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2008/05/12 05:30:00 GMT+2

Sí sabe, sí contesta

El sábado decidí cambiar la columna que tenía prevista en Público y mandé otra para sustituirla. No tuve suerte y, por problemas de coordinación interna del periódico, no se produjo el cambio requerido, con lo que salió una columna en el periódico y otra en mi blog personal. Hoy (todavía no lo sé, porque estoy escribiendo esto de madrugada) es fácil que ocurra lo contrario.

No vale la pena que nadie se tome el trabajo de imaginar problemas que vayan más allá de los meramente funcionales.

Desde hace algunas semanas, vengo recibiendo bastantes correos electrónicos cuyos remitentes hacen elucubraciones que parten del dato de la colocación mejor o peor de mis columnas dentro de la edición digital de Público. Pierden el tiempo. Es algo que no responde por sistema a ninguna decisión humana, ni amable ni perversa, sino al funcionamiento de un robot, que va acumulando las columnas de los colaboradores en función de su hora de entrada, de modo que las más madrugadoras, como suelen ser las mías, tienden a aparecer al final. Ha bastado con retrasar el toque final de las últimas para que hayan aparecido en posiciones preferentes. Es así de sencillo.

Otra cosa es que todo se pudiera hacer mejor, pero para eso Público necesitaría tener una plantilla más amplia, y un periódico en sus comienzos está obligado a vigilar muy mucho su cartera. He asistido ya en primera persona al nacimiento de tres diarios de información general (Liberación, El Mundo y Público) y sé de qué hablo. El que se planteó la cosa de manera más altruista, Liberación, fue el que se dio más prisa en fenecer.

Puestos a especular, los ha habido que también han especulado con el hecho de que yo asistiera el pasado jueves a la presentación en Madrid de la biografía de Pedro J. Ramírez y de que El Mundo decidiera destacar al día siguiente mi asistencia al acto, publicando una fotografía que daba cuenta de ella. Los habituales de esta web saben que, pese a nuestras muy profundas diferencias ideológicas y políticas, tengo buena relación personal con Ramírez, que me ha demostrado reiteradamente su aprecio personal y profesional, cosa que siempre he agradecido, aunque no lo manifestara mientras trabajé para él, en aplicación de uno de mis principios privados: “Contra el patrón como contra la Patria: con razón o sin ella”.

Fui al acto porque me apetecía, charlamos un rato y quedamos en seguir charlando. Eso es todo. No lo hice pensando en ningún futurible, entre otras cosas porque casi carezco de futuro: me jubilo dentro de cuatro años y medio. Y tengo unas ganas de mandar el periodismo (eso en lo que ha acabado por convertirse) a freír espárragos…

Remitente: ortiz.2008/05/12 05:30:00 GMT+2
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2008/05/06 06:00:00 GMT+2

La otra cara de Calvo-Sotelo

Los obituarios que se están dedicando a Leopoldo Calvo-Sotelo ponen el acento en algunos aspectos de su biografía, pero pasan de puntillas sobre otros que son también definitorios de su trayectoria política. Así, eluden recordar que fue procurador en las Cortes franquistas. Tampoco insisten en que, como ministro del Gobierno de Arias Navarro, fue corresponsable de actuaciones y decisiones graves, a veces luctuosas (aunque cabe suponer que, sentándose en aquel Consejo de Ministros personajes como Fraga, Suárez y Martín Villa, estaría más de oyente que otra cosa).

Se resalta que el intento golpista del 23-F se produjo en el momento en el que iba a votarse su candidatura a la Presidencia del Gobierno, una vez dimitido Suárez. Lo que no se menciona es que, meses después, promovió –de acuerdo con el PSOE, conviene recordarlo– la Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (LOAPA), que fue claramente un intento de atender parte de las exigencias militares que estaban detrás de los afanes golpistas. La LOAPA limitaba considerablemente aspectos de los Estatutos de Autonomía que el sector más reaccionario del Ejército consideraba poco menos que separatistas. En 1983, ya con Felipe González en la Moncloa, el Tribunal Constitucional negó el carácter orgánico y armonizador de la LOAPA y declaró anticonstitucionales 14 de sus 38 artículos. Sabiendo lo dócil que era por aquel entonces el TC con el Gobierno del PSOE y el interés que éste tenía en no ver desautorizada una ley que consideraba propia, no es difícil hacerse idea de hasta qué punto era un engendro. Su parte más estrafalaria, desde el punto de vista jurídico, es que trataba de enmendar partes fundamentales de una ley de rango superior con otra de rango inferior. Pero peor era su significación política: cedía ante quienes veían en los estatutos vasco y catalán un intento de «desmembración de España».

Calvo-Sotelo fue también responsable del ingreso del Estado español en la OTAN, decisión que tomó sin consulta alguna, a sabiendas de la impopularidad de la medida. Sus defensores argumentan que lo hizo para favorecer que las Fuerzas Armadas españolas se fundieran con las de los estados occidentales, lo que las alejaría de cualquier veleidad golpista. Es una interpretación benévola imposible de refutar: las intenciones de cada cual son exclusivamente suyas. En todo caso, de lo que no hay duda es de que el finado Calvo-Sotelo era muy atlantista. O sea, que nos metió en un sitio que le gustaba. Aparte de eso, dudo que para entonces hubiera en España muchos altos responsables castrenses que no fueran ya conscientes, al margen de sus propias querencias ideológicas, de que cualquier intento de regreso a la dictadura estaba condenado de antemano al fracaso.

No tuve nunca ocasión de hablar con él. Mejor dicho: nunca estuve con él, porque lo de hablar es otra cosa. Me contó Xabier Arzalluz que se entrevistó con él en alguna ocasión durante el breve tiempo en el que ejerció de presidente de Gobierno, y que se desesperó ante su perfecto hermetismo hierático. No soltaba prenda. El entonces presidente del PNV dudaba de las razones de la incomunicabilidad del personaje: ¿era que no quería decir nada, que no tenía nada que decir, que no sabía qué decir, o qué?

De todos modos, hay un par de aspectos de la personalidad de Leopoldo Calvo-Sotelo que tampoco se están resaltando y que, bien mirados, a mí me parecen positivos. El primero es su carencia de eso que por aquí se suele llamar «carisma». Era cualquier cosa menos seductor. Estaba tan distante como cualquier otro dirigente político, pero él no lo disimulaba. Eso, en un mundo político en el que tienen tanto predicamento los vendedores de imagen, resultaba de agradecer.

Lo otro que merece la pena valorar de él es que, cuando se retiró, se retiró.

Remitente: ortiz.2008/05/06 06:00:00 GMT+2
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2008/04/27 06:00:00 GMT+2

Degradación de los medios

Noto un creciente desaliño en la confección de los más importantes periódicos españoles y, de manera especialmente llamativa, en El País, en el que puede que el deterioro resalte más porque antes tenía un control de calidad relativamente alto.

No estoy refiriéndome a los contenidos ni a la línea editorial (ése es otro asunto), sino al rigor técnico, profesional. La redacción de los textos es ramplona y descuidada; la mezcla de información y opinión, constante; el montaje, efectista pero confuso; la elección de las fotos, hecha al buen tuntún, como para rellenar… Podría poner ejemplos a mansalva, pero hay algunas pifias de los últimos días que me han dejado estupefacto. ¿Cómo es posible meter una noticia destacada en la que se insiste en afirmar que una procesada que se llama Dolores tiene como nombre de guerra “Lola”? ¿Qué clase de nombre de guerra es ése? Los nombres de guerra se eligen para disimular la verdadera identidad y, que yo sepa, las Lolas siempre han sido Dolores. ¿Tienen previsto decir, la próxima vez que se refieran al último ex premier británico, que se trata de «Anthony Blair, alias Tony»?

No ya el cuerpo de las noticias; incluso los títulos y subtítulos están con frecuencia mal redactados, con llamativo desprecio del diccionario, la gramática y los libros de estilo. Es penoso.

El fenómeno puede tener dos explicaciones, en nada excluyentes.

La primera es la degradación del rigor del lenguaje mediático, político y literario, cada vez más apabullante en España. Se habla y escribe de manera abúlica, echando mano de constantes frases hechas y tópicos, que nadie se toma el trabajo de pensar dos veces. Y como el resultado tampoco parece que incomode a quienes escuchan o leen, todos tan felices.

La segunda explicación, acumulable a la primera, es que los responsables de los medios de comunicación españoles están tan ocupados en sus batallas empresariales, viendo qué compran y qué venden (o quién los compra y quién los vende), que no tienen tiempo para ejercer de periodistas rigurosos, en el hipotético caso de que supieran hacerlo.

Esto último me tiene especialmente fascinado en las últimas semanas. O mareado, más que fascinado. Es tal la cantidad de informaciones y rumores que corren sobre cambios de propiedad en los grandes medios de comunicación que ya no tengo ni idea de cómo están en este mismo momento las cosas, y mucho menos aún de por dónde van a ir.

Además, tampoco es que me importe demasiado. Doy por hecho que, cambie como cambie la titularidad de las acciones de este, el otro o aquel, el rollo de fondo que soltarán seguirá siendo el mismo.

Remitente: ortiz.2008/04/27 06:00:00 GMT+2
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2008/04/21 05:30:00 GMT+2

Sin ambulancias

En pocos días he pasado de estar sometido al ruido enloquecedor del centro de Madrid a notar la fuerza del silencio de la montaña alicantina.

En Madrid, el piso en el que paro está en lo alto de una calle estrecha y muy frecuentada. Las  casas hacen el efecto de una caja de resonancia. Las radios, las bocinas de los coches, las voces, las persianas de las tiendas, las sirenas de las ambulancias (no sé por qué, pero para mí que casi todas las ambulancias que circulan por Madrid pasan por mi calle), los tubos de escape de las motocicletas… El conjunto puede resultar enloquecedor. Y no tiene remedio, porque, si tomo medidas para aislarme, entonces no oigo ni el teléfono ni el timbre de la puerta, y necesito oírlos.

Pero, en cosa de pocas horas, como ha ocurrido en estos días, me traslado a mi casa mediterránea, perdida en el quinto pino, totalmente alejada del mundanal ruido, y el cambio es total.

Aquí no hay nada de lo de Madrid. A veces pasa un coche por la lejanía y se oye un leve zumbido. Hay ocasiones en las que el eco me trae algo de la música que ponen en alguna de las casas de los alrededores. O de las voces de una conversación festiva, de comida de fin de semana al aire libre. Lo que más suena, por lo general, es el canto de los pájaros. Anteayer me entretuve distinguiéndolos, sentado bajo el sol, y separé media docena de trinos diferentes.

Pero el teórico silencio campestre también pasa sus facturas.

Hace una hora, más o menos, me ha despertado un ruido. Tal vez el viento, que azotaba fuerte, hubiera derribado un tiesto. Eran las 3 de la mañana.

A partir de ahí, tumbado en la cama, he empezado a oír los sonidos del silencio, casi todos misteriosos para mí. ¿Una rama rota? ¿Un gato persiguiendo un ratón de campo? ¿No andará rondando alguien por los alrededores?

He encendido la radio, pero resultaba todavía más inquietante: sólo había gente desvelada que pormenorizaba angustias angustiantes.

Así que he optado por levantarme y ponerme a escribir.

Como en Madrid, pero sin ambulancias.

Remitente: ortiz.2008/04/21 05:30:00 GMT+2
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2008/04/19 08:45:00 GMT+2

Es conferencia

Ayer di una conferencia en Petrer. Para quienes no lo sepan, diré que Petrer es un pueblo importante de la comarca del Vinalopó, dentro de la provincia administrativa de Alicante. No muy alejado de mi casa de Aigües. A una hora de coche (conducido a velocidad moderada), según pude comprobar a mi regreso.

La conferencia no tuvo ningún interés para mí, porque ya me la sabía. Para el público asistente, no lo sé: la buena educación mueve a quienes soportan este tipo de rollos a decirte luego que les ha interesado, pero no es forzosamente cierto. Lo peor es que olvidé poner el cronómetro en marcha cuando inicié mi perorata, fallo que me llevó a pasarme de frenada y tirarme hora y cuarto hablando sin interrupción. (La experiencia me dicta que, técnicamente, una buena conferencia debe durar unos 50 minutos. Aguantar a un señor que habla y habla durante 75 minutos es más de lo que se le puede pedir a cualquier persona razonable.)

A mí, de las conferencias (de las mías) lo único que me interesa es lo que las rodea. Es decir, la oportunidad que me proporciona de hablar con gente poco o nada conocida, sea antes de empezar el acto o, sobre todo, al final, en la cena que suele congregarse para clausurar la jornada. Ayer no fue excepción. Me permite “tomar la temperatura” a las personas que se interesan por este tipo de asuntos, que son de las más inquietas y críticas de cada sitio. Así puedo saber hasta qué punto están informadas (y de qué), por dónde van sus inquietudes, cuál es su geografía política y sus códigos de interpretación de lo que sucede. El resultado no siempre resulta entusiasmante, pero malamente podría quejarme: yo tampoco lo soy.

Podrá parecer tontería, pero lo que llevo peor de estas experiencias, que cada vez prodigo menos, es su resultado físico. Estar una noche por ahí hasta las tres de la madrugada, como ayer, hace que al día siguiente esté como para recogerme con pala.

No sé. Para mí que va a ser culpa de la edad.

Remitente: ortiz.2008/04/19 08:45:00 GMT+2
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2008/04/15 08:50:00 GMT+2

Una pifia y una reflexión

La pifia de mi columna de ayer fue notable. No sé por qué (bueno, sí sé por qué: porque no tengo ni idea de alemán), siempre había pensando que el Bayern de Múnich llevaba ese nombre porque estaba vinculado en su origen o por patrocinio con la empresa química Bayer, al igual que el Bayer Leverkusen, y así lo dejé caer, tan alegremente. Me tocó descubrir pocas horas después que el “Bayern” se llama así porque es de Baviera, y no tiene nada que ver con la problemática empresa que fundó el señor Bayer. Mi enfermizo sentido del ridículo me hizo sentirme en la obligación de pedir rápidas y abochornadas disculpas públicas por mi patinazo, tanto a los lectores de Público como al Bayern de Múnich.

Pero, por lo que me han contado, mi columna provocó otra tanda de misivas, éstas relacionadas con las relaciones entre deporte y nacionalismo. A los listillos de siempre les dio por entender que mis críticas estaban dictadas por mi manía a “lo español” y que jamás habría escrito algo parecido si en el partido de fútbol –en el que fuera– hubieran estado implicados equipos de mis preferencias. ¡Ah, si hubieran sido vascos, o catalanes!

Estamos en lo de siempre. Si recurrieran a la hemeroteca, verían que me declaré horrorizado, hace no tantos años, ante la posibilidad de que el equipo de fútbol de mi pueblo (la Real Sociedad de San Sebastián) ganara el Campeonato Nacional de Liga. Mostré mi pavor ante la avalancha de nacionalismo (o incluso de localismo) que eso podría acarrearnos a los donostiarras y manifesté mi deseo de que tal cosa no ocurriera. Cuando finalmente no sucedió, me declaré aliviado, lo que no me hizo ganar muchas simpatías entre algunos de mis próximos.

Son ganas de no entender que haya quien pueda sentir franca aversión por las manifestaciones más irracionales, viscerales y prepotentes del cariño por su propia tierra y por los éxitos de sus vecinos, sean de origen o traídos de donde sea a golpe de talonario.

Dicho lo cual, me disculpo por lo tardío de esta aportación a la Red. Ayer tuvimos una muy grata cena republicana que unos cuantos prolongamos hasta las cuatro y pico de la madrugada, dándole a la mui. Así que podéis imaginar el espesor que alguien como yo, que para las 12 de la noche está casi siempre en la cama, arrastra esta mañana.

Remitente: ortiz.2008/04/15 08:50:00 GMT+2
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2008/04/11 06:00:00 GMT+2

Demasiado = nada

Todos los usuarios de buscadores en la Red sabemos de la importancia de acotar bien el centro de nuestro interés para encontrar exactamente lo que buscamos, porque, si no, corremos el riesgo de vernos sumergidos en una avalancha de datos en la que nos resulta imposible desenvolvernos.

Lo del correo electrónico puede ser aún peor. Para mí lo está siendo, por lo menos. En la actualidad, recibo tal cantidad de electrocartas que me resulta imposible administrarlas. No me refiero a correo “basura”, publicidades y divertimentos de ésos que ahora tanto fabrican y difunden  los trabajadores con pocas ganas de trabajar, sino de cartas específicamente escritas para mí por personas que quieren comentarme algo concreto, del tipo que sea (la gama de posibilidades es muy amplia: desde una reflexión política hasta un asunto de índole laboral, la tramitación de una factura o la invitación a tal o cual acontecimiento, público o privado).

Ayer me sentí desbordado por completo. Tras haber eliminado de mi buzón de correo electrónico todo lo que tenía aspecto de ser “basura”, haciéndolo a lo bestia y con riesgo de tirar a la papelera mensajes que lo mismo me interesaban, me quedé con más de un centenar de cartas.

Me entró un total desaliento.

Lo comenté con mi mujer, que se distraía viendo en su ordenador un pase de fotos muy bonitas: “El problema no es que me sea imposible responder todo ese correo. ¡Es que ni siquiera tengo tiempo suficiente para leerlo!”

Se rió. “Contrata a alguien que lo lea y te haga una criba”, me dijo, sabiendo de sobra que no tengo medios para contratar a nadie.

“No me bastaría con contratar a una persona. Necesitaría dos” –le seguí la broma.

De verdad: que te hable demasiada gente a la vez es como si no te hablara nadie. No te dicen nada: te aturden. Y es algo que, además, no tiene remedio, porque cada una de las personas que te habla no tiene conciencia de estar haciéndolo a la vez que muchas más.

Añadid a eso los teléfonos.

Remitente: ortiz.2008/04/11 06:00:00 GMT+2
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2008/04/09 06:30:00 GMT+2

Sin comentarios

Dicen que Albert Einstein solía afirmar: “Sólo conozco dos cosas infinitas: el espacio y la estupidez humana”.

Mi primo Emilio Sánchez Ortiz, al que no le incomoda el humor negro –me da que es cosa de familia–, escribió hace años una sombría reflexión en un libro de apotegmas: “De que hay vida después de la muerte yo soy la prueba evidente”.

Mezclo ambas ideas y me sale una tercera: de que la estupidez humana es infinita yo soy la prueba evidente.

Ayer, un amigo me hizo ver cuán absurdo resulta que deje espacio en mi web a los comentarios sobre las columnas que saco en el diario Público. Su argumentación fue tan redonda que me llevó directamente a concluir que en algunas ocasiones soy bastante limitado de entendederas.

“Tus columnas en Público se pueden comentar en la web del propio diario”, me dijo. “Dado que tú no sueles leer esos comentarios, no te aporta nada que figuren en tu blog. En cambio, te beneficia que aparezcan en la versión electrónica de Público, porque dan más eco a tus escritos.”

“Otra cosa son tus Apuntes”, prosiguió (lo cito de memoria: no tomé nota literal de sus palabras). “Ahí sí tiene sentido que abras la puerta a los comentarios de los lectores. Pero para ello sería conveniente que separaras otra vez las columnas de los Apuntes, de modo que no se monte el lío que a veces hay ahora entre quienes escriben sobre lo uno y quienes lo hacen sobre lo otro. Quien quiera decirte algo en privado, puede hacerlo por e-mail. Y quien quiera comentar en público lo que escribes, también tiene modo de hacerlo.”

Sólo pude hacer una cosa: darle la razón. Y obrar en consecuencia.

Remitente: ortiz.2008/04/09 06:30:00 GMT+2
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2008/03/22 05:30:00 GMT+1

Digo vivir

Llevo mes y medio (o algo así) sin escribir Apuntes del Natural y algunos amigos me preguntan cómo me sienta. «¡Tantos años haciéndolo…!», me dicen.

Y es verdad que escribí esos Apuntes a diario durante muchos años. Pero también es cierto que pasé muchos más años antes de eso sin escribirlos.

De modo que tengo costumbre de lo uno y de lo otro.

Puesto que os debo la sinceridad, al menos a algunos (y  también a algunas, a las que he de citar explícitamente, porque para mí el masculino ni las abarca ni es neutro), habré de reconocer que me siento muy apacible con este parcial silencio.

Desde hace ya algún tiempo, me he distanciado del lado sentimental de la escritura. Asumo que ni yo soy capaz de expresar con la suficiente claridad lo que pienso (muy probablemente porque no lo pienso con la suficiente claridad) ni la mayor parte de la gente que me lee (supongo que como lógica consecuencia de lo anterior) es capaz de entender medianamente bien lo que quiero decir. Por lo que me cuentan –yo he dejado de leer los comentarios que suscitan mis escritos: me entristecía ojearlos y decidí dejar de hacerlo–, mis columnas siguen sin animar demasiado a la reflexión independiente y desprejuiciada. O sea, que no sirven para gran cosa. Parece que valen, eso sí, para que algunos hagan vudú con mi persona, atribuyéndome de todo, lo cual tengo entendido que es un buen modo de liberarse de los traumas propios. Quizá en ese sentido, tirando a freudiano, sí sea de alguna utilidad.

En tiempos me definí como «opinante compulsivo». Eso tenía relación con mi vieja idea, harto ingenua, de que lo importante es razonar, es decir, animar a razonar. Vas tú y dices cómo ves las cosas, para que los demás hagan lo mismo, y así tratamos de ir aclarándonos.

Valiente bobada. Según mi experiencia, es poquísimo el personal que reflexiona sobre lo que le rodea con el deseo de entender. Lo único que pretende es justificarse, y con eso va que chuta.

Bah, qué más da. De momento, me limito a hacer la cuenta atrás, viendo cómo se acerca, despacio pero gozoso, el día de mi jubilación.

No aspiro a más. Así que llegue, escribiré cuando me apetezca, y para mí mismo. No me hará falta ni publicarlo. ¿Para qué? Es antiecológico. ¡Se ha puesto tan cara la tinta invisible!

Homenajearé una vez más en silencio a mi buen maestro Blas: «Porque escribir es viento fugitivo / y publicar, columna arrinconada / digo vivir, vivir, como si nada / hubiera de quedar de lo que escribo».

Remitente: ortiz.2008/03/22 05:30:00 GMT+1
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2008/02/07 05:30:00 GMT+1

En posición de descanso

Varios lectores y lectoras me han escrito preguntándome por qué en los últimos días no he escrito Apuntes del Natural.

Ni lo he hecho ni volveré a hacerlo, al menos durante un cierto tiempo.

Subir a mi blog las columnas de Público me produce muy poco engorro y, como las escribo casi siempre por la mañana, puedo dejarlas “dormir” en el archivo para que el robot las haga visibles a la madrugada siguiente, sin tener que ocuparme yo de nada más. En cambio, los Apuntes los redactaba a partir de las 4 o las 5 de la madrugada. A veces incluso antes. Contribuían a acentuar mi insomnio.

No soy nada rápido escribiendo. Repaso, consulto y corrijo una y otra vez. Eso quita mucho el sueño.

Los Apuntes me suponían bastante trabajo. A cambio, ningún beneficio económico. En tiempos me reportaron alguna satisfacción sentimental, por la comunidad que creí que habían contribuido a formar, pero ya no lo veo nada claro. Me parece que no hay correspondencia, ni de lejos, entre el esfuerzo invertido y la satisfacción recibida. 

Cortar el grifo de los Apuntes confío que me ayude, para empezar, a dormir más, cosa que mi salud agradecerá. Y también a atender con más celo determinadas tareas remuneradas que con mucha frecuencia he puesto en segundo plano durante los últimos años en mi particular jerarquía de ocupaciones diarias.

Asegura el tópico que “sólo se equivocan los que hacen cosas”. Es un modo –que entiendo– de elogiar a los más entusiastas y emprendedores. Pero yo he llegado al punto en el que ya me planteo el asunto al revés, y reformulo la recomendación:: "cuanto menos te expones a los pimpampum al uso, menos pelotazos te llevas en los morros". 

Gabriel Aresti, gran poeta vasco, escribió en los años sesenta un poema en el que bromeaba con el dicho evangélico según el cual, si te dan un bofetón en una mejilla, debes poner la otra. Ironizaba el autor de Harri eta Herri diciendo –el poema es en euskera: cito de memoria la traducción– que las gentes de los tiempos de Cristo debían de ser mucho más rápidas, porque a él, por lo menos, todas las bofetadas se las daban en la misma mejilla.

Muy pertinente, la idea.

Remitente: ortiz.2008/02/07 05:30:00 GMT+1
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