2003/01/25 06:00:00 GMT+1
Jueves 23 de enero. Conduzco desde Aigües hacia Barcelona, donde me toca participar por la noche en una mesa redonda sobre Palestina. Me avisan de que a las 3 de la tarde me van a telefonear de Catalunya Ràdio/Cultura para hacerme una entrevista.
Decido salirme de la autopista a la altura de Sitges, para comer algo y esperar la llamada.
El tiempo es magnífico. En el paseo marítimo apenas hay nada abierto. Encuentro una terraza de restaurante. Da el sol de lleno, pero no molesta. Se oye el rumor de las olas que acarician la playa vacía.
Pido una ensalada, un bogavante a la plancha –el precio es sospechoso, de puro tentador– y media de blanco. Sorpresa: todo está bueno.
Aparece un guitarrista ambulante. Tuerzo el gesto. Sin razón. Toca unas piezas quedas, hace un simpático popurrí de Albéniz y Granados... Cuando pasa la gorra, le digo si tendría la gentileza de evocarme los Recuerdos de la Alhambra, del maestro Tárrega. «No es sencilla», me sonríe. «Ya lo sé. Y menos de pie», le apoyo. La amaga: es una catarata de luz y sonido; una de las piezas para guitarra más bellas que jamás se hayan compuesto.
Lo hace bastante bien. Es un momento delicioso.
Entretanto, un par de mesas más allá se ha sentado un chaval de aspecto doblemente inconfundible: magrebí y pobre. Pide una ensalada (de la que da buena cuenta), una paella (de la que sólo deja la sartén, y perdón por el juego de palabras) y se bebe sus buenos tres cuartos de vino de marca. Añade postre y café. Todo visto y no visto.
Al rato le pasan la cuenta. Monta en cólera.
–¡Esto es carísimo!
El camarero, que no quiere levantar la voz, le musita:
–Los precios están en la carta...
–¡Sí! –vuelve el otro a la carga–. Pero la ensalada estaba mal cortada. ¡Trozos muy grandes! ¡Y yo no he pedido una paella para mí solo, sino un plato de paella!
El camarero insiste en su línea musitante:
–Si el caballero se hubiera quejado en el momento... Pero se lo ha comido todo sin objetar nada...
–¡Da igual! –corta el otro– ¡De todos modos, no puedo pagarlo! ¡Esto es todo lo que tengo!
Y planta dos monedas de dos euros sobre la mesa.
El camarero –siempre con el mismo tono de confesionario– no se aparta de su aire persuasivo. Pese a que no está a más de dos metros, apenas le oigo cosas sueltas: «...avisar a la policía...», «...al menos 10 euros más...», «...tiene usted que entender...».
Al final se harta y pasa directamente al tuteo:
–Anda, pues déjame en paz y lárgate.
El otro –objetivo logrado– sonríe, se levanta y se va tan ricamente.
El camarero mira desolado al infinito.
–Sabía yo que íbamos a tener problemas –me dice.
–Hu, hu –le respondo.
–Pero tampoco puedes rechazar a nadie por la pinta...
–¡Uh, uh! –le contesto.
–Lo mismo podía ser un trabajador de la obra de aquí atrás, que acababa de cobrar y quería darse un relajo...
–¡Ajá! –remato.
–Pues me ha jodido –suspira–. A ver cómo le cuento yo al encargado que le he dejado ir sin pagar.
–Sí. Ésa es otra –le digo, por decir algo.
Pero ya me están llamando de la radio.
Así que me voy con el móvil a la orilla, para hablar de Palestina. Y dejo al camarero con su sonrisa amarga y melancólica.
Pobrecillo.
Ya nada es fácil.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (25 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 23 de enero de 2010.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/25 06:00:00 GMT+1
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2003/01/24 06:00:00 GMT+1
Los que se reúnen en el Foro Económico Mundial de Davos no sólo son poderosos; también aburridos: ya están otra vez con el rollo de que, para que quepa un mejor reparto de la riqueza, primero tiene que producirse más. Como si la riqueza realmente existente en el mundo de hoy no diera para un reparto medianamente equitativo y digno.
Es una triste -ya que no pobre- falacia, y lo saben: si lo que tenemos se distribuyera adecuadamente, el conjunto de la Humanidad podría subsistir sin mayores apreturas.
La cuestión de fondo no tiene que ver con posibilidades teóricas y abstractas, sino con intereses concretísimos. Los que acumulan más riqueza no están dispuestos a privarse de ella. Al contrario: siguen dándole vueltas a cómo lograr más.
Por eso es erróneo también el enunciado genérico oficial de los encuentros de Porto Alegre, que no pocos movimientos antiglobalización esgrimen como emblema: «Otro mundo es posible».
¿Otro mundo es posible? ¿Seguro?
No me cabe duda de que otro mundo -otra organización económica y social del mundo- sería posible. Es ciertamente posible imaginar otro mundo a partir de los recursos que proporciona la realidad actual. Como hipótesis.
No sólo sería posible. También deseable.
Pero no todo lo racional y conveniente es factible.
¿Tanto tenemos, tantos somos: repartamos? Para nada. No tiene sentido abordar las desigualdades económicas de la Humanidad al margen de todo su acompañamiento social, cultural, político... y militar.
Si nos dejamos arrastrar a ese terreno, los problemas económicos acaban pareciendo absurdos, y la miseria, el resultado de una mera quiebra en el ejercicio de la racionalidad distributiva.
Otro mundo será posible -tal vez, por ventura- cuando las fuerzas partidarias de un cambio drástico en la distribución de la riqueza consigan neutralizar la impresionante maquinaria social, mediática, política y militar construida y puesta en marcha para impedir... que otro mundo sea posible, precisamente. O, dicho al revés: para que este mundo sea obligatorio. No tiene sentido plantearse aisladamente la parte de disparate que corresponde a la economía dentro del gran disparate que es el actual orden internacional. Hay que relacionarla con los demás disparates: con el político, con el militar, con el de los aparatos culturales...
Todos los grandes disparates de la raza humana son, en último término, un solo disparate.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (24 de enero de 2003) y El Mundo (25 de enero de 2003). Hay algunos cambios, pero no son relevantes y hemos publicado aquí la versión del periódico. Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/24 06:00:00 GMT+1
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2003/01/23 06:00:00 GMT+1
Donald Rumsfeld, secretario de Estado norteamericano, restó ayer importancia a los pronunciamientos autonomistas de Alemania y Francia con respecto a la perspectiva de guerra en Irak. Dijo que esos dos países «representan a la vieja Europa», pero que otros muchos estados europeos son favorables a las posiciones de Washington.
Rumsfeld debe de creer que se habla de «la vieja Europa» para distinguirla de otra, que sería la nueva. El secretario de Estado no parece muy puesto en materia de figuras literarias. No sabe que se habla de «la vieja Europa» del mismo modo que de «la blanca luna» o del «ardiente sol». Toda Europa es la vieja Europa.
Y, efectivamente, Schröder y Chirac están representando a la vieja Europa bastante mejor que otros dirigentes igualmente europeos, como Blair, Berlusconi... y Aznar. Basta con constatar la poderosa corriente de simpatía que han suscitado a escala continental las declaraciones franco-alemanas en contra del belicismo de Bush para darse cuenta de que la opinión pública europea está decididamente de ese lado. Pero también cabría llegar a la misma conclusión por la vía contraria: viendo con qué falta de entusiasmo defienden su servilismo quienes han optado por el amén a Bush. El caso de Aznar es espectacular: ¡ni siquiera se atreve a subir a la tribuna del Congreso de los Diputados a defender su alineamiento! Sabe que tres cuartas partes del electorado español rechaza su belicismo y no quiere asociar su imagen a esa posición impopular.
Entonces envía a Ana Palacio. Qué pena de personaje. Por no tener, no tiene ni las tablas necesarias para salirse por peteneras. Cuando ayer le hicieron ver la flagrante divergencia en que se encuentra el Gobierno español con respecto a los países punteros de la Unión Europea, Alemania y Francia, no se le ocurrió mejor cosa que decir que la UE carece de una política exterior y de Defensa común. En vez de alegar que Bruselas se rige por normas bien definidas, entre las que no figura la sumisión al eje franco-alemán... ¡se ampara en lo que todo el mundo en Europa considera una grave carencia, como es la ausencia de una política exterior continental mínimamente coordinada!
Aznar definió ya hace un mes cuál es la política española al respecto: ninguna. Se fue hasta Washington para decirlo: ni hay ni puede haber divergencia alguna del Gobierno de Madrid con respecto al de George Bush, por la sencilla razón de que el Gobierno de Madrid suscribe no ya lo que hace el de Bush, sino lo que haga, sea lo que sea.
Con una actitud así, está claro que Aznar no puede representar a «la vieja Europa». Ni a nadie.
Renuncia a representar. Se limita a obedecer.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (23 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/23 06:00:00 GMT+1
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2003/01/22 06:00:00 GMT+1
Le critican su campechana locuacidad. Es muy libre de pensar lo que quiera -le apuntan- pero, ostentando la Presidencia del Tribunal Constitucional, debería abstenerse de decirlo, para no contaminar su imagen de imparcialidad.
Aparentemente, la crítica es razonable. En realidad, es perversa. Le están diciendo: «Esconda su feroz uniformismo nacional; reserve su visceral parcialidad para las sentencias».
Un reputado constitucionalista me contó que Jiménez de Parga bromea diciendo que hace años que no estudia, porque ya no tiene edad para eso. Yo no creo que sea una broma. Más me parece una confesión. Sus reflexiones sobre «las nacionalidades históricas» y «las regiones segundonas» son de polémica de barra de taberna. Pretende que calificar de «nacionalidades históricas» a Cataluña, Euskadi y Galicia implica considerar que Andalucía, Castilla, Extremadura o Aragón no tienen Historia, o la tienen a medias, o de menor interés, y da a entender que lo único que distingue a esas nacionalidades es que obtuvieron un Estatuto de Autonomía de la II República, tal vez porque llegaron antes a la cola. Ni siquiera se toma el trabajo de mencionar las singularidades lingüístico-culturales como factor diferencial.
Pero lo peor no es la frívola desenvoltura con la que va por la vida pisando huevos, sino la malquerencia de fondo que revela. «En el año 1000, los andaluces teníamos (sic), y Granada tenía, varias decenas de surtidores de agua de colores distintos y olores diversos, cuando en algunas zonas de esas llamadas "comunidades históricas" ni siquiera sabían lo que era asearse los fines de semana», dice. ¡Ele! ¡Eso son ganas de fomentar la fraternidad entre los pueblos, y lo demás, chorradas!
¿Qué cabe esperar de un magistrado que examina los problemas con ese espíritu? Lo que está haciendo.
No le pidan que disimule. Es preferible que juegue con las cartas boca arriba. Ya sé que lo suyo no es sinceridad, sino verborragia, pero tanto me da: el caso es que se retrata.
...y Aznar se ahoga en ellas
El presidente del Gobierno también se pasea lanza en ristre por los mismos campos. El domingo dijo que él aboga por un modelo de Estado en el que no tengan espacio «los guetos culturales e identitarios», en tan sorprendente como insultante alusión a Cataluña y Euskadi. No se dio cuenta de la torpeza que implica el uso del término «gueto». Porque los guetos nunca se forman por decisión aislacionista de quienes los habitan, sino por la voluntad segregadora de quienes deberían procurar la convivencia, pero no quieren.
Ayer mejoró el discurso, aludiendo a «los mitos étnicos» y -agarrémonos, que hay curva- a «las tribus». Ésas son cosas propias de los nacionalistas periféricos. Para él se reservó «la razón democrática».
Pregunta: cuando Fraga apeló en la Convención del PP al apóstol Santiago y a la virgen del Pilar, ¿lo hizo tal vez en nombre de «la razón democrática»? ¿No habría por ahí tal vez un poquitín de «mito étnico»?
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (22 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/22 06:00:00 GMT+1
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2003/01/21 06:00:00 GMT+1
La vecindad de las elecciones se nota enseguida, sobre todo del lado de los que mandan: se ponen mucho más simpáticos, asumen compromisos estupendos sin parar, atienden muchas más peticiones y, además, lo hacen con enorme diligencia.
No sólo se distinguen por su talante súbitamente constructivo, sino también por el cuidado que ponen en no asumir ninguna iniciativa impopular.
A la vista de lo cual, deberíamos estar encantados cada vez que se aproxima una cita electoral importante. Y felicitarnos porque las campañas electorales se inicien cada vez con más antelación, como sucede ahora, que estamos en enero, las elecciones municipales no llegarán hasta mayo y el ambiente político luce ya sus mejores galas.
Claro que no hay cara sin cruz, y menos tratándose de gobernantes. El inconveniente de las campañas electorales es que nos los topamos hasta en la sopa. A todas horas, en todas partes. Estrechando manos, besando niños, soltando topicazos hueros, haciendo presuntas gracias... e inaugurando. Inaugurando sin parar. Inaugurando varias veces lo mismo, si hace falta.
El presidente del Gobierno se plantó el lunes en Colmenar Viejo para dar su bendición a las nuevas dependencias judiciales del pueblo (cuatro despachos, como quien dice). Ruiz Gallardón amenaza con dedicar un discurso a cada bombilla que se estrene en el tramo sur del Metro de Madrid, que entrará en funcionamiento -¡qué coincidencia!- justo antes de las elecciones.
Entre inauguraciones inverosímiles, primeras piedras absurdas y presentaciones oficiales de proyectos de futuro ya mil veces presentados, no nos los quitamos de encima ni con agua caliente.
No es una particularidad de los gobernantes del PP. Todos son así. Recuérdese el día en que el ministro Borrell inauguró una alcantarilla. Y la insistencia con que presentaba su plan de infraestructuras con meta en el 2020, pese a las muchas veces que le advertimos de la posibilidad de que no llegara al 2020 siendo ministro.
Su objetivo está claro: que los saquen en la radio y en la televisión. Porque esas apariciones no computan como propaganda electoral, sino como reflejo de «la actividad normal de las instituciones». Son ganancia neta.
Pierde con ello la oposición, pero más todavía perdemos los sufridos ciudadanos, obligados a aguantar erre que erre los mismos latiguillos, las mismas generalidades, las mismas sonrisas almidonadas y las mismas promesas durante cuatro o cinco meses, como poco.
Resignémonos: el que hago quiere... Acaba de darse a conocer un sondeo según el cual tres de cada cuatro votantes está en contra de la nueva Guerra del Golfo. Lo mismo las elecciones de mayo atemperan las ganas de Aznar de serle grato a Bush y eso que le ahorramos al pueblo del Irak.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (21 de enero de 2003) y El Mundo (22 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/21 06:00:00 GMT+1
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2003/01/20 06:00:00 GMT+1
Hay escenas y situaciones de la vida que mueven a pensar más que decenas de tesis filosóficas juntas.
Pondré un ejemplo.
Pasé por delante del televisor ayer, domingo, algo después del mediodía. Canal Plus estaba retransmitiendo el partido de fútbol Murcia-Tenerife. Me paré un momento a mirarlo. Vi que el público situado detrás de la portería que defendía el guardameta del Tenerife estaba bombardeando su posición con decenas de rollos de papel higiénico. Hacía un viento bastante vivo y las tiras de papel atravesaban las mallas y montaban un guirigay importante en el espacio que trataba de proteger el pobre hombre.
Aprovechando una pausa, el bombardeado se quejó al árbitro y procedió a retirar las tiras de papel convertidas en enormes serpentinas.
Entonces, el público -el mismo que había lanzado sin parar los rollos de papel- rugió indignado: «¡¡¡Cabrón!!! ¡¡¡Hijo de puta!!!».
Pero ¿qué querían? ¿Que se aviniera a jugar así? ¿Que aplaudiera embelesado su deportivísimo proceder?
Por un momento, pensé que podría valer la pena razonar por qué esa escena me revolvía las tripas. Por qué me obligaba a reflexionar sobre cómo puede ser el pueblo unido... cuando se las trae. Pero enseguida me di cuenta de que no había nada que explicar: hay realidades que se explican solas.
Basta con atreverse a reflexionar sobre lo que evidencian.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (20 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/20 06:00:00 GMT+1
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2003/01/19 06:00:00 GMT+1
No sé qué dirigente del PSOE se mofó hace poco del tedioso recurso del PP, que cada vez que es acusado de algo trata de defenderse recordando tal o cual abuso o pifia cometido en su día por el Gobierno de Felipe González. «¡Bueno, pues que pidan la dimisión de Felipe González!», ironizó.
Con toda la razón. Los errores cometidos por el PSOE de entonces, por graves que fueran -que fueron-, en ningún caso podrían disculpar los del PP de ahora. Y menos tratándose de asuntos tan separados en el tiempo: uno no puede pretender vivir hasta el infinito de las rentas devengadas por las maldades y estupideces mostradas por su rival en el año de la Tarara.
Pero no menos cierto es que todo estaría bastante más claro si el PSOE hubiera ajustado debidamente cuentas con su pasado, en lugar de reivindicarlo cada dos por tres con entusiasmo tan impostado como absurdo. Porque, en la medida en que asume ahora lo que hizo entonces, autoriza a que se lo sigan reprochando. Por muy aburrido que resulte.
Y luego está él. Con su ego -¡qué cruz!- a cuestas. Él, siempre metiendo baza para justificarse, para enaltecerse, para tratar de impedir su irremediable paso a la Historia como lo que fue mientras pintó algo en ella.
Leí ayer el último largo artículo que se ha cascado, esta vez sobre la nueva Guerra del Golfo (Felipe González, «Habrá guerra», El País, Tribuna libre, 18.01.2003). *
¿He dicho sobre la guerra? Sólo aparentemente. De lo que el artículo trata, en realidad, es del monotema de González, a saber: González. Todo el empeño argumental del artículo está puesto al servicio de la idea de que hace 12 años era totalmente necesario lanzarse a la guerra contra Sadam Husein (de lo que se desprende, aunque no lo diga, que él hizo muy bien en situarse incondicionalmente del lado de Bush padre), en tanto que ahora las condiciones son mucho más complejas (de lo que se deduce, aunque tampoco lo diga, que Aznar se equivoca al situarse incondicionalmente del lado de Bush hijo).
Maldito el interés que puede tener el PSOE en abrir ahora un debate sobre lo bien o mal que encaró la primera Guerra del Golfo. Pero él es incapaz de no meter baza, cuando ve en peligro su imagen de estadista histórico. Así que ahí lo tenemos.
Quizá los socialistas deberían dejarse de ironizar con ello y reclamar, ya que no la dimisión de Felipe González, su permanente y discreto silencio.
------------------
(*) Cada cual tiene sus manías. Siguiendo las mías, lo primero que me pregunté es de dónde se había sacado González ése «Mambrush se va a la guerra» que cita en su artículo. Porque en castellano la canción siempre ha sido «Mambrú se va a la guerra», adaptándola del francés «Marlbrough s'en va-t-en guerre», que se corresponde con el alemán «Marlbrough zieht aus zum Kriege» y con otras diversas canciones de diversos países que nos hablan de Malbrouk, Marlbrough, Marlborough o Marlbro (todas ellas, según se dice, herederas de una vieja canción árabe cuya tonadilla se les acabó pegando a los guerreros cristianos durante las Cruzadas). De lo que no hay rastro por ningún lado es del tal Mambrush.
P.D. Algunos lectores me apuntan la posibilidad de que González tratara de hacer un juego de palabras, mezclando Mambrú y Bush. Nada es imposible. De hecho, consideré esa hipótesis, pero la deseché pensando que, de ser así, lo habría dado a entender de algún modo: poniendo la palabra en cursiva, por ejemplo, o escribiendo directamente Mambush. En todo caso, el juego de palabras sería una pavada, porque la historia del impetuoso cruzado Marlborough -nombre del que, por cierto, deriva el de los cigarrillos Marlboro- no tiene ningún punto de contacto con la de Bush, que se dedica a enviar a otros a que se arriesguen, mientras él se queda muy protegidito en casa.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (19 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/19 06:00:00 GMT+1
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2003/01/18 06:00:00 GMT+1
«Irak tiene que demostrar que no cuenta con armas de destrucción masiva», afirman una y otra vez Bush y sus aliados.
Se ha dicho ya -y con razón- que esa exigencia plantea un imposible metafísico: no se demuestra lo inexistente. Es quien formula la acusación el que debe aportar las pruebas de lo que sostiene. De aceptar lo contrario, volveríamos al Derecho medieval y a las prácticas de la Inquisición (que es lo que estamos haciendo).
«Irak tiene que desarmarse», insisten, como si se tratara de una verdad evidente por sí misma.
¿Por qué? ¿Por qué ha de hacerlo Irak... y sólo Irak? Cítenme un solo reproche que quepa dirigir al Estado iraquí que no pueda formularse, mutatis mutandis, contra bastantes otros estados. O también contra el iraquí, pero en los tiempos en que era aliado de Occidente.
¿Qué tiene de tan intolerable que Irak -y sólo Irak, insisto- esté armado? ¿Ha demostrado últimamente una peligrosidad especial, una tendencia particularmente recurrente al uso irresponsable de las armas? Más bien todo lo contrario.
A cambio, los Estados Unidos poseen el mayor arsenal de armas de destrucción masiva del mundo, y nadie les dice nada. Cuentan también con toda suerte de armas químicas y bacteriológicas, con las que experimentan sin parar, y nadie ha reclamado que se les haga una inspección internacional en toda regla, para ver si respetan la legislación al respecto. Ni siquiera se ha establecido una comisión independiente que investigue qué narices hubo detrás de la historia del ántrax postal posterior al 11-S, primero tan pregonado y luego tan silenciado.
A diferencia de Irak -que ha fanfarroneado mucho con su potencial militar ultramoderno, pero que a la hora de la verdad no ha sido capaz ni de vencer a Irán-, los Estados Unidos sí han demostrado que son capaces de utilizar sus armas de destrucción masiva. También se han servido de su armamento químico y bacteriológico. En ocasiones, sus modos de probar ese género de armas, sirviéndose para ello de poblaciones civiles, han levantado verdaderos escándalos en la comunidad científica internacional y en las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos. Por lo demás, la Administración norteamericana admite que el Derecho internacional se la trae al pairo y que hará en cada momento lo que le parezca más oportuno, sin someterse a más dictado que el suyo propio.
Sinceramente, ¿quién cree usted que tiene más posibilidades de cambiar su vida en los próximos años en un sentido no deseado, o incluso inconveniente: George W. Bush o Sadam Husein? Pues eso.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social y El Mundo (18 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/18 06:00:00 GMT+1
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2003/01/17 06:00:00 GMT+1
-¿Tú has leído cosas de Tellagorri? -me preguntó hace unas semanas un conocido político vasco, cuya identidad es indiferente a estos efectos.
-No, que recuerde -le respondí.
-¡Pues deberías conocerlo! Fue un tipo muy singular: periodista y columnista, comprometido pero sin ningún espíritu de partido, con opiniones propias sobre todo lo habido y por haber, con mucho sentido del humor, muy dado a la paradoja, a buscarle el revés a todo... ¡Tiene que gustarte!
-¿Y qué escribió?
-Cientos, miles de columnas y artículos... Empezó en Euskadi, se exilió cuando las tropas de Franco entraron en Bilbao, recorrió medio mundo, siempre escribiendo, y terminó en Buenos Aires, donde murió en 1960. Te mandaré algo suyo, a ver qué te parece.
Curioso político, mi interlocutor: a los pocos días ya había cumplido su promesa. Recibí en casa dos libros de Tellagorri: Uno, Las horas joviales, selección de artículos que el propio autor realizó para su publicación en Buenos Aires como libro en 1950; el otro, un breve estudio de Elías Amézaga sobre la vida y la obra del escritor de Algorta, seguido de una breve antología de artículos suyos.
Recibí los libros cuando me encontraba aún más enfermo y malhumorado que ahora -que ya es decir-, pese a lo cual me animé a leerlos. ¡En buena hora! Los artículos de Tellagorri me produjeron una simpatía inmediata: su distanciamiento de los tópicos, su socarronería, su buen humor, su antimilitarismo, su amor por la gente sencilla y su aprecio por los pequeños placeres de la vida, su rechazo de todo lo estirado y petulante... Tuve que suspender la lectura de varios de sus artículos para secar las lágrimas... ¡de risa! Y la de varios más, para quitarme algún que otro nudo de la garganta.
De tener que buscarle familia literaria, para mí que habría que emparentar a Tellagorri con la estirpe de los Baroja: bastante más bonachón y menos reaccionario que Pío, pero mejor y más agudo escritor que el bueno de Ricardo. Eso sin contar con su predisposición favorable -aunque relajada- al nacionalismo vasco y a la izquierda. Y su total falta de interés por el dinero.
Me sentí feliz del descubrimiento. «¡Qué gran tipo, este Tellagorri! ¡Qué espíritu tan sano el suyo, siempre preparado para poner al mal tiempo buena cara, siempre dispuesto a reírse de sí mismo, siempre a la búsqueda de la reflexión bienhumorada! ¡Ya me gustaría a mí ser de esa pasta, ya!»
Pero, poco a poco, a medida que fui profundizando en el personaje y en su biografía, se me fue helando la sonrisa. Tellagorri, aunque disimulara, aunque se las arreglara para parecer siempre risueño, aunque declarara conformarse con el destino y sus revueltas, fue alimentando a lo largo de su existencia una amargura cada vez más honda. Cosmopolita, visitante de medio mundo, interesado en todas las gentes y todas las culturas, nunca logró superar la distancia, la lejanía de Euskadi. Fue desgastándose poco a poco. Sin admitirlo. Amargándose a escondidas. Fue muriendo lentamente, víctima del mal de las ausencias.
Tomad esta pequeña confesión, una de las pocas debilidades que se permitió:
«Yo he nacido y he vivido toda mi vida junto al mar, allí, en mi tierra vasca, y tengo muchos amigos marinos. Ahora vivo aquí, en Buenos Aires, en una casa modesta y silenciosa. No hago vida de relación, y las horas que el trabajo me deja libres, las paso en mi casa, esperando, esperando siempre. ¿A qué? A mis amigos, los marinos de mi pueblo. Y vienen, vienen siempre a verme, mis buenos amigos. Cada vez que llega a Buenos Aires un buque de Bilbao, me hacen una visita.
»Me cuentan cosas, muchas cosas, en las largas sobremesas. Me dicen que ha muerto la vieja tendera de junto a mi casa, y yo lo siento; me dicen, que, por fin, se casó aquella vecina que había llegado a los cuarenta años herméticamente soltera, y me alegro; que "Ton", el perro del alguacil, ha muerto de aburrimiento, y lo siento; que... Me cuentan muchas cosas. Unas buenas y otras malas; pero no es eso lo que a mí me interesa. Yo les pregunto por mi calle y por los tres árboles que hay frente a mi casa; les pregunto por el mar y por la playa; por el sol, por el viento y por las nubes de mi tierra; les pregunto por las lluvias y por las brumas, por las brisas suaves del verano y por los temporales furiosos y ululantes del invierno; les pregunto por los viejos caseríos de los alrededores y por sus huertas cien mil veces labradas; por los campos y por los montes cercanos, por los ríos, por los pinares y por los robledales. Les pregunto por mí, en una palabra. Porque yo estoy allí, y hasta que allí vuelva, no me encontraré.»
No sé si todas las tierras producirán el mismo efecto en sus hijos. El problema no es cuánto ames la tuya, sino cuántas posibilidades te concedan de colocar ese amor en su sitio.
Yo siento lo mismo que Tellagorri cada dos por tres. También por Euskadi. Pero yo soy libre de regresar, y regreso, y veo cómo va cambiando todo, y paseo junto al mar, y subo al monte, y me meto en las tabernas, y escucho lo que la gente dice, y cómo habla, y lo que comenta de la tele, y cómo están los escaparates, y vuelvo a hacer por vez enésima los mismos recorridos sentimentales... y retomo pie, y relativizo todo, y puedo volver a alejarme otra vez por otro tanto.
Pero a Tellagorri nunca le dejaron hacerlo. Y, cortado de sus raíces, fue languideciendo.
Sin dejar de pensar y de darle vueltas a todo lo divino y lo humano. Pero ya casi por mera costumbre, por hábito.
Sin dejar de escribir, porque la escritura era el único modo que encontró de calmar su mal. Pero sin más ánimo que ése.
Pobre Tellagorri.
Os dejo por aquí un par de textos suyos. Para rendirle el único homenaje que pretendió en su vida: ser leído.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (17 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 22 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/17 06:00:00 GMT+1
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2003/01/16 06:00:00 GMT+1
Por fin he conseguido leer unas declaraciones de George W. Bush que han despertado mi simpatía: ha dicho que está harto. ¡Igualico que yo!
Dice que está harto de que Sadam Husein le toree. En eso miente, por supuesto. Sabe de sobra que Sadam no tiene con qué torearlo. A lo más que podría aspirar es a hacer el Don Tancredo, y estarse quieto tampoco es lo suyo.
De lo que Bush está harto es de que todo el mundo se le ponga pijotero con esto de la guerra: los inspectores de las Naciones Unidas, Alemania, Francia, Rusia... Hasta el siempre servicial Blair le ha hecho saber que, si bien su moral de combate se mantiene incólume -como no podía ser menos en zoquete de tan alta estirpe-, el ánimo de algunos miembros de su Gobierno dista de ser el mismo, por no hablar ya de su partido.
Todos le vienen con la misma pejiguera: que habría que demostrar que Sadam tiene realmente armas de destrucción masiva y que las esconde. ¿Para eso hizo él que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobara una resolución jurídicamente abracadabrante, en la que por primera vez desde la Inquisición se reclamaba a un acusado que demostrara su inocencia, «invirtiendo la carga de la prueba», como dicen los leguleyos? ¡Y ahora le vienen con el topicazo ése de que, mientras no se pruebe lo contrario, todo el mundo es inocente (o por lo menos no culpable, según la más prudente fórmula de los jurados norteamericanos)!
-In dubio, pro reo -le dijo la pasada semana Schröder.
-Shit! ¡Te tengo dicho que no me hables en alemán, que no lo entiendo! -le respondió Bush, muy en su línea.
Esta guerra empieza a tener muy mala pinta. Como guerra, quiero decir. The Sunday Times ha publicado que empezará el 21 de febrero a las 00:00 horas, y el Pentágono no sólo no lo ha desmentido, sino que parece confirmarlo: «No estaremos en condiciones de actuar hasta la segunda quincena de febrero», ha dicho un portavoz de la cosa. (Claro que eso puede ser en realidad una maniobra de distracción astutísima, porque, como se sabe, febrero es el único mes del año que carece de segunda quincena.)
En todo caso, a mí no me parece muy serio que una guerra se anuncie, como si fuera un concierto. Y más con tanta antelación.
De modo que he decidido no creerme nada de lo que cuentan.
No pretendo -¡qué más quisiera!- que no vaya a haber guerra. Tal como están las cosas, parece imposible que los EUA renuncien a hacerse con el control total sobre el petróleo del Golfo Pérsico y zonas limítrofes. Lo necesitan. La economía norteamericana -todo el american way of life- se basa en un disparatado y creciente consumo energético procedente de combustibles fósiles. Superadas de sobra las posibilidades de autoabastecimiento, ese modelo sólo puede mantenerse -mientras se mantenga- mediante importaciones masivas de petróleo foráneo. Así que Irak tiene que caer, como tendrá que caer Venezuela, y ya veremos cuantos más.
Lo que no me creo es que vayan a hacerlo como lo anuncian. Es todo demasiado evidente y -por mucho que se trate de petróleo- demasiado crudo.
Preguntaron a un diplomático británico en los años 50 cómo podría ser la III Guerra Mundial, en caso de estallar. Y respondió:
-¡Quién sabe! Se puede esperar cualquier cosa de la inmensa ingenuidad de los norteamericanos.
¡Bah! No me trago la comedieta. Muy ingenuos, pero luego te largan la bomba H.
Para mí que nos están preparando alguna sorpresa. Para colocar a los vacilantes ante los hechos consumados.
Todo es muy sospechoso. Pero, de momento, también un perfecto rollo.
Javier Ortiz. Diario de un resentido social (16 de enero de 2003). Subido a "Desde Jamaica" el 16 de febrero de 2017.
Escrito por: ortiz el jamaiquino.2003/01/16 06:00:00 GMT+1
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