2006/02/14 06:22:46.906000 GMT+1
En estos tiempos de ahora, en
cuanto te descuidas alguien te reconviene por no tener en cuenta «la lección de
Munich». Se refieren los mentores de Munich, por supuesto, al bochornoso
acuerdo que firmaron en la bella capital de Baviera la noche del 29 al 30 de
septiembre de 1938 los representantes de Gran Bretaña (Chamberlain) y Francia
(Daladier) con Hitler y Mussolini, en virtud del cual los Sudetes checos
pasaron a integrarse en el III Reich. Desde entonces, se esgrime siempre el
nombre de Munich para retratar la actitud cobarde de quienes creen que haciendo
concesiones al enemigo («dando carnaza a la fiera», suele decirse) cabe lograr
que se comporte razonablemente. El acuerdo de Munich no sirvió sino para envalentonar
a los nazis, que ocuparon los Sudetes el 1 de octubre. Chamberlain y Daladier,
que acudieron allí como apaciguadores, fueron cómplices de las ambiciones
territoriales hitlerianas.
¿Sin querer? Para entender lo que
sucedió en Munich es obligado tener en cuenta algunos datos de aquel momento histórico.
Hay que recordar, en primer término, que los gobernantes franceses y británicos
no sentían una especial repugnancia por las ideas de Hitler. Todo lo contrario.
Compartían con el Führer su furibundo
anticomunismo, lo que, en aquella época de triunfos electorales de los Frentes
Populares y de auge de la Internacional Comunista, no era precisamente una
coincidencia menor. Estaba en su más triste apogeo la Guerra de España, ante la
que los gobiernos de Londres y París tuvieron una actitud de verdadera vergüenza
(su política de «No Intervención» fue, de hecho, otra expresión más del espíritu
que propició el acuerdo de Munich). Hoy en día se sabe bastante sobre las debilidades
filonazis de los círculos dominantes de la Europa de los años 30, incluida la familia
real británica.
Había que contar también con los éxitos
espectaculares –y notablemente intimidadores– que estaba cosechando a la sazón
la industria armamentística alemana, considerada por entonces la principal del
mundo.
Si no se tienen en cuenta estas
circunstancias, carece de sentido evocar «la lección de Munich» como guía de
inspiración para afrontar otros conflictos.
Ejemplo: se habló de Munich a
comienzos de los años 90 del siglo pasado para desaconsejar cualquier política
apaciguadora con relación a Sadam Husein. Fue una ridiculez. La pretensión de
que Sadam era «el nuevo Hitler» que estaba preparado para lanzarse a la
conquista del mundo carecía del menor fundamento. Sabíamos que el Ejército
iraquí ni siquiera había sido capaz de vencer al de Irán, y eso que contaba con
el pleno respaldo de EEUU y la URSS.
No hace apenas nada ha vuelto a referirse a la vergüenza de Munich la jefa del Gobierno de Alemania, Angela Merkel, esta vez apuntando contra los dirigentes iraníes. (No deja de tener su aquel ver a los gobernantes alemanes poniendo su propia Historia como ejemplo de los desvaríos de los demás. Obviamente, el pudor no es el suyo.)
Ahora se vuelve a hablar de
Munich –y ya son ganas– para afear la política que (dicen que) está aplicando
Rodríguez Zapatero con respecto a Cataluña y Euskadi. La comparación es de una
falta de rigor penosa. Cataluña y Euskadi no tienen ninguna temible fuerza
armada que haya que apaciguar. Nada que pueda asustar a ningún pusilánime, por
mucho que lo sea. ETA tuvo su relativa importancia hace años, pero nunca logró nada
que pudiera verse, ni de lejísimos, como un Ejército que calentara motores para
iniciar un plan diabólico de expansión territorial.
Puestos a mirarse en el espejo de
Munich, es curioso que los historiadores diletantes de la derecha española
nunca hagan mención de las muchas torpezas y golpes de timón que aquí se han
dado en los últimos decenios con la no demasiado inconfesa intención de tener
contento al Ejército. Me refiero al artículo 8º de la Constitución, al «pacto
del capó», a la LOAPA y a los demás inventos del mismo género. En esos casos sí
que se reúnen las dos condiciones: la complicidad ideológica y el miedo a la
fuerza bruta.
Escrito por: ortiz.2006/02/14 06:22:46.906000 GMT+1
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2006/02/13 05:50:0.571000 GMT+1
El Athletic de Bilbao está «coqueteando
con el descenso» –tópico de los
periodistas de deportes que hace las delicias de Charo, mi compañera de
alegrías y desdichas– y Javier Clemente aprovecha tan infausta circunstancia
para hablar de la posibilidad de que el club para el que trabaja cambie de
política en materia de fichajes. Él dice que, de decidirse el Athletic Club de
Bilbao a contratar futbolistas «de fuera», preferiría que fueran «nacionales»,
y no «extranjeros». Él entiende por «nacionales» los procedentes de otras zonas
integradas en el Estado español, y por «extranjeros», los venidos del resto del
mapamundi. Es una clasificación como cualquier otra, pero no muy típica de
alguien que, como él, se dice nacionalista vasco y votante del PNV.
Siempre me ha dejado perplejo
este asunto de la selección exclusiva de futbolistas vascos. Básicamente,
porque no sé qué es un futbolista vasco. Según las últimas definiciones al uso,
es vasco «todo el que vive y trabaja en Euskadi». Bien. Pues si el Athletic de
Bilbao, la Real Sociedad de San Sebastián, el Deportivo Alavés o el Club
Atlético Osasuna de Pamplona –véase que no oculto mi idea de la famosa
«territorialidad»–, contratan a un menda de donde sea, y ese menda se desplaza
a vivir en Euskadi y se pone a trabajar en nuestra tierra, pues es vasco como
el que más y, en consecuencia, forma parte de un club de futbolistas
genuinamente vascos. Y si se llama Kandia Kouyate como si se llama Eneko
Agirregomezkorta. Y si se le conoce por Viafara, por Skoubo o por Stevanovic, igual que si atendiera por Jauregi, por Arkonada o por Rekarte.
Aunque lo mismo me equivoco.
Estoy abierto a la consideración de cualquier otra evaluación de las esencias
nacionales.
Desde hace tiempo. Desde el día
en que un dirigente de ELA-Berri, ahora vinculado al PSE, me dijo: «Tú, no es
que seas españolista. Es que eres español.»
No me ofendió, desde luego. Pero
me inquietó saber que, por muchas que fueran mis habilidades de extremo
izquierda –hablo de fútbol–, nunca podría ser admitido en un club balompédico
de vascos de pura cepa.
Quizá por eso opté por hacerme
periodista.
--------------------
Nota.– Es frecuente que aproveche el Apunte que escribo a primera hora de la mañana para que me sirva de borrador de la columna que luego envío para su publicación en El Mundo del día siguiente. A veces las correcciones que introduzco en ese texto inicial son mínimas, destinadas a que se ajuste al tamaño exacto de la columna del periódico, que no admite variantes, como efecto de eso que suelo llamar «la dictadura del maquetariado». Otras veces añado, quito o matizo algún argumento que, leído cuatro o cinco horas después de haberlo escrito, no me convence. Casi nunca el Apunte y la columna son idénticos, aunque a muchos pueda parecérselo, porque incluso comparten el titular. Varios lectores me preguntan por qué archivo ambos textos. Dicen que produce un efecto muy extraño ver en la sección Textos de Ortiz, seguidos el uno del otro, dos textos aparentemente iguales. Lo hago, pese a ser consciente del problema, por dos razones: la primera porque, como ya he dicho, casi nunca son iguales del todo y no puedo presentar como «publicado en El Mundo», lo que no lo fue tal cual; la segunda, para que los archivos de ambas series, Apuntes y Columnas, estén completos.
Escrito por: ortiz.2006/02/13 05:50:0.571000 GMT+1
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2006/02/12 07:26:44.410000 GMT+1
Ignacio Astarloa, secretario de Justicia y Seguridad del PP, ha rechazado indignado que su partido tema el fin de ETA, según han insinuado algunos dirigentes socialistas. Astarloa tilda de aberrante semejante sospecha, así se formule como mera hipótesis.
Supongo que muchos ciudadanos compartirán su enojo. ¿Cómo no va a desear la desaparición de ETA un partido que ha sufrido en sus propias carnes –¡y de qué forma!– los estragos causados por la organización terrorista?
Pretender que al PP le conviene la pervivencia de ETA viene a ser como afirmar que a la Iglesia católica le interesa que el pecado siga siendo una de las prácticas humanas más frecuentadas.
Justamente.
No pongo en duda –Dios me libre– que la gran mayoría de los sacerdotes católicos odien el pecado con toda su alma, pero eso no me impide constatar que, en el caso de que el pecado desapareciera de la faz de la tierra, el oficio de sacerdote perdería por completo su razón de ser. ¿Cómo predicar la bondad a una Humanidad unánimemente buena? ¿Cómo denostar la malignidad donde no existe? ¿Qué vilezas podrían confesarse, qué perversiones cabría absolver, qué arrepentimientos sería dado purgar en un mundo impoluto, noble y virtuoso? No, nada, ninguno, nadie. Donde no hay mal, tampoco cabe el bien.
Volvamos al PP y a la realidad de Euskadi. Durante años y más años, el PP vasco se ha definido en relación –en oposición– a ETA, cuya actividad terrorista ha venido caracterizando como una consecuencia natural e inevitable del ideario nacionalista. Los populares vascos han dicho de todo acerca de ETA y del nacionalismo. Tanto han dicho que no les han quedado ni tiempo ni ganas de decir apenas nada sobre cualquier otra cosa.
Todo el mundo recuerda la época del rutilante liderazgo de Mayor Oreja, que gozó de una gran popularidad fuera de Euskadi, hasta el punto de ser postulado –y de postularse– para sucesor de Aznar. ¿Alguien supo alguna vez qué programa económico tenía Mayor Oreja, qué pensaba de la ampliación de la UE, qué alternativas proponía para la pequeña y mediana empresa, cómo encaraba el desarrollo de las infraestructuras...? Nada. Sólo se sabía lo que decía de ETA, de las treguas-trampa, del nacionalismo democrático como instrumento para obtener por la vía de las urnas lo que no lograba por la fuerza de las armas, etc., etc. Como hubiera dicho el bueno de Carlos Sanz –tan excelente como preterido pintor donostiarra–, Mayor Oreja fue, antes de perderse por los oscuros pasillos del Parlamento Europeo, un político «monográfico, lineal y exhaustivo».
Imaginemos por un momento –y ojalá que en este caso la imaginación funcione como vaticinio– que ETA decide disolverse y el plomo y la metralla desaparecen como elementos integrantes del paisaje político vasco. ¿Qué bandera habría de izar el PP en Euskadi? ¿La del anti nacionalismo vasco? Sí, pero, privada esa alternativa del contexto trágico que le proporciona la violencia, su atractivo electoral bajaría enteros en caída libre.
De modo que tampoco hay que echarse las manos a la cabeza si alguien afirma que hay contrarios que son interdependientes. Porque suelen serlo.
Nota de edición: Javier publicó una columna de igual título en El Mundo: Los contrarios se necesitan.
Escrito por: ortiz.2006/02/12 07:26:44.410000 GMT+1
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2006/02/11 09:52:29.274000 GMT+1
El presidente del PP, Mariano
Rajoy, ha declarado que «tiene el convencimiento» de que el Gobierno está ya
negociando con ETA. Respalda su afirmación citando algunas declaraciones de
Rodríguez Zapatero que él toma como indicios. No lo son, o por lo menos no
necesariamente: si el Gobierno mantuviera conversaciones secretas con ETA, digo
yo que no jugaría a insinuarlo en los
medios de comunicación. Esas cosas, o se cuentan con todas las de la ley o ni
se mencionan.
Lo que Zapatero dice y repite
–con mucha frecuencia, puede que excesiva– es que él ve «condiciones
favorables» para encarar el fin de la violencia de ETA. Pero la percepción de
esas condiciones no tiene por qué provenir de ninguna oferta concreta que ETA
le haya hecho llegar en el curso de una negociación secreta. Puede provenir de
la constatación de lo que todos los vascos venimos viendo desde hace ya tiempo,
pero muy especialmente tras la masacre del 11-M en Madrid: que la izquierda
abertzale, casi en bloque, cifra ya lo esencial de sus expectativas en lo que puede
depararle la acción política pacífica y que, en lógica correspondencia, no
espera ya nada extraordinario del recurso a la violencia armada. Es muy posible
que el Gobierno tenga datos suplementarios que refuercen ese diagnóstico,
porque siempre hay vías de comunicación no oficiales, conductos paralelos y
encuentros discretos entre intermediarios que no actúan formalmente como tales,
que permiten al Gobierno y a ETA «tomarse la temperatura» mutuamente con mayor
precisión. Pero nada de eso puede presentarse como una negociación efectiva.
Entre otras cosas, porque las «tomas de temperatura» de ese estilo las han
realizado todos los Gobiernos españoles, sin excepción. Incluido el de Aznar. Y
Rajoy, como ministro del Interior que fue, lo sabe de sobra.
El «optimismo antropológico» de
Zapatero es compartido en Euskadi por la mayor parte de los dirigentes
políticos, que también se dicen convencidos de que «esta vez va en serio».
Incluso los jefes del PP vasco comparten ese criterio, aunque lo nieguen en
público, porque eso les obligaría a reconocer que no les interesa la
desaparición de ETA, que es la razón de ser de toda su política. En esta
ocasión, hasta la propia dirección de Batasuna (HB, EH o como se quiera)
alimenta públicamente esa esperanza, aunque sin asignarle un plazo fijo.
Yo no pongo en duda nada de eso,
y hasta doy por supuesto que estarán ya funcionando a tope todas las vías
subterráneas de contacto (aunque nada me haga compartir el convencimiento de
Rajoy sobre la existencia de una mesa de negociación Gobierno-ETA). Ahora bien,
pienso que: 1º) Una cosa es lo que sienta y desee la mayor parte de la
izquierda abertzale y otra que ETA esté dispuesta a desaparecer del mapa; y 2º)
Incluso en el caso de que la izquierda abertzale llegara a convencer a ETA de
que debe disolverse, nada certifica que esa decisión fuera unánime, es decir,
nada garantizaría que no pudiera surgir una «ETA auténtica» que volviera a las
armas con renovada ferocidad. ¿Como en Irlanda? No: peor. Porque en el Reino
Unido el principal partido de la oposición no estaba deseando que eso ocurriera
para sembrar el desánimo en la sociedad y achacar al Gobierno la
responsabilidad del regreso a las andadas.
Ya sé lo que pensará más de uno
que me conozca: «Ya está Ortiz con una de sus advertencias favoritas de
agorero: “Cuando veas una luz al fondo del túnel, ponte en guardia, que puede
ser un tren que viene de frente”». Y tiene razón. En ambas cosas: eso es lo que
creo, y lo creo porque puede suceder.
Escrito por: ortiz.2006/02/11 09:52:29.274000 GMT+1
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2006/02/10 07:47:9.232000 GMT+1
Lo que sigue es un artículo que he escrito como contribución a un blog que mantiene un grupo de resistentes, la mayoría afincados en Madrid, que se definen como parte de «el entorno de la no violencia» y que tienen como objetivo informar y desentrañar los enigmas y las trampas que encierran el sumario 18/98 y el accidentado y rocambolesco juicio en el que ha desembocado. Sería interesante que lo visitéis de tanto en tanto, para ver las aportaciones que va recibiendo, y que lo déis a conocer entre vuestras amistades de más espíritu crítico. Su dirección en la Red es http://blog.sindominio.net/blog/1898. Confío en que os interese. El texto de mi artículo, titulado La gran farsa, es el que sigue:
Nicolás Redondo Urbieta –o sea,
Nicolás Redondo, no su hijo, el efímero Nicolasín–
hizo hace ya muchos años una caracterización de España de las más
científicas que se hayan oído jamás. Dijo: «Este país es de coña».
Y vaya que sí lo es.
Tenemos en estos mismos momentos
a buena parte de la intelectualidad española empeñada en la defensa del derecho
de los dibujantes daneses a caricaturizar a Mahoma con una bomba por turbante,
porque –aseguran– su libertad de expresión les autoriza a asociar el islam con
el terrorismo o con lo que les dé la gana, pero, a la vez, encantada con la
idea de que Arnaldo Otegi pueda acabar en la cárcel por haber afirmado que el
rey de España es el jefe de los torturadores. ¿En razón de qué los dibujantes
daneses han de ser libres de expresar lo que les apetezca, por brutal y ofensivo
que resulte para cientos de millones de personas, pero Otegi deber ser
castigado sin escapatoria por haber señalado que el jefe del Estado español, en
tanto que tal, es jefe de todos los servidores del Estado, y por ende jefe
también de los funcionarios policiales que torturan? ¿Cómo se come eso?
Podría contestar que no lo sé,
pero mentiría, porque sí lo sé. Esas incongruencias pueden producirse y se
producen porque España vive instalada en el reino de la doble moral. En
relación a muchas realidades, pero muy destacadamente a las vinculadas con la
libertad de expresión.
Dicen: «Cada cual es libre de
opinar lo que tenga a bien y nadie puede coaccionarlo». Pero a continuación
admiten que han ilegalizado un partido político vasco porque consideraban
intolerables sus opiniones, y se
declaran dispuestos a volver a legalizarlo si expresa una condena clara y
rotunda de la violencia (es decir, si adapta sus opiniones a las demandas de
los ilegalizadores).
De modo que, según ellos, el
Estado no tiene derecho a mediatizar bajo ningún concepto los criterios
expresos de los ciudadanos, pero puede situar a éstos en la ilegalidad o
readmitirlos en ella según lo que opinen.
Eso en Euskadi. En Valencia, y en
consideración a las fechas que se aproximan, la incoherencia se viste de
fallas. Mientras Mariano Rajoy se solidarizaba con los dibujantes daneses que
ofenden gravemente a quienes profesan la fe coránica, las autoridades
valencianas del PP censuraban una falla en la que se veía a varias monjas
rindiendo tributo de admiración a un consolador y obligaban a sus autores a
convertir el consolador... ¡en un cirio!
Pese a creerme curado de espanto
desde hace ya mucho tiempo, he de admitir que me deja estupefacto el desparpajo
con el que los políticos españoles de más alto copete y sus plumíferos de
cámara aprovechan este asunto de las caricaturas danesas para proclamarse
«alarmados» por «el grave peligro» que corre la libertad de expresión entre
nosotros por culpa... del fanatismo islámico. Ellos, que se han encargado de
que la comunicación de masas –la que tiene una más neta influencia electoral–
esté en las exclusivas manos de media docena de grandes consorcios del entretenimiento, cuyo pluralismo abarca
desde la derecha ligeramente camuflada a la extrema derecha desatada; ellos, que
han hecho todo lo que les ha sido posible –que ha sido mucho– por ahogar
económicamente a los medios de espíritu crítico, por modestos que fueran;
ellos, que no han dudado en propiciar el cierre de dos diarios, presentándolo
cínicamente como cautelar, cuando sabían de sobra que un diario que deja de
publicarse durante meses no puede ya volver a la calle; ellos, que han impuesto
una disciplina cuartelera en los medios que tienen bajo su control, obligando a
quienes emplean a seguir escrupulosamente sus instrucciones; en fin y en suma:
ellos, que han cercenado durante decenios la libertad de expresión hasta
reducirla –ésta también– a una trágica caricatura, se dicen preocupados porque
periodistas, escritores y artistas deban autocensurarse por miedo a la cólera
del Islam.
Qué farsantes.
Escrito por: ortiz.2006/02/10 07:47:9.232000 GMT+1
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2006/02/09 06:30:11.365000 GMT+1
Todo consiste en saber si el
ministro Bono suelta sus patas de banco con el conocimiento y la aprobación de
Rodríguez Zapatero (su superior jerárquico por partida doble: como secretario
general del PSOE y como jefe del Consejo de Ministros) o si las exhibe en medio
de la plaza por su cuenta y riesgo, siguiendo sus particulares designios.
Lo primero no es imposible, pero sí
improbable. ¿Qué podría ganar Zapatero con ello? Es verdad que le permite
aparecer como la encarnación del «justo término medio» entre los dos «extremos»
de su bando: de un lado, el espíritu centrífugo y federalizante de Maragall y
los suyos; del lado opuesto, el rancio españolismo de los Bono y Rodríguez
Ibarra... y en medio él, sensato y equidistante. De acuerdo: esa imagen le
beneficia. Pero, a cambio, tiene que apechugar con las nefastas consecuencias
que acarrea el patético espectáculo de división interna que están dando.
Es bien sabido que el electorado
español consiente casi todo a los partidos que ocupan el poder, salvo que se
muestren divididos. División es sinónimo de debilidad, y la debilidad casa mal
con el poder. Los más viejos del lugar se acordarán sin duda de lo que decía
Alfonso Guerra hace dos décadas, cuando conducía con mano de hierro los asuntos
internos del PSOE: «El que se mueve no sale en la foto». El monolitismo resulta
electoralmente rentable. El «franco contraste de pareceres» y el «pluralismo
interno» –que la mayoría entiende como sinónimos de «jaula de grillos» y
desgobierno–, desastrosos.
El fulminante hundimiento de la
UCD de Suárez fue concluyente para toda una generación de políticos. También
para el núcleo duro aznarista del PP,
que vio de cerca los efectos corrosivos que conlleva el desmadre interno y que,
para conjurar ese peligro, corta de raíz cualquier brote de discrepancia
interna que asome a la superficie.
Claro que todo esto también lo
sabe Bono, que es cualquier cosa menos nuevo en estas lides. El actual ministro
de Defensa goza de una amplísima experiencia en materia de conspiraciones y
zancadillas varias. Él es consciente del efecto que tienen sus intervenciones
constantes, destinadas a impedir que haya paz en el interior de la familia socialista y a aparecer ante la
opinión pública como un «español de pura cepa». Sabe que está socavando la
credibilidad de Rodríguez Zapatero y dificultando su continuidad en el cargo.
Pero se ve que ésa es su apuesta: como el gran visir Iznogoud (*) de las
historietas de Goscinny, él está dispuesto a lo que sea con tal de llegar a ser
califa en lugar del califa. Aunque para ello deba hacer el juego al PP, coreando
sus principales consignas.
¿Y por qué, si es así –y así
parece que es–, no se lo carga Zapatero? ¿Tal vez porque prefiere tenerlo cerca
que conspirando extramuros? ¿Quizá porque le falta el carácter político que se
requiere para optar, llegado el caso, por las medidas quirúrgicas? ¿O será acaso
que le impresionan las encuestas que indican que Bono es el ministro mejor
valorado de su Gobierno y teme que su destitución pudiera desgastar aún más su
propia imagen? Por todo ello a la vez, posiblemente.
El resultado de esto –y de otros
fenómenos del mismo género, como los que está afrontando con respecto al Poder
Judicial– es que la política de Zapatero se está quedando sin las metas estratégicas
que alentó en sus primeros pasos al frente del Gobierno. Cada vez más, a lo que
dedica lo esencial de sus fuerzas es a mantenerse. Nada de avanzar.
No le arriendo la ganancia.
_________________
(*) Las historietas del gran
visir Iznogoud, conspirador tan perverso como risiblemente torpe, salieron de
la pluma genial del francés René Goscinny, también guionista de las afamadas aventuras
de Astérix. Publicadas inicialmente en el semanario infantil Pilote, las andanzas de Iznogoud fueron
luego recogidas en álbumes y algunas de ellas, incluso, llevadas al cine. (Por
si alguien no se ha dado cuenta, la pronunciación francesa del nombre del malvado
gran visir tiene equivalencia inglesa: Is
No Good.)
Escrito por: ortiz.2006/02/09 06:30:11.365000 GMT+1
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2006/02/08 06:00:00 GMT+1
Ayer viajé por primera vez
saliendo de la terminal 4 del aeropuerto de Madrid-Barajas.
Fue un desastre.
Pero no por nada que tenga que ver con la ya famosa T-4.
Todo empezó en el taxi que me
condujo al aeropuerto. Desde que me senté, el taxista mostró un desbordante deseo
de comunicarme sus muy radicales criterios sobre la crisis de las caricaturas. El hombre estaba decidido tanto a
pormenorizar sus peculiares ideas al respecto como a no bajar el volumen de
su receptor de radio, del que salía a borbotones la inconfundible voz de
Federico Jiménez Losantos. La técnica que usaba el taxista para hacerse oír en
medio de los bramidos del señor de la Cope era tosca, pero eficaz: él chillaba
todavía más.
Fue, pues, con recio timbre de
arenga cuartelera con el que el esforzado trabajador del asfalto me hizo saber
que «todo» lo que cupiera hacer para chinchar a «los moros» –concepto en el que
él incluía a todos los árabes, sin excepción– siempre sería poco, porque «los
moros» («¿Todos?», le pregunte. «¡Todos!», me respondió) son «traicioneros,
falsos, mala gente de verdad» y, además, «nos odian».
–Así que es usted un poquitín
racista, ¿eh? –le dije, en plan vacilón.
–¿¿¿Yo racista??? –bramó,
elevando aún más el tono de voz, lo que tuvo un efecto inmediato sobre las
venas de su cuello–. ¡¡¡Pero si yo no tengo nada en contra de los negros!!!
Comprobado el nivel que podía
alcanzar el debate, le solicité con suavidad no exenta de firmeza que dejara de
darme voces o que, todavía mejor, cerrara la boca del todo. (Decidí que era
mejor no recordarle aquello de que más vale callar y que te tomen por tonto que
hablar y demostrarlo.)
En éstas que llegamos de una
puñetera vez a la T-4, cinco euros y cuatro minutos más caro y más tarde de lo
que me resultaba hasta ayer llegar al punto de partida de mis viajes aéreos a Bilbao. Fue entonces cuando, cual San Pablo, vi la luz, y
comprendí que el verdadero motivo por el que Esperanza Aguirre ha retrasado la
construcción de una línea de metro que llegue hasta la nueva T-4 es porque con
ello favorece al gremio madrileño del taxi, bastión inexpugnable del PP
(tendencia Acebes).
De todos modos, mis problemas no
habían hecho más que empezar.
Según entré, vi en una pantalla
de avisos que el vuelo que proyectaba tomar no tenía asignada puerta de
embarque. Acudí a un puesto de información. Allí me comunicaron que eso se
debía a que mi vuelo (el de las 12:05) había sido «agrupado» con otro
(«anterior o posterior», me precisaron, como si hubiera alguna otra
posibilidad). En vista de lo cual, me puse en una cola de facturación de Iberia.
Cuando me llegó el turno, fui informado de que era otro vuelo de Iberia con
destino a Bilbao (el de las 10:35) el que había sido «agrupado» con el mío (con
lo cual ya mi reserva de asiento no valía para nada). Con aire cómplice, la
buena moza de facturación me hizo saber que entraba dentro de lo muy posible
que esa «agrupación», que Iberia acostumbra a realizar cuando considera que la
cantidad de pasajeros del vuelo de las 10:35 no le compensa el gasto, provocara
un cierto overbooking, por lo que
haría bien en ponerme en la cola cuanto antes. «¿Quiere decir que será al que
más corra?», le pregunté. «Algo así», me contestó con una sonrisa de oreja a
oreja.
Antes, cuando tenía menos
experiencia en estas vicisitudes, habría pensado que ya estaba bien y que había
llegado el momento de presentar una reclamación formal. Ahora ya sé que tanto
esas «agrupaciones tácticas» de vuelos como el overbooking son legales y que para lo único que sirven las quejas
por escrito de los pasajeros damnificados es para que Iberia incremente sus
existencias de papel de WC.
Me puse en la cola. Eran las
10:45. Eso, unido al hecho de que también el vuelo de las 12:05 salió con
retraso, me aportó la experiencia iniciática de hacer mi primera cola de hora y
media en la T-4.
Finalmente volé a Bilbao. Excuso
decir que para entonces mis planes de hacer algunas compras antes de comer
habían naufragado. De hecho, a punto estuvieron de fracasar también mis planes
de comer, porque hasta las 14:15 no llegué al centro de Bilbao y había quedado
en que me recogieran a las 15:00 para llevarme a la televisión. Bendita Iberia:
de haber salido a las 10:00 en coche con dirección a Bilbao, para las 13:30 habría estado allí.
En el Pásalo –el programa de ETB en el que participo– me fue como
siempre, más o menos. Menos, en realidad, porque el programa fue cortísimo y en
cosa de nada ya estaba de nuevo en el aeropuerto de Loiu. Justo a tiempo de
enterarme de que mi avión de regreso a Madrid tenía previsto un retraso de hora
y media.
El retraso fue bastante menor. Y
es que Iberia, con tal de no ajustarse a nada de lo que anuncia, es capaz de
cualquier cosa. ¿Cómo pudieron anunciar que iba a llegar con hora y media de
retraso un avión que aterrizó al cuarto de hora? ¿Preveían un secuestro de corta duración?
Con todo lo cual, ayer extraje
una conclusión: que, por ahora, lo menos malo de la T-4 es la T-4. Y lo peor,
lo de siempre.
____________________
Nota.– Ya son varios los lectores que me han escrito pidiéndome que aumente el cuerpo de letra de estos Apuntes. Les parece muy pequeño. A ellos, y a quienes crean tener el mismo problema, les hago saber que en Internet no es el autor, sino el lector, el que decide el cuerpo de letra de los textos. La cosa es ir al menú "Ver" que figura en la barra superior del navegador, pinchar en él y elegir un cuerpo de letra más grande. ¡Y problema resuelto!
Escrito por: ortiz.2006/02/08 06:00:00 GMT+1
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2006/02/07 06:00:0.658000 GMT+1
Supongo que os haréis cargo de
que no soy lo que se dice un experto en asuntos islámicos. En estos días he
aportado dos pruebas –al menos dos– de ello. La primera la di cuando, hablando
del asunto de las caricaturas, me referí a las «creencias mahometanas», o a la
«religión mahometana», o a las dos cosas, no recuerdo bien. No tardaron en
hacerme saber que los musulmanes rechazan el uso del adjetivo «mahometano», que
consideran despectivo, amén de falto de rigor, porque su Dios no es Mahoma,
sino Alá.
La segunda la proporcioné al
afirmar que los musulmanes repudian cualquier tipo de representación de Mahoma,
incluida la dibujada. Leí ayer en un artículo de Mohamed-Chérif Ferjani, experto
en el mundo árabe y profesor de la Universidad Lyon-2, que no es el Islam el
que impone esa prohibición, sino algunos teólogos rigoristas adscritos a esa
fe. Ferjani aporta un hecho indiscutible: no es raro encontrar en museos de
arte musulmán, incluidos algunos situados en países musulmanes, figuras que
representan al Profeta.
A decir verdad, lo que he venido
escribiendo sobre la crisis de las
caricaturas tiene muy poco que ver con los argumentos esgrimidos por los
musulmanes indignados. Se refiere, casi en exclusiva, al intento que se está
haciendo en Europa por presentar nuestro mundo occidental como el reino de la
libertad de expresión, libre de cualquier forma de censura, en contraste
directo y pleno con el estilo censor e intimidatorio propio de los islamistas.
Yo no niego que haya mucha
censura y mucha intimidación en el mundo islámico. Sé que las hay. Lo que niego
rotundamente –y de eso es de lo que estoy escribiendo estos días– es que
nosotros vivamos en el paraíso de la libertad de expresión, en total ausencia
de censura.
Hubo ayer una noticia que salió
de refilón en los informativos, casi como si se tratara de una mera anécdota.
Me refiero al hecho de que los organizadores de la Super Bowl de Detroit censuraron las letras de tres de las canciones que iban
a interpretar The Rolling Stones en el concierto con el que debían amenizar la
final del campeonato de fútbol estadounidense. Eso está muy mal, desde luego,
pero es coherente con el carquerío que impera en los círculos dominantes de los
Estados Unidos de América. Lo que tiene muy poco de coherente –de aparentemente
coherente, al menos– es, de un lado, que los Stones aceptaran autocensurarse y,
del otro, que el extenso club de amigos de las caricaturas faltonas no haya
emitido una condena inapelable contra ese ataque a la libertad de expresión, vituperando
de paso a las emisoras de radio y las cadenas de TV que trasmitieron el
concierto como si nada, dando por buena la censura.
Por supuesto que es sólo un
ejemplo de los muchos que se producen a diario. A quienes afirman solemnemente
que en Europa todas las opiniones tienen igual derecho a expresarse en libertad
les pondría yo a buscar un local en Madrid para celebrar un mitin en contra del
sumario 18/98. Sé –me consta– que la experiencia les resultaría ilustrativa.
En Europa gozan de plena
libertad de expresión quienes emplean la libertad de expresión para felicitarse
por lo muy felices y muy libres que somos, gracias a Schengen y a las políticas
de ley y orden cada vez más predominantes. Que son los mismos que pretenden que
las caricaturas danesas de tintes xenófobos son la quintaesencia misma del
libre pensamiento y no tienen nada que ver con las medidas contrarias a la
emigración que está tomando el Gobierno derechista de Copenhague.
Siempre acabamos en lo mismo:
cada cual habla de la feria según le va en ella.
Escrito por: ortiz.2006/02/07 06:00:0.658000 GMT+1
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2006/02/06 07:51:55.791000 GMT+1
Un rápido repaso a las reacciones
oficiales de los estados miembros de la UE tras los ataques sufridos por
algunas legaciones diplomáticas europeas en Siria y Líbano pone de relieve que «inaceptable»
es el adjetivo más usado en las declaraciones y comunicados de condena emitidos
al efecto, seguido de cerca por «intolerable».
Ambos calificativos aparecen
flanqueados muy a menudo por el adverbio «absolutamente».
No recuerdo ya quién fue el
fabricante de frases campanudas que inventó aquello de que «los esfuerzos
inútiles conducen a la melancolía». De ser eso cierto, los autores de
declaraciones y comunicados de condena estarían entre los individuos más
melancólicos del mundo.
Que alguien proclame que considera
«inaceptable» que le quemen unas oficinas de su propiedad es cosa innecesaria
como pocas. Va de suyo. Lo sorprendente –y muy digno de una declaración
pública– sería lo contrario. Imaginemos que se hace pública esta declaración:
«El Gobierno de Dinamarca quiere manifestar que acepta resignadamente la quema
de su legación diplomática en Damasco. Dios nos la dio, Dios nos la quitó.» Eso
sería noticia. Lo contrario, ni pizca.
Pero aún más boba es la
utilización del adjetivo «intolerable». No digamos si encima se hace acompañar
del «absolutamente» de rigor.
¿El Gobierno de Dinamarca no
tolera lo ocurrido? Ah, magnífico. ¿Y qué va a hacer para remediarlo,
neutralizarlo y contrarrestarlo? ¿Qué medidas va a tomar para materializar su
intolerancia «absoluta»? ¿Habremos de entender que el llamamiento que ha hecho
público recomendando a los ciudadanos daneses que se encuentran en Oriente
Medio que regresen a casa es su modo de afrontar lo «intolerable»?
Me recuerdan los largos y
onerosos años en los que ETA mataba todas las semanas, y hasta dos veces por
semana. Entonces, cada vez que se producía un atentado mortal, aparecían dos
docenas de comunicados de condena en los que sus autores afirmaban muy
solemnemente que lo sucedido era «intolerable». Dicho lo cual, seguían en las
mismas, a la espera del siguiente atentado, demostrando en la práctica que los
atentados serían todo lo terribles que se quisiera, pero que no les resultaban
intolerables, porque los toleraban. Si realmente los hubieran sentido como
intolerables, en el sentido riguroso del término, habrían hecho lo que fuera
para que cesaran. Y no lo hicieron.
De hecho, ETA se dejó engañar por
aquellas proclamas y creyó que realmente era intolerable. Pensó que, al serlo,
el Estado español se vería forzado a cambiar de posición, fuera aumentando
cualitativamente la represión en Euskadi, fuera negociando una salida al
conflicto. Pero no hizo nada de eso. Porque lo de «intolerable» era sólo una
manera de hablar.
De hablar sin decir nada, igual
que los comunicados que está emitiendo ahora mismo la UE.
Escrito por: ortiz.2006/02/06 07:51:55.791000 GMT+1
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2006/02/05 06:00:0.611000 GMT+1
¿Por qué las portadas de los
periódicos europeos trataron ayer como una noticia menor el hundimiento de un
ferry egipcio en el que han perecido unas 1.000 personas? Porque eran mil. Y
porque se trataba de árabes de un cierto nivel económico. De haber sido 80,
filipinos y pobres, la noticia habría quedado para páginas interiores.
Y es que estamos hablando de
periódicos. Si se tratara de televisión y hubiera unas buenas imágenes de
náufragos, cadáveres flotando en el agua y familiares de las víctimas gritando
a voz en cuello y llorando a lágrima viva, sería otra cosa. En televisión esas
cosas funcionan. En la prensa escrita
dan muchísimo menos juego.
Oí ayer en la radio lastimeros
meaculpas sobre lo injustos que somos los periodistas y la frialdad con la que
podemos afrontar las peores desgracias, siempre que nos pillen de lejos.
Paparruchas. La mayor, discreta, menor o nula sensibilidad de los periodistas
no pinta nada en este asunto. Quienes elaboran las portadas no valoran las
noticias a su aire, en función de sus propias jerarquías de valores –en el
supuesto de que tengan de eso–, sino evaluando un conjunto de factores, el
principal de los cuales, mano a mano con los intereses empresariales del medio, es el interés que saben por experiencia profesional que cada una de las noticias va a despertar
en el público lector.
El hundimiento del ferry egipcio interesa a los lectores,
pero no mucho, para qué engañarse. No es el Titanic.
No llevaba pasajeros de fama mundial: banqueros, magnates de la industria,
artistas de primera fila... A la mayoría de los compradores de periódicos –por
no hablar de los que ni siquiera los leen– les inquieta más bien poco que haya
hoy mil egipcios menos que ayer. Su muerte no podía pesar más que las otras noticias
que le disputaban los honores de las portadas.
Nuestros periódicos se atienen
con precisión a las reglas que funcionan en las torres de marfil de las
sociedades desarrolladas. En ellas
sólo importa lo que le sucede a la gente que importa.
Eso implica una criba geográfica,
desde luego (a más lejanía física, más distancia emocional), pero no sólo.
También funcionan, y mucho, los distingos de clase. Hasta el de al lado mismo
parece lejano, si es pobre.
Lejos de mí el deseo de negar que
la profesión periodística sea un asco. Lo es: si lo sabré yo. Lo que sostengo es
que la Prensa constituye sólo una pieza –todo lo importante que se quiera, pero
sólo una– del gran asco general en el que estamos metidos hasta el cuello por
deseo mayoritario manifestado cada cuatro años en las urnas y todos los días a
todas las horas y en todas partes.
_____________
Post data.– No creí que hiciera falta que lo dijera, pero parece que sí, de modo que lo hago constar: considero que no es de ningún modo aceptable que algunos gobiernos confesionales islámicos culpen a los estados europeos de lo que publican o dejan de publicar los medios de comunicación privados que se editan en sus países. Menos todavía que inciten a sus ciudadanos a asaltar embajadas europeas. Ya sé que la injerencia en los asuntos internos de otros países no es monopolio de esos estados, ni mucho menos, pero que otros más poderosos lo hagan –véase lo que está sucediendo con Irán– no enerva la grave injusticia de su comportamiento.
Escrito por: ortiz.2006/02/05 06:00:0.611000 GMT+1
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