que la de Bush. Trata de convencernos de que el Gobierno de los EE.UU. no contaba con los equipos necesarios para cruzar todos los datos disponibles y establecer las diversas hipótesis en las que esos datos encajaban. No puede ser, sin más.
Circulan por el mundo ya un buen número de estudios independientes que ponen de manifiesto las muchas contradicciones y enigmas que trufan la actuación del Gobierno de Bush antes, durante y después de los atentados del 11-S. Apoyándose en ello, más de un malpensado ha llegado a la conclusión de que el alto mando norteamericano permitió que se produjera aquel horror, para servirse de él en la dirección en que efectivamente lo ha hecho: para imponer su indiscutido predominio en la llamada comunidad internacional, silenciar cualquier intento de discutir su liderazgo y lanzar una gran campaña política y militar a escala mundial encaminada a acabar con cualquier foco de «indisciplina» que frene el avance de su Nuevo Orden.
Yo, que no soy mal pensado hasta que no me queda más remedio, me limito a constatar lo que hay. Y, contando con lo que hay y ya se sabe, digo que una de dos: o Bush es un perverso o no tiene dos dedos de frente. O las dos cosas.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (21 de mayo de 2002) y El Mundo (22 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/21 06:00:00 GMT+2
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2002/05/20 08:00:00 GMT+2
El libro a cuya presentación asisten hoy («Repensar la prensa») ustedes aborda la realidad de los medios de comunicación desde tres perspectivas diferentes, nacidas de tres experiencias profesionales particulares. Tres experiencias no necesariamente excluyentes, y tal vez, con suerte, incluso complementarias.
Les hablaré someramente de la mía.
He trabajado como periodista durante más de 35 años. A lo largo de ese tiempo he hecho casi de todo, desde redactar panfletos hasta dirigir revistas de lujo, pasando por buena parte de las posibilidades intermedias, que no son pocas. He sido reportero, analista, jefe de sección, redactor-jefe a la vieja usanza, corrector de pruebas, ocasional crítico de cine, de música y de televisión, maquetista, entrevistador, fotógrafo de circunstancias, editorialista, columnista... Por hacer, hubo un tiempo el que hasta me tuve que encargar de confeccionar crucigramas y horóscopos.
Como comprobarán cuantos tengan la paciencia de leer las páginas que he escrito para este libro, el balance final que hago de la profesión periodística, después de tan largo como variopinto recorrido, dista de ser halagüeño. No me refiero a mi balance personal, del que difícilmente podría quejarme, sino a mi consideración del oficio y, sobre todo, de sus productos más característicos.
Me ha tocado asistir desde dentro -a veces desde muy dentro- al proceso de degradación galopante que ha experimentado a lo largo de los últimos diez o doce años el periodismo escrito, por lo menos en lo que a los principales medios de comunicación se refiere. Un proceso de degradación que los ha llevado a convertirse, más allá de ciertas apariencias, en fríos engranajes de tales o cuales poderosas maquinarias del poder económico y político.
Como explico en la parte de este libro que me toca, se trata de un fenómeno a escala mundial, estrechamente vinculado a la tan traída y llevada globalización -santificada por unos, vituperada por otros- de la que Madrid ha sido protagonista este pasado fin de semana. La creciente concentración de la propiedad de los medios, su imbricación en empresas con fuertes intereses exteriores al mundo de la Prensa y la internacionalización de esas grandes empresas han transformado de modo muy sustancial la realidad de la profesión periodística.
Quienes hayan tenido ya tiempo de hojear este libro habrán leído que, en las actuales circunstancias, no creo que sea viable la promoción de medios de comunicación realmente independientes y críticos que consigan tratarse de tú a tú con los grandes medios ya instalados. Lo entiendo así porque sé que un medio poderoso -un periódico con peso específico a escala de todo el país, un canal de televisión generalista o una cadena de radio- no puede mantenerse hoy en día sin una fuerte inyección de ingresos publicitarios, y el mercado de la publicidad está ya muy acotado (en todos los sentidos, incluido el ideológico).
No me extenderé en el desarrollo de estos argumentos, abordados in extenso en el libro. Confío en picar con ello la curiosidad de quienes no lo hayan leído y animarles a comprarlo.
Lo que sí me gustaría es compensar de algún modo, siquiera sea en parte, el desolador retrato de la realidad del mundo de la comunicación de masas que ofrezco en el libro. Porque, a fuerza de describir su parte más negativa -que es con mucho la principal: no quisiera llamar a engaño-, podría parecer que considero que es la única, y que ya no queda resquicio alguno para la información libre y sin ataduras. Lo que no es cierto.
En primer lugar, el hecho de que considere que no cabe en estos momentos poner en pie un gran medio de comunicación diaria elaborado extra muros de la máquina del Poder no quiere decir que me parezca imposible sostener medios de comunicación menores, pero influyentes. Tenemos aquí con nosotros a Manolo Revuelta, estrechamente vinculado a la experiencia de Le Monde Diplomatique. A través de sus diversas ediciones, Le Monde Diplomatique es un medio que se ha ganado a pulso un considerable predicamento internacional y un indiscutible prestigio, incluso entre quienes mantienen posiciones diametralmente opuestas a las suyas. En algunos países existen periódicos de espíritu crítico, e incluso diarios, que han conseguido sobrevivir, modesta pero firmemente, y que siguen en la brecha. Dicho de otro modo: la imposibilidad de alcanzar lo óptimo no justifica la renuncia a conseguir lo bueno, o hasta lo regular. Sea cual sea el espacio disponible para el periodismo crítico en el mercado convencional, hay que ocuparlo.
Pero es que, además, existen otras posibilidades, fuera de la órbita del periodismo clásico, que pueden ser exploradas por las iniciativas críticas, y que de hecho ya lo están siendo, aunque todavía de manera relativamente incipiente.
Como viejo usuario de Internet -casi pionero-, soy consciente de sus límites, que son muchos, pero también de sus posibilidades, que son más. La Red ofrece alternativas de información excelentes y a muy bajo coste. Existen ya agencias de información y periódicos digitales que cuentan con audiencias realmente amplias. Sin ir más lejos, las páginas del periódico digital Rebelión, hecho en España, tuvieron el pasado mes de abril 1.700.000 visitas: cerca de 57.000 diarias, como promedio. Y Rebelión es un modesto periódico digital alternativo, hecho por un reducido grupo de jóvenes periodistas en sus horas libres.
Yo mismo suelo bromear, cuando asisto a actos como éste, con la diferencia de posibilidades que ofrece Internet con respecto a las fórmulas de comunicación convencionales. A veces me desplazo muchos kilómetros para dar conferencias a las que finalmente asisten, en el mejor de los casos, 200 o 300 personas. Sin embargo, mi página personal en Internet, que actualizo a diario, tiene todos los días el doble de lectores. Y los consigo sin moverme de casa.
Claro que ésa es la fuerza de Internet, pero también su talón de Aquiles. Porque todo lo que tiene de ventajoso y sencillo lo tiene también de poco rentable. Es muy difícil rentabilizar -en dinero, quiero decir-el trabajo que se hace para Internet. Y una labor que no da dinero, por barato que resulte materializarla, tiene por fuerza una existencia problemática. Y unas posibilidades de desarrollo muy limitadas. ¿Cómo profesionalizar la información crítica por Internet? Hay veces que me pregunto si ésa no es la cuadratura del círculo.
Otra posibilidad, ésta todavía no explorada por el periodismo crítico -aunque sí por algunas sectas religiosas y otras o más o menos pornográficas-, es la televisión. En Madrid hay ya varios canales de este género, gracias a los cuales uno puede pasarse todo el día entre divinidades, tarots, tetas y culos. En los Estados Unidos de América menudean las emisiones de telepredicadores, algunas de ellas organizadas en cadena. Me pregunto si no podrían buscarse huecos de ese tipo para la prensa inconformista.
Ítem más. Las empresas de emisión digital vía satélite son, por lo menos en teoría, carriers, es decir, distribuidores de señales procedentes de medios no sólo propios, sino también ajenos, cuyos contenidos -siempre que no sean ilícitos- están obligadas a respetar. Yo no descartaría tampoco la posibilidad de poner en el aire por esta vía emisiones de información y análisis de contenidos independientes.
Hay quien dice que tengo una visión muy pesimista de la situación de los medios de comunicación. Yo no me creo ni pesimista ni optimista. Realista, sin más. Pero, del mismo modo que constato que los grandes medios han llegado hoy en día a extremos de mediatización y subordinación sin precedentes, monopolizando lo esencial del escenario periodístico, creo también -y no por ningún acto de fe, sino por mero reconocimiento de la experiencia histórica- que el ansia de información no mediatizada y de opinión crítica acaba abriéndose paso. Un poco antes o algo después. Porque constituye una necesidad social. Casi nunca mayoritaria, por desgracia -por desgracia según mi criterio, por supuesto-, pero sí lo suficientemente amplia como para avalar su presencia más allá de lo meramente testimonial.
Hablaba al principio del balance que hago de mis 35 años de actividad profesional como periodista. La severidad de mi juicio no es retórica. Y menos aún fruto de ninguna frustración personal. Es la conclusión a la que me han movido los hechos.
A veces me preguntan: «Y, si eres tan crítico con los grandes medios de comunicación, ¿por qué trabajas para uno de ellos?». Muchos no saben que, precisamente en función de estas consideraciones, opté hace ya dos años por renunciar al periodismo activo y abandoné mi puesto de subdirector de El Mundo, refugiándome, con la amable aquiescencia de la dirección del diario, en la tarea de columnista, como colaborador externo.
Pero es cierto que sigo escribiendo para un medio importante, con el que soy muy crítico.
Las razones por las que lo hago me parece casi ocioso mencionarlas: lo mío es escribir y, si un medio importante publica lo que escribo, y lo publica tal como lo escribo, por mi parte no hay objeción alguna.
En todo caso, la pregunta que valdría la pena plantearse -y que planteo, porque enlaza con lo que he venido exponiendo hasta aquí- es la contraria: por qué un medio importante publica artículos en los que se defienden puntos de vista que son abiertamente contrarios a la línea editorial del propio medio.
No es algo que me afecte sólo a mí, ni es algo que afecte sólo a El Mundo. De hecho, todos los periódicos que pretenden dar una imagen solvente y aspiran a ser tenidos como referentes cuentan con una cierta nómina de colaboradores heterodoxos, críticos, no asimilables a los postulados básicos en los que coinciden todos ellos, más allá de sus diferencias empresariales y políticas. Descartado que lo hagan por un incontenible afán caritativo o porque tengan vocación de coleccionistas de gente rara, sólo cabe concluir que recogen esos planteamientos porque los consideran rentables. Porque saben que cubren con ellos un espectro comercial más amplio del suyo natural. Porque les consta que hay sectores sociales de cierto peso que se inclinan en esa dirección. Sectores minoritarios, sin duda, pero para nada menospreciables.
La existencia de esos espacios atípicos dentro del panorama ideológicamente uniforme de los grandes medios parece demostrar que hay razones para sustentar lo que antes afirmaba: existe un público que demanda otro modo de informar y de opinar, menos complaciente -o nada complaciente- con el orden establecido.
Así las cosas, toda la cuestión estriba en saber si cabe -o más bien cómo cabe- proporcionar a esos sectores sociales el tipo de prensa que demandan.
En eso es en lo cavilo -en lo que estamos cavilando bastantes- en estos momentos. Ya verán cómo acaba saliendo algo.
Javier Ortiz. (20 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 12 de junio de 2019.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/20 08:00:00 GMT+2
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2002/05/20 06:00:00 GMT+2
Me telefonea mi buen amigo Gervasio Guzmán.
-Mucho insistes últimamente en que, si el Gobierno del PP está haciendo todas las tropelías que quiere, la culpa la tienen los que lo eligieron y lo aguantan. O sea, el personal, mayormente.
-Sí -respondo. Porque es verdad.
-Se diría que no tienes en muy alta consideración a la mayoría, ¿eh? -insiste, por si no me hubiera dado cuenta de por dónde va.
-No -le confirmo-. Creo que, entre los que defienden al PP porque les va bien con este Gobierno y los que lo apoyan porque no se aclaran un pijo, nos la están haciendo buena.
-¡Mira el aristócrata, qué majo! -se me enfada-. ¡Así que tú sabes lo que nos conviene, y a la gente que la zurzan, por no aclararse!
Entro al trapo:
-Estoy convencido, en efecto, de que la mayoría se está equivocando. Pero no creo que eso tenga nada de especial. La mayoría tiene una incontenible tendencia histórica a equivocarse.
Gervasio está que ya no cabe en sí de indignación:
-¡¡Pues de eso al fascismo sólo hay un paso!! A ti, como a José Antonio, te parecerá que lo mejor que puede hacerse con las urnas es romperlas, ¿eh?
-En absoluto -le replico-. Lo mejor que cabe hacer con las urnas es usarlas y atenerse a lo que sale de ellas.
-No te entiendo -suspira con desánimo.
-Pues es la mar de sencillo -le explico, muy calmadamente-. Yo tengo clarísimo que la mayoría la está cagando. Pero yo sólo soy yo. Y es muy probable que yo también la esté cagando, sólo que de otro modo. Me consta que la democracia es un sistema muy imperfecto de tomar decisiones colectivas, y más aún tal como está organizada por aquí, pero todos las otras vías decisorias que se han experimentado hasta ahora han resultado todavía peores. De modo que soy un firme defensor de que se haga lo que dice la mayoría, aunque la cague. No mitifico la inteligencia de la mayoría, pero defiendo que se acaten sus decisiones.
-Bueno, pues en eso, por lo menos, sí tienes un acuerdo básico con Aznar.
-No, qué va. También en eso disentimos. Yo soy partidario de que los países hagan lo que decida la mayoría, aunque esté radicalmente en contra de lo que ha decidido o de lo que pueda decidir. Él, en cambio, acepta tranquilamente que haya quien se pase por el arco del triunfo lo votado por la mayoría si eso conviene a sus intereses más o menos geoestratégicos. Vence el FIS en las elecciones de Argelia, se produce un golpe de Estado y él se decanta a favor de los golpistas. Vence Chaves en Venezuela, hay un intento de golpe militar y él... en fin, seamos generosos: dejémoslo en que no se declara en contra. Yo soy consecuentemente demócrata. Él es un demócrata condicional.
-Por eso cuando habla de «la unidad de todos los demócratas» te echas a reír...
-Sí. Bueno, por eso y por mucho más.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (20 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/20 06:00:00 GMT+2
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2002/05/19 06:00:00 GMT+2
Hace ya tiempo que no escucho las tertulias radiofónicas madrileñas. Cuando empiezan, me paso a Radio 5, con la esperanza de que cumpla su promesa fundacional -nunca lo hace- de dar sólo noticias.
Huyo de las tertulias. No veo razón alguna para empezar el día de mal humor.
Todas, sin excepción -unas un poquito más, otras algo menos-, me resultan insufribles. Y, en muy buena medida, intercambiables.
Pero, por el aquel de estar al tanto, casi nunca me pierdo la selección de perlas tertulianas que hace Javier Vizcaíno en Radio Euskadi los sábados por la mañana, a eso de las 10:40, en su programa Cocidito madrileño. Lo escucho en directo a través del espacio que Canal Satélite tiene reservado a las radios, pero cualquiera puede oírlo en diferido y cuando le dé la gana accediendo a la página web de EITB.
La selección de perlas que Vizcaíno presentó ayer en su programa resultó literalmente anonadante. Podéis comprobarlo pinchando en el enlace del párrafo anterior. Veréis -escucharéis- que no tiene desperdicio. Las angustias mitradas de Luis Herrero, enfadado porque Pedro J. había lanzado una andanada contra los obispos, lo que él atribuye a un despecho mediático; los apocalípticos mítines de Federico Jiménez Losantos -convenientemente coreados por Gabriel Albiac- contra la tibieza antipolanquista de Aznar (que, según él, va a facilitar... ¡la conquista para la causa de Arzalluz de la práctica totalidad de los medios de comunicación españoles!); los sanguíneos desvaríos de Carlos Dávila contra Jimmy Carter porque, según dice, simpatiza con el nacionalismo vasco... En serio: todo es de escucharlo y no creerlo.
Pero lo que más profundo estupor me causó del florilegio radiofónico de ayer fue la grabación de una perorata de Amando de Miguel en la COPE, en la que el sociólogo se permitió afirmar -sin que nadie le llevara la contraria- que, aplicando «con rigor» la Constitución, habría que ilegalizar el conjunto de los partidos de ámbito geográfico restringido, porque la Constitución -dice- afirma que los partidos tienen el deber de «representar al conjunto de los españoles» y esos partidos pretenden representar sólo «a algunos».
«¿Será posible?», me pregunté estupefacto, según lo oía. «¿Será posible que un sociólogo no sepa que los partidos -como su propio nombre indica- están para agrupar a los partidarios de algo, es decir, a una parte de los ciudadanos, y no a todos? ¿De dónde se ha sacado este hombre que la Constitución determina que los partidos deben representar a toda la ciudadanía? ¿Cómo cabría obligar a un partido de izquierda a que represente también a la gente de derecha, y a un partido federalista a que asuma la representación de los jacobinos? Si todos los partidos se esforzaran en representar a todos, al margen de ideologías, clases sociales y procedencias geográficas, ¿para qué narices haría falta que hubiera más de uno?».
No salía de mi asombro. ¿Cómo puede ser que alguien alcance tal grado de desvarío argumental... y que otros le permitan que exhiba tan monumental y antidemocrática empanada en un programa radiofónico de elevada audiencia, sin objetarle nada?
Sí, el sueño de la razón produce monstruos. Y el sectarismo desbocado, aberraciones fascistoides con cargo a la Conferencia Episcopal.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (19 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/19 06:00:00 GMT+2
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2002/05/18 07:00:00 GMT+1
Para mí que el Gobierno nos está poniendo a prueba. O a pruebas, en plural. A un montón de pruebas de resistencia sutiles, casi subliminales. Quiere ver cuánto dan de sí las tragaderas del personal.
A las pruebas precisamente me remito.
Fíjense, por ejemplo, en cómo ha reaccionado ante la inflación desbocada. Comparece el ministro y, poniendo cara de experto, dice: «El dato no es satisfactorio». Es el típico test. Lo hace para comprobar qué grado de sensibilidad tenemos ante las perogrulladas. Lo mismo podría haber dicho: «Preferimos que las cosas vayan bien, y no mal». Si a la gente no le entra la risa, adelante.
Segundo test: sale a continuación el secretario de Estado de la cosa y suelta que la culpa del encarecimiento de los precios la puede tener en buena medida el redondeo del euro.
Aquí de lo que se trata es de comprobar la capacidad lógica de la audiencia. Porque es bien sabido que el euro no empezó a funcionar el mes pasado y que, cuando lo hizo, el Gobierno nos aseguró que todo había ido de cine. ¿Será un redondeo de efecto retardado? La explicación la de verdad es que al principio las estadísticas no reflejaron el desastre porque habían alterado el sistema de cálculo del IPC para maquillar la realidad. Pero eso siguen sin admitirlo.
Tercer test, en parte relacionado con el anterior. Aprovechando que el paro ha aumentado un montón, aparece otro gran jefe gubernamental y se marca un rollo larguísimo echando la culpa de ese incremento a los nuevos criterios estadísticos con los que se ha hecho el cálculo.
Esta es una típica prueba de memoria. Consiste en confirmar que el público no recuerda que, cuando variaron los indicadores utilizados para calcular la inflación, aseguraron que no tenía sentido hablar de cuál hubiera sido el dato en el caso de haberse mantenido el anterior criterio, porque ese tipo de comparaciones no conduce a nada, etcétera. Ahora pretenden exactamente lo contrario. Así contabilizan cuánta gente se enfada y les dice que, una de dos: o es lícito hacer ese género de comparaciones siempre o no son de recibo en ningún caso.
Tengo anotados en mi agenda muchos otros test gubernamentales. El ministro Rajoy, por ejemplo, realiza sistemáticamente la prueba llamada «del 'no se descarta'». Consiste en poner en circulación supuestas informaciones sin base alguna, presentándolas en público de esa forma: «No se descarta que...». Lo hace, y mira luego si son pocos o muchos los que se han tomado sus conjeturas como hechos probados. Suele obtener resultados espectaculares.
Gracias a estos test, van midiendo día a día hasta qué punto pueden decir lo que les dé la gana sin que por ello disminuya ni un ápice su cuota de popularidad.
Javier Ortiz. El Mundo (18 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 29 de marzo de 2018.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/18 07:00:00 GMT+1
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2002/05/18 06:00:00 GMT+2
Nos hemos reunido a cenar en petit comité. José Saramago y Pilar del Río, de paso por Madrid, camino de Grecia -¿cuándo descansa esta gente?-, quieren que conozcamos a Carmen Castillo, que prepara un documental de 60 minutos sobre el novelista, por encargo de una productora de televisión de Francia.
Ellos la conocieron en México. Yo sabía de Carmen Castillo sólo de nombre, como autora de un excelentísimo reportaje («La verdadera leyenda del subcomandante Marcos»), emitido en 1995 por el canal franco-alemán Arte. Luego, investigando sobre ella, me enteré de su accidentada biografía. Chilena, militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), Carmen participó en el tiroteo con las fuerzas pinochetistas en el que fue asesinado su compañero, Miguel Enríquez, dirigente máximo del MIR. Ella misma resultó malherida. Pudo abandonar Chile gracias a la ayuda de la Embajada británica, y se refugió en Francia, donde ha desarrollado una sólida carrera como cineasta y como novelista. Enseguida descubrimos que tenemos amigos comunes.
Cordial, sencilla, va tanteando en la sobremesa por qué caminos podría discurrir su reportaje sobre Saramago. El novelista no quiere una hagiografía al uso. Plantea algunas vías que podrían aproximar a la comprensión de las fuentes de la creación literaria. La conversación entre ellos es apasionante. Me planteo la posibilidad de acompañarlos en el rodaje -tres semanas- para hacer un libro en paralelo al propio reportaje.
-Sobre lo que deberías conseguir que se hiciera un libro, ahora que eres editor -me dice José- es sobre lo que está pasando en México.
Y nos cuenta algo que le dijo un dirigente zapatista cuando estaba ya a punto de dejar México, después de haber asistido a la gran marcha indígena sobre la capital: «No nos olviden».
Él se siente responsable de aquel encargo.
-Les estamos olvidando. Ya no se oye hablar de ellos. Marcos calla, y sus razones tendrá, pero nosotros deberíamos seguir hablando de aquella realidad. No de Marcos. De los zapatistas, de los indígenas, de su tragedia.
Ahondamos entonces en algo que a mí también me preocupa: el olvido. Los grandes medios de comunicación se alimentan de dramas de usar y tirar, convirtiéndolos en espectáculo, pero ¿en qué medida la izquierda -lo que se supone que es la izquierda- no les sigue el juego, organizando solidaridades de usar y tirar? ¿Quién habla ahora mismo del África Negra, que agoniza entre hambrunas, epidemias y guerras de crueldad inaudita? La opinión crítica de Occidente denuncia tal o cual injusticia y moviliza contra ella las fuerzas que puede, pero, así que choca contra la pétrea resistencia de los globalizadores, olvida esa pelea y se pasa a otra. Ruanda, Chechenia, México, Argentina, Afganistán, Irak, Palestina... Los dramas entran y salen de nuestra agenda sin que nada se solucione. Sin que siquiera hayan entrado en una vía de posible solución.
-Leí el otro día que en el mundo actual hay medio centenar de guerras activas -le comento a José, despidiéndonos ya-. Y ¿quieres que te diga la verdad? No creo que fuera capaz de citar más de una docena de ellas.
Asiente.
-No somos un grupo muy optimista, ¿eh? -bromea alguien.
-No es cosa nuestra. Es que el mundo está como está -concluye José.
Charo, mi hija Ane y yo acompañamos a Carmen hasta su hotel. Nos despide con mucho cariño. Ha sido estupendo conocerla.
Siempre lo he dicho: lo mejor del viaje a Itaca es la compañía que encuentras en el camino.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (18 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/18 06:00:00 GMT+2
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2002/05/17 06:00:00 GMT+2
Para mí que el Gobierno nos está poniendo a prueba.
O a pruebas, en plural. A un montón de pruebas de resistencia sutiles, casi subliminales.
Quiere ver cuánto da de sí el magín del personal.
A las pruebas -precisamente- me remito.
Fíjense, por ejemplo, en cómo ha reaccionado ante la inflación desbocada. Comparece el ministro y, poniendo cara de experto que lleva toda la mañana con la calculadora en la mano, dice: «El dato no es satisfactorio».
Es el típico test. Lo hace para comprobar qué grado de sensibilidad tenemos ante las perogrulladas.
Otra variedad de esta misma prueba hubiera consistido en afirmar: «Preferimos que las cosas vayan bien, y no que vayan mal». De uno u otro modo, de lo que se trataría es de comprobar si la gente escucha ese tipo de declaraciones sin sufrir ataques de risa.
Segundo test: sale a continuación el secretario de Estado de la cosa y suelta que la culpa del encarecimiento de los precios la puede tener en buena medida el redondeo del euro.
Aquí de lo que se trata es de comprobar la capacidad lógica de la audiencia. Porque es bien sabido que el euro no empezó a funcionar el mes pasado y que, cuando lo hizo, el Gobierno nos aseguró que todo había ido de cine. ¿Qué pretende, que se trata de un redondeo de efecto retardado? La explicación -la de verdad- es que al principio las estadísticas no reflejaron el desastre porque habían alterado el sistema de cálculo del IPC para maquillar la realidad. Pero eso siguen sin admitirlo.
Tercer test, en parte relacionado con el anterior. Aprovechando que el paro ha aumentado un montón, aparece otro gran jefe gubernamental y se marca un rollo larguísimo echando la culpa de ese incremento a los nuevos criterios con los que se ha hecho el cálculo, a que los de ahora son mucho más estrictos, por lo cual la cifra llama a engaño, y que si patatín, y que si patatán.
Estamos en este caso ante la típica prueba de memoria. Consiste en confirmar que el público no recuerda que, cuando variaron los indicadores utilizados para calcular la inflación, aseguraron que no tenía sentido hablar de cuál hubiera sido el dato en el caso de haberse mantenido el anterior criterio estadístico, porque ese tipo de comparaciones no conduce a nada, etcétera. Ahora hacen exactamente lo contrario. Quieren comprobar cuánta gente se enfada y les dice que, una de dos, o es lícito hacer ese género de comparaciones siempre o no caben en ningún caso.
Tengo anotados en mi agenda muchos otros test gubernamentales. El ministro Rajoy, por ejemplo, realiza sistemáticamente la prueba de la intoxicación, llamada también «prueba del "no se descarta"». Consiste en poner en circulación supuestas informaciones sin base alguna, presentándolas en público bajo esa forma: «No se descarta que...». Hecho lo cual, comprueba cuánta gente pasa a considerarlas como realidades objetivas. Los resultados son casi siempre espectaculares.
Son unos test muy importantes para ellos. Sobre todo porque evidencian que pueden decir lo que les dé la gana sin que disminuya ni un ápice por ello su cuota de popularidad.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (17 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/17 06:00:00 GMT+2
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2002/05/16 06:15:00 GMT+2
Me escribe un buen amigo: «¿Por qué, ahora que ya llevas un cierto tiempo como editor, no cuentas en el Diario qué tal te sienta haber regresado al trabajo asalariado?».
Pues vale, lo cuento: lo llevo relativamente mal.
Comprensiblemente mal. Porque ahora ejerzo dos profesiones: soy editor y soy escritor, a la vez. Acudo puntualmente a mi puesto de trabajo y, además, sigo haciendo casi lo mismo que hacía cuando me quedaba tranquilamente en casa: escribo el Diario, las columnas del periódico y otras cosas que me piden -o que me pide el cuerpo-; preparo conferencias y presentaciones de libros, propios y ajenos; participo en debates y tertulias... Sin ir más lejos, tengo anotadas en mi agenda cuatro intervenciones públicas tan inminentes como ineludibles. Algunas de ellas en plazas notablemente lejanas.
Es mucho. Y yo ya no tengo 24 años. Tengo 54, y trabajados.
Encima, me ha caído la mala suerte de que me asalten unos dolores de espalda francamente antipáticos, que ahora me castigan ya menos, gracias al fisioterapeuta, pero que ahí siguen, dándome la lata una mañana sí y la otra también.
Claro que todo tiene sus compensaciones. Encerrado en casa, saliendo sólo para actividades profesionales concretas, corría el riesgo de volverme todavía más misántropo y cascarrabias de lo que ya soy. En la editorial me relaciono con gente muy agradable. Me socializo. Eso me viene muy bien. Y, de paso, estoy aprendiendo una profesión relativamente nueva para mí. Nunca es uno lo bastante mayor como para dejar de aprender.
Pero lo que más me preocupa de mi situación actual no es ni la mucha faena ni el agotamiento consiguiente, sino el enorme cúmulo de compromisos, tareas, encargos, plazos y urgencias que me veo en la obligación de llevar constantemente, como un fardo, en la memoria. Vivo bajo la permanente angustia de estar olvidándome de algo, o de que otros se olviden de algo que me hace falta.
Combato simultáneamente en demasiados frentes. Con lo que el poco tiempo que tengo para descansar no lo descanso. Me duermo y sueño. Y enseguida me despierto, y el coco se me pone a trabajar de nuevo a tope.
Se me plantea un problema técnico de resistencia de materiales. Ignoro cuánto tiempo podré aguantar así.
Bueno, será el que sea: ya iré viendo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (16 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/16 06:15:00 GMT+2
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2002/05/16 06:00:00 GMT+2
Bien, de acuerdo: soy antimadridista. Y seguro que eso influye en mi actitud. Pero díganme si tengo o no razón.
Ayer, según terminó el partido de fútbol ése, las calles del centro de Madrid -y las no tan del centro- se llenaron de coches cuyos conductores hacían sonar el claxon sin parar y lanzaban gritos ostentóreos asomándose por las ventanillas. No durante un ratito, no: durante horas. Eran las tantas de la madrugada y seguían en las mismas.
Yo vivo a una distancia considerable de La Cibeles, pero la bronca no me ahorró. Los forofos de la cosa me tuvieron sin pegar ojo ni sé cuanto tiempo. Hasta bien avanzada la madrugada.
En Madrid ya va haciendo calor, y el personal empieza a dormir con las ventanas abiertas. ¿Cuántos damnificados habrá producido la incontrolada alegría madridista? ¿Cuánta gente habrá acudido hoy a trabajar con unas ojeras hasta el suelo? Considero mi caso: no sé a qué hora logré dormirme, pero sé que me he levantado a las 5 de la mañana, y tengo un careto que tira de espaldas.
Por lo que leo, el follón en el centro fue de los que hacen época, con tiros, golpes y carreras continuas. Los vecinos de por allí estarán todavía peor que yo.
No me consuela.
Hay una permisividad con estas celebraciones deportivas que ignoro a cuento de qué viene. Si yo salgo a las 12 de la noche de mi partida de mus -habiéndola ganado, como siempre-, me meto en el coche y me pongo a tocar la bocina mientras grito a voz en cuello: «¡Ortiz, Ortiz, Ortiz es cojonudo, como Ortiz no hay ninguno!», no creo que pasen ni cinco minutos sin que se me plante delante la Policía Municipal -o la Guardia Civil, si consigue adelantarse, que ahora es a lo que se dedica- y me endilgue una multa de aquí te espero. ¿En qué Código o Reglamento figura que un orticista no puede hacer eso, pero un madridista sí?
Pasa lo mismo todos los fines de semana en la Castellana. Que una arteria vital para la circulación de la capital se vea invadida por miles de coches que aparcan donde a sus conductores se les pone, incluido el centro mismo del Paseo, me parece de aurora boreal. Si quieren tener un estadio de fútbol en el centro mismo de la ciudad, que acudan a él en metro, o en bici, o como se les ponga; pero no en coche. Y que la Policía cumpla con su deber, lo mismo que el servicio de grúas municipales, que en las casi dos horas que duran los partidos podrían ponerse las botas.
Pero no. Les dejan.
Pues muy mal.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (16 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 26 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/16 06:00:00 GMT+2
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2002/05/15 07:00:00 GMT+2
¿Son cortos de luces los publicitarios? No.
Seguro que los hay que sí, pero me consta que otros no. Y como además suelen trabajar en equipo, si a uno se le ocurre una parida sin pies ni cabeza -algo perfectamente posible-, siempre aparece algún otro que se da cuenta, y lo corrigen.
De modo que, cuando nos topamos con un anuncio rematadamente lerdo es porque, después de muchos estudios, han decidido que debe ser así.
ING Direct machaca estos días en la radio con un anuncio en el que nos informa con alborozo que «por fin es más fácil ganar dinero que gastarlo». No, no le hago justicia. Debería transcribirlo algo así como. «¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Por fin es más fácil ganar dinero que gastarlo!!!!!!!!!!».
Poco importa que el mensaje sea objetivamente disparatado, absurdo, totalmente adecuado para arruinar la credibilidad del producto, ideal para sugerir que ING Direct es un nido de vendepeines dispuestos a coger el dinero y salir corriendo. Si ellos se anuncian así, es porque han comprobado que hay gente dispuesta a creerse que gracias a ING Direct puede ganar más de lo que gaste, por mucho que sea, y que ING Direct, teniendo la gallina de los huevos de oro en su corral, no la guarda bajo cien llaves, sino que la pone al servicio del público, en general. Porque ING Direct es así de altruista.
Hay otro anuncio que tiene también un aire inconfundiblemente estúpido. Empieza como si fuera una boda y alguien anuncia que un amigo de los novios va a dirigir unas palabras a la asistencia. El amigo en cuestión dice: «Hay pocas cosas que duren toda la vida. Yo he conseguido una: ¡mi trabajo!». De lo que se deduce que el chollo que propone consiste en lograr... ¡un empleo sin jubilación! Creo recordar que el spot vende unos cursos de policía local. Y los vende como si convertirse en policía local -¡para toda la vida!- fuera una expectativa envidiable, capaz de colmar las aspiraciones del más exigente.
No pretendo hacer una lista exhaustiva de anuncios pedorros. Me limito a constatar que existen. Que no son ninguna rareza. Además, los repiten machaconamente: las empresas anunciantes se gastan un pastón en ellos. Lo cual demuestra que les resultan rentables.
O sea, que hay mucho personal que se los traga y pica.
Dejo a vuestra cuenta la conclusión que se extrae del hecho de que los anunciantes opten por fabricar mensajes estúpidos para mejor calar en el gran público.
Un par de resoluciones judiciales
-Se ha decidido el archivo del expediente disciplinario abierto contra los jueces que integraban la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional. Por más que han examinado su actuación, no han encontrado base alguna que sustente la acusación de prevaricación.
Algún listillo se ha salido por peteneras: «Bueno, tal vez no prevaricaron, pero son malos jueces». Porque tú lo dices. Todavía hace unas semanas, avalaban la acusación de prevaricación precisamente en la brillantez de sus currículos: «Unos jueces tan bien preparados no podrían haberlo hecho tan mal sin querer».
La verdad es que los tres jueces fueron inducidos a error por un informe pericial engañoso. Puede que deliberadamente engañoso.
La Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional se había convertido en un problema para el Gobierno porque echaba para atrás una y otra vez los montajes procesales de Baltasar Garzón. Gracias a este abracadabrante episodio, la Sala está integrada ahora por tres jueces que dicen amén a todo lo que Garzón les manda.
¿Cómo era aquello que dijo Aznar hace años? Ah, sí: «Teníamos un problema y lo hemos resuelto».
-Me lo han contado, y debe de ser verdad, por más que no vea la noticia en ningún periódico, y eso que me he ojeado esta mañana El Mundo, el País, ABC, La Razón, La Vanguardia, Avui, El Periódico de Catalunya... y ya ni sé cuantos más: el juez ha puesto en libertad a todos los integrantes del grupo de árabes detenidos hace semanas en Barcelona acusados de integrar una rama de Al Qaeda en territorio español. Descarta procesarlos porque dice que no hay la más mínima prueba que los implique en la red de Ben Laden.
Su detención fue noticia de primera página. Su puesta en libertad ni siquiera ha sido noticia.
Una anecdotilla
Me llaman de Barcelona.
-Que te has quedado sin contertulio, ¿eh? -me dicen.
No sé de qué me hablan.
-Sí, hombre. El diputado del PP catalán que teníais últimamente en las tertulias de Radio Euskadi.
Al fin me aclaro.
-Ah, sí. Un buen tipo, muy dialogante. ¿Y qué le ha pasado?
-Que ha recibido un telefonazo de la dirección del partido ordenándole que os deje. Que no participe en esa tertulia.
-¡No me lo puedo creer!
-Pues créetelo.
Escribo esto a las 7 de la mañana. Dentro de hora y media lo comprobaré.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (15 de mayo de 2002). Subido a "Desde Jamaica" el 24 de abril de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2002/05/15 07:00:00 GMT+2
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