2006/04/05 06:00:00 GMT+2
Confluencia de intereses: Alfonso Guerra lleva muy mal vivir en la sombra y a algunos periodistas les encanta que se oigan voces del PSOE contrarias a Rodríguez Zapatero.
El ahora presidente de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados ha hecho unas declaraciones que han sido muy mentadas, en las que compara los actuales planteamientos de los dirigentes de determinadas comunidades autónomas –que son de su propio partido, para más inri– con lo sucedido tras el hundimiento de la URSS. Cree Guerra que, al modo de lo que sucedió en la ex Unión Soviética, también aquí esos dirigentes autonómicos tratan de «envolverse en las banderas nacionalistas» para conservar el Poder.
A su juicio, se están perdiendo los planteamientos «ideológicos» en beneficio de los «territoriales».
Guerra se da –sigue dándose– aires de teórico, pero es –sigue siendo– de una inconsistencia intelectual y de una incoherencia política pasmosas.
En primer lugar, su distinción entre «planteamientos ideológicos» y «posiciones territoriales» carece del más mínimo rigor. Las visiones «territoriales» son también ideológicas. Y los que él llama «planteamientos ideológicos» son también «territoriales». De hecho, las opciones que él mismo defiende se enmarcan en un ámbito territorial específico: el de España.
¿En qué tipo de planteamientos está pensando el ex vicepresidente cuando habla de ideologías? Basta con leer sus declaraciones para comprobarlo: está tomando como referencia la división izquierda / derecha. Pero ¿cómo puede apelar al ideario de la izquierda alguien que, como él, puso en marcha una acción de Gobierno que mereció los parabienes del capitalismo financiero local y de las fuerzas internacionales más reaccionarias? ¿Qué es para él la izquierda? ¿La OTAN? ¿Maastricht? ¿El apoyo a Hasán II contra el pueblo saharaui? ¿La Guerra del Golfo? ¿La venta de armas a regímenes dictatoriales, el de Pinochet incluido? ¿La Ley Corcuera? ¿Los GAL? ¿Filesa? ¿Los contratos basura? ¿Son ésos los «planteamientos ideológicos» que él cree que se están perdiendo en beneficio de los «territoriales»?
Cuando el PSOE llegó por primera vez al Gobierno, con Felipe González y Alfonso Guerra de la mano, los gobernantes norteamericanos los definieron como «jóvenes nacionalistas». Esa caracterización me sorprendió en su momento, porque parecía referida a su actitud hacia otros estados y, en ese plano, se distinguieron mucho más por su entreguismo que por su nacionalismo. Si la hubiera interpretado de fronteras para adentro, habría tenido que admitir su relativo fundamento. Se les podía definir como «jóvenes nacionalistas españoles» por su oposición a los nacionalistas vascos, catalanes o gallegos.
Han pasado más de veinte años, pero Guerra sigue en las mismas. Salvo por lo de joven, claro.
Pero de eso no tiene la culpa.
Nota de edición: Javier publicó una columna con el mismo título en El Mundo: Guerra y la territorialidad.
Escrito por: ortiz.2006/04/05 06:00:00 GMT+2
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2006/04/04 06:00:00 GMT+2
Una de las cosas que más me cabrean –y cuidado que hay cosas que me
cabrean– es la pretensión de algunos economistas de que sus diagnósticos son
objetivos, meramente técnicos, imparciales. Hablan como si la Economía fuera
una ciencia exacta.
Me ha tocado en las últimas semanas discutir con algunos de ellos sobre
los problemas que afronta en Europa el llamado Estado de bienestar. En cuanto les dejas, te sueltan, adoptando un
aire muy académico, que ese modelo de Estado ha entrado en crisis y resulta
insostenible, porque el erario ya no da para cubrir sus exigencias. A partir de
lo cual se lanzan a especular con los recortes de gasto que, según ellos, será
necesario emprender: rebajas de las pensiones de vejez, limitación del ya de
por sí muy limitado seguro de paro, reducción del gasto sanitario, etc.
Parten de presupuestos tramposos.
En primer lugar, no tienen en cuenta que en España las arcas de la
Seguridad Social apechugan con gastos ajenos a su cometido. Para evaluar en qué
medida nuestra Seguridad Social está o puede entrar en crisis, habría que considerar
las partidas de gasto que el Estado le obliga a asumir y liberarle de aquellas
que no tienen relación directa con su cometido.
En segundo lugar, hacen trampa al dar por supuesto que la Seguridad
Social debe tener obligatoriamente –ella sola, por su cuenta– una economía saneada, no deficitaria. Si admiten que algunos
capítulos presupuestarios son deficitarios por definición, ¿por qué se muestran
tan implacables precisamente con la Seguridad Social? No le piden a la Casa
Real que ingrese más de lo que gasta. Tampoco se lo exigen a las Fuerzas
Armadas. Ni siquiera a la Iglesia católica. ¿Por qué ha de hacerlo la Seguridad
Social?
La Hacienda pública no está compartimentada. Funciona como una caja
única. Si hay que ahorrar, deberá examinarse el conjunto del gasto del Estado
para decidir qué asignaciones son más superfluas y recortables.
Lo cual será, en último término, una opción ideológica. Nada técnica.
En tercer término, convendrá plantearse sin ambages qué factor resulta
más insostenible e inaceptable desde el punto de vista del interés colectivo,
si el gasto público o los beneficios privados. Porque en España hay gente que
está amasando fortunas de quitar el hipo a costa del trabajo ajeno. Gente cuya
contribución al bienestar colectivo, vía impuestos, es sencillamente ridícula.
A lo mejor lo que no podemos permitirnos no es la Seguridad Social que
tenemos, sino el capitalismo que tenemos.
Escrito por: ortiz.2006/04/04 06:00:00 GMT+2
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2006/04/03 06:00:00 GMT+2
Insisten los socialistas, empezando por el propio Rodríguez Zapatero,
en que un partido de izquierdas –se refieren a Esquerra Republicana de
Catalunya– no puede defender el «no» en el referéndum sobre el nuevo Estatut porque eso significaría
coincidir con el PP, lo cual sería indigno de alguien que se considere de izquierdas.
El argumento es realmente estupefaciente.
Lo es, en primer lugar, en boca de los dirigentes de un partido que no
ha parado de coincidir con el PP en asuntos de primerísima importancia a lo
largo del último cuarto de siglo.
Todos recordamos los tiempos en los que, siendo Julio Anguita coordinador
general de Izquierda Unida, el PSOE lo criticó muy severamente por formar una «pinza»
con el PP –eso se decía– para acosar a Felipe González. IU publicó entonces un informe
sobre las veces que PSOE y PP habían votado mano a mano leyes y resoluciones gratas
a la derecha social. Eran infinitas más que las que IU y PP habían coincidido
en tal o cual posición crítica al Gobierno de González.
Con Rodríguez Zapatero ha sucedido lo mismo. El caso más llamativo, el
de la última Ley de Partidos, que tanto está embarullando el proceso de
pacificación de Euskadi.
Parece deducirse de ello que el PSOE se reserva el derecho a votar lo
mismo que el PP cuanto le dé la gana, pero que no acepta que lo pueda hacer
ningún otro.
Pero es que, además, y en segundo término, una cosa es ir de la mano del PP, con firma y
rúbrica conjunta, y otra, muy distinta, coincidir
con el partido de la derecha en un rechazo sustentado en razones no sólo
diferentes, sino incluso opuestas. ¿Habrá de estar prohibido criticar tal o
cual propuesta gubernamental por insuficiente, si el PP se opone a ella por excesiva?
Carezco de interés en recomendar a ERC que defienda uno u otro signo de
voto en el referéndum del Estatut. Es
asunto suyo. Me limito a defender el derecho que le asiste a tomar la posición
que considere más adecuada, propugnen lo que propugnen los demás.
Alguna vez lo he expresado poniendo un ejemplo de broma: porque Aznar
mire el reloj y diga que son las 14:30 yo no voy a decir que es otra hora, para
no coincidir con él.
Lo que sí haré es mirar bien mi reloj para comprobar si efectivamente
son las 14:30.
_____________
(*) El zoom que hoy me publica El Mundo («La libertad otorgada») ni ha aparecido ni aparecerá en
estos Apuntes.
Escrito por: ortiz.2006/04/03 06:00:00 GMT+2
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2006/04/02 08:47:28.205000 GMT+2
Me resultaron ayer curiosos, y hasta un punto cómicos, los esfuerzos
que desplegaron los medios de comunicación de la derecha para tratar de convencer
a sus respectivas feligresías de que la operación judicial en curso contra la
mafia marbellí no es más que una maniobra gubernamental para camuflar la
aprobación parlamentaria del nuevo Estatut
de Cataluña. Son los mismos medios que, en otras condiciones
–cuando se trata de las iniciativas procesales del juez Grande-Marlaska, por
ejemplo–, se ponen muy solemnes e institucionales y rechazan que quepa
atribuir ni la menor sombra de intencionalidad política a los pasos dados por
los jueces. ¿En qué quedamos? ¿Hay jueces que hacen política, o no? ¿Es lícito
atribuirles connivencias con tales o cuales banderías o hay que
desechar por principio y sin más trámite cualquier sospecha de ese género?
Yo no tengo ni la menor idea sobre las posibles o imposibles
motivaciones ocultas de Miguel Ángel Torres, el juez que la ha emprendido
contra la alcaldesa de Marbella y su tropa, pero reclamo un mínimo de
coherencia: es demasiado descarado pretender que ese juez actúa a las órdenes
del Gobierno pero rechazar como absurda la sospecha de que otros jueces puedan
obrar en sintonía con tal o cual planteamiento partidista (del PP, por ejemplo)
cuando intervienen en asuntos de la vida política vasca.
Algún trato he tenido con jueces y estoy seguro de no arriesgar nada si
digo que, por lo menos aquellos cuya autoridad tiene amplias consecuencias
políticas, sienten con frecuencia la tentación –y a veces la invitación
concreta– de contribuir a tal o cual causa grata al Gobierno de turno o,
eventualmente, al principal partido de la oposición. Lo peor no es que sientan
la tentación, sino que, con bastante frecuencia, sucumben a ella, lo cual acaba
teniendo una benéfica repercusión sobre su vanidad, sobre su hacienda personal
o sobre ambas. (*)
La incoherencia es, de todos modos, un rasgo muy propio de la especie
humana, y lejos de mí la pretensión de estar libre de él. A veces me descubro
aplicando reglas y medidas distintas para asuntos parejos, y me enfado conmigo
mismo.
Hace unos días, un lector me escribió para criticarme por una de esas
posibles incoherencias. Me hacía ver que, cuando hablo de la Transición
española, muestro mi completo repudio al borrón y cuenta nueva que se hizo con
los crímenes de los franquistas, pero que, en cambio, en los momentos presentes,
estoy lejos de oponerme a que se llegue a algún apaño que permita a los presos
y exiliados de ETA regresar a sus casas, como vía para cauterizar esa herida y
permitir un futuro menos conflictivo para Euskadi. ¿Será ésa mi particular
versión de la ley del embudo?
Creo que no. Nunca he sostenido que las amnistías, directas o
encubiertas, sean rechazables por principio. Durante la Transición hubo dos,
que conviene recordar que no sólo beneficiaron a miembros de ETA o de otros
grupos armados, sino también a elementos pertenecientes a grupos de extrema
derecha, incluida la policía política. Una de esas amnistías permitió que
eludieran los tribunales Carlos Anechina y otros miembros de la Brigada
Político-Social que habían sido procesados por torturarme. Y no me rebelé
contra ello, pese a la contrariedad que –como es fácil suponer– me produjo. Mi
oposición al pacto implícito de la Transición, gracias al cual gentuza como
Manuel Fraga y Rodolfo Martín-Villa se mantuvieron en el centro de la vida
política, tuvo que ver sobre todo –y sigue teniéndolo– con el hecho de que, por
culpa de aquel apaño, no se estableció una frontera nítida entre la dictadura y
la democracia, lo que ha tenido muchos efectos negativos sobre el nuevo
régimen. En mi criterio –discutible, como todos–, el regreso discreto y
paulatino de los presos de ETA a la vida civil, si bien fastidiaría a bastante
gente –a sus víctimas, sobre todo–, no tendría efectos maléficos sobre nuestra
vida política y social, como no los tuvo la vuelta a sus casas de los poli-milis de ETA, algunos de los cuales
habían sido condenados por onerosos delitos de sangre.
Pero, como ya he avanzado antes, estoy lejos de excluir que en alguna
ocasión me venzan los atractivos de la incoherencia. De ocurrirme eso, estoy
seguro de que la gente que suele leerme, propicia como es a la crítica, no
perderá la ocasión de zurrarme la badana. Y me tocará agradecérselo.
_____________
(*) No
pretendo que haya jueces que funcionen «a tanto la pieza», como los
colaboradores de Prensa. Hay otros modos de pagar. Los cursos de verano son un
sistema típico, pero no el más rentable (sólo funciona una vez al año). La
invitación a presentar ponencias en tal o cual simposio o mesa redonda o a
dictar conferencias generosamente pagadas –incluso aunque no lleguen a
realizarse– es un método mucho más socorrido, que permite a algunos jueces de
altos tribunales redondear muy bien
sus ingresos.
Segundo añadido.– La
revista gallega A Nosa Terra ha
publicado una larga entrevista que el veterano y reconocido periodista Perfecto
Conde tuvo a bien realizarme la semana pasada durante mi visita a Santiago y A
Coruña. Quien tenga interés en verla puede acceder a ella pinchando aquí
Escrito por: ortiz.2006/04/02 08:47:28.205000 GMT+2
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2006/04/01 06:00:00 GMT+2
Me escribe un buen amigo de Cantabria contándome las impertinencias y
los desplantes chulescos que le tocó soportar en un organismo de la
Administración regional al que por su desgracia hubo de acudir. Se pregunta si
es demasiado pedir que los funcionarios traten con educación a los ciudadanos.
No, no es mucho pedir. A decir verdad, es lo menos que se les puede
pedir.
Para casos similares, yo utilizo una técnica que suele darme buenos
resultados. Cuando algún género de funcionario –a poder ser policía– se me
dirige en términos incorrectos, le digo: «Perdone usted. El sueldo que cobra
cada mes se lo pago yo, con mis impuestos. De modo que es usted mi empleado.
Haga el favor de tratar educadamente a su patrón.» Os aseguro que en la mayor
parte de los casos el receptor del chorreo se queda perplejo y cambia de tono,
para bien.
Mi amigo cántabro me manda ese correo porque recuerda que alguna vez
hemos hablado de la importancia de la buena educación. De las buenas maneras, que se decía antes.
Hace años que considero que los
modales –otro término en desuso– son un elemento clave de la convivencia.
Mínimo, tal vez, pero clave. Se trata de facilitar la vida a los demás. De no
poner a nadie más inconvenientes de los imprescindibles. Aunque no te caiga
simpático. Aunque te repatee, incluso. El trato educado reduce las
contradicciones al mínimo vital: pones a caldo a quien sea, pero sin levantar
la voz, sin aludir a aspectos personales innecesarios, sin pretender herirle
sino en las heridas que él mismo ha expuesto a la luz pública.
Las formas son importantísimas. La propia democracia es cuestión de
formas.
Hay una cierta izquierda que desprecia los buenos modales. Los
considera hipócritas. A mí, en cambio, me parecen fundamentales. De principio,
incluso.
Estoy seguro de que si los dos bandos españoles que se enfrentaron en
la Guerra Civil de 1936-1939 hubieran tenido un comportamiento educado, el
millón de muertos que produjeron se habría quedado en 50.000, como mucho.
Tendrían ahora el agradecimiento de 950.000 familias.
Escrito por: ortiz.2006/04/01 06:00:00 GMT+2
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2006/03/31 06:00:00 GMT+2
Transcurridos
unos pocos días del cambio oficial a la hora de verano, constato que no poca
gente de la que me rodea va saliendo como puede, mal que bien, del especial jet lag que le montan las autoridades
dos veces por temporada.
A mí la cosa no
me afecta de manera particular, porque funciono con biorritmos privados, de
modo que me meto en la cama cuando tengo sueño y me levanto cuando se me pasa,
sin prestar excesiva atención al
reloj. Ventajas que tiene ser trabajador por cuenta propia. (También tiene sus
inconvenientes, y graves, pero hoy no toca hablar de eso.)
El asunto no me
afecta directamente, digo, pero sí indirectamente, porque Charo, mi mujer,
lleva muy mal estos cambios de horario, que la descolocan. Ella no sólo es
envidiablemente dormilona, sino que, además, lo es a horas fijas, y le da cien
mil patadas que contraríen sus hábitos. No es asunto ideológico, sino físico.
Lo pasa mal, hasta que consigue cambiar de marcha y adaptarse al nuevo horario.
He hecho un rápido
sondeo entre alguna gente cercana y el resultado de mi investigación no ofrece
dudas: son amplia mayoría los que padecen los cambios de horario, y una exigua
minoría los que se declaran indiferentes al asunto.
Las autoridades
se justifican alegando que el tal cambio es genial, porque permite un muy
importante ahorro energético. Me cuentan que hay expertos que se toman en solfa
esa pretensión y sostienen que no hay manera de evaluar con rigor lo que se
gana y lo que se pierde con el baile de horas. Yo no soy experto, pero me
pregunto si las autoridades habrán considerado las pérdidas que acarrea, en
productividad y en medicamentos, el malestar que padecen las personas que
no soportan el cambio de marras.
En todo caso, lo
que me subleva es que digan que la maniobra en cuestión «permite un muy
importante ahorro energético». ¿A quién se lo permite? ¿A las compañías
eléctricas? ¿Al Estado? Yo no he visto que en el recibo de mi consumo eléctrico
bimensual –eso que ellos llaman tontamente «el recibo de la luz» (*)– figure el
menor descuento. Tampoco veo que aparezca en la declaración de la renta ningún
apartado que diga: «Descuento por el ahorro energético obtenido por el Estado
gracias al cambio de horario...». O sea, que si se ahorra algo, lo ahorran
ellos, que no la sufrida población. Pero los inconvenientes ha de arrostrarlos
ella.
Si no
estuviéramos obsesionados o hipnotizados por la política superficial, como
perfectos papanatas, defenderíamos la necesidad perentoria de que este tipo de
cuestiones, que son de las que afectan de verdad a la vida cotidiana de la
gente corriente y moliente, fueran sometidas a referéndum.
___________
(*)
Recuerdo una conversación telefónica que tuve con alguien del servicio de
atención al cliente de Iberdrola a raíz de un corte eléctrico que padecimos en
Aigües hace tres o cuatro años. Eran como las 10 de la mañana. El suministro
había quedado interrumpido a eso de las 6 de la tarde del día anterior. Me dice
la empleada de Iberdrola: «¿Siguen sin tener luz?». Le respondí: «No. Luz tengo
muchísima. Entra por la ventana y me la proporciona el sol. De lo que carezco
es de electricidad». Creo que no entendió mi sarcasmo.
Escrito por: ortiz.2006/03/31 06:00:00 GMT+2
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2006/03/30 06:00:00 GMT+2
Según van
pasando los días desde el anuncio del alto el fuego permanente de ETA –y
cuidado que han pasado pocos– más se van trasparentando las incontenibles ganas
que muchos vascos de pro tenían de normalizarse.
Conviene
preguntarse qué entienden algunos por normalizar, y qué modelo de normalidad albergan
en su cabeza.
Decimos: «Euskadi
debe pacificarse y normalizarse». Vale. Partamos del supuesto de que Euskadi no
está normalizada. Pero ¿lo está Soria? ¿Lo está Salamanca? ¿Lo está Valencia? ¿Sí?
¿En razón de qué?
¿En qué consiste
la normalidad?
Como residente
múltiple (lo mismo estoy en Madrid, que en Aigües,
que en Cantabria, cuando no deambulo por Euskadi o por otros pagos), tengo una
cierta idea de lo que puede ser la normalidad.
Y no me gusta nada.
Según mi
experiencia, normalidad equivale a
conformismo, a desmovilización ciudadana, a aceptación de una vida política
corrupta, protagonizada por una banda de charlatanes de feria venidos a más. Lo
normal es que la gente se deje
explotar y oprimir sin decir ni pío, o diciendo pío y adiós muy buenas. Y sin
la menor conciencia –o con una conciencia vaporosa y resignada– de que está siendo
explotada y oprimida.
¿Es a eso a lo
que debe aspirar el pueblo vasco? ¿En eso consiste su normalización?
La vida política
y social de Euskal Herria presenta aristas chirriantes, hirientes,
inaceptables, contra las que muchos nos hemos rebelado con rabia y con
determinación. Pero existe el peligro de que, una vez limadas las aristas, lo
que nos quede sea un panorama romo, anodino, semejante al que veo a diario
fuera de Euskadi.
Lo vengo
diciendo desde hace muchos años: lo esencial es, como en el cuento,
arreglárselas para no tirar al niño con el agua sucia.
Es bueno lavar
al crío, pero de lo que se trata es de conservarlo una vez lavado.
En la Euskadi
que queda, hay muchas cosas que –a algunos, al menos– nos vendría muy bien que
se mantuvieran.
Escrito por: ortiz.2006/03/30 06:00:00 GMT+2
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2006/03/29 06:00:00 GMT+2
Hay nervios en
el PNV. Por partida doble. Unos temen que el partido sea dejado de lado, fuera
del núcleo decisorio del proceso
político abierto tras la declaración de alto el fuego permanente de ETA; otros
que sea el lehendakari el marginado. En fin, no faltan los que creen que ambos
peligros pueden verificarse a la vez. Observan con preocupación que los
socialistas y Batasuna se toman mutuamente por interlocutores privilegiados,
sin contar ni con Ibarretxe ni con el PNV.
¿La Historia se
repite? Sucedió algo similar cuando las conversaciones de Argel. Es cierto que
entonces los interlocutores eran el Gobierno de Felipe González y ETA, pero los
representantes de la organización armada trabajaban de consuno con Herri
Batasuna, y se hacían asesorar por algunos de sus dirigentes. El PNV ayudó a
que aquel intento de firmar la paz se pusiera en marcha e hizo varias veces de
intermediario entre ETA y el Gobierno de Madrid, pero, cuando pidió que le
permitieran tener a alguien en Argel a título de mero observador, HB se cerró
en banda. Tampoco los delegados de Felipe González mostraron mayor interés en
ver a nadie del PNV por allí. El PNV lo aceptó, aunque a regañadientes, porque,
a fin de cuentas, era un encuentro entre contendientes armados.
Pero ahora el
asunto, aunque presente similitudes, es muy otro. El PNV no se queja de que se
prescinda de él en los contactos entre Zapatero y ETA. Lo que teme es que no le
den cancha en las discusiones políticas que se van a abrir en paralelo. Que los
socialistas y Batasuna le hagan una pinza
y lo dejen fuera de juego.
¿Es un peligro
estratégico? Me consta que, desde hace ya bastante, algunos socialistas vascos manejan
como hipótesis la posibilidad de que, con ETA en vías de disolución y con
Batasuna vuelta a la legalidad (con ese nombre o con otro), cupiera poner en
marcha en Euskadi una experiencia a la
catalana, montando una coalición de gobierno PSE-Batasuna, con los posibles
concursos de EA y Ezker Batua, y mandando al PNV a la oposición. Eso, que hace apenas
unos meses sonaba como pura política-ficción, si es que no delirio, ahora ya
puede ser incluido en la categoría de lo muy improbable, sin más. (Yo sigo sin
ver cómo podrían arreglárselas tanto el PSOE como Batasuna, cada uno por su
lado, para vender ese pacto a sus
respectivas aficiones y, en el caso específico del PSOE, cómo podría
presentarse ante el electorado español con ese flanco abierto a la crítica más
feroz de la derecha política y social. Pero cosas más raras se han visto.)
En todo caso, lo
que no veo es qué puede conseguir el PNV quejándose lastimeramente. Tiene el
papel preponderante en el Gobierno de Gasteiz y es el partido con más peso en
la sociedad vasca. Si el planteamiento que acaba imponiéndose es el que
propugna que las soluciones políticas que se vayan acordando nazcan de acuerdos
entre fuerzas vascas y sólo vascas, su papel habrá de ser importante, por
necesidad. A partir de ahí, cada cual pintará más o menos en función de la
aceptación social que encuentren sus respectivas iniciativas y propuestas.
Da la sensación
de que ahora mismo, en el fondo, se está discutiendo menos sobre las grandes
alternativas encaminadas a la normalización política que sobre lo que podrá
salir de las próximas elecciones vascas, y sobre las coaliciones de gobierno
que sus resultados permitirán.
Es un error. Si
nada obliga a lo contrario, no habrá nuevas elecciones autonómicas hasta 2009. De
aquí a entonces, los datos de la realidad van a experimentar con toda seguridad
muchos cambios. Tantos, que convierten en un ejercicio inútil todas las
proyecciones especulativas que se hagan ahora.
Ahora, en lo que
hay que concentrarse es en asegurar la paz y favorecer un replanteamiento positivo
del engarce de Euskadi con (en, dentro, con respecto a, etc.) el Estado
español. Todo lo demás sobra.
------------------
Durante mi reciente estancia en Galicia, los amigos de vieiros.com, único periódico digital en gallego, me hicieron una entrevista. El texto que han publicado resume bien las declaraciones que les hice, cosa no demasiado frecuente en las entrevistas. Quien sepa gallego o quiera ejercitarse en su lectura, puede leer la mentada entrevista pinchando aquí.
Escrito por: ortiz.2006/03/29 06:00:00 GMT+2
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2006/03/28 06:00:00 GMT+2
No la razón,
pero desde luego sí una de las principales razones por las que llevo decenios bregando
por la resolución del problema nacional vasco (*) es porque, si por ventura llegara
el día en el que el tal problema se superara o se atemperara hasta quedar en un
muy segundo plano, pasarían al centro de la escena los problemas políticos y
sociales –las contradicciones políticas y sociales– que la «cuestión nacional» embrolla
y enmascara.
Alguna vez he
contado que, cuando empecé mi actividad política –todavía era un crío– y fui a
situarme en el entorno del
abertzalismo radical, no tardé en ser acusado de «liquidacionista». Mis
allegados más nacionalistas decían que lo mío era «nihilismo nacional». Y tenían
su punto de razón. Llegué a defender la tesis –más bien poética, en realidad– de
que Euskadi no era una nación, sino dos: de un lado, la Euskadi de Neguri, de
la opulencia, los bancos, las grandes firmas y el boato; del otro, la Euskadi
del trabajo y el paro, la del sofoco a fin de mes, la de las cuentas al céntimo
para comer, para vestir, para llevar a los críos al cole.
«Two nations!», exclamó Vladimir Lenin
viendo allá por 1902 desde un puente de Londres la brutal división social que
existía entre dos áreas netamente diferenciadas de la capital inglesa: la city en una orilla; el proletariado en la
otra. ¡Dos naciones! John Dos
Passos recogió la misma idea en 1936, probablemente sin tener noticia de lo
mascullado por Lenin, pero a la vista de una realidad similar: «We are two nations», escribió el de Illinois. «Somos dos naciones».
Ya no estamos en
esas mismas, pero estamos en las mismas. Bajo nuevas formas. Los hay que siguen
viviendo en la opulencia aprovechándose de los más, que malviven del trabajo.
Del trabajo que consiguen cuando consiguen trabajo.
¿Llegará el día
en que, resueltos en lo fundamental los problemas de libertad nacional, podamos
los vascos enfrentados al Estado dejar de mantenernos unidos en razón de la
lucha por la defensa de nuestra identidad como pueblo y nos pongamos en disposición de dividirnos
sanamente y de una puñetera vez, pugnando –todo lo pacíficamente que quepa, eso sí– entre los defensores del orden establecido y
quienes deseamos cambiarlo?
En ésas estamos.
Bueno, no quiero comprometer a nadie, que a nadie represento: en ésas estoy yo.
---------------------
(*) Precisaré una vez más, aún a riesgo de repetirme mucho, que el llamado «problema nacional vasco» es resultado, en lo esencial, del viejo y enquistado
problema de España. El de un Estado-Nación que pronto se hizo Estado, pero que nunca acabó por convertirse en nación consolidada, al reposar durante largo tiempo su poder político central más en la fuerza militar de sus defensores que en el dinamismo económico y comercial de su clase dirigente, a la inversa de lo que entretanto sucedía en Cataluña y Euskadi.
Escrito por: ortiz.2006/03/28 06:00:00 GMT+2
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2006/03/27 06:00:00 GMT+2
Se polemiza en estos días sobre si los jueces y fiscales deberían actuar a partir de ahora teniendo en cuenta las nuevas condiciones políticas nacidas de la «tregua permanente» de ETA o si, por el contrario, habrían de desempeñar sus respectivos oficios igual que hasta ahora, haciendo como si nada hubiera sucedido ni hubiera de suceder. Quienes sostienen la primera posición argumentan que quienes tienen el encargo de aplicar la ley no pueden ser insensibles a los estados de ánimo y los anhelos políticos de la mayoría social. Replican a ello los que respaldan la segunda opción que la Justicia ha de ser ciega, como la imagen que la simboliza, y no dejarse influir por consideraciones exteriores a las que figuran negro sobre blanco en los códigos.
En contra de la argumentación de estos últimos, está el hecho del abundante recurso que tanto los legisladores como los jueces y fiscales han venido haciendo en España de la circunstancia de «alarma social», cuya toma en consideración es, a todas luces, un reconocimiento de la influencia que tienen en su labor los estados de opinión generales. La tal «alarma social» ha servido en numerosas ocasiones para justificar la aprobación de leyes y la adopción de resoluciones judiciales de carácter extremo. Muy recientemente se ha invocado para alterar –por una vía extremadamente irregular, dicho sea de paso– la legislación relativa al cumplimiento de las penas de cárcel de los miembros de ETA, empezando por Unai Parot.
No se me alcanza por qué habría de ser correcto invocar el estado de ánimo de la ciudadanía para justificar la severidad, pero no la benevolencia.
Si el deseo de alcanzar la paz en Euskadi es realmente mayoritario –eso empiezan a detectar ya los sondeos de opinión–, y si conviene a la consecución de ese deseo una aplicación de la ley lo más apaciguadora y lo menos conflictiva posible, no veo que haya ningún principio insoslayable que lo impida.
Si es justo tener en cuenta la alarma social, nada impide considerar, por las mismas razones, la esperanza social.
Nota de edición: Javier publicó una columna con el mismo título en El Mundo: La esperanza social.
Escrito por: ortiz.2006/03/27 06:00:00 GMT+2
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