2010/06/10 23:46:8.768000 GMT+2
El título de este comentario parece encerrar una paradoja: luchar por la paz ¿no es una evidente contradicción? La lucha siempre implica algún tipo de violencia, aunque nuestro diccionario también la defina como un esfuerzo para conseguir algo. No conviene dejarse llevar por las apariencias: la paz no viene por sí sola, no es un regalo de los dioses y es preciso esforzarse para alcanzarla. Luchar por ella.
Esto es precisamente lo que se estudia en el Centro de Educación e Investigación para la Paz (CEIPAZ), que trabaja desde las instalaciones de la Universidad Autónoma madrileña y está englobado en la Fundación “Cultura de Paz”, que preside Federico Mayor Zaragoza. El CEIPAZ se presenta en su página web como un centro “que estudia y divulga desde una perspectiva multidisciplinar la relación entre conflictos, desarrollo y educación. Analiza las principales tendencias en el sistema internacional y promueve la educación para el desarrollo y la paz”.
CEIPAZ forma también parte de la red Global Action to Prevent War and Armed Conflict, que es una red transnacional que trabaja sobre medidas prácticas para “reducir los niveles globales de conflicto y suprimir los obstáculos institucionales e ideológicos que impiden acabar con la violencia armada y con las violaciones de los derechos humanos”.
Parecen muchas organizaciones, pensará el lector, dedicadas a iluminar desde diversos ángulos lo que significa la paz en un mundo en el que es casi una anomalía. Donde, además, los actos de violencia y transgresión de los derechos humanos más elementales son actualidad cotidiana, como puede verse sin más que repasar las noticias publicadas en este diario digital hoy, ayer o mañana.
CEIPAZ acaba de publicar su “Anuario 2009-2010“, con el título “Balance de una década de paz y conflictos: tensiones y retos en el sistema internacional”, que incluye unos completos y bien elaborados análisis sobre muchos asuntos que preocupan hoy a la humanidad. Entre ellos se puede leer sobre el cambio climático, la ayuda al desarrollo, los medios de comunicación o los problemas que surgen en Cuba, el Cáucaso o China, por citar solo una parte de su extenso y variado repertorio.
Mi colaboración en el citado anuario trata sobre el papel de la OTAN en la seguridad internacional. La resumiré en unas líneas. La OTAN siempre ha sido objeto de polémica, no solo en España sino en muchos otros países. Unas veces más intensamente, otras en segundo plano, su existencia y sus actividades suelen incidir a menudo en las preocupaciones de los pueblos. Desde la participación en las operaciones bélicas desarrolladas en Afganistán hasta la permanente indecisión de los gobernantes europeos sobre cómo organizar las estructuras de seguridad y de defensa de la Unión Europea (UE), la OTAN sigue siendo un problema sin resolver.
Si son muchos los pueblos cuyos Gobiernos tienen tropas desplegadas en el lejano país asiático y no entienden el motivo de esa participación, no son menos los Gobiernos que tampoco entienden para qué se han unificado los órganos de política exterior de la UE y para qué se ha creado una nueva figura que concentra toda la responsabilidad de las relaciones internacionales de la UE, si la diplomacia y la política exterior europeas carecen de ese importante respaldo que son unas fuerzas armadas propias, capaces de actuar con plena autonomía. Tampoco vea el lector en esto una contradicción: se puede luchar por la paz pero siendo consciente de que, en el mundo de hoy, la diplomacia requiere todavía el apoyo de los ejércitos.
Una estructura militar no sobrevive sin un enemigo. La extinta Unión Soviética fue el enemigo que mantuvo a la OTAN con vida y crecientemente expansiva. Más que la fidelidad a los pretendidos “valores democráticos” de Occidente, la OTAN estaba sostenida por la fórmula de los mosqueteros -”Todos para uno y uno para todos”-, aunque respetando la debida jerarquía en función de los intereses nacionales de cada país aliado. No tuvo inconveniente en admitir en su seno a la dictadura portuguesa o a la Turquía de los militares golpistas, porque le proporcionaban ventajas estratégicas en su enfrentamiento con el eterno enemigo soviético. Entre sus aliados exteriores, durante la Guerra Fría, tampoco vaciló en contar con dictaduras represivas y regímenes muy poco recomendables.
Mantengo la opinión de que Europa necesita una nueva estructura defensiva que necesariamente habrá de incluir a Rusia. Es cierto que Rusia no puede vetar ni presionar sobre las decisiones de la Alianza Atlántica, pero ésta deberá olvidar definitivamente la Guerra Fría y no podrá atender a sus propios intereses si ignora las necesidades rusas de seguridad.
Solo una nueva estructura paneuropea de defensa y seguridad podrá hacer frente a los problemas que irán surgiendo a medida que avance el siglo XXI. Este será el asunto más importante que deberán resolver, de forma coordinada, los dirigentes políticos europeos, estadounidenses y rusos en los próximos años. En el fondo del problema siempre se encontrará el obstáculo que supone la preexistencia de la OTAN, cuya disolución o, más probablemente, transformación en algo muy distinto de lo que es en la actualidad, será inevitable al paso del tiempo.
Publicado en República de las ideas, el 11 de junio de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/06/10 23:46:8.768000 GMT+2
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2010/06/07 21:26:6.081000 GMT+2
A los posibles lectores de este blog:
Siendo esta mi primera experiencia con las bitácoras o blogs, no deja de rondarme una duda que supongo será general en todos los que están en las mismas circunstancias:
¿Lee alguien lo que aquí se escribe?
Algún comentario aislado añadido a algún artículo me induce a pensar en una respuesta tímidamente positiva. Pero no estoy muy seguro...
Me ocurrió en una ocasión aparecer en una pequeña ciudad para dar una charla -allá por los tiempos de la movida antiOTAN- y acabar tomándonos una copa, los presentadores y yo, en un bar próximo, porque la charla coincidía con un partido de fútbol de esos que vacían las calles de las ciudades y que no había sido previsto en el programa de la admirable asociación que organizaba el ciclo de conferencias. Nadie apareció por el salón. Pero ellos siguieron organizando reuniones y yo seguí asistiendo cuando me invitaban a ellas.
Una sensación similar siento ahora, aunque ya baqueteado en estos trances seguiré incluyendo aquí los textos que publico en diversos medios y que, a pesar de todo, representan todavía esos disparos del "viejo cañón" que intentan despertar a los pueblos amenazados.
En fin, seguiremos por ahora en contacto.
Escrito por: alberto_piris.2010/06/07 21:26:6.081000 GMT+2
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2010/06/07 09:20:55.491000 GMT+2
En Dili, la capital de Timor Oriental, ese país que solo aparece en los medios de comunicación cuando es objeto de las ambiciones de sus vecinos -Australia o Indonesia- por sus recursos naturales o cuando es sacudido por la guerra -como cuando entre sangre y fuego alcanzó la independencia frente a la brutal represión indonesia-, se reunieron el pasado mes de abril delegaciones de varios de los llamados "Estados frágiles". Se trata de esos países que dependen de la ayuda exterior para sobrevivir y, en ciertas circunstancias, aspirar a poseer los medios que les permitan salir de la espiral de miseria, corrupción y desorganización en la que están endémicamente atrapados.
Además de los de Timor, asistieron representantes de Burundi, Chad, Costa de Marfil, Haití, Islas Salomón, Nepal, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Sierra Leona y Sudán meridional, entre otros. Esta enumeración permitirá al lector hacerse una idea del tipo de países al que nos estamos refiriendo.
Lo que esos países pedían era que sus Gobiernos intervinieran más directamente en el destino y distribución de los fondos que los países donantes dedican a la ayuda al desarrollo. El diálogo entre donantes y socorridos se planteó en términos crudos. El representante de una OING (Organización internacional no gubernamental) declaró: "Desde el punto de vista de los Gobiernos está bien que deseen controlar los fondos asignados, y debemos estimularlo. Pero, francamente, muchos de estos Gobiernos no son expertos en la construcción de la paz". Desde el otro lado, la ministra de Finanzas de Timor recordó que el índice de pobreza había aumentado en su país un 50% entre 2001 y 2007, añadiendo: "¿Es este el resultado que deseamos? Comprendo que hemos de ponernos de acuerdo [donantes y beneficiados] sobre los resultados a alcanzar. Pero, después, déjenme a mí que actúe a mi modo porque conozco mejor el contexto en el que estamos trabajando y que ustedes desconocen".
Hay que aplaudir y fomentar estas reuniones que ponen en contacto a los dos polos de la ayuda al desarrollo, los que la reciben y los que la organizan, y que son beneficiosas para ambas partes al permitir un mejor conocimiento mutuo. Pero también hay oscuras sombras que empañan las actividades de ayuda humanitaria. Sombras que se advierten en estas palabras de un economista de Zambia: "Esa ayuda es la causa, y no la solución, de los problemas del mundo en desarrollo". No son pocos los que citan casos, en creciente número, en los que la ayuda ha servido para prolongar las guerras y los conflictos, y para premiar la actuación de asesinos y de Gobiernos corruptos.
La escritora y activista holandesa Linda Polman se hace eco de los problemas que aquejan a la ayuda humanitaria en un libro recientemente publicado y cuyo título puede traducirse así: "Juegos de guerra: la historia de la ayuda y la guerra en los tiempos modernos". La ayuda humanitaria se ha convertido en un negocio importante que opera estrechamente vinculado con los medios de comunicación y con los protagonistas de las actividades bélicas. De las 40 agencias que en los años 80 intervinieron en el conflicto de Camboya o de las 250 que diez años después lo hicieron en Yugoslavia, se pasó en 2004 a las más de 2500 que trabajaban en Afganistán. El principal motivo de preocupación es la triple vinculación citada: las OING necesitan de la publicidad mediática para recibir donaciones y seguir funcionando; a su vez, los Gobiernos y los señores de la guerra las utilizan en beneficio propio.
Polman afirma que la pretendida imparcialidad de la ayuda acaba favoreciendo a los fuertes y a los violentos y no a quienes está destinada, pues aquéllos pueden instrumentarla a su gusto. Entrevistada en The Guardian Weekly declara: "Sea manipulada por el régimen sudanés o por las fuerzas de la coalición en Afganistán, la ayuda es un instrumento de guerra". Sugiere que las OING se nieguen a actuar en esas condiciones, a pesar de ser consciente de que si una de ellas rechaza intervenir por motivos morales o estratégicos, habrá otra que lo hará en su lugar para ampliar el negocio: "Si sospechamos de los contratistas privados que hacen negocio con la guerra ¿por qué las organizaciones humanitarias privadas no habrían de hacer lo mismo?".
Opina que las OING deberían combinar sus esfuerzos en interés exclusivo de los pueblos a los que ayudan. Pero hoy día esta benévola idea nos resulta tan difícil de imaginar como la de combinar a todos los bancos del sistema financiero mundial -que nos han hundido en la crisis que a todos nos daña en mayor o menor medida- para que actuaran en beneficio de las personas y no de sus cuentas de resultados que favorecen a los más redomados especuladores.
Conviene saber, sin embargo, que la ayuda humanitaria se ejerce a veces en circunstancias muy distintas y difíciles y que por ello está sujeta a compromisos y errores. Pero la opinión pública carece de referencias para poder juzgar sus resultados, del mismo modo que ignora los entresijos del corrupto sistema capitalista que desde la sombra controla nuestros destinos. Una vez más cobra sentido aquella expresión del general Eisenhower al abandonar la presidencia de EEUU en 1961, cuando recordó la importancia de contar con "ciudadanos vigilantes e informados" para hacer frente a los problemas del momento. Ahora bien, unos ciudadanos embobados por programas de televisión de muy baja calidad y distraídos por el fútbol y por las preocupaciones habituales de la vida diaria no pueden vigilar ni informarse. Y de eso se aprovechan quienes sí saben hacerlo en beneficio propio.
Publicado en CEIPAZ el 7 de junio de 2011
Escrito por: alberto_piris.2010/06/07 09:20:55.491000 GMT+2
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2010/06/04 10:47:45.421000 GMT+2
Las sesiones celebradas en Naciones Unidas durante la semana pasada para evitar que el Tratado de no proliferación nuclear (TNP) caiga en el definitivo olvido, tras los largos años que lleva sobreviviendo con respiración asistida, nos han permitido comprobar que al menos 189 Estados, de los 192 miembros de la ONU, han reafirmado solemne y públicamente su voluntad de eliminar todas las armas nucleares del mundo.
No entraremos ahora a valorar en su justa medida lo que de deseable o de posible tiene tan altruista y loable empeño. Pero sí hay que reconocer la buena voluntad de las contadas y privilegiadas potencias provistas oficialmente de armas nucleares, que aunque sea a regañadientes saben que cuando firmaron el Tratado no solo ponían un obstáculo importante a la entrada de nuevos países en el exclusivo “club nuclear” -que era lo que en realidad buscaban cuando a finales de los años sesenta empezaron las conversaciones sobre esta cuestión-, sino que también sabían que el TNP les obliga a dar los pasos necesarios para alcanzar la meta final de un “desarme general y completo”, como reza su texto. Poco se ha avanzado en este segundo objetivo del TNP, porque el Tratado ha venido siendo utilizado por unos y otros como un arma arrojadiza para promover los propios intereses nacionales en cuestiones tan delicadas como la defensa nacional, la autonomía energética o la rivalidad regional.
Pero ahora las cosas parecen haber cambiado un poco, y los países asistentes a esta última cumbre han establecido una fecha límite, el año 2012, para alcanzar un objetivo que esta vez es más concreto: la desnuclearización de Oriente Próximo. No se le puede poner ninguna objeción, porque la tensión en esta zona tan crítica para la geopolítica mundial obliga a avanzar a marchas forzadas en el sentido de reducir los niveles de armamento de los países que la integran, so pena de ir creando en ella todas las condiciones para una catástrofe de alcance imprevisible.
Y ¡cómo no! de nuevo el escollo está en Israel, un Estado verdaderamente anómalo: primero, por su naturaleza (es un Estado “judío” que discrimina por razones étnicas); y después, por su comportamiento (incumpliendo reiteradamente muchas normas internacionales que a todos obligan). A pesar de esto, sigue gozando de la injusta impunidad que su relación especial con EEUU le viene garantizando.
De hecho, en los últimos años y a pesar del TNP, las potencias oficialmente nucleares son responsables de haber aceptado tácitamente el armamento nuclear no declarado de Israel -y también el de India y Pakistán- legitimando con ello su existencia. Para estos tres países no existen las mismas sanciones ni las tajantes prohibiciones de intercambio de tecnologías, ni otras limitaciones que se aplican implacablemente a otros países.
No debe sorprender la insistencia obsesiva con la que los gobernantes israelíes se aferran a una circunstancia que les es favorable y, para justificar algunas de sus acciones más brutales como Estado “bandolero”, resaltan el hecho, ciertamente discutible para muchos, de que Israel es la única democracia de la zona. Es verdad que la simple existencia del aberrante régimen saudí, de inocultable raíz teocrática, donde los más elementales derechos humanos son violados diariamente, sobre todo en lo relativo a la situación servil impuesta a las mujeres, le facilita bastante a Israel el lavado de su imagen.
Pero de ahí a aceptar a Israel como una democracia ordinaria va un paso imposible de dar cuando se recuerda su brutalidad en la anterior represión y la actual asfixia de la Gaza palestina, de la que el último acto de barbarie aeronaval todavía llena de irritación a la opinión mundial. Y pone a los gobiernos occidentales ante la difícil tesitura de saber hasta dónde es posible seguir apoyando a un Estado que actúa con tanto desprecio del derecho internacional en los territorios ocupados y que, cuando lo estima oportuno, sin el menor reparo ataca a otros países (Siria, Líbano) o asalta buques extranjeros en aguas internacionales.
Ya en 1995 los Estados árabes aceptaron la continuada vigencia del TNP a cambio de que se celebrase una conferencia internacional que abordase a fondo el conflicto israelo-palestino. Quince años han transcurrido sin avanzar por este camino y numerosos son los países del grupo de los no alineados que exigen ya decisiones positivas. Sin embargo, Washington siempre ha considerado que cualquier avance en el desarme nuclear en Oriente Próximo requiere como condición previa la firma de un amplio acuerdo de paz en esta región. Esto está cada vez más lejos, y actos de violencia como el perpetrado por Israel esta semana no conducen al camino de la paz.
Las armas nucleares siguen siendo el terrible fantasma que se cierne sobre la humanidad y su presencia entre unos pueblos cuyos gobernantes todavía creen que son garantía de seguridad o de hegemonía es el peor estigma que hemos heredado de la Guerra Fría.
Publicado en República de las ideas, el 4 de junio de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/06/04 10:47:45.421000 GMT+2
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2010/05/27 22:31:3.799000 GMT+2
Como sucede en casi todos los accidentes producidos en aparatos o instalaciones de compleja tecnología, la causa del enorme vertido de crudo petrolífero que está contaminando las aguas del Golfo de México desde el pasado 20 de abril parece ser una combinación de errores humanos y deficiencias materiales. No es este el lugar para comentar esos fallos y habrá que esperar a que concluyan las investigaciones del Gobierno de EEUU y de British Petroleum (BP) -la empresa responsable de la perforación- y confiar en que, como resultado de aquéllas, se tomen las medidas necesarias para que no se produzca otra catástrofe similar.
Se trata de algo parecido a lo que ocurrió con el avión de Spanair accidentado en Barajas en agosto de 2008, cuya tripulación intentó despegar con una configuración errónea de los flaps: se investigan los errores -en este caso, los fallos en las rutinas de mantenimiento y reparación- cuando ya es tarde para evitar el accidente. Se llegan a entender las causas de lo ocurrido, se atribuyen responsabilidades, se penaliza lo que sea punible y, lo que es más importante, se asegura rotundamente que “ese error no se volverá a producir”, rehaciendo manuales técnicos, comprobando nuevos procedimientos operativos, modificando componentes y corrigiendo, en suma, los defectos que condujeron al accidente. A ese accidente concreto, no a otros. Éstos todavía no se conocen, no se han producido y, como las balas que permanecen en el tambor del revólver del sheriff, no se sabe todavía a quién matarán.
No hay que extraer conclusiones equívocas de lo anterior. No se pretende censurar la tecnología aeronáutica, poniendo de relieve sus fallos y la posibilidad de que éstos puedan producirse en cualquier momento. Una vez más es necesario recordar que el índice de accidentes del transporte aéreo es mucho menor que el de la circulación rodada por carretera. Tanto aquél como ésta, además, responden a una necesidad humana, indiscutible y razonablemente lógica: la de viajar y desplazarse, que ya existía cuando los primeros homínidos abandonaron África y empezaron a poblar el mundo.
No podemos afirmar lo mismo de la necesidad de perforar la superficie de nuestro planeta para extraer hasta la última gota de los yacimientos de hidrocarburos que se esconden en el subsuelo. La dependencia de los hidrocarburos como fuente básica de energía que existe hoy en los países desarrollados, sobre todo en EEUU, tan irracionalmente arraigada, hace que las explotaciones petrolíferas sean cada vez más complicadas y peligrosas, a medida que los yacimientos de más fácil aprovechamiento van quedando agotados.
No es un fenómeno extraño la explosión y la consiguiente catástrofe en un pozo petrolífero, como consecuencia de la presión con la que repentinamente surgen el crudo y el gas desde las profundidades de la tierra cuando encuentran el camino expedito hacia la atmósfera. Ya en los años 50 del pasado siglo nos lo mostraba una película que marcó una época en la cinematografía -”El salario del miedo“-, en la que unos desesperados aventureros son contratados para transportar un cargamento de nitroglicerina a fin de cortar las llamas de un pozo incendiado en algún lugar de Sudamérica.
Desde aquellos manantiales de los que el denso fluido surgía naturalmente para uso de asirios y babilonios (y que probablemente inspiraron el “fuego sagrado” de Zaratustra), hasta los más recientes pozos petrolíferos perforados en el lecho de los océanos, la ansiosa búsqueda del deseado producto se hace cada vez más arriesgada y peligrosa. Ya no se trata de perforar las extensas planicies tejanas o mesopotámicas, sino de extraer petróleo en Alaska, de esperar a que el Ártico se descongele o perforar en aguas oceánicas cada vez más profundas. Se utilizan para esto máquinas robotizadas, que se manejan por control remoto, y se trabaja cada vez más cerca del borde de la catástrofe: ya no puede transportar Yves Montand por abruptas pistas su peligrosa carga de nitroglicerina para que, instalada junto al pozo en llamas, detenga con su explosión la alimentación del incendio y ponga fin al desastre, porque eso no es posible en las profundidades marinas, como se está viendo en el accidente caribeño aquí comentado.
El problema no es solo achacable a la tecnología, a los fallos mecánicos o a la imprevisión o incompetencia de los operarios responsables. La memoria anual de 2009 de BP lo explica con claridad: “BP trabaja en las fronteras de la industria energética. Desde el fondo del océano hasta las complejas refinerías, desde lejanas islas tropicales hasta los biofuels de la próxima generación, BP, revitalizada, logra una mayor eficacia, un impulso sostenido y un negocio creciente”.
Son los beneficios de las poderosas compañías petrolíferas los que impulsan esa tendencia a bordear la catástrofe. Y la implacable ley de una oferta forzosamente decreciente, impuesta por un recurso energético, los hidrocarburos, que van camino de su ineludible agotamiento definitivo. Pero mientras éste llega, la necesidad de sostener o aumentar las ganancias fuerza a extraerlos en condiciones más difíciles, con costes siempre más elevados, rendimientos cada vez menores y riesgos progresivamente acrecentados. Los accidentes se seguirán produciendo, a pesar de los constantes avances en la tecnología. Se trata de una predicción muy fácil de hacer y de confirmación casi garantizada.
Publicado en República de las ideas, el 28 de mayo de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/05/27 22:31:3.799000 GMT+2
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2010/05/21 09:19:57.068000 GMT+2
Uno de los hechos más significativos de los últimos días en lo que respecta al sistema internacional de los Estados, y que quizá haya pasado algo desapercibido en algunos de nuestros medios de comunicación ante la avalancha de noticias nacionales que los ha inundado (medidas anticrisis, asuntos Garzón y Gürtel, competiciones deportivas de distinto signo, etc.) ha sido la propuesta conjunta de los Gobiernos de Brasil y Turquía para abrir una nueva vía que permita resolver la tensión creada en torno a las operaciones iraníes de enriquecimiento de uranio.
No puede hoy caer en el vacío la voz de dos dirigentes políticos dotados de un notable carisma ante sus conciudadanos y con gran ascendiente internacional, como son el presidente brasileño Lula da Silva y el primer ministro turco Tayyip Erdogan. Ambos rigen los destinos de sendas potencias medias, que vienen reclamando, cada vez con más fuerza, un lugar relevante en el sistema internacional, como sería, entre otras posibilidades, un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Mejor que seguir insistiendo en la vía hasta ahora seguida para evitar que Irán llegue a poseer armas nucleares, que consiste en aumentar la intensidad de las sanciones aplicadas contra el Gobierno de Teherán -lo que no ha producido resultados significativos-, desde Brasilia y Ankara se propone un nuevo plan. Éste se basaría en que el uranio de baja concentración obtenido en Irán sería enviado a Turquía, donde se enriquecería hasta la concentración adecuada para usos civiles bajo los necesarios controles internacionales. En una reunión tripartita celebrada el pasado domingo en Teherán, se avanzó por este camino, considerado ya como positivo por Sarkozy y por el Secretario General de la ONU.
Pero las alarmas saltaron enseguida en Washington, donde se pusieron en acción todos los recursos para acelerar el proceso de endurecimiento de las sanciones contra Irán, que ya estaba iniciado en el Consejo de Seguridad antes de la citada reunión tripartita. Es casi seguro que esta brusca reacción de EEUU ante la propuesta turco-brasileña no se debe tanto al temor de que resulte ineficaz como al hecho de que, quizá por vez primera en la Historia más reciente, dos países con suficiente peso demográfico, social, político y económico dan unos pasos que les apartan de la línea marcada por Washington. Esto llama aún más la atención porque el plan de Lula y Erdogan parece estar incluido en la línea política que inicialmente propuso Obama el pasado año, la de recurrir a la diplomacia más que a las sanciones para resolver la espinosa cuestión nuclear iraní.
Lo que ocurre es que Obama se mueve ahora por un estrecho sendero: sin renunciar en teoría a los elevados ideales que propuso en su campaña electoral y confirmó en los primeros meses de su mandato, se ve obligado a mirar con recelo hacia la derecha del espectro político estadounidense, presta a reprochar al Presidente cualquier presumible desviación de las viejas “rutas imperiales” que de modo más o menos ostensible han sido seguidas por sus antecesores en la Casa Blanca. Ceder, sin más, ante países hasta ahora secundarios, como Brasil y Turquía, no está en las prácticas usuales de EEUU.
Un consejero de la presidencia brasileña ha destacado, con claridad, el sentido común del plan proyectado: “Hemos puesto diplomacia donde no la había. Antes solo había amenazas y con éstas no siempre se consigue lo que se desea”. Es la lógica aplastante de quienes no poseen la fuerza militar absoluta y saben que las soluciones políticas más duraderas no son las que se alcanzan mediante la violencia. Erdogan ha contribuido también a aclarar con argumentos elementales un aspecto fundamental de este conflicto: “Mientras las grandes potencias conserven sus armas nucleares ¿qué credibilidad tienen para impedir que otros países se hagan con ellas?”.
Cualquier analista que conozca los antecedentes históricos y examine la situación actual sabe que el statu quo nuclear internacional es profundamente injusto. Una organización esencial para mantener el equilibrio entre los países, como es la ONU, que conserva en su estructura la jerarquización existente al concluir la 2ª Guerra Mundial, no refleja el estado actual del mundo, entrado ya el siglo XXI. El uso de distintos criterios y dispares varas de medir, según se apliquen a unos u otros países, solo conducirá a nuevas tensiones que podrán agravarse peligrosamente.
Muchos Estados de Oriente Próximo no se resignarán a que el único país con armas nucleares en esa zona siga siendo Israel, ante la pasiva aquiescencia de su poderoso aliado estadounidense. Turquía, entre los países islámicos, y Brasil, entre los que son hoy conocidos como países “emergentes”, no van a renunciar a ser oídos y comprendidos en este asunto y en muchas otras cuestiones que afectan a importantes sectores de la humanidad. A la gran superpotencia americana y a las viejas potencias europeas -incluido el socio ruso- les corresponde prestar atención a estas voces que hace solo medio siglo ni siquiera se articulaban. Un nuevo mundo se configura ante nuestros ojos y los esfuerzos por impedirlo no tendrán más éxito que los que hizo España en siglo XVIII por conservar su Imperio o la poderosa Inglaterra con el mismo objetivo en la segunda mitad del XX.
Publicado en República de las ideas, el 21 de mayo de 2010.
Escrito por: alberto_piris.2010/05/21 09:19:57.068000 GMT+2
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2010/05/20 11:40:43.523000 GMT+2
No suelo utilizar este blog para recomendar artículos.
Hoy haré una excepción: para llamar a las cosas por su nombre y para entender mejor lo que está pasando, bajo el nombre de "crisis económica", es casi imprescindible leer lo que hoy escribe en el diario Público el profesor Vicenç Navarro:
http://blogs.publico.es/dominiopublico/2028/%c2%bfque-mercados-financieros/
Me lo agradecerán los lectores de esta bitácora.
Escrito por: alberto_piris.2010/05/20 11:40:43.523000 GMT+2
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2010/05/17 09:02:21.156000 GMT+2
El uso de la expresión "víctimas colaterales", por frío y áspero que este eufemismo pueda parecer, es ya hoy habitual en casi todos los medios de comunicación. Se utiliza para referirse a quienes han padecido los efectos de un conflicto armado y que poco o nada tenían que ver con los bandos que en él combatían. Son los niños que mueren cuando Israel efectúa una operación de las que denomina "ataque selectivo", para asesinar a algún presunto dirigente terrorista, y sus misiles aire-tierra se equivocan de objetivo o, aun sin equivocarse, ocurre que esos niños estaban jugando junto a la vivienda designada para ser destruida. Son también los campesinos afganos que durante la festiva ceremonia de una boda tribal son confundidos con talibanes y atacados sin miramientos desde el aire por alguno de esos aviones no tripulados de las fuerzas armadas de EEUU, controlado a distancia desde una pantalla de ordenador. Raro es el día en que la prensa no recoge algún incidente de este tipo.
Sin embargo, si por víctimas colaterales entendemos, en un sentido más amplio, todas aquellas personas que sufren las consecuencias no previstas ni deseadas en una guerra, el colectivo afectado se amplía considerablemente pues llega a incluir a los mismos protagonistas de las guerras: los soldados que en ellas combaten.
Un informe hecho público por el Ministerio de Defensa británico acaba de revelar que las tropas de este país desplegadas en Iraq y en Afganistán tienen una mayor probabilidad de sufrir las consecuencias del uso abusivo de bebidas alcohólicas. Un miembro del Instituto de Psiquiatría del Kings College londinense declaró: "El 20% de incremento en el abuso alcohólico entre [las citadas tropas] no existía en 2005 [fecha del anterior informe]". Se sospecha, además, que la acentuada y constante preocupación por los efectos psicológicos que la guerra produce en los soldados que regresan del teatro de operaciones -el llamado "síndrome de estrés postraumático"- ha hecho olvidar en cierta medida la preexistencia y la constancia del abuso de bebidas alcohólicas por los combatientes. La organización benéfica Combat Stress también ha alertado sobre el preocupante aumento del alcoholismo y exige que se tomen medidas urgentes al respecto.
No hay nada nuevo en la ya vieja vinculación entre el alcohol y el combate. Sea porque la bebida ayuda a dominar el miedo y la tensión (lo que expresado en términos de psicología científica quiere decir que genera el necesario “aislamiento alcohólico" frente a la dura realidad de la guerra), o sea, dicho de modo más prosaico, porque bebiendo se soportan mejor las habituales y frustrantes horas de ocio y espera, propias de la actividad militar, lo cierto es que en todos los ejércitos del mundo el alcoholismo puede llegar a ser un serio problema para la adecuada gestión y administración del personal combatiente.
A un militar español, que como joven teniente había participado en las operaciones militares de España en Marruecos en los años veinte del pasado siglo, le preguntaron qué nombre creía él que la Historia daría a aquella guerra, al estilo de "la guerra del opio" o "la guerra de Cuba", denominaciones entonces comunes en las conversaciones populares. Lo pensó un momento y respondió con cierta socarronería: "La guerra del alcohol, blasfemias y alpargatas". Si los dos últimos términos de su personal apreciación eran propios de nuestras tropas coloniales, reconocidamente malhabladas y peor equipadas para afrontar las duras condiciones de la guerra en el Rif, el primero se ve que es de aplicación universal en el tiempo y en el espacio. Sin saberlo, estaba añadiendo un eslabón más al uso del alcohol en las guerras que, como nos recuerda el historiador británico John Keegan, ha sido "una práctica universal allí donde hubiera disponibilidad de vino o licores", desde la falange griega del siglo VII a.C. hasta los marines del XXI.
Las especialidades psicológicas aplicadas han progresado mucho desde que los hoplitas griegos brindaban a sus dioses con vino antes de empeñarse en la sangrienta batalla cuerpo a cuerpo, propia de la falange. Hoy prestan sus servicios con eficacia para ayudar a la recuperación de los que han vivido de cerca el horror de la guerra, la lejanía de la familia y la incertidumbre de la muerte que les acecha.
La guerra sigue siendo una experiencia capaz de agotar los recursos mentales de quienes se sumergen en ella. En último término, sus efectos colaterales llegan a alcanzar a toda la humanidad, aunque a veces pasen desapercibidos. Nadie está libre de ellos: "Nada humano me es ajeno", nos dejó escrito Publio Terencio en el siglo II a.C., aunque en el mundo en que nos ha tocado vivir, donde la solidaridad no es virtud muy apreciada, cuesta entender el sentido de esta expresión.
Publicado en CEIPAZ el 17 de mayo de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/05/17 09:02:21.156000 GMT+2
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2010/05/14 09:04:46.746000 GMT+2
Los lectores habituales del Wall Street Journal no pertenecen, por lo general, a los sectores más incultos de la sociedad estadounidense. Y los que escriben comentarios en la página web de ese diario muestran, además, una cierta inquietud intelectual, superior a la media del país. Claro está que esta premisa inicial se asienta sobre terrenos algo resbaladizos, ya que el modo de valorar la cultura o la incultura, sobre todo en los ámbitos científicos, no es el mismo a uno y otro lado del Atlántico, a pesar de la hegemonía de EEUU en la lista de los premios Nobel de las ciencias. Bastaría recordar que, según las encuestas del prestigioso instituto Gallup, en el año 2008 un 44% de los estadounidenses encuestados afirmaba que Dios creó el mundo hace menos de 10.000 años, dato que ni los más atrasados alumnos de nuestra enseñanza media darían por bueno.
Pero tampoco lancemos los europeos las campanas al vuelo, imaginando que nuestros estudiantes saben que la edad de la Tierra ronda los 4.600 millones de años. Un informe del Eurobarómetro mostró que más de un 20% de los encuestados en España (y en otros países aparentemente cultos, como Austria, Dinamarca o Irlanda) creía que la Tierra tarda un mes en dar un giro completo alrededor del Sol, lo que revela el poco interés por observar la naturaleza de muchas personas que se tienen por cultas. ¿Es que viven de espaldas a un fenómeno tan enraizado en la vida diaria como es el curso de las estaciones? Sin observación no hay ciencia.
Y sin ciencia, la política fallará, pues ambas están muy relacionadas entre sí. No cabe desarrollar una acción beneficiosa para la sociedad, que es la finalidad última que se atribuye a toda política, si se basa en ideas erróneas sobre la realidad. Eso, sin hablar de los errores en que puede incurrir la acción política cuando se sustenta en ideas supersticiosas o en prejuicios tradicionalmente asentados. Por ejemplo, rechazar el uso del preservativo para luchar contra el sida, como propugnan las autoridades religiosas vaticanas aduciendo datos carentes de base científica y solo apoyadas en las enseñanzas dogmáticas de su religión, es una acción política de resultados nefastos para la sociedad a la que se aplica, como se le alcanza a cualquiera sin hacer mucho esfuerzo mental.
Volvamos a la página web del Wall Street Journal del pasado 2 de mayo, donde se leía el siguiente comentario a un artículo sobre la política de EEUU en relación con las armas nucleares israelíes:
“No habrá paz en Oriente Medio y lo escrito en Salmos 83 va a ocurrir muy pronto. Cualquier cristiano no analfabeto lo sabe y se prepara para ello. Las Escrituras nos lo dicen con claridad y hasta ahora han acertado el 100% en más de 500 profecías incluidas en los textos. Creo que las armas nucleares jugarán una parte importante en Salmos 83, en la destrucción total de Damasco descrita en Isaías 17, e Israel será el que dispare esas armas a comienzos de la guerra. Como resultado de esta batalla, descrita en Ezequiel 38-39, se cumplirá la venganza de Israel de Salmos 83″.
Tras echar mano de una Biblia para leer los textos arriba citados, no conviene asustarse mucho ante tan demencial revoltijo de política y superstición, pero en una nación en la que casi la mitad de sus habitantes asumen la Biblia como un texto científico de rigor inalterable y básico para sus juicios y decisiones, supone bastante alivio saber que la Casa Blanca está ahora ocupada por Obama y no por Bush, aquel que afirmaba que Dios se dirigía a él directamente (incluso por su nombre de pila) para ordenarle invadir Iraq, como él mismo confesó.
Entre la Biblia y la ciencia existe una radical diferencia: aquélla, por definición, es inmutable y ha sido establecida de una vez para siempre, producto de la revelación de un dios infalible; ésta, por el contrario, está en un proceso de permanente contraste de sus hipótesis con los más modernos descubrimientos, rectificando lo que en cada momento no se ajusta a la realidad empíricamente comprobable. ¿Cuál de las dos es la más adecuada para guiar y orientar las decisiones políticas que afectan a la vida de los seres humanos? No hacen falta muchos quebraderos de cabeza para dar con la respuesta correcta.
Se podría recordar ahora, por su marcado sentido del humor, aquella prohibición religiosa del pararrayos de Franklin porque dificultaba a los poderes divinos fulminar a alguien con un rayo cuando se lo mereciera. Muchos han sido los muy conocidos casos de cerril oposición de las jerarquías religiosas a los avances de la ciencia, que obligaron a posteriores rectificaciones y disculpas, aunque fuera a regañadientes y en voz baja.
Si la política ha de basarse en un conocimiento correcto de la realidad sobre la que actúa, convendrá que éste tenga bases científicas y que no se apoye solo en criterios irracionales emitidos por instancias inefables que no responden ante nadie ni ante nada. Para nuestro pesar, vemos que no siempre ni en todas partes es así.
Publicado en República de las ideas, el 14 de mayo de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/05/14 09:04:46.746000 GMT+2
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2010/05/07 09:36:5.051000 GMT+2
Los residuos de la preponderancia de la Iglesia católica en las diversas instituciones españolas son más que evidentes. No sólo responden a una secular trayectoria histórica, apenas ligeramente eclipsada durante cortos periodos en que rozaron el poder político algunas fuerzas identificadas con los principios de la Ilustración y de la democracia, sino que esa hegemonía, además, se vio muy reforzada durante los decenios de la dictadura del general Franco.
La Ley de Principios Fundamentales del Movimiento Nacional, promulgada en mayo de 1958, exponía así el segundo de sus principios: “La nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia católica, apostólica y romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional, que inspirará su legislación”. Difícilmente podrá encontrarse en la historia de los pueblos modernos semejante mezcolanza de conceptos políticos y teológicos, adobada con una retórica altisonante, que en último término solo revelaba la sumisión de España a lo decidido por una potencia extranjera, como es el Estado Vaticano, a cuyos dogmas y cánones se subordinaba cualquier ley que hubiera de ser promulgada en nuestro país.
Sorprende ahora constatar la “extraordinaria placidez” (Mayor Oreja dixit) con la que los españoles que en aquellas fechas teníamos ya sobrado uso de razón aceptábamos tamaña barbaridad sin apenas rechistar. Duele más todavía recordar la larga vigencia de tan absurda imposición dictatorial, solo cuestionada tímidamente desde algunos círculos religiosos minoritarios, enfrentados con la jerarquía católica nacional.
Parece como si la dictadura hubiera inyectado en muchos españoles una especie de anestesia de larga duración; hasta el punto de que, todavía hoy, más de medio siglo después de firmada la citada Ley por quien sólo tenía “responsabilidad ante Dios y ante la Historia” -según se lee en el preámbulo-, son objeto de cierta polémica las normas establecidas por el Ministerio de Defensa para avanzar en el obligado camino de la neutralidad religiosa en los actos y actividades militares. Esas normas disponen que, en las ceremonias de entrega de despachos a oficiales y suboficiales de los tres ejércitos, las misas que hasta ahora las acompañaban habrán de celebrarse en un lugar distinto al acto oficial y en un horario que no interfiera con éste.
De esta forma se intenta garantizar la libertad religiosa, al no hacer de asistencia obligatoria la misa que, en algunas ocasiones y sobre todo por razones de tradición, se ha venido celebrando como parte de ciertos actos militares. Muchos son los españoles que recuerdan haber asistido a misa de uniforme y en rígida formación, durante su servicio militar, arrodillándose o poniéndose firmes a toque de trompeta para seguir las diversas partes del oficio religioso.
Algo análogo se puede decir de los llamados funerales de Estado, aunque produce desconfianza el rumor, no confirmado, de que éstos se abrirán a otras confesiones más allá de la católica, en función de la religión del fallecido. ¿Y si éste no tiene ninguna creencia religiosa? La respuesta perecería fácil: en su funeral no se harían alusiones a la religión. Pero no se ve cómo podría esto llevarse a efecto, si nadie está obligado a declarar sobre sus creencias religiosas. Más espinoso parece el asunto en el caso de los que se proclamen seguidores de religiones muy minoritarias o de complejos rituales fúnebres, lo que podría convertir a un funeral de Estado en una especie de festival étnico.
No es necesario argumentar prolijamente para llegar a la conclusión de que un funeral de Estado debe ser simplemente eso, de Estado, es decir, civil y laico, y apto para cualquier persona, sean cuales sean sus creencias íntimas. Es el Estado el que despide y homenajea al muerto por haberle servido fielmente durante su vida profesional, lo que nada tiene que ver con tales creencias. Correspondería entonces a la familia del fallecido o al grupo social al que éste hubiese pertenecido el organizar en el templo o local apropiado los ritos adecuados a sus deseos o última voluntad. Con esto, al fin y al cabo, se atendería un consejo que, según cierta tradición, salió de boca del fundador de las diversas religiones cristianas “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. No parece mala fórmula para resolver esta cuestión.
Resulta acertada, por tanto, la decisión tomada por el Ministerio de Defensa, porque representa un paso más en la necesaria neutralidad religiosa de las instituciones del Estado. No sólo porque se cumplen así las disposiciones constitucionales sobre la libertad religiosa, sino porque se aplican en su máxima amplitud y pureza las prácticas que cabe esperar en un Estado no teocrático sino democrático. Los recuerdos y la tradición, que necesariamente conforman la Historia de los pueblos, nunca deberían ser pesadas losas que limitasen la capacidad de acción de los gobernantes de hoy y oprimiesen el desarrollo democrático y moderno de la sociedad hacia mayores cotas de justicia, igualdad y libertad personal.
Publicado en República de las ideas, 7 de mayo de 2010
Escrito por: alberto_piris.2010/05/07 09:36:5.051000 GMT+2
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