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2006/02/24 08:24:10.847000 GMT+1

Un amplio cuadro de reacciones alérgicas

En uno de sus mejores discos, muy injustamente menospreciado (me refiero al llamado Hearts and Bones, que apareció en 1983),  Paul Simon incluyó una canción de aire festivo, aunque de fondo terriblemente depresivo, titulada Allergies, en la que se apoyaba en lo extraño y aparentemente arbitrario que tienen los fenómenos alérgicos para hablar de la dificultad que le entrañaba en aquel momento soportar bastantes cosas de la vida (entre ellas su mujer). La canción incluía un solo de guitarra tirando a enloquecido de Al Di Meola...

Pero –maldita sea mi tendencia a enrollarme– yo no quería hablar hoy de ese disco, y menos todavía de los problemas matrimoniales de Paul Simon, sino de mis alergias, que, como las que él describe en la canción, son tirando a extrañas.

Las mías casi nunca han tenido nada que ver ni con el polvo ni con el polen, y sí, y mucho, con la política. Padezco una tendencia creciente a no soportar muchas de las cosas –y de los cosos– que repletan nuestra actualidad diaria, tal como aparece reflejada en los periódicos y boletines informativos.

No voy a decir que no soporto a Ángel Acebes. Eso es una vulgaridad. Le pasa a cientos de miles de personas. Su habla entrecortada, semiasmática, y su capacidad para delirar a cualquier hora del día y de la noche provocan incontenibles reacciones de irritación en muy amplios sectores sociales. Es muy frecuente que algunos personajes públicos generen reacciones alérgicas con sintomatología incluso física. ¿Cómo no citar destacadamente también a Pepiño Blanco, que parece estar en política, como la chica del chiste, nada más que «pa cagal.la»? No vale la pena detenerse en ese fenómeno. Es hasta normal.

Lo que me tiene más preocupado es la capacidad alérgica que estoy encontrando a cada vez más términos, expresiones, tics y latiguillos de los políticos. Son frases hechas que sueltan y que, visto y no visto, me ponen mal cuerpo, hasta volvérseme insufribles.

Me empezó hace ya algunos años, pero aisladamente, con la bobada aquella de «la violencia, venga de donde venga». Todo el mundo, de repente, como se recordará, decidió que estaba en contra de «la violencia, venga de donde venga». «Pero, ¿habrán pensado estos memos en lo que dicen?», me preguntaba yo a mí mismo cada vez que les oía. Porque es que nadie, absolutamente nadie, por mucho que lo diga, está en contra de «la violencia, venga de donde venga». «Y si ese mameluco va por la calle y un tipo le asalta para robarle, ¿se opondrá a que otro lo impida por la brava?», me decía. Ni siquiera mis amigos anarquistas, que odian al Estado como forma suprema de organización de la violencia, se oponen a toda violencia. Ni mucho menos.

La moda de las declaraciones rutinarias y carentes de sentido crece y se expande de manera incontenible. Los politicastros se intercambian sus tópicos sin discriminación. Tanto da que sean de derechas como de izquierdas, centralistas o separatistas. ¿Habéis reparado en alguno que no hable ahora mismo sin parar de «escenarios»? Desde Otegi a Acebes, pasando por Bono, todos quieren «propiciar un escenario» de algo. ¡Y luego dirán que el teatro está en crisis!

El fin de semana pasado se superaron a sí mismos. Oí un informativo de la radio en el que el locutor se pasó ¡20 minutos! haciendo la relación de políticos que habían declarado, a propósito del último comunicado de ETA –que también era una joya de la literatura universal, dicho sea de paso–, exactamente lo mismo: «El único comunicado de ETA que quiero oír es el que anuncie su abandono de las armas». ¡Dijeron eso mismo, con esas mismas palabras, todos, todos sin excepción! ¡Y todos tuvieron su oportunidad de decírselo a todos los medios, y todos los medios lo recogieron!

¿Seguro que ése es el único comunicado de ETA que tendrían interés en oír, leer o lo que sea? ¿Seguro que a ninguno de ellos le interesaría un comunicado de ETA en el que dijera en qué sitios guarda las armas, por ejemplo? O, cambiando de tema: ¿seguro  que ninguno de ellos querría oír un comunicado de ETA en el que la organización revolucionaria vasca de liberación nacional (y social, ya de paso, si se puede, digo yo) entrara en la polémica suscitada por Néstor Basterretxea, que sostiene que Eduardo Chillida era un fascista? ¡Coño, pues tendría bastante más interés que sus peroratas sobre la creación de «un escenario de paz»!

Supongo que ya vais dándoos cuenta de cómo me pongo con estas cosas, y hasta qué punto me sulfuran, incluso a estas horas de la mañana.

Son reacciones alérgicas. Tengo que consultarlo con mi médico, a ver si puede propiciar en mi cuerpo un escenario de tranquilidad.

Escrito por: ortiz.2006/02/24 08:24:10.847000 GMT+1
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2006/02/23 05:57:36.801000 GMT+1

Largos y sinuosos caminos (edición especial)

Siempre he defendido –y lo he dicho– el derecho de mudar de opiniones que asiste a todas las personas. Es cierto –y tampoco lo he ocultado nunca– que me producen mucho mayor respeto los giros ideológicos y políticos que perjudican la promoción de quienes los realizan y que, por el contrario, me suscitan una cierta desconfianza inicial quienes cambian de criterio para ponerse a favor de corriente (aunque tampoco eso deba ser descalificado por principio).

Lo que no me parece que tenga la más mínima justificación ni merezca el menor respeto es la actitud de quienes, tras haberse pasado un buen tiempo proclamando que lo justo es A y descalificando con todos los pronunciamientos desfavorables a quienes decían B, pasan a afirmar con idéntica rotundidad que lo correcto es B y que quien diga A es, sin duda alguna, un hijo de mala madre.

Un buen amigo, nada desmemoriado, me ha mandado fotocopias de un puñado de recortes de prensa fechados en noviembre de 1998 (1). Queda en ellos amplia constancia de que muy importantes voces de la prensa española –escrito sea con y sin mayúsculas (2)– se declaraban encantadas de la noticia que acababa de saberse y que no era otra que el establecimiento de «contactos» entre el Gobierno de José María Aznar e «interlocutores del entorno del MLNV» (escrito tal cual).

El hecho suscitaba, entre otras, las albricias editoriales de un periódico (3) de muy rancio abolengo, que enfatizaba que tal decisión del líder máximo del PP marcaba «el posible punto de partida de una andadura que ningún español de buena voluntad puede dejar de desear que culmine venturosamente». Sic. En el ardor del momento, otro preclaro comentarista de la derecha española, éste nada anónimo (4), saludaba la decisión de Aznar, aunque vaticinaba que el camino hacia «el fin del terror», que se iniciaba en tal punto y hora, habría de resultar todavía «largo y sinuoso». «Como en la canción de George Harrison», sentenciaba, refiriéndose a The Long and Winding Road, que, como (casi) todo el mundo sabe, es una canción de Paul McCartney (5).

Imaginemos lo mejor –in dubio pro reo– y aceptemos la posibilidad de que esta gente considere que el tal camino «largo y sinuoso» fuera entonces una excelente alternativa, digna de todo encomio, pero que emprenderlo a día de hoy sea una perfecta canallada y un insulto para las víctimas del terrorismo.

Bien. Pero, en tal caso, los que han dado ese giro de opinión habrán de explicar por qué dijeron entonces que sí y ahora que no. Y (¡qué menos!): habrán de admitir que el asunto no es para ellos una cuestión de principios –inalterables, por definición–, sino variable y circunstancial.

Pero no les pido nada parecido. Dejo ese tipo de exigencias para la gente que se toma en serio su coherencia y no se beneficia de que también el camino de su honradez resulte «largo y sinuoso». (6)

Nota de edición: Javier publicó una columna de parecido título en El Mundo: Largos y sinuosos caminos.

 ____________

 (1) El 4 de noviembre de 1998, en concreto. Son once páginas de ABC y de El Mundo. Pueden ser consultadas en formato pdf pinchando aquí. Se incluye un editorial de El Mundo, obra de su entonces jefe de Opinión, en el que el diario dirigido por Pedro J. Ramírez felicitaba a Aznar por haberse decidido a coger por los cuernos el toro de la negociación con ETA.

(2) El autor juega con el nombre de la empresa editora de ABC (Prensa Española, S.A.). 

(3) El editorial de ABC («Horizonte de esperanza») terminaba diciendo: «Procuraremos no perjudicar el proceso, mediante un muy prudente y sereno ejercicio de nuestro derecho a informar y opinar. Nunca pondríamos en riesgo la posibilidad cierta de un País Vasco libre y en paz a cambio de la satisfacción efímera de una portada de tan seguro como fácil impacto.»

(4) Federico Jiménez Losantos, «Con tacto», El Mundo, 4 de noviembre de 1998, pág. 5.

(5) No llama demasiado la atención el escaso conocimiento de la obra de The Beatles que demostró Federico Jiménez. Recuérdese que el propio John Lennon fue denostado por la Conferencia Episcopal Española: quizá eso le justifique. Lo que resulta decididamente irritante es el vicio que tiene este pontificador profesional de hablar de de lo que no sabe sin tomarse siquiera el trabajo de repasar los hilvanes de su incultura. The Long and Winding Road fue una canción mentadísima en su tiempo por culpa del aparatoso arreglo orquestal que le hizo a posteriori Phil Spector, arreglo que provocó las iras del propio McCartney, quien decidió llevar al afamado y almibarado arreglista a los tribunales. (Y llega Jiménez Losantos y habla de «la canción de George Harrison». No me extrañaría que en cosa de diez días saliera a la calle un libro de César Vidal titulado «The Long and Winding Road: la canción que Paul McCartney robó a George Harrison para perjudicar a España.»)

(6) Miguel Riera ha publicado recientemente en El Viejo Topo un extenso artículo referido a las ambiciones y los singularísimos métodos de los que sirvió el militante comunista Jiménez Losantos –permitidme la involuntaria humorada: lo fue– para alcanzar lo que, según él, más ambicionaba: la fama. (¡Gracias, querido Joaquín, por el recorte!)

Escrito por: ortiz.2006/02/23 05:57:36.801000 GMT+1
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2006/02/22 05:16:59.012000 GMT+1

Casi a modo de nota de régimen interno

Algunos amigos me han hecho saber a lo largo de estas últimas semanas que no están de acuerdo con  la «política de comentarios» (extraña expresión: más spanglish, supongo) que aplico en este rincón de la Red. Se refieren a que, contrariamente a lo que sucede en otros blogs, en éste, por decisión mía, no hay un espacio en el que los lectores puedan escribir lo que les apetezca.

Pienso que mi criterio es correcto. Y la realidad parece confirmármelo. Tanto más leo los comentarios que suelen hacer los lectores de otros blogs, tanto más me reafirmo en mi opción.

He tenido una experiencia reciente que me ha resultado ilustrativa. Hace algunos días escribí un artículo para el blog 18/98, creado por un grupo de gente «del entorno de la no violencia», como se definen con su tanto de sorna. Se trata de un blog destinado a denunciar las barbaridades que se están cometiendo en el juicio sobre el  macrosumario que Garzón dejó como herencia antes de salir zingando para los EEUU. En ese blog permiten que los lectores suelten lo que opinan de cada artículo, o lo que quieran. Mi texto ponía de relieve la doble vara de medir que utilizan algunos presuntos defensores de la libertad de expresión, para lo cual comparaba las posiciones que han defendido en relación a las caricaturas de Mahoma con las propugnadas por ellos mismos con respecto al sumario 18/98.

Pues bien: no pocos de los comentarios que aparecieron vinculados a mi texto no tenían ninguna relación con el sumario 18/98. Los suscribían gentes que lo que querían era perorar sobre el asunto de Mahoma y que aprovecharon mi artículo para soltar su rollo y desviar la atención del punto en el que yo había querido concentrarla. Con lo que mi trabajo, ya de por sí dudosamente útil, bajó todavía unos cuantos peldaños más en su ruta hacia los abismos del desinterés.

Preciso lo que quiero decir. No es, ni mucho menos, que me sea indiferente lo que opina de mis escritos la gente que los lee. Pero quienes quieren hacérmelo saber ya tienen a su disposición la vía del correo electrónico, que funciona muy bien.

A mí, los comentarios con publicidad en los blogs me recuerdan a los coloquios que se abren tras las charlas y conferencias. Siempre me han dado pavor (*). Es tipiquísimo toparse con individuos que se sienten frustrados por no haber sido ellos los conferenciantes y que, con la excusa de hacer una pregunta, se largan un mitin inacabable, boicoteando el acto.

Ya están las listas y los foros de debate en la Red, que los hay bien interesantes, y hasta divertidos. Concéntrense en ellos los que tengan algo que decir al universo mundo y, más en particular, quienes –como yo– padezcan de incontinencia oral o escrita. Encontrarán espacio sobrado.

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(*) Releyendo lo escrito hasta aquí me vienen a la memoria un buen puñado de anécdotas vividas por mí mismo en el curso de coloquios varios. Quizá algún día me anime a compartir con vosotros algunas particularmente chuscas. Probablemente una de las más hilarantes fue la que protagonizó hace años en Gijón un buen hombre que, tras una charla mía, tomó la palabra para contarnos –literalmente– su vida. Llevaba ya un buen rato en ésas cuando se interrumpió, y dijo, en un tono muy educado: «Bueno, se preguntarán ustedes a qué viene todo esto que les estoy relatando...Ya sé que no tiene nada que ver con el asunto del que se habla esta noche aquí. Pero es que resulta que padezco de una timidez patológica, y que mi psiquiatra me ha recomendado que, para vencerla, hable en público...». Este servidor de vosotros, incapaz de reprimir la carcajada, inició con entusiasmo un aplauso que duró bastante más que el que los asistentes al acto habían dedicado a mi conferencia. Y con razón.

Escrito por: ortiz.2006/02/22 05:16:59.012000 GMT+1
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2006/02/21 05:30:0.044000 GMT+1

De lo de Parot o de cómo vamos de mal en peor

La Sala Segunda del Tribunal Supremo ha decidido que Unai Parot, que fue condenado en aplicación del Código Penal de 1973 a penas que suman 4.799 años de cárcel (y a quien los medios de comunicación someten a la pena accesoria de llamarlo «Henri», se supone que por el aquel de fastidiar, de la misma manera que ABC llama a Anasagasti «Ignacio» y que El País escribe Abc con minúsculas: cosas del lado infantiloide del gremio), pase 30 años en prisión, sin redención efectiva de pena.

El ministro de Justicia ha declarado que esa decisión del Supremo «transmite un mensaje de tranquilidad al conjunto de la ciudadanía», la cual, según se nos cuenta por todas partes, «sintió una gran alarma» al decirse que Parot podía ser liberado en el plazo de unos pocos meses o años.

El mero manejo de ese criterio me resulta –a mí, quizá porque estoy educado en escuelas antiguas, de ésas que propugnaban el estricto respeto de los derechos humanos– tremendamente alarmante. Porque los estados de ánimo de la opinión pública (¿de qué parte de qué opinión pública, creados por quién y certificados por quién?) no pueden erigirse en norma rectora de los tribunales. Dicho a la pata la llana: yo no sé si la opinión pública estaría poco, medianamente o muy alarmada por lo que pudiera ocurrir con Parot, puesto que de tal particular sólo sabemos lo dicho por ciertos medios de comunicación, que han hecho gala de su beligerancia en el caso, pero sí sé que la decisión del Supremo debería haberse producido sin contar con los dimes y diretes de las tertulias mitineras y a partir de criterios estrictamente jurídicos, entre los cuales deben hallarse la no retroactividad de las normas legales y la no fabricación artificiosa de criterios ad hominem que den carnaza a los nostálgicos de la ley de Lynch.

Se ha vuelto tan raro encontrar reflexiones de este género entre los juristas de más relieve que no me resisto a citar in extenso lo declarado el pasado viernes a ABC por Enrique Gimbernat Ordeig, catedrático de Derecho Penal generalmente tenido, a derecha e izquierda, por uno de los más honrados y rigurosos de su gremio. Expresó Gimbernat su criterio en dos puntos. Dijo:

«1º) El Código Penal de 1973, aplicable a Henri Parot por ser el vigente al tiempo de la comisión de los hechos, dispone que el máximo de la pena que puede imponerse, cuando el autor ha cometido diversos delitos, es de 30 años de prisión. Actualmente, y de acuerdo con el Código Penal de 1995, ese máximo se ha elevado hasta 40 años de cumplimiento efectivo para los delitos de carácter terrorista. Normalmente, los asesinatos cometidos por miembros de ETA son juzgados en un único procedimiento penal, donde rige ese límite de 30 años, según el Código anterior, y de 40, según el vigente. Pero puede suceder, como en el caso Parot, que por diversas circunstancias (como cuando un juicio se celebra mientras el otro procedimiento está todavía en fase de instrucción) no haya sido posible juzgar todos los asesinatos en una única causa. En este caso, el último párrafo del art. 70 del Código Penal de 1973 –que se corresponde literalmente con el art. 76 del de 1995– dispone que “la limitación (a 30 años) se aplicará aunque las penas se hubieran impuesto en distintos procesos si los hechos, por su conexión, pudieran haberse enjuiciado en uno solo” (refundición de condenas). El art. 17.5º de la Ley de Enjuiciamiento Criminal da una definición auténtica de que deben “considerarse delitos conexos (...) los diversos delitos que se imputen a una persona al incoarse contra la misma una causa por cualquiera de ellos, si tuvieren analogía o relación entre sí, a juicio del Tribunal, y no hubiesen sido hasta entonces sentenciados”.

»De lo expuesto se deduce que el criterio de la Fiscalía del Tribunal Supremo es el único correcto, ya que entre los delitos por los que ha sido condenado Parot en procedimientos distintos existe una conexión por encima de cualquier discusión posible, puesto que no es que sean análogos, sino que son idénticos, dado que en todos los casos se trata de asesinatos terroristas. Por ello, la refundición de las condenas no puede exceder de 30 años. Cualquier otra interpretación vulneraría el principio de legalidad penal, consagrado en la Constitución Española y en todos los tratados multilaterales de derechos humanos ratificados por España, principio que constituye uno de los axiomas fundamentales e irrenunciables de cualquier Estado democrático de Derecho.

»2º) El art. 25.2 de la Constitución Española establece que “las penas privativas de libertad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”. La cadena perpetua, al establecer que el condenado permanecerá toda su vida en prisión, niega, por definición, que aquél pueda reincorporarse a la sociedad; por ello, es una pena inconstitucional.»

Reitero mis disculpas por la longitud de la cita, pero su valor es difícilmente discutible. Son argumentos sólidamente fundamentados.

Pero, y aún a riesgo de extenderme más de lo que suele ser propio de estos apuntes diarios, quisiera insistir en y ampliar lo que apunta Gimbernat en el apartado 2º) de sus declaraciones a ABC.

Gimbernat, aunque no lo dice expresamente, parte del hecho de que Unai Parot lleva ya 16 años en la cárcel.

En conversación no estrictamente pública, pero tampoco reservada –fue en el curso de un Consejo Editorial de El Mundo celebrado hace unos diez años–, el propio Gimbernat nos ilustró a los presentes sobre lo que representa, de cara a la reeducación y reinserción del reo, un periodo tan prolongado de encarcelamiento. No puedo certificar que sus palabras fueran exactamente las que voy a transcribir, pero me impresionaron tanto y las conservo tan grabadas en la memoria que no creo que se aparten mucho de la literalidad de las suyas: «Todos los estudios realizados al respecto –dijo– demuestran que una persona que permanece recluida en una cárcel durante un periodo de 15 años queda ya, por fuerza, en condiciones psicológicas muy desfavorables, si es que no imposibles, para reintegrarse a la vida social. Yendo más lejos: alguien que pase encerrado en la cárcel 20, 25 y no digamos ya 30 años, sale definitivamente destrozado.» Recuerdo que le pregunté si técnicamente cabe afirmar que alguien que ha cumplido una condena de 40 años de cárcel ha sufrido, en la práctica, una pena de muerte camuflada y, en realidad, más cruel que las que se ejecutan en EEUU. Me respondió: «Me parece un punto de vista extremadamente sensato».

Vamos a ver si nos aclaramos. Yo no tengo nada a favor de Unai Parot. Nada. Nada de nada. Cero. No doy por supuesto que haya hecho todo lo que se le ha atribuido, porque ya me sé cómo funciona la Audiencia Nacional, pero con que hubiera hecho la mitad de la mitad, me bastaría holgadamente para no querer verlo ni en pintura.

Lo que acabo de decir lo diría también a propósito de cualquier otro individuo.

Vasco o no vasco. Unai o Henri. Político o común. De ETA o legionario de Cristo.

Me habría opuesto incluso a que Fraga y Martín Villa pasaran más de 15 años en la cárcel por los crímenes que cometieron cuando mandaban con Franco. A pesar de los fusilamientos, de las torturas, de Vitoria, de Montejurra y de todo lo demás.

Porque la buena ley jamás puede ser la del Talión.

Escrito por: ortiz.2006/02/21 05:30:0.044000 GMT+1
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2006/02/20 05:50:0.161000 GMT+1

Les importamos una mierda

Hoy, a las 08:30 de la mañana, parece que Unión Fenosa va a cortar el suministro eléctrico en mi calle, y espera que mis vecinos y yo nos lo tomemos como una demostración práctica de su interés por nosotros. Nos ha colocado unos letreros en los portales en los que puede leerse: «Estamos mejorando la calidad del suministro eléctrico por lo que nos vemos obligados (sic!) a suspender el servicio entre las 08:30 y las 11:00.»

Obsérvese que los de Unión Fenosa no pretenden que deban suspender el servicio porque vayan a hacer ninguna reparación, sino, pura y exclusivamente, porque es una exigencia que les viene dada por su empeño en mejorar. Según su fantástica lógica, alcanzarán la perfección cuando no nos suministren ni un amperio.

Me sentí particularmente feliz ayer, cuando vi el aviso de Unión Fenosa en el portal, porque venía de tener una reconfortante experiencia del mismo género con otro cartel expuesto en la calle junto a una (otra) zanja, éste firmado por la Concejalía correspondiente del Ayuntamiento de Ruiz Gallardón. En esta ocasión, el aviso, impreso con colorines y en papel de buena calidad, se componía de dos líneas. La primera: «ESTAMOS TRABAJANDO POR TU CIUDAD». La segunda: «PERDONEN LAS MOLESTIAS».

Según lo vi, pensé: «¿Soy uno o varios? ¿Me tutean o me tratan de usted?». Porque constaté que en la primera línea me interpelaban tratándome de tú y a mi solo, pero que en la segunda ya me habían integrado en un colectivo y me hablaban de usted.

¿Tienen importancia esas chorradas? La tienen en un punto esencial: ambos avisos demuestran que Unión de Madrid y el Ayuntamiento de Fenosa se dirigen a los ciudadanos sin ni siquiera repasar lo que les escriben. Es obvio que no sienten por nosotros el más mínimo interés.

Les importamos una mierda. Y lo demuestran sin ningún pudor.

Escrito por: ortiz.2006/02/20 05:50:0.161000 GMT+1
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2006/02/19 10:22:8.327000 GMT+1

Un drama en tropecientos actos

Tuvimos ayer reunión ritual de una de las pandas de las que formo parte. A ésta tal vez fuera más correcto llamarla «banda», en el sentido delincuente del término, dadas las muchas complicidades que nos unen. Es el más antiguo de los grupos de amigos madrileños que conservo. Quizá el que tiene un carácter más declarado de «gang». Con su «omertà» y todo.

Nos conocimos hace casi 30 años. Y seguimos soportándonos. Ellos –y ella– acababan por entonces de salir de la facultad y hacían sus primeras armas en el mundo del periodismo. Yo ya tenía la friolera de 28 años. (Esto último lo he escrito, como seguramente imagináis, con un punto de nostalgia y la sonrisa que viene a cuento con ese estado de ánimo.)

Solemos vernos con la excusa de los cumpleaños. Algunos formamos el subsector denominado «de los Acuario» (aunque en realidad dos son del tiempo de los Piscis); luego hay otro grupete que cumple por las calendas de los Aries, más o menos, y allá por el otoño, last but not least, celebramos la supervivencia de los demás, en alegre tropel.

Lo nuestro suele consistir en comer, a poder ser bien, contarnos chascarrillos y asamblearnos luego en casa de alguno a seguir la broma, oír los discos y ver los dvds que nos hemos regalado y, por lo común, jugar al diccionario. A veces hablamos un rato de política, siempre con la pasión contenida que cabe presuponer en gente que pasó buena parte de sus años mozos en agrupaciones tan sensatas y de orden como el MC (mayoritario), el PTE y la ORT.

A veces alguno de los presentes recuerda que la reunión cuenta con la presencia de alguien al que se le supone puesto en los arcanos de la cosa vasca y saca el asunto a colación.

Ayer sucedió. Y constaté –debería haberlo imaginado– que el personal que vive en Madrid y está sometido al bombardeo de los periódicos, las radios y las televisiones estatales, dicho sea en los dos sentidos más frecuentados del adjetivo,  tiene no pocas dificultades para encajar algunos sucesos.

Hablamos de ello un buen rato. Relajadamente y bien.

Como quiera que soy de mentalidad probadamente utilitaria, aprovecho lo que charlamos para aclarar algunos extremos que, por lo que vengo comprobando, no siempre son bien evaluados entre la gente que vive y trabaja del Ebro para abajo, por advertida, estudiosa y de buen ánimo que sea.

Primer punto a tener en cuenta (y eso que cuando hablamos no sabíamos de la existencia del último comunicado de ETA): cuando Zapatero dice que cree que estamos «en el comienzo del fin de ETA», hay que entender (1º) que eso es lo que él cree; no lo que sabe; (2º) que el comienzo del fin es eso, el comienzo del fin, y no el fin propiamente dicho; y (3º) que el conjunto de variables en presencia es tan amplio que ni hay ni puede haber nadie que pueda pronosticar a ciencia cierta qué va a suceder.

Segundo punto: ¿cabe decir que «algo importante» está en vísperas de producirse en relación a «la cuestión vasca»? Respuesta: sí; cabe decirlo. Pero no porque Zapatero lo haya dado a entender, sino porque lo han dicho con inusitada rotundidad los líderes de HB, EH, Batasuna o como quiera que se dé en denominar ese conglomerado político-social. Su especialidad no es columpiarse y saben muy bien que, si suscitan expectativas que luego resultan infundadas en un asunto tan delicado como ése, pueden verse en una situación espantosa ante su propia gente.

Tercer punto: ¿lo que Otegi y compañía están diciendo es 100% lo que saben o se mezcla en alguna proporción lo que quieren y tratan de propiciar con sus propias declaraciones? En mi criterio, la verdad anda más cerca de la segunda de las dos posibilidades enunciadas.

Cuarto punto: ¿qué tipo de negociación podría aceptar el Gobierno para acabar con ETA? Respuesta, categórica y fundamentada: paz por presos.

Añadirá, en sus reuniones más alejadas de la luz pública, que «está abierto a estudiar también asuntos políticos», pero que ésos «deberán ser discutidos entre los representantes políticos, en su propio ámbito». (Lo cual, dicho sea de paso y aunque importe poco, me parece lo mejor.)

Quinto: si ETA se plantea dejar las armas a corto plazo, ¿por qué sigue poniendo bombas aquí o allá, cada poco? Respuesta, rápida y para no perder el tiempo en cosas menores: lo hace, en primer lugar, para que siga quedando claro que tiene capacidad de hacer daño y, en segundo término, porque le urge que los empresarios vascos a los que chantajea se retraten ya, sin mucha dilación, porque en el futuro va a necesitar bastante dinero y puede que no le sobren las fuentes de financiación.

Sexto: la fórmula «paz por presos» ¿quiere decir «todos a la calle»? No. Ambos platillos de la balanza (el de la paz y el de los presos) seguirán buscando su equilibrio poco a poco y con dificultades. Por lo que entreveo, la idea es que, si todo se desarrolla conforme a lo previsto y deseado, el Gobierno irá dando solución al asunto de los presos por etapas, haciendo el menor ruido posible y en escenarios diversos, a veces geográficamente muy distantes entre sí.

Séptimo: pero ¿no puede ser que todo ese delicado castillo de naipes se venga abajo si alguien con capacidad para ello se harta y da una patada a la mesa y la manda a tomar por rasca?

Sí. Rotundamente sí.

No sólo es posible sino también altamente probable.

Siento tener que decirlo, pero es como lo veo.

Hace años que vengo insistiendo en que éste es demasiado drama para tan mediocres actores.

Escrito por: ortiz.2006/02/19 10:22:8.327000 GMT+1
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2006/02/18 06:00:0.250000 GMT+1

La democracia de Cuevas

Nunca he negado mi fascinación por José María Cuevas. La aliento desde que supe que este hombre se convirtió en indesmayable presidente de los empresarios españoles sin haber sido jamás empresario, y vi con qué desparpajo daba –y sigue dando– lecciones de democracia a todo el que se le coloque a tiro, pese a no haber abjurado jamás de su añeja militancia falangista.

Una desenvoltura tal merece el general reconocimiento (amén del reconocimiento de más de un general, supongo).

Cada discurso de los que Cuevas pronuncia tras ser reelegido para el cargo –y ya van siete veces– tiene su punto. El que se marcó el jueves pasado no ha sido excepción. Lo aprovechó para demostrar lo mucho que desconfía de las reformas estatutarias, del proceso de pacificación en Euskadi y, en general, de todo lo que pueda distinguir al PSOE del PP. Porque Cuevas es presidente de las organizaciones empresariales españolas pero no olvida que, como dijera Carlos Marx, «la política es la expresión concentrada de la economía», de modo que él habla de política para hablar más concentradamente de economía, y no perder el tiempo.

El problema que tiene don José María es que su aprendizaje de la democracia, hecho a buen seguro en un curso acelerado del Forcem, le dejó algunas lagunas inquietantes. Así, aprendió que no hay que negarse a que la gente vote –lo que en su caso es sin duda un importante avance, viniendo de donde viene–, pero no se quedó con la idea de que el ejercicio de votar puede servir para elegir entre alternativas políticas diversas.

Él considera que las opciones políticas responsables deben ser sustancialmente iguales. De ahí que reproche al Gobierno apoyarse en un consenso «que apenas supera el 50%», en vez de ponerse de acuerdo con el PP para garantizar una política que tenga «un apoyo superior al 80%». Lo que hace Zapatero le parece garrafal, porque supone «dejar fuera a media España y condenarnos a un continuo vaivén del marco legal según quién gane las elecciones cada cuatro años».

Como viejo en estas lides –y en todas–, Cuevas no ignora el truco más eficaz del polemista fullero: juntar tal cantidad de falsedades y absurdos en la misma argumentación que el oponente se vea sumido en el desconcierto, no porque no sepa qué responder, sino porque no sabe por dónde empezar.

Me conformaré con responder a los puntos clave de su perorata.

1º) Las cifras que expone son falsas. La política de Zapatero, en los aspectos que él menciona y de acuerdo con los últimos datos disponibles, cuenta con un respaldo electoral y parlamentario muy superior al 50%. Cercano al 60%, incluso.

2º) La democracia consiste en que se hace lo que propugna la mayoría. Si se actúa de acuerdo con la mayoría, no se deja fuera «a media España». Sólo se coloca a la minoría ante la necesidad de  resignarse a ser lo que es. Porque la otra opción sería que la minoría decidiera lo que debe hacer la mayoría.

3º) Si tanto le entusiasman los grandes consensos, ¿por qué no dirige Cuevas sus reproches a Rajoy por quedarse al margen, con su minoritario 37,3%? Que lo sume a las posiciones del Ejecutivo de Zapatero. Así elevaría el bendito consenso hasta las cumbres del 100%, lo que sería un ejemplo para todo el mundo mundial, además de la mismísima repanocha.

4º) Sobre «el continuo vaivén del marco legal» que se produce «según quién gane las elecciones cada cuatro años», convendrá precisar –amén de que si se produce cada cuatro años no es continuo– que en ese punto reside, o debería residir, al menos, la esencia de la democracia. Los partidos tienen sus propios programas, que es bueno que presenten perfiles diferenciados, más que nada para no estafar a los electores obligándoles a elegir, como dicen los franceses, entre «blanc bonnet et bonnet blanc».

Y lo dejo aquí, que esto es sólo un Apunte de nada, y no una tesis doctoral sobre ortópteros empresariales, que tampoco es cosa.

Nota de edición: Javier publicó una columna de igual título en El Mundo: La democracia de Cuevas.

Escrito por: ortiz.2006/02/18 06:00:0.250000 GMT+1
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2006/02/17 06:00:0.376000 GMT+1

Dos preguntas incómodas

Parece ser que un grupo de mujeres vinculadas a la práctica totalidad de los partidos vascos —excepción hecha del PP— se propone hacer público un manifiesto que propugna la superación de la violencia de ETA mediante el diálogo y la negociación. «Parece», digo.  No está tan claro.

Por lo que se sabe del documento, sus autoras sostienen que el recurso a la violencia armada no tiene sentido en la Euskadi de hoy porque «todos los proyectos políticos se pueden y deben defender por vías democráticas».

Doy por hecha la bonísima fe de las promotoras del escrito y comparto al cien por cien su preferencia por las soluciones negociadas. (Es más: no veo que pueda haber soluciones que no sean negociadas. Ya sabemos adónde llevan las imposiciones disfrazadas de soluciones.)

Dejada constancia de ello, y sin ningún ánimo de perjudicar su iniciativa, creo que vale la pena reflexionar sobre lo que argumentan, por si cupiera fundamentarlo más y mejor. O no.

 Me planteo dos preguntas.

La primera se refiere a la razón por la que, según las firmantes del escrito, carece de sentido el recurso a la violencia en la Euskadi de hoy. ¿Es, como afirman, porque se puede defender eficazmente lo mismo por métodos pacíficos? O, dicho al revés: si no cupiera defender determinadas aspiraciones políticas por vías pacíficas, ¿estaría justificado el recurso a la violencia?

No se trata de ningún sofisma, sino de un importante dilema estratégico.

Por no andarme por las ramas, diré por la brava algo que para mí que todos —y todas— sabemos más que de sobra por estos lares, aunque lo callemos por pudor convivente: que tal vez sea cierto que entre nosotros cabe defender cualquier alternativa política por la vía democrática, pero que es decididamente falso que algunas alternativas políticas puedan aspirar a materializarse y ser llevadas a la práctica por vías democráticas.

¿Cabe ser independentista vasco y no acabar en la cárcel? Hay quien lo discute, y no sin sus buenas razones: es bien conocida la doctrina Garzón-Oreja, según la cual, si alguien coincide con los fines políticos de ETA y actúa en esa línea, puede ser tenido por cómplice objetivo del terrorismo. Pero, en todo caso —y al margen de eso—, lo que la ley española establece con perfecta nitidez es que, por mucho que la inmensa mayoría de la ciudadanía vasca postulara la independencia de Euskadi, así fuera al 100%, no podría convertir en realidad esa aspiración, porque las Fuerzas Armadas españolas tienen el encargo constitucional de impedírselo.

No sé si hace falta que detalle las muchas y muy autorizadas voces que han insistido de manera rotunda y nada ambigua en esto: la democracia no consiste en aceptar lo que diga el pueblo, sino en aceptar lo que diga el pueblo español, convenientemente canalizado por sus legítimos representantes. Y si el pueblo catalán o el pueblo vasco o cualquier otro se pronuncian en sentido distinto, pues peor para ellos, que han tenido la ocurrencia de creerse pueblos, y no aldeas.

 Vuelvo a la primera pregunta que he planteado para dar paso a la segunda. Si la razón que mueve a repudiar el recurso a la violencia no puede sustentarse en las ventajas y comodidades de las vías democráticas, que aparecen erizadas de dificultades, si es que no directamente impracticables, entonces ¿por qué preferirlas?

Mi respuesta no es, ya me hago cargo, nada épica, pero es la que más me convence: porque por la vía violenta, aquí y ahora, no sólo no se va a conseguir nada mejor, sino todo lo contrario. La violencia de ETA nos divide, nos amarga, nos desmoraliza. La violencia de ETA causa muchos más estragos en nuestra propia sociedad que en el enemigo informe y difuso contra el que apunta, muchas veces sin que se vea nada claro por qué.

A la población vasca hay que infundirle el convencimiento de que lo que logre —poco o mucho, mejor o peor— lo habrá de lograr ella misma, y no una pandilla de herederos de Robin Hood venidos a menos.

Por decirlo todavía más claro: no creo que la vía democrática resulte muy esperanzadora; a cambio, la vía violenta me parece terrible, total, definitivamente desesperanzadora.

 

Escrito por: ortiz.2006/02/17 06:00:0.376000 GMT+1
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2006/02/16 06:00:14.916000 GMT+1

Amedo mil usos

Me quedé sorprendido el pasado viernes cuando vi la relevancia que concedía El País a la publicación de las memorias del ex subcomisario José Amedo Fouce.

Mi sorpresa estaba justificada. El libro había pasado por mis manos meses antes. Un amigo me lo hizo llegar por si podía interesarme su publicación en Foca, la colección de libros de política que dirijo dentro del grupo editorial Akal.  Lo leí y le contesté que no me interesaba en absoluto, cosa que entendió a la primera.  Porque el libro era –y supongo que seguirá siendo– un bochornoso intento de autojustificación de la sangrienta y ridícula biografía del policía, que aprovecha sus páginas para retratarse como una especie de socialdemócrata pacifista e ingenuo que se vio envuelto en toda clase de episodios tristísimos nada más que por su mala cabeza.

Devolví el original con mucho cuidado, dejando constancia de que, si alguna vez el señor Amedo se decidiera a contar algo parecido a la verdad de su vida, tendría en mí al más feliz de los editores. Pero que, en el ínterin, no contara conmigo para aderezar sus milongas.

Por lo que leo en El País, Amedo acabó encontrando un editor más desenvuelto que yo, que le convenció de que el libro era en efecto un pestiño infumable, pero que podía redimirse con un capítulo final, escrito para la ocasión, en el que soltara unas cuantas lindezas sobre los personajes de postín, desgraciados o desgraciables, con los que hubo de relacionarse en sus tiempos de arrepentido de lujo. A lo que Amedo –que o poco lo conozco o seguro que está atravesando por una de sus muy recurrentes fases de falta de liquidez– dijo que sí, que lo que haga falta, que lo que tú me digas, jefe. Y ya tenemos un hermoso panorama de reuniones entre Garzón, Álvarez Cascos, Pedro J. y el propio Amedo, todos al alimón.

Por lo que yo sé, todos ellos tuvieron encuentros informales en diferentes ocasiones –y no veo por qué no habrían de hacerlo, exceptuando al juez, que debería haberse abstenido–, aunque para mí que nunca se encontraron en asamblea conjunta. Pero da lo mismo. Tampoco estoy en condiciones de desmentir que Pedro J. ofreciera a Amedo dinero por largar lo que sabía. No lo sé: por entonces yo era subdirector de El Mundo, jefe de la sección de Opinión, pero no acompañaba a Pedro J. las 24 horas del día. En todo caso, lo que me resulta más curioso es que nadie pretenda que Amedo cobrara por mentir. Lo que les escandaliza, por lo visto, es la posibilidad de que le pagaran por decir la verdad.

Leí el reportaje de El País sobre las memorias de Amedo y, cuando terminé, me pregunté: «Bueno, ¿y qué?». Nada.

Coge cualquier banalidad, métela en primera página de tu diario independiente de la mañana titulándola con aire insinuante y ya tienes un escándalo. Aunque nadie esté en condiciones de aclarar en qué consiste lo escandaloso.

Otra posibilidad: espera cuatro o cinco días y añade al potaje una Carta al Director firmada por Rafael Vera en la que, con tono de cordero degollado, el menda afirma que seguro que lo que cuenta Amedo es verdad (aunque sin aportar ni un solo dato que contribuya a corroborarlo, por supuesto).

A mí, lo que más gracia me ha hecho de la carta de Vera es la parte que dedica al asunto de los fondos reservados del Ministerio del Interior. ¡Cómo se rasga las vestiduras! Llegados a ese punto, sólo me queda pedirle a Vera que me libere de las obligaciones que me impone el secreto profesional en lo que a su persona se refiere y me permita contar cómo llegaron a la Redacción de El Mundo los documentos reveladores del uso abusivo de los fondos reservados de Interior.

Es lo único que le pido. Nada que pueda inquietar a tan probo funcionario y tan amigo de sus amigos como él.

Escrito por: ortiz.2006/02/16 06:00:14.916000 GMT+1
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2006/02/15 06:00:0.230000 GMT+1

La gripe autónoma

Tengo una gripe de mil demonios. Se me instaló entre pecho y espalda el pasado fin de semana y ahí está, desplazándose entre los pulmones y las narices, a su aire.

Empezó a darme la vara obligándome a toser sin parar. Cuando se cansó, la emprendió con la cosa de los estornudos.

Puestos a escoger, yo prefiero los estornudos. La tos me duele en el pecho. El estornudo, en cambio, tiene un efecto liberador. A veces, en tiempos de salud, lo provoco yo mismo, mirando cualquier fuente lumínica. Expongo a la luz mis fosas nasales y, en cosa de nada, estornudo. No sé por qué, pero funciona. Y me deja bien. Lo que pasa es que lo poco agrada, pero lo mucho enfada. Voy a ejercitarme como inventor de refranes: «Al día un estornudo, cojonudo; diez estornudos al minuto, desastre puto». Eso, por decirlo en plan fino.

Metido en el estado febril propio de la gripe, me pongo a revisar el pasado. Me acuerdo de las muchas gripes que me tocó padecer cuando era trabajador por cuenta ajena.  Las tenía de dos tipos: bienvenidas y malvenidas. Había épocas en las que estaba hasta los mismísimos del curro y que, cuando me encontraba mal y me ponía el termómetro, miraba con verdadero cariño la demostración práctica de que estaba hecho unos zorros. ¡38,5º C! ¡Yupi! A casa, a la cama y a razón de tres películas por día!

Sucedía en otras ocasiones que la cosa vírica se me venía encima cuando estaba metido en algún asunto profesionalmente apasionante. En cuyo caso, me enfurecía. Entonces no me ponía el termómetro o, en el caso de que me obligaran a hacerlo, no hacía ningún caso del resultado. «¿38,5º C? ¡Que se joda!», decía. Y seguía trabajando cual fiera corrupia.

Lo que no me preocupaba, en ninguno de los dos casos, es lo que iba a suceder a fin de mes. Porque, me tomara la enfermedad como me diera la gana, cobraba lo mismo. El Estado del Bienestar sirve para que, en caso de malestar, te paguen igual.

Ahora, por culpa de mi mala cabeza, ya no trabajo para una empresa económicamente solvente, sino para mí mismo. Soy Ortiz Sociedad Limitadísima, empresa que se compone de un solo patrón y un solo obrero, dos y uno solo, a la vez. Y cuando se trabaja, se cobra. Y cuando no, pues no. ¿Que el operario Ortiz no se presenta en las dependencias de Pásalo el martes a las 15:45, para que lo maquillen y pueda salir a las 16:00 diciendo chorradas en la tertulia correspondiente? Pues qué mal para él. ¿Y que no está disponible el miércoles a las 08:30 para la tertulia de Radio Euskadi? Pues lo mismo. ¿O que llega un domingo o un miércoles y no puede mandar nada a El Mundo para que se lo saquen al día siguiente en forma de columna? Pues todavía peor. No le pagan ni un euro, et puis c'est tout.

Resultado: te viene la gripe, la pliegas con mucho cuidado, te la metes en la cartera, haces como que no y sigues trabajando igualito.

Nota bene.– Los párrafos anteriores fueron escritos por Javier Ortiz el martes 14 de febrero, a las 10:15 de la mañana, con 38,5º C de temperatura corporal y justo antes de acudir al aeropuerto de Madrid para que un avión lo condujera a Bilbao y pudiera participar en la tertulia de Pásalo. Nuestro hombre lanzó la consigna: «¡Curro o muerte! ¡Perderemos!» Pero estaba tan débil que nadie percibió su hilillo de voz.

Regresó a la capital del Reyno a última hora de la tarde. El taxista que lo condujo a casa se le confesó seguidor del Atlético de Madrid. «Yo soy de la Real, así que tenemos hasta muertos de por medio», le dijo Ortiz, sardónico. El taxista le entendió: «Bueno, pero hoy tenemos un enemigo común». «Ah, es verdad», dijo Ortiz. «A ver si gana el Zaragoza». Y el taxista, más entendido que él, le respondió: «No. Que gane el Madrid 4-0.»

Sádico, pero astuto. Y encima acertó.

Escrito por: ortiz.2006/02/15 06:00:0.230000 GMT+1
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