2006/03/06 06:09:25 GMT+1
Nunca me ha convencido la idea, muy difundida en Euskadi, de que el Estado español encierra cuatro naciones. Por bastantes motivos, el principal de los cuales es que la defensa de esa concepción obliga a convertir en una nación a todo lo que no es ni Euskadi, ni Cataluña, ni Galicia: una amalgama de carácter utilitario, sin demasiado fundamento. Algunos amigos míos de ideología nacionalista descartan las definiciones de nación que toman en cuenta sólo los rasgos objetivos y se inclinan por basar el hecho nacional en el sentimiento de identidad de los pueblos. No tengo nada en contra de esa preferencia conceptual –tampoco mucho a favor: es un asunto que dista de apasionarme–, pero no puedo por menos que llamar la atención sobre las incongruencias a las que puede dar origen. Porque la población no vasca-no catalana-no gallega del Estado español no manifiesta el menor interés en constituir una nación de no vascos-no catalanes-no gallegos. Son un conjunto de poblaciones que no se ven como una entidad única y, a la vez, distinta.
A la hora de establecer mi «idea de España», hace años que siento una instintiva predilección por lo práctico y funcional o, si se prefiere, una precavida aversión por las ideas esencialistas, tanto favorables como contrarias.
Acabo de mencionar una «contraria». Me referiré ahora a otra «favorable».
El ejemplo me ha venido sugerido esta mañana por la lectura de la prensa. He leído que gentes afines al PP temen que, si no se pone límites concretos e infranqueables al proceso de autonomización del Estado –lo dicen, claro está, a propósito del Estatut, pero más en general–, «España» se convierta dentro de nada en «un cascarón vacío».
Es obvio que para esa gente la Generalitat y demás instituciones autonómicas quedan fuera de su «idea de España». La misma lógica podrían aplicar a las diputaciones, a los ayuntamientos, y hasta a las juntas municipales de distrito. Para ellos, sencillamente, un poder descentralizado no es un poder. Su idea de «España» se concentra en el poder central, y toda cesión de poder hacia abajo es un vaciamiento «de España» que tiende a convertirla en «un cascarón vacío».
Existe otra posible «idea de España», que es la que se deduce de los hechos prácticos. Consiste en constatar –más que en creer– que España es uno de los estados componentes de la Unión Europea, que tiene cedidas a las instituciones comunitarias buena parte de los poderes que antes se consideraban específicamente nacionales y que, en su organización interna, ha estructurado las funciones que le quedan, que no son pocas, de un modo en el que se mezclan sus tradiciones centralistas con nuevas fórmulas federalizantes, que no federales, que tratan de dar respuesta a lo abigarrado de su composición nacional. Si «España» frenara o recortara su proceso de autonomización, sería «España». Pero si lo acentuara y se convirtiera en un estado federal, o incluso confederal, seguiría siendo también «España». Porque el «cascarón vacío» puede llenarse con lo que mejor convenga a la voluntad popular en cada momento, y tan ricamente.
Vistas las cosas así –que es como son o, por lo menos, como están– la Generalitat de Cataluña, con o sin nuevo Estatut, forma parte del Estado español, esto es, «de España», y el trasvase de poderes que pueda recibir de la autoridad central no será, en realidad, más que una operación de vasos comunicantes dentro del poder del Estado, esto es, «de España».
Cosa que a algunos parecerá mejor, a otros peor y a otros indiferente, pero real como la vida misma.
Nota de edicion: Javier dictó una conferencia el 5 de mayo de 1999 en el Ateneo de Madrid. Lo hizo en unas jornadas organizadas por la Revista Página Abierta. La conferencia, Una cierta idea de España, está en la sección de conferencias de la vieja PWJO.
Escrito por: ortiz.2006/03/06 06:09:25 GMT+1
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2006/03/05 07:23:00 GMT+1
El gran debate político del
momento es: las elecciones para el Gobierno de España ¿se van a seguir ganando
desde los signos externos de la moderación, del llamado centro, o pueden afrontarse con éxito ofreciendo una imagen y un
programa de derecha pura y dura? Hace
días expresé aquí mismo mi criterio, en principio inclinado hacia la primera de
las hipótesis, pero algunos lectores me han escrito confiándome su sospecha de
que en los dos últimos años se ha producido en la política española un corrimiento de tierras hacia la derecha
que explicaría –y justificaría, en la práctica– la línea dura que están
aplicando los principales dirigentes del PP, jaleados por Aznar. Yo ya avisé de
que mi punto de vista no se fundamentaba en datos científicos, ni mucho menos;
que era más bien cosa de olfato. Quienes
creen que puede producirse la posibilidad contraria lo hacen apelando a ese
mismo sentido, sólo que con resultados contrarios: a ellos, la situación que se
ha ido creando les huele muy mal.
Por lo que se ha visto en la
Convención del PP de este fin de semana –y a la espera del discurso de Rajoy,
que no creo que ofrezca mayores variantes–, la cúspide de la derecha española
está firmemente convencida de que, si quiere abrirse camino hacia La Moncloa,
no tiene que moderar su discurso, sino todo lo contrario. ¿Por qué cree eso?
¿Cuenta con estudios sociológicos que le dan cuenta de una fuerte inclinación a
la derecha de la opinión pública –excluida, claro está, la «periférica»– o
también lo suyo es cosa de olfato? La
lógica parece inclinarse más bien por esto último porque, de haberse constatado
una tendencia social irrefutable hacia la derechización, se explicaría mal que
alguien como Alberto Ruiz Gallardón, que no es imbécil, haya vuelto a reclamar
moderación a su partido. Piqué –de cuyas luces tengo más dudas, dicho sea a
fuer de sincero– ha apuntado en la misma dirección. Hoy mismo declara en El País que «un partido con vocación de
gobierno tiene que ampliar su mensaje». Y añade: «Yo creo que ese deseo [de
moderación] es un sentir general del partido. Estos días hablo con mucha gente
y veo un clarísimo apoyo a esa línea.»
De lo que tengo escasa duda es de
que la batalla principal se librará en el terreno ideológico, entendido el
término en su sentido clásico. ¿Quién logrará que lo suyo parezca más «adecuado a los tiempos que corren», a «las
necesidades de nuestro tiempo», a «la modernidad» y demás lugares comunes de
amplio consenso? No lo sé. Lo que sí sé es que el PSOE no está haciendo un buen
trabajo de propaganda. Y que, como ya he escrito bastantes veces, no tiene
demasiados instrumentos de propaganda, pese a estar (teóricamente, al menos) en
el poder.
Ya me veo a algunos de los míos,
reconvertidos para la ocasión en otras tantas madres María de las bodas de
Canán, diciéndome: «Pero, hijo, ¿a ti y a mí qué nos va en esto?»
Pues nos va. No porque sea
fantástico que siga Zapatero en el Gobierno (¡desde luego que no!), sino
porque, si regresa Rajoy (¿o sería directamente Aznar?), ya me sé de varios
proyectos históricos que podemos ir archivando. O llevando directamente al
campo de batalla.
Escrito por: ortiz.2006/03/05 07:23:00 GMT+1
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2006/03/04 07:45:00 GMT+1
De todos los augurios
catastrofistas que tanto prodiga José María Aznar desde que fue apeado de la
peana presidencial por decisión de los votantes, el que más asombro me produce
es el que se refiere al «peligro de balcanización de España». Ayer reiteró el
tópico en cuestión en esa Convención de aires republicanos –republicanos estadounidenses,
se entiende– que está celebrando su partido en Madrid. Lo señaló como peligro «a medio plazo».
Si Aznar utiliza el término
«balcanización» en su acepción más frecuente y reciente –la que se refiere al
proceso de desmembración de la Yugoslavia formada tras la II Guerra Mundial
(*)–, lo menos que puede decirse es que ha ido a servirse de un ejemplo muy
poco conveniente para sus fines propagandísticos. Hoy casi nadie discute que el
factor que más contribuyó a la corrosión interna y posterior disgregación de la
República presuntamente federal y socialista de Yugoslavia fundada por el
mariscal Tito en 1945 fue el empeño serbio de controlar y dominar las instituciones
conjuntas del Estado, lo mismo que el partido único, la Liga de los Comunistas,
en la que los dirigentes serbios tuvieron siempre una posición hegemónica.
El fracaso de Yugoslavia como
estado unificado fue producto, en muy buena medida, de la rígida negativa de
los políticos serbios a participar en una república verdaderamente federal,
negativa que no dudaron en expresar por la vía armada, y de los modos más
expeditivos y crueles, cuando los integrantes de las otras comunidades
integrantes del Estado, negándose a prolongar esa situación, plantearon su
independencia (a veces alentada con discutible sentido de la responsabilidad
por algunos políticos europeos muy bien relacionados con José María Aznar, todo
sea dicho).
No creo que los acontecimientos
de los Balcanes puedan proporcionarnos demasiadas lecciones de uso interno,
dadas las muy marcadas diferencias de todo tipo existentes entre ambas
realidades. Me parece bastante claro que, de correr peligros nuestra vida
colectiva, su «balcanización» no es uno. Pero, si decidiéramos prescindir de
todo lo que nos distancia de los Balcanes para buscar lo que pueda haber de
común entre ambas penínsulas y obtener alguna lección de ello, es obvio que esa
lección sólo puede hablarnos de los peligros del unitarismo a ultranza y de la
uniformización forzosa.
Por decirlo gráficamente: lo más
parecido a Milosevic que hay en España es el propio Aznar.
___________
(*) El término «balcanización» empezó a utilizarse a finales
del siglo XIX para referirse al tenso proceso de aparición y desaparición de
estados que experimentó esa península del sureste europeo en función de los
intereses de las grandes potencias. No es que los intereses de las grandes
potencias desaparecieran más tarde de la zona –Alemania y Rusia, en particular,
no han parado de enredar en ella–, pero ya bajo otros supuestos.
Escrito por: ortiz.2006/03/04 07:45:00 GMT+1
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2006/03/03 05:48:17.901000 GMT+1
Ya ha ocurrido en dos ocasiones. La
primera pudo considerarse circunstancial. Dos ya marcan una tendencia.
En cosa de pocos días, El País ha llamado por dos veces al
orden a Rodríguez Zapatero, reprochándole haberse distanciado en exceso del PP
en materia de política antiterrorista.
Para cuantos sabemos de la
estrechísima relación que existe entre el staff
del grupo de Polanco y la dirección del PSOE, ese dato no puede pasar desapercibido.
El asunto no es tanto que haya desacuerdos entre ellos. Lo verdaderamente
significativo es que PRISA haya decidido airearlo.
Su primera crítica frontal fue
realmente injustificada. Reprocharon a Zapatero que no fuera al congreso de
víctimas del terrorismo que se celebró en Valencia hace un par de semanas. Pero
todo el mundo –incluida la gente de Polanco, por supuesto– sabía que si
Zapatero acudía a ese congreso le iban a montar el número. De hecho, se lo
montaron a Gregorio Peces Barba por mucho menos. La torpeza habría sido acudir.
Lo que El País debería haber hecho es
tomar posición neta e inequívoca con respecto a esas organizaciones de víctimas
que se comportan como segundas marcas del PP y sirven de ariete a la extrema
derecha. Pero prefirió zurrarle a Zapatero.
Su segunda crítica se ha apoyado
en otra excusa: el rifirrafe verbal entre los portavoces del PP y del PSOE. Que
Acebes es capaz de lanzar contra el Gobierno las acusaciones más truculentas y
disparatadas, de un lado, y que José Blanco padece de incontinencia verbal, del
otro, son cosas bien sabidas, pero de ahí a que lo correcto sea situarse a
medio camino entre Rajoy y Zapatero hay
un abismo. Es lo que hizo El País el
pasado miércoles en su artículo editorial, titulado «No jueguen con eso».
Decía: «Ni el Gobierno se ha vendido a los terroristas, ni los del PP prefieren
que siga ETA mientras gobiernen los socialistas». Expresarse en esos términos
supone situarse en una equidistancia absurda, porque la primera de las
proposiciones es sencillamente ridícula, en tanto la segunda roza lo obvio. Por
supuesto que al PP le horroriza la posibilidad de que Zapatero pueda apuntarse
el tanto de haber propiciado el fin de ETA.
Lo significativo de todo este
asunto no es que haya una empresa de comunicación tradicionalmente muy próxima
al PSOE que se esté distanciando de él en un punto clave de la agenda política,
sino que esa empresa representaba el
único grupo de comunicación privado con el que podía contar Zapatero para
que respaldara sus opciones relativas a la pacificación de Euskadi. O sea, que
no tiene ni eso.
He señalado muchas veces que la
llamada política vasca de Zapatero
está hecha más de palabras que de realidades, que apenas ha movido ni un dedo
para nada concreto en la dirección positiva –y sí, y en varias ocasiones, en la
negativa–, que está perdiendo lastimosamente un tiempo precioso... Así lo creo
y así lo digo. Pero tampoco sería justo si no reconociera que ese hombre, que
tampoco es gran cosa, tiene que trabajar con una tropa que parece como si
estuviera a las órdenes del enemigo.
O tal vez forma parte del enemigo.
Escrito por: ortiz.2006/03/03 05:48:17.901000 GMT+1
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2006/03/02 06:17:47.018000 GMT+1
«Hay que escuchar el clamor de
las víctimas», dicen sin parar. Objeción primera: a mí, por lo menos, me es
imposible escuchar el clamor de las
víctimas, porque no lo oigo. Oigo, eso sí –y además sin parar–, el clamor de
los representantes de algunas organizaciones de víctimas, casi todas ellas
indirectas (es decir, pertenecientes al entorno familiar de quienes fueron
víctimas directas). Pero esos representantes no representan a todas las
víctimas. Ni siquiera a todas las víctimas del terrorismo. Ni siquiera a todas
las víctimas del terrorismo reciente. Ni siquiera a todas las víctimas del
terrorismo de ETA.
En cuanto al clamor de esos
representantes de algunas víctimas casi todas indirectas del terrorismo
relativamente reciente –y, como ya digo, no de todos los terrorismos–, lo
primero que me parece obligado decir es que no veo a cuento de qué se dedican a
clamar. Uno tiene razón para clamar cuando habla en tono normal y no le hacen
caso. Pero a los representantes de esas organizaciones de víctimas del
terrorismo que claman se les hace mucho caso, y se les recibe en muchos foros,
y se les proporcionan muchos altavoces, y se les conceden muchas de sus
demandas.
El problema es que algunos de
esos representantes clamantes claman exigiendo que los demás asumamos una
determinada línea política. Una línea que establece qué debe hacerse en muchos
planos: qué vías han de seguirse para lograr la paz en Euskadi, qué partidos
políticos deben ser legales y cuáles otros ilegales, qué sociedades merecen el
calificativo de naciones y cuáles no, qué modelo de organización territorial
debe adoptar el Estado español... Y eso no les corresponde decidirlo a ellos,
por muy víctimas o muy familiares de víctimas que sean. Para decidir sobre ese
género de asuntos hay que formar un partido político, presentarse a las
elecciones, obtener la mayoría parlamentaria y sacar adelante las leyes
correspondientes.
Alternativamente, también podrían
obtener los objetivos que pretenden si reuniera esos requisitos el partido en
el que ya militan de hecho.
He escrito más arriba que esos
representantes de víctimas no representan a todas las víctimas, etcétera,
etcétera. Es cierto que hay otros representantes de otras víctimas que no
comparten esos criterios políticos. Que tienen otros, no sólo diferentes sino
incluso opuestos. Lo cual me parece muy digno de estima, pero indiferente, a
estos efectos. Tampoco ellos tienen derecho a dictar líneas políticas a la
sociedad.
A lo que tienen que dedicarse los
representantes de las organizaciones de víctimas, o de familiares de víctimas,
es a lograr el reconocimiento social que merece la desgracia que representan y
a obtener mejoras en las condiciones de existencia de sus representados.
Que no es poca cosa. Mucha otra
gente no menos desgraciada no tiene nada de eso.
----------------
Post data. – «El principio de humanidad debe estar del lado de las víctimas», sostiene el Tribunal Supremo español. Pues no, señores. El principio de humanidad debe estar del lado de todos los humanos. Y si ustedes, jueces supremos, no han entendido eso, no están capacitados para impartir justicia. Condenas sí, pero no justicia.
Escrito por: ortiz.2006/03/02 06:17:47.018000 GMT+1
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2006/03/01 06:22:11.982000 GMT+1
Los más listos
del lugar han descubierto que los gritos y burlas racistas que una parte del
público del estadio de la Romareda dedicó a Samuel Eto'o en el encuentro
Zaragoza-Barcelona del pasado sábado no reflejan una actitud realmente racista.
Sostienen que se trató de una argucia –de mal gusto, por supuesto, pero
argucia, a fin de cuentas– destinada a conseguir que el futbolista camerunés
perdiera los nervios y jugara mal. Argumentan
que tales prácticas no están bien, desde luego, pero que son muy frecuentes en la
mayor parte de los estadios de todo el mundo. Y, como prueba de que el racismo
de lo sucedido es más aparente que real, aportan el hecho de que el propio Real
Zaragoza tiene también jugadores «de color» a los que el público no sólo no
insulta, sino que aplaude, y hasta ovaciona, si se tercia.
No sé cuánta
gente considerará que estos argumentos son serios y convincentes pero, como no
he visto que hayan suscitado mayor rechazo en los medios deportivos –desde
luego no el rechazo que creo que se merecen–, he creído que tal vez no esté de
más comentarlos.
«Se trata tan
sólo de poner nervioso al jugador», dicen. Pero, ¿por qué eligen esa vía para
tratar de sacarlo de sus casillas? Todavía no he visto que en ningún campo de
fútbol español el público trate de poner nervioso a un jugador de raza blanca
gritándole «¡Blanco de mierda!». ¿Son sólo modos
malvados de chinchar, sin más trastienda? Pues es raro, en tal caso, que a
ningún futbolista alemán se le haya coreado nunca: «¡Nazi, gaseador,
genocida!», o cosa semejante.
No. Con los
blancos se utilizan otros insultos (¿o debo decir «argucias»?) que son también reflejo
de la ideología de quienes los emplean. En el caso de los futbolistas
convenientemente blancos –y no digamos si encima son rubios y tienen los ojos
azules–, se apela a las hipotéticas habilidades sexuales de sus madres y sus
hermanas, o a la posible orientación de su sexualidad. Pero de pieles, nada.
«En casi todos los
estadios del mundo se gritan cosas así», añaden. ¿Seguro? Yo he visto partidos
de fútbol celebrados en África y no he oído que a ningún jugador lo insultaran
afeándole el color de su piel.
«No le demos
tanta importancia. Es cosa de una pequeña minoría», alegan. Tampoco ese
argumento vale. Esa pequeña minoría se puede explayar porque la mayoría se lo
permite. Si los de esa minoría hubieran lanzado gritos contra Aragón, la mayoría los
habría sacado a boinazos.
«¿Y cómo
explicas que no se metan con los jugadores negros de su propio equipo?»,
rematan, triunfales. ¡Dios mío, pero si eso es tan viejo como la Humanidad
misma! Responde a un principio que, dejándose de afeites, se formula así: «Si
aquel al que tienes por inferior te sirve y te es útil, otórgale tu
condescendencia, y hasta tu magnánima bondad.»
Y que conste
que el público de la Romareda no es ni mejor ni peor. Podía haber sucedido lo mismo en
cualquier otro campo de fútbol español.
Escrito por: ortiz.2006/03/01 06:22:11.982000 GMT+1
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2006/02/28 06:00:0.309000 GMT+1
El boletín
gratuito El Periodista Digital tiene
cosas positivas.
Pongo en su
haber, en particular, que llame la atención sobre noticias aparecidas en
diversos medios, españoles e internacionales, que quienes leemos periódicos por
nuestra cuenta, por sistemáticos que seamos y tiempo que dediquemos a la tarea,
no estamos en condiciones de abarcar.
En su debe hay
que colocar –o por lo menos yo coloco: allá cada cual con sus gustos– su marcada
inclinación por el tratamiento frívolo de los acontecimientos serios y su gusto
por los acontecimientos directamente frívolos. También su nada disimulada línea
derechista. Muy derechista, casi siempre.
En el capítulo
de su gusto por las frivolidades habrá que incluir, supongo, el reportaje que difundió
ayer bajo el título Las perlas de Bush y
otras pifias patrias, en el que daba cuenta de algunas afirmaciones
absurdas y estrafalarias supuestamente
pronunciadas por diversos políticos.
Empezaré por
reconocer que estoy ya desde hace tiempo hasta los mismísimos de esas
colecciones de despropósitos que se atribuyen a unos u otros políticos y que
jamás aportan las referencias necesarias de cada gazapo, a saber: cuándo fue soltado,
dónde fue soltado y qué medio de comunicación lo recogió en su momento. Mi
mosqueo tomó cuerpo muy sólido cuando comprobé que hay algunas frases tontas
que, a lo largo de los años, han sido atribuidas con el paso del tiempo a
varios personajes. Los presidentes de los EEUU se llevan la palma: de creer en
esas tan recurrentes como celebradas colecciones de deslices, hay tonterías que
han sido dichas sucesivamente y con las mismas palabras por Ford, Reagan y
Bush.
En el reportaje
de El Periodista Digital de ayer se
incluyen, como es de lamentable rigor, algunas de esas frases de origen harto
dudoso (por ejemplo, la de Esperanza Aguirre: «Nunca he leído a Sara Mago».
Después de muchos años, sigo sin encontrar a nadie que certifique en público y
comprometiendo su palabra que él se lo oyó decir tal día y en tal sitio).
La
particularidad que aporta la enésima versión de lo mismo que sirvió ayer El Periodista Digital, y quizá la más
triste, es la inclusión en la lista de algunas frases supuestamente tontas que
no tienen nada de tontas pero que se ve que han sido tomadas por tontas por
alguien que las ha oído... y no las ha entendido.
Me ha resultado
particularmente llamativo que se clasifique como pifia –subrayada además como
pifia que alcanza «cotas de expresión inusitadas»– una afirmación de José Luis
Rodríguez Zapatero: «Me nacieron en Valladolid». Aparte de que la humorada no
tiene nada de inusitada (el «on est né
quelque part» sirvió incluso para título
de una canción antixenófoba en Francia hace ya bastantes años), está el hecho
de que ni siquiera cabe considerarla en rigor como boutade. Si bien se mira, nacer
es uno de los verbos menos intransitivos de entre los verbos intransitivos de
la lengua castellana. Y no sólo porque los humanos necesitemos bastante ayuda
para venir al mundo –no es algo que nos arreglemos fácilmente para hacer por
nuestra cuenta–, sino también –y a eso apunta la intención irónica de la frase–
porque no es el resultado de una decisión nuestra. (Son incontables los
millones de adolescentes que a lo largo de los siglos han escupido a sus
progenitores: «¡No me pedisteis permiso para traerme al mundo!»).
Es lo malo que
tiene dedicarse a hacer un periodismo de jijí-jajá, como éste: que en el camino
uno puede dejarse las normas más básicas del periodismo, como contrastar las
presuntas informaciones y tomarse el trabajo de reflexionar sobre ellas y documentarlas.
Aunque en eso El Periodista Digital, que tanto empeño
pone en que se le trate como a los periódicos de verdad (es decir, de pago), demuestra estar a la altura que pretende:
cada vez es más habitual toparse en la prensa presuntamente seria con supuestas informaciones que
nadie se ha tomado el trabajo de contrastar y que denuncian como escándalos
sucesos que no tienen nada de tales.
Escrito por: ortiz.2006/02/28 06:00:0.309000 GMT+1
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2006/02/27 06:00:0.751000 GMT+1
Me llegan
algunos correos electrónicos en los que, entre otras cosas, me piden que
explique qué es eso del «techo electoral» del PP, al que hago alusión en la
columna que hoy me publica El Mundo. Su demanda es muy razonable. En efecto, tengo algunos lectores
que, felizmente para ellos, allá por los años 80 no seguían los meandros de la vida
política española, más que nada porque no tenían edad para ello. Bastantes incluso
ni siquiera iban aún a la escuela, si es que habían nacido.
De modo que, a
su requerimiento, explicaré rápidamente de qué hablo, porque no les sobrará
saberlo, sobre todo si se cumple mi pronóstico de que la derecha española puede
volver a toparse con otro «techo» como aquel.
Retomo los
elementos del caso.
Estamos en los
años 80 del siglo pasado. El PSOE gobernaba a la sazón con mayoría cómoda, primero
propia, luego pactada. El partido de la derecha, que por entonces mudó un par
de veces de nombre –de Alianza Popular a Coalición Popular, luego a Partido
Popular–, lograba resultados electorales valiosos, pero insuficientes, próximos
al 26% de los votos emitidos (26,36% en 1982, 25,97% en 1986, 25,79% en 1989). Sus
dirigentes comprendieron que así no iban a ningún lado. Que estaban condenados
a repetir ese mismo retrato cada cuatro años. La razón se hallaba en lo que buena
parte de la prensa capitalina empezó a llamar «el techo de Fraga». Nadie
discutía que Manuel Fraga, por entonces su dirigente máximo, tenía un gran
atractivo para la derecha española más recalcitrante, que le concedía
unánimemente su apoyo. Pero tan evidente como eso era que su estilo ultramontano, intransigente y
vocinglero no interesaba, cuando no asustaba, fuera de los límites de esa
derecha. O el PP cambiaba de imagen y empezaba a labrarse simpatías dentro de
los sectores sociales que se consideraban próximos al «centro político» (es
decir, a la derecha moderada, europea, abierta
a planteamientos modernos, coexistente
con ciertas posiciones de izquierda, nada exaltada) o nunca lograría obtener el
respaldo electoral necesario para desbancar al PSOE y llegar a La Moncloa. Conscientes
de ello, invitaron a Fraga a que se fuera a labrar su predio gallego, llevaron
al por entonces modosito José María Aznar a la Presidencia del partido y, poco
a poco, con la inestimable ayuda del disparate felipista, con la corrupción económica y el terrorismo de Estado por delante, el viaje al centro del PP fue ganando en
credibilidad y en enteros.
Lo que decimos
algunos –yo entre ellos– es que, tras la derrota electoral del 14-M, el PP se ha
ido metiendo cada vez más decididamente por una vía de radicalización
derechista que le está devolviendo, con ciertas variaciones, a los
planteamientos intransigentes y reaccionarios que configuraron «el techo de
Fraga» en la década de los 80. Que se está alejando a ojos vista del «centro»
y, con ello, de sus posibilidades de congregar una nueva mayoría electoral. Porque,
aunque algunos signos externos estrafalarios puedan dar a entender lo
contrario, en el electorado español siguen teniendo un peso decisivo las gentes
timoratas y sin ganas de aventuras (incluidas las aventuras derechistas); las gentes que
son conservadoras y de orden, pero
que no sienten mayor fascinación por las rigideces ultraconservadoras y los
mítines del Episcopado.
¿Es acertado mi
diagnóstico? Espero que sí. Por vuestro bien y por el mío.
Escrito por: ortiz.2006/02/27 06:00:0.751000 GMT+1
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2006/02/26 06:00:00 GMT+1
Según la Delegación del Gobierno
en Madrid, la manifestación que se celebró ayer en la capital del Estado contra
la política antiterrorista del Gobierno central («la política terrorista de
Zapatero», dijo Ana Botella, en un alarde de espíritu convivente), congregó a
110.000 personas. De creer a la Comunidad de Madrid, los manifestantes habrían
sido en realidad 1.400.000. O sea, casi 13 veces más. Ya metidos en gastos, los
propios convocantes elevaron el cómputo a 1.700.000. No sé qué habría podido
suceder de verse Ángel Acebes en la obligación de realizar una estimación
propia: supongo que su aportación a esta especie de homenaje colectivo al
milagro de los panes y los peces habría entrado en competencia directa con el
censo nacional.
El problema del PP es doble.
Para empezar, porque nadie se
toma en serio esas cifras.
Si quisieran volverlas creíbles,
no tendrían más que hacer públicas las fotografías aéreas de la concentración.
Sabiendo la cantidad de personas que entran en un metro cuadrado de terreno y
calculando los metros cuadrados ocupados por los manifestantes, bastaría con
multiplicar. En tal caso, verían que el número de personas que acudieron ayer a
su llamamiento no es mayor, ni mucho menos, al que la mayoría les habríamos
atribuido de antemano y sin necesidad de que se gastaran nada en autocares.
¿Cuánta gente hubo, realmente? Tampoco
es que importe demasiado, pero menos –dicen los calculadores expertos– que la
que se reunió el pasado 18 en Barcelona bajo el lema «Som un nació y tenim dret a decidir». Sólo que los que hicieron el
llamamiento a la manifestación catalana se dirigían a un conjunto de 8 millones
de personas, y los de Madrid de ayer, a un colectivo cinco veces más amplio.
Éste es el segundo aspecto básico
de su problema: que están siguiendo una política relativamente efectiva de
crispación progresiva de sus incondicionales, lo que sin duda los vuelve cada
vez más agresivos, pero no los hace crecer en número. Yo no descartaría ni mucho
menos que, tanto más crispados vuelvan a los suyos, tanto más generen una
reacción de extrañamiento y lejanía en la mayoría de la población.
Hay quien sostiene que, en este
momento, el mejor agente electoral de Zapatero es Rajoy. Yo suelo contestar, no
sin cierta coña, que, a la vista de los agentes electorales que tiene Zapatero,
eso tampoco es tan difícil.
Escrito por: ortiz.2006/02/26 06:00:00 GMT+1
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2006/02/25 06:00:00 GMT+1
Oí ayer a Baltasar Garzón,
entrevistado tras el acto de presentación de otro libro (que, para no
discriminar a los anteriores, tampoco leeré). Se le notaba incómodo. Para mí
que los últimos rumores y expectativas le han pillado con el pie cambiado. Él tenía
previsto que este regreso suyo de los Estados Unidos se viera rodeado de
grandes alharacas, aclamado como estrella de las estrellas y, en especial, como
gran teórico de la identidad entre nacionalismo y terrorismo (ambos vascos, por
supuesto). Sin embargo, con lo que se ha encontrado es con que sólo los jefes del
PP –los de la Guerra de Irak y la defensa de Pinochet– han acudido a reírle las
gracias.
Garzón nunca ha sido un buen
orador. Es ésa una deficiencia muy común que no importa gran cosa cuando quien
habla se propone decir algo con peso específico suficiente, pero que chirría
mucho cuando es obvio que el individuo en cuestión no tiene nada que decir, o
peor todavía: que tiene mucho que callar. Entrevistado ayer para el informativo
de Gabilondo en el canal Cuatro, lo que más llamó la atención fue la pelea que
emprendieron en el rostro del juez su mirada huidiza y su verbo inconexo, como
si ambos trataran de rivalizar en patetismo ante las cámaras. (Combate nulo:
ambos se mostraron igual de ausentes.)
Según le veía pasar el trago, le
entendí. (Entender no equivale a simpatizar, como tantas veces he tenido que
explicárselo a él y algunos de sus próximos cuando hemos hablado de ETA).
Entendí su drama. Garzón es un
hombre con muchas limitaciones que se vio elevado a las glorias del estrellato
porque se subió –o se dejó subir– a una ola que parecía destinada a servir de
decorado a una postal playera. Algunos dicen que apostó fuerte. Lo cierto es
que puso una vela en el altar de Mayor Oreja y otra en el de Polanco. Tiró su
moneda al aire convencido de que, si salía cara –¡vaya cara!– le tocaba
Polanco, y si cruz –¡qué cruz!– Mayor Oreja. ¡Ganaba de todas, todas!
Nadie le hizo ver que, cuando se
lanza una moneda al aire, hay una tercera posibilidad, por improbable que
resulte: que la moneda caiga de canto.
He dicho –y confío en que alguien
lo recuerde, si falta hiciera recordarlo– que no tengo puestas ni mucho menos
mis mayores esperanzas en la posibilidad de un acuerdo que propicie la
pacificación y la normalización de Euskadi. Eso, en el supuesto de que creyera
que la sociedad vasca, o cualquier otra, pudiera «pacificarse» y «normalizarse»
de manera más o menos seria, y no digamos definitiva. Ahora bien, de ocurrir
algo parecido a eso –de desaparecer ETA del panorama, más en concreto–, me
planteo –no sin un cierto alborozo sádico, para qué negarlo– a qué narices
podrán dedicarse los muchos, muchísimos, que a lo largo de las últimas décadas
se han dedicado a vivir de/contra/sobre/gracias a ETA. Me refiero a toda esa
intemerata de agitadores, periodistas, jueces, fiscales, políticos, ensayistas,
arrepentidos y otros beneficiarios de prebendas varias que no hablan más que de eso, no porque de eso sepan, sino porque han conseguido que la gente se piense que
saben de eso, y que por ello, y nada
más que por ello, merecen tener unos cargos y unos sueldos de aquí te espero.
¿Alguien se imagina a un Garzón
sin ETA? Sería como un repollo sin vinagre.
Bueno, lo del repollo él lo
garantiza, hasta en el peor de los casos.
Escrito por: ortiz.2006/02/25 06:00:00 GMT+1
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