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2022/11/19 18:00:00 GMT+1

Las contradicciones y el fútbol

Es bien sabido a estas alturas de la película que mañana comienza el mundial masculino de Catar.

Y hace unos días escribí esto en Twitter.

Traduzco: "Hace mucho que tomé la decisión de no ver el mundial de Catar. Al menos 6.000 muertos en la construcción de los estadios".

Si queréis que os diga la verdad no me va a costar demasiado no ver este campeonato, porque apenas sigo el fútbol de las selecciones. Yo necesito identificarme con un equipo y nadie me representa en esta competición.

Yo veo los partidos con ojos realistas (realsocialistas). Hoy, por ejemplo, hay derbi en San Mamés y lo veré por la tele, a ser posible en un bar: seguro que sufro. Mañana por la tarde no podré acercarme a Zubieta a ver al Sanse, pero es un buen plan, y es algo que ya he hecho varias veces esta misma temporada.

Cuando he solido decir que me gusta más el fútbol que la Real, me han dicho varias veces ya que entonces no me gusta el fútbol. A mis interlocutores les he solido decir que puede que sea así, pero entonces yo lanzo la siguiente pregunta: a esos que sólo les gusta el fútbol de élite, ¿qué es lo que les gusta realmente: el fútbol o el espectáculo?

En este campo no se me ocurre nada más aburrido que esa Superliga que pretenden poner en marcha algunos dirigentes de clubes potentes.

Tal y como he dicho, prefiero ver un partido de los equipos grandes de la Real que uno de esos con futbolistas punteros.

Mitxel González comienza su columna con una idea parecida.

Oleguer Presas es un ex jugador que conoció la élite, pero hace tiempo que se echó a un lado.

Enric González ha parido una columna redonda sobre la cuestión: Disonancia cognitiva.

Y Alberto Moyano comienza su columna sabatina sobre los efectos del deporte popular llevado al extremo (el domingo pasado 30.000 participantes en la Behobia - San Sebastián).

¿Eso es sano? ¡Qué va a ser sano practicarlo de esa manera!

En resumen, que no voy a seguir este puñetero mundial en el que al menos han muerto 6.000 obreros mientras construían la infraestructura necesaria, pero diariamente me trago productos tan o más asquerosos que ese. Así somos.

Un consejo: leed el libro Grada popular de Nacho Pato Lorente, varios reportajes sobre las aficiones de ocho clubes europeos. El fútbol tomado como excusa para contar otras cosas.

Termino con la pregunta del recientemente graduado Alaaddine Azzouzi a Oleguer Presas:

I no teníeu contradiccions?
—I tant que en tenia. I també en tinc ara. Crec que són positives, perquè la incomoditat ens fa pensar i ens fa avançar.

Futbolaz edo, apunte hau euskaraz.

Escrito por: iturri.2022/11/19 18:00:00 GMT+1
Etiquetas: nacho_pato oleguer fútbol alberto_moyano | Permalink | Comentarios (1) | Referencias (0)

Comentarios

Sobre el mundial de Qatar, vaya esta reflexión crítica de Akram Belkaid del Le Monde diplomatique en español. Hay razones sobradas para no ver, ni oír ni escuchar a la muchedumbre borreguil sobre esta tropelía capitalista mundial.
Un abrazo


Qatar, la copa de más por Akram Belkaïd, noviembre de 2022

El 2 de diciembre de 2010, en Zúrich, una votación del comité ejecutivo de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) designa a Qatar como organizadora de la Copa del Mundo de 2022. En Doha, la capital del emirato, se produce una explosión de alegría. Las sirenas de los barcos resuenan en el puerto, las bocinas de los relucientes sedanes que bordean el paseo marítimo les hacen eco y los medios de comunicación locales celebran en bucle un reconocimiento internacional que consagra la entrada del país en la liga de los grandes. El emir Hamad bin Jalifa al Thani, padre del actual soberano, que lo sucedió en 2013, está exultante. Su reino ahora es conocido en todo el planeta.

Enseguida, llueven críticas de todas partes. Por lo que respecta al deporte, se denuncia la aberración de organizar un Mundial en un país desértico y abrasador, donde no existe ninguna pasión por el fútbol. Al mismo tiempo, Estados Unidos, derrotado por catorce papeletas frente a ocho durante la votación de la FIFA –cuando estaba convencido de ganar–, habla de corrupción y compra de votos. En el plano político, organizaciones no gubernamentales (ONG) advierten del carácter autoritario de esa opulenta “gasomonarquía” en la que están prohibidos los partidos políticos y sindicatos. En su informe anual sobre la situación de los derechos humanos en Qatar (19 de marzo de 2011), Amnistía Internacional escribe: “Las mujeres son víctimas de discriminación y violencia. Los trabajadores migrantes son explotados, maltratados y están insuficientemente protegidos por la ley. Cientos de personas continúan siendo privadas arbitrariamente de su nacionalidad. Se han dictado sentencias de flagelación. Se han seguido dictando sentencias de muerte, aunque no ha tenido lugar ninguna ejecución”. Todo está dicho, o casi.

Durante los doce años siguientes, el culebrón de Qatar 2022 sigue siendo noticia: investigaciones judiciales, en Estados Unidos pero también en Francia, sobre la controvertida votación de la FIFA y la prevaricación de varios de sus dirigentes; edificantes reportajes sobre la execrable situación de los trabajadores asiáticos (bangladesíes, indios, nepaleses, paquistaníes, filipinos) y africanos (kenianos, somalíes y sudaneses); denuncias de daños al medio ambiente provocados por la construcción de seis nuevos estadios equipados con sistemas de aire acondicionado. El acta de acusación crece mes a mes, pero la organización de la competición nunca se cuestiona. Como en el caso del Mundial celebrado en la Argentina de los generales en 1978, los contados llamamientos al boicot son un fracaso. El emirato, por su parte, capea el temporal ­gastando decenas de millones de dólares en comunicación para recuperar su imagen; y los 200.000 millones de dólares de presupuesto que dedica a inversiones en infraestructuras (estadios, metro, etc.) hacen la felicidad de cientos de empresas occidentales, chinas y japonesas.

Al aproximarse el arranque de la competición (21 de noviembre), arrecian las críticas. Como nunca es demasiado tarde para hacer las cosas bien, todo el mundo quiere expresar su indignación. “Teniendo en cuenta lo que sabemos sobre las condiciones en las que se desarrolla esta competición, climáticas y de construcción, si yo fuera jefe del Estado, cosa que ya no soy, por lo que mi posición es fácil, no iría a Qatar”, afirma François Hollande (22 de septiembre). Cuando estaba en el Elíseo, el expresidente francés no tenía tantos escrúpulos. El 23 de junio de 2013, de visita oficial en Doha, incluso prometía que Francia ayudaría al emirato a “organizar una hermosa Copa del Mundo”. En ese momento, ya se sabía de la suerte poco envidiable de los trabajadores asiáticos que desde hace décadas construyen Qatar y las demás petromonarquías del Golfo. Pero el proyecto de venta de aviones Rafale era prioritario y Hollande ignoró la cuestión.

La alcaldía de París también se ha vuelto repentinamente solidaria con los condenados de Qatar. ¿La prueba? No abrirá una fan zone durante el Mundial. “Denuncio toda connivencia con los Estados que, a día de hoy, no respetan cuestiones climáticas, reglas sociales o reglas de derecho que son fundamentales”, se enciende David Belliard, teniente de alcalde de París, para justificar ese temerario boicot. Pero, ¿qué pasa con el Paris Saint-Germain Football Club (PSG)? Este club es propiedad de Qatar desde 2011 y su presidente Naser Al-Khelaifi, cercano al emir Tamim bin Hamad al Thani, recibe regularmente a la alcaldesa socialista de la capital, Anne Hidalgo, en sus gradas VIP del Parc des Princes. Por su parte, la cadena de televisión francesa TF1 ha decidido eliminar la mención “Qatar” de su anuncio del Mundial, sin renunciar, por supuesto, a retransmitir los partidos de la competición.

Si se boicotea a Qatar, también habría que poner en cuarentena a todas las monarquías del Golfo, y desde hace tiempo, ya que, de Arabia Saudí a la Sultanía de Omán, todas son merecedoras de las mismas críticas. Si bien cientos de trabajadores han muerto en las obras del Mundial qatarí, muchos otros ya fallecieron en Dubái en la década del 2000, durante la construcción de una de las torres más altas del mundo, el Burj Khalifa. Su panorámica cúspide atrae en la actualidad a decenas de miles de turistas de todas las nacionalidades y nadie piensa en evitar el lugar. En Omán, la construcción de la nueva ciudad de Duqm ha movilizado a legiones de trabajadores extranjeros, apenas mejor tratados que los de Qatar, pero nadie quiere poner en la lista negra el preciado Tour ciclista de Omán. Arabia Saudí , los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y el Reino de Bahréin son constantemente señalados por su incumplimiento de los derechos humanos, su papel en la guerra de Yemen y el carácter autocrático de su poder. Pero ¿quién habla de boicotear los grandes premios de Fórmula 1 organizados en esas monarquías? En cuanto a la presencia de un equipo ciclista financiado por los EAU y de otro financiado por Bahréin en el Tour de Francia, tampoco nadie objeta nada.

¿Y qué pasa con los daños al medio ambiente de los demás miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG)? ¿Los estadios con aire acondicionado para la Copa del Mundo? Una herejía medioambiental, sin duda. Pero, ¿qué suponen frente a las miles de toneladas de hidrofluorocarburos (HFC) que liberan las centrales de aire acondicionado y sin las cuales la vida en Qatar sería un infierno de marzo a octubre? En 2016, durante una cumbre internacional en Kigali y tras un intenso lobbying, las monarquías del Golfo lograron retrasar al año 2047 la prohibición de esos gases de efecto invernadero, fijada en 2036 para los demás países. Sin embargo, nada indica que ese plazo vaya a respetarse. En Abu Dabi, las piscinas de los grandes hoteles se refrigeran en verano. En Dubái se puede esquiar todo el año en una estación cubierta diseñada por una empresa francesa. Un despilfarro de energía enmascarado por una inteligente comunicación sobre las promesas de la tecnología verde: de hecho, es en los EAU, gigante del petróleo, donde se encuentra la sede de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA, por sus siglas en inglés)…

Al organizar la Copa Mundial de Fútbol, Qatar ha descubierto el coste de sus ambiciones en la escena internacional. Albergar competiciones deportivas regionales o la Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (como en 2001) –ideal para evitar que se repitan las protestas de Seattle en 1999– es una cosa. El Mundial de fútbol, uno de los eventos deportivos más vistos del mundo, otra muy distinta: imposible en adelante pasar desapercibido y librarse de las críticas, la desconfianza, los celos... En ese sentido, Qatar podría haber extraído algunas lecciones de la experiencia de Kuwait que, a finales de la década de 1980, también se topó con un techo de cristal y un alud de críticas. Con un botín de guerra de 200.000 millones de dólares, el emirato buscó hacer buenos negocios en Wall Street y el London Stock Exchange. Menos de un año después del crac bursátil del 19 de octubre de 1987 (el “lunes negro”), las acciones de las grandes multinacionales estaban a buen precio, empezando por las de British Petroleum (BP), que el Gobierno de Margaret Thatcher acababa de privatizar. Durante el primer semestre de 1988, el fondo soberano Kuwait Investment Office (KIO) puso sobre la mesa 2000 millones de dólares para controlar el 22% del capital del grupo petrolero y anunció que participaría en la dirección estratégica de BP. En Londres, se desató la indignación. ¿Un peso pesado de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) iba a tener derecho a supervisar ese buque insignia británico? ¡Ni hablar! Thatcher amenazó a Kuwait con represalias en caso de un nuevo incremento de sus participaciones en la petrolera y el líder laborista Neil Kinnock habló de “peligro para el interés nacional”. Finalmente, el KIO acordó reducir su participación en el capital de BP.

En Estados Unidos, donde ya existía una fuerte hostilidad hacia los inversores japoneses, de repente el KIO resultó sospechoso para ­muchos congresistas, preocupados por sus adquisiciones de bienes inmuebles de lujo, particularmente en Nueva York. Ese “Kuwait bashing” llegó incluso a Francia, donde no se había olvidado que durante la Copa Mundial de Fútbol de España de 1982 el jeque Fahad al Ahmed al Jaber al Sabah, el hermano del emir, había bajado al césped del estadio de Valladolid y, valiéndose de su estatus principesco, había obligado al árbitro a anular un gol marcado por la selección de Francia. Algo nunca visto en la historia del deporte rey. Este contexto de desconfianza general obligó al KIO a importantes desembolsos en comunicación y lobbying político para convencer a la opinión occidental de que Kuwait, por rico y arrogante que fuera, no merecía su anexión por el Irak de Sadam Husein en agosto de 1990.

Aleccionados por sus desengaños, los dirigentes de Kuwait optan desde hace tres décadas por una absoluta discreción de su país en la escena internacional. ¿Acabará Qatar eligiendo el mismo camino? Dependerá del (buen) desarrollo del Mundial y la conclusión de las investigaciones en curso. Arabia Saudí, que pretende tomar el relevo, podría incluso sucederle en el papel de villano del Golfo. El país ya se ve organizando el Mundial de fútbol dentro de ocho años, asociándose con Egipto y Grecia o Marruecos. Y acaba de ser designada sede, en 2029, de los Juegos Asiáticos… de Invierno.

Escrito por: José.2022/11/21 17:02:7.662862 GMT+1

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