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2003/01/15 06:00:00 GMT+1

Franco de rojo

Pasado mañana van a ser juzgados en Madrid cinco militantes de Izquierda Castellana que hace dos años embadurnaron con pintura roja la estatua ecuestre de Francisco Franco instalada en el patio de entrada de los Nuevos Ministerios, en la capital del Reino.

Alegan los cinco encausados que lo que pretendieron con su acción fue llamar la atención sobre la afrentosa existencia en España, 25 años después de la instauración del régimen parlamentario, de cientos de monumentos, placas conmemorativas y nombres de calles que exaltan la memoria de los liberticidas que se levantaron en armas en 1936 contra la legalidad republicana y que pusieron en pie una sanguinaria dictadura que negó a la ciudadanía española toda suerte de derechos y libertades -incluido el derecho a la vida- durante casi cuatro décadas.

La denuncia es digna de elogio. Sobre todo considerando que, en este caso, el pétreo homenaje al dictador se halla enclavado dentro de un recinto oficial del propio Estado. La presencia de un monumento como ése en un espacio de la Administración constituye una permanente afrenta no sólo a los actuales principios constitucionales sino también, y de modo muy destacado, a las víctimas del franquismo, afrenta que resulta doblemente intolerable puesto que viene avalada por quienes teóricamente deberían impedir que se produjera.

No sé cómo enfocarán los militantes de Izquierda Castellana su defensa ante el tribunal. Tal vez sientan la tentación de apelar a la circunstancia atenuante definida en el artículo 21.3 del vigente Código Penal: «La de obrar por causas o estímulos tan poderosos que hayan producido arrebato, obcecación u otro estado pasional de entidad semejante». Qué duda cabe que la visión permanente del monumento fascista en cuestión puede fácilmente suscitar sentimientos de ese género. Pero, en mi criterio, harían mejor en invocar directamente el artículo 20.7 del mismo Código, que exime por entero de responsabilidad criminal a «el que obre en cumplimiento de un deber».

Porque eso es exactamente lo que han hecho: cumplir con el deber de recordarle al Estado que no está cumpliendo con el suyo.

No me digan que no tiene delito que las mismas autoridades que elaboran normas muy estrictas -y políticamente muy correctas, se supone- para impedir que en los estadios de fútbol se haga exhibición de simbología nazi-fascista... ¡la conserven en los patios y vestíbulos de sus propias sedes! Lo mismo que la Iglesia Católica, que mantiene adornadas con hirientes yugos y flechas las fachadas de muchas de sus iglesias.

A quienes los tribunales deberían atar corto no es a los que ponen el dedo en la llaga, sino a quienes se empeñan en mantenerla abierta, insultándonos con el constante y omnipresente recuerdo de desafueros que, por lo visto, siguen considerando dignos de homenaje.

Nota.- El juicio contra los militantes de Izquierda Castellana José Antonio de Torre, Diego Estébanez, Juan Carlos Gómez, Luis Ocampo y Paulino Reyero se celebrará el próximo viernes, día 17 de enero, a las 11 de la mañana, en los Juzgados de la Plaza de Castilla (planta 2ª), en Madrid. Si estás en Madrid, puedes escaparte a esa hora y quieres manifestarles tu solidaridad, estaría muy bien que acudieras.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (15 de enero de 2003), salvo la nota, la cual apareció en el Diario únicamente. Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/15 06:00:00 GMT+1
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2003/01/14 06:00:00 GMT+1

¿Regreso al fascismo?

Examino los escritos y discursos más aplaudidos dentro del actual movimiento general contra el Nuevo Orden Internacional, del que George W. Bush es paladín indiscutible e indiscutido.

Hay trabajos excelentes, que tratan de indagar en lo que de específico tiene el actual momento histórico, que reflexionan seriamente sobre sus expectativas, que muestran una firme rebeldía contra la opresión -contra todas las opresiones- pero no pierden de vista la complejidad de la realidad que afrontamos y contra la que combatimos. Que animan, a la vez, a la lucha tenaz y a la reflexión serena, que tanto se necesitan mutuamente.

Pero, junto a ellos, me topo cada vez con más frecuencia con documentos, discursos y proclamas que parecen cifrar sus expectativas de éxito en la expresión ultraaparatosa y superincendiaria de contenidos pasmosa y decepcionantemente simplistas.

Lo peor no es que sus autores tiren por esa vía, sino que, según todas las trazas, obtienen buenos resultados. Porque cuanto más se exceden por ambos extremos -por el de la verbosidad agresiva y por el del reduccionismo ideológico- más reconocimiento y admiración recogen en los ambientes radicales.

Cuando los leo o escucho, siento la desagradable sensación de encontrarme ante una especie de concurso internacional de insultos y denuestos. A ver quién es capaz de soltar la más gorda, tenga o no algo que ver con la realidad.

Algunas de sus especialidades se han convertido ya en tópicos de amplio espectro dentro del llamado movimiento antiglobalización. Así, la idea de que estamos regresando al fascismo. O la de que la coalición internacional capitaneada por Washington supone una reedición del nazismo.

Ninguna de ambas pretensiones resiste el análisis. Como fenómenos político-estatales, el fascismo y el nazismo respondieron a unas necesidades históricas que no tienen paralelo posible con la realidad actual. Supusieron la renuncia de las clases dominantes de algunos países al mantenimiento de las normas del llamado Estado de Derecho ante el fundado temor de que éstas pudieran ser utilizadas por las fuerzas revolucionarias -principalmente comunistas- para arrebatarles las riendas del Estado. Actualmente, el poder del establishment del Primer Mundo no afronta ningún peligro interno de características semejantes. (En realidad, ni siquiera en su momento histórico fue correcto identificar el nazismo y el fascismo. Porque, si bien sus métodos de dominación tuvieron muchos aspectos comunes -como los de todas las dictaduras brutales, en realidad-, el uno y el otro respondían a necesidades socio-económicas notablemente dispares. El nazismo surgió como una pieza clave de la lucha feroz entablada entre las diversas potencias imperialistas para redistribuir sus áreas de influencia y explotación a escala mundial. El fascismo latino nunca contó seriamente en esa pugna.)

¿Trato acaso de decir que no hay similitudes entre los modos y querencias de los gobernantes occidentales de nuestros días y los que encabezaron en su día los regímenes nazi-fascistas? ¡Por supuesto que no! ¡Claro que se parecen! ¿Vamos a descubrir acaso a estas alturas de la Historia que todos los reaccionarios son de la misma estirpe?

En mi criterio, la clave de la cuestión está en percibir que las clases dominantes sólo respetan las libertades en dos medidas:

1ª) En la medida en que el ejercicio de esas libertades no comprometa su posición de privilegio, y

2ª) En la medida -en la exacta medida- en que la movilización democrática de sus pueblos les obligue a hacerlo.

Quienes toman como síntomas de un regreso al fascismo y/o al nazismo el desprecio de los gobernantes del Primer Mundo actual hacia las libertades y los derechos democráticos confunden esas dos medidas. Lo cual los coloca en muy mala posición para el análisis, porque toman por síntoma de debilidad y crisis del campo reaccionario lo que de hecho es resultado de una gravísima desmovilización de las fuerzas democráticas occidentales y de una patética desarticulación de las fuerzas revolucionarias a escala mundial.

El problema no estriba en llamar a Bush, a Blair o a Aznar «fascistas», «nazis» o lo que sea -que eso tanto me da-, sino en creerse que esos insultos son en realidad conceptos científicos hechos y derechos y que, gracias a ellos, ya sabemos cómo es nuestro enemigo, y cómo actuar contra él. Cuando lo cierto es que el estudio de la realidad internacional surgida de las cenizas del «socialismo real» está todavía en mantillas.

Me sobran muchísimo las analogías rabiosas de andar por casa. Me exceden. Tengo ya todo un almacén de improperios que demuestran que Bush, Blair, Aznar, Berlusconi y tutti cuanti son unos fascistas, unos ignorantes y unos corruptos. Ahora lo que necesito es saber cómo funciona el complejísimo tinglado que se han montado esos fascistas, ignorantes y corruptos, que nos están dando de hostias hasta en el carné de identidad. Qué digo: hasta en el chip.

¡Cómo me gustaría que fuéramos regresando a aquello tan trabajoso pero tan útil de «el análisis concreto de la realidad concreta»!

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (14 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/14 06:00:00 GMT+1
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2003/01/13 06:15:00 GMT+1

Genios del micrófono

No me resisto a la tentación de aportaros un par de perlas del comentarista televisivo del partido de fútbol Atlético de Madrid-Deportivo de La Coruña, celebrado ayer.

Primera aportación: «...El balón se le ha escapado a Donato, el eterno brasileño». ¿Eterno brasileño? La caracterización sería chocante en todo caso, pero lo es doblemente en éste, habida cuenta de que hace ya bastantes años que Donato tiene la nacionalidad española.

Segunda: «...Y ahí vemos a Luis Aragonés, antaño Zapatones, ahora El sabio de Hortaleza...». Como si los sucesivos apodos que endilgan a ese señor tan antipático fueran títulos.

En fin...

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (13 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/13 06:15:00 GMT+1
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2003/01/13 06:00:00 GMT+1

Ley y orden

Ya no hay fin de semana o fiesta de guardar que el Gobierno no anuncie algún nuevo proyecto represivo. Entre ayer y anteayer dejó caer media docena de ellos. Según cómo le sople el viento, la emprende contra unos u otros. Ayer me pareció escuchar a Michavilla perorando contra los que se disfrazan de pacíficos inmigrantes para venir a España a delinquir. A otro le oí decir no sé qué sobre la prohibición total de fumar en los centros de trabajo. Parece que van a montar equipos de inspección para que nadie se salte la norma. Las empresas de la construcción seguirán sin imponer las medidas de seguridad necesarias, pero como los inspectores pillen a un currito con la colilla pegada al labio, la armarán de aúpa. Me pregunto que harán en las oficinas en las que trabajan tres o cuatro y todos son fumadores: ¿bajarán las persianas para que nadie les vea?

Para estas alturas nadie ignora que este furor purificador del Gobierno está en relación directa con los bofetones que ha recibido su prestigio a costa del Prestige. Escocido a más no poder, ha decidido hacer eso que los expertos llaman «tomar la iniciativa» y que consiste básicamente en sacar leyes prohibicionistas como churros. Es como si hubieran tardado ocho años en descubrir que España estaba llena de gente malísima a la que nadie perseguía y quieran recuperar el tiempo perdido en un plisplás.

Pero hay una cosa que me inquieta especialmente. Si para recuperar enteros en la valoración popular el Gobierno opta por sacar el mandoble y repartir leña a gogó, ¿qué quiere decir eso? ¿Que cuanto más ultra más popular?

¿Van por ahí las apetencias de la mayoría de la actual población española?

¿Considera la mayoría tranquilizadoras las mismas cosas que a mí me asustan?

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (13 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/13 06:00:00 GMT+1
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2003/01/12 20:00:00 GMT+1

Javier Ortiz contra la nueva Guerra del Golfo

Nota previa.- Mi entusiasmo por los mítines políticos es limitado. Muy limitado. Según mi dilatada experiencia, los mítines suelen servir tan sólo para que unas cuantas personas más o menos conocidas adopten actitudes súbitamente histriónicas y larguen a grandes voces cosas que, por lo general, la concurrencia ya sabía de sobra antes de acudir al recinto en cuestión.

Intervine en el mitin del domingo 12 de enero en Madrid con la intención de no ajustarme demasiado a mi mal concepto de los mítines. Fracasé. No porque me pusiera a pegar gritos -algo de lo que soy incapaz por hondas razones psicológicas, pero ahora mismo también por patentes razones físicas: estoy totalmente afónico- sino porque la megafonía decidió funcionar intermitentemente justo cuando yo me puse a hablar, con lo que mi relajada perorata se convirtió en un molesto zumbido inaudible. En todo caso, lo que viene a continuación es lo que traté de decir. De una cosa sí puedo sentirme relativamente satisfecho: acerté cuando pronostiqué que podía resultar original hacer una defensa de las mejores tradiciones del pueblo norteamericano. El ambiente general no era ése. Incluso hubo quien defendió la tesis de que al mundo le iría mucho mejor si los Estados Unidos de América... no existieran.

Buena parte de la legión de columnistas existente en este país basa su éxito en escribir con gran solemnidad lo que casi todos sus lectores y lectoras ya habían pensado por su cuenta de antemano. Incluso muy de antemano. Incluso muchísimos años antes.

-¡Acierta usted a decir tan bien lo que yo pienso! -le sueltan, cuando se lo topan finalmente bajo el tórrido sol de la Feria del Libro.

Es algo que siempre me ha repateado.

Heme aquí, pues, abochornado una vez más ante la nada remota posibilidad de acabar diciéndoles a ustedes con lenguaje más o menos florido lo que ya habían pensado por su cuenta no menos de 350 veces antes de acercarse por este lugar. Qué horror.

He dado vueltas al temario por activa y por pasiva durante días. ¿Cómo conseguir aportarles algo que no tengan ya asimilado hasta los tuétanos desde el siglo pasado, que tampoco hace tanto?

Porque ustedes no me engañan. Los conozco. Están informados. Leen. Se enteran. Y lo que es todavía más importante: no se creen lo que les cuentan. Son un público espantoso para un charlatán que además, como en mi caso, ni siquiera es demasiado especialista en la materia.

Al final, consciente del escaso sentido que tendría ponerme aquí a dar voces para decirles cosas que ustedes se saben de memoria, y probablemente mejor que yo, me he encontrado divagando por otras colinas.

Fuera preámbulos y nada de colinas: cerros. Les diré por qué clase de cerros de Úbeda se me ha ocurrido deambular en esta ocasión, tratando de cubrir una posible ausencia: voy a hacer un breve canto de amor y de reconocimiento al pueblo de los Estados Unidos de América.

Ya que se trata de poner a parir a sus gobernantes, quisiera que no olvidáramos qué y a quién representan. Y qué y a quién no. Porque es verdad que en este país a veces nos armamos un lío importante con los culos y las témporas, y nos pensamos que Bush es una especie de destilado mixto de la historia y el presente de los Estados Unidos, sin darnos cuenta de que, por las mismas, podrían aplicarnos el mismo cuento a nosotros con Aznar, y no veas qué sofoco.

«Ustedes odian a los Estados Unidos», nos dicen algunos. Y no saben hasta qué punto yerran.

Descartados Red Ryder, Superman, El Hombre Enmascarado y algún otro héroe de tebeo, mi primer contacto con los Estados Unidos de verdad (o, si prefieren, con los otros Estados Unidos) fue Walt Withman. A los 16 años, mientras mis mejores amigos leían a Alberti y a Hernández -que tampoco era ninguna mala idea-, cayó en mis manos un ejemplar de las Hojas de hierba de Withman. ¡Cómo supo transmitirme su amor a la libertad y su espíritu de ruptura!

Hojas de hierba, libro de poemas que se publicó hace siglo y medio, sería posteriormente definido como «la verdadera voz» de aquel inmenso país. Si oyen decir eso -que alguien lo dijo, no sé si Martí o Neruda-, no se lo crean. Porque ésa es la tesis que estoy tratando de refutar: aquel inmenso país no tiene una sola voz, sino muchas.

Pasaron algunos años y, siempre interesado por los bardos de todas las procedencias, me topé con otro personaje extraño y singular que vivió y murió en aquella misma orilla del Atlántico. No sé si su nombre les dirá algo a ustedes: Joe Hill. Joe Hill, para su fortuna, fue un fino músico y un inspirado poeta. Pero fue también, para su desgracia, un sincero anarco-sindicalista y un declarado simpatizante de la III Internacional. Joe Hill recorrió a comienzos del pasado siglo de punta a cabo las obras de construcción del ferrocarril en los Estados Unidos, organizando a los trabajadores -a los que se dejaban- y enseñando pueblo a pueblo sus cantos de solidaridad y de lucha. Acabaron acusándolo de un crimen que no había cometido, lo condenaron a muerte y lo fusilaron. Tengo recopiladas varias canciones suyas, entre ellas una divertidísima que cuenta cómo muere un esquirol y, cuando llega al cielo, es expulsado al infierno por los afiliados al sindicato de los Ángeles Rojos.

Joe Hill no fue un locuelo simpático que hiciera la guerra por su cuenta. Formaba parte de la International Workers of the World, sindicato revolucionario que llegó a contar con cientos de miles de afiliados en los Estados Unidos. Gracias a Joe Hill me enteré siendo todavía casi un crío de que en aquel enorme país, casi un continente, las mujeres se habían lanzado ya en los años 20 a la lucha porque querían pan, pero también querían rosas. Bread and roses!

De semejante estirpe fueron otros dos personajes en los que no tardé en fijarme, gracias sobre todo a una película italo-norteamericana que se estrenó en 1971: Sacco y Vanzetti. No hablo tampoco en este caso de la historia particular de dos sindicalistas inmigrantes italianos condenados a muerte y ejecutados por una asalto a mano armada en el que no habían participado, sino de la sociedad convulsa que reveló su caso: de un lado, una de las clases dominantes más repugnantes, cerriles, violentas y vomitivas del universo; del otro, un pueblo inmenso, nacido de la fusión de muchos y capaz de albergar en su seno a gente fantástica, solidaria y noble. Gente como ésa que pudimos conocer también a través de Las uvas de la ira de un Steinbeck que -cómo no- militó en el Comité por la Liberación de Sacco y Vanzzeti.

No mucho después del asesinato legal de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti empezó la guerra civil en España. Un recuerdo para los combatientes de la Abraham Lincoln Brigade. ¿Cuántos españoles fueron a echar una mano a Washington y los suyos cuando se enfrentaron al poder colonial de Londres?

Ya sé que esto no es un recorrido histórico. Tan sólo un vertiginoso paseo sentimental. Un paseo -un via crucis, tal vez mejor- que necesitaría de muchas más estaciones, en las que deberían figurar las víctimas del Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy, las víctimas de la lucha contra la Guerra de Vietnam y contra tantas otras guerras, los cientos de silenciados, de reprimidos, en las Universidades, en los centros de trabajo, en los escenarios, en los platós... Gentes como el gran, como el pobre Phil Ochs, grandísimo cantautor empujado al suicidio y hoy casi olvidado, que tuvo el acierto de sentenciar: «Cuando los tiempos se ponen feos, la protesta se vuelve bella».

Quiero deciros con todo esto, amigos y amigas -y espero que se me entienda-, que considero los Estados Unidos como un rincón más de esa inmensa patria mía a la que llamamos mundo. Por lo cual espero que nadie me pida que los odie en bloque, porque es la casa de muchos de mis hermanos y hermanas. Y confío en que nadie me pida que los idolatre en bloque, porque también es la cárcel de muchas de mis hermanas y hermanos.

Si deseo fervientemente el fracaso completo del imperialismo norteamericano en Irak no es sólo por solidaridad con el pueblo iraquí. Es también por solidaridad con la mucha buena gente que vive, trabaja, sufre y ama en los Estados Unidos de América.

Por respeto a su Historia y por apoyo a su porvenir.

Javier Ortiz. (12 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 20 de diciembre de 2017.

© Javier Ortiz. Está prohibida la reproducción de estos textos sin autorización expresa del autor.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/12 20:00:00 GMT+1
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2003/01/12 06:00:00 GMT+1

Ryan, valiente mierda

Despierto a las tantas, cansado por haber salido anoche -era la fiesta de cumpleaños de una amiga- y por haber hablado y bebido, moderada pero inmoderadamente. Mi estado físico no da para nada, y mi voz, menos. Dentro de una hora deberé estar hablando en público y mi afonía puede hacer estragos. Me preocupa hacer un recital de gallos.

Tomé contacto ayer con un buen samaritano que aceptó hacerse cargo de la lectura de los folios que tengo escritos, en el caso de que mi garganta se hunda del todo, pero no estoy seguro de que él vaya a encontrarse en mucho mejor estado.

Es en medio de ese espesor de mañana de domingo, tipo el Sunday Mornin' Comin' Down de Kris Kristofferson, cuando enciendo la radio y escucho la noticia: George Ryan, gobernador del Estado de Illinois, ha decidido conmutar la pena de muerte que pesaba sobre 156 reclusos de su jurisdicción.

Dice que el sistema penal norteamericano tiene demasiados fallos, que es incorrecto, injusto «y a veces también muy racista».

Ryan se ha mostrado muy afectado porque se ha enterado de que cuatro sentencias de muerte habían sido dictadas en su estado a partir de confesiones que la Policía había obtenido con torturas.

La noticia me martillea el cerebro como parte de una pesadilla.

Sé que Ryan ha montado ese circo porque estaba a punto de pasar a la Historia de Illinois como uno de los gobernadores más corruptos que haya tenido uno de los estados más corruptos de la Unión. Y no quería.

Sé que Ryan no cuestiona la pena de muerte, sino tan sólo sus «errores de aplicación».

Sé que Ryan ha conmutado las penas de muerte por otras tantas de cadena perpetua.

Y me veo aplaudiendo a Ryan.

Valiente mierda.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (12 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de febrero de 2017.

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2003/01/11 06:00:00 GMT+1

La estabilidad de Solbes

Estoico que soy de por mí, me he tragado esta mañana a primera hora un programa de Radio Nacional y Radio Exterior titulado Más Europa. El tema del programa de hoy era el famoso Pacto de Estabilidad y las dificultades de varios Estados miembros (particularmente Alemania, Francia e Italia) para cumplir con lo firmado: entre que su gasto público está siendo superior al permitido y que sus tasas de crecimiento son más bajas de lo previsto, van los tres camino de cargar con un 3 por ciento de déficit.

Admito que mis conocimientos sobre Economía Política son escandalosamente insuficientes, lo cual viene agravado por mi incapacidad total para memorizar cifras, incluyendo las de uso práctico más corriente (mis teléfonos, mi NIF... y hasta mi edad). Empecé a estudiar algo de Economía a los 18-19 años, de la mano de Paul A. Baran, Paul M. Sweezy y compañía -aquellos excelentes libros del Fondo de Cultura Económica-, pero pronto escuché a alguien muy importante decir eso de que «la política es la expresión concentrada de la economía», así que opté por estudiar «la expresión concentrada», muy al estilo de la zorra con las uvas.

Con el tiempo he desarrollado algunos otros trucos para afrontar los arcanos de la ciencia económica. Uno consiste en interrogar a los economistas sobre materias que sí conozco. Si lo que me responden en esos asuntos me parece bien pensado y razonable, concedo un margen de confianza equivalente a sus opiniones económicas.

Señalo este procedimiento un tanto mei generis de orientarme en los intríngulis económicos porque se da la circunstancia de que varios economistas de éstos que me merecen alguna confianza me han insistido una y otra vez en que lo del Plan de Estabilidad de la UE, que sus adalides presentan como si fuera el no va más de la racionalidad, no pasa de ser otro de los muchos fetiches de la derecha económica y social. Aparte de que la cuestión no es sólo cuantitativa, como se pretende, sino también y sobre todo cualitativa -no sólo cuánto, sino sobre todo en qué se gasta-, un Estado no puede renunciar por principio a endeudarse. Puede hacerlo, siempre que se lo plantee dentro de límites asumibles y siempre que lo haga para fomentar el crecimiento. La aceptación de un cierto déficit público puede tener sentido dentro de un plan general de expansión económica incentivado y animado por el propio Estado, y hay sobradas experiencias históricas positivas al respecto.

Pero lo que más me ha llamado la atención del rollo matinal de Radio Nacional no es que diera por hecho que el Plan de Estabilidad es sagrado, ni que hablara del asunto como si se tratara de una ecuación de ciencia pura, situada al margen de opciones ideológicas y políticas, sino que el encargado de repetir ese mensaje hasta la saciedad ha sido Pedro Solbes, consejero de la UE a propuesta del PSOE y nunca desautorizado representante de los criterios de ese partido en materia económica.

¿Cómo tomarse en serio la pretensión del PSOE de que representa una alternativa al PP en todos los terrenos, incluido el económico, cuando no sólo no discute los dogmas del neoliberalismo imperante sino que se ofrece para hacer de martillo de herejes en su defensa a escala europea?

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (11 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de febrero de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/11 06:00:00 GMT+1
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2003/01/10 06:00:00 GMT+1

¿Y por qué no Botella?

El PSOE insiste en la pregunta supuestamente envenenada: «¿Y por qué ella?». Para mí que es más práctica y aleccionadora la pregunta contraria: ¿Y por qué no?

Alegan que si Ana Botella no fuera la esposa del presidente del Gobierno jamás habría recibido la oferta de Alberto Ruiz Gallardón. Claro. Y Alberto Ruiz Gallardón tampoco habría llegado con tanta facilidad al lugar en el que está de no haber sido hijo de otro Ruiz Gallardón, también político, también de derechas y también muy bien relacionado. ¿Alguien puede darme alguna razón original para explicar que el PP haya elegido como candidato en Castilla-La Mancha a un caballero llamado Adolfo Suárez? En las altas esferas del PP el que no es hijo es sobrino, primo, nieto, cuñado, concuñado, marido, yerno... o mujer, hija, sobrina, nieta, prima, nuera o cuñada de alguien que tiene o tuvo un nombre o un título en el gremio. Es el único modo que hay para llegar directamente a las plantas nobles de Génova sin tener que darse la paliza de subir las escaleras. (Bueno, no: también cabe pagar muchísimo dinero para que te suban a hombros.)

Aún más gracia me hace que critiquen la falta de preparación técnica y académica de la precandidata. He conocido en los últimos veinte años a suficientes alcaldes y concejales a lo largo y ancho de la piel de toro como para tener clarísimo que toda relación entre su nombramiento y su capacitación intelectual es pura coincidencia. Ninguna necesidad de giligilizar esta columna: Madrid da ejemplos sobrados. Tiene un equipo de gobierno capaz de alimentar de por vida el anecdotario de todos los periodistas del ramo. Sólo con las exhortaciones pías del alcalde, Álvarez del Manzano, que todavía no ha conseguido enterarse de que éste no es un Estado confesional, y con los siempre originales inventos del concejal de Movilidad Urbana, Sigfrido Herráez -el último, el llamado sigfrimóvil, que se supone que lucha contra los atascos metiéndose en ellos y haciéndolos más grandes pero, eso sí, multando mucho-, la señora Botella podría arreglárselas fácilmente para pasar por una intelectual. O por lo menos desapercibida. Tanto más ella, que tiene publicado un libro de cuentos (ajenos, pero con moraleja, lo que no deja de ser un detalle muy madrileño).

En fin, reprochan a Ruiz Gallardón que haya incluido a Ana Botella en su equipo porque creen que eso va a acentuar los rasgos derechistas de su candidatura. Sostienen que la ideología ultracatólica de la candidata imprimirá un sello aún más reaccionario a la política del equipo municipal.

A éstos críticos sólo me queda hacerles una observación gramatical. Tratándose de beatería y del Ayuntamiento de Madrid, no nos amenacen con ninguna vuelta de tuerca adicional: sabemos de sobra que lo máximo no admite grados.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (10 de enero de 2003) y El Mundo (11 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de febrero de 2017.

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2003/01/09 06:00:00 GMT+1

El manifiesto pro-Bush de Umbral

Nunca he sido partidario de tomar demasiado en serio las propuestas políticas de Umbral. Me consta que algunas las avanza sin más interés que el de provocar risitas de falso escándalo en las señoras de buen ver o mejor bolsillo con las que se codea -o lo que sea-; que otras las mete con calzador para contentar a tal o cual personaje con el que tiene que verse, o con el que se ha visto, o del que espera obtener algo, y en fin, que otras no pasan de ser mera excusa para hacer ejercicios de estilo en lo que imita -casi siempre de manera magistral- a tal o cual clásico, en lo que bien podría tomarse como un juego de adivinanzas para eruditos.

Dicho de otro modo: apariencias al margen, Umbral casi nunca escribe realmente de política.

Pero una cosa es lo que trata de hacer -y que en buena medida hace, y lo hace como nadie- y otra que ese arte tan suyo de frivolizar jugando literariamente con la espuma diaria del acontecer político no acabe por retratar su verdadero inconsciente político. Un inconsciente que no sólo resulta ser en extremo reaccionario sino, sobre todo -y eso es lo más grave, en su caso-, de una pobreza intelectual verdaderamente patética y, por momentos, hasta anonadante.

Como no es mi estilo criticar lo que los demás desconocen, y dado que mucha de la gente que merodea por este rincón de la Red no es lectora de El Mundo -y la que lo es no siempre lee a Umbral-, voy a reproducir el artículo que le publicaron el pasado martes, 7 de enero. Destacaré, sin mayor comentario, algunas expresiones que me han parecido particularmente curiosas y añadiré algunas observaciones debidamente acotadas entre corchetes y firmadas con mis iniciales. No muchas, porque tampoco es cosa de ensañarse en lo obvio.

El artículo llevaba por título Los intelectuales. Y decía:

«Un grupo ilustre de intelectuales norteamericanos se está moviendo oportunamente para enriquecer el sentimiento de patriotismo y de defensa frente a dos enemigos peligrosos: los otros intelectuales, los que van sistemáticamente contra los valores americanos y, lo que es más grave, la marejadilla de mensajes europeos que condenan el imperialismo en todo momento porque no pueden olvidar ni perdonar que los Estados Unidos nos salvaron de dos guerras mundiales y del terror estalinista. [Nótese que esto lo escribe un español, que sabe que España no participó en la I Guerra Mundial, que conoce que Washington abasteció de combustible a las tropas rebeldes de Franco y que, terminada la II Gran Guerra, se negó a propiciar el derrocamiento de la dictadura militar pro-nazi, abocando al pueblo español a 40 años de sufrimientos. JO]. Arthur Miller y Norman Mailer son quizá los nombres más notorios y sorprendentes en este grupo de intelectuales americanos que han decidido posar como americanos antes que como intelectuales. Lo cual que la cosa va en serio.

»América [Obsérvese que Umbral, fiel a la doctrina Monroe, identifica constantemente "América" con "Estados Unidos de América". JO] trajo los misiles, pero también trajo la penicilina. Prueben ustedes a hacer el recuento de premios Nobel de la ciencia y la investigación en los últimos años o en el pasado siglo. [Nota bene: recuérdese que tanto sir Alexander Fleming como el grupo de científicos que en su unión descubrieron e impulsaron la penicilina... fueron británicos. JO]. El número de norteamericanos es sorprendente, y a ellos hay que añadir los extranjeros que América fichó y ficha prematuramente cada día por las universidades del mundo. No es culpa suya si esas universidades -también las españolas- estaban adormecidas cuando USA fichó a Severo Ochoa, un suponer. Einstein no hubiera sido posible sin el patrocinio yanqui. [Einstein realizó lo esencial de sus investigaciones en Europa, antes de instalarse en Princeton. Por lo demás, son sobradamente conocidas las dificultades por las que pasó cuando en 1945 se declaró públicamente en contra del programa norteamericano de armamento nuclear. JO].

»Los Estados Unidos viven continuamente esta división perpetua entre una progresía entregada al esnobismo europeo y una intelectualidad que cree en su país y colabora a hacerlo más verdadero. [Me encantaría que Umbral hiciera una Historia, así fuera brevísima, de esa intelectualidad norteamericana que de manera «perpetua» ha contribuido a hacer su país «más verdadero» (sea eso lo que sea). Se topará con media docena de personajes torturados por no haber tenido la fortaleza de haberse negado a delatar a sus mejores amigos y con dos docenas de ultraderechistas confesos, algunos admiradores declarados de Hitler, colaboradores del Tribunal de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy y asalariados de los programas de "promoción cultural" de la CIA. JO]. Hay que cerrar muchas ventanas para no enterarse de que la conspiración terrorista, orientalista, fatalista, va a ser la gran querella del siglo XXI recién iniciado. Ese fatalismo de raza odia la presencia vertical de los Estados Unidos en el Universo, y este odio aparece ilustrado por un progresismo o retroprogresismo que consiste en preferir lo antiguo, lo sucio, lo feo, lo medieval, lo fatal [el subrayado es mío. JO]. Casi toda la intelectualidad de Europa se inspira en esas veladas causas al mismo tiempo que los hombres estrella de nuestra cultura se cortan el pelo a la americana, usan mocasines de marca americana, juegan al póker, beben whisky americano, siegan su jardín y lavan el culo a sus niños de acuerdo con el modelo de las películas de Hollywood.

»Todos somos muy antiyankis en la conversación, porque eso queda más progre, y no digamos en los libros, donde uno sólo puede escribir y firmar panfletos antiamericanos si quiere vender mucho entre un público que disfruta con ese castigo a Bush o el que sea, mientras ceba a sus hijos de hamburguesas y perritos calientes. Hay aquí un doble juego bastante deleznable, contra el que ahora se han levantado los escritores que cito y los que no cito, ante la inminencia de nuevos atentados terroristas de la mafia universal del fatalismo y de ese nuevo juego dúplice que es el suicidio asesino.

»Mientras se diseñan unas nuevas Torres de Manhattan, ya hay escritores, en España y América, que proyectan derribarlas con sus metáforas. Uno nunca ha sido fanático de los Estados Unidos, pero ante la ofensiva medieval que se inició el 11/S, acudimos a nuestros periódicos, todos de modelo americano, como los abajofirmantes de un manifiesto que no existe, pero está haciendo mucha falta.»

Nada, que lo dejo. Voy a seguir buscando metáforas de dinamita medieval, esnob, racial y orientalista y, como no se me corte la infección bucal que tengo, me largo a los EEUU a que algún Nobel me ponga penicilina patrióticamente verdadera.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (9 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de febrero de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/09 06:00:00 GMT+1
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2003/01/08 06:00:00 GMT+1

Escritores en la indigencia

José María Gironella se marchó para el otro barrio no sólo persuadido de que los cipreses creen en Dios, sino también con la convicción de que los actuales lectores somos, decididamente, unos ingratos.

Parece que dejó una carta echándonoslo en cara.

El personal es de una falta de realismo espantosa. Este Gironella, que fue en vida un pesado de tomo y lomo -franquista y aburrido: tócate las narices-, no entendía que su obra no siguiera vendiéndose como churros, lo que le obligaba a vivir en una casa normalita, llevando una vida normalita. Se ve que el hombre no fue en su momento consciente de que sus mamotréticas y soporíferas novelas se vendían porque no había falangista o aspirante a falangista que pudiera permitirse el lujo de no tenerlas en el estante del salón, junto a la foto del Generalísimo, la imagen del Sagrado Corazón, la bendición apostólica de Su Santidad (Pío XII, a la sazón) y el cuadro de los jabalíes abrevando en el consabido manantial de la pradera.

Dicen que Franco exclamó, tras leer -o decir que había leído- aquello de Los cipreses creen en Dios: «¡Así fue nuestra Cruzada!». Lo cuento por si alguien tuviera la intención de acercarse al libro fuera de un programa específico de análisis de patologías psicosociales agudas.

De haber recibido el franquismo el juicio oficial que merecía -como lo recibió el salazarismo, explícitamente repudiado por la vigente Constitución Portuguesa-, los tipos como Gironella las habrían pasado canutas. Yo nunca he estado con quienes quisieron impedir a Leni Riefenstahl que continuara con su trabajo de fotógrafa audaz y maravillosa, acusándola de haber mantenido una buena relación con Hitler. Que se sepa, Riefenstahl no participó en la comisión de ningún crimen. Tampoco propuse que nadie encerrara bajo llave a Dalí, ni siquiera a Lola Flores, pese a sus concomitancias ideológico-delirantes con el franquismo (y pese a que el trabajo de ninguno de los dos me suscitaba mayor interés). Pero esos/esas artistas, amén de no estar implicados en ninguna actividad delictiva (Hacienda excluída), tenían y siguen teniendo forofos a gogó, y forofos nada obtusos. Digo yo que por algo será. Sigo alimentando en mi corazoncito el bello lema, realmente nunca aplicado, de la Revolución Cultural China: «Que florezcan cien flores y rivalicen cien escuelas de pensamiento».

Gironella no fue quedándose más y más al margen porque le perdieran sus ideas políticas, realmente deleznables, sino porque las expresaba a través de escritos plúmbeos, que no interesaban ni siquiera a sus correligionarios. De haber sido menos plasta, hubiera podido vender: ahí está la obra inagotable de Vizcaíno Casas, a modo de prueba. El propio Lara le compró alguna novelucha petardera, a modo de agradecimiento por el dinero que le hizo ganar cuando era lectura obligada de los del yugo y las flechas.

Esto de echar la culpa a la discriminación ideológica es una tentación casi irresistible. Todos los que nos dedicamos a escribir y no conseguimos traspasar la línea de la fama ni a la de tres -y menos mantenernos del otro lado- sentimos constantemente el deseo de proclamarnos «malditos», «insobornables»... y ni sé cuantas cosas más.

Gironella se presentaba como insobornable. Se pasaba. Insobornable es un adjetivo demasiado aparatoso. Yo no me atrevería a proclamarme insobornable. De lo único que puedo dar fe es de que los intentos de soborno que he recibido hasta ahora manejaban cifras escandalosamente ridículas. Insultantes. Si recibiera una que superara los 100 millones de euros y la mandara a la mierda, entonces creo que empezaría a considerarme insobornable.

Me da que Gironella también confundía no tener precio con no estar en el mercado.

Javier Ortiz. Diario de un resentido social (8 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 15 de febrero de 2017.

Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/08 06:00:00 GMT+1
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