2006/03/26 06:00:00 GMT+1
Las asociaciones de víctimas del terrorismo hicieron público ayer un comunicado conjunto en el que, a la vez que expresaban su deseo de que el «alto el fuego permanente» proclamado por ETA presagie el fin de la organización terrorista, manifestaban algunas consideraciones políticas que iban bastante más allá de ese plausible deseo.
Dentro de esas consideraciones, figuraba una que sostenía que «el final del terrorismo no puede conducir a la frustración de las aspiraciones de justicia de las víctimas». Lo afirmaba como si se tratara de una evidencia. Y no lo es.
Aclaremos, para empezar, que cuando dice «no puede» lo que quiere decir es «no debería». Porque lo que es poder, puede. Está sobradamente acreditada la capacidad de los poderes públicos para frustrar los deseos de justicia de toda suerte de víctimas en razón de intereses superiores, reales o supuestos.
Hay muchos miles de conciudadanos nuestros que lo saben muy bien, por triste experiencia personal. La tan festejada Transición española encontró uno de sus principales fundamentos en el pacto implícito por el que se decidió dejar a beneficio de inventario todos los crímenes cometidos por la dictadura franquista, renunciando a exigir responsabilidades no sólo a quienes los cometieron, sino incluso a los que amasaron cuantiosas fortunas aprovechándose de ellos. Y no estamos hablando de 800 muertos, sino de cifras seguidas de bastantes ceros más, tanto en víctimas como en dinero. Asesinatos, ejecuciones sumarias, torturas, robos, expropiaciones ilícitas... todo ello realizado bajo el amparo del poder de un Estado impuesto por la fuerza de las armas.
¿Fue un ejemplo de responsabilidad histórica hacer borrón y cuenta nueva con todo aquello, pero sería inaceptable que ahora se aplicara un remedo de lo mismo? ¿Convenía entonces dejar de lado el rigor de la justicia, pero sería una intolerable afrenta a los principios del Estado de Derecho ajustar ahora a las circunstancias la aplicación de la ley? ¿Fue necesario en aquel momento que prevaleciera la idea de que «a grandes males, grandes remedios» pero ahora ha de imponerse ineluctablemente el dura lex, sed lex?
Muchas víctimas del franquismo siguen sin olvidar ni perdonar a sus verdugos, pero han tenido que amoldarse mal que bien a la evolución de los acontecimientos, por mucho que les haya dolido. Saben que los imperativos políticos suelen ser proclives a las injusticias. Pero es curioso: nunca he oído a quienes ahora subrayan cuán abominable sería frustrar las aspiraciones de justicia de las víctimas decir ni media palabra sobre el agravio padecido por las muchísimas víctimas que les precedieron en eso de ver frustradas sus aspiraciones de justicia.
Estaría bien que explicaran ese silencio. Me da que resultaría ilustrativo.
Nota de edición: Javier publicó una columna con el mismo título en El Mundo: La frustración de las víctimas.
Escrito por: ortiz.2006/03/26 06:00:00 GMT+1
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2006/03/25 06:00:00 GMT+1
El falso firmamento de la Prensa española está lleno de presuntas estrellas del llamado «periodismo de investigación» que se las dan de saberlo todo de todo y de estar al cabo de la calle de los más escondidos secretos. Lo cierto es que, por lo general, su supuesta labor de investigación consiste en oír con avidez, creerse a pies juntillas y escribir artículos que dan apariencia de seriedad a los cotilleos que tal o cual político de pro, empresario de campanillas o jefe policial les hace con la desinhibida campechanía propia de los compadres de muchas alegres sobremesas.
Anteayer, durante el coloquio que siguió a una conferencia que pronuncié en A Coruña, un joven se interesó por la «información» que se publicó hace años sobre una supuesta «conspiración republicana» que se habría montado para acabar con la Presidencia de Felipe González por el original procedimiento de derrocar al rey. Esa «conspiración», a la que proporcionó aval Luis María Anson en uno de sus no muy infrecuentes ataques de ombliguismo agudo, habría tenido como protagonistas a Mario Conde, Alfonso Guerra, Antonio García Trevijano y Pedro J. Ramírez. Uno de los enterados que informaron sobre aquella «conspiración» añadió otro nombre al póquer de conspiradores: ¡el mío! Aseguró que yo era «la guinda izquierdista» de la tarta. Excuso decir que nadie me llamó jamás para contrastar esa historia o al menos para preguntarme si tenía algo que alegar antes de publicarla. Le habría dicho que jamás en mi vida había hablado con Mario Conde, que con Alfonso Guerra sólo hablé una vez, en 1977 –y que nuestro encuentro acabó como el rosario de la aurora, a grito pelado–, y que con García Trevijano sólo conspiré en los tiempos de la Platajunta, a favor de la ruptura democrática. La patraña, no obstante, se publicó, y aún queda gente que, lógicamente, duda sobre su veracidad.
El País sufrió ayer un patinazo de los que hacen época. Salió a los quioscos por la mañana con una información sorprendente. Ocupaba la práctica totalidad de su página 22 y llevaba un titular muy llamativo a cuatro columnas: «El Rey llamó a Rajoy antes de la sesión de control para pedir al PP apoyo institucional». La supuesta noticia, firmada por Ernesto Ekaizer, daba toda suerte de detalles sobre la petición que Juan Carlos de Borbón habría hecho a Rajoy a sugerencia –se decía– de Rodríguez Zapatero. El autor basaba el conjunto de sus aseveraciones en «fuentes parlamentarias» indeterminadas.
Lo que vino a continuación fue tan llamativo como la presunta noticia. Pocas horas después, la edición digital de El País incluía una rectificación, firmada por el propio Ekaizer, en la que se decía, literalmente: «El rey Juan Carlos no llamó por teléfono al presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, después del comunicado de la banda terrorista ETA y antes de la sesión de control del Congreso de los Diputados, en contra de lo que informaba hoy el diario El País.»
¿Cómo son posibles patinazos así? Por la desenvoltura con la que los medios, incluidos los que se las dan de más serios, publican supuestas noticias que, por unas u otras razones, que pueden ir desde la desidia y la frivolidad hasta la pura y dura mala fe, no se toman el trabajo de comprobar, de corroborar, de contrastar con los afectados.
Me da igual que el autor del artículo tuviera el convencimiento de que sus «fuentes parlamentarias» eran estupendísimas. Era la dirección del periódico la que debería haberse negado a sacar una exclusiva como ésa, sin que nadie con conocimiento de causa se responsabilizara de lo afirmado y sin haber dado a los aludidos la posibilidad de ratificarlo o de negarlo.
Ahora ya sólo nos falta saber lo que sucedió de verdad. No sólo entre Zapatero, el rey y Rajoy, sino también en El País.
Escrito por: ortiz.2006/03/25 06:00:00 GMT+1
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2006/03/24 06:00:00 GMT+1
Aunque sigo
liado con otras cosas –ayer me tocó doble ración de entrevistas y
colaboraciones escritas con varios medios, amén del desplazamiento a A Coruña y
la consiguiente conferencia–, he tratado de ponerme al tanto de las reacciones,
pronunciamientos, análisis y debates varios suscitados por el «alto el fuego
permanente» de ETA.
Me ha llamado la
atención lo mucho que se ha hablado y se está hablando sobre las dos posibles
actitudes que –dicen– cabe manifestar ante lo que está ocurriendo: la de los
«optimistas» y la de los «pesimistas». Los «optimistas» son, según esta
clasificación, los que afirman que la paz es conseguible y que, si se pone
voluntad en ello, se logrará. Los «pesimistas», en cambio –dicen–, son los que
sospechan que ETA no es sincera, que ha puesto en marcha la tregua como una
argucia para mejorar sus posiciones y que, un poco antes o algo después,
volveremos a las mismas.
No veo que mi
propia posición coincida con ninguna de estas dos.
Cuando oigo la
descripción de la posición de los «optimistas», me quedo frío. Para mí, la
lucha por la paz es una cuestión de principios: tanto daría que sólo hubiera
una posibilidad entre cien de lograrla; habría que intentarlo igual.
Tampoco me identifico
en absoluto con los temores de esos «pesimistas». En mi criterio, en este
momento encierran mucho más peligro los agitadores políticos y / o mediáticos
de la derecha española que los supuestos maquiavélicos de ETA.
La división
optimismo / pesimismo nunca me ha servido para gran cosa. El análisis desapasionado de
los problemas, de sus elementos positivos y de sus factores negativos, de las
posibilidades de éxito y de los peligros de fracaso, no es cuestión ni de
pesimismo ni de optimismo, sino de realismo estricto.
Ayer comentaba
con unos amigos y amigas de Santiago, después de la charla que tuvimos allí,
que lo que sí me ha parecido siempre muy importante es examinar cuidadosamente
las posibilidades de que las cosas salgan mal, e incluso muy mal, para tratar de corregir los errores nuestros que propicien el fracaso y para que, caso de producirse, no nos pille desprevenidos. Recordé
que el viejo líder de la independencia vietnamita, Ho Chi-minh, lo convirtió en
consigna: «Debemos estar siempre preparados para lo peor». En el extremo contrario habría que situar a Tomás Borge, por entonces ministro del Gobierno del Frente Sandinista, que, cuando le preguntaron qué haría el Frente si perdía las elecciones, dijo que no tenían previsto nada para esa eventualidad, porque era imposible. Los acontecimientos posteriores a su derrota demostraron que probablemente era cierto que no habían previsto nada.
Cuando examino
la situación que acaba de iniciarse en Euskadi, aplico esa norma de pensamiento
y de conducta: hay que estar siempre preparado para lo peor. Pero no creo que eso me incluya en el bando de los pesimistas, o
de los fatalistas. Me convierte, como mucho, en alguien que pretende ser un
poco menos atolondrado que otros.
Escrito por: ortiz.2006/03/24 06:00:00 GMT+1
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2006/03/23 07:08:19.442000 GMT+1
Me pilló ayer el
anuncio del «alto el fuego permanente» de ETA con el pie cambiado. Estaba en la
Facultad de Ciencias de la Información de Santiago departiendo con los alumnos
de tercer curso de Periodismo y fue un estudiante el que me dio la noticia. Me
habría venido bien afrontar una situación como ésa con más recursos materiales
a mi disposición. Tenía ya concertados otros encuentros y entrevistas, pero al
final logré hacer un hueco para regresar al hotel en el que estamos alojados y
cambiar la columna que ya había enviado a El Mundo, sustituyéndola por
otra (ver «Puente de plata») más acorde
con el momento, antes de regresar al centro de Santiago para dar la conferencia
que tenía prevista sobre «Poder y medios de comunicación».
Saqué algunos
ratos sueltos para oír la pequeña radio que siempre llevo conmigo e ir
enterándome de las reacciones suscitadas por la noticia. Esta mañana, a muy
primera hora, he podido conectarme con Internet y ponerme más al tanto. De
todos modos, sigo aún teniendo un fastidioso déficit de información que habré
de ir cubriendo durante los próximos días.
Advertido lo
cual, señalaré los aspectos que –así, inicialmente– me resultan más
preocupantes. Los enumero:
1º) Me inquieta
el porvenir que pueda tener la campaña judicial contra Batasuna, cuyo exponente
principal es en estos momentos la acción del neo-Garzón de la Audiencia
Nacional, Grande Marlaska. Los dirigentes de la izquierda abertzale ya han
anunciado que nada de lo que ocurra en ese frente variará su
determinación de respaldar la tregua, pero me cuesta creer que nadie sienta la
tentación de responder al hostigamiento judicial reactivando la kale borroka
y poniéndola en primer plano.
2º) Me preocupa
la posibilidad de que, si avanza el diálogo entre el Gobierno de Zapatero y la
dirección de ETA de cara a propiciar la autodisolución de la organización
armada, pueda haber un sector de ésta que reaccione negativamente, se escinda y
reemprenda las acciones violentas. Que surja lo que en la jerga del ramo
periodístico solemos llamar «una ETA “auténtica”», en alusión a lo que sucedió
en Irlanda. En nuestro caso, y a diferencia de lo que pasó en Irlanda, algo así
podría poner el peligro, si es que no dar al traste, con todo lo avanzado a
favor de la paz, porque aquí la posición del Gobierno central es mucho más
precaria.
3º) Lo cual me
conduce al tercer factor inquietante, que es la posición de la derecha
española. Ésta, aunque sienta cierto pudor a la hora de manifestar sus
verdaderos sentimientos, lo cierto es que no simpatiza nada con la idea de la
paz. Primero, porque piensa –con razón– que Zapatero puede obtener de ella un
activo electoral de primera magnitud, y segundo porque la permanencia del
conflicto favorece el mantenimiento y el desarrollo de su discurso maniqueo y
tremendista.
4º) En estrecha
vinculación con esto, me da miedo que la posición de la derecha se vea
favorecida por las tendencias más enquistadas e inmovilistas del propio PSOE,
que no tienen nada de desdeñables y que, además, están en sintonía con muy
amplios y enfurecidos sectores de la opinión pública existente del Ebro para
abajo.
5º) En fin –al
menos por hoy–, temo que Zapatero no se atreva a actuar con la debida
determinación para favorecer la marcha de las cosas, tomando medidas rápidas en
relación al colectivo de presos vascos (acercándolos a Euskadi, como primera
providencia), favoreciendo la constitución de la famosa mesa de partidos
encargada de abordar los problemas políticos del llamado «conflicto vasco» y
propiciando una campaña de pedagogía política intensiva que vaya remodelando
el estado de ánimo de la importante proporción de la ciudadanía española que
hoy por hoy se muestra muy reticente a todo ello.
Bueno, tiempo
habrá de ir tratando más en detalle todos estos asuntos. Y más.
Escrito por: ortiz.2006/03/23 07:08:19.442000 GMT+1
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2006/03/22 06:00:00 GMT+1
Acabo de ver Good Night, and Good Luck ("Buenas noches y buena suerte"), el film que ha consagrado
a George Clooney como realizador de cine. Para quienes no la hayan visto, diré
que la película relata la peripecia del director-presentador de un programa de
la cadena norteamericana de televisión CBS en los años en los que el senador
McCarthy hizo célebre al Comité de Actividades Antiamericanas. McCarthy se
dedicó a acusar de comunistas y a perseguir –y a veces incluso a encarcelar– a
cientos de ciudadanos de ideas progresistas, muchos de los cuales no habían
tenido ninguna relación con el comunismo. En la película, que se presenta como
basada en hechos reales, el director-presentador de la CBS denuncia en su
programa la caza de brujas desatada por McCarthy y eso le acarrea
bastantes problemas con McCarthy, con los patrocinadores del espacio y,
finalmente, con la dirección de la propia cadena de TV.
No me propongo analizar en este apunte las virtudes y defectos de
la película, sino la realidad periodística que retrata y sus diferencias con la
existente hoy en día, no sólo en los EEUU, sino en el mundo desarrollado, en
general. Es curioso que lo que se presenta en el film como una denuncia de lo
sucedido en los tiempos del macarthismo refleja una situación que era
ciertamente tremenda y penosa en lo esencial, pero también, en parte, mejor que
la actual. Por decirlo en pocas palabras: entonces un programa que denunciara
en una cadena de máxima audiencia las persecuciones del establishment reaccionario
podía toparse con muchos problemas e incluso acabar siendo suprimido;
ahora no empezaría. En la actualidad, no cabe ni siquiera imaginar un
programa estelar que llevara la contraria a la ideología dominante en
aspectos tenidos por básicos o, como suele decirse ahora, en «asuntos de
Estado».
La diferencia clave que hay entre la realidad de entonces y la de ahora
es que, en aquellos tiempos, un medio de comunicación importante era un medio
de comunicación importante, y punto. Arrastraba sus miserias, por supuesto: sus
dueños tenían amigos de peso, no eran indiferentes a las opiniones de los
políticos poderosos, estaban obligados a mimar a los anunciantes, no podían
desconocer los dictados de la opinión pública mayoritaria... Pero, dentro de
eso, contaban con cierta autonomía. O, mejor dicho, con autonomía cierta.
Ahora, en cambio, los principales medios de comunicación son meras piezas de
grandes tinglados empresariales, a su vez estrechamente vinculados a políticos
a los que sirven y de los que se sirven, con intereses en las más diversas
ramas de la producción, distribución y venta de las más variopintas mercancías.
El producto periodístico tiene sobre todo un valor instrumental y es tratado
por sus dueños máximos, que ya casi nunca proceden del mundo empresarial de la
comunicación o se han despegado de él casi por entero, como cualquier otra
mercancía. En esas condiciones, y con esos tiburones al mando, proponer la
difusión de un producto anti-sistema que no sea meramente anecdótico y
ornamental es perder el tiempo tontamente.
Pero es que, además ¿quién lo iba a proponer? En Good Night, and Good
Luck aparece un colectivo de periodistas de primerísimo rango que
manifiesta ideales de ésos que por allí llaman «liberales» («de izquierda»,
dicho en lenguaje europeo). Aquí, en la cumbre de la profesión –insisto en que
estoy hablando de los principales medios de comunicación–, no queda ya de eso.
Lo hubo, aunque en declive constante, hasta los años 90. Ahora, el gremio está
controlado por gente práctica, es decir, ambiciosa de dinero y de fama,
dispuesta a hacer lo que mejor convenga a la síntesis que forman con la
empresa.
De modo que ahora no hay caza de brujas en los grandes medios,
pero básicamente porque no hay brujas que cazar.
Escrito por: ortiz.2006/03/22 06:00:00 GMT+1
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2006/03/21 07:00:00 GMT+1
El Consejo de Europa ha condenado el franquismo y ha instado al Estado
español a que honre a las víctimas de la dictadura, erigiendo monumentos en su
memoria e instalando en el Valle de los Caídos una exposición permanente que
recuerde los horrores provocados por el régimen nacido del levantamiento
militar del 18 de julio de 1936. Ha propuesto igualmente que el próximo 18 de
julio, septuagésimo aniversario de aquella fecha de triste recuerdo, sea declarado
Día Internacional de Condena del Franquismo.
La condena está bien, pero ha dejado fuera aspectos esenciales de la
cuestión. Los principales, en mi criterio, son tres. En primer lugar, no
menciona –y, por supuesto, no condena– la ayuda de facto que las
potencias occidentales prestaron al alzamiento fascista, del que fue muy
llamativa expresión el Tratado de No Intervención, por el que decidieron no
tomar partido en la Guerra Civil subsiguiente. En segundo término, no subraya
que el Estado español sigue mostrándose complaciente con el bando franquista,
aceptando la existencia de numerosos monumentos erigidos en honor de sus
integrantes y de cientos de calles y plazas públicas dedicadas a sus más
destacados miembros. (Escribo estas líneas desde Santander, ciudad que todavía
es posible atravesar de punta a cabo sin salirse en ningún momento de calles
que llevan nombres propios de la iconografía de la dictadura y de secuaces de
Franco). En tercer lugar, la condena del Consejo de Europa no muestra su
repudio ante el hecho de que destacados franquistas que jamás han mostrado
arrepentimiento sigan ocupando puestos de relevancia en la sociedad española
actual.
Estas tres insuficiencias tienen explicación. No es que los integrantes
del organismo que agrupa a 43 países del Viejo Continente se hayan olvidado de
esos aspectos del asunto; es que no hubieran podido mencionarlos sin que
surgiera de inmediato la división en su seno. De entrar en esas
consideraciones, tendrían que afrontar la incongruencia que supone condenar la
obra de Franco y, a la vez, aceptar la materialización de sus previsiones
sucesorias. Y no desean hacerlo. En absoluto.
En realidad, ni siquiera los promotores de la iniciativa buscaban algo
parecido a eso. Entre ellos había socialistas españoles, como Luis María del
Puig y Luis Yáñez, cuyo partido tiene excelentísimas relaciones con empresas
presididas por destacados ex franquistas, alguno de los cuales incluso ha
recibido en fecha no muy lejana una condecoración oficial «por su trayectoria
de servicio público» (sic).
De modo que la resolución del Consejo de Europa tiene deficiencias
graves, pero lógicas.
«Más vale poco que nada», suele decirse. Pero no está tan claro. A veces
lo poco está para disimular vacíos clamorosos que, de mantenerse, podrían
resultar más expresivos y, en ese sentido, más aleccionadores. No sé.
Escrito por: ortiz.2006/03/21 07:00:00 GMT+1
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2006/03/20 06:00:00 GMT+1
El Departamento de Estado de los EEUU acaba de hacer público su informe anual sobre la situación de los derechos humanos en el mundo. Es muy detallado, aunque sólo en parte: habla de todos los países y de todos los gobiernos que le vienen en gana, salvo de los EEUU y del Gobierno de los EEUU.
Les invito a que lo repasen. Verán que examina con criterios extremadamente estrictos lo que sucede en montones de países, incluyendo algunos que son aliados del propio Gobierno de los EEUU, y que les reprocha no atenerse a las leyes y tratados internacionales que protegen los derechos de las personas, pero que no se detiene ni por un momento ante la evidencia de que las mismas ilegalidades que atribuye a otros gobiernos son moneda corriente en los propios EEUU o en las dependencias que los EEUU (*) tienen fuera de sus teóricas fronteras. El lector del informe se quedará estupefacto al ver con qué aplomo el Departamento de Condoleezza Rice denuncia que haya estados que hacen... la mitad de la mitad de lo que ellos están perpetrando en Guantánamo. De hecho, todo el informe es un perfecto ejemplo de apabullante aplicación de la ley del embudo. Los mismos hechos merecen la más severa de las condenas si son otros los que los protagonizan y el silencio más hermético si es la Administración de los EEUU la que los produce.
El primer pensamiento que asalta a cualquier persona medianamente ecuánime que repare en el informe en cuestión es que la señora Rice y su Departamento tienen una caradura descomunal y toman al mundo entero por cretino.
No seré yo quien diga que el suyo no es un descaro antológico, pero creo que vale la pena indagar en los mecanismos ideológicos que les permiten sustentar ese disparate, y hasta creérselo. La respuesta tiene nombre: mesianismo. Los gobernantes de los EEUU están convencidos de que su causa es La Causa y que su defensa lo justifica todo. Los humildes mortales foráneos deben estar sometidos al imperio de la ley, por supuesto, pero ellos tienen permiso divino para hacer cuanto consideren necesario para lograr el progreso del pueblo elegido, o de la parte del pueblo elegido que ellos consideran la esencia del pueblo elegido. No es una idea que les haya sobrevenido en estos días de ahora: recordemos la vieja canción de Bob Dylan With God On Our Side: exterminar a los indios, invadir otros países, entrar en guerras ignotas, convertir a los aliados en enemigos o a los enemigos en aliados... Todo cabe, todo se justifica, si Dios está de tu parte.
Según eso, tiene perfecto sentido desarrollar el programa de armamento nuclear más definitivo, pero prohibírselo a otros. Según eso, es lógico montar tribunales en La Haya para juzgar a los demás y negarse a someterse uno mismo a ningún tribunal internacional. Según eso... Según eso, todo.
Nota de edición: Javier publicó una columna con el mismo título en El Mundo: Con Dios de su lado.
____________
(*) Espero que el personal lector disimule que repita una y otra vez «EEUU», pero es que a veces me da el pronto y me niego a utilizar adjetivos tales como «norteamericano» o «estadounidense» (no digamos ya «americano»). Norteamérica abarca tres estados (Canadá, EEUU y México) y el nombre oficial de México es «Estados Unidos de México», con lo que los mexicanos también son «estadounidenses» a su modo y manera. Por mi gusto utilizaría las siglas EUA (de «Estados Unidos de América»), pero el Libro de Estilo de El Mundo, periódico para el que escribo, no lo admite, así que, para no sembrar más caos que el ya existente de por sí, uso eso de EEUU.
Escrito por: ortiz.2006/03/20 06:00:00 GMT+1
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2006/03/19 06:00:00 GMT+1
El viernes tuve
una experiencia cabreante.
La cuento.
Llegamos Charo
y yo a Santander tras un larguísimo viaje por carretera desde Madrid,
dispuestos a hacer una breve estadía en su casa particular como arranque de un
periplo que nos llevará –una vez cumplidas el lunes en Bilbao mis obligaciones
y devociones televisivas– hasta Galicia. Allí he de dar un par de charlas, una
en Santiago y otra en A Coruña, circunstancia que aprovecharemos para hacer un
breve recorrido posterior por A Costa da Morte y aledaños.
Bueno, el caso
es que llegamos a Santander y, según nos instalamos en casa de Charo y más que
nada para no perder la costumbre, saqué mi parafernalia informática e instalé
el ordenador portátil. Procedí a conectarme a Internet y, ¡oh sorpresa!, el
precioso aparato –de veras que lo es– me dijo que no tenía acceso a ninguna
línea telefónica disponible. Comprobé que en la casa había línea, que el cable
de conexión funcionaba, que todos los empalmes estaban en orden... pero como si
nada. Mi perplejidad se hizo total porque, sabiendo como sabía que vamos a
estar diez días de aquí para allá, antes de salir de Madrid había hecho todas
las comprobaciones habidas y por haber, confirmando que el ordenador estaba
configurado como dios manda y que funciona a la perfección.
Avanzo que ésa
no fue mi experiencia cabreante. De ese género he tenido tantas que no voy a
decir que me sean indiferentes, pero sí que las afronto con una paz espiritual
que para sí hubiera querido Gandhi en sus mejores días. Ésta me la tome con
doble tranquilidad porque comprobé rápidamente que no tenía problema para
conectarme a Internet a través del teléfono móvil, lo que siempre podía
servirme como solución de emergencia. Una solución más cara y más lenta, pero
una solución, a la postre.
Lo peor es lo
que vino a continuación.
Como es lógico
y de cajón en un caso así, me sumergí en toda suerte de comprobaciones de la
configuración del módem y del acceso telefónico, etc. Todo en orden. ¿Tal vez
una interferencia de la configuración de la red que tengo instalada en la casa
de Madrid, o del proxy virtual que utilizo en Aigües? ¿Quizá el Bluetooth, que
se está metiendo por medio? Nada de todo eso.
Me quedé
absorto, mirando la pantalla del ordenador con pensamientos más divagantes que
los de Hamlet con la calavera. Y, de repente, y sin que yo hubiera hecho nada,
ni la más mínima operación nueva, apareció en la pantalla de marras un mensaje
que decía: «Conectando con Terra Tarifa Plana 24 horas». Y a continuación otro
que añadía: «Comprobando nombre y contraseña». Y finalmente, el último (que es
lo que tienen los últimos: siempre aparecen finalmente): «Conectado».
Pronuncié una
sonora blasfemia.
–¿Qué te pasa?
–me preguntó Charo con ese aire entre distraído y educado con el que se
interesa por mis chorradas, más que nada para que no parezca que no se
interesa–. ¿Se te ha estropeado todavía más el ordenador?
–¡No! ¡Todo lo
contrario! ¡Ha decidido arreglarse por su cuenta! –le respondí.
–¿Y eso es
malo? –siguió.
–¡Es horrible!
–exclamé–. ¿No te das cuenta de que cuando arreglas algo sin saber cómo lo has
hecho no aprendes nada?
–Ah, ya –dijo,
y siguió poniendo orden en un armario.
–Para aprender,
hay que equivocarse y analizar y descubrir las razones por las que uno se ha
equivocado –le comenté.
Según lo dije,
me quedé pensando en lo fácil que tenía la contestación:
–¿Así que es
eso lo que explica que sepas muchas cosas? ¿No has parado de equivocarte en la
vida y eso te ha enseñado mucho?
Pero guardó
silencio.
Ella sabe
cuándo yo mismo me encargo de ajustarme las cuentas.
Escrito por: ortiz.2006/03/19 06:00:00 GMT+1
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2006/03/18 07:52:45.578000 GMT+1
Envié hace
algunas semanas una carta –una breve nota, en realidad– al director de El País preguntándole
por las razones que le habían conducido a autorizar que en la portada del
periódico de su dirección se utilizara de manera inadecuada por dos veces, y en
una de ellas con la solemnidad de un titular, el verbo «nominar». Lo hice
acogiéndome a mi condición de lector, sin apelar a la muy vieja amistad que me
une a Jesús Ceberio, con quien compartí pupitre y primeras experiencias
periodísticas en el Instituto de Enseñanza Media «Peñaflorida» de San Sebastián, donde ambos
tratamos de sacar a flote una revistilla escolar, Ibai alde («Junto al
río», en euskara).
Escribí en mi
nota al director de El País –que al parecer no lo va a ser por muchos
días– que servirse del verbo «nominar» tal como se hacía en la portada del
diario de aquel día, como sinónimo de «aceptar como candidato», es contrario a
lo que dicta el Libro de
Estilo del propio periódico, que dice, y dice bien: «Nominar. En castellano este verbo es sinónimo de nombrar. Por tanto, está mal
empleado cuando, en una traducción literal del inglés, se dice que una película
ha sido nominada para el Óscar o que alguien ha sido nominado
candidato. Escríbase que fue designado o proclamado candidato, o que obtuvo la
candidatura, o que fue propuesto.» La pregunta que le formulaba a continuación
era de tan sencilla formulación como difícil respuesta: «Dado que la
utilización de tal o cual término en un titular de portada no es nunca decisión
de un simple redactor, sino siempre de un alto jefe del diario, ¿qué debemos
concluir: que los jefes de El País no conocen su Libro de Estilo o que
les importa un bledo?»
Por supuesto, mi nota no fue publicada.
En su edición digital de hoy, el periódico de
Polanco incluye este titular: «España ignora el ultimátum de Bruselas para
explicar las reformas de la CNE». Regreso al Libro de Estilo de El País,
en el que puede leerse: «Ignorar. Es un anglicismo emplear este verbo
con el significado de ‘no hacer caso de algo o de alguien’.»
Excuso decir que no me enfadan más los
barbarismos que las barbaridades, de las que el mencionado periódico incluye
montones cada día, pero me parece que tiene su punto –así sea de maldad–
resaltar la desenvoltura con la que los jefes de un medio de comunicación que
se las da de tan exquisito se saltan a la torera sus propias normas
cuando lo tienen a bien. Es una insana costumbre que comparten con los
directivos de todos los demás diarios de gran tirada que en el mundo son. Pero
ellos miran por encima del hombro al resto.
No sé si alguien llevará la cuenta de los
artículos publicados semana tras semana por el Defensor del Lector –por los
sucesivos defensores del Lector– de El País. Que yo sepa, jamás de los
jamases ninguno de ellos ha dicho ni pío sobre las frecuentes pifias cometidas
por el director –por los sucesivos directores– del diario.
Como algunos de los lectores de estos Apuntes
saben, fui uno de los miembros del equipo encargado de redactar el Libro de
Estilo de El Mundo. En cierta ocasión confesé por escrito –y vuelvo a
hacerlo– que hice cuanto estuvo en mi mano para que ese Libro de Estilo no se
publicara, o se publicara lo más tarde posible. Y expliqué el porqué: según he
comprobado a lo largo de mis ya muchos años de profesión periodística, para lo
que más sirven esos libros –que podrían ser de mucha utilidad, en otras
condiciones– es para que los grandes jefes echen broncas a los jefes
intermedios, y éstos a los redactores de base. Los grandes jefes están exentos
del cumplimiento de cualquier tipo de norma. Por definición. De todas las
normas, incluidas las deontológicas.
Y a fe que lo
demuestran.
Escrito por: ortiz.2006/03/18 07:52:45.578000 GMT+1
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2006/03/17 06:00:00 GMT+1
Se cruzan las
acusaciones parlamentarias de machismo. Ha estado, de un lado, el numerito de
Zaplana con los supuestos «disfraces» de María Teresa Fernández de la Vega, y
de otro –supongo que menos oído fuera del ámbito político madrileño–, la
reprobación de los parlamentarios del PP de la Asamblea de Madrid al delegado
local del Gobierno, Constantino Méndez, al que acusan de machista por haber
dicho que a Esperanza Aguirre no le caben más de tres ideas en la cabeza
(simultáneas, se entiende).
¿Lo de Zaplana
es machismo? Comparto con la vicepresidenta del Gobierno el diagnóstico: no
sólo. Encierra también una buena dosis de chulería, aunque bien es cierto que
la chulería y el machismo son primos hermanos (*). Algunas diputadas del PP han
tratado de justificar la salida de tono de su portavoz aduciendo que no pasó de
ser un recurso parlamentario. Valiente bobada. Jamás se le habría ocurrido a
Zaplana bromear con la afición del clero por los disfraces, por ejemplo. Del
clero, en general, y del anterior Papa, en particular, que cuando no lucía los
disfraces propios de su secta se colocaba cualquier otro, en plan indigenista,
y el PP se postraba embelesado ante sus ocurrencias. Idéntico afán costumbrista
han mostrado varios dirigentes políticos (hombres) en muy diversas ocasiones,
sin que los sucesivos portavoces de la derecha española –Zaplana entre ellos–
hayan rechistado jamás. Su comentario sobre Fernández de la Vega rezumó
chulería machista por los cuatro costados.
Bien es cierto
que su actitud no tuvo nada de extraordinaria: él es así.
En cambio, no
veo yo que el comentario de Constantino Méndez sobre la presidenta de la
Comunidad de Madrid sea machista. Conozco a Méndez, con quien trabajé a diario
durante más de dos años en el Instituto Social de la Marina –fue allí mi jefe–, y me consta que su dosis personal de machismo no es
particularmente sobresaliente. Ni mucho menos. Lo que dijo de Esperanza Aguirre
no lo dijo porque Esperanza Aguirre sea mujer, sino porque es Esperanza
Aguirre, en concreto, y tanto daría a ese respecto que fuera Esperanzo, y no
Esperanza.
Otra cosa es
que yo no comparta su juicio sardónico. Aguirre es torpe para algunas cosas, y
ofrece en ocasiones muestras de una incultura realmente llamativa, pero es
lista. Y mala. Es dura hasta lo implacable y está muy dotada para la
conspiración. Si hace al caso, es capaz de conspirar a media docena de bandas
sin perderse detalle de cada una de las jugadas.
Por poner un
ejemplo: es mucho más peligrosa que Zaplana.
Es del tipo
Acebes.
___________
(*) Es curioso –y sintomático– el trato favorable que dispensa
la Academia Española al término «chulo». Consultad el DRAE: hay que bajar hasta
la octava entrada para encontrarse con una acepción claramente negativa.
Escrito por: ortiz.2006/03/17 06:00:00 GMT+1
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